Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 23 de febrero de 2020

Insatisfechos



Bichos insaciables, eso es lo que somos. Abraham Harold Maslow (1908-1970) explica nuestra atareada condición diciendo que “el ser humano es un animal necesitado que  raramente alcanza un estado de completa satisfacción, excepto en breves períodos de tiempo”. Según  el psicólogo norteamericano, tan pronto el hombre ha logrado satisfacer un deseo, aparece otro en su lugar. Incapaz de conformarse con lo que es y está, actúa y modifica, actúa y crea. A todos estos actos, José Ortega y Gasset (1883-1955) los llamaba movimientos técnicos: los manejos que incansablemente realiza el hombre cuando fabrica algo, cuando cambia de lugar las cosas o separa lo que estaba junto o amalgama lo que estaba desarticulado…
Y cada vez nos dedicamos más a ello: “una de las leyes más claras de la historia universal es el hecho de que los movimientos técnicos del hombre han aumentado continuamente en número y en intensidad…; el hombre, en una medida creciente, es un ser técnico”. Los tejemanejes con los que los seres humano hacemos mundo. El hombre, dice el filósofo español, “transforma y metamorfosea los objetos de este mundo corpóreo, tanto los físicos como los biológicos, de tal suerte que cada vez más y quizá al final totalmente, tienen que convertirse en un mundo distinto frente a lo primigenio y lo espontáneo”. En efecto, ahí en donde haya un sapiens habrá artificio y artificialidad; nuestro comportamiento es siempre técnico, encaminado a crear un mundo nuevo. ¿Y por qué? ¿Cómo explicar ese afán de hacer, de transformar? “¿Cómo tiene que estar constituido un ser para el cual es tan importante crear un mundo nuevo?” Ortega y Gasset contesta: “La respuesta es sencilla: por fuerza, un ser que no pertenece a este mundo espontáneo y originario, que no se acomoda en él. Por ello no se queda tranquilamente incluido en él como los animales, las plantas y los minerales. El mundo originario es lo que, de modo tradicional, llamamos ‘naturaleza’. Desde luego, en rigor, no hay naturaleza, se trata de una idea, de una interpretación del mundo genuino”.
           
Así que, al igual que Maslow, Ortega y Gasset piensa que, en esencia, el hombre es una criatura insatisfecha… “Se nos aparece el hombre, pues, como un animal desgraciado, en la medida en que es hombre. Por eso no está adecuado al mundo, por eso no pertenece al mundo, por eso necesita un mundo nuevo…”

Según Abraham H. Maslow, los seres humanos prácticamente siempre estamos deseando algo. Claro, hay de deseos a deseos… Por ejemplo, si padeciera usted una situación prolongada de hambre, será imposible que experimente el deseo de aprender a tocar en el piano una sonata de Mozart o el deseo de seducir a alguna persona o el de comprar unos audífonos inalámbricos… Nadie, frente a un tsunami a punto de caerle encima sentirá ganas de beberse una piña colada; nadie que sea sistemáticamente tratado como un don nadie en su comunidad tendrá deseos de estudiar… “Hay aquí dos hechos importantes: primero, que el ser humano nunca está satisfecho, excepto de una forma relativa o como si fuese sólo el peldaño de una escalera, y segundo, que esas necesidades parecen ordenarse en una especie de jerarquía de predominio”. Esta argumentación es, por supuesto, la idea germinal de la famosa pirámide de Maslow.

En su influyente libro Motivación y personalidad, Abraham H. Maslow explica la jerarquía de necesidades/deseos. En la base están los impulsos fisiológicos: “… estas necesidades son las más prepotentes de todas… el ser humano que carece de todo en la vida, en una situación extrema, es muy probable que su mayor motivación fueran las necesidades fisiológicas más que cualesquiera otras. Una persona que carece de alimento, seguridad, amor y estima, probablemente sentiría con más fuerza el hambre de comida antes que de cualquier otra cosa”.

Ahora, ¿qué sucede cuando las necesidades fisiológicas están cubiertas? De inmediato aparecen necesidades superiores, “y éstas dominan el organismo más que el hambre… Y cuando éstas a su vez están satisfechas, de nuevo surgen otras necesidades (todavía más superiores) y así, sucesivamente”. El segundo escalón corresponde a las necesidades de seguridad, estabilidad, codependencia, protección… No se refiere únicamente a la seguridad física inmediata, también a la ausencia de miedo, ansiedad y caos; a la necesidad de un cierto orden y estructura, de normas y límites. “La tendencia a tener alguna religión o filosofía del mundo que organice el universo y a la gente dentro de él, en algún marco de referencia significativo y coherente, está también en parte motivado por la búsqueda de seguridad”. En caso de no estar satisfechas tales necesidades, “prácticamente todo parece menos importante…, incluso a veces las necesidades fisiológicas, porque estando satisfechas, ahora se desestiman”.

Cubiertas las necesidades fisiológicas y las de seguridad, surgirán las necesidades de amor, afecto y sentido de pertenencia. Maslow afirmaba ya a mediados del siglo pasado que hemos descuidado “nuestras profundas tendencias animales de rebaño, de manada, de agruparse, de pertenecer… En nuestra sociedad, la frustración de estas necesidades es el foco más común en casos de inadaptación y patología serias”. Los humanos no sólo deseamos ser amados y amar, además deseamos ser valorados y estimados, por los demás y por nosotros mismos: “tenemos lo que podríamos llamar el deseo de reputación o prestigio, el estatus, la fama y la gloria, el reconocimiento, la atención, la importancia, la dignidad o el aprecio”.

Finalmente, en el piso más alto de la pirámide se hallan lo que Maslow llama necesidad de autorrealización, la cual puede explicarse con muy pocas palabras: la tendencia a hacer realidad lo que se es potencialmente. “Esta tendencia se podría expresar como el deseo de llegar a ser cada vez más lo que uno es…, llegar a ser todo lo que uno es capaz de llegar a ser”. La autosatisfacción, un deseo que, por antonomasia, jamás se puede satisfacer del todo.

sábado, 15 de febrero de 2020

Ni héroes ni santos


Por favor atienda… La siguiente es una aseveración opulenta, fulgente, certera y en última instancia tremendamente triste; inusitada y original, ciclópea, condensa en unas cuantas palabras un conocimiento copioso… Intente concentrarse y comprender… Aquí va:

“Cada época, a excepción de la nuestra, ha tenido su modelo, su ideal [de persona], pero todos ellos —el santo, el héroe, el caballero y el místico— se han visto sacrificados por nuestra cultura”.

Espero que usted caiga en la cuenta de que hasta aquí el trancazo es severo… Pues espere ahora a leer la contundencia del remate, que no admite controversia, que produce contusión, que nos deja en la lona:

“Lo único que ahora nos queda es el sustituto pálido y dudoso del hombre bien adaptado (well-adjusted man) y sin problemas”.  

¡Sopas! Dicho en corto: a lo más que puede uno aspirar en la actualidad es a encajar, a no hacer olas, a llevársela tranquila hasta colgar los tenis… Nadar de muertito, la gran estrategia de vida. Fulano de Tal es un ser humano formidable… Ah, ¿sí? Sí, claro, ahí la va pasando, sin dramas, sin líos… ¡Puaf! Mejor: Perenganito es lo máximo, es feliz…

Ciertamente, en nuestro horizonte cultural, el de la Modernidad, hemos sepultado bajo toneladas de racionalismo, escepticismo y radicalismo cualquier posibilidad concreta al hombre o a la mujer extraordinarios.

Cuando leí este par de poderosos juicios de Maslow, lo primero que me vino a la cabeza fue una imagen de san Sebastián. Evoco a botepronto el retrato atribuido a Francesco di Gentile de Fabriano (1460-1500), en el que aparece el santo mirándonos de frente. El negro y el oro acaparan. Ni la aureola lo despeina. De la descripción museográfica del Palais des Beaux-Arts de Lille —en donde se halla el original— subrayo y traduzco al vuelo: “Según el Légende dorée de Jacques de Voragine, Sebastián… estaba ‘cubierto de púas como un erizo’. Sin embargo, el pintor sólo muestra algunas flechas para resaltar la musculatura del joven. A pesar de que en las primeras representaciones san Sebastián se muestra como un hombre maduro y barbudo, el Renacimiento italiano prefirió la imagen de un joven sin barba. En las imágenes cristianas, San Sebastián es uno de los raros pretextos para representar la desnudez masculina. Además, el artista insiste en que el personaje es digno de la santidad: es insensible al dolor. Esta elección resalta la belleza ideal del mártir”. ¡Qué ajeno resulta ya para nosotros un personaje como este! Distante y absurdo. Recordará usted, lector, que Sebastián (256-288) —las historia más añeja que tenemos del héroe, mártir y santo se debe a San Ambrosio de Milán (c. 340-397)— era un galo que se incorporó a la milicia romana, y gracias a su valentía, coraje y disciplina escaló hasta formar parte de la guardia pretoriana del emperador Maximiano. La única manchita en su expediente era que el hombre era cristiano. Una vez descubierto, a Sebastián se le dio la oportunidad de escoger entre su carrera militar o su fe. No renegó de su religión de esclavos y por eso fue llevado a la arena en donde lo encueraron y, atado a un poste, lo cocieron a flechas. Sus amigos se llevaron lo que creían ya un cadáver, pero milagrosamente, Sebastián sobrevivió. Recuperado, en lugar de escapar de Roma, fue a reclamarle al emperador que persiguiera a los pobres cristianos. Endiablado, Maximino ordenó que lo ejecutaran de inmediato y ahora sí no hubo milagro que le salvara el pellejo.

Hoy a nosotros no nos queda más que adaptarnos a las circunstancias e ir salvando el pellejo: “… el sustituto pálido y dudoso del hombre bien adaptado y sin problemas”. Esta infausta y atinada idea fue escrita por Abraham Harold Maslow, y por vez primera publicada hace casi sesenta años en el texto introductorio de un libro suyo que desde entonces sería un best seller: Toward a Psychology of Being (Reinhold, 1962).

Abraham H. Maslow fue el primogénito de un artesano ucraniano que sabía reparar barriles, Samuel Maslow, quien, como otros miles de judíos, tuvo que huir del pogromo que el zar Nicolás II emprendió entre 1903 y 1906 por todo el imperio ruso. Samuel emigró a Estados Unidos y terminó avecindándose en Nueva York. Poco después se sentó a escribirle un par de líneas a una prima suya, Rose, quien se había quedado en Kiev; en la carta le proponía matrimonio. Ella aceptó y viajó a América. La pareja de inmigrantes tuvo siete vástagos; el primero, Abraham, a quien sus cercanos llamaban Abe, nació en 1908. “Fui un niño tremendamente infeliz… Mi familia era desgraciada y mi madre era una criatura horrible”. Madre espantosa y padre ausente; Abe se convirtió en “un joven muy tímido y neurótico, deprimido, terriblemente desdichado, solitario y que se rechazaba a sí mismo” —según él mismo recuerda—. Por fortuna, pronto halló redención en los libros —aprendió a leer a los cinco años de edad— y el estudio. En 1928, se trasladó a Madison para ingresar en la Universidad de Wisconsin, en la que se especializó en Psicología. Años más tarde se incorporaría a la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York, en la que tendría como mentores a las eminencias de la Psicología y el Psicoanálisis como Adler, Fromm, Wertheimer y Goldstein, y también a prominentes antropólogos como Margaret Mead, Ruth Benedict y Linton. Fue entonces cuando Abe Maslow concibió la idea de que sí, quedaban modelos de grandes seres humanos. Como prototipos centró su atención en la antropóloga Ruth Benedict y en Max Wertheimer, fundador de la teoría Gestalt. ¿Héroes, santos, mártires? No, un modelito más terrenal que ya veremos…

domingo, 9 de febrero de 2020

Cuentas y cobras


Un muerto es una tragedia; un millón de muertos, estadística.
Stalin


“Sin soporte estadístico, la Sociología es nada más rollo, pura teoría”, “Lo que no se puede medir no se puede evaluar”, “Los números no mienten”, “Demuéstrame que hay correlación matemática y luego hablamos”, “Tú dirás lo que quieras, pero esta gráfica de barras dice otra cosa”… Con una reincidencia machacona, uno escucha afirmaciones como estas, y hasta hace poco expresadas con un tonito mucho más prepotente. Abundan lo profesionistas que aseguran, incluso quienes realmente así lo creen, que un indicador estadístico es por sí mismo un argumento. Y si se trata de la sacrosanta macroeconomía las cosas se ponen color de hormiga. La fijación métrica suele hacerse pasar por ciencia; y la ciencia, por conocimiento sólo asequible para especialistas, inalcanzable para el sentido común.

En una célebre ponencia fechada en diciembre de 1976 —Assessing the Impact of Planned Social Change—, el científico social y epistemólogo Donald T. Campbell (1916-1996) explica: “Con demasiada frecuencia, los científicos sociales cualitativos, bajo la influencia de los misioneros del positivismo lógico, presumen que en la ciencia de verdad, el conocimiento cuantitativo reemplaza al conocimiento cualitativo y al sentido común. La situación es en realidad del todo diferente. Más bien la ciencia depende del conocimiento cualitativo y de sentido común, aunque en el mejor de los casos puede ir más allá. Al final, la ciencia puede llegar a contradecir algunas aserciones del sentido común, pero sólo lo hace al confiar en la gran mayoría del resto del conocimiento del sentido común. Tal revisión del sentido común por el sentido común sólo se puede hacer, paradójicamente, confiando en el sentido común”. Ciertamente, y podríamos agregar que al final la ciencia no sólo puede llegar a contradecir al sentido común, sino también a la ciencia misma, impulsando el cambio de paradigmas —como mostró Thomas S. Kuhn brillantemente en su libro La estructura de las revoluciones científicas (Universidad de Chicago, 1962)—.

En uno de los apartados finales de la ponencia arriba mencionada —que subtitula Corrupting Effect of Quantitative Indicators—, Donald T. Campbell, doctor en Psicología Social por la Universidad de California en Berkeley, argumentaba que las investigaciones en materia de evaluación en Estados Unidos se estaba convirtiendo en una herramienta reconocida para la toma de decisiones de políticas públicas. “Ciertos indicadores sociales, recopilados a través de métodos de las ciencias sociales, como las encuestas muestrales, ya han alcanzado este estado; por ejemplo, los índices de desempleo y costo de vida… Desde una perspectiva amplia, respaldada por estudios sociológicos cualitativos sobre cómo se diseñan las estadísticas públicas, llego a las siguientes leyes pesimistas…” La primera de ellas es hoy conocido en distintas disciplinas como la Ley de Campbell: The more any quantitative social indicator is used for social decision-making, the more subject it will be to corruption pressures and the more apt it will be to distort and corrupt the social processes it is intended to monitor. Lo cual podríamos traducir en los siguientes términos: “Entre más sea utilizado un determinado indicador social cuantitativo para la toma de decisiones, mayor será la presión a la que estará sujeto y más probable será que corrompa y distorsione los procesos sociales que, supuestamente, debería evaluar”. El adagio anterior, claro, tiene su paralelo en Física, en el llamado Observer effect, que establece que la mera observación de un fenómeno inevitablemente afecta, modifica a ese mismo fenómeno.

Un año antes, el economista británico Charles Albert Eric Goodhart (1936), profesor emérito de la London School of Economics, había llegado a una formulación muy cercana: Any observed statistical regularity will tend to collapse once pressure is placed upon it for control purposes. Es decir, “cualquier regularidad estadística observada tenderá a desplomarse una vez se presione para utilizarla con propósitos de control”.

La Ley de Goodhart expresa casi lo mismo que la Crítica de Lucas, llamada así porque fue enunciada también en 1976 por el economista Robert Emerson Lucas Jr. (1937): “Dado que la estructura de un modelo econométrico consiste en reglas de decisión óptimas de los agentes económicos y que las reglas cambian sistemáticamente con los cambios en la estructura relevantes a los agentes, se deduce que cualquier cambio en política modificará la estructura de los modelos econométricos”.
           
La Ley de Campbell suele ejemplificarse con el llamado Efecto Cobra, que ocurre cuando determinada acción pública tendiente a dar solución a un problema termina empeorándolo, como un tipo de consecuencia no deseada. El nombre proviene de una vieja historia india. Sucedió que Delhi, cuando la India era todavía colonia británica, fue azotada por una plaga de cobras. Para remediar el lío, las autoridad inglesas establecieron una recompensa por cada cobra muerta que la gente presentara. La medida no funcionó muy bien que digamos, porque una vez que la población de serpientes venenosas fue abatida, algunas personas vieron una oportunidad de negocio y comenzaron a cultivar cobras en granjas, para luego sacrificarlas y ganar el dinero de la recompensa. Cuando por fin las autoridades se percatan de la treta, decidieron cancelar el sistema de recompensas, lo cual a su vez provocó que los cultivadores de cobras liberaran a todas las serpientes, ya que habían perdido su valor. Así las cosas, la historia termina con una cantidad superior de cobras respecto a cuando se había establecido la política. Cobras más de la cuenta…

domingo, 2 de febrero de 2020

Tiranía cuantitativa


Statistics cannot be any smarter than the people who use them.
And in some cases, they can make smart people do dumb things.
Charles Wheelan, Naked Statistics: Stripping the Dread from the Data.

Those who believe that what you cannot quantify does not exist
also believe that what you can quantify, does.
Aaron Haspel







Ni modo, sólo por amazon podía conseguirse rápido. Hay versión kindle, pero opté por el impreso en pasta dura, así que luego de los clics necesarios (5), fue cosa de esperar unos días (3). El volumen (1) llegó magníficamente empaquetado: The Tyranny of Metrics, editado por la Princeton University Press (2018): 16 capítulos, 220 páginas. Se trata del libro en el cual doctor Jerry Z. Muller (1954) acuña y desarrolla el concepto metric fixation, que, como decía yo aquí la semana pasada, bien podemos traducir directamente como fijación métrica, o bien como obsesión métrica o cuantitativa.



En el texto introductorio, Muller, profesor de historia en la Universidad Católica de América de Washington, bosqueja el tema que aborda a lo largo de su ensayo: “Vivimos en la era de las responsabilidades medidas (measured accountability), de la recompensa por el desempeño evaluado y de la creencia en los beneficios de publicar esas métricas a través de los mecanismos de la llamada 'transparencia'”. Y antes de seguir adelante conviene reflexionar un poco en torno al término measured accountability.



Accountability es un sustantivo que el diccionario Webster define como la cualidad o el estado de ser accountable, y accountable es un adjetivo que significa explicable, más precisamente, “capaz de ser explicado”, pero también responsable: sujeto a rendir cuentas. Así que la afirmación We live in the age of measured accountability también podríamos traducirla como “Vivimos en la era de la rendición de cuentas”, y el aserto entonces se vuelve ambiguo: “Rendir cuentas debe entenderse como ser responsable de las propias acciones. Pero por una especie de juego de manos lingüístico, la responsabilidad ha llegado a significar demostrar el buen desempeño por medio de mediciones, como si sólo lo que se puede contar realmente contara.” Como si rendir cuentas se tuviera que limitar a cuentas, a números, a métricas… Esto tiene, claro, fuertes consecuencias ideológicas: “Cuando los defensores de las métricas abogan en favor de la accountability, combinan tácitamente dos significados de la palabra. Por un lado, significa ser responsable. Pero también puede significar ser mesurable. Los defensores de la accountability,  de la rendición de cuentas, generalmente asumen que sólo contando pueden las instituciones ser verdaderamente responsables”.



El autor se cura en salud desde las primeras páginas de su libro: sostiene que su intención no es alertar sobre los males de la cuantificación o despotricar en contra de la estadística, sino señalar “las consecuencias negativas no intencionadas de intentar sustituir el juicio personal basado en la experiencia por la medición estandarizada del desempeño. El problema no es la medición, no son las métricas, sino la fijación métrica.”



Suele escucharse con frecuencia a gente bien educada e inteligente afirmar muy oronda que los números no mienten. Imposible desmentir tal proclama, tan bien valorada en nuestros días: efectivamente, los números no mienten…, bueno, pero tampoco dicen la verdad, de hecho no dicen nada porque los números sencillamente no hablan. Por lo demás, no es cierto que toda la realidad pueda ser expresada numéricamente. “Hay cosas que se pueden medir. Hay cosas que vale la pena medir. Pero lo que se puede medir, lo mesurable, puede o no tener relación con lo que queremos saber. Las cosas que se miden pueden alejar el esfuerzo de las cosas que realmente nos importan. Y la medición puede proporcionarnos un conocimiento distorsionado, un conocimiento que parece sólido pero que en realidad resulta engañoso”.



Hace unos días, el jefe de logística de un importante centro de recepción y redistribución de publicaciones me contaba que, al revisar una entrega proveniente de una gran imprenta, su equipo, mediante los estrictos protocolos de control de calidad que ha implantado, había logrado detectar y medir el faltante o el sobrante de una a cinco publicaciones en varias cajas  —cada caja debía contener exactamente 350 ejemplares—:



— Prácticamente en una de cada cinco cajas encontramos diferencias —me dijo, y luego, revisando el detalle en una hoja de Excel, orgulloso soltó la cifra exacta:—. Hay un error del 17% en toda la entrega.



— No, más bien hay algún error mínimo en 17% de las cajas.



— Bueno…



— Y en total, ¿llegaron más o menos publicaciones?



— Se compensaron faltantes con sobrantes: al final nos mandaron unas veinte unidades de más.



— Veinte ejemplares de más en un tiraje de 350 mil…



La fijación métrica tiene todos los elementos de un culto, y si bien “aspira a ser científica, muy frecuentemente se convierte en una fe”.



Por supuesto, la postura de Jerry Z. Muller no es evitar todas las prácticas de medición, sino más bien dejar de creer que tiene poderes sapienciales. “Utilizada juiciosamente, la medición de lo no medido antes puede proporcionar beneficios reales. El intento de medir el rendimiento es intrínsecamente deseable. Si lo que realmente se mide es un aliado (proxy) razonable de lo que se pretende medir, y si se combina con juicio, la medida puede ayudar a quienes la practican a evaluar su propio desempeño, tanto a los individuos como las organizaciones”.



La fijación métrica es actualmente un patrón hegemónico, un meme cultural, un episteme según el cual medición y mejora necesariamente van de la mano: lo que no puede ser medido no puede ser mejorado, reza el mantra. Sin embargo, conviene atender de vez en cuando al viejo sentido común y observar que ni todo lo que puede ser contado cuenta ni todo lo que contamos realmente cuenta. No olvidemos que no todo lo importante puede ser mesurado, y en cambio mucho de lo que sí podemos contar no es importante. ¿O cuánto se siente hoy usted, hipotético lector?

domingo, 26 de enero de 2020

La fijación métrica


En esta misma columna, justo hace cinco años, señalé que la OCDE, encabezada ya desde entonces por el paisano José Ángel Gurría, nada más andaba tratado de marearnos con un documento —Estudios económicos de la OCDE. México—, un documento que, por más plagado que estuviera de números y gráficas estadísticas, en realidad no era más que una depurada expresión del pensamiento mágico contemporáneo. Agorero, Gurría había venido en 2015 a cantar la nueva: las llamadas reformas estructurales impulsadas por Peña Nieto estaban a punto de llevarnos al primer mundo. Por supuesto, no me equivoqué: todas las predicciones que hacía la OCDE fallaron. En ese mismo texto —El pensamiento mágico de la OCDE—, yo proponía un neologismo: datamancia.

Desarrollaría el concepto de datamancia en un ensayo publicado un par de años más tarde: “Datamancia, una superstición superdotada” (Nexos; febrero, 2017). En corto, defino la datamancia como la técnica de adivinación a partir de datos, sobre todo de números y de estadísticas. Una técnica de adivinación, esto es, una superstición. Y explicaba entonces: “Es un despropósito entender la estadística y ahora el dichoso Big Data como instrumentos para predecir el futuro. En realidad, atrás de la datamancia se oculta un fatalismo primitivo, desde el cual el individuo se pregunta qué va a pasar en lugar de qué debo hacer. Como la astrología, igual que las artes de los augures romanos o el de las gitanas que leen las cartas, la datamancia es una superstición… Claro, una superstición extraordinariamente bien dotada. Sin embargo, como las más antiguas, se fundamenta en el pensamiento mágico y en la misma ingenuidad: creer que el futuro existe. Termino pregonando con Perogrullo: el futuro no existe, si acaso existirá”.

Muy cercano al concepto de datamancia, me topé hace unos días con la noción de metric fixation. Jerry Z. Muller, profesor de historia en la Universidad Católica de América de Washington, quien acuñó el término, firma un pequeño ensayo publicado en la revista digital aeon: Against metrics: how measuring performance by numbers backfires (Contra la métrica: cómo es que medir el rendimiento con números fracasa), en el que explica —traduzco—: “Los componentes clave de la fijación métrica (metric fixation) son la creencia de que es posible, y deseable, reemplazar el juicio profesional (adquirido a través de la experiencia personal y el talento) con indicadores numéricos de desempeño comparativo basados en datos estandarizados (métricas), y que la mejor manera de motivar a las personas dentro de las organizaciones es otorgando recompensas o sanciones a su desempeño medido”. Claro, hasta aquí podría pensarse que quizá convendría mejor no traducir fixation como fijación, sino como obsesión. Opto por usar fijación considerando que la segunda acepción que aporta el diccionario de la RAE del vocablo es precisamente “obsesión o idea fija”. Además, valga recordar que, de acuerdo a la teoría psicoanalítica, la proyección de la libido puede provocar una fijación, esto es, una dependencia emocional, generalmente con connotaciones erótico-sexuales, hacia algo. Así, en un sentido existencial se entiende una fijación como “una adhesión incondicional a un ideal, que ya no permite adherirse al flujo normal de la experiencia, sino que requiere que ésta se incline ante las exigencias establecidas por el ideal fijado” (Diccionario de Psicología. Plethora).

La fijación métrica a la que se refiere Jerry Z. Muller está ligada a recompensas por el desempeño. Tales recompensas pueden ser ya sea económicas —en forma de pago de bonos o aumentos, por ejemplo—, o simbólicas —premios, difusión de resultados para acrecentar la reputación de un trabajador en la empresa—, o en forma de calificaciones y clasificaciones universitarias, puntajes hospitalarias y quirúrgicas, etcétera.

Establecido el concepto, Jerry Z. Muller alerta: “… el efecto negativo más dramático de la fijación de métricas es su propensión a incentivar el gaming: es decir, alentar a los profesionales a maximizar sus métricas de manera que estén en desacuerdo con el propósito más amplio de la organización”. Desafortunadamente, algunos de los ejemplos que pone el autor nos resultan bien conocidos en México: “Si la tasa de delitos graves en un distrito se convierte en la métrica según la cual se promueve a los oficiales de policía, entonces algunos oficiales responderán simplemente no registrando delitos o rebajándolos de delitos mayores a delitos menores. O tome el caso de los cirujanos. Cuando las métricas de éxito y fracaso se hacen públicas, lo que afecta su reputación e ingresos, algunos cirujanos mejorarán sus puntajes métricos al negarse a operar a pacientes con problemas más complejos, cuyos resultados quirúrgicos son más propensos a ser negativos. ¿Quién sufre? Los pacientes que no son operados”. Según Muller, cuando la recompensa se vincula al rendimiento medido, la fijación métrica incentiva este tipo de juegos. “Pero la fijación métrica también conduce a una variedad de consecuencias negativas no intencionales más sutiles”. En concreto, el desplazamiento de objetivos. Cuando el rendimiento se juzga sólo por determinadas medidas y hay mucho en juego —mantener el empleo, obtener un aumento de sueldo, en fin—, “las personas se enfocan en satisfacer esas medidas, a menudo a expensas de otras metas organizacionales más importantes que no se miden. El ejemplo más conocido es ‘enseñar a la prueba’, un fenómeno generalizado que ha distorsionado la educación…”

La fijación métrica, además, fomenta la perversión social que el sociólogo Robert K. Merton llamó en 1936 “la imperiosa inmediatez de los intereses”, esto es, el actor se preocupa nada más por las consecuencias inmediatas previstas, y deja de ver cualquier otra. Una miopía que hoy por hoy cunde…

domingo, 19 de enero de 2020

El callo del Peje


Where there is power, there is resistance.
Michel Foucault, The History of Sexuality.


1

Hoy por hoy, en México, el político más atacado por los medios masivos de comunicación —prensa, radio y televisión—, la llamada comentocracia y la clase política es, por mucho, el presidente de la República. El primer mandatario es también el político más criticado y agredido en línea —me refiero al ámbito comunicacional conocido como las redes sociales—; sin embargo, en este caso hay una diferencia importantísima: en el ciberespacio, el presidente es al mismo tiempo el político más defendido y el más halagado.

Actualmente, en México, el político con más capacidad de convocatoria y que concita más interés y muestras de apoyo popular en las calles, las plazas públicas, los caminos, las terminales de transporte, los actos públicos, en fin, en el ágora, es el presidente de México.

Todo lo anterior puede afirmarse sin necesidad de soporte estadístico alguno; es una situación evidente, testimoniada todos los días de frontera a frontera. Tal es la situación desde que inició el sexenio, el primero de diciembre de 2018.


2

Quien funge como presidente de la República desde el primero de diciembre de 2018 es un señor a quien muchos le dicen el Peje y lleva por nombre Andrés Manuel López Obrador (Tepetitán, Macuspana, Tabasco, 1953). Ese mismo señor, a quien también solemos referirnos como AMLO, sus siglas, es desde hace mucho tiempo, el político más atacado de México por los medios masivos, la comentocracia y la clase política. Esta situación prevalece desde hace poco más de quince años, cuando desde el gobierno federal, en ese entonces encabezado —es un decir— por Vicente Fox, se impulsó un proceso judicial para desaforar al susodicho Peje. Por aquel entonces, él era jefe de gobierno del Distrito Federal (2004), y la intención evidente era obstaculizar su candidatura a la Presidencia de la República. A lo largo de los años, López Obrador ha sido denostado incesantemente, sin tregua.

Durante las elecciones de 2006 por la Presidencia de la República, se puso en marcha una guerra sucia en contra el candidato de la coalición de izquierda, quien entonces se mantenía como puntero en todas las encuestas: como mensaje central de su campaña, el PAN difundió masiva y machaconamente la idea de que Andrés Manuel López Obrador era un “peligro para México”. Por su parte, el Consejo Coordinador Empresarial se sumó a la guerra sucia, asegurando reiteradamente que “apostarle a algo distinto es retroceder”. En junio de 2006, Enrique Krauze, en un texto publicado en su revista, Letras libres, le plantó al Peje una etiqueta que sirvió para que todos sus enemigos sumaran a las críticas del ataque, la burla: el mesías tropical. Desde entonces los embates no han parado. Seis años después, durante toda la campaña presidencial de 2012, los medios masivos y la comentocracia se volcaron disciplinados y felices en respaldo a la candidatura de Enrique Peña Nieto, y dispersaron un mantra en la sociedad: el Peje es el “Hugo Chávez mexicano”. En el siguiente proceso electoral, 2018, los ataques siguieron, claro, cada vez más desgastados, y se sumaron otros, algunos palmariamente ridículos. AMLO seguía siendo un peligro para México, iba a convertir al país en Venezuela, significaba una vuelta al pasado…, y era el pelele de una conspiración rusa o gringa o evangélica o todas juntas…

Hace casi un año, Octavio Islas escribió en Proceso: “no buscamos aquí victimizar a quien se ha dicho perseguido y atacado durante lustros, sino documentar en forma somera y fáctica que ningún actor político como él ha concitado en la historia del país tanto descomunal gasto en recursos humanos, materiales, institucionales y económicos, todo lo cual suma miles de millones de pesos”.


3

Andrés Manuel López Obrador, el presidente de la República, es el político más atacado del país; él es a quien se critica y se agrede con más furia, con más frecuencia. AMLO se ha mantenido como el blanco obsesivo de políticos, opinócratas y medios masivos. Con el triunfo electoral de julio de 2018, la pejefobia no se le curó a nadie que la padeciera. Los medios, la comentocracia y los políticos tradicionales no han dejado de atacar al Peje, antes bien (mal) han endurecido sus mensajes. Pero sucede algo extraño: conforme han pasado los primeros meses del gobierno, los números señalan que entre la ciudadanía el apoyo ciudadano que llevó a AMLO a la Presidencia se ha mantenido. “La aceptación de Andrés Manuel López Obrador es la más alta de un presidente al primer año, de acuerdo con el ponderado de encuestas que realiza el sitio especiaizado Oraculus —reporta el sitio Sin embargo—. López Obrador cerró diciembre de 2019 con un 70 por ciento promedio de aceptación y con un 26 por ciento que desaprueba su mandato”.

A lo largo de casi veinte años, el Peje ha sido el político más atacado de todo el país. Con todo, en su tercer intento, ganó la Presidencia, sobradamente. Hoy sigue siendo el gran blanco de los medios, los comentócratas y los políticos —incluso recientemente se han sumado políticos de otros países—. Pero el callo que tiene AMLO parece ya de una dureza que lo vuelve invulnerable, y quienes se lo han formado son sus atacantes de siempre…

sábado, 11 de enero de 2020

A la vuelta de la esquina


La vida cambia lo que fue primero
y lo que más tarde es no lo asegura,
y la memoria, que el rigor madura,
no defiende su fruto duradero.
Jorge Cuesta, No aquel que goza, frágil y ligero.



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Fulminante, la instrucción bajó desde la cumbre del organigrama. Después de un telefonazo, una reunión de menos de cinco minutos con su jefe directo —un señor de corbatas carísimas recién llegado a la institución—, en la que, sin previo aviso y de sopetón, mi amigo Galio Filio fue enterado de que había perdido su empleo. Una resolución incontestable: a todas luces, una destitución inmerecida. Quienes decidieron echarlo no aquilataron que Galio realizara bien su trabajo, en particular su última encomienda. Unos cuatro años atrás, de emergencia —el anterior directivo había desaparecido súbitamente—, Galio Filio había sido promovido para encabezar una de las oficinas de zona del organismo, en el cual, por cierto, llevaba más de un decenio laborando. Con alrededor de dos mil empleados y complejos operativos en puerta, había que evitar que cundiera la desorganización en aquella unidad. Mi amigo asumió el cargo, tomó el timón y ajustó el rumbo. Con todo, fue cesado: a nadie pareció importarle los indicadores que evidenciaban una gestión correcta, destacada incluso, mejor al menos que la de otras oficinas de zona de la misma institución. ¿Entonces qué pasó? Una purga; todo apunta a que el único motivo por el que lo despidieron fue porque, en su momento, lo había nombrado el director general precedente: era un puesto de confianza, y los nuevos jerarcas del organismo público en el cual prestaba sus servicios le tenían más confianza a otra persona que a Galio. Punto: fin de ese tramo de la historia.

Naturalmente, no fue necesario que transcurriera mucho tiempo para que Galio Filio pasara del pasmo al desconcierto, enseguida a la frustración y de ahí al enojo. Un enojo doliente, pendular entre el saberse injustamente tratado y la certeza de la propia impotencia frente al hecho. Todo esto que cuento sucedió hace algunos años, pero recuerdo perfectamente la plática que sostuvimos en un café uno de los primeros días posteriores a su despido. Galio andaba de capa caída, y no era para menos. Luchaba por concentrar sus ánimos en trazar una ruta hacia derroteros desconocidos: otro empleo, nuevas metas profesionales, una dinámica de vida distinta… Desde ahí, el futuro no presentaba más que dudas. Por aquel entonces, yo acabada de leer los primeros tomos de 1Q84, de Haruki Murakami (Kioto, 1949); traía fresco el aliento de aquellas páginas y, la verdad, no hallaba qué decirle a mi afligido amigo, así que me pareció oportuno referir la tajante afirmación del misterioso profesor Ebisuno, uno de los personajes de la novela: “Lo que pase a partir de ahora es territorio ignoto para todos. No hay un mapa. Lo que nos espera a la vuelta de la próxima esquina no lo sabremos a menos que vayamos ahí”. Creo que Galio me miró desconcertado, quizá hasta algo molesto, porque, claro, bien pensado, aquello no es más que es una perogrullada bien redactada: ciertamente, con certeza no sabemos lo que va suceder mañana, pero preferimos olvidarlo para poder tirarnos de lleno a las reconfortantes ficciones de las agendas y los planes, a la ilusión de la seguridad y la estabilidad.

— Lo que quiero decir es que, en estricto sentido, hoy no podemos saber si la trastada que te hicieron va a terminar siendo algo bueno o malo para ti…

— ¿No sabemos?

— No, no sabemos, porque no sabemos qué nos espera a la vuelta de la esquina…




2


No sabemos qué nos espera. Además de lo que te pasa —que te echen injustamente de tu trabajo o que recibas una herencia—, lo mismo puede decirse de lo que nosotros mismos provocamos que nos suceda, es decir, de las decisiones que tomamos. ¿Optamos adecuadamente? ¿Me caso o no me caso? ¿Estudié realmente la carrera que me convenía?
¿Hice bien en no involucrarme en aquel negocio? ¿Te hubiera ido mejor si tw hubieras quedado a vivir con tus padres? En buena medida de todo esto trata la más reciente novela del norteamericano Paul Auster (Nueva Jersey, 1947), 4 3 2 1 (Seix Barral, 2017). El protagonista, el joven Archie Ferguson —uno de los cuatro—, plantea el siguiente problema a su amigo Noah:

“Tienes que ir a un sitio en coche. Es una gestión importante y no puedes llegar tarde. Hay dos formas de llegar: por la carretera principal o por la secundaria. Resulta que es hora pico, y en ese momento del día suele haber bastantes embotellamientos en la carretera principal, aunque si no se produce un accidente o una avería, el tráfico tiende a ser lento pero fluido, y puede calcularse que el trayecto dura unos veinte minutos, con lo que llegarías justo a tiempo a tu cita; en punto, sin que te sobre un segundo. La carretera secundaria supone mayor distancia, pero hay menos coches de que preocuparse, y si todo va bien puedes calcular la duración del trayecto en unos quince minutos. En principio, la carretera secundaria conviene más que la principal, aunque tiene un defecto: sólo hay un carril en cada dirección, y si por casualidad te encuentras con un accidente o una avería, es posible que te quedes atascado durante bastante tiempo, con lo que llegarás tarde a la cita”.

Noah interrumpe; hace algunas preguntas de orden práctico que no vienen al caso, puesto que la situación que se está esbozando es teórica, así que Ferguson resume: se trata de una disyuntiva, ¿tomas la vía principal o la secundaria?

“Digamos que eliges la carretera principal y llegas a tiempo a la cita. Ya no pensarás si has elegido bien, ¿verdad? Y si vas por la carretera secundaria y llegas a tiempo, una vez más, ningún problema, y nunca volverás a pensar en el asunto durante el resto de tu vida. Pero ahora es cuando la cosa se pone interesante. Tomas la carretera principal, hay un choque múltiple de tres vehículos, el tráfico queda colapsado durante más de una hora, y mientras estás sentado en el coche lo único que piensas es en la carretera secundaria y en por qué no has ido por ese camino. Te maldecirás a ti mismo por no haber elegido bien y, sin embargo, ¿cómo ibas a saber que no era la elección acertada? ¿Acaso puedes ver la carretera secundaria? ¿Saber lo que está pasando allí? ¿Te ha dicho alguien que una enorme secuoya [la conífera más alta que existe: llega a alcanzar 115 metros] se ha caído en medio de esa carretera y ha aplastado a uno coche que pasaba, matando al conductor y parando el tráfico durante tres horas y media? ¿Ha consultado alguien el reloj y te ha dicho que si hubieras ido por la carretera secundaria el coche aplastado sería el tuyo y el muerto serías tú? O de otro modo: no se ha caído ningún árbol y tomar la carretera principal ha sido la elección errónea. O si no: tomas la carretera secundaria y el árbol cae sobre el conductor que va justo delante de ti, y mientras estás sentado en el coche deseando haber ido por la carretera principal, no sabes nada de la colisión en cadena de los tres vehículos que de todas formas te había hecho llegar tarde a la cita. O incluso: no se ha producido ningún accidente múltiple y tomar la carretera secundaria ha sido la mala elección”.

Noah le dice a su amigo no entiende a dónde quiere llegar…

“Te estoy diciendo que nunca sabes si has elegido bien o mal. Para saberlo, tendrías que conocer todos los hechos de antemano, y la única forma de conocer todos los hechos de antemano es estar en dos sitios a la vez, cosa que es imposible”, concluye Archie Ferguson.



3


Tiempo después de aquella plática, Galio Filio fue contratado por una secretaría de Estado para que realizara un diagnóstico sobre la situación en la que se hallaba cierto organismo. Un trabajo bien pagado, pero eventual. Semanas después de que entregó el documento, lo volvieron a llamar: lo contrataron entonces para que elaborara una propuesta de reestructuración del mismo organismo que había evaluado. Una vez concluido el nuevo encargo, a la vuelta de unos días, lo llamaron otra vez, ahora para proponerle que se hiciera cargo de dirigir la institución y comandara los cambios que había sugerido. No vaciló antes de aceptar: era una posición mucho más relevante que la que había perdido, y sobradamente mejor remunerada.

— ¿Ya ves? Uno nunca sabe… —o algo así habría de decirle meses después de su nuevo nombramiento.

— ¡Seguro!, resultó que terminó yéndome mejor, ¿no?

Desde entonces eso queremos pensar ambos. En realidad, no sabemos, nunca sabemos…