Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Roma y el alcázar


A los dos nos tocó ver Roma al aire libre. Recién caída la noche del 7 de diciembre, yo la vi junto al mar. Eréndira, en cambio, la pudo ver hasta este jueves 13 —sólo unas horas antes del estreno en Netflix—, más de 2,200 metros más arriba, en lo que todavía hace unos días funcionaba como el helipuerto más custodiado de todo México.



Mochila al hombro, Eréndira salió de su casa hecha un bólido. Luego de trotar varias cuadras, llegó al metro Eduardo Molina. Andén dirección Politécnico; ahí decidió: “Por La Raza”… Sin embargo, tan pronto el convoy que abordó comenzó a moverse, tuvo una corazonada y se bajó en Consulado, la siguiente estación, para trasbordar a la línea 4, rumbo Santa Anita. Tres estaciones más adelante, otro trasbordo, ahora en Candelaria, para tomar la línea rosa. Por el subsuelo, rumbo a Observatorio, atravesó el primer cuadro de la ciudad de México: Merced – Pino Suárez – Isabel La Católica – Salto del Agua – Balderas – Cuauhtémoc – Insurgentes – Sevilla – Chapultepec – Juanacatlán…, finalmente Tacubaya. Último trasbordo: línea 7 dirección El Rosario…: Constituyentes y, enseguida, su destino: cuando emergió otra vez a la calle en la estación Auditorio, eran ya casi cinco y media de la tarde… A paso veloz, junto con cientos de apresurados, llegó a Los Pinos. Se fueron formando para entrar a la que todavía hace menos de quince días fue la residencia oficial del presidente. La mayoría llevaba cobijas, pocillos y termos, y recipientes para las palomitas. La fila serpenteaba por Chapultepec. Algunos militares organizaban amablemente el acceso. Como a las seis y media empezaron a repartir los boletos.
A Eréndira le tocó el 1590, de unos tres mil quinientos que se repartirían. Ya adentro, palomitas y ponche gratis, que se servían en los trastos que cada quien llevaba. Para quienes los necesitaran, había vasos y platos, ninguno desechable. Después de presentar el boleto, había que meterlo en una tómbola, porque se rifaron 17 pases dobles para la sala privada. Todos los demás se fueron acomodando en los petates distribuidos en el pasto. Salieron las tortas, las latas de atún, los tamales… Por ahí de las ocho de la noche, en la enorme pantalla apareció Alfonso Cuarón:

           

— ¿Qué…, todavía huele a azufre o ya se airió?



Me cuenta Eréndira que entre tanta raza no se sintió el frío, aunque los termómetros marcaran 12 grados centígrados. Ancianos, parejas, oficinistas solitarios, familias enteras, grupitos de cuates, fresones y jipitecas, banda y acaudalados… Comenzó Roma y su embrujo atrapó al público de inmediato… “Salimos como a las once de la noche: un río de gente conmovida…” Atrás, quedaron nada más los petates; al día siguiente, el propio Cuarón tuitearía: “La función de Roma en Los Pinos tuvo un saldo blanco de basura”.

           

El viernes de la semana anterior, en la playa Bacocho de Puerto Escondido, Oaxaca, arrancaba la cuarta edición del Festival del Puerto, organizado por Nino Cozzi y su equipo. Unas trescientas sillas de plástico bien dispuestas en la arena, colocadas frente a la enorme pantalla y rodeadas de potentes bocinas. Cielo despejado, temperatura ideal. El rugido intermitente del Pacífico… Entrada libre… Mientras el espectáculo del ocaso maravillaba a quien volteara a verlo, en menos de media hora se ocuparon todas las localidades. Mucha gente con chela o copa de vino en mano. Poco después de las siete de la noche, antes de la función estelar, la presentación de un cortometraje experimental filmado en ahí mismo en Puerto, Beyond Beach… Sus realizadores, Clara Winter y Miguel Ferráez, presentaron su obra como una crítica frontal al hipercapitalismo… En realidad, trece minutos absolutamente insignificantes, lamentablemente prescindibles…, salvo para buena parte de los espectadores, colonos del lugar, quizá la mayoría extranjeros, que apapacharon con sus aplausos a los jóvenes cineastas…
Pero, bueno, el martirio acabó y al fin se dio paso al plato fuerte de la noche, del evento, del Festival: Nicolás Celis, el joven productor de Roma, pasó al frente para comentar muy al vuelo la película… Y entonces comenzó el más reciente largometraje de Alfonso Cuarón… Después de la secuencia inicial, durante la cual nadie habla, tardé algunos minutos en acostumbrarme al formato —la copia que veíamos incluía subtítulos en inglés, tanto para los diálogos en mixteco como par los diálogos en español—, luego de los cuales, los subtítulos, la chela, la playa, el mar, la noche…, todo, se fue al diablo: la cinta de Cuarón me pescó del alma para llevarme a la Ciudad de México de 1971… Las imágenes y los sonidos lograron catapultarme a mi propia infancia, 47 años atrás… La potencia estética de Roma me dio entrada al alcázar de la memoria, como lo llamó hace más de 1600 años San Agustín de Hipona (354-430) en sus Confesiones: “el glorioso alcázar de mi memoria. Allí están a mi disposición el cielo, la tierra y el mar, con todas las impresiones que en ellos puede sentir, fuera de aquéllas que ya olvidé. Allí yo me encuentro conmigo mismo y me acuerdo de mí, de lo que hice, cuándo y dónde lo hice, y qué efectos experimentaba en el momento de hacerlo”.

           

En Los Pinos, junto al mar, en una sala de cine convencional o en el cuarto de televisión de una vivienda, Roma tiene la fuerza estética para limpiar los empañados espejos de nuestra memoria, la personal y la colectiva. Estoy seguro que eso es lo que está haciendo, y me parece que no sólo es bueno, creo además que es muy oportuno.
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sábado, 15 de diciembre de 2018

El globo de Pérgamo III


Recuperar el cielo
Recuperar la tierra
Envolver el mundo en ritmos de experiencia
Aprisionar el éter que se escapa
Aprisionar el aire
Con esta carne presurosa
En olas envolventes sobre el ensueño
Y la fuga de las estrellas en el momento en que iban a
contar su historia

Vicente Huidobro, Recuperar el cielo.


Dejamos anotado que un crítico literario, Crates de Malos, fue el primero en concebir una representación del mundo en forma de globo. Hemos dicho también que esto sucedió a mediados del siglo II a. C. en una ciudad que floreció en Anatolia, Pérgamo, justo frente a la isla de Lesbos —el sitio arqueológico se halla actualmente a las afueras de Bergama, en la provincia turca de Esmirna—. La ciudad alcanzó a albergar unos sesenta mil habitantes durante el reinado de Eumenes II (197-158 a. C.). Ahí se encontraba el teatro más grande de todo el orbe, con un aforo para unos diez mil espectadores, además de la única biblioteca que entonces podía competir con la de Alejandría. Fundada por el rey Átalo I Sóter, quien había gobernado unos años antes (241-197 a. C.), la biblioteca de Pérgamo pudo haber resguardado alrededor de doscientos mil volúmenes (rollos), la mayoría copiados en un material escriptóreo que según la tradición fue inventado allí mismo, el pergamino —de la piel de cordero, ternera o cabra se eliminaba el pelaje, se raspaba y se maceraba en agua con cal; luego se frotaba con yeso en polvo y se pulía con piedra—.


Teniendo siempre a Atenas como modelo, los jerarcas atálidas erigieron su biblioteca en la acrópolis de Pérgamo. “Su acervo de literatura e historia griega era profuso, pero en títulos no helenos la colección de Pérgamo era muy inferior a la de la cosmopolita biblioteca de Alejandría. Los sabios de Pérgamo eran mucho más fuertes en estudios sobre Homero, geometría, estética y crítica literaria… En Pérgamo prosperó la erudición más que la creación” (Fred Lerner, Story of Libraries).
           
Mientras dirigía la biblioteca de Pérgamo, Crates de Malos se dedicaba a su oficio (kritikos). Con razonable certeza sabemos que escribió al menos dos obras: Diorthotica, una exégesis en nueve rollos de la Ilíada, y Homerica, que “pudo haber tratado los problemas de geografía e incluso de cosmología” involucrados en las dos epopeyas homéricas. Sin embargo, debió de haber escrito muchos más estudios filológicos, puesto que entre los fragmentos que se conservan, unas trescientas páginas, encontramos comentarios acerca de otros autores clásicos, como Hesíodo, Eurípides y Arato, “pero estos pueden ser simplemente obiter dicta a sus obras sobre Homero” (Nigel Wilson, Encyclopedia of Ancient Greece). Para él y los estoicos, el conocimiento del crítico era una contraparte indispensable de la filosofía —para el estoicismo la filosofía se componía de tres disciplinas: lógica, física y ética—, y según dejó escrito uno de sus alumnos, un tal Taurisco de Trales, la crítica se componía de tres ramas: razón, práctica e investigación. Además de investigar y escribir, debatía a distancia con otro importante filólogo de la Antigüedad helénica, Aristarco de Samotracia (c. 216-144 a. C.), director de otra biblioteca, nada menos que la de Alejandría, y también Homerikos, es decir, experto en las obras de Homero. Por su puesto, ambos personajes eran archienemigos. “Crates fue el principal representante de la teoría alegórica de la exégesis, la cual sostenía que Homero tuvo la intención de expresar verdades científicas o filosóficas en forma de poesía” (Merriam-Webster's Encyclopedia of Literature). Por ello, a diferencia de Aristarco, el de Malos seguía aferrado a la vieja tradición griega según la cual la Ilíada y la Odisea eran “los libros de texto de todos los temas” (Harold Bloom, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?).
           
Entre sus afanes por destilar de ciertos pasajes homéricos conocimientos específicos acerca de la realidad concreta destaca el que nos ocupa: su intento por demostrar que Homero sabía que el mundo, nuestro mundo, y el universo son esféricos. Hay quienes piensan que Crates echó mano también de las conjeturas y los cálculos geométricos de Eratóstenes (276-194 a. C.), sin embargo lo más probable es que, a pesar de que “investigó en muchos campos, incluida la geografía y la cosmología, este trabajo parece estar subordinado a su oficio como crítico literario, como una investigación no técnica en lugar de una investigación científica específica”
(Elizabeth Asmis, “Crates on Poetic Criticism.” Phoenix 46). El caso es que según Crates el escudo de Agamenón era una representación alegórica del cosmos (Ilíada XI, 32-40), y los diez círculos de bronce una efigie de las diez esferas cósmicas:
Cogió el impetuoso broquel, que cubre al mortal, elaborado
con arte, bello, con diez círculos de bronce en su contorno.
En el interior tenía veinte bollones de estaño
blancos y en el centro de todos uno más de oscuro esmalte.
El broquel estaba coronado por la Gorgona, de salvaje aspecto
y fiera mirada, a la que rodeaban el Terror y la Huida.
De él colgaba un áureo tahalí; sobre su superficie estaba
enroscada una serpiente esmaltada que tenía tres cabezas
entrelazadas, nacidas de un único cuello.
           
A partir de ello, “Crates buscó mapear los versos homéricos en el globo que ideó para ilustrar la teoría geográfica estoica” (Romm, J. S., The Edges of the Earth in Ancient Thought: Geography, Exploration, and Fiction). El resultado representa una división por zonas de la superficie de la Tierra: líneas ecuatoriales y meridianos, y cuatro grandes masas terrestres, es decir continentes, divididas por océanos: el Oecumene, esto es, el mundo conocido (Europa, Asia, y norte de África); el Perioeci, las tierras que debían de encontrarse en el hemisferio norte; la Antoeci, las tierras desconocidas al sur del Ecuador; y las Antipodes, las hipotéticas tierras en el otro lado del mundo. Así que, más un milenio antes del primer viaje de Colón, este erudito heleno interpretó que de este lado del mundo debía existir un continente. Hay que seguir leyendo la Ilíada…

domingo, 2 de diciembre de 2018

El globo de Pérgamo II


Dijimos que, hasta donde sabemos, la más antigua representación del globo terráqueo la ideó un heleno originario de Anatolia, Crates de Malos (c. 150-180 a. C.). Además de interesarse en cuestiones cosmográficas y geográficas, este señor Crates, hijo de Timócrates, se dedicó fundamentalmente a la crítica literaria, un quehacer que por aquel entonces, hace poco más de dos milenios, apenas comenzaba a desprenderse de la Gramática: “El oficio del crítico, según Crates, es investigar todo lo que pueda arrojar luz sobre la literatura, ya sea desde dentro o desde fuera [del texto], [mientras que] el gramático sólo aplica las reglas del lenguaje para aclarar el significado de pasajes específicos…” (William Smith. A Dictionary of Greek and Roman biography and mythology).
           
Quedamos también que el colega Crates de Malos trabajó en la ciudad de Pérgamo, como director de la espléndida biblioteca de los reyes atálidas, y quedamos además que, antes que nada, el buen hombre fue un filósofo apegado a la doctrina estoica. Así que no resulta difícil hallar el hilo genealógico de su pensamiento, el cual podemos remontar nada menos que a Atenas y hasta Sócrates (470-399 a. C.), es decir, el meritito comienzo de la filosofía occidental.
           
Si bien el meteco Antístenes (c. 445-365 a. C.) atendió primero las enseñanzas de algunos sofistas —Gorgias de Leontinos, Pródico de Ceos e Hipias de Élidedes—, después, al igual que Platón (c. 427-347), se hizo discípulo de Sócrates. De hecho, él fue el primero que escribió diálogos socráticos, y haríamos bien en sacarlo de las sombras y dejar de considerarlo un filósofo menor: según Karl Popper, “… en los días en los que fue escrita La República, sólo había en Atenas tres hombres lo bastante destacados para reclamar el nombre de filósofos, y éstos eran Antístenes, Sócrates y el propio Platón…” (La sociedad abierta y sus enemigos). Pues Antístenes fundó la escuela/secta de los cínicos, un movimiento filosófico, pero sobre todo ético, que tuvo como eje la búsqueda de la virtud a través de una vida ascética, totalmente liberada de las convenciones sociales. Entre los alumnos de Antístenes se encontraba Diógenes de Sínope (c. 404-323 a. C.), el excéntrico personaje que terminaría por afamar a los cínicos… Incluso hay quienes sostienen que “sin Diógenes no habría cínicos”, y que otorgarle un sitio relevante a Antístenes fue un embuste de los estoicos para fincar su abolengo en Sócrates (Ragnar Hüistad.
“Cynism”. Dictionary of the History of Ideas. Studies of Selected Pivotal Ideas). Diógenes de Sínope —quien habría llegado a Atenas procedente de una colonia griega localizada en la costa sur del mar Negro— llevó al extremo el ideal asceta. Según su tocayo Diógenes Larecio (180-240), “oponía a la fortuna el valor; a la ley, la naturaleza, y a la razón, las pasiones”. Celebérrimo desde la Antigüedad es lo que Diógenes de Sínope le respondió a Alejandro Magno el día en el que el poderoso jerarca macedonio encontró al reputado pensador recostado en el suelo y le dijo: “Pídeme lo que quieras”…: “Pues no me hagas sombra” (Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres). Uno de los muchos pupilos de El Perro, como se hacía llamar el mismo Diógenes, fue otro Crates, pero éste nativo de Tebas (368-288 a. C.). Él había sido enviado a Atenas por su padre para estudiar en el Liceo —entonces dirigido por Teofrasto, asistente de Aristóteles—, pero terminó seducido por la elocuencia de Diógenes, así que se deshizo de toda su hacienda y se convirtió en el continuador de la escuela de los cínicos. Se dice que también tuvo un encuentro con el joven estratega Alejandro Magno, quien, después de que su ejército destruyera Tebas, le preguntó si quería que se reconstruyera su patria, a lo que Crates respondió: “¿Qué más da? Probablemente otro Alejandro la arrasará de nuevo”. Pero el dato que aquí hay que traer a cuento es que el seguidor más destacado de Crates de Tebas fue un isleño a quien le gustaban mucho los higos, Zenón de Citio (336-262 a. C.), ni más ni menos que el fundador del estoicismo. Es así pues que se completa la filiación que va de la ética socrática al estoicismo, pasando por los cínicos: Sócrates-Antístenes-Diógenes-Crates-Zenón.
           

Zenón de Citio, aunque oriundo de Chipre, provenía de una familia que muy probablemente tenía raíces fenicias. Debió haber llegado a Atenas entre el 311 y el 302 a. C., y fue en la ciudad griega por excelencia en donde pasaría el resto de su vida. Después de haber abrevado no sólo de los cínicos sino también del legado dialéctico de Heráclito de Efeso (c. 540-480) y de los megáricos, “inauguró su propia escuela…; al principio, se limitó a reunirse con quienes querían oírlo, en un pórtico polícromo, llamado Peisianactio, adornado con las pinturas de Polignoto. Por eso, sus discipulos fueron denominados ‘estoicos’ (de stoá = pórtico), aun cuando al principio se les llamaba zenonianos…” (Ángel J. Cappelletti ed., Los estoicos antiguos). La doctrina que conformó tendría un éxito enorme, al grado que trascendería no sólo Atenas, sino también el horizonte helenístico para infliltrarse en Roma. Resulta significativo que Díogenes de Sínope haya sido quien acuñó el el vocablo cosmopolita; ello sucedió cuando alguien le preguntó de dónde era, a lo que el filósofo esclavo contestó: “Soy cosmoplita”, es decir, ciudadano del mundo.

Sabiendo ya de dónde viene, volveremos con el estoico Cretes de Malos, quien, sobre todo basado en sus interpretaciones de las epopeyas de Homero, configuraría el globo. 

           

sábado, 24 de noviembre de 2018

El globo de Pérgamo I

Mundo mondo,
sonaja de semillas semánticas
Octavio Paz, Solo a dos voces.



Literatura y Geografía son disciplinas que siempre se han llevado sobradamente bien. Para muestra un botón…, o mejor, un globo.

Resulta que el globo terrestre más antiguo del que conservamos noticia fue ideado por un crítico literario. El hombre, un heleno estoico que vivió durante apenas tres décadas del siglo II antes de nuestra era, se llamaba Crates y llegó al mundo en Malos, una colonia griega en Asia Menor. Malos se ubicaba en el costado oeste del golfo de Issos —actualmente golfo de Alejandreta—, muy cerca de la desembocadura en el Mediterráneo del río Pyramus —hoy río Ceyhan—. Crates nació en el 180 a. C., 153 años después de que, al inicio de su marcha hacia Levante, Alejandro Magno pasara por ahí —unas jornadas antes a la batalla definitiva contra los persas, en noviembre del 333 a. C., el macedonio organizó una ceremonia de sacrificios para honrar al fundador mítico de Malos, el héroe Anfíloco (Donald W. Engels, Alexander the Great and the Logistics of the Macedonian Army)—. Siendo un mozalbete, Crates abandonó su terruño para trasladarse Pérgamo, unos mil kilómetros al oeste, en el extremo opuesto de la península de Anatolia, a unas seis horas a pie de las costas del mar Egeo. Reinaba entonces Eumenes II (197-158 a. C.), y la polis gozaba su momento de mayor esplendor.

Según la mitología griega, Pérgamo fue fundada por un hijo de Hércules, quien, borracho, había violado a la princesa Auge, hija de Aleo, rey de Arcadia. Aquel encuentro dio vida a Télefo, quien luego de varias vicisitudes, ya adulto, se convertiría en rey de Misia. Fue en tal condición que Télefo habría sido herido en combate por el mismísimo Aquiles…, y vivió para contarla (Cantos Ciprio)… Aquí no tengo más remedio que desviarme de la ruta del relato, para contar que, perdidos y a falta de un mapa, los punitivos griegos
habrían podido llegar a sitiar Troya sólo gracias a Télefo. Sucedió que, en un primer intento, desembarcaron por equivocación en Misia, creyendo que estaban ya en los dominios troyanos del rey Príamo, así que sin mayor preámbulo comenzaron a asolar la comarca. Télefo acudió en defensa de sus lares. Fue entonces que el fiero Aquiles lo hirió en una pierna. Conscientes de su error, los griegos se harían a la mar de nuevo. En Misia, pasado un tiempo, la herida de Télefo no sanaba, así que acudió al oráculo: Apolo le dijo que la única solución era que lo curara quien lo había herido. Tal cometido no se veía nada fácil…, pero Télefo, además de bizarro era mañoso: disfrazado de mendigo, buscó a Aquiles en Argos, y el héroe de los pies ligeros accedió a curarlo —tema que Aristófanes (444-385 a. C.) no se cansaría de parodiar en sus comedias—. En retribución, Télefo les señalaría a los aqueos el derrotero para llegar a Troya.   

Independientemente de su origen mítico, la huella arqueológica muestra que colonos procedentes de Tesalia comenzaron a poblar Pérgamo desde el siglo VIII a. C. Doscientos años después toda la región, la llamada Eolia, era controlada por Lidia, y posteriormente por los persas. La mención literaria más antigua de Pérgamo se la debemos a Jenofonte (c. 431-354 a. C), quien en su Anábasis narra el paso de la Expedición de los Diez Mil por la que entonces, 399 a. C., era sólo una ciudadela —precisamente ahí Jenofonte entrega el mando del ejército de mercenarios griegos al espartano Tibrón—. Sin embargo, la grandeza de Pérgamo vendría después.

Filitero (343-263 a. C.), un guerrero macedonio, fue el fundador de la dinastía atálida. Tras la muerte de Alejandro, 334 a. C., Filitero se halló en medio de las guerras de los diádocos. Inicialmente se plegó al mandato de Antígono, pero pronto tomó partido por Lisímaco de Tracia, quien en 301 a. C. lo designó gobernador de Pérgamo. Como tal permaneció durante casi veinte años, hasta que Filitero decidió que el equilibrio de fuerzas había cambiado y ofreció su plaza y armas a Seleuco I de Siria. La jugada resultó afortunada porque poco a poco Pérgamo fue ganando independencia, al punto que terminó haciéndose un reino autónomo. Desde entonces comenzó una construcción que
marcaría al Pérgamo atálida, un templo dedicado a Atenea. Filetero heredará el trono a un sobrino, Eumenes I, a quien sucedería otro familiar, Átalo I, quien logró los triunfos militares definitivos contra los galatas (celtas) e impulsó la primera gran explosión cultural de Pérgamo. Además, Átalo I estableció una alianza con Roma para enfrentar a Macedonia y detener los embates de Cartago. El siguiente jerarca, Eumenes II, gobernará Pérgamo durante sus años dorados. Fue en este período cuando Crates de Malos se estableció en la ciudad, en donde asumiría un rol clave, al hacerse cargo de la dirección de la biblioteca de Pérgamo, la única que llegó a competir con la de Alejandría. Crates estudiaría incansablemente la Ilíada y la Odisea, enseñaría estoicismo y, como ya decíamos, lograría crear el primer globo terráqueo de cuantos conocemos. Veremos…





Esquela

El miércoles 14 murió Fernando del Paso. Mi primera borrachera de lenguaje de varios días se la debo a Palinuro de México. La lectura lo perdure. Recordemos unos versitos del gran dandi:

Si esto que estoy escribiendo
jamás escrito lo hubiera,
no sé qué estaría yo haciendo,
y tú, lector en espera,
tú no lo estarías leyendo.


sábado, 17 de noviembre de 2018

Tres baños

Since the same human mire remains beneath,
does not all civilisation reduce itself
to the superiority of smelling nice and living well?
Émile Zola, L'Argent.



1

Hará ya casi un cuarto de siglo…, bueno, comenzando así se escucha como si hubiera sucedido hace muchísimo tiempo, y 24 años no es tanto… Lo que contaré debió de haber ocurrido a mediados de 1994. Enviaron entonces al joven…, llamémosle Je Suis (JS), a dirigir la oficina regional en el Estado de México del organismo público responsable de la producción de información estadística y geográfica de este país. Desde Toluca se conduce la estructura descentralizada que atiende tres entidades federativas: además del Edomex, Guerrero y Morelos. Sólo en el edificio en donde se encontraban las oficinas de la dirección regional laboraban por aquel tiempo alrededor trescientas personas. De acuerdo a los usos y costumbres jerárquicos de la burocracia mexicana, el despacho del director tenía un cuarto de baño privado, así que si JS no hubiera incluido en los recorridos de reconocimiento y revisión que realizó por todo el inmueble los baños generales, no se habría percatado de las condiciones en que se hallaban. Después de hacerlo, mandó llamar al jefe del departamento de Servicios Materiales. Unos minutos más tarde el susodicho funcionario se presentó en la oficina de su nuevo jefe. Tan pronto entró, JS le pidió que tomara asiento en su escritorio. Por supuesto, al pobre se le cruzaron los circuitos: el escritorio del director tenía aún una carga simbólica muy pesada, quizá todavía sea así, una halo de tlatoani, casi un nimbo de virrey, que imponía… Todo cohibido, pues, el compañero jefe de departamento de Servicios Materiales se sentó en El Lugar del Director, frente a la computadora… Ojo: vale recordar que en aquellos ayeres, las computadoras apenas comenzaban a colmar los escritorios de las oficinas. JS se ubicó detrás del sillón ejecutivo y fue instruyéndolo para que operara la máquina. Le explicó que lo que miraban en pantalla era un CD ROM —¿se acuerdan que así se decía antes?— desarrollado por la propia institución con tecnología de punta —“tecnología-de-vanguardia-de probada-utilidad”, rezaba el mantra—. JS le preguntó a su compañero subalterno en dónde vivía. Aquí mismo, señor, en Toluca. ¿En el municipio de Toluca? Bueno, no, es Metepec, pero aquí pegado, en la misma ciudad… Luego lo fue guiando para que se acercaran al punto exacto en donde se encontraba su vivienda, para después desplegar todos los datos que por medio del Censo de Población de 1990 se habían obtenido de aquella área geográfica… Atónito, el compañero jefe de departamento de Servicios Materiales fue reconociendo la traza urbana de su colonia y después descubriendo el perfil sociodemográfico que, en conjunto, él, su familia y sus vecinos configuraban… Estupefacto terminó el hombre. Enseguida, JS le pidió que lo acompañara y lo llevó a los baños para varones de la planta baja del edificio… No es que se encontraran demasiado sucios, pero nadie hubiera dicho que estaban limpios. No había ni jabón en los lavamanos ni con qué secarse ni papel higiénico en los WC… Pues mira, le espetó JS, no es correcto que los compañeros que trabajan para que el desarrollo que acabas de ver sea posible tengan que usar estos baños. ¡Ni siquiera hay papel de baño! Es que se lo roban. No se lo roban, lo guardan en sus escritorios porque no saben si mañana van a encontrar. Tú te vas a encargar de que nunca falte, ni siquiera media hora, y si se lo llevan, vuelves a poner… A ver quién se cansa primero. El resultado fue el previsible.


2

Varios años después, en la Ciudad de México, a JS le tocó en suerte acudir a CU, a la facultad en la que estudió la licenciatura, para dar una conferencia. El tema aquí no viene a cuento. Antes de entrar a la sala en donde se realizaría el evento, pasó a los sanitarios de los alumnos que se hallaba en el mismo piso. La plática se desarrolló en un ambiente agradable y participativo. Al final, las profesoras que lo habían invitado preguntaron a JS si estaba de acuerdo en pasar a saludar al director de la facultad… No, gracias. ¿Lo conoce, sociólogo? No personalmente, pero debe de ser pésimo…, por lo menos estoy seguro que no respeta un ápice a los alumnos.


3

El edificio en donde trabaja CST tiene un sótano, diez pisos y un PH. Todo el inmueble está ocupado por el mismo organismo público. El escalafón se refleja estrictamente en la distribución del personal por niveles: en el ático están las oficinas del director general en jefe; en el piso 10, las cuatro direcciones generales de la dependencia; en el nueve, la coordinación general de administración; en el ocho, las direcciones generales adjuntas; en el siete, las direcciones de área más importantes…, y así sucesivamente. En el sótano, además del estacionamiento, el servicio médico y el área de protección civil, hay un enorme galerón en donde trabaja un ejército de capturistas. En el piso 7, en donde trabaja CST, llevan dos semanas haciendo algunos trabajos de mantenimiento en los baños, así que quienes trabajan en tal nivel tienen que ir a los baños de otros niveles. El lunes de la segunda semana, fueron colocados unos letreros en los baños del piso 8: “Sanitarios para uso exclusivo del Piso 8. Si en tu piso no sirven los baños, usa los del piso inferior”. La palabra “inferior” estaba subrayada.

sábado, 10 de noviembre de 2018

El cronoscopio

La vida sólo puede entenderse hacia atrás;
pero hay que vivir hacia delante.
Søren Kierkegaard


Sin ánimo de infamar a nadie, puedo afirar que Isaak Yúdovich Ozímov —de origen Исаáк Ю́дович Ози́мов— no habría necesitado disponer de un aparato fantástico que le permitiera fisgonear en tiempos pretéritos, para tener noticia y certeza de que a principios de la década de los ochenta, pero del siglo XIX, el marsellés Eugène Mouton (1823-1902) había escrito una narración en la que dio existencia literaria a un prodigioso telescopio eléctrico, a través de cual era posible “ver realmente lo que aconteció en el pasado”. El texto se titulaba L’historioscope e igual se denominaba el mentado artilugio. Para saberlo, el señor Ozímov no habría requerido haberse equipado con tal portento, puesto que monsieur Mouton no guardó en secreto su ocurrencia, sino que publicó la narración en su libro Fantaisies (1883). Que conste que no estoy afirmando categóricamente que el señor Исаáк Ю́дович Ози́мов, mejor conocido como Isaac Asimov, haya leído la noveleta del galo decimonónico, pero sospecho que sí… A ver, juzgue usted…


En su edición de abril de 1956, la revista norteamericana Astounding Science Fiction —por aquellos ayeres, cuando el impreso se encontraba en plena época de oro, la gente podía comprarlo en los puestos de periódico por 35 centavos de dólar—, publicó dos novelas cortas (novelettes), un cuento (short story) de Algis Budrys, una novela por entregas (serial), un artículo y las colaboraciones de algunos lectores; 162 páginas en total… En la ilustración de la portada, a todo color, dos de los personajes de Double Star, la novela seriada de Robert A. Heinlein que concluía en aquella edición. Después de las páginas con el cupón de suscripción y el índice, en la 4, la editorial con que abría el número —The Group and the Individual— arrancaba con una definición que no tiene desperdicio: “Básicamente, la Sociología es el estudio de cómo se comportan los grupos de seres humanos…” Al final de la siguiente página —“… los estudios estadísticos del comportamiento humano pertenecen al campo de la Sociología…”—, se enviaba al lector interesado a continuar aquellas sesudas reflexiones en la 160, porque enseguida comenzaba el plato fuerte del mes: The Dead Past, El pasado muerto, una novela corta —en la revista terminaba en la página 46— firmada por Isaac Asimov, entonces ya un escritor estelar y en ascenso. El texto fue ilustrado con dibujos originales de Van Dongen. En la página inicial, después de un retrato del protagonista de la narración, el doctor Arnold Potterley, un epígrafe del todo pertinente para adentrarse en el asunto: Hay un viejo dicho: Dejemos que el pasado muerto entierre a sus muertos ... Pero, ¿cuánto tiempo tiene que pasar para que el pasado muera?

En 1956, Asimov (1920-1992) —un inmigrante judío oriundo de Petróvichi, pequeña localidad de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, y llegado a Estados Unidos en 1923—, aunque ya ganaba mucho más dinero como escritor profesional, trabajaba impartiendo clases de Bioquímica en la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston. De igual forma, el doctor Arnold Potterley, personaje central de El pasado muerto, es un docente universitario, él especializado en Historia de la Antigüedad. El propio Asimov contó alguna vez que después de haber dedicado siete años de su vida a la enseñanza —“Estaba  saturado del mundo de la investigación científica”— escribió esta narración, la cual llegó a considerar la más autobiográfica de todas sus obras: “Naturalmente, cualquiera que escriba va a revelar, por más que lo quiera hacer o no, el mundo en el que está inmerso. Nunca he tratado de evitar que mi vida personal se introduzca en mis historias, pero debo admitir que rara vez se ha deslizado tanto como lo hizo en esta. Como ejemplo de cómo funcionan mis historias, considera esto: mi protagonista estaba interesado en Cartago porque yo mismo soy un gran admirador de Aníbal y nunca he superado la batalla de Zama. Introduje a Cartago, ociosamente, sin ninguna intención de tejerlo en la trama. Pero igual se entremezcló. Eso me pasa una y otra vez. Algunos escritores meticulosamente elaboran las historias a detalle antes de comenzar, y se adhieren al esquema… Pero yo no lo hago así. Elaboro mi final, decido un comienzo y luego prosigo, dejando que todo se resuelva por sí mismo cuando llego a él”.


En El pasado muerto —novela corta que al cabo de algunos años se convertiría en un clásico de la ciencia ficción—, Isaac Asimov fantasea con la creación de un instrumento maravilloso, el cronoscopio, el cual, igual que el historioscopio de Eugène Mouton permite mirar, como en una película, todo lo ocurrido en el pasado… El relato del francés ocurre en el presente, en el presente del protagonista que también es un investigador académico, mientras que la noveleta de Asimov acontece en un futuro distópico… Lo mismo que sucede con el funcionamiento del viejo historioscopio, en el cronoscopio “las imágenes no se mueven a mayor velocidad en el cronoscopio que en la vida real”, así que si alguien se dedicara a espiar un día histórico específico, tendría que dedicar a la tarea un día de su presente… ¿Una trampa depresiva?

Isaak Asimov valoró The past dead lo suficiente como para incluirlo primero en su libro Con la Tierra nos basta (Earth Is Room Enough, 1957), y después en el volumen The best of Isaac Asimov, de 1973. Hoy lo puedes encontrar en tres o cuatro teclazos en la web…

sábado, 3 de noviembre de 2018

El hisorioscopio

The celebrity of historical facts,
like that of men, is a matter of camaraderie,
of preservation, and above all of chance.
Eugène Mouton, The Historioscope.



Time machine
No he podido reparar mi máquina del tiempo, y sigo varado aquí…, ahora mismo.


El tobogán

Ningún mapa, ni siquiera un mapa escala 1:1, puede dar cabida íntegramente al territorio. Tanto como un mapa, lo que llamamos historia es una representación, y todo lo ocurrido no cabe en ella: la historia no cabe en la historiografía. Una representación es una abstracción y por ello, necesariamente, una simplificación… Y para no meternos en más berenjenales, olvidémonos que, de entrada, nuestra percepción es también una representación de la realidad, de tal suerte que todas las representaciones que elaboramos de lo que percibimos, por más detalladas y precisas que sean, son representaciones de representaciones.

El tobogán de nuestra ignorancia está mucho más empinado: más allá de las limitaciones intrínsecas de la historia, han sucedido eventos trascendentes acerca de los cuales jamás podremos saber qué fue lo que realmente pasó… Claro, que resulte imposible disponer de un registro veraz sobre determinados acontecimientos pasados no ha impedido que tramemos historias explicándolos y dándoles un sentido, relatos que luego bien pueden guiar nuestro actuar. De que sean verdad o mentira no depende la fuerza significativa de las historias —en esta misma columna, hace algunos años presenté un ejemplo extremo, el levantamiento maya en Cisteil de1761, atribuido al liderazgo de Jacinto Canek:
El tobogán de la ignorancia—.


El historioscopio

 
“… todo trabajo de historia es apenas una copia de estudios precedentes, a la que se agrega una que otra especulación inexacta”, rudo, sostiene el disparatado Joseph Durand, y agrega: “… las personas podrán seguir engañándose a sí mismas pensando que entienden la historia, hasta el día en que puedan equiparse con un medio que les permita ver retrospectivamente, no historias y cuentos, sino ver realmente”. ¡Ah, caray!, ¿un medio que permita ver realmente lo que aconteció en el pasado?  Ni más ni menos, un artefacto así fue el que ideó el francés Eugène Mouton (1823-1902) cuando escribió L'historioscope, un cuento publicado originalmente en 1883 en su libro Fantaisies, es decir, doce años antes de La máquina del tiempo de H. G. Wells.

El historioscopio de Mouton —quien solía firmar sus obras como Mérinos—,  es, “casi con certeza”, el primer ejemplo en la literatura de ciencia ficción de un artilugio visor de tiempo (time viwer). ¿Qué es un visor de tiempo o cronoscopio? “Una forma pasiva de máquina del tiempo que normalmente muestra escenas del pasado, aunque pero no permite ningún tipo de interacción” (The Encyclopedia of Science Fiction edited by John Clute, David Langford, Peter Nicholls and Graham Sleight.
London, 2018).

En El historioscopio —no conozco ninguna traducción al español; leí la traducción al inglés que hace Brian Stableford para su antología de literatura fantástica francesa decimonónica News from the Moon And Other French Scientific Romances. Black Coat, 2007—, Mouton da voz al excéntrico Joseph Durand (de Tarn-et-Garonne), “miembro de varias sociedades académicas y hombre de letras”, un sujeto de estraño porte que parece “pertenecer a una raza extra-humana”: “Fundamentalmente, sólo existen dos tipos de métodos para hacer historia. Uno consiste en aceptar los hechos… En el otro se opta por dar preeminencia a ideas preconcebidas, organizando-inventando, si es necesario, los hechos para justificar aquéllas”.

El narrador del cuento, quien había publicado en la Revue d’infini un artículo especializado y estrafalario —“La relación comercial de los asirios con los etruscos, con especial referencia al comercio de morenas reales durante los reinados de los reyes Evilmerodach y Neriglissor”— recibe una carta de Durand quien, entre otras cosas, lo invita a conocerlo personalmente y le ofrece mostrarle testimonios originales no sólo del comercio de morenas entre los asirios y los etruscos, “sino también, y en general, de todos los hechos de la historia universal, sin excepción”. El narrador, aunque se endiabla porque alguien más se inmiscuyó en su tema —“¿Que ya no queda nada nuevo bajo el sol, ni siquiera en la historia?”—, dominado por la curuosidad, termina por acudir a la cita… Primero, Durand, para dejar las cosas en claro, explica su coondición: “Bueno, Monsieur, una palabra bastará para familiarizarlo con mi estado mental: estoy loco”. Pero que esté deschavetado no lo invalida, ni a él ni a sus descubrimientos:  “¿Qué importa que la botella esté cuarteada si el vino que contiene es bueno? Monsieur, ¿no te avergüenzas de clasificar los productos de la mente humana en los compartimentos de la locura y la razón, cuando no son más que categorías imaginarias inventadas por médicos y filósofos?” Enseguida, le explicará el principio gracias al cual logró concretar su gran invento: “Los hechos, al producirse a sí mismos, adquieren una existencia tan positiva e indestructible como la de las ideas. Al igual que las ideas, vuelan por todo el mundo…” El caso es que todo lo que ha sucedido en el planeta Tierra, desde el principio de los tiempos hasta el presente, se ha proyectado en el espacio, de tal manera que Joseph Durand ha inventado una especie del telescopio eléctrico que por medio del cual es posible ver realmente, aunque todavía en sin sonido alguno, todos los acontecimientos ocurridos en el pasado… Después de que el protagonista observe algunos episodios históricos a través del hisorioscopio, compartirá la apreciación del loco inventor: “se ha requerido de todo el ingenio de nuestros historiadores para hacer que un determinado incidente pareciera importante y presentarlo como un evento memorable…”