Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

jueves, 22 de julio de 2021

Sin cuerpo no hay nada

  

Quizá Aristóteles continúe teniendo razón…

cuando afirma que el alma no es otra cosa que

la vitalidad del cuerpo, esa existencia que se perfecciona a sí misma

y que él denominó entelequia.

Hans-Georg Gadamer, El estado oculto de la salud.

 

 


“Sin cuerpo no hay nada”, tajante, me espetó hace algunos años el Maestro de El Pueblito. Él batallaba entonces con alguna afección. Desde entonces, esas palabras para mí son un apotegma. Anoche, buscando otras palabras que durante una conversación ni él ni yo alcanzamos a recordar en dónde exactamente había pronunciado Zaratustra, encontré otras con las que Nietzsche (1844-1900) trazó la misma idea: “… el despierto, el sapiente dice: cuerpo soy yo íntegramente, y ninguna otra cosa; y el alma es sólo una palabra para designar algo del cuerpo”. Y luego, esto que sigue, algo que vaya a usted a saber si es neurociencia o poesía: “El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor… Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón…, a la que llamas ‘espíritu’, un pequeño instrumento, un pequeño juguete de tu gran razón… Dices ‘yo’, y estás orgulloso de esa palabra. Pero esa cosa aún más grande…, tu cuerpo y su gran razón, esa no dice ‘yo’, pero hace yo” (Así habló Zaratustra).

 

“Sin cuerpo no hay nada”. Pretendo tener presente la verdad que expresan estas cinco palabras, sobre todo cuando menos estoy al tanto de mi cuerpo, es decir, cuando estoy sano, un estado que usualmente transitamos desapercibidamente… Digo transitamos porque es una condición efímera. Por cierto, debemos a un hombre depresivo, aquejado continuamente por una plétora de enfermedades y dolencias —erisipela, neumonía, tifoideas, alcoholismo, arterioesclerosis, accidentes cardiovasculares…—, ganador en 1953 del Premio Nobel de Literatura, la siguiente definición: “La salud es un estado transitorio… que no presagia nada bueno” —me refiero, claro, a Winston Churchill—.

“Sin cuerpo no hay nada”, y resulta que cuando algo anda mal es cuando somos conscientes de él. Hace un par de meses me hallé un libro del entrañable filósofo alemán Hans-Georg Gadamer, en el que reflexiona con lucidez atronadora en torno a la salud: El estado oculto de la salud (Gedisa, 2017, originalmente publicado en alemán en 1993). Me pareció inteligente leerlo, no sólo por la consabida sabiduría y dilatada finura del filósofo, también porque el hombre necesariamente tenía muy claro de lo que hablaba: ¡vivió 102 años! (1900-2002).

 

Gadamer da en el clavo al evidenciar el carácter paradójico de la salud. Frente a la enfermedad, ¿qué persiguen el paciente y el médico? Un retorno, el regreso al equilibrio inconsciente: “… la meta suprema es volver a estar sano y así olvidar que uno lo está”. ¿Y qué es eso, qué es la salud? Enorme problema resulta definirla: “Se sabe, más o menos, qué son las enfermedades… Es posible colocarlas bajo la lupa… Pero la salud se aparta de un modo muy particular. Ella no es algo que se muestre como tal en un examen, sino es algo que existe justamente porque escapa a éste.” Cierto: cuando noestamos enfermos no hay disonancias, desentonos, disconformidades, rugosidades, topes o baches… Lo más parecido a una definición que aporta el filósofo establece: “la salud es… un estado de coincidencia con uno mismo”. Otra aproximación certera: “… un no ocuparse de uno mismo, de modo de estar abierto y dispuesto a todo?” Por eso, la pérdida de la salud es siempre un golpe de conciencia, una llamada de atención imposible de desatender: ¡Tú eres tu cuerpo, aquí y ahora! No puedes desatender que te duele la muela. Tú eres tu nariz que moquea, tu pie hinchado, tu abdomen que sientes estallar…: “… la enfermedad, ese factor de perturbación, hace presente, hasta el límite de la impertinencia, nuestra corporeidad, esa corporeidad que casi pasa inadvertida cuando no experimenta una perturbación.”

 

No tener fiebre no es estar sano, mantener los niveles de colesterol o de triglicéridos o de ácido úrico en determinados parámetros no es estar sano…: “… pueden establecerse valores estándar respecto de la salud. Pero si uno quisiera imponer a un individuo sano esos valores estándar, lo único que lograría es enfermarlo.”

 

Trece ensayos integran el libro: Teoría, técnica, práctica; Apología del arte de curar; Acerca del problema de la inteligencia; Experiencia de la muerte; Experiencia y objetivización del cuerpo; Entre la naturaleza del arte; Filosofía y medicina práctica; El estado oculto de la salud; Autoridad y libertad crítica; El tratamiento y la conversación; Vida y alma; La angustia y los miedos, y Hermenéutica y psiquiatría. Gadamer atiende la salud —“…algo que no se puede hacer”— y la enfermedad desde una perspectiva hermenéutica, y, claro, coloca el lenguaje en el lugar protagónico. Discípulo y amigo de Heidegger —y a través de él, de Husserl—, autor de obras fundamentales del pensamiento contemporáneo (Verdad y método, La herencia de Europa, Dialéctica de Hegel, en fin…), desde el amanecer de su carrera como filósofo, Gadamer valoró el poder estético y hermenéutico de la conversación; La esencia del placer en los diálogos platónicos, su tesis doctoral (1922). Así que no es gratuito que en su libro acerca de la salud y la medicina dé un sitio relevante a la consulta, al diálogo entre el médico y el paciente. “El lenguaje sólo puede alcanzar su estatuto pleno en la conversación”. Y va más allá, mucho más allá: “El pensamiento es la conversación del alma consigo misma.” ¿El alma? ¡El cuerpo pasándose de vivo!

miércoles, 21 de julio de 2021

De Puente de Alvarado a México Tenochtitlán

  

El 13 de julio, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, la doctora Claudia Sheinbaum, anunció una serie de medidas tendientes a conmemorar los 500 años de la caída de México-Tenochtitlán. Una de dichas acciones se refiere al cambio de nomenclatura de una importante vialidad del centro histórico. El próximo 12 de agosto cambiará oficialmente el nombre de la avenida Puente de Alvarado; en lo sucesivo se llamará “avenida México Tenochtitlán” —de hecho, el acuerdo correspondiente se publicó en la Gaceta Oficial el pasado 21 de mayo, y señala que entra en vigor al día siguiente de su publicación—.

 

La avenida Puente de Alvarado corre de Insurgentes Norte a la calle Guerrero. Es una vía de doble circulación, con camellón en medio. Del lado norte, cruza las calles Bernal Díaz del Castillo, Buenavista, Juan Aldama, Zaragoza, y finalmente, al atravesar Guerrero cambia de nombre a avenida Hidalgo. Del lado sur, enseguida de Insurgentes pasa por Ezequiel Montes, luego por José María Iglesias, Ponciano Arriaga (Buenavista del otro lado), Miguel Ramos Arispe, José de Emparán, Terán y finalmente Rosales (Guerrero del otro lado).



¿Y por qué se llamaba Puente de Alvarado? En su libro México viejo: noticias históricas, tradiciones, leyendas y costumbres (París; México: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1900) cuenta don Luis González Obregón que nombre se debe a un embuste:



“Dice la leyenda que en la célebre retirada de los españoles, Pedro de Alvarado, al llegar a la tercera cortadura de la calzada de Tlacopan, ‘clavó su lanza en los objetos que asomaban sobre las aguas, se echó hacia adelante con todo el impulso posible, y de un salto salvó el foso’. Hecho tan inexacto como admirable impuso el nombre a una de nuestras principales avenidas, que todavía se llama Puente de Alvarado, y en la que se conservó por muchos años un puente y una zanja que corría de sur a norte.” El propio González Obregón corrige y narra que Alvarado, que ya iba a pie pues su yegua alazana había sido ya muerta por los guerreros mexicas que perseguían a los españoles y tlaxcaltecas que huían de Tenochtitlán, encontró “una viga atravesada en la acequia, la pasa, y una vez del otro lado, monta en las ancas del caballo de un tal Gamboa, que lo pone fuera de peligro”. Haya saltado usando una lanza como garrocha o cruzado sobre una viga, el cruce de Pedro de Alvarado de tal cortadura fue lo que dio origen al nombre de esa calle…, hoy avenida México Tenochtitlán.


Por cierto, además de la vialidad en cuestión, en otras localidades del país existen otras calles con el mismo nombre (Aguascalientes, Agus.; Tepeji del Río, Hidalgo; Vista Hermosa, Michoacán; San Miguel Allende, Guanajuato; Chalco, Estado de México, y San Luis Acatlán, Guerrero).

miércoles, 14 de julio de 2021

Poquedad doctoral

  

Education, n. That which discloses to the wise

and disguises from the foolish their lack of understanding.” 

Ambrose Bierce, The Devil's Dictionary.

 

 

Hasta hace poco en este país se respetaba a quienes alcanzaban un doctorado. Parece que ya no, en parte debido a que últimamente una estela de personajes públicos se ha encargado de mancillar el grado. Particular culpa han tenido algunos políticos. El colmo, el doctorado Honoris Causa en “Letras Humanas” —¿habrá de otras?— que en mayo una universidad estadounidense otorgó a un desparpajado señor que escribe y se anima a publicar esperpentos como estos: “Nor hemos convertido en el haz me reir....”, “Che vola de rateros......”, “Todos a VOTAR para VOTARLOS.” Por supuesto, me refiero al expresidente Fox y al reconocimiento que le concedió la Universidad de Miami en Florida —en donde, casualmente, trabaja de rector un exempleado suyo—. Después de episodios como este es imposible que no se dé el abaratamiento simbólico de cualquier doctorado, lo cual, al menos desde una perspectiva puramente estadística, es sumamente injusto porque no, los doctorados —la inmensa mayoría— no se dan maceta.

 

 

*

 

 

En México, de cada diez habitantes, dos son menores de 12 años. De los poco más de 126 millones de seres humanos que contó el Censo de Población y Vivienda que en 2020 realizó el INEGI, 100’528,155 tienen 12 años y más, es decir, ocho de cada diez. De esos 100.5 millones de personas, poco menos del 5% no tiene ninguna escolaridad. En términos relativos luce poco, pero estamos hablando de 4.6 millones de hombres y mujeres (4’672,497), es decir, un monto superior a la gente que vive en todo Colima o en Baja California Sur o en Campeche o en Nayarit…, ¡o en 19 entidades federativas más! (Tlaxcala, Aguascalientes, Zacatecas, Durango, Quintana Roo, Morelos, Yucatán, Querétaro, Tabasco, San Luis Potosí, Sonora, Sinaloa, Hidalgo, Coahuila, Tamaulipas, Guerrero, Chihuahua, Baja California y Oaxaca). La cantidad de gente de 12 años y más que no tiene ninguna escolaridad es prácticamente igual que la población total de Michoacán. La situación no se presenta de la misma manera en todo el país: mientras que en Nuevo León, Coahuila y la Ciudad de México la proporción de personas sin escolaridad no alcanza dos puntos porcentuales (1.7%, 1.8% y 1.9%, respectivamente), supera los diez en Chiapas (12.4%) y Guerrero (10.8%). Las mujeres conforman la mayor parte de las personas de 12 años y más que no tienen ninguna escolaridad, con el 57.8% a nivel nacional. En Oaxaca y Puebla esta condición se acentúa, con 64.2% y 62.4%, respectivamente, en tanto que en Sinaloa y Sonora se invierte, es decir, en ambas entidades es menor la participación femenina en la población sin estudios (46.4% y 47.6%, respectivamente). En cuanto a la edad, entre los adultos mayores —60 años y más— se encuentra la mayoría de las personas que no tiene ninguna escolaridad (56.8%).

 

De cada 100 personas de 12 años y más, descontando a quienes no tienen ninguna escolaridad, 55 cuentan con educación básica, 24 con media superior y 21 con educación superior.

 

En siete estados de la República la participación relativa de la gente que sólo cuenta con educación básica va de 60% a 67% —Durango, Guerrero, Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Oaxaca y Chiapas—; en el extremo opuesto, en tres entidades es inferior a la mitad —Sinaloa y Baja California Sur, con 49% en ambos, y Ciudad de México, con 39%—.

 

Los estados en los que se reporta una menor participación de personas de 12 años y más con educación superior, en todos los casos inferior al 20%, son Chiapas y Oaxaca (14%), Guanajuato y Guerrero (16%), Michoacán y Zacatecas (17%), Hidalgo (18%) y Veracruz, Durango, Tlaxcala y Puebla (19%). En contraste, Nuevo León, Sinaloa y Querétaro son las entidades federativas con mayor proporción de personas con educación superior (24%, 25%, 26% y 27%, respectivamente). Destaca la Ciudad de México, en donde un tercio de la población de dicho rango de edad cuenta tal nivel escolar (34%); en términos absolutos, estamos hablando de 2’614,326, un contingente que supera la población total de cada uno de los 13 estados menos habitados.

 

De los 20.3 millones que declararon al Censo contar con estudios a nivel superior, 7% reportó estudios técnicos o comerciales con preparatoria terminada, 5% normal con licenciatura, 78% licenciatura, 2% alguna especialidad, 7% maestría y apenas 1% doctorado.

 

En todo México solamente 254,529 personas declararon haber estudiado un doctorado. Si tuviéramos que reunirlas, bastaría citarlas en el estadio Azteca repartidas en tres fechas, y sobrarían lugares (el Coloso de Sana Úrsula tiene una capacidad de 87 mil espectadores). O podríamos reunirlas el mismo día: a las doctoras (44% del total) las recibiríamos en el Foro Sol y en el estadio Olímpico Universitario de CU, y nos sobrarían 15 mil butacas; y a los doctores (el 56% restante) en el Azteca y en el estadio Jalisco de Guadalajara, y quedarían 700 asientos libres. Seguramente la mayoría llegaría de las tres más grandes áreas metropolitanas del país: dos de cada diez doctorados radican en la Ciudad de México, y si consideramos a las doctoras y los doctores que habitan además en el Estado de México, Jalisco y Nuevo León, tendremos al 43% del total.

 

Los 254 mil doctores que hay en México somos, cuantitativamente, un pelo de gato: el 0.2% de la población total del país…, y eso que los entrevistadores censales no le pidieron a nadie un título para demostrar lo que declaraba… Vaya usted a saber qué contestó Fox cuando le preguntaron su grado escolar… Por cierto, en su cuenta de Twitter, el casi octogenario chilango afincado en San Francisco del Rincón, Guanajuato, tiene 1.4 millones de seguidores, cinco veces más que las personas con doctorado que hay en México.

jueves, 8 de julio de 2021

Alcurnia de la clase media chilanga


A partir de un cinedrama original que él mismo escribió y luego adaptó a cuatro manos junto con Joaquín Pardavé (1900-1955), en 1948 Gilberto Martínez Solares (1906-1997) dirigió La familia Pérez. La película, una comedia dramática producida por Gregorio Walerstein, fue musicalizada por Manuel Esperón (1911-2011) y protagonizada por el propio Pardavé, quien interpretaba al sojuzgado Gumaro Pérez, oriundo de Guanajuato, como el mismo actor, y Sara García (1895-1980), quien dio vida a la mandona esposa, Natalia Vivanco de Pérez —participaban en el film, además, Manolo Fabregas, Lilia Prado y José Elías Moreno, entre otros—. El prólogo de la película, narrado en off por el multifacético José Ángel Espinosa “Ferrusquilla” (1919-2015), ofrece una instantánea sociológica de la manera en que desde los creadores de cultura e identidad se entendía la estructura social de la capital del país hace más de siete décadas.



Por supuesto, las palabras que se emplean hoy serían políticamente incorrectas: la riqueza significaba limpieza y elegancia, mientras que la pobreza no sólo se aparejaba con la falta de bienestar, sino con la de higiene. Es de subrayar que ya desde entonces la clase media se asumía a sí misma como mayoritaria en el pujante Distrito Federal…

 

miércoles, 7 de julio de 2021

Una chinga al conquistador

 

El Señor formó al hombre del polvo de la tierra,

sopló en su nariz un hálito de vida,

y el hombre se convirtió en un ser viviente.

Génesis 2:7

 

Sentir que es un soplo la vida…

Carlos Gardel

 

 

 

Risueños y acomedidos zombis novohispanos, provectos politécnicos románticos, desalmados narcos empoderados, conquistadores mexicas y españoles, tecnócratas neoliberales aterrados por perder la cabeza, una dinastía antañona de almeros mayas y una señora gorda de la colonia del Valle… ¿Y qué más tenemos? También esforzados comerciantes de La Lagunilla y un drogadicto asesino; un secretario de Gobernación inseguro y un comisionado de Seguridad desgobernado; un juicioso bohemio colombiano radicado en la Ciudad Luz; el Negre, un brujo africano, “pequeño, enjuto y viejísimo”, de engorroso castellano, capaz de “sacar prestancia y tener cuerpo vivo”; un capo mayor, el Chuleta, vivo hasta para morirse, y un transportista emprendedor de buena entraña y falo desbocado. ¿Es todo? ¡No, qué va! También Tenochtitlan y el Defectuoso, la Ciudad de México, la urbe que nunca se queda quita como escenario porque siempre se erige como personaje obligado, intérprete de millones de almas, en donde los trayectos duran eternidades y los días pasan fugaces. ¿Y ya? Bueno, no, aparece, además, en primer plano, un huracán, Jacinta Dionez Manzano, una antropóloga chilanga, necia y emotiva, y enganchado a ella, por no decir fatalmente enculado, el cándido Andrés, un físico metido en una “experimentación de frontera sobre la caracterización del plasma de quark y gluones”. Tras bambalinas, don Rufina, un travesti, pobre y trabajador, ignorante y sabio, bondadoso y heroico, de oficio tlacuache. Está también, metiche, Sánchez Lora, un perito forense que, empecinado en conocer la verdad, por su cuenta y riesgo se pone a hacer averiguaciones de detective. Y también Kan, bautizado luego y renombrado Tomás, y de emergencia dizque Juana de Quintanilla…, como sea, el mero almero del mismísimo Conquistador del imperio Mexica. ¡Ah, claro!, y un frasco antiquísimo y el hálito contenido en él.

 

¿Y cabe todo eso en un libro? Sí, cabe eso y más, y bien: con colmillo y perversidad literaria, afilado ese y educada aquella, Pedro Miguel (Guatemala, 1958) lo consigue en El último suspiro del conquistador (FCE, 2020), un libro que me trajo un par de días entre la carcajada y el enojo, un libro durísimo y divertido… Entonces, ¿de qué clase de artefacto textual estamos hablando?

 

“— ¿Llegará el tiempo en el que vuelva a ser yo? –preguntó al brujo una tarde…” —y resulta que el que habla e interviene es el mismísimo Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, I marqués del Valle de Oaxaca, y no, Pedro Miguel no escribió una novela histórica —al menos, no lo sería para Georg Lukács—. Tampoco es una novela erótica, pero qué sabroso narra la encerrona en la que, durante tres semanas, encallaron en un pequeño estudio parisino de Saint-Denis un par de pumas mexicanos, y cómo “transitaron de la penetración a la compenetración”. Aunque los diálogos entre el presidente y los altísimos funcionarios del régimen anterior resultan de tal verosimilitud que hay momentos en que a uno le cuesta trabajo no azotar el libro en el suelo y mentarles la madre, no es una novela política. En El último suspiro del conquistador el lector se topa con muertos vivientes y muertos en vida que pueden aterrar a cualquiera, y tampoco es una novela de horror. El humor macabro —“… hasta qué punto podía considerarse lícito matar a un zombi…”— se engarza por aquí y por allá con topetazos de saber sencillo y contundente —“No era tonto: alcanzaba a vislumbrar el tamaño de su ignorancia…”—, las referencias bibliográficas —¿alguien tiene un ejemplar de Los arrieros del agua de Carlos Navarrete?, ¿realmente Gaspar de Cuadros escribió Recordación de capitanes esforzados?— se engarzan con el anecdotario del pasado apenas pasado y que se niega a pasar. A las lucubraciones sobre las propiedades físicas del corcho y acerca del misterio de la conciencia humana —¿“el conjunto de interacciones químicas y electroquímicas que tienen lugar en el sistema nervioso del individuo”?— le siguen profundas especulaciones sobre la andanada de hechos que han desembocado en lo que hoy es México —“Destruyeron lo que desconocían para edificar sobre los escombros lo que ya sabían”—. Los remordimientos de Cortés, atrapado en “una nada lechosa con ramalazos de recuerdos”, y los recuerdos de las atrocidades que hace sólo unos cuantos años acabamos de pasar —“todo por el dinero y el poder; por el dinero que da el poder y por el poder que da el dinero”—, vueltos historia desde un todavía distante 2047.



“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”, preciso, asiente Carlos Marx en su 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), y enseguida, poético, remata: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.” Cierto, terriblemente cierto… ¿Y cómo cobrarse tal martirio? ¿Cómo vengarse de los muertos? Hasta donde sabemos, si a muchos de los vivos les tiene sin ningún cuidado, la historia —“esa modalidad de ensoñación o de viaje en el tiempo a la que los espíritus cuadrados denominan historia”— no hace mella alguna a los difuntos. Pedro Miguel echa mano de la novela…, y créanme, ¡qué chinga le acomoda al conquistador!

miércoles, 30 de junio de 2021

El sector aspiracionista (y clasista) de la clase media mexicana

  

… desde luego una recepcionista que

no hace otra cosa… que contestar teléfonos,

no puede recibir el mismo salario por pintarse los labios,

que una directora creativa que con sus ideas vende

no sólo millones de paquetes de pan Wonder,

sino, lo que es más, vende aspiraciones, ilusiones y formas de vida.

Fernando del Paso, Palinuro de México.

 

 

 

 

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Otra vez, AMLO ha concitado tremendo borlote en el ágora… Hablo del jaloneo que desató al afirmar que un sector de la clase media padece aspiracionismo. Además de la turbamulta que sin falta critica desde siempre todo lo que dice o no dice y hace o no hace López Obrador, otras voces se han sumado al debate público en torno al asunto, en algunos casos porque, evidentemente, la crítica del primer mandatario caló hondo. Así, por ejemplo, Anamari Gomís publicó “Mitos y fantasías de la clase media” (La Crónica; 16/6/2021). Si bien discrepo de casi todas sus opiniones, debo agradecer doblemente a la doctora su texto: le doy gracias, primero, porque recordó al sociólogo Gabriel Careaga, y, segundo, porque me ayudó a ver con nitidez uno de los motivos por los que algunos clasemedieros detestan al presidente. 

 

 

 

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El preceptor más importante que tuve en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM (FCPyS) fue Gabriel Careaga Medina (1941-2004). Para ello, intervino la fortuna. Entonces —no sé ahora— uno escogía a sus profesores, salvo en el primer semestre, cuando al azar quedabas inscrito en determinado grupo. Así me tocó a Careaga en Teoría Social I, una de las materias del tronco común para los alumnos de las licenciaturas en Administración Pública, Ciencias Políticas, Relaciones Internacionales, Ciencias de la Comunicación y Sociología. En su primera clase —no recuerdo que ningún otro docente llegara invariablemente de traje, corbata y gabardina—, después de presentarse muy formalmente, nos pidió que levantáramos la mano quienes estuviéramos inscritos en Sociología…

 

— Los demás no me interesan; están perdiendo el tiempo.

 

Menos de diez alzamos la mano, una pobretona minoría entre más de cien almas. Considerando lo que acababa de decir, supuse que vendría una felicitación, una bonita arenga…

 

— Este país no requiere más de cinco sociólogos. Yo soy uno de ellos. Ustedes serán desempleados.

 

Yo era entonces un mozalbete enjundioso y sobradamente irreflexivo, así que pedí la palabra:

 

— ¿Es usted, además de un buen sociólogo, un buen maestro?

 

— Por supuesto, de los mejores.

 

— Luego entonces, está usted obligado a que lo superemos y lo dejemos sin trabajo.

 

En esa misma sesión, luego de dictarnos la lista de unas cuarenta lecturas que, como mínimo, tendríamos que hacer si no queríamos reprobar, nos dijo que él no regalaba calificaciones, que pediría tres ensayos a lo largo del curso y que, independientemente de lo que en ellos asentáramos, no iba a acreditar a nadie que escribiera con faltas ortográficas, porque, si no lo habíamos notado, estábamos en la UNAM…

 

— Quedan dos días para pedir cambio de grupo. El trámite se realiza en Servicios Escolares…

 

En pos de derroteros académicos menos peliagudos, la estampida se abalanzó hacia la puerta. Nos quedamos unos veinte inconscientes. Más de la mitad reprobaría. Al siguiente semestre nos inscribiríamos a Teoría Social II con Careaga unos diez. Sus clases, siempre divertidísimas; pletóricas, atiborradas de referencias bibliográficas y fílmicas, de anécdotas y chismes; era ocurrente, avispado, ácido, mordaz, provocador… 

 

— Seguramente ninguno ha leído Memorias de Adriano, de la Yourcenar... ¡Qué va!, si acaso leyeron un resumen de Pedro Páramo en la secundaria… No pasan de los Platícame un libro de Severo Mirón…

 

Careaga era un lector voraz —además de su biblioteca, resguardaba la de su expatriado amigo, el novelista Gustavo Sainz—, enciclopédico y refinado, a quien le molestaba casi al punto del asco la vulgaridad intelectual de la gran mayoría de sus pupilos. A Teoría Social III nos inscribimos con él ya sólo cuatro…; un lujo. Después de una de sus típicas alharacas histriónicas, una tarde me preguntó quién consideraba el mejor escritor mexicano; contesté lo que sigo pensando:

 

— Carlos Fuentes.

 

— ¡Oiga, pero él no cuenta! Rico-rico, guapo-guapo, inteligente-inteligente… ¿Así quién no? ¡Cuando era un crío Reyes lo sentaba en sus piernas y le leía la Ilíada!

 

Aunque Mitos y fantasías de la clase media en México (1974) era ya un imprescindible —entonces yo sólo había leído Biografía de un joven de la clase media (1977)—, Careaga jamás cayó en la bajeza de obligar a sus alumnos a leer sus libros. Terminado el tronco común, nos seguimos frecuentando, y la teoría de clases —“No hay Sociología sin teoría de clases”— y su análisis de la clase media mexicana fueron temas reiterados de lecturas y conversación; realmente me regaló un invaluable seminario de más de dos años. Amable, sin invitación mediante —el trance no me parecía particularmente significativo—, se apersonó en mi examen profesional, con todo y que recusaba mi decisión de haber cambiado el tema de tesis —inicialmente trabajé un análisis de la clase media a partir de la literatura de la onda, y terminé presentando un estudio weberiano de los censos mexicanos de población—. Generoso, fue lector de algunos de mis primeros relatos. El texto de contraportada de mi libro Cuentos de mala fe lo firma Gabriel Careaga.



 

 

 

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Para mentar su texto, Anamari Gomís se sirve del título del libro de Careaga: “Mitos y fantasías de la clase media” —sólo le mochó el gentilicio—. Relata que lo conocía, y que tenía su libro, “porque Gabriel era mi amigo”. Asegura que a Careaga le interesaba el estudio de la clase media “con ínfulas de pertenecer a cuadrillas sociales mucho más beneficiadas en términos económicos”, y en el siguiente párrafo afirma: “A lo mejor, ahora que lo pienso, me convertí en modelo de mi amigo sociólogo”. Y hasta ahí. Concluido el preámbulo, aborda el tema que realmente quiere atender: “la perorata del presidente… en contra de la ‘aspiracionista’ clase media”.

 

Quienes hayan escuchado las aseveraciones del presidente habrán detectado ya el primer error: AMLO —también egresado de la FCPyS— no agarró parejo, no aludió a toda la clase media, sino “a un sector” de la misma. Quiero pensar que se trata de una equivocación y no de una malinterpretación formulada con el propósito de sumarse a quienes, mediante esta estratagema, pretenden incordiar a toda la clase media contra el presidente. No me detengo en los inexactos asertos de la doctora Gomís en materia de política-electoral —v.g.: Morena no perdió la mayoría calificada, puesto que no la tenía antes—; no es el asunto que nos ocupa.

 

Dice Anamari Gomís que AMLO “… arremetió contra las clases medias y acuñó el neologismo aspiracionista”. Y esto sí es un disparate. Si bien ni aspiracionismo ni aspiracionista aparecen en el diccionario de la RAE, son vocablos corrientes en la nomenclatura de la sociología, las ciencias de la comunicación, la mercadotecnia… Una sencilla consulta en Ngram de Google constata que la palabra aspiracionista aparece en publicaciones impresas desde hace casi un siglo —destacadamente entre 1930 y 1948, y durante los setentas—. Además, están vivas, como puede comprobarse buscándolas en Googlebooks. Ejemplos: Auge y ocaso de la era liberal, del argentino Nicolás Lewkowicz —“El aspiracionismo es una tendencia a creer en un progreso material lineal y sostenido.”—; Mitología del supersistema civilizatorio, de Mauricio Dimeo —“La clase trabajadora…, tiende a adquirir la ideología burguesa que promueve la meritocracia, el emprendimiento y el aspiracionismo”—;¿Qué es ser filósofo?, de Alberto Constante —“Fueron varias las dificultades que enfrenté en mi camino hacia la filosofía, sobre todo al provenir de una familia clasemediera aspiracionista”—; Bitácora de la hoja, de Emiliano Álvarez —“Las moscas: así llamó Azuela a la pequeña burguesía, a la clase media…, aspiracionista y lambiscona…”—… En fin, abundan pruebas de que aspiracionista no es un neologismo y de que AMLO no inventó el término.

 

Punto seguido después, Anamari Gomís se anima a corregirle la plana al presidente: “Creo que ‘arribista’ sería la palabra, y se le quedó en algún escondrijo de la mente”. Desde 1970, arribista existe para la RAE; así que basta hallar el vocablo en su diccionario para comprender que no, no es lo mismo un arribista que un aspiracionista. Mientras que un aspiracionista pretende ser lo que cree que es quien sueña ser, y se desvive por aparentarlo, un arribista es una “persona que progresa en la vida por medios rápidos y sin escrúpulos”. Un aspiracionista desea parecer ser lo que no es. El aspiracionismo puede ser, efectivamente, tanto uno de los motores como una de las muchas tácticas que despliegan los arribistas. El Diccionario del español de México del Colmex ofrece una definición más rica de arribista: “Persona ambiciosa y sin escrúpulos que pretende subir o sube en la escala social, política o económica, por cualquier medio y sin tener verdaderos méritos.” La palabra connota, pues, un juicio: el arribista está o lucha por estar en un sitio que no le corresponde, es pues un trepador, un advenedizo.    

 


¿Qué es lo que impele a la doctora Gomís a afirmar que AMLO no debió decir aspiracionista sino arribista? Juzgue usted. Primero concede: “… los sujetos de las clases medias pueden ser arribistas”. Como ejemplo pone nada menos que al celebérrimo personaje de Flaubert: “Madame Bovary sí es una arribista, detesta el mundo provinciano en el que vive y al final se suicida porque debe un montón de dinero”. Y enseguida, diagnostica: “Como Rubempré, Andrés López Obrador [sic], ahíto de aspiraciones, la emprendió desde Macuspana, Tabasco, para imponerse como habilidoso político”. Se refiere, claro, a Lucien de Rubempré, el protagonista de Illusions perdues, la novela de Balzac, y por supuesto que Macuspana está en el “mundo provinciano” y que eso de “ahíto de aspiraciones” se oye muy cercano a aspiracionista, que, ya dijo, debería ser más bien arribista… Por si quedara duda, en su párrafo final advierte: “… dado que es buen clasemediero, el presidente vive plenamente sus fantasías y crea sus propios mitos… No dudaría que mandara cubrir una sala de Palacio Nacional con cubiertas de plástico…”

 

Observo, pues, que parte del sector de la clase media aspiracionista detesta al presidente porque lo considera un arribista, un provinciano que llegó a un sitio que no le corresponde…, con todo y sus 30 millones de votos…, lo cual, claro, es tremendamente clasista.

miércoles, 23 de junio de 2021

La mexicana promedio II

 

If I want to understand an individual human being,

I must lay aside all scientific knowledge of the average man…

C.G. Jung, The Essential Jung: Selected Writings.

 

 

Quedamos que, si atendemos la información censal más reciente, el mexicano promedio no es un hombre, sino una mujer: una joven —bueno…, ya no tanto— que este 2021 celebra su 30 aniversario —la mexicana promedio es un año mayor que el habitante promedio de la India, y unos 26 más joven que el del Principado de Mónaco—. La nombramos María Fernanda y dijimos que tiene que ser una mestiza que habla español pero ninguna lengua indígena. La estadística muestra que sabe leer y escribir y que no padece de ninguna discapacidad.

 

También dijimos que María Fernanda radica en el oriente de la Ciudad de México (CDMX), esto es, en el corazón de la Zona Metropolitana del Valle de México: ella es una de las más de 9.2 millones de almas que habitan la capital de la República Mexicana, en su demarcación territorial más poblada. Ahí, en Iztapalapa viven un millón 835 mil personas, esto es, más gente que la que habita estados enteros del país —Colima, Baja California Sur, Campeche, Nayarit, Tlaxcala, Aguascalientes, Zacatecas y Durango registran menos población— e incluso algunos países —Mauricio, Chipre, Trinidad y Tobago, Estonia, Luxemburgo…, por mencionar algunos—. Considerando toda superficie de la CDMX, María Fernanda comparte cada kilómetro cuadrado chilango con 6,163 congéneres —es decir, vive con una densidad de población similar a la que registra Hong Kong—; sin embargo, si consideramos solamente el territorio de Iztapalapa, la población relativa asciende a 16,220 habitantes por kilómetro cuadrado. Como casi todas sus vecinas y vecinos iztapalapenses (95.8%), ella ha vivido en la misma demarcación al menos desde 2015. Además, María Fernanda es chilanga de origen: 81.5% de la población en México radica en la entidad en la que nació, y en el caso de la CDMX, el 80% —el único estado de la República Mexicana en donde la mayoría de sus habitantes no nacieron en la misma entidad federativa es Quintana Roo (54.3%), en tanto que en el extremo opuesto se encuentra Chiapas, en donde el 95.2% de su población total es oriunda de la misma entidad—. 

 

Los resultados del Censo de Población y Vivienda 2020 también señalan que la mexicana promedio se declara católica: 78% de los habitantes de este país así se consideran —la proporción de mujeres que dicen profesar dicha religión es ligeramente superior a la de los hombres: 78.68% y 77.15%, respectivamente—. Con todo y que entre las mujeres de su edad, de 25 a 29 años, el porcentaje se reduce a 76.8%, sigue siendo mayoritario. Si bien hay una disparidad patente entre las distintas regiones del país —en los estados en donde la proporción de población católica es menor apenas se supera el 50% (Chiapas, 54%; Quintana Roo, 56%, y Campeche, 61%), mientras que en ocho entidades federativas su participación relativa es superior al 85% (Querétaro, 86%; San Luis Potosí, 86%, Tlaxcala, 86%; Michoacán, 89%; Aguascalientes, 89%; Jalisco, 90%; Guanajuato, 91%, y Zacatecas 92%)—, en la CDMX el porcentaje de católicos es cercano al promedio nacional (76%).

 

¿Qué más podemos saber de la mexicana promedio? Hace apenas unos días la Secretaría de Salud divulgó los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2020 (ENSANUT 2020), la cual se levantó entre agosto y noviembre del año pasado en más de 10.2 mil hogares de todo el país. Atendiendo la información que arroja, podemos saber que en el hogar de María Fernanda —tal y como ocurre en el 59.1% de todos los hogares en México—, se enfrenta algún grado de inseguridad alimentaria. Por la misma encuesta también sabemos que la mexicana promedio desgraciadamente no hace ejercicio —sólo 32% de la población mayor de 10 años reportó realizar alguna actividad física o practicar un deporte—, aunque, claro, debería hacerlo, dado que sufre sobrepeso —76% de las mujeres adultas en este país presenta sobrepeso u obesidad—. María Fernanda no fuma tabaco y de vez en vez toma alguna copa —el consumo actual de tabaco y alcohol en adultos es de 16.8% y 54.3%, respectivamente—. Al parecer no le ha pegado el Sars-Cov2 y si ya lo hizo pasó el episodio asintomática. Aún no se ha vacunado, pero afortunadamente tiene decidido hacerlo cuando le corresponda —la aceptación de la vacuna contra la covid 19 es de 65.3% en adultos de 20 a 39 años—. Y cuando le toque el turno de registrarse en el sitio web correspondiente, podrá hacerlo desde su vivienda: aunque no tenga una computadora en casa —en Iztapalapa, 49% de las viviendas particulares cuenta con una—, realizará el trámite por medio de su teléfono celular —9 de cada 10 de las viviendas particulares habitadas cuentan con uno en la demarcación territorial— y sin gastar sus datos, puesto que cuenta con conexión a internet —en Iztapalapa la cobertura de dicho servicio es de 69%, y aunque el promedio nacional de la disponibilidad de este servicio es menor, también alcanza a superar el 50% con un par de puntos porcentuales—.


La mexicana promedio reside en una vivienda que cuenta con agua entubada, drenaje, energía eléctrica, tinaco y aljibe o cisterna. En su casa tiene refrigerador y lavadora de ropa.

 

María Fernanda se mueve en transporte público; en su casa nadie tiene automóvil o camioneta: a nivel nacional la disponibilidad por vivienda es de 46.5% y aunque en la CDMX es casi igual, 46.8%, en Iztapalapa alcanza apenas 39%; en cualquier caso, la mayoría de la gente en México no tiene coche propio.