Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

jueves, 27 de marzo de 2014

Herejes

Tatemados pero insaciables de sol, los huéspedes habíanse ya repartido entre toallas y camastros a reposar el desayuno, enfundados en ínfimas prendas, bajo los rayos casi cenitales. Luego de haberse embadurnado mutuamente filtros y bronceadores, la mayoría dispensaba su atención a la lectura: entre una franca mayoría de dispositivos digitales, iPads, nooks y kindles, en las manos de algunos remisos perduraban algunos libros a la vieja usanza: un mastodonte presumiblemente afroamericano leía una biografía de Mike Tyson mientras que su pareja se enfrascaba en las profundidades del Bridget Jones's Diary de Helen Fielding; además de nosotros, a quienes nos acompañaban la Madame de Flaubert y la lnés de Almudena Grandes, únicamente un libro de papel más: una mujer leía Herejes… Ella, casi sin salir de la sombra de la palapa, entre mate y mate y cigarro tras cigarro, no soltaría el ejemplar durante cinco días, hasta que lo terminó…

– Yo leí hace poco El hombre que amaba a los perros.

– Pues igual, atrapante. Yo… –sentenció como sólo los argentinos saben pronunciar la primera persona del singular– se lo recomiendo.

El autor de ambas novelas se llama Leonardo de la Caridad Padura Fuentes (La Habana, 1955). Egresado de la Universidad de La Habana, en donde estudió Literatura Hispanoamericana, dedicó buena parte de su vida al periodismo. Pluma incansable, es también ensayista, guionista y más que otra cosa narrador. Padura ha alcanzado las mieles de la fama internacional sobre todo gracias a su zaga de novelas policiacas protagonizadas por el detective cubano Mario Conde: Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño, Adiós, Hemingway; La neblina del ayer, y La cola de la serpiente. Padura ha ganado los premios más importantes de novela negra (el Café Gijón en 1995, el Dashiell Hammett en 1997, 1998 y 2006, y el Raymond Chandler en 2006). En La novela de mi vida (2002) consigue engarzar la novela policiaca con la histórica, sus afanes detectivescos con los filológicos. Poco después publica El hombre que amaba a los perros (2009), una novela en la que se adentra en las vidas del ucraniano León Trosky y de su asesino, el barcelonés Ramón Mercader del Río; la novela, traducida ya a diez idiomas, ha resultado un éxito global. En cuanto su obra más reciente, la primera edición de Herejes (Tusquets) comenzó a circular en librerías el último trimestre del año pasado.

Desde el barrio habanero de Mantilla, Leonardo Padura desarrolla en una novela de poco más de quinientas páginas una vasta disertación en torno a la herejía, en tanto vértice de todas las caras posibles de la humanidad, el libre albedrío. Así que no es casual que al inicio del libro el lector se tope con las definiciones del concepto herejía, en principio, claro, la etimológica, de la cual, en negritas, el autor resalta el sentido original del vocablo: “elegir, dividir, preferir”. El polaco judío Joseph Kaminski, mejor conocido en la Habana como Pepe Cartera, es quizá el personaje que mejor sintetiza la tesis que Padura echa al río revuelto de la historia a pelear por su supervivencia, cuando le dice a su sobrino: “Hijo mío, haz lo que tienes que hacer y no te preocupes por mí, ni por nadie. Al fin y al cabo todos somos libres por voluntad divina, incluso para no creer en esa voluntad.”

En Herejes, Padura consigue entramar varias historias en la Historia, hace que confluyan sujetos ficticios e históricos, y logra encastrar una novela policiaca en una novela histórica. Hechos que ocurren a mediados del siglo XVII en Ámsterdam, entonces la Nueva Jerusalén, y Cracovia, repercutirán en la isla de Cuba, primero en 1939 y después en los albores del siglo XXI. Personajes imaginarios como el mismísimo detective cubano Mario Conde y su runfla de amigos, concurren en el maderamen de un mismo retablo narrativo con gentes de fidedigna y testimoniada existencia. Incide en Herejes el fundador de la secta turca de los sabateos, Sabbatai Zeví (1626-1676), un rabino que a los 22 años de edad se autoproclamó el Mesías de los judíos; o bien otro rabino, Menasseh Ben Israel (1604-1657), él de origen portugués, avecindado en Ámsterdam, en donde fundó la primera imprenta hebrea de la ciudad y de donde partió rumbo a Londres para solicitar a Cromwell permiso para que los judíos pudiesen volver a Inglaterra. ¿Cómo es que se relaciona la muerte violenta de una joven emo cubana, ella sí deprimida de verdad, con los quehaceres del genial pintor holandés Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669)? ¿Qué vicisitudes podrían hermanar en la herejía al portentoso filósofo racionalista Baruch Spinoza (1632-1677) con el más humilde de los aprendices de Rembrandt, Elías Ambrosius, un joven judío que además de tomar los pinceles se atrevió a posar para un retrato? ¿Qué pasó con el tesoro de la familia Kaminsky a mediados de 1939, durante los días durante los cuales estuvo fondeado frente a la capital cubana el S. S. Saint Louis, antes de que fuera devuelto a Europa por el gobierno isleño, sin permitir antes que desembarcaran los casi mil judíos que intentaban escapar de la amenaza nazi, amenaza que meses después se concretaría en el holocausto? La mirada vuelta hacia el pasado no esquiva la realidad actual de los cubanos, y Padura no elude la crítica: “El panorama individual de Conde resultaba tan sombrío como el colectivo del país…

Herejes es sin duda una gran novela, disfrutable y dolorosa. 

martes, 18 de marzo de 2014

Vivir más (iii y última)

Como todos los días, minutos antes de que la chicharra del despertador se active, abres los ojos a las seis cincuenta de la mañana. Dormiste de maravilla, como siempre, como si no debieras ni un quinto a nadie, de corrido y sin sobresaltos. Salvo un espacio aún tibio, a tu lado ya no hay nadie, así que seguro en estos momentos tu pareja debe estar cantando bajo la ducha. Antes de levantarte de la cama, estiras un poco los brazos, las piernas, las cervicales, y te encaminas a la cocina a preparar las primeras tazas de café de la mañana; claro, soluble ni pensarlo, café en grano. Mientras la cafetera hace su trabajo, echas un ojo a las posibilidades que encuentras para el desayuno… Primero lo primero: tomas del cesto un par de naranjas. Después de lavar y de pelar los cítricos, sacas del refrigerador las tortillas y una cebolla, y luego sales al balcón para cortar un pequeño tomate rojo. Mientras picas la verdura con la que vas a cocinar los huevos a la mexicana, te despachas el primer americano del día, cargado, caliente y sin azúcar. Una hora más tarde saldrás rumbo a tu oficina, fresco después del baño y bien desayunado. Como ocurrió ayer y sucederá mañana, calzando tus tenis preferidos —los zapatos de vestir van en el backpack— recorrerás caminando casi tres kilómetros antes de abordar el transporte público.  Para cuando llegues a tu chamba, ya habrás saludado y sonreído a varios vecinos, al dueño de la recaudería en la que todas las mañanas pasas a comprar la fruta con que acompañarás la ensalada que almuerzas, y también a varios desconocidos… Minutos antes de las nueve y cuarto de la mañana, ya habrás puesto en práctica varias de las reglas que el doctor David Agus establece en su A Short Guide to a Long Life.

De entrada, el médico norteamericano insiste en que el cuerpo adora la predictibilidad (Regla 3), es decir, la repetición consistente de rutinas que favorece la condición de estabilidad interna que persigue todo organismo (la dichosa homeostasis). Por ello mismo quien fuera el último médico de Steve Jobs recomienda cohabitar (Regla 12), dado que las personas que comparten la cotidianeidad con otras suelen apoyarse mutuamente para establecer y seguir hábitos saludables de vida… Cohabitar, por supuesto, puede entenderse como vivir en matrimonio —ya lo decía Hipócrates, “los hábitos inveterados, aun cuando sean perjudiciales, ocasionan menos daño que las cosas no acostumbradas”—, pero no sólo, un buen roommate podría ser suficiente… El médico plantea que cuatro son las áreas de oportunidad para establecer rutinas que impactarán favorablemente en tu salud: los ciclos de sueño-vigilia, los horarios de consumo de alimentos, los períodos de actividad física y, para quienes sea el caso, las tomas de medicamentos.

Muchas de las rutinas que aconseja Agus no van a resultar una novedad para nadie… Por ejemplo, tal y como han venido sosteniendo muchas abuelas desde hace incontables generaciones atrás, el médico predica que siempre hay que dormir bien y lo suficiente como para despertar sin dificultad, y que nunca hay que brincarse el desayuno (Regla 41). Dormir mal puede acarrear hipertensión, confusión, pérdida de la memoria, incapacidad para adquirir nuevos conocimientos, enfermedades cardiovasculares, depresión y obesidad.

El autor requiere muy pocas páginas para convencernos de las bondades de sus admoniciones; por ejemplo, sostiene que conviene hacer estiramientos (S-t-r-e-t-c-h, Regla 44) si queremos mantener a lo largo de los años la movilidad, coordinación y balance suficientes para ejecutar con cierta autonomía las actividades del día a día.

En otros casos, la sabiduría que condesa la guía se manifiesta en la flexibilidad que conllevan sus propias prescripciones, y para ejemplo la Regla 8: Mantén un protocolo de dieta que sea adecuado para ti; es decir, hay de muchas sopas: así como hay muchas religiones en el mundo, existen muchas tradiciones gastronómicas sanas, concede el autor —quien, conviene recordarlo, es nieto de un rabino—, en las cuales podemos encontrar algunas constantes compartidas, como porciones moderadas y comida compartida en una mesa común. En otros casos, sin darle muchas vueltas a las cosas, Agus receta específicamente: Toma una aspirina (Regla 22), o,  mis ejemplos preferidos, la Regla 18, en la cual indica que la cafeína es una sustancia que reporta beneficios a la salud, y la Regla 10, Toma una copa de vino en la cena.

Ciertamente, varias de las reglas incluidas en A Short Guide to a Long Life se encuentran en el costal de esas obviedades que resultan molestas no tanto por obvias sino porque, a pesar de ello, no siempre las atendemos —sonreír y ser positivos, Regla 29 y 31—, mientras que otras puede que te parezcan sorprendentes —desnudarte, tener un perro, y evitar el consumo de jugos naturales y de vitaminas y suplementos, Reglas 15, 49, 60 y 62, respectivamente—.

Después de los 65 consejos generales, el libro incluye una serie de recomendaciones específicas, de acuerdo a la década que está viviendo cada lector o lectora, en ámbitos como la salud sexual, el ejercicio físico, la alimentación, la presión sanguínea, etcétera. Fiel a su tradición, David Agus concluye su guía con una serie de prácticas listas —diez acciones para reducir el riesgo de enfermarse, las diez causas de muerte más importantes en Estados Unidos y el mundo, mitos sobre la pérdida de peso, los pescados con Omega-3, diez razones para salir a caminar…—. 

martes, 11 de marzo de 2014

Vivir más (II)

Decíamos la semana pasada que en su reciente libro, A Short Guide to a Long Life (Simon & Schuster, 2013), el doctor David Agus provee precisamente eso, Una breve guía para una larga vida. El título tiene su encanto, claro, pero se queda corto: con los 65 consejos que brinda Agus uno no sólo debería vivir más, sino mejor. El apunte vale si consideramos que hoy por hoy mucha gente bien tendría que vislumbrar su propia vejez como un destino fatal, al cual conviene llegar en la mejor forma posible. Y si no, a los números…:
  • Se estima que en el Siglo de Pericles, esplendor de la Grecia Clásica (s. V a.C.), época durante la cual convivieron gente como Heródoto, Platón y Sófocles, la esperanza de vida era de alrededor de 28 años. En 1900, un norteamericano al nacer tenía una esperanza de vida de unos cincuenta años. Según la OMS, en promedio, la esperanza de vida al nacer de la población del mundo, en 2011, era de 70 años.
  • El año pasado, el ministro japonés de Finanzas dejó estupefacta a la opinión pública internacional: en una reunión del Consejo Nacional de Seguridad Social de su país, culpó a los ancianos del elevadísimo nivel en el que se encuentra el gasto público sanitario, y de plano les pidió “que se den prisa en morir”. Ciertamente, Japón tiene la proporción más alta de provectos de todo el orbe: el 26.4% de la población tiene 65 años o más, esto es, más de una cuarta parte. Por cierto, Taro Aso, que así se llama el funcionario arriba mentado, tiene 72 años.
  • En México estamos experimentando un proceso de envejecimiento demográfico irreversible y acelerado. En 1970, el 3.7% de la población de nuestro país tenía 65 años o más,  actualmente este mismo grupo representa casi el 7% y se estima que en 2050 será casi 25%. Conforme a cálculos de Roberto Ham Chande, el índice de envejecimiento, esto es, el número ancianos [65+] por cada cien menores de 15 años, pasó de ocho en 1970 a 21 en 2010, y en 2050 habrá más seniles que menores de edad: 103 por cada ciento. Así que en los próximos años más y más personas irán alcanzando la tercera edad, a pesar de que cada vez vaya a haber menos jóvenes que puedan socorrerlos.


Traigo a cuento el Siglo de Pericles porque Agus encuentra sustento en dos pensadores con más de dos mil trescientos años de vigencia: Hipócrates, considerado el padre de la medicina occidental, y Sócrates, patriarca de la filosofía. El primero es el protagonista de la nota histórica con la que arranca el libro, y de la cual resalta la verdad que encapsula uno de los aforismos del griego: Es mucho más importante conocer a la persona que padece la enfermedad que la enfermedad que padece la persona. El anterior, un principio que desafortunadamente en nuestros días no atiexnde casi ningún facultativo, y un principio que obliga a reconsiderar qué tanto de la Medicina se encuentra en el terreno de las Humanidades. El paciente entra al consultorio, medio explica sus dolencias al hombre de bata blanca, para que entonces con dos o tres datos él pueda etiquetar el mal y a partir del conocimiento que tenga de éste, no del ser humano que tiene frente a sí, lo medique. Al respecto, Agus opina que la información que usted le dé a su médico será más determinante para la cura que los conocimientos que él tenga (Regla 27).

En cuanto al espíritu socrático de los planteamientos del galeno norteamericano, basta anotar el primero de sus 65 consejos: Escucha, observa, siente (y graba las características de tu cuerpo). Y si otorgarle el primer sitio no fuera suficiente para dejar evidenciada la importancia de la prescripción anterior, líneas adelante el autor señala: Si tuviera que poner una regla por encima de todas las demás, esa sería: conócete a ti mismo…, lo que, puesto más diáfano quiere decir hazte cargo de ti, o llevado al día a día se concreta en prácticas tan simples como Desnúdate (Regla 15): ¿cuándo fue la última vez que observó usted su envoltorio material frente al espejo?


A Short Guide to a Long Life es un libro rebosante de sentido común, tanto que muchas de las recomendaciones que en él se encuentran resultan obvias al punto de resultar casi ofensivas: Todos los días la gente hace la misma pregunta: ¿Qué debo comer? Respuesta: comida de verdad (Regla 5). O sea: los productos alimenticios son eso, productos, no comida. ¿O qué tal esta? Practique una buena higiene (Regla 11). Agus señala, por ejemplo, que las personas que se lavan las manos al menos cinco veces al día reducen en 35% el riesgo de contraer gripe. A estas alturas es posible que esté preguntándose qué sentido tiene comprar un libro que establece preceptos que usted conoce desde la niñez y con los cuales desde entonces lo han venido atosigando. ¿Quién no sabe que la obesidad es maligna (Mantenga un peso saludable, Regla 13) o que la vida sedentaria no es saludable? (Despéguese de la silla más a menudo, Regla 16) El caso es que el libro del doctor David Agust –por cierto, best seller #1 en Amazon ahora que escribo–, además de los que el sentido común podría dictar a cualquier persona, brinda consejos que seguramente van a sorprenderlo… Ya será a la próxima.

martes, 25 de febrero de 2014

Vivir más (I)

Cuando a un condenado a muerte
le regalan una hora,
ésta vale toda una vida.
Georg Christoph Lichtenberg


¿Filosofaran los muertos? En El Mito de Sísifo, Albert Camus (1913-1960) sostiene que el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio, es decir, “juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla”. Concediendo que el argelino tenga razón, para “responder a la pregunta fundamental de la filosofía” se requiere, claro, estar vivo. Camus publicó El Mito de Sísifo en 1946, el mismo año que El extranjero; luego, la vida le alcanzaría para seguir tomando café y filosofando, para ganar el Nobel de Literatura (1957), para seguir escribiendo…, el caso es que no se mató, quizá, eso sí, lo asesinaron —la KGB, por andar criticando la invasión soviética a Hungría y apoyar la candidatura al Nobel del ruso Boris Pasternak, autor de la novela Doctor Zhivago—, de tal suerte que uno puede suponer que si no encontró una respuesta definitiva a la pregunta filosófica más importante de todas, al menos se mantuvo en la postura de que bien valía la pena vivir para reflexionar sobre el asunto.
Más allá de todos sus inconvenientes, que ciertamente son muchos, variados y agudos, envejecer reporta la enorme ventaja de permanecer entre los vivos. Una perogrullada, efectivamente, aunque en nuestros días velada por un espeso pavor a la vejez: me parece que, mientras va aumentando la esperanza de vida —esto es, conforme más personas llegan a la vejez—, más y más se propaga, paradójicamente, tanto la gerascofobia —el miedo irracional y enfermizo a hacerse viejo— como la gerontofobia —la repugnancia e incluso miedo a la gente anciana—. Personalmente opino que envejecer no es un proceso agradable, pero la alternativa me parece mucho peor, fenecer. Supongo que todo esto justifica plenamente que, hace unos par de meses, mientras ojeaba —y no hojeaba, porque era la edición web— el número de diciembre de 2013 de la revista Wired, decidiera detenerme a leer el artículo Steve Jobs’ Doctor Wants to Teach You the Formula for Long Life (valga recordar que a Jobs le diagnosticaron cáncer de páncreas en octubre de 2003, y no falleció sino hasta ocho años después).

El galeno que acompañó a Jobs durante sus últimos años se llama David Agus. Nació en Baltimore, tiene 49 años y es nieto de un rabino y teólogo destacado. Se graduó cum laude en Biología molecular en la Universidad de Princeton, luego recibió el título de médico en la Universidad de Pennsylvania, y completó estudios especializados en oncología en el Johns Hopkins Hospital y en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Neva York. El doctor Agus ya había publicado en 2012 un best seller, The End of Illness (El fin de la enfermedad) —por cierto, originalmente, aquel libro se iba a llamar What Is Health? (¿Qué es la salud?), pero Steve Jobs, un genio de la mercadotecnia, advirtió a su doctor y amigo que un título así era pésimo, like “chewing cardboard”, y le recomendó el bueno—. En su campo, David Agus es como lo fue Jobs, una estrella, un gurú: mucha gente lo admira y otros tantos lo detestan, da clases en la Universidad del Sur de California, colabora con frecuencia en el New York Times, es un rostro familiar para los televidentes norteamericanos, es cofundador de un par de empresas dedicadas a la atención del cáncer, realiza investigación científica —participó en el equipo que descubrió que, efectivamente, la vitamina C puede ayudar a prevenir el cáncer, pero que, cuando ya se tiene la enfermedad, la agrava—, pero sobre todo hace trabajo clínico, esto es, atiende gente enferma. Claro, no cualquier bolsillo llega a su consultorio: Sumner Redstone, el nonagenario dueño mayoritario de CBS Corporation y Viacom, ha hecho público su agradecimiento a Agust por el tratamiento que le ha permitido sobrellevar el cáncer; el cantante Neil Young se refiere al médico como “su mecánico”; Agus atendió al senador Ted Kennedy, al actor Dennis Hopper y al polémico ciclista Lance Armstrong (cáncer en el cerebro, de próstata y testicular, respectivamente). Y de todo ese quehacer, Agus saca pasta para emprender además una importante labor de divulgador.
Ciertamente, la formación científica de David Agus es de primera; pero más allá de eso, destaco su sentido común y una gran capacidad de expresar en forma sencilla grandes ideas. Un botón de muestra: el cáncer “no es algo que el cuerpo tenga, sino más bien algo que el cuerpo hace. El cáncer no es un sustantivo, sino un verbo”. La comprensión del problema posibilita su solución…, y sin embargo: Agus opina que si bien hoy entendemos mejor el cáncer, no se reportan cambios dramáticos en las estadísticas de sanación, por lo que, concluye, deberíamos emplearnos más en controlar el problema que en entenderlo.
En el artículo de Wired se recomienda el nuevo libro de David Agus, A Short Guide to a Long Life (Una breve guía para una larga vida). En mi caso, la recomendación funcionó. No sé si sea factible conseguirlo en librerías, pero en línea se puede adquirir en formato e-book sin problema. Yo así lo hice, porque mientras la ciencia no logre erradicar la muerte, como ocurre en la novela Las partículas elementales de Michel Houellebecq, la vida sigue siendo una enfermedad terminal sobre la cual vale la pena filosofar el mayor tiempo posible, unos años más, un meses, una hora…

jueves, 20 de febrero de 2014

11 razones a favor de Muerte súbita

1. Con Muerte súbita (Anagrama, 2013), Álvaro Enrigue (México, 1969) ganó el Premio Herralde de Novela, como en su momento lo consiguieron Sergio Pitol con El desfile del amor (1984), Javier Marías con El hombre sentimental (1986), Roberto Bolaños con Los detectives salvajes (1998), Juan Villoro con El testigo o Daniel Sada con Casi nunca (2008).

2. Porque siempre resulta harto salutífero limarle los cuernos a nuestros demonios históricos, e incluso atreverse a eximir a los grandes villanos que nos han dado patria —porque, como bien se sabe, más cohesionan los malos que los buenos, los enemigos que los aliados-–. Escribe Enrigue sobre don Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano: “El conquistador debió ser un hombre simpático a pesar de su estatura inmanejable de actor principal de la mayor epopeya de su siglo y tal vez la más revolucionaria de la Historia” [Apunte al margen: actualmente, a 493 años de la caída de la Gran Tenochtitlán, en toda la República Mexicana hay 235 calles que llevan el nombre de Hernán Cortés, mientras que 4,329 honran el recuerdo de Cuauhtémoc y 1,642 el de Moctezuma. En cuanto a los municipios, de los casi dos mil quinientos en que se divide el territorio nacional, ninguno recuerda al conquistador extremeño, dos a Moctezuma y ocho a Cuauhtémoc].

3. Porque siempre es sano desmitificar a los grandes personajes históricos, aterrizarlos, retrotraerlos más acá de las abstracciones de las que todo discurso histórico depende para lograr la ilusión de la coherencia. Escribe Álvaro Enrigue sobre Cortés: “… era un hombre que había visto tanto que ni se le ocurría no rascarse el culo si le picaba”.

3 bis. Porque siempre es sano desmitificar a los grandes genios, aproximarlos a uno, re-hermanarse con ellos. Escribe Enrigue sobre Michelangelo Merisi da Caravaggio: “el primer pintor propiamente moderno de la Historia fue también un gran tenista y un asesino. Nuestro hermano”.

4. Porque contiene pasajes que deberían ser de lectura obligatoria en todas las escuelas primarias de este país, a efecto de recomponer el carcomido perfil de la identidad nacional mexicana (whatever it means), tan auto-flagelante ella, por no decir lo obvio: esencialmente malinchista —¿puede tacharse de malinchismo decir que los mexicanos somos malinchistas?—. En el apartado “Juego de pelota”, Álvaro Enrigue receta en apenas cuatro páginas una re-enunciación de los orígenes de este país, no sólo sagaz, también verosímil, pero sobre todo mucho más funcional que la consabida cicatriz imaginaria definitoria del espíritu nacional, ésa que se sigue expresando a diario en muy pocas palabras: “cuando nos conquistaron los españoles…”.

5. Porque aunque no sirve de nada, como todo el arte, una novela histórica es necesaria, entre otras cosas, porque posibilita reformular la peripeteia de los grandes relatos de una comunidad imaginaria, el punto de quiebre, los volantazos de las fuerzas del destino: “Cuando en la noche Cortés le preguntó [a Malinalli, todavía no doña Marina] cómo le había hecho para que los indios [de Chalchicueyecan] cedieran todo eso [viandas y gente], deslizó a través de Aguilar la idea que cambió el mundo: Les dije que estamos aquí para derrocar al tirano, que con nuestros caballos y sus flechas podríamos liberarlos de los aztecas”.

6. Porque un relato histórico bien textualizado, ya sea literario o historiográfico, permite averiguar qué es lo que no somos: “Los mexicanos no somos descendientes de los mexicanos, sino de los pueblos que se sumaron a Cortés para derrotarlos. Somos un país con un nombre hecho de nostalgia y culpa”.

7. Porque no es evidente que sea una novela, y por ello mismo no puede ser otra cosa… “Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro…”

8. Por lo que no es la novela y por lo que sí consigue hacer la novela: “No es un libro sobre Caravaggio o Quevedo, aunque es un libro con Caravaggio y Quevedo. Ellos dos, pero también Cortés y Cuauhtémoc, Galileo y Pio IV. Individualidades gigantescas que se enfrentan. Todos cogiendo, emborrachándose, apostando en el vacío. Las novelas aplastan monumentos gracias a que todas, hasta las más castas, son un poco pornográficas”.

9. Porque la buena literatura se permite exabruptos e insolencias para espetar grandes verdades, sin necesidad de los grandes andamiajes de la Historia o los demasiados cuidados de la Filosofía: “Vasco de Quiroga llegó a la Nueva España en 1530, cuando Tenochtitlán ya estaba pacificada… El resto de la América infinita todavía ni siquiera sospechaba que en los próximos doscientos años decenas de culturas milenarias que habían florecido aisladas y sin contaminantes y sin defensas se irían inexorablemente a la mierda. No es que importe: nada importa. Se extinguen las especies, los hijos se van de casa, los amigos consiguen novias intratables, las culturas desaparecen, las lenguas, un día, se dejan de hablar; los que sobreviven se convencen de que eran los más aptos”.

10. Porque solamente a través de la narrativa se consigue la ilusión secular de que todo lo que acontece ocurre por algo y hacia algo, con sentido: “… vivimos en un mundo en el que el pasado y el presente son simultáneos porque las Historias se escriben para que creamos que A conduce a B y por tanto tiene sentido. Un mundo sin dioses es un mundo en la Historia, en las historias como esta que estoy contando: ofrecen el consuelo del orden”.

11. Porque es una narración hilarante, placentera.

sábado, 15 de febrero de 2014

Perplejos

Hijos transculturales

Uno de mis mejores amigos estudió Química. Pongamos que se llama Turé. Él, sin duda, embona en el ideal que en México todavía alcanza a seducir a algunos jóvenes: es un profesional exitoso. Ddesde que se tituló, ha trabajado en grandes empresas trasnacionales. Ha vivido en varios países y buena parte de su chamba implica viajar por todo el mundo. Tiene dos hijos, y recuerdo que a la hora de buscarle nombre a su progenie él y su esposa acordaron, en ambas ocasiones, el siguiente criterio: nombres cortos que puedan pronunciarse igual en distintos idiomas. Alan hoy vive en Brasil y Eric en Francia.

Estoy seguro de que cuando se trepó al avión que la llevaría a Serbia mi prima Tania jamás se imaginó que estaba a punto de conocer al futuro padre de sus hijos. Solidaria y aventurera, viajó a Belgrado para asistir a la boda de un amigo suyo quien, como ella lo haría, había encontrado el amor en lo que alguna vez fue Yugoslavia. Su actual marido es gringo y sus chamacos, también dos, podrán viajar por el orbe sin tener que traducir sus propios apelativos: Lucca y Andre.


Filósofos transculturales

El cadí —máxima autoridad judicial— de Córdova tuvo un hijo en 1126 y lo llamó Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd; afortunadamente, el apelativo árabe fue latinizado en corto: Averroes. Nueve años después, en la misma ciudad andalusí, nació Moshé ben Maimón o bien Musa ibn Maymun, quien sería luego mejor conocido por uno de sus dos alias: Maimónides, es decir “el hijo de Maimon”.

Ciertamente, Averroes  y Maimónides compartieron tiempo y espacio: fueron coetáneos (1126-1198 y 1135-1204, respectivamente) y coterráneos, oriundos de la llamada Atenas de los árabes españoles, Córdova, como lo fue Séneca (4 a.C. – 65 d.C.) y lo sería el culterano mayor, Luis de Góngora y Argote (1561-1627). Además de momento histórico —sus vidas transcurrieron en Al-Ándalus durante del Imperio almohade—, Averroes y Maimónides fueron colegas, médicos ambos, pero sobre todo, filósofos y hombres de fe. Más allá de sus distintas tradiciones de origen, musulmana y judía, este par de galenos participaban de una gran admiración por una misma persona, un macedonio polímata de magnas proporciones y trascendencia milenaria, Aristóteles de Estagira (384 a. C. – 322 a. C.). Entre otras obras, Averroes escribió Tahafut al-Tahafut, que del árabe pasó al latín como Destructio destructionis, es decir, Destrucción de la destrucción aunque resultó más conocido en castellano como Refutación de la refutación –justamente, porque el texto de Averroes era una refutación al libro La destrucción de los filósofos, de Al-Ghazali—. Por su parte, Maimónides escribió un libro con un título grandioso, de un pegue mercadológico que mantiene aliento hasta nuestros días: Guía de los perplejos. Sin problema podemos tildar a ambos textos como aristotélicos, y más todavía: tanto el musulmán —Averroes sería cadí de Córdova y después de Sevilla— como el judío —Maimónides estuvo un tris de ser Gran Rabino de El Cairo— discurrieron, cada quien desde su diferente trinchera, con un propósito compartido: conciliar. En su caso, Maimónides pretendía auxiliar a muchos judíos que, como sus discípulos, conocedores del Torá y lectores apasionados de las enseñanzas aristotélicas —recién descubiertas por los sabios árabes—, no podían más que sentirse perplejos ante las contradicciones que se evidencian entre lógica formal y judaísmo. Por su lado, Averroes escribe su Tahafut al-Tahafut para argumentar que la religión, el Islam en concreto, y la filosofía no eran excluyentes. Ambos intentaron conciliar la fe y la razón, o quizá sea más preciso decir conciliar el lenguaje de la fe y el de la razón. Averrores, por ejemplo, sostiene que la verdad se expresa en El Corán de tal forma que no debe leerse en forma literal, sino alegórica. Como siglos después apuntaría Wittgenstein, una buena metáfora refresca el entendimiento.





Perplejos

Maimónides redactó la Guía de los perplejos originalmente en árabe; enseguida, en 1190, fue traducida al hebreo (Moreh Nevukhim). Precisamente ese año, mientras que en Al-Ándalus Averroes y Maimónides seguían tratando de conciliar Islam, Torá y filosofía aristotélica, los reinos cristianos de la península ibérica pactaban para enfrentar juntos a los árabes; Alfonso VIII de Castilla, Alfonso IX de León, Alfonso II de Aragón, Sancho VI de Navarra y Sancho I de Portugal firmaron la alianza. Bien a bien el propósito se conseguiría tres siglos después, porque si bien los almohades marroquís perderían la soberanía ibérica en 1269, los cristianos no lograrían expulsar definitivamente de España a los moros sino hasta 1492, el mismo año en que ellos mismos vinieron a meter su cuchara en América: en enero, después de años de asedio, las fuerzas de los Reyes Católicos por fin desmantelan el Reino nazarí de Granada, con lo que queda concluida la Reconquista. Después, tuvieron que pasar 330 años para que apareciera la primera traducción completa al latín de la Guía de los perplejos: Rabbi Mossei Aegyptii Dux seu Director dubitantium aut perplexorum.

En el ensayo con que abre Concepts and Categories, Isaiah Berlin sostiene que el propósito de la Filosofía es atender un tipo específico de preguntas, aquellas que “no pueden ser respondidas por medio de la observación o el cálculo, tampoco mediante métodos deductivos ni inductivos”. Son preguntas que, “y he aquí un corolario crucial”, … hacen que quienes se las plantean se enfrenten a un estado de perplejidad”. Por eso Isaiah, que es decir Isaías, pensaba que la Filosofía era necesaria…

martes, 4 de febrero de 2014

¿De dónde vienes?

Isaías nació ruso; 88 años después moriría inglés y distinguido, qué digo distinguido, distinguidísimo. Él, quien a los seis años aún no hablaba inglés, sería condecorado primero como Caballero Bachelor, y luego nada menos que con la Orden al Mérito de la Commonwealth, tal y como lo fueron también gente como Churchill, Graham Greene, Nelson Mandela o la madre Teresa de Calcuta; Oficial de la Orden del Imperio, The Most Excellent Order of the British Empire, y miembro de la Académica Británica, la cual llegó a presidir, como de igual modo alguna lo vez lo hicieron Keynes y C. S. Lewis.

Isaías, que es decir Isaiah, se apellidaba Berlin, hecho por el cual cargó el sino de andar por la vida como homólogo de un rabino insigne, otro Isaiah Berlin, un talmudista alemán que vivió a mediados del siglo XVIII. Además del nombre, Isaiah, claro, compartía con el rabino una tradición milenaria: llegó al mundo en el seno de una familia judía de gran prosapia ortodoxa: un ancestro directo de su padre fue el fundador del Chabad jasídico, Shneur Zalman de Liadi, el llamado Alter Rebe. Isaías, al igual que Bertrand Russell, Borges, Lobo Antunes, Octavio Paz y Murakami, fue galardonado con el Premio Jerusalén por la Libertad del Individuo en la Sociedad.

Isaías nació en las costas orientales del Mar Báltico, es decir, muy al Norte, específicamente en un sitio llamado Riga. Se trata de una pequeña ciudad localizada en la desembocadura del Daugava, un río que nace unos mil kilómetros tierra adentro, en el noroeste de Rusia central. Riga se encuentra en lo que fue Duna Urbs, un asentamiento livonio que comenzó a poblarse alrededor del segundo siglo de nuestra era. Los livonios, el pueblo originario de esa región del mundo, han sido conquistados sucesivamente por casi todos sus vecinos; con todo y su terquedad milenaria, el año pasado el livonio fue declarado lengua muerta. El caso es que el gran auge inicial de Riga, en la temprana Edad Media, se debió a la actividad comercial de los vikingos, quienes incorporaron el puerto natural del Golfo de Riga a su ruta comercial hacia Bizancio. Al correr de los años llegarían los cruzados enviados por un Santo Papa, Inocente III, a cristianizar a punta de espadazos a los vikingos, curanios, livonios y cuanto pagano encontraron por aquellos balcánicos lares. El 1201 queda registrado como el año de la fundación cristiana de Riga…, en Riga, por supuesto.

Isaiah Berlin nació en 1909. Por aquel entonces Riga, misma que hoy en día es la ciudad capital de un Estado Nación, la República de Letonia, se encontraba en Livonia, una Gubernatura del Imperio Ruso. Desde finales del XIX, Riga no era un punto cualquiera perdido en la inmensa geografía gobernada por el último zar, Nicolás III: la ciudad báltica era entonces la tercera más grande de todo el Imperio, sólo detrás de Moscú y San Petesburgo. El padre de Isaías, Mendel Berlin, como la mayoría de la comunidad judía de Riga, provenía de Rusia y vivía ahí por razones de negocio: el señor se dedicaba a la industria maderera, y resulta que toda la geografía letona es boscosa. Así que, aunque vivió en Riga hasta poco antes de cumplir siete años, Isaiah jamás se consideró a sí mismo letón: cada vez que lo cuestionaban respecto a su identidad, él respondía que era un ruso judío, un anglófilo, ciertamente, pero no un inglés, y mucho menos un letón.

En Riga, la familia Berlin vivió durante seis años en una hermosa mansión de cinco pisos, cuya puerta de entrada continúa custodiada por dos imponentes esfinges de piedra. La edificación en la actualidad sigue en pie —Alberta iela 2ª, Centra rajons, Rīga, LV-1010, Letonia—‎, bien conservada, como las ochocientas construcciones Art Nouveau que caracterizan a la capital letona, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Extraordinaria coincidencia: quien diseñó la mansión de los Berlin fue otro ruso judío avecindado en Riga, un arquitecto llamado Mikhail Osipovich Eisenstein, apelativo que quizá no te diga mucho, salvo el apellido… Efectivamente, sucede que este amigo era el padre de otro rigués grande del siglo XX, Sergei Eizenshtein, creador de obras maestras de la cinematografía universal, como El acorazado Potemkin (1925) y la trilogía Iván el Terrible (1943-58).

En su libro Concepts and Categories (Londres; 1999), Isaiah Berlin incluye una pequeña y certera disertación sobre el propósito de la Filosofía. De ahí obtengo el siguiente extracto: La historia del pensamiento sistemático de la humanidad es en buena medida un esfuerzo sostenido para formular todas las preguntas, de tal manera que las respuestas correspondientes se localicen en una u en otra de las dos grandes canastas, la empírica, para las preguntas cuyas respuestas dependen a final de cuentas de la observación, y la formal, para las preguntas cuyas respuestas dependen del cálculo puro. Claro, hay preguntas que no entran en ninguna de las dos canastas, ¿qué es el tiempo?, por ejemplo. Y qué decir de una pregunta tan sencilla como ¿de dónde vienes? Henry Hardy, editor de varios libros de Berlin, cuenta la siguente anécdota: en una ocasión Berlin fue abordado por un nuevo estudiante de posgrado en el Wolfson College de Oxford, que no sabía frente a quién estaba: “Mi nombre es Stephen Grounds, y vengo de Birmingham”. El pensador respondió rápido como un tiro: “‘Mi nombre es Isaiah Berlin, y vengo de Riga”.