Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

lunes, 9 de marzo de 2015

El Nacional Gatopardismo

De unos meses para acá, en México, día a día, el paso de la historia se acelera…, en reversa. ¿Pruebas? Abundan… A la mañana siguiente del Día de la Bandera, sin necesidad de búsqueda, en la prensa me topé varios testimonios contundentes. Por ejemplo, un chiste que se cuenta solo: me enteré de que en la Cámara Alta existe —¡oh, sí!— una flamantísima Comisión de Anticorrupción y Participación Ciudadana, la cual es presidida por un orondo senador del Verde, quien tiene el mérito histórico de ser yerno del diputado Manlio Fabio Beltrones. Leí también que Amnistía Internacional, a falta de cifras confiables para ponerle un número, califica el delito de desapariciones forzadas en México como “abundante”. Me enteré de que según la Auditoría Superior de la Federación se esfumaron algunos cuantos pesitos de la Cruzada Nacional contra el Hambre, nomás 396 millones. Y además una nota que me retrotrajo fatalmente a un libro.

Aunque fue publicado por primera vez hace casi dos decenios, el libro es actual desde el epígrafe con el que abre: “Llevo cincuenta años diciéndoles que las cosas no pueden seguir así…”, aseveración firmada por F.V., siglas que no pueden corresponder a nadie más que a Fidel Velázquez. Me refiero a la única novela que ha escrito hasta ahora Guillermo Sheridan (1950), El dedo de oro (Alfaguara, 1996). Y la nota informativa que me llevó a sacar del librero y releer la novela sheridiana fue, claro, una alusiva al festejo so pretexto del 79 aniversario de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Las crónicas no dejan lugar a dudas. Mayolo López (Reforma) narra cómo el provecto Joaquín Gamboa Pascoe, secretario general de la organización, se auto homenajeó en vida —es un decir— con la develación de una efigiezota de sí mismo, “en bronce puro, igualita a él, soberbia. ‘¡Aquí estamos, hermano!’, masculló el anciano, emocionado hasta el tuétano, contemplando absorto su propia figura broncínea, sobándola como si lo escuchara. El jerarca, el de carne y hueso, alcanza apenas el ombligo de la efigie, de 2.70 metros de alto y 198 kilos de peso… Una lluvia de papeles rojinegros cayó sobre la figura de aleación y resbaló hasta el impecable casimir oscuro del dirigente”. ¡Charros! Y si por sus dichos podréis conocerlos, basta recordar que debemos a este antañón líder, peón antediluviano del priísmo, quien nunca en su vida, ¡faltaba más!, ha sido obrero, esta perla de la cultura política del régimen reinstaurado: “¿Qué, porque los trabajadores están jodidos yo también debo estarlo?” 

Cuenta Sheridan que en 1984 escribió El dedo de oro para “pasar el rato”. Que andaba de estadía académica en una ciudad inglesa en la que, obvio, había pocas opciones más entretenidas que asomarse por la ventana. Que su señor papá le enviaba desde el terruño recortes de Proceso y El Norte: “Una vez me mandó un recorté que me impresionó: ilustraba la cara de Fidel Velázquez con la boca abierta en un rictus aterrador. La víspera, en un discurso, había declarado: ‘Nuestra meta será siempre un futuro promisorio’. Me pareció una definición impecable del destino mexicano… Analicé la frase en una enorme hoja de papel inglés hasta hartarme de tristeza”. Y pues nada, que ahí estuvo el embrión de El dedo de oro, una novela futurista, but of course.

Los hechos ocurren en el remoto (hoy menos que en los finiseculares años en los que el libro fue escrito) 2029, y en este mismo país, aunque cercenado por ambos cabos en un 60% de su Nacional Territorio. México está en vilo porque el Líder Nato de Hombres, Hugo Atenor Fierro Ferráez, cuasi-perenne jerarca del Sindicato Único de Mexicanos Obreros (SUMO), con todo y sus casi 130 años encima ha caído en estado comatoso. Para entonces, como ahora y como otras tantas veces, el país había pasado ya por lo peor y, ¡portento!, las cosas nomás seguirían agravándose: “… se inició lo que algunos llamaron, no sin elocuencia, el post mortem, la versión nacional del posmodernismo”. Desde tiempo atrás, aparejado con el avance inexorable de la historia, el PRI había ya desaparecido para transformarse en el Partido Evolucionario Definitivo, el PED, “cuyo ideario político consistía básicamente en un retorno radical al nacionalismo revolucionario de 1929”. La Línea Metropolitana de Medición del Smog (LIMEMES) dividía a la ciudad de México en dos, la Ciudad Alta, localizada por arriba de la asquerosa nata de porquería que cubría la urbe, y la Baja, en la que quedaron “los de abajo”. La gente que podía, nomás los pudientes, se trasportaban en aéreocars. Pero más acá de las apariencias, allá en el futuro promisorio nacional imaginado por Sheridan las cosas en esencia seguirían igual: como hoy, el país continúa mexicanizándose, ineluctablemente, y frente a tal horror se continuará optando por echar a andar el “Típico Plan”, es decir, hacer como que no pasa nada. Las riendas de la Nación seguirán en manos de prohombres que entienden la política no “como la oportunidad de hacer cosas privadas que parezcan públicas, sino el arte de amasar dinero, poder y señoras y señoritas, en ese orden”.

Fidel Velázquez, quizá usted lo recuerde, no llegó vivo al siglo XXI: ¡qué tino!, falleció al año siguiente de la publicación de El dedo de oro. Pero aquel óbito resultó una eventualidad irrelevante, porque al lechero mexiquense le siguió La Güera Rodríguez Alcaine y a él Joaquín El Microndas Gamboa Pascoe, y las cosas cambiaron radicalmente para seguir igual.

sábado, 28 de febrero de 2015

Monarcas indios

La última vez que fui a un estadio de fútbol fue la última vez porque salí decepcionado del Cruz Azul y, sobre todo, horrorizado del comportamiento de buena parte de mis compatriotas. Además, la cerveza estaba tibia. Aquella tarde de cuartos de final, la Máquina Celeste recibió a los Monarcas del Morelia: después de una exhibición de patética languidez y desgarbo más o menos coordinado, los cementeros perdieron para dejar de nuevo a su afición sin campeonato. Como al minuto 20 del segundo tiempo, la inmensa mayoría de la gente que colmaba el Estadio Azul se dio cuenta que aquello ya no tenía remedio, así que sin nada mejor qué hacer la afición se dedicó a prorrumpir agravios a los morelianos y a su escasa porra: los insultos más frecuentes fueron “¡pinches indios!”, ¡pinches prietos!” y “¡jodidos!”. Una desvergonzada muestra de racismo y clasismo, por lo demás bastante ridículos puesto que los jugadores del Morelia no se veían ni más morenos ni más pobres que los locales. En fin… Esto que cuento ocurrió no hace mucho, quiero decir, en pleno siglo XXI, sin embargo es un comportamiento tan viejo como el país mismo… Acabo de releer en una edición reciente (2011) Baile y cochino, una novela que testimonia los bien arraigados usos y costumbres del racismo y el clasismo que impera en nuestro país, por lo menos desde las últimas décadas del siglo XIX,  tal vez no en todo el territorio nacional pero al menos sí en la Ciudad de México. Su autor, José Tomás de Cuéllar (1830-1894), la publicó por primera vez a lo largo del primer semestre de 1885 en las páginas de La Época Ilustrada, y Filomeno Mata la realizó como libro al año siguiente; desde entonces se ha editado algunas ocasiones más, pero la edición de la Universidad Veracruzana —número 37 de la Biblioteca del Universitario, dirigida por Sergio Pitol— es encomiable por varias razones: su pulcra factura, el prólogo de la doctora Adriana Sandoval y el tiraje, nada menos que 17 mil ejemplares. 

José Tomás de Cuéllar se estrenó como narrador con una novela histórica, El pecado del siglo (1869), aunque, como bien se sabe, su fuerte fue sin duda un género que cultivó tratando de emular a Balzac, la novela de costumbres. Ensalada de pollos inaugura su colección de novelas costumbristas —editadas en conjunto bajo el título genérico La linterna mágica—, y Baile y cochino es una de las últimas. La historia versa en torno a la organización de una fiesta, asunto que sirve al autor para pintar una serie de personajes típicos de la ciudad de México en los años finales del siglo XIX: De Cuéllar no se conforma con retratar —por cierto, fue también pintor y fotógrafo—, sino que ironiza los motivos y maneras que, a su juicio, degradaban a la sociedad mexicana, un ideal entonces en construcción. Al presentar a la atracción principal del baile, tres hermanas conocidas como las Machucas, inclemente escribe: “… tenían todas las apariencias, especialmente la apariencia del lujo, que era su pasión dominante; tenían la apariencia de la raza caucásica siempre que llevaban guantes, porque cuando se los quitaban aparecían las manos de la Malinche en el busto de Ninon Lenclos; tenían la apariencia de la distinción cuando no hablaban, porque la sin hueso, haciéndoles la más negra de las traiciones, hacía recordar al curioso observador la palabra descalcitas…; y tenían por último la apariencia de la hermosura, de noche o en la calle, porque en la mañana y dentro de casa no pasaban… de ser unas trigueñitas un poco despercudidas y nada más”. Curiosas referencias: la racista es malinchista, por antonomasia, dado que trae a cuento a la mismísima doña Marian, en tanto que la figura aspiracional, la tal Lenclos, es una cortesana parisina del siglo XVII, autora por cierto de La coquette vengée (1659). En la sociedad que bosqueja Baile y cochino ni el color de piel ni el origen de clase son condiciones que puedan superarse: “Estas niñas que tienen papás ricos y mamás pobres, que salen de la peor ralea por el lado materno, y entran al mundo por la brecha de una calavereada de rico, suelen flotar entre dos aguas hasta que se ahogan en el fango”. Porque claro, el sexo es la otra condición fatal, y por ella, obviamente, la mujer, fuera del rol de madre —“van pasando a toda prisa aquellos tiempos felices que han hecho de la mujer mexicana el modelo de las esposas”— o de monja, no pasa de mercancía: “doña Dolores había traído a su hija a México como los indios traen las mejores de sus frutas: para su consumo”. Y consumidores no faltaban: acudirá al convite un fulano ojo alegre, “…tan afecto a la baratija llamada mujer… [que] mantenía un ejército de señoras que pertenecían a él, y aun le quedaba tiempo para comer algunas veces en la fonda algunos platillos à la carte”.

María Eugenia Negrín escribió un estudio detallado de Baile y cochino para la colección “Notas al margen” del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM: Fiesta de apariencias, 2013 —al igual que todos los títulos de dicha serie, se puede encontrar en línea y descargar gratuitamente—. También es posible escuchar la adaptación radiofónica que en 1976 produjo Radio Educación —se encuentra en el sitio web de la Enciclopedia de la Literatura en México—. Claro, mejor lee el libro.

domingo, 22 de febrero de 2015

Triste caducidad

Acabo de leer una historia que acontece en un contexto muy similar al que estamos viendo en México, el de la franca descomposición comunitaria. Sin darle muchos rodeos al asunto, me parece innegable que abundan los signos que evidencian que el sistema de organización sociopolítica de nuestro país ha caducado ya. La novela me salió al paso de chiripa; irónicamente, tomé el libro con la intención de distraerme un rato de tanta barbarie, de tanto cinismo. Sucedió que los paratextos del libro me engatusaron. Al igual que en su edición original en alemán, una ilustración de la berlinesa Silke Schmidt lleva la voz cantante en la portada: de pie, con las manos apoyadas sobre las caderas, una mujer nos perdona la vida desde una mirada que va y viene del sarcasmo a la condescendencia. Usa una especie de turbante. La mona apenas sonríe, y a pesar de ser una caricatura se planta rotunda, como la protagonista de la novela. En la cuarta de forros, se retoma el extracto de una crítica publicada en el diario Leipziger Volkszeitung: “Aunque parezca un libro de cocina, es una fascinante novela, con un estilo mordaz y punzante. Una historia que atrapa, cautiva y divierte”. Más abajo, la propia casa editorial echa más anzuelos al agua: se prometen “grandes dosis de humor negro” y “una hilarante historia”. Total que caí en el timo y comencé Los platos más picantes de la cocina tártara (Nuevos Tiempos Siruela, 2011) con la expectativa de una lectura ligera y el ánimo dispuesto para reír. Craso error: resultó ser una de las narraciones más tristes que haya leído. Un gran texto.


La autora nació del otro lado de los Urales, en Asia. Alina Bronsky es muy joven; llegó al mundo en 1978, en la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, en Sverdlovsk, una importante ciudad industrial llamada así desde 1924 en honor del dirigente bolchevique Yákov Sverdlov. Hoy la ciudad sigue siendo territorio ruso, aunque después de la desintegración de la URSS volvió a tomar su nombre original, Ekaterimburgo. Por cierto, ahí fue en donde, por órdenes directas de Sverdlov, meses después del triunfo de la revolución de octubre de 1917, fueron asesinados el depuesto zar Nicolás II, la zarina Alejandra y sus cinco hijos.

La rusa Alina Bronsky —en realidad un pseudónimo— inmigró a Alemania cuando tenía trece años de edad. Primero intentó estudiar medicina, y luego de abandonar la carrera se dedicó a trabajar en agencias de publicidad y periódicos. Hasta ahora ha publicado tres novelas, todas escritas en alemán. Debutó en 2008 con Scherbenpark —Broken Glass Park, en la versión en inglés—, y de inmediato consiguió una buena acogida por parte de la crítica; fue nominada para el Premio Ingeborg Bachmann, uno de los más importantes de Europa, y ya cuenta con una adaptación al teatro y otra al cine —el largometraje homónimo fue dirigido por Bettina Blümner—. Su segunda entrega es Los platos más picantes de la cocina tártara. Finalmente, el año pasado dio a conocer Nenn mich einfach Superheld —Just Call Me Superhero, en inglés—.

En su segunda novela, Bronsky relata las andanzas de tres mujeres rusas de origen tártaro. A lo largo de un par de décadas, las últimas del siglo XX, Rosalinda, la protagonista, narra su vida, y aparejadas, las de su hija y su nieta, Sulfia y Animat. Los hechos ocurren durante período a lo largo del cual el mundo soviético se vino abajo: “La política no me interesaba. De hecho dejé de leer periódicos, porque ahí decían cosas que me ponían de peor humor. No necesitaba malas noticias del periódico, lo podía ver todo con mis propios ojos. Mientras afuera la economía se colapsaba, yo me preocupaba porque mi familia no pasara hambre”.

El marido de Rosalinda y padre de Sulfia, el gris Kalgánov, con un puesto de medio pelo en la jerarquía sindical, mientras el régimen soviético da patadas de ahogado, actúa en forma timorata para tratar de amortiguar el despeñamiento. Frente al desabasto generalizado, sólo los más gandallas alcanzan a conseguir huevos, leche, un poco de azúcar… La feria del cochupo y las mordidas es cosa de diario, las corruptelas inciden en todo, y la pobreza termina siendo lo de menos: el rompimiento del contrato social se constata brutalmente cuando la impunidad abarata la vida de las personas: “Cuando me daba tiempo, al volver del trabajo, recogía a Aminat a la salida del colegio. En aquella época desaparecían muchas niñas a plena luz del día. Más tarde las encontraban violadas y asesinadas en algún sótano”.

Gracias a los tejes y manejes de celestina de Rosalinda, las tres mujeres emigrarán a Alemania. Como la escritora, la pequeña Animat llega a Occidente apenas pubescente. Ella no volverá a Rusia. Rosalinda sí, a enterrar su pasado y dar testimonio del cambio de página de la historia: “En mi antiguo país habían cambiado muchas cosas. Ahora tenía un nombre distinto. Incluso mi ciudad se llamaba de otra manera. Todo estaba muy sucio, y todos vendían algo. Por todos lados había quioscos y tienduchas, pegados unos a otros; se vendían aliementos, ropa, libros y latas vacías de Coca-Cola”.

Efectivamente, Los platos más picantes de la cocina tártara es una novela en la que el humor negro provoca risas; capítulo a capítulo, uno acá y ahora no puede dejar de darse cuenta de qué tan próxima está nuestra tragedia a lo francamente cómico.

viernes, 6 de febrero de 2015

El hilo negro

Mi dentista no es patito. Estudió los fundamentos de su oficio en la mejor universidad del país. La doctora cuenta pues con formación científica. No obstante, piensa que Darwin es un fraude; ella está segura de que la teoría de la evolución de las especies es una descomunal tomadura de pelo, y que los seres humanos somos el resultado de una intervención extraterrestre. Según esto, nosotros existimos gracias a que, hace unos 500 mil años, unos mineros intergalácticos, los anunnakis, realizaron no sé qué mescolanzas genéticas con óvulos de neandertal y semen de importación. No se trata de una creencia muy original, de hecho abundan quienes se sienten descendientes de semidioses alienígenas. La extravagancia de mi odontóloga estriba en que a ella no le apena en lo absoluto compartir con sus pacientes la anterior y otras maravillosas convicciones suyas. En su consultorio, uno puede —de hecho, no hay alternativa— escuchar con la boca abierta narraciones sobre aparecidos, la Atlántida, resurrecciones, vidas pasadas y futuros post mortem, acompañadas del punzante ronroneo de la fresa de fondo. Apuesto que no es infrecuente que sus monólogos encuentren escuchas interesados. Basta recordar que México sigue siendo guadalupano y temeroso del castigo eterno para los pecadores: de cada 10 jóvenes, 8 creen en la virgen morena, 7 en el pecado y 6 en el infierno. Según declararon a una encuesta nacional realizada por la UNAM y el IMJUVE hace un par de años, 67% cree en la existencia de los santos, 40% en espíritus y fantasmas, y casi un 30% está convencido de la efectividad de los amuletos.

Buena parte de la sociedad sigue estructurando su visión del mundo con base en el pensamiento mágico. Esto ocurre no sólo en México, sino a lo largo y ancho de la geografía toda de la civilización occidental. Una estudio realizado hace unos meses por el Pew Research Center revela que en Estados Unidos existe un abismo entre las opiniones de la comunidad científica —todos los encuestados son miembros de la American Association for the Advancement of Science— y las que perduran entre la mayoría de la sociedad. Por ejemplo, mientras que prácticamente la totalidad de los científicos (98%) considera que la especie humana es producto de un proceso evolutivo, 35% de la población adulta norteamericana sigue creyendo que la existencia del hombre se debe a algún tipo de creación, divina por ejemplo. Las diferencias no solamente persisten en el plano teórico, sino que también tienen expersiones que impactan directamente en el comportamiento social: la mayoría del gran público norteamericano (57%) piensa que consumir alimentos genéticamente modificados es peligroso, en tanto que casi 9 de cada diez científicos afirma que es seguro hacerlo; entre los científicos es mayoritaria la opinión (89%) de que es perfectamente válido el uso de animales en prácticas de investigación, en cambio poco menos de la mitad de la gente (47%) opina lo mismo; si la postura generalizada entre las personas que se dedican a la ciencia es que el cambio climático es un problema real y muy serio (77%), apenas un tercio de los estadounidenses concuerda con dicha evaluación. 

En 1890 el escocés sir James George Frazer (1854–1941) publicó por vez primera un ensayo monumental que pronto se convertiría en un clásico: The Golden Bough: A Study in Magic and Religion. El resumen de la obra —la versión completa tiene 12 tomos— puede leerse en español desde 1944 gracias a la edición del Fondo de Cultura Económica: La rama dorada. Magia y religión. Frazer conceptualiza que el hombre tiene la capacidad de desarrollar tres tipos de pensamiento, el mágico, el religioso y el científico, y si bien establece que la triada conforma los eslabones de una cadena evolutiva, también defiende la tesis de que los tres conviven: “el camino que el pensamiento ha andado… asemejando a una tela tejida con tres hilos distintos, el hilo negro de la magia, el hilo rojo de la religión y el hilo blanco de la ciencia… Si pudiéramos examinar entonces este tejido del pensamiento desde el principio, probablemente nos parecería a primera vista un escaqueado blanco y negro, hecho de retazos de nociones falsas y verdaderas, apenas teñido aún por el hilo rojo de la religión. Pero mirando más lejos, encontraríamos que el escaqueado de cuadros blancos y negros tiene en la parte media de la tela, donde la religión ha penetrado más profundamente en su trama, una mancha de rojo obscuro que va aclarando insensiblemente cada vez más a medida que el hilo blanco de la ciencia va predominando”. A partir de la metáfora anterior, Frazer se preguntaba a finales del siglo antepasado que tipo de pensamiento sería el hegemónico en el porvenir: “¿Se seguirá en el futuro cercano aquel gran movimiento que durante siglos ha estado alterando lentamente el carácter del pensamiento, o sobrevendrá una reacción que pueda detener el progreso y aun deshacer mucho de lo ya logrado?… ¿De qué color será el tejido que las Parcas están hilando en el telar incansable del tiempo? ¿Blanco o rojo? No podemos saberlo. Una luz débil y vacilante ilumina a lo lejos el principio del tejido. Nubes y tinieblas ocultan la otra extremidad”. En nuestros días es evidente la pertinencia del cuestionamiento que hace más de un siglo formuló el antropólogo escocés. Entonces no logró atisbar que de nuevo el pensamiento mágico podría teñir de negro el tejido… 

sábado, 31 de enero de 2015

El pensamiento mágico de la OCDE

Quizá usted lo recuerde porque el evento generó un importante revuelo mediático: hace unos días un ángel —etimológicamente, un anunciador, un heraldo, el portador de albricias— visitó nuestro ajetreado país para realizar la que es su chamba por antonomasia: traer buenas nuevas, divulgar el buen mensaje, en concreto, el evangelio según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). José Ángel Gurría (1950), no en su carácter de paisano —tampiqueño— ni de priísta —se afilió al tricolor en 1968—, al menos no a la descarada, sino arropado en su rol de secretario general del susodicho organismo internacional —en el que hoy se agrupan 34 países—, presentó el documento Estudios económicos de la OCDE. México. Enero 2015. Conforme a lo establecido en tales escrituras, en suma, el economista egresado de la UNAM vino a corroborar el decir del gobierno del presidente Peña Nieto: que sí, que no dudemos, que es verdad, que las llamadas reformas estructurales aprobadas son el remedio a los males nacionales. Por supuesto, el camino al paraíso del desarrollo y la riqueza tendrá que andarse, y el ángel nos hizo ver algunas condicionantes, pero de que vamos en la ruta correcta, ni dudarlo. Mexicanos y mexicanas, tengamos fe ciega en las reformas, sigamos su estrella… 

Dominado por un impulso que con toda razón muchos podrían etiquetar de masoquismo puro y duro, decidí buscar, descargar y leer de cabo a rabo el dichoso documento. Tomando en consideración que en este caso particular los principales destinatarios de la palabra de la OCDE somos precisamente nosotros, los mexicanos, opté por bajar la versión en español. Un sencillo análisis del texto —filológico, esto es, en tanto manifestación idiomática— me lleva a la siguiente conclusión: nos encontramos ante una depurada expresión del pensamiento mágico contemporáneo.

En sus principales conclusiones, el evangelio de la OCDE avala a los cuatro vientos: “México ha emprendido un audaz paquete de reformas estructurales con el que pone fin a tres décadas de lento crecimiento, baja productividad, informalidad generalizada en el mercado laboral y una elevada desigualdad en los ingresos”. En itálicas subrayo el verbo; está conjugado en presente: los treinta años de infortunio han terminado, por acto de magia. Establecida la buena nueva, luego, enseguida, los sabios de la OCDE matizan: “Dichas reformas ya empezaron a robustecer la confianza en el país…” Aunque no se especifica quiénes son los actores en los que ahora comienza a fortalecerse la confianza —uno puede intuir que quizá sean los otros miembros de la organización— sin tapujos, a las claras, se explicita un presagio: “…y auguran [las propias reformas] buenos resultados para 2015 y años posteriores”. El verbo que se elige es clave, augurar. En la Antigua Roma un augur no era otro que el sacerdote dedicado oficialmente a la adivinación, especialmente por medio de la técnica de interpretar el vuelo, el canto o la forma de alimentarse de determinadas aves. Y adivinar, claro, se encuentra en el mismo campo etimológico que divinidad. En el mundo antiguo, eran los dioses los únicos que podían conceder determinados dones a los mortales, entre ellos, el talento para la poesía y también las dotes premonitorias. Como hoy, no cualquiera podía ingresar a las instituciones autorizadas para predecir el futuro: en Roma, el colegio de los augures y de los harúspices, hoy, instancias “acreditadas” como la OCDE o el Fondo Monetario Internacional. El párrafo cierra con una condicionante, sólo una: “Si México desea aprovechar al máximo este impresionante paquete, deberá fortalecer su capacidad institucional y de gobernanza para asegurar que el mismo sea implementado de manera efectiva”. Es decir, sin ánimo de echar sal a la herida, conviene puntualizar que la OCDE atisba únicamente un manchón en el horizonte promisorio, y ése se encuentra no en el aparato productivo o en la población o en los recursos, sino en el gobierno de la nación. De hecho, líneas más abajo precisa el documento: “La percepción generalizada de corrupción, la gobernanza administrativa endeble y una insuficiente aplicación de las leyes constituyen problemas serios…” Sin embargo, no hay que perder las esperanzas, en lo absoluto, porque “si las reformas explotan todo su potencial, contribuirán a que los mexicanos tengan una vida mejor”. Ellas solas se encargaran de todo. Desde tal augurio, en la página 4 del documento aparece una gráfica en la que se muestra el comportamiento del PIB per cápita de México a lo largo de 60 años, de 1980 a 2040: del inicio del período hasta 2014 la línea se mueve con altibajos, presenta valles y crestas, y una pobre tendencia de crecimiento promedio de 0.6%; en cambio, a partir del último tramo de 2014, la línea marca una pendiente decidida hacia la felicidad, en un ángulo de unos 30 grados y ya sin quiebre alguno: las reformas explotarán todo su potencial, pues.

Se admite que “en la última década, México avanzó poco en su proceso de convergencia con los países de la OCDE de altos ingresos…”, no obstante ello no se debió a errores cometidos por los hombres o su gobierno, tampoco a omisiones, sino a “una serie de adversidades sustantivas [sic] que afectó la recuperación económica”, algo que “se acentuó con los problemas financieros del sector de la construcción en 2013 y con el embate de catástrofes de carácter climático”. Pero la datamancia —permítaseme aportar el neologismo— no deja lugar a dudas: “por fortuna, la situación ya empezó a cambiar y está en marcha una reactivación”. Claro, la fortuna…

sábado, 24 de enero de 2015

Toda una vida…

Guillermo Sheridan Prieto tiene 64 años. Es doctor en letras y desde 2013 miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, experto en poesía mexicana contemporánea y además de crítico literario, cronista de los avatares nuestros de todos los días y autor de una novela única —es que nada más ha escrito una—, El dedo de oro (Alfaguara, 1996). El año pasado publicó un nuevo libro, Toda una vida estaría conmigo (Almadía). El título, más que un juego de palabras, enarbola una tesis de vida: evidentemente el hombre se cae re bien. 

Algunos inéditos, otros ya publicados en blogs, revistas (Letras libres) y diarios (El Universal), el volumen reúne en casi 400 páginas 69 textos, casi todos ellos narraciones concisas, crónicas la mayoría, algunos relatos de indiscutible valor literario. Si bien el cordón que prende tales cuentas es el propio andar de don Guillermo a través de los años —“cuando era joven, me dije: escribiré mi autobiografía así me vaya la vida en ello”—, y el orden en que se presentan es más o menos cronológico, la temática no es un ínclito individuo que nació en la Ciudad de México en 1950 y a quien hoy muchos tachan de “`reaccionario’ y todo eso”: la semblanza de las hazañas del escribiente es más bien un pretexto, una coartada. Por muy íntimas que sean algunas historias (“Leche voladora” y “Quinto malo”, por mencionar sólo un par), el arte en general y la literatura en particular se entrecruzan siempre, además de un afán por entender, el cual me animaría a calificar de sociológico… 

Con memoria o inventiva, a Sheridan le alcanza la mirada para regresar a sus años de escuinclito preescolar, y hasta allá regresa cargado de lecturas: “Como Rilke, creo que la única patria verdadera es la infancia y, como Chesterton, estoy convencido de que el rasgo característico de la educación es que no existe. Yo agregaría que… hay una enorme cantidad de circunstancias realmente graves que oponerle. Al educador no le importa que algo sea trivial, absurdo, falso o hasta equívoco: basta con transmitirlo para que se le considere ‘educación’”. Ácido y certero, los años le han redituado varias certezas que comparte —“en México las clases de literatura están diseñadas para conseguir que nadie lea nunca. Es una de las pocas cosas que ha funcionado en el país”—, y, por supuesto, un cúmulo de perplejidades —“No entiendo por qué linchar cada año a un inocente en Iztapalapa es patrimonio de la humanidad’ y la tauromaquia un agravio a la humanidad que debe ser la misma que la otra”—. 

El país, claro: México es escenario y asunto de las correrías y reflexiones de Guillermo Sheridan. Las experiencias, además de las obligadas abolladuras en la coraza, le han redituado varios saberes: “Con Pepón aprendí las características elementales (no hay de otras) del jefe mexicano que, salvo contadas excepciones, no varían: son obsequiosos con los de arriba y autoritarios con los de abajo; un remordido catálogo de complejos y envidias los mueve como un titiritero interior; no persiguen la eficiencia sino la gloria; su jefatura es el pastizal de su ego hambriento y la ventanilla donde cobran rencores nebulosos; navegan como carabelas por las aguas de una majestad que guarda una relación proporcional con su insignificancia; su concepto de lealtad consiste en el silencio o el halago…”

Toda una vida estaría conmigo es una hospitalaria miscelánea, en la que caben versos de Novo, Villaurrutia, Quevedo…, incluso del propio Sheridan (inalcanzable la primera estrofa de un soneto de juventud: “De Sarita palpé la hermosa chiche / una noche de viernes exaltada / cuando aceptó que la febril mirada / a la mano cediera su fetiche.”); honestas rememoraciones de luchas personales de las que no siempre el héroe salió laureado (“Una vez dejé de fumar durante siete semanas. Más allá de un orgullo justificado y de una indiscutible mejoría física, dejar de fumar fue horrible”); narraciones redondas que sin duda merecen un lugar en cualquier antología de cuento contemporáneo (v.g.: “El pato y el cánido” y “Ni siquiera siendo vaca”); aforismos (“El destinatario final de toda carta es quien la escribe”; “Otra característica de los paraísos es que, si no se han perdido, son falsos”); pasajes significativos de la historia reciente de este país, como la Revolución Mexicana—entrañable el texto sobre Jorge Prieto Laurens, abuelo de Sheridan— y la Guerra Sucia; un desfile de personajes protagónicos de la cultura mexicana (Juan Rulfo, Octavio Paz, María Félix, Juan Villoro, Gustavo García, Huberto Batis…); y además sesudas disertaciones sobre cuestiones tan disímbolas como el pene de Gothe y los gluteos de Lucrecio o el aeropuerto internacional de la Ciudad de México y la obra arquitectónica de Teodoro González de León… Subrayo la fuerza y belleza de un texto en el que Sheridan no cuenta nada, sino que más bien canta a la Ciudad de México: “No te acabas, no te acabas de acabar, extensa agonía mutante. A pesar de cierta calle, de ese olor azuloso luego del chubasco, de un zaguán casi olvidado, de unos cuantos rostros, a pesar de todo eso, que no es mucho, te aborrezco, ciudad abominable y odidada”.

En fin, si es usted de los que sabe reír con Sheridan, seguro va a disfrutar enormemente este libro. Ahora que si milita usted en las filas de quienes lo detestan, también le recomiendo que lo lea: encontrará más argumentos para su inquina.

domingo, 18 de enero de 2015

Cándido optimismo

En pocas palabras,
a menor superstición, menos fanatismo;
y a menor fanatismo, menos miseria.
Voltaire, Diccionario filosófico.

Durante los últimos días, François Marie Arouet (1694-1778) me ha pasado varias veces por la cabeza. Desde miércoles, el querido Voltaire ha sido traído a cuento en todo el mundo. Tan pronto comenzó a difundirse por el globo aldeano que el ataque a las oficinas de la revista Charlie Hebdo había sido perpetrado por un comando de fundamentalistas islámicos, cientos de miles de personas, ya en los medios masivos tradicionales, ya en las internáuticas redes sociales, se pusieron a citar: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Por supuesto, un aserto del todo pertinente, y de hecho sin duda alguna volteriano, sin embargo, una cita apócrifa, toda vez que el parisino jamás la escribió. La frase fue acuñada por una escritora inglesa, Evelyn Beatrice Hall, quien la publicó en 1906 en su libro The Friends of Voltaire, una biografía del filósofo francés. Lo que sí debemos a la pluma de Voltaire es una obra de teatro que, nada más por el título, seguramente en la actualidad le hubiera costado de menos una amenaza de muerte: El fanatismo o Mahoma. La pieza data de 1739 y fue puesta en escena tres años después en la Comédie Française, para luego ser prohibida. Pero cuidado, la tragedia aludida no es un repudio al Islam; tampoco puede decirse que la postura del incansable autor frente a dicha religión se limite a lo que en esa obra se expresa. Juan Goytisolo sintetizó atinadamente el asunto: “Su apreciación de Mahoma, en cuanto fundador de ‘una religión sabia, severa, casta y humana’, no obsta para un persistente rechazo a su figura. La inmensidad del corpus doctrinal volteriano contiene infinidad de facetas y se presta a contradictorias lecturas”.

El semanario de cartones Charlie Hebdo había sido amenazado mucho tiempo antes por grupos extremistas islámicos. Los moneros del impreso no pararon de hacer mofa del Islam, pero no solamente. En diversas ediciones habían criticado ácidamente a católicos y judíos también. Data de hace más de 250 años el siguiente diálogo escrito por Voltaire: “— Y es cierto que en París se ríe la gente de todo? — Verdad es; pero se ríen rabiando; se lamentan de todo a carcajadas y riéndose se cometen las más detestables acciones”. En la siguiente edición de Charlie Hebdo se lee en la portada: Urgente. Se buscan 6 dibujantes.



— ¿Qué es el optimismo? –dijo Cacambo.
— ¡Ah! –respondió Cándido–, es la manía de sustentar
que todo está bien cuando todo está mal.
Voltaire, Cándido.

Yo ya traía en mente a Voltaire desde el Día de Reyes. En la prensa, además de los muertos de Apatzingán, me topé con un par de notas que pintan la situación que perdura en Guerrero. La primera: desde temprano se dio a conocer que en cinco fosas clandestinas localizadas en el municipio de Chilapa de Álvarez fueron hallados diez cadáveres humanos, y en otra, once “extremidades cefálicas”, como ahora mientan a las cabezas en los boletines oficiales. “¿Cree usted que en todo tiempo se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre hayan sido embusteros, alevosos, pérfidos, ingratos, bribones, volubles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, disolutos, fanáticos, hipócritas y necios?”, cuestiona el protagonista de la última noveleta que Voltaire escribió (1759): Cándido o El optimismo. Martín, el personaje que a la postre terminará dando voz a la ética del autor, contesta con otra pregunta: “¿Cree usted que los milanos se hayan siempre engullido las palomas cuando han podido dar con ellas?” 

La segunda información periodística, una nota de color intenso sobre el desbarajuste por el cual transitamos: ese mismo día, Patricia, una joven chimpancé, se escapó del zoológico de Chilpancingo, y anduvo deambulando por calles y techos de la capital del estado durante más de dos horas. La violencia y el desorden cunden. ¿Cómo mantener un mínimo de esperanza?

Cándido —un personaje que ahora que releo la narración volteriana me parece casi un Forrest Gump dieciochesco— es educado por Pangloss, un perceptor de pacotilla que Voltaire inventa para burlarse despiadadamente de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), en particular de su concepción de que este que vivimos es el mejor de los mundos posibles. La postura del filósofo alemán, desarrollada en su influyente obra Ensayos de Teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (1710), será etiquetada como optimista. El protagonista, luego de que ambos vivan espantosas y disparatadas experiencias, lo confrontará:
“— Y, pues, amado Pangloss, cuando se vio usted ahorcado, disecado, molido a palos y remando en galeras, ¿pensaba que todo iba perfectamente?“— … al fin soy un filósofo, y un filósofo no se ha de desdecir, porque no se puede engañar a Leibniz, aparte que la armonía preestablecida es la cosa más bella del mundo, no menos lleno y la materia sutil.” “Si este es el mejor de los mundo posibles, ¿cómo serán lo otros”, se queja Cándido.
Por mi parte, pienso que hay situaciones en las cuales el único margen racional que le queda al optimismo es pensar que la gente no tardará en hartarse de que le vaya tan mal y haga algo al respecto.