Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

jueves, 24 de junio de 2010

Mientras queda cuerda...

Soy un gato sin gracia y sin siete vidas.
Carlos Monsiváis


Debió de haber ocurrido a principios del año pasado (2009). Si mal no recuerdo, era un seminario sobre literatura mexicana del siglo XIX. Seguro el asunto sucedió en el Colegio de México. Seguro su participación era el plato fuerte del menú. Lo presentó un académico de pipa y guante, con hartas credenciales, me parece que el coordinador general del seminario, ¿o era coloquio? El tipo dio la bienvenida al público —casi todos profes del propio Colmex, investigadores de Filológicas, raza unamita— y enseguida, para comenzar a hablar del señorón al que todos queríamos escuchar, contó una anécdota: que hace muchos años, un hatajo de personas gravitó en torno a una misma idea, ciertamente sencilla pero bizarra y heroica aunque un tanto ingenua: que resultaba pertinente y a la larga relevante reunirse periódicamente para hablar seriamente de los ires y venires de las letras en México. Que durante aquella aventura y para aquella gente “hablar seriamente” en la práctica significaba llegar a proponer y defender textos cerrados, bien escritos y con carnita… Contó el docto presentador que luego de dos o tres sesiones —extraño: se juntaban en alguna sala del Castillo de Chapultepec— enmezclillado apareció por fin el Rey Gato, el más esperado y más temido de aquel grupo de contertulios. Narró que el monstruo anhelado llegó dando las buenas noches y después, mientras iniciaba la sesión, permaneció callado, enfrascado en sus papeles. No recuerdo si a quien le tocó abrir la ronda de lecturas fue al propio anecdotista o a un compañero suyo, pero para el caso da igual. Quien haya sido, el expositor comenzó sin sorpresas y por donde se debe: leyendo el título de su ponencia, y luego a lo que te truje: su disertación. Al terminar, el silencio cundió y todos los asistentes dirigieron su mirada al gran factótum, al mero mero: él no se hizo del rogar y procedió a lo que se le pedía, echar a la mesa su dictamen… Que dijo: “Su texto tiene un título espléndido…, pero después decae”. Y fue todo..., y ahí mismo terminó la anécdota. El presentador continuó entonces enunciando algunos de los datos curriculares más relevantes del ponente estrella, los títulos de algunos de sus libros, el agradecimiento y el beneplácito compartidos por su presencia... Fue entonces que Carlos Monsiváis (1938-2010) tomó la palabra: “Bueno, después de la presentación, esta ponencia va a decaer...”. Aplausos y risas, y como otras tantas veces él levantó la vista mostrando una expresión que a uno le resultaba difícil diferenciar entre complicidad y sorpresa...: ¡Ándenles, ríanse!... ¿Pero de qué se ríen? Después, congruente, se burló un rato de sí mismo, de nosotros, del país y, ya con la respiración muy entrecortada, comenzó a leer.

Terminada la intervención de Monsiváis —habló durante más de una hora sobre los hábitos de lectura de la naciente clase media urbana del México decimonónico—, yo aproveché la excursión al Colmex para meterme a buscar un título rejego en la librería del Fondo de Cultura Económica que está ahí. Varios minutos después, cuando ya estaba pagando, Monsi entró cargado de libros, cuadernos, papeles sueltos, folders... Venía solo; atrás había quedado la cauda de admiradores. Claro, de idiotas muy pero muy zoquetes hubiera sido no aprovechar aquella oportunidad.

Conversamos un rato sobre la novelística mexicana del XIX. Especuló sobre las maneras en que la raza pudo haber abierto un libro en este país en aquella época. Me pasó varios títulos. Aguijoneó con elegante sorna los usos y costumbres de los encuentros académicos de altos vuelos. Hablamos de novela histórica y de nuevo desplegó la enciclopedia que traía en la cabeza. Apabullante y generoso. “¿Entonces está usted estudiando la novela histórica del XIX?” Le hablé de Sierra O’Reilly y él claro, conocía su obra, incluso recordaba varios detalles relevantes de La hija del judío y de Un año en el hospital de San Lázaro, las dos novelas del yucateco. Amable y retórico: “Perdóneme, pero recuérdeme su nombre”. Por supuesto, más que recordárselo se lo dije; él no tenía la menor idea de con quién estaba hablando. “Ah, pero usted no es académico, es narrador, ¿no?” Increíble, el hombre había leído un par de libros míos ¡y los recordaba! Luego de platicar poco más de un cuarto de hora nos despedimos, salimos de la librería y recuerdo que, al final, me dijo: “Pues qué bueno que está estudiando las novelas de Sierra O’Reilly..., pero siga escribiendo cuento. O lo que sea, la cosa es seguir de tercos”. Mientras quede cuerda, seguir de tercos.

viernes, 18 de junio de 2010

Filibusteros

Pero si me dan a elegir entre todas las vidas yo escojo
la del pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo,
el viejo truhán, capitán de un barco que tuviera por bandera
un par de tibias y una calavera.
Sabina

Anarquía, sol, océano y travesía, desmanes y parranda, mujeres en cada puerto, ron y rebeldía, aventura, tesoros y camaradería, fandango, quebranto de leyes... Desde mucho de que antes Jhonny Depp le copiara los moditos a Keith Richards para dar vida al capitán Jack Sparrow, el pirata encarna al héroe libertario. En las letras occidentales, las plumas de los románticos, gustosas, celebraron las hazañas de los maleantes del mar.


Walter Scott (1771-1832) publicó en 1821 The Pirate. Apenas un año después, el norteamericano James Fenimore Cooper (1789-1851) dio a conocer The Pilot: A Tale of the Sea. En Hispanoamérica, corresponde al porteño Vicente Fidel López (1815-1903), el mismo que escribió el Himno Nacional de Argentina, el crédito de ser el primer autor de una novela histórica con temática de piratería: La novia del hereje o la Inquisición en Lima, publicada originalmente en 1840 en un periódico chileno. La siguiente obra del meta-género en cuestión apreció en nuestro país; el pionero fue un yucateco, Justo Sierra O’Reilly (1814-1861), quien en 1841 publicó algunas narraciones históricas sobre piratas en el periódico que por entonces dirigía en Campeche, El Museo Yucateco.

Seguramente gracias a una iniciativa de Hernán Lara Zavala (†), en 2003 la UNAM, en su colección de relatos “Licenciado Vidriera”, publicó El filibustero, de Justo Sierra O’Reilly. Más allá de que por sí misma se trata de una narración divertida que bien merece deportar al averno aunque sea por un rato la tele, el cel, la radio, el iPod y demás chunches, el texto de don Justo es importante toda vez que inaugura el tema de la piratería en la narrativa mexicana.


¿Filibustero? La palabra entró al español a mediados del siglo XVII por vía del francés flibustier, que entonces se escribía fribustier. A su vez, el vocablo llegó al francés del inglés flibutor o frebetter. Aunque algunas fuentes indican que inglés es el origen (fly-boat, “barco que vuela” o quizá free-booter, “libre merodeador”), lo más probable es que se trate de alteraciones del holandés vrijbuiter, que significa pirata, en estricto sentido “el que se hace del botín libremente”. En efecto, la historia que cuenta Justo Sierra O’Reilly en El Filibustero se refiere a la incursión que Diego el Mulato, un afamado pirata que azolaba los fondeaderos coloniales españoles del Caribe durante la primera mitad del siglo XVII, hizo al puerto de Campeche en agosto de 1633. En una nota al título de su relato, el autor advierte: “Esta leyenda es toda histórica, casi hasta en sus más insignificantes circunstancias”. Ciertamente, Sierra O’Reilly basó su narración en los informes que el padre Diego López Cogolludo aporta en su Historia de la Provincia de Yucatán (Madrid, 1688) sobre el asalto al puerto de Campeche que comandó Diego el Mulato, también conocido como El Corsario y El Criollo de la Habana. Y el conocimiento que el doctor Sierra tenía de la obra historiográfica de Cogolludo no era poca cosa, toda vez que, entre los muchos trabajos que se le deben en tanto historiador, habría que resaltar la reedición que realizó del libro del religioso.

Hace poco la Universidad Veracruzana publicó El filibustero y otras historias de piratas, caballeros y nobles damas (2007), una antología de las narraciones breves de Justo Sierrra O’Reiily. La recopilación y edición, así como el texto introductorio, es trabajo de Manuel Sol. El libro incluye siete textos que sin duda fueron escritos por el padre de Justo Sierra Méndez (1848-1912), y dos más que, concuerdo con el dictamen de Manuel Sol, debemos considerar apenas como atribuibles a Sierra O’Reilly. Las seis primeras narraciones fueron publicadas originalmente en El Museo Yucateco, firmadas ya sea por “José Turrisa” o “J. Tomás Isurre Ara”, anagramas que don Justo empleaba como cándidos pseudónimos: “La tía Mariana”, “Los anteojos verdes”, “Doña Felipa de Zanabria”, “Antes que te cases, mira lo que haces”, “El filibustero” y “Los bandos de Valladolid”, la última inconclusa. El antepenúltimo relato incluido en la antología provienen de las páginas de El Registro Yucateco, el segundo periódico que dirigió Sierra O’Reilly: “El secreto del ajusticiado”. Finalmente, dos composiciones más que no podemos saber con certeza quién escribió, “Don Pablo de Vergara” y “Don Juan de Escobar”.

Hoy que los malosos están de moda, interesante resulta conocer el perfil de los piratas caribeños, aves de infortunio pero también agentes de cambio. En El Filibustero, don Justo describe a Diego el Mulato como un hombre dueño de unos ojos que “tenían un brillo indefinible, fascinador e insinuante; un brillo divino o acaso infernal”. El embeleso paradójico del mal.

viernes, 11 de junio de 2010

El poder del mapa

Bajo el sello editorial de Guilford Press, Denis Wood (Cleveland, 1945) acaba de publicar un lúcido ensayo: Rethinking the power of maps (NY, 2010). La idea central del libro de Wood —a quien, si de plantar etiquetas se trata, habría que ponerle las de cartógrafo, poeta, pintor, curador y académico—, es que la cartografía no es una representación de realidades espaciales, sino proposiciones. Dicho así suena sencillo, y seguramente lo es, pero las consecuencias de la afirmación no lo son tanto…

¿Qué es un mapa? La argumentación de Wood arranca lejos. Parte de que el poder es una medida de trabajo, y de que los mapas trabajan. Los mapas alcanzan logros, consiguen hacer cosas. Para ello, los mapas trabajan duro: los mapas sudan, se esfuerzan, se aplican a sí mismos. ¿Y qué persiguen con tanto esfuerzo? Fácil: a la reproducción incesante de la cultura que los produce.

¿Qué tipo de trabajo es el que realizan los mapas? Primero, el autor recuerda que el trabajo es la aplicación de una fuerza a través de determinada distancia, y que fuerza no es otra cosa que la acción ejercida por un cuerpo sobre otro para cambiar el estado, de movimiento o estática, de este último. Así, un mapa aplica fuerzas sociales para dar existencia a espacios socializados. ¿Cuáles son tales fuerzas? En última instancia, son las de los tribunales, las de la policía, las de los militares. En cualquier caso, son las de la autoridad, responde Wood. Al autorizar el estado en el que se encuentran los asuntos que mapean, la cartografía auxilia a concretar, reemplaza, sintetiza necesidades. Para hacerlo, un mapa apalanca palabras, engrana signos. Entonces, un mapa es un motor, es decir, una máquina que transforma energía en trabajo social:

energía → motor → trabajo
energía social → mapa → espacio social
energía social → mapa → orden social
energía social → mapa → conocimiento

¿Cómo es que un mapa convierte energía en trabajo? Relacionando cosas en el espacio, para convertirlas así en objetos geográficos. Los mapas logran ligas insertando en un plano de representación común proposiciones acerca del territorio. Dichas proposiciones revisten la siguiente forma: estas cosas, agrupadas en tales categorías seleccionadas, están donde los mapas señalan que están. Es decir, los mapas logran establecer vínculos, poniendo juntos elementos seleccionados en un plano común. He ahí el plano del mapa. Este plano con sus proposiciones es el mapa.

Las ligas entre los elementos que establece un mapa entran en el ámbito social como funciones discursivas. Afianzado en la teoría de la comunicación humana de Paul Watzlawick, Wood define una función discursiva como una forma que tienen las personas para, en una situación comunicacional dada, afectar la conducta de los demás. De ahí, el autor decanta la función pragmática del motor comunicacional llamado mapa: el hecho de que un mapa sea una función discursiva implica que tiene un rol en el discurso, en el lenguaje, que configura nuestro mundo. Si bien es cierto que hoy por hoy el rol que toma un mapa generalmente es descriptivo, también puede asumir otros: narrativo o interrogativo, contestatario o imperativo, etcétera. Ahora, el efecto descriptivo de los mapas incide en el comportamiento de las personas, vinculándolas entre sí a través del territorio que habitan. Por medio de la descripción en un plano común, los mapas vinculan al menos dos tipos de conductas: situaciones y cosas que queremos asociar a situaciones. El cartógrafo liga, conecta, asocia determinadas conductas entre sí describiéndolas en el plano común del mapa, por medio de descripciones referidas a determinados términos compartidos. En la medida en la que estas descripciones ligan, al mismo tiempo archivan, cosifican y proyectan nexos: “Estas dos cosas van juntas”, propone el mapa, y en consecuencia actuamos.

Una vez que el mapa ha sido publicado, se asume prácticamente como una descripción de la forma en que las cosas son realmente. Y si así son realmente, ¿qué sentido tiene resistirse? Entonces, el carácter proposicional se vuelve muy difícil de ver, se olvida. Luego, de la descripción de situaciones y ligas, el paso al conocimiento es directo: “Estas dos cosas van juntas”, propone el mapa, y como consecuencia se saben dos cosas… y una tercera (la liga misma).

En suma, Denis Woods opina que la forma más fácil de liberar el poder de un mapa sería mantener consciente el hecho de que los mapas son proposiciones. Mientras que concebimos a los mapas como representaciones, nuestra imaginación se mantendrá encadenada al prejuicio de la imagen preconcebida, según la cual el mundo es como se muestra en los mapas y no en los espejos. Invariablemente, esta imagen es inadecuada, inexacta, reducida necesariamente, a menudo falsa, y siempre esclava de los intereses dominantes.

Trazar mapas de acuerdo a esta idea, confirma su autoridad. Una conclusión me brinca, obvia: si queremos cambiar realidades, bien valdría remapearlas. Y como siempre, si no lo puedes imaginar, no lo mereces.

domingo, 6 de junio de 2010

Senectud prometedora

Mohammed ben [el-]Hassan ben Mohammed ben Youssef [el-]Alaoui nació en 1963 en la ciudad de Rabat. Días antes de cumplir 36 años comenzó a usar un apelativo más sencillo, Mohamed VI; desde 1993 es rey de Marruecos. Bajo su patrocinio, del 21 al 29 de mayo se celebró la novena edición del festival Mawazine “Ritmos del Mundo”. La pluralidad no contradice el nombre: participaron más de cien artistas, desde exponentes de ámbitos culturales prácticamente desconocidos en Occidente, como Toumani Diabate de Malí, Richard Bona de Camerún, Los hermanos Chemirani de Irán, Majid Al Mouhandiss de Irak, Tamer Housni de Egipto, la orequesta Kocani de Macedonia o Ahmad Fathi de Yemen; hasta consagrados de la cultura dizque global como BB King, Sting y Elton John. El caldo del festival Mawazine resultó bien condimentado, con hierbas de muchos huertos: el popero inglés Mika y el monstruo del jazz Al Jarreau; de España, lo que queda de Julio Iglesias, y Carlinhos Brown de Brasil; el mezclador francés Laurent Wolf y el rapero marroquí Don Bigg, acompañado por el pianista cubano Omar Sosa; la cantante Maurane (Claudine Luypaerts) de Bélgica y la Gangbe Brass Band de Benin… El viernes 28, en el OLM Souissi de Rabat, tocó el turno a quien, de acuerdo al programa, acudió representando a México: Carlos Santana…, ¡y qué viva Autlán…, sí, señor! Según EFE, durante la conferencia de prensa que ofreció en la mañana previa a su concierto en Rabat, Carlos Augusto Santana Alves, fue cuestionado sobre si veía cercano su retiro. El músico, quien el próximo 20 de julio cumplirá 63 años, dijo que no, que todavía trae cuerda para rato: “Cada vez que le digo a dios lo que quiero hacer, se ríe de mí”. Sin embargo, Santana se dio tiempo para externar uno de sus planes de ultratumba: “Hay un lugar y un tiempo en el que Michael Jackson, Bob Marley y yo tocaremos juntos, y con Jimi Hendrix”. A saber cómo se escuchará aquello si algún día, fuera de este mundo, el propósito del guitarrista jalisciense se cumple. Por lo pronto, el sexagenario sigue rockeando aquí.

El día anterior, a más de nueve mil kilómetros de Marruecos, un señor de casi 68 años de edad contó una típica evocación de longevo: que, cuando tenía once, en la escuela aprendió algo de español: “Tres conejos en un árbol tocando el tambor, que sí, que no, que lo he visto yo”, pronunció, y las más de 55 mil personas que lo escuchábamos le aplaudimos el recuerdito. Para entonces, aquel hombre ya nos tenía embrujados. El primero de los dos conciertos que Sir Paul MacCartney ofreció en el Foro Sol de la Ciudad de México, parte de su Up and coming tour, arrancó a las 21:14 hrs. Después de aventarse Venus and Mars / Rockshow, el ex beatle saludó a la banda variopinta ahí reunida: “¡Hooola, chilangos!” Chaviza que se hizo momiza en el siglo XXI, escuincles, cuarentones, cincuentones y jovenzuelos en la cúspide de la hormona dieron inicio a más de tres horas de palmas, brincos y gritos, ensopados al arranque del concierto, porque, después de amenazar tormenta desde las seis de la tarde, el méndigo Tláloc se aventó la puntada de, justo a las nueve en punto de la noche, reventar el nuberío que amorataba todo. Pero para la quinta rola, Got To Get You Into My Life, el cielo ya era una bóveda nítida en la cual la luna llena saldría a pavonear su belleza atrás del escenario. Seguirían 29 canciones antes del primer amague de retiro. “¡Paul! ¡Paul! ¡Paul!...”, y el teto de los Beatles (Jis dixit) y su banda (Rusty Anderson y Brian Ray en guitarras y bajo, Paul Wickens en los teclados y el portentoso Abe Laboriel Jr. en la batería) salieron de nuevo: Day Tripper, Lady Madonna... Entonces le regaló la noche de su vida a una chilanga que llevaba dos horas cargando un letrero. MACCA leyó “I want to dance on stage with you” You wanna dance? Come on… Y que la trepa. Mientras la espontánea subía, se arrancó con una de las más esperadas, Get Back. Otra salida en falso, la última, y luego el cierre del concierto: Yesterday, Helter Skelter y Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band / The End para completar así 35 rolas…La raza cantó casi todas, más fuerte las de Lennon y MacCartney, bailó muchas (con Obladi, Oblada aquello fue una convención de locos felices) y aplaudió sin tregua. Paul MacCartney tocó el bajo, la guitarra eléctrica, la acústica, el piano, el ukulele y cantó sin economías. ¡Y la Morsa seguía brincando con todo y sus añales encima!

− ¿Te imaginas? Cuando se muera este güey y el Ringo, seguro arman toquín con Lennon y Harrison en el cielo –cuando comenzábamos a salir del Foro, alcancé a escuchar a un compa glosar la noche.

viernes, 28 de mayo de 2010

Compasión en la Caja Negra

“Todos fuimos indios o vaqueros en otra vida. Es una experiencia obligatoria en la evolución del alma humana”. En estricto sentido, una afirmación irrebatible. ¿La pronunció él o fue ella? El caso es que lo escuchamos todos. Todos éramos los 45 afortunados que esa noche de un viernes infernal logramos entrar a la Caja Negra del Centro Universitario de Teatro (CUT). No nos costó un quinto. Eso sí, hubo que llegar al CCU desde las siete y cuarto de la noche, cruzar el área de los teatros, pasar la Sala Netzahualcóyotl y formarse.

El público ingresa al recinto para, ningún telón de por medio, topárselos: prácticamente sin ningún soporte escenográfico, diez actores en escena. Tres varones. Siete mujeres. Ana María Aparicio, Esmirna Barrios, Raúl Briones, Katia Castillo, Sabina Cobos, Miguel Pérez, Abril Pinedo, Mariano Ruiz, Carla Soto y Yosahandi Vega.

El espectáculo escénico: Desierto bajo escenografía lunar, una concepción del dramaturgo Alberto Villarreal Díaz (Ciudad de México, 1977). “Yo no debo comenzar. Cuando comienzo suelo sonar a finales..., desde el principio”. El primer parlamento. ¿Quién habla? Una mujer que en otra vida fue una estrella secundona de cine mudo de Jallywood. El diálogo inicial de la obra, entre un él y una ella, los dos lanzados por los otros al primer término del proscenio: aterrados, él fuma, ella tiembla. “Yo termino cosas y no empiezo ninguna”. ¿Fobia a las aperturas? La pieza teatral, según su autor, fue pensada como “un amuleto creativo que acompañe la vida actoral de la generación 2006-2010 del CUT”. Entonces, ¿clausura escolar o albores profesionales? Ambos: igual que todos, estamos, mientras estamos, atrapados entre un principio que no determinamos y un fin que nos llegará de sopetón. Los diez chavos, espléndidos; magnífico despliegue de capacidades actorales que, me late, sólo permite el hambre de hacerse un hueco: “¡Quiero un mundo inconsolable por mi desaparición!”, desgarrador, el bramido con el que cierra el primer tramo quien fuera actriz secundona... ¿De qué va entonces la puesta en escena? Probablemente de la monserga de los paréntesis de principio y fin impuestos entre los cuales transitamos...

Con enorme acierto, el espectáculo intercala piezas coreográficas de inteligente factura (la asesoría dancística corre a cargo de Irma Montero), ejecutados muy bien, incluso en un caso (la chica 144) extraordinariamente. Ya desde el primer bailongo, un sabroso danzón, casi se llega a rozar el paroxismo. Después del zapateado, un monólogo: la historia de la primera niña nacida en la luna. Fisgona, la escuincla posee un telescopio para mirar la Tierra. Entre sus juguetes, muñecos de indios y vaqueros..., y claro, hay un indio que se enamora de una vaquerita rubia y de buen cuerpo. ¿Pero para qué contar el cuento? “Todo el mundo ya se sabe los finales.”

Después un canto-baile (Piggies, de George Harrison) pendular entre lo grotesco y lo festivo: el disfrute de la bobería en bola, realzado por la presencia de un testigo ajeno al jolgorio, con el bastón al piso y la tristeza aparcada en el rostro. Crece entonces un ramal estupendo: un dialogo entre un director de cine y una actriz, continuamente interrumpido por sendos monólogos que como muñecas rusas van apareciendo uno dentro de otro. Los histriones aquí se lucen de lo lindo, sobre todo ella: los espectadores vemos actuar entonces a una chava recién egresada del CUT interpretando a un actriz sobreactuada que luego actúa una escena de una película disparatada, que no acaba porque, ahora sí franca y ella misma, la actriz interpretada no la intérprete, narra: “Yo escribí un cuento lunar...” El relato se refiere a la primera niña nacida en la luna, y entonces uno, lento, comienza a atisbar que el relajo teatral que presencia no es un ocurrente apilamiento de buenas puntadas, sino que los tramos forman parte de un mismo camino..., aunque quizá éste sea circular.

No puedo asegurar que el canto que a continuación interpretan los siete actores sea un himno soviético, a eso suena, pero cambio sí puedo decir que lo que los espectadores observamos es un cartel animado con toda la estética del realismo socialista. ¿A quién cantan mirando al cielo? ¿A quién buscamos allá arriba?

Dos mujeres hablan de dios. Una de ellas conversa con él, la otra no y por eso le pide que le transmita un mensaje. Quizá dios no la quiera escuchar porque ella lo juzga: “Él cree que todo el mal que hacemos lo hacemos para molestarlo. Es paranoico”. Con todo, le pide a la otra: “Quiero que le digas que lo comprendo”. Y aunque queda mucha puesta en escena por delante, uno puede preguntarse, mientras los histriones bailan una suerte de tango frenético, ¿de qué va entonces todo esto? Probablemente de la compasión. Mucho teatro más adelante, la lunática les dirá a todos, nos dirá: “Todos ustedes ya se odiaban de otras vidas”. Indios y vaqueros vistos desde la luna.

viernes, 21 de mayo de 2010

Pronóstico del tiempo

¿Qué tal que esta mañana, al revisar el periódico, tus ojos no se detienen en la nota sobre los ajusticiados que ayer encontraron con “el típico tiro de gracia”? ¿Qué tal que hoy no te importa si el domingo jugó bien o mal o como siempre la selección nacional? ¿Qué tal que este día, nomás para variar, la grilla y la economía y la tragedia y la ausencia de diplomacia y la farándula te interesan un comino? A cambio, ¿qué tal que hoy tienes mirada para una cabeza, perdida en páginas interiores, que casi parece broma o pifia o humorismo involuntario?: Extraña a científicos tamaño del Sol. Extraño... ¿Y qué les extraña? ¿Qué de extraño puede tener el tamaño del Sol? ¿Estará creciendo o achicándose? A ver...: Un grupo de astrónomos de la Universidad de Hawai descubrió que el tamaño del Sol se ha mantenido notablemente constante durante los últimos 12 años, por lo que no han podido captar las últimas tormentas solares. ¿Les extraña entonces no que cambie, sino justo lo opuesto: que no cambie? ¡Qué extraño! ¿Y qué son 12 años en la escala de tiempo solar? El diámetro de la estrella se ha mantenido en un millón 400 mil kilómetros... ¡Uf! Leo, reflexiono y la verdad no alcanzo a dimensionar: ¿un millón 400 mil kilómetros? “Esta constancia es incomprensible, dada la violencia de los cambios que vemos todos los días en la superficie del Sol y las fluctuaciones que se producen durante un ciclo solar de once años", explicó el astrónomo Jeff Kuhn, responsable de la investigación y director asociado del Instituto de Astronomía de la Universidad de Hawai. ¿O sea que el Sol se trae algo entre manos, una sorpresita entre fuegos, y nos lo está ocultando el muy taimado? ¿O cómo? ¿Tanto tiempo estable es para desconfiar, incluso para el Astro Rey? Jeff Kuhn, quien también dirige los observatorios de Haleakala, confiesa: “No podremos predecir el clima en la Tierra hasta que entendamos estos cambios en el Sol”... ¿Cuáles cambios, la ausencia de cambios? Y bien leído, al decir no podremos predecir el clima este amigo está diciendo realmente que no podemos predecir nada... Bien mirado, el declarante acepta que, al igual que los primeros homo sapiens sapiens, hace unos 50 mil años, en verdad seguimos sin saber qué diablos va a suceder mañana: quizá agarren al Chapo Guzmán o Fernández de Cevallos aparezca o los talibanes incendien la sede de la ONU o tu mujer te deje y agarre pa’l monte de la mano de un efebo..., pero tal vez nada más suceda un evento mínimo en la escala universal, por caso, que se apague el Sol. O tal vez mañana todos los noticieros nocturnos resulten aburridos porque ningún político haya dicho ninguna estupidez particularmente creativa, porque ningún avión se haya estrellado, porque la jornada haya cerrado sin terremoto o huracán o bombazo o tsunami o magnicidio..., pero tal vez, casi al final de la transmisión del telediario, el calor se incremente un millardo de veces de un segundo a otro, porque tal vez mañana en la noche el Sol se sacuda nada más un poquito la modorra estelar y con ello toda la biósfera en la Tierra se esfume. ¿Imposible? No lo creo, ya lo dijo el astrofísico: no podemos predecir el comportamiento del Sol, sencillamente no lo entendemos... Esta situación, por supuesto, no es nueva: los humanos hemos vivido desde siempre con la incertidumbre cósmica a cuestas. Sin embargo, a lo largo de más de medio milenio de Modernidad, en Occidente hemos construido en torno de la ciencia y la tecnología el poderoso mito de que somos capaces de controlar la Naturaleza, prever su comportamiento e incluso destruirla.

En el marco de la magnífica exposición Paseo en mapa que se encuentra montada en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, se organizó el ciclo de conferencias De los mapas de Ptolomeo a Google Earth. El martes de esta semana se llevó a cabo la mesa Mapear desde el ciberespacio, la cual fue moderada por el doctor en Física José Luis Mateos, Jefe del Departamento de Sistemas Complejos del Instituto de Física de la UNAM. Ya al final, después de las ponencias, tuve oportunidad de cuestionar al doctor Mateos sobre el extraño comportamiento estable de la estrella que rige el sistema planetario que habitamos. Su respuesta fue más o menos la siguiente: el Sol tiene unos 4 mil 500 millones de años de edad. Desde su nacimiento ha consumido la mitad del hidrógeno de su núcleo. Si no ocurre nada atípico, continuará irradiando tranquilamente durante otros 5 mil millones de años. Pensando el asunto en escala humana, el Sol es un cuarentón y quizá ahora mismo esté pasando por su middle age crisis; está estable…, pero extraña que no tenga un exabrupto de vez en cuando… A saber…