Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 15 de febrero de 2014

Perplejos

Hijos transculturales

Uno de mis mejores amigos estudió Química. Pongamos que se llama Turé. Él, sin duda, embona en el ideal que en México todavía alcanza a seducir a algunos jóvenes: es un profesional exitoso. Ddesde que se tituló, ha trabajado en grandes empresas trasnacionales. Ha vivido en varios países y buena parte de su chamba implica viajar por todo el mundo. Tiene dos hijos, y recuerdo que a la hora de buscarle nombre a su progenie él y su esposa acordaron, en ambas ocasiones, el siguiente criterio: nombres cortos que puedan pronunciarse igual en distintos idiomas. Alan hoy vive en Brasil y Eric en Francia.

Estoy seguro de que cuando se trepó al avión que la llevaría a Serbia mi prima Tania jamás se imaginó que estaba a punto de conocer al futuro padre de sus hijos. Solidaria y aventurera, viajó a Belgrado para asistir a la boda de un amigo suyo quien, como ella lo haría, había encontrado el amor en lo que alguna vez fue Yugoslavia. Su actual marido es gringo y sus chamacos, también dos, podrán viajar por el orbe sin tener que traducir sus propios apelativos: Lucca y Andre.


Filósofos transculturales

El cadí —máxima autoridad judicial— de Córdova tuvo un hijo en 1126 y lo llamó Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd; afortunadamente, el apelativo árabe fue latinizado en corto: Averroes. Nueve años después, en la misma ciudad andalusí, nació Moshé ben Maimón o bien Musa ibn Maymun, quien sería luego mejor conocido por uno de sus dos alias: Maimónides, es decir “el hijo de Maimon”.

Ciertamente, Averroes  y Maimónides compartieron tiempo y espacio: fueron coetáneos (1126-1198 y 1135-1204, respectivamente) y coterráneos, oriundos de la llamada Atenas de los árabes españoles, Córdova, como lo fue Séneca (4 a.C. – 65 d.C.) y lo sería el culterano mayor, Luis de Góngora y Argote (1561-1627). Además de momento histórico —sus vidas transcurrieron en Al-Ándalus durante del Imperio almohade—, Averroes y Maimónides fueron colegas, médicos ambos, pero sobre todo, filósofos y hombres de fe. Más allá de sus distintas tradiciones de origen, musulmana y judía, este par de galenos participaban de una gran admiración por una misma persona, un macedonio polímata de magnas proporciones y trascendencia milenaria, Aristóteles de Estagira (384 a. C. – 322 a. C.). Entre otras obras, Averroes escribió Tahafut al-Tahafut, que del árabe pasó al latín como Destructio destructionis, es decir, Destrucción de la destrucción aunque resultó más conocido en castellano como Refutación de la refutación –justamente, porque el texto de Averroes era una refutación al libro La destrucción de los filósofos, de Al-Ghazali—. Por su parte, Maimónides escribió un libro con un título grandioso, de un pegue mercadológico que mantiene aliento hasta nuestros días: Guía de los perplejos. Sin problema podemos tildar a ambos textos como aristotélicos, y más todavía: tanto el musulmán —Averroes sería cadí de Córdova y después de Sevilla— como el judío —Maimónides estuvo un tris de ser Gran Rabino de El Cairo— discurrieron, cada quien desde su diferente trinchera, con un propósito compartido: conciliar. En su caso, Maimónides pretendía auxiliar a muchos judíos que, como sus discípulos, conocedores del Torá y lectores apasionados de las enseñanzas aristotélicas —recién descubiertas por los sabios árabes—, no podían más que sentirse perplejos ante las contradicciones que se evidencian entre lógica formal y judaísmo. Por su lado, Averroes escribe su Tahafut al-Tahafut para argumentar que la religión, el Islam en concreto, y la filosofía no eran excluyentes. Ambos intentaron conciliar la fe y la razón, o quizá sea más preciso decir conciliar el lenguaje de la fe y el de la razón. Averrores, por ejemplo, sostiene que la verdad se expresa en El Corán de tal forma que no debe leerse en forma literal, sino alegórica. Como siglos después apuntaría Wittgenstein, una buena metáfora refresca el entendimiento.





Perplejos

Maimónides redactó la Guía de los perplejos originalmente en árabe; enseguida, en 1190, fue traducida al hebreo (Moreh Nevukhim). Precisamente ese año, mientras que en Al-Ándalus Averroes y Maimónides seguían tratando de conciliar Islam, Torá y filosofía aristotélica, los reinos cristianos de la península ibérica pactaban para enfrentar juntos a los árabes; Alfonso VIII de Castilla, Alfonso IX de León, Alfonso II de Aragón, Sancho VI de Navarra y Sancho I de Portugal firmaron la alianza. Bien a bien el propósito se conseguiría tres siglos después, porque si bien los almohades marroquís perderían la soberanía ibérica en 1269, los cristianos no lograrían expulsar definitivamente de España a los moros sino hasta 1492, el mismo año en que ellos mismos vinieron a meter su cuchara en América: en enero, después de años de asedio, las fuerzas de los Reyes Católicos por fin desmantelan el Reino nazarí de Granada, con lo que queda concluida la Reconquista. Después, tuvieron que pasar 330 años para que apareciera la primera traducción completa al latín de la Guía de los perplejos: Rabbi Mossei Aegyptii Dux seu Director dubitantium aut perplexorum.

En el ensayo con que abre Concepts and Categories, Isaiah Berlin sostiene que el propósito de la Filosofía es atender un tipo específico de preguntas, aquellas que “no pueden ser respondidas por medio de la observación o el cálculo, tampoco mediante métodos deductivos ni inductivos”. Son preguntas que, “y he aquí un corolario crucial”, … hacen que quienes se las plantean se enfrenten a un estado de perplejidad”. Por eso Isaiah, que es decir Isaías, pensaba que la Filosofía era necesaria…

martes, 4 de febrero de 2014

¿De dónde vienes?

Isaías nació ruso; 88 años después moriría inglés y distinguido, qué digo distinguido, distinguidísimo. Él, quien a los seis años aún no hablaba inglés, sería condecorado primero como Caballero Bachelor, y luego nada menos que con la Orden al Mérito de la Commonwealth, tal y como lo fueron también gente como Churchill, Graham Greene, Nelson Mandela o la madre Teresa de Calcuta; Oficial de la Orden del Imperio, The Most Excellent Order of the British Empire, y miembro de la Académica Británica, la cual llegó a presidir, como de igual modo alguna lo vez lo hicieron Keynes y C. S. Lewis.

Isaías, que es decir Isaiah, se apellidaba Berlin, hecho por el cual cargó el sino de andar por la vida como homólogo de un rabino insigne, otro Isaiah Berlin, un talmudista alemán que vivió a mediados del siglo XVIII. Además del nombre, Isaiah, claro, compartía con el rabino una tradición milenaria: llegó al mundo en el seno de una familia judía de gran prosapia ortodoxa: un ancestro directo de su padre fue el fundador del Chabad jasídico, Shneur Zalman de Liadi, el llamado Alter Rebe. Isaías, al igual que Bertrand Russell, Borges, Lobo Antunes, Octavio Paz y Murakami, fue galardonado con el Premio Jerusalén por la Libertad del Individuo en la Sociedad.

Isaías nació en las costas orientales del Mar Báltico, es decir, muy al Norte, específicamente en un sitio llamado Riga. Se trata de una pequeña ciudad localizada en la desembocadura del Daugava, un río que nace unos mil kilómetros tierra adentro, en el noroeste de Rusia central. Riga se encuentra en lo que fue Duna Urbs, un asentamiento livonio que comenzó a poblarse alrededor del segundo siglo de nuestra era. Los livonios, el pueblo originario de esa región del mundo, han sido conquistados sucesivamente por casi todos sus vecinos; con todo y su terquedad milenaria, el año pasado el livonio fue declarado lengua muerta. El caso es que el gran auge inicial de Riga, en la temprana Edad Media, se debió a la actividad comercial de los vikingos, quienes incorporaron el puerto natural del Golfo de Riga a su ruta comercial hacia Bizancio. Al correr de los años llegarían los cruzados enviados por un Santo Papa, Inocente III, a cristianizar a punta de espadazos a los vikingos, curanios, livonios y cuanto pagano encontraron por aquellos balcánicos lares. El 1201 queda registrado como el año de la fundación cristiana de Riga…, en Riga, por supuesto.

Isaiah Berlin nació en 1909. Por aquel entonces Riga, misma que hoy en día es la ciudad capital de un Estado Nación, la República de Letonia, se encontraba en Livonia, una Gubernatura del Imperio Ruso. Desde finales del XIX, Riga no era un punto cualquiera perdido en la inmensa geografía gobernada por el último zar, Nicolás III: la ciudad báltica era entonces la tercera más grande de todo el Imperio, sólo detrás de Moscú y San Petesburgo. El padre de Isaías, Mendel Berlin, como la mayoría de la comunidad judía de Riga, provenía de Rusia y vivía ahí por razones de negocio: el señor se dedicaba a la industria maderera, y resulta que toda la geografía letona es boscosa. Así que, aunque vivió en Riga hasta poco antes de cumplir siete años, Isaiah jamás se consideró a sí mismo letón: cada vez que lo cuestionaban respecto a su identidad, él respondía que era un ruso judío, un anglófilo, ciertamente, pero no un inglés, y mucho menos un letón.

En Riga, la familia Berlin vivió durante seis años en una hermosa mansión de cinco pisos, cuya puerta de entrada continúa custodiada por dos imponentes esfinges de piedra. La edificación en la actualidad sigue en pie —Alberta iela 2ª, Centra rajons, Rīga, LV-1010, Letonia—‎, bien conservada, como las ochocientas construcciones Art Nouveau que caracterizan a la capital letona, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Extraordinaria coincidencia: quien diseñó la mansión de los Berlin fue otro ruso judío avecindado en Riga, un arquitecto llamado Mikhail Osipovich Eisenstein, apelativo que quizá no te diga mucho, salvo el apellido… Efectivamente, sucede que este amigo era el padre de otro rigués grande del siglo XX, Sergei Eizenshtein, creador de obras maestras de la cinematografía universal, como El acorazado Potemkin (1925) y la trilogía Iván el Terrible (1943-58).

En su libro Concepts and Categories (Londres; 1999), Isaiah Berlin incluye una pequeña y certera disertación sobre el propósito de la Filosofía. De ahí obtengo el siguiente extracto: La historia del pensamiento sistemático de la humanidad es en buena medida un esfuerzo sostenido para formular todas las preguntas, de tal manera que las respuestas correspondientes se localicen en una u en otra de las dos grandes canastas, la empírica, para las preguntas cuyas respuestas dependen a final de cuentas de la observación, y la formal, para las preguntas cuyas respuestas dependen del cálculo puro. Claro, hay preguntas que no entran en ninguna de las dos canastas, ¿qué es el tiempo?, por ejemplo. Y qué decir de una pregunta tan sencilla como ¿de dónde vienes? Henry Hardy, editor de varios libros de Berlin, cuenta la siguente anécdota: en una ocasión Berlin fue abordado por un nuevo estudiante de posgrado en el Wolfson College de Oxford, que no sabía frente a quién estaba: “Mi nombre es Stephen Grounds, y vengo de Birmingham”. El pensador respondió rápido como un tiro: “‘Mi nombre es Isaiah Berlin, y vengo de Riga”.

lunes, 27 de enero de 2014

¿Decides?

A man may be a pessimistic determinist
before lunch and an optimistic believer
in the will's freedom after it.
Aldous Huxley

A ver..., ¿por qué Roger Bartra fue a decirle a Enrique Peña Nieto que “no sólo de reformas viven los mexicanos”? El contexto puede ser esbozado fácilmente. El hecho ocurrió hace apenas unas semanas, el pasado 11 de diciembre, durante una bonita ceremonia en Palacio Nacional: flamante, el abogado Peña, en su calidad de presidente de la República, entregaba la edición 2013 del Premio Nacional de Artes y Ciencias, en sus diversas categorías. Aplausos, sonrisas, abrazos, la prensa tomando placas de todos los felices participantes en el acto. Entonces, tocó a Bartra hacerse del micrófono para hablar en nombre de los once galardonados. Supongo que muchos de los presentes, sobre todo los miembros de la comitiva presidencial, habrán pensado que el etnólogo era un aguafiestas, de menos, cuando espetó aquello de que “no sólo de reformas viven los mexicanos”; peor, momentos antes, con unos pocos y certeros trazos, el investigador emérito de la UNAM había bosquejado ya la situación del país: “no vivimos un mundo idílico. La injusticia, la explotación y la desigualdad siguen siendo un gran problema... Aún es significativo el peso del autoritarismo y la corrupción. La violencia homicida continúa tiñendo de sangre nuestro territorio.” Caras largas, claro, y al día siguiente la declaración de Bartra se llevó todos los titulares de las notas periodísticas que daban cuenta del evento. ¿Por qué lo hizo? Con la pregunta —que reitero: ¿por qué fue Bartra a decir lo que dijo?—, no pretendo averiguar si el sociólogo tenía razón al soltar la afirmación aquella, puesto que evidentemente la tenía y la tiene, no, cuestiono si lo hizo porque decidió hacerlo o porque estaba predeterminado ineludiblemente a actuar de ese modo. Es decir, ¿ejerció el libre albedrío o sencillamente actuó conforme a la enorme y compleja cadena de causas y efectos que lo colocaron en la referida circunstancia? Sin duda actuó a conciencia, ¿pero ello implica sin más que realmente tuvo la alternativa de hacer otra cosa? Si se parte de que “vivimos en un universo en donde todos los acontecimientos tienen una causa suficiente que los antecede” y “todo evento está determinado por causas que lo preceden, ¿por qué los actos conscientes serían una excepción?” O dígame usted mismo, ¿está leyendo en este preciso momento estas palabras porque así lo decidió, o bien porque todos y cada uno de los sucesos pasados se han venido concatenando de tal forma que no había ninguna posibilidad de que ahora mismo usted estuviera haciendo otra cosa? Justamente sobre eso discurre el más reciente libro del doctor Bartra: Cerebro y libertad. Ensayo sobre la moral, el juego y el determinismo (FCE, 2013), una obra en la que el sentido común, la sociología, la filosofía y las neurociencias se entreveran.


De entrada, Roger Bartra se cuestiona si existe o no el dichoso libre albedrío. ¿Es factible la libertad o se trata de un mero autoengaño, nada más que un ensueño sobre-documentado? Desde el arranque de su disertación, el autor deja claro que el asunto está inexcusablemente ligado al tema de la conciencia, y recuerda uno de los argumentos más socorridos de los deterministas, el buscapiés que Albert Einstein (1879-1955) le recetó al poeta bengalí Rabindranath Tagore en una famosa epístola: “si la Luna fuese dotada de autoconciencia estaría perfectamente convencida de que su camino alrededor de la Tierra es fruto de una decisión libre”. ¿Y qué piensa Roger Bartra? Digamos que en este caso no se cuadra con el genial físico alemán; más bien se apoya en Spinoza (1632-1677), el filósofo de más altos vuelos de los Países Bajos, para sostener que la libertad es posible, existe y “está basada en el… esfuerzo o tendencia que impulsa a los humanos a razonar y a entender que son autoconscientes”. Asentado lo anterior, la pelota queda colocada en el lado de la cancha en donde Bartra arma su juego, la conciencia: “este ensayo se propone reflexionar sobre el libre albedrío y la ética” desde una perspectiva que coloca “los problemas de la libertad y la moral en el terreno de la conciencia”.

A lo largo de todo el ensayo, Bartra defiende la idea de que, a pesar de que el quehacer humano no puede escaparse de la red de encadenamientos de causas y efectos que predetermina los hechos, los actos libres son efectivamente posibles: “una fracción de lo que hacemos forma parte de un espacio social donde la voluntad consciente es un elemento causal importante”. Subrayo el adjetivo “social”, porque ahí se halla el meollo del planteamiento: al igual que Gregory Bateson (1904-1980), el antropólogo británico que acuñó el concepto ecología de la mente, Roger Bartra piensa que la conciencia únicamente puede entenderse como parte de un gran sistema en el que interactúan tanto el contexto físico como el sistema de relaciones sociales en los que vivimos las personas. Más incluso, tajante, sostiene que “la conciencia es la articulación entre el cerebro y la sociedad”.

Roger Bartra, hijo de catalanes rojos exiliados en México, él mismo, según sus propias palabras, con un alter ego comunista y miembro de la generación del 68, llegó a Palacio Nacional a recibir un premio, el más importante que este país da a sus académicos, con todo el caudal de causas que predeterminaban que no se quedara callado y que se plantara a decir lo que dijo, entre esas causas, su voluntad consciente.

miércoles, 22 de enero de 2014

Uno no (sabe qué) es sin lo demás

La conciencia sólo puede existir de una manera,
y es teniendo conciencia de que existe.
Jean Paul Sartre

Hace ya diez años, la edición española de la revista Letras libres publicó una hipótesis fascinante: la conciencia del ser humano –“la autoconciencia o conciencia de ser consciente”– no es algo que se encuentre alojado dentro de nuestros cerebros, al menos no solamente. El planteamiento había sido presentado por su autor, Roger Bartra, en el ciclo de conferencias aparejadas a la exposición internacional Metabolismo y comunicación, celebrada a finales de 2003 en Barcelona, gracias a la organización del grupo Banquete, más que un cenáculo de especialistas, un club de polímatas. Banquete reúne a antropólogos, artistas, arquitectos, biólogos, filósofos, economistas, neurocientíficos y sociólogos, con el fin de reflexionar acerca de los patrones y procesos de transformación que actualmente rigen los flujos de materia, energía e información.

Roger Bartra Murià nació en la Ciudad de México en 1942. Huyendo de la barbarie franquista, sus padres, el poeta Agustí Bartra y la escritora Anne Murià, catalanes ambos, luego de un periplo por Francia, Cuba y República Dominicana, terminaron asentándose en nuestro país. Roger, quien se considera a sí mismo miembro de la generación del 68, se licenció como etnólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y luego se fue a estudiar a Europa, para conseguir un doble doctorado en Sociología, uno por la Universidad de la Sorbona y otro por la Universidad de París III. Roger Bartra es un activo de la UNAM: es profesor emérito del Instituto de Investigaciones Sociales, en donde coordina el Seminario de Estudios Avanzados. En 1996 recibió el Premio Universidad Nacional Investigación en Ciencias Sociales. En 2009, la FIL de Guadalajara le concedió el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural “Fernando Benítez” —justo recordar los años maravillosos de La Jornada Semanal, durante los cuales él dirigió el suplemento—. El año pasado la Academia Mexicana de la Lengua eligió a Bartra Murià como miembro de número (rareza: un científico social que escribe bien). También en 2013, recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía, el reconocimiento más importante que en nuestro país se otorga a la labor intelectual de los académicos, y Roger Bartra se lo ha ganado a pulso. Además de una infinidad de artículos y ponencias, la obra de Bartra comprende más de treinta títulos, en los cuales ha dejado una generosa estela de reflexión sobre diversos asuntos: el México prehispánico, sociología agraria, ciencia política, cultura nacionalista e identidad mexicana —La jaula de la melancolía (1987), de lectura obligada—, el pensamiento salvaje, y, por fin, el gran misterio de la conciencia. Así, en 2006 Bartra publica Antropología del cerebro: la conciencia y los sistemas simbólicos, en el cual desde la perspectiva de la sociología, la antropología y la filosofía se aventura a la caza de la conciencia, explorando tras las pistas que neurólogos, psiquiatras y biólogos han ido dejando a lo largo de los últimos años de investigación. Su más reciente libro es Cerebro y libertad. Ensayo sobre la moral, el juego y el determinismo (Colección Centzontle del Fondo de Cultura Económica, 2013).

Ya desde aquella conferencia de 2003, Bartra entiende la conciencia “como un proceso que vincula la actividad neuronal con las redes simbólicas exocerebrales”. Leyó usted bien: el autor propone que la conciencia es una entidad dinámica que ocurre no sólo dentro de nosotros, en el cerebro, sino también en torno al individuo. Al igual que Michel Tomasello (Florida, 1950), experto en primates y procesos cognitivos, sostiene que la pura evolución biológica no alcanza para explicarnos, esto es, que “los seis millones de años que separan la aparición de los homídos de sus antepasados los grandes simios no son un tiempo suficiente para que un proceso ‘normal’ de evolución biológica pueda crear las habilidades cognitivas que nos caracterizan” —efectivamente, se estima que la tasa de mutacion básica del ADN es de 0.7% por cada millón de años—, de tal forma que la única explicación que queda se halla en la fuerza evolutiva de los procesos culturales. Bartra afirma que cuando “el primigenio homo sapiens deja de reconocer una parte de las señales procedentes de su entorno”, para compensarlo, comienza a crear mundo, sembrando símbolos por doquier: “Para sobrevivir utiliza nuevos recursos que se hallan en su cerebro: se ve obligado a marcar o señalar los objetos, los espacios, las encrucijadas y los instrumentos rudimentarios que usa. Estas marcas o señales son voces, colores o figuras, verdaderos suplementos artificiales o prótesis semánticas que le permiten completar las tareas mentales que tanto se le dificultan. Así, va creando un sistema externo de sustitución simbólica de los circuitos cerebrales atrofiados o ausentes, aprovechando las nuevas capacidades del lóbulo izquierdo del cerebro. Surge un exocerebro que garantiza una gran capacidad de adaptación”. Así que nuestra naturaleza es cultural. Mientras que Tomasello lo expresa diciendo que “los seres humanos poseen una capacidad biológicamente heredada de vivir culturalmente”, Bartra es más radical: los humanos “adolecen de una incapacidad genéticamente heredada de vivir naturalmente”. Si la conciencia es un engaño de la materia, es un montaje colectivo, entonces.  Valga aquí recordar que de acuerdo a varios estudios zoológicos existe una correlación entre el volumen cerebral y las dimensiones medias de los agrupaciones en las que cohabita cada especie.

¿Y cómo relaciona Bartra la conciencia con el libre arbedrío? A ello, veremos, se aboca precisamente en su libro más reciente…


jueves, 16 de enero de 2014

El 100piés y el sapo

Cuenta Roger Bartra:


...nos desplazamos por la existencia como el ciempiés, impulsados por diversos egos que se alinean sobre caminos ásperos y cenagosos. Y no es difícil que ocurra, como en el proverbial cuento chino, que un sapo envidioso interrumpa el armonioso andar del ciempiés para decirle: “¡Qué elegante y curiosa manera de andar! Dime, admirado caminante, ¿cómo empiezas a desplazarte, qué pie levantas primero y cuál después, con cuál continuas y cómo ordenas las pisadas?”. Se sabe que el ciempiés se puso a cavilar y nunca llegó a responder: quedó paralizado, tirado en una zanja, y no se pudo jamás volver a mover.
Todos deberíamos estar preparados para responder al enigma de cómo movemos y desplazamos las identidades. No digo que resolvamos el misterio, lo que seguramente no es posible. Pero podemos estar listos para escapar de la pregunta del sapo...*
* Lo tomo del discurso que pronunció el doble doctor en Sociología, en diciembre de 2009, al recibir el Premio Fernando Benítez de Periodismo Cultural: http://www.letraslibres.com/blogs/las-identidades-del-ciempies

martes, 14 de enero de 2014

Historia sin mayúscula

Como quien arroja un chocolate fino al fondo del cajón del escritorio o quien esconde una halagüeña botella de tinto en un recóndito rincón de la alacena, así yo, hace tres años, encajé en uno de los libreros, junto a todas sus demás novelas, Inés y la alegría (Tusquets) de Almudena Grandes (Madrid, 1960). Desde octubre de 2010, cuando conocí a la narradora española en el zócalo de la Ciudad de México, había mantenido a la espera de una adecuada coyuntura la lectura de la obra con que arrancó el ciclo Episodios de una guerra interminable, una zaga que la Grandes proyecta completar con seis novelas —de hecho, la segunda entrega circula en librerías desde el año pasado, El lector de Julio Verne—. No sólo se trataba de aguardar un ramillete de días tranquilos suficiente para mandar a volar al mundo y enfrascarme a gusto, sin interrupciones, en más de 700 páginas, también era que los ecos de El corazón helado, el libro anterior de Almudena y una de las mejores novelas que he leído, aún seguían resonando en mi conciencia. Por fin, la última semana del año pasado, durante un paréntesis soleado junto al mar, me deporté a la realidad alterna que solamente las grandes novelas pueden proveerle a uno…
            Inés y la alegría es una novela histórica, incluso apegándose a la definición clásica del subgénero, esto es, la acuñada por Lukács. La historia medular que relata permite adentrarse en uno de los episodios menos conocidos del pasado reciente de España: la intentona desde Francia de invasión del valle de Arán, ocurrida a mediados de octubre de 1944, es decir, en el ocaso de la II Guerra Mundial, por parte de grandes contingentes guerrilleros de exiliados españoles rojos, el llamado ejército de la Unión Nacional Española. Se trata de un acontecimiento que bien pudo haber cambiado la suerte de España y en dado caso el equilibrio geopolítico de la Europa de la posguerra, pero sobre el cual las distintas historiografías hegemónicas no han querido dejar testimonio, ni la del bloque occidental de los Aliados —se trata de un tema particularmente desatendido por los galos y los británicos— ni mucho menos la del bloque comunista, y tampoco, ni pensarlo, la que se escribió a la sombra del Franquismo… En este sentido, el trabajo de rescate y documentación que realizó la novelista es por sí mismo meritorio; sin embargo, no estamos frente a un libro de historia; como ella misma explica, “es una obra de ficción inserta en la crónica de un acontecimiento histórico real”. ¿Cuenta Almudena Grandes exactamente lo que sucedió? ¿Cómo enfrenta el lío de la pretendida verdad histórica? En un charla que ofreció en la escuela de escritores de Madrid, Grandes planteó claramente su estrategia: “Yo creo que cuando un escritor escribe una novela basada en un hecho real, tiene que sentirse igual de libre que cuando escribe una novela basada en una historia de ficción, pero tiene que conservar cierta lealtad a la realidad; lo cual no implica contar la realidad tal como fue, implica no traicionarla”.
Inés y la alegría espejea dos planos de la realidad, el de la Historia y el de las historias, y lo hace desde un planteamiento que explicita  reiteradamente y sin ambages: “La Historia con mayúscula desprecia los amores de la carne mortal, la carne débil que la distorsiona, la desencaja, la desordena con una saña que no está al alcance de los amores del espíritu, más prestigiosos, sí, pero también mucho más pálidos, y por eso menos decisivos”. He ahí el leitmotiv que se desarrolla en toda la novela.
La narración se estructura en tres ejes. Uno cuenta los grandes acontecimientos históricos, los entretelones del poder, el actuar de las personas que efectivamente se volvieron personajes de un capítulo ignominioso en la Historia contemporánea de Occidente, la Guerra Civil Española —“España siempre ha sido la excepción, el pecado original de los campeones de la democracia y la libertad del mundo”— y el Franquismo: Francisco Franco, el Generalísimo —“un cuquito que va a lo suyito”—, José Díaz Ramos, Stalin, Churchill…, pero especialmente dos: una mujer “más lista que el hambre”, Dolores Ibárruri, Pasionaria, y Jesús Monzón. Los otros dos ejes narrativos encarrilan las historias de Inés, un personaje de ficción, particular y de dimensiones colosales, y la del capitán Galán, dos comunistas entrañables, valientes, admirables, de esa gente que falta, carajo. Y a todos los acicatea una misma fuerza: “la materia narrativa es realmente el deseo”, aristotélica, sentencia Almudena.
Inés Ruíz Maldonado, hija de una familia adinerada de Madrid, hermana menor de un dirigente falangista, protagoniza la trama principal de la novela. El entramado de historias que Almudena Grandes despliega desde la mirada de esta mujer, ella misma deslumbrada por los ramalazos de libertad que trajo la República y luego la defensa frente a los golpistas —“¿Os dais cuenta de que por primera vez en la historia de este puto país, podemos decir qué queremos ser, cómo queremos vivir?”— permite mirar de cerca medio siglo de vida española. La lógica de las grandes tendencias, las sesudas explicaciones estructurales, el cuento de que todo es eslabón de cadenas causales… todo ello queda arrinconado por la voluntad de la gente de carne y hueso, acompañada siempre por la indeterminación: “los seres humanos no son máquinas, y hasta el mejor delantero falla un penalti”.
            Inés y la alegría, triste y magnífica, humana y esperanzadora…