Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

jueves, 20 de febrero de 2014

11 razones a favor de Muerte súbita

1. Con Muerte súbita (Anagrama, 2013), Álvaro Enrigue (México, 1969) ganó el Premio Herralde de Novela, como en su momento lo consiguieron Sergio Pitol con El desfile del amor (1984), Javier Marías con El hombre sentimental (1986), Roberto Bolaños con Los detectives salvajes (1998), Juan Villoro con El testigo o Daniel Sada con Casi nunca (2008).

2. Porque siempre resulta harto salutífero limarle los cuernos a nuestros demonios históricos, e incluso atreverse a eximir a los grandes villanos que nos han dado patria —porque, como bien se sabe, más cohesionan los malos que los buenos, los enemigos que los aliados-–. Escribe Enrigue sobre don Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano: “El conquistador debió ser un hombre simpático a pesar de su estatura inmanejable de actor principal de la mayor epopeya de su siglo y tal vez la más revolucionaria de la Historia” [Apunte al margen: actualmente, a 493 años de la caída de la Gran Tenochtitlán, en toda la República Mexicana hay 235 calles que llevan el nombre de Hernán Cortés, mientras que 4,329 honran el recuerdo de Cuauhtémoc y 1,642 el de Moctezuma. En cuanto a los municipios, de los casi dos mil quinientos en que se divide el territorio nacional, ninguno recuerda al conquistador extremeño, dos a Moctezuma y ocho a Cuauhtémoc].

3. Porque siempre es sano desmitificar a los grandes personajes históricos, aterrizarlos, retrotraerlos más acá de las abstracciones de las que todo discurso histórico depende para lograr la ilusión de la coherencia. Escribe Álvaro Enrigue sobre Cortés: “… era un hombre que había visto tanto que ni se le ocurría no rascarse el culo si le picaba”.

3 bis. Porque siempre es sano desmitificar a los grandes genios, aproximarlos a uno, re-hermanarse con ellos. Escribe Enrigue sobre Michelangelo Merisi da Caravaggio: “el primer pintor propiamente moderno de la Historia fue también un gran tenista y un asesino. Nuestro hermano”.

4. Porque contiene pasajes que deberían ser de lectura obligatoria en todas las escuelas primarias de este país, a efecto de recomponer el carcomido perfil de la identidad nacional mexicana (whatever it means), tan auto-flagelante ella, por no decir lo obvio: esencialmente malinchista —¿puede tacharse de malinchismo decir que los mexicanos somos malinchistas?—. En el apartado “Juego de pelota”, Álvaro Enrigue receta en apenas cuatro páginas una re-enunciación de los orígenes de este país, no sólo sagaz, también verosímil, pero sobre todo mucho más funcional que la consabida cicatriz imaginaria definitoria del espíritu nacional, ésa que se sigue expresando a diario en muy pocas palabras: “cuando nos conquistaron los españoles…”.

5. Porque aunque no sirve de nada, como todo el arte, una novela histórica es necesaria, entre otras cosas, porque posibilita reformular la peripeteia de los grandes relatos de una comunidad imaginaria, el punto de quiebre, los volantazos de las fuerzas del destino: “Cuando en la noche Cortés le preguntó [a Malinalli, todavía no doña Marina] cómo le había hecho para que los indios [de Chalchicueyecan] cedieran todo eso [viandas y gente], deslizó a través de Aguilar la idea que cambió el mundo: Les dije que estamos aquí para derrocar al tirano, que con nuestros caballos y sus flechas podríamos liberarlos de los aztecas”.

6. Porque un relato histórico bien textualizado, ya sea literario o historiográfico, permite averiguar qué es lo que no somos: “Los mexicanos no somos descendientes de los mexicanos, sino de los pueblos que se sumaron a Cortés para derrotarlos. Somos un país con un nombre hecho de nostalgia y culpa”.

7. Porque no es evidente que sea una novela, y por ello mismo no puede ser otra cosa… “Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro…”

8. Por lo que no es la novela y por lo que sí consigue hacer la novela: “No es un libro sobre Caravaggio o Quevedo, aunque es un libro con Caravaggio y Quevedo. Ellos dos, pero también Cortés y Cuauhtémoc, Galileo y Pio IV. Individualidades gigantescas que se enfrentan. Todos cogiendo, emborrachándose, apostando en el vacío. Las novelas aplastan monumentos gracias a que todas, hasta las más castas, son un poco pornográficas”.

9. Porque la buena literatura se permite exabruptos e insolencias para espetar grandes verdades, sin necesidad de los grandes andamiajes de la Historia o los demasiados cuidados de la Filosofía: “Vasco de Quiroga llegó a la Nueva España en 1530, cuando Tenochtitlán ya estaba pacificada… El resto de la América infinita todavía ni siquiera sospechaba que en los próximos doscientos años decenas de culturas milenarias que habían florecido aisladas y sin contaminantes y sin defensas se irían inexorablemente a la mierda. No es que importe: nada importa. Se extinguen las especies, los hijos se van de casa, los amigos consiguen novias intratables, las culturas desaparecen, las lenguas, un día, se dejan de hablar; los que sobreviven se convencen de que eran los más aptos”.

10. Porque solamente a través de la narrativa se consigue la ilusión secular de que todo lo que acontece ocurre por algo y hacia algo, con sentido: “… vivimos en un mundo en el que el pasado y el presente son simultáneos porque las Historias se escriben para que creamos que A conduce a B y por tanto tiene sentido. Un mundo sin dioses es un mundo en la Historia, en las historias como esta que estoy contando: ofrecen el consuelo del orden”.

11. Porque es una narración hilarante, placentera.

sábado, 15 de febrero de 2014

Perplejos

Hijos transculturales

Uno de mis mejores amigos estudió Química. Pongamos que se llama Turé. Él, sin duda, embona en el ideal que en México todavía alcanza a seducir a algunos jóvenes: es un profesional exitoso. Ddesde que se tituló, ha trabajado en grandes empresas trasnacionales. Ha vivido en varios países y buena parte de su chamba implica viajar por todo el mundo. Tiene dos hijos, y recuerdo que a la hora de buscarle nombre a su progenie él y su esposa acordaron, en ambas ocasiones, el siguiente criterio: nombres cortos que puedan pronunciarse igual en distintos idiomas. Alan hoy vive en Brasil y Eric en Francia.

Estoy seguro de que cuando se trepó al avión que la llevaría a Serbia mi prima Tania jamás se imaginó que estaba a punto de conocer al futuro padre de sus hijos. Solidaria y aventurera, viajó a Belgrado para asistir a la boda de un amigo suyo quien, como ella lo haría, había encontrado el amor en lo que alguna vez fue Yugoslavia. Su actual marido es gringo y sus chamacos, también dos, podrán viajar por el orbe sin tener que traducir sus propios apelativos: Lucca y Andre.


Filósofos transculturales

El cadí —máxima autoridad judicial— de Córdova tuvo un hijo en 1126 y lo llamó Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd; afortunadamente, el apelativo árabe fue latinizado en corto: Averroes. Nueve años después, en la misma ciudad andalusí, nació Moshé ben Maimón o bien Musa ibn Maymun, quien sería luego mejor conocido por uno de sus dos alias: Maimónides, es decir “el hijo de Maimon”.

Ciertamente, Averroes  y Maimónides compartieron tiempo y espacio: fueron coetáneos (1126-1198 y 1135-1204, respectivamente) y coterráneos, oriundos de la llamada Atenas de los árabes españoles, Córdova, como lo fue Séneca (4 a.C. – 65 d.C.) y lo sería el culterano mayor, Luis de Góngora y Argote (1561-1627). Además de momento histórico —sus vidas transcurrieron en Al-Ándalus durante del Imperio almohade—, Averroes y Maimónides fueron colegas, médicos ambos, pero sobre todo, filósofos y hombres de fe. Más allá de sus distintas tradiciones de origen, musulmana y judía, este par de galenos participaban de una gran admiración por una misma persona, un macedonio polímata de magnas proporciones y trascendencia milenaria, Aristóteles de Estagira (384 a. C. – 322 a. C.). Entre otras obras, Averroes escribió Tahafut al-Tahafut, que del árabe pasó al latín como Destructio destructionis, es decir, Destrucción de la destrucción aunque resultó más conocido en castellano como Refutación de la refutación –justamente, porque el texto de Averroes era una refutación al libro La destrucción de los filósofos, de Al-Ghazali—. Por su parte, Maimónides escribió un libro con un título grandioso, de un pegue mercadológico que mantiene aliento hasta nuestros días: Guía de los perplejos. Sin problema podemos tildar a ambos textos como aristotélicos, y más todavía: tanto el musulmán —Averroes sería cadí de Córdova y después de Sevilla— como el judío —Maimónides estuvo un tris de ser Gran Rabino de El Cairo— discurrieron, cada quien desde su diferente trinchera, con un propósito compartido: conciliar. En su caso, Maimónides pretendía auxiliar a muchos judíos que, como sus discípulos, conocedores del Torá y lectores apasionados de las enseñanzas aristotélicas —recién descubiertas por los sabios árabes—, no podían más que sentirse perplejos ante las contradicciones que se evidencian entre lógica formal y judaísmo. Por su lado, Averroes escribe su Tahafut al-Tahafut para argumentar que la religión, el Islam en concreto, y la filosofía no eran excluyentes. Ambos intentaron conciliar la fe y la razón, o quizá sea más preciso decir conciliar el lenguaje de la fe y el de la razón. Averrores, por ejemplo, sostiene que la verdad se expresa en El Corán de tal forma que no debe leerse en forma literal, sino alegórica. Como siglos después apuntaría Wittgenstein, una buena metáfora refresca el entendimiento.





Perplejos

Maimónides redactó la Guía de los perplejos originalmente en árabe; enseguida, en 1190, fue traducida al hebreo (Moreh Nevukhim). Precisamente ese año, mientras que en Al-Ándalus Averroes y Maimónides seguían tratando de conciliar Islam, Torá y filosofía aristotélica, los reinos cristianos de la península ibérica pactaban para enfrentar juntos a los árabes; Alfonso VIII de Castilla, Alfonso IX de León, Alfonso II de Aragón, Sancho VI de Navarra y Sancho I de Portugal firmaron la alianza. Bien a bien el propósito se conseguiría tres siglos después, porque si bien los almohades marroquís perderían la soberanía ibérica en 1269, los cristianos no lograrían expulsar definitivamente de España a los moros sino hasta 1492, el mismo año en que ellos mismos vinieron a meter su cuchara en América: en enero, después de años de asedio, las fuerzas de los Reyes Católicos por fin desmantelan el Reino nazarí de Granada, con lo que queda concluida la Reconquista. Después, tuvieron que pasar 330 años para que apareciera la primera traducción completa al latín de la Guía de los perplejos: Rabbi Mossei Aegyptii Dux seu Director dubitantium aut perplexorum.

En el ensayo con que abre Concepts and Categories, Isaiah Berlin sostiene que el propósito de la Filosofía es atender un tipo específico de preguntas, aquellas que “no pueden ser respondidas por medio de la observación o el cálculo, tampoco mediante métodos deductivos ni inductivos”. Son preguntas que, “y he aquí un corolario crucial”, … hacen que quienes se las plantean se enfrenten a un estado de perplejidad”. Por eso Isaiah, que es decir Isaías, pensaba que la Filosofía era necesaria…

martes, 4 de febrero de 2014

¿De dónde vienes?

Isaías nació ruso; 88 años después moriría inglés y distinguido, qué digo distinguido, distinguidísimo. Él, quien a los seis años aún no hablaba inglés, sería condecorado primero como Caballero Bachelor, y luego nada menos que con la Orden al Mérito de la Commonwealth, tal y como lo fueron también gente como Churchill, Graham Greene, Nelson Mandela o la madre Teresa de Calcuta; Oficial de la Orden del Imperio, The Most Excellent Order of the British Empire, y miembro de la Académica Británica, la cual llegó a presidir, como de igual modo alguna lo vez lo hicieron Keynes y C. S. Lewis.

Isaías, que es decir Isaiah, se apellidaba Berlin, hecho por el cual cargó el sino de andar por la vida como homólogo de un rabino insigne, otro Isaiah Berlin, un talmudista alemán que vivió a mediados del siglo XVIII. Además del nombre, Isaiah, claro, compartía con el rabino una tradición milenaria: llegó al mundo en el seno de una familia judía de gran prosapia ortodoxa: un ancestro directo de su padre fue el fundador del Chabad jasídico, Shneur Zalman de Liadi, el llamado Alter Rebe. Isaías, al igual que Bertrand Russell, Borges, Lobo Antunes, Octavio Paz y Murakami, fue galardonado con el Premio Jerusalén por la Libertad del Individuo en la Sociedad.

Isaías nació en las costas orientales del Mar Báltico, es decir, muy al Norte, específicamente en un sitio llamado Riga. Se trata de una pequeña ciudad localizada en la desembocadura del Daugava, un río que nace unos mil kilómetros tierra adentro, en el noroeste de Rusia central. Riga se encuentra en lo que fue Duna Urbs, un asentamiento livonio que comenzó a poblarse alrededor del segundo siglo de nuestra era. Los livonios, el pueblo originario de esa región del mundo, han sido conquistados sucesivamente por casi todos sus vecinos; con todo y su terquedad milenaria, el año pasado el livonio fue declarado lengua muerta. El caso es que el gran auge inicial de Riga, en la temprana Edad Media, se debió a la actividad comercial de los vikingos, quienes incorporaron el puerto natural del Golfo de Riga a su ruta comercial hacia Bizancio. Al correr de los años llegarían los cruzados enviados por un Santo Papa, Inocente III, a cristianizar a punta de espadazos a los vikingos, curanios, livonios y cuanto pagano encontraron por aquellos balcánicos lares. El 1201 queda registrado como el año de la fundación cristiana de Riga…, en Riga, por supuesto.

Isaiah Berlin nació en 1909. Por aquel entonces Riga, misma que hoy en día es la ciudad capital de un Estado Nación, la República de Letonia, se encontraba en Livonia, una Gubernatura del Imperio Ruso. Desde finales del XIX, Riga no era un punto cualquiera perdido en la inmensa geografía gobernada por el último zar, Nicolás III: la ciudad báltica era entonces la tercera más grande de todo el Imperio, sólo detrás de Moscú y San Petesburgo. El padre de Isaías, Mendel Berlin, como la mayoría de la comunidad judía de Riga, provenía de Rusia y vivía ahí por razones de negocio: el señor se dedicaba a la industria maderera, y resulta que toda la geografía letona es boscosa. Así que, aunque vivió en Riga hasta poco antes de cumplir siete años, Isaiah jamás se consideró a sí mismo letón: cada vez que lo cuestionaban respecto a su identidad, él respondía que era un ruso judío, un anglófilo, ciertamente, pero no un inglés, y mucho menos un letón.

En Riga, la familia Berlin vivió durante seis años en una hermosa mansión de cinco pisos, cuya puerta de entrada continúa custodiada por dos imponentes esfinges de piedra. La edificación en la actualidad sigue en pie —Alberta iela 2ª, Centra rajons, Rīga, LV-1010, Letonia—‎, bien conservada, como las ochocientas construcciones Art Nouveau que caracterizan a la capital letona, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Extraordinaria coincidencia: quien diseñó la mansión de los Berlin fue otro ruso judío avecindado en Riga, un arquitecto llamado Mikhail Osipovich Eisenstein, apelativo que quizá no te diga mucho, salvo el apellido… Efectivamente, sucede que este amigo era el padre de otro rigués grande del siglo XX, Sergei Eizenshtein, creador de obras maestras de la cinematografía universal, como El acorazado Potemkin (1925) y la trilogía Iván el Terrible (1943-58).

En su libro Concepts and Categories (Londres; 1999), Isaiah Berlin incluye una pequeña y certera disertación sobre el propósito de la Filosofía. De ahí obtengo el siguiente extracto: La historia del pensamiento sistemático de la humanidad es en buena medida un esfuerzo sostenido para formular todas las preguntas, de tal manera que las respuestas correspondientes se localicen en una u en otra de las dos grandes canastas, la empírica, para las preguntas cuyas respuestas dependen a final de cuentas de la observación, y la formal, para las preguntas cuyas respuestas dependen del cálculo puro. Claro, hay preguntas que no entran en ninguna de las dos canastas, ¿qué es el tiempo?, por ejemplo. Y qué decir de una pregunta tan sencilla como ¿de dónde vienes? Henry Hardy, editor de varios libros de Berlin, cuenta la siguente anécdota: en una ocasión Berlin fue abordado por un nuevo estudiante de posgrado en el Wolfson College de Oxford, que no sabía frente a quién estaba: “Mi nombre es Stephen Grounds, y vengo de Birmingham”. El pensador respondió rápido como un tiro: “‘Mi nombre es Isaiah Berlin, y vengo de Riga”.

lunes, 27 de enero de 2014

¿Decides?

A man may be a pessimistic determinist
before lunch and an optimistic believer
in the will's freedom after it.
Aldous Huxley

A ver..., ¿por qué Roger Bartra fue a decirle a Enrique Peña Nieto que “no sólo de reformas viven los mexicanos”? El contexto puede ser esbozado fácilmente. El hecho ocurrió hace apenas unas semanas, el pasado 11 de diciembre, durante una bonita ceremonia en Palacio Nacional: flamante, el abogado Peña, en su calidad de presidente de la República, entregaba la edición 2013 del Premio Nacional de Artes y Ciencias, en sus diversas categorías. Aplausos, sonrisas, abrazos, la prensa tomando placas de todos los felices participantes en el acto. Entonces, tocó a Bartra hacerse del micrófono para hablar en nombre de los once galardonados. Supongo que muchos de los presentes, sobre todo los miembros de la comitiva presidencial, habrán pensado que el etnólogo era un aguafiestas, de menos, cuando espetó aquello de que “no sólo de reformas viven los mexicanos”; peor, momentos antes, con unos pocos y certeros trazos, el investigador emérito de la UNAM había bosquejado ya la situación del país: “no vivimos un mundo idílico. La injusticia, la explotación y la desigualdad siguen siendo un gran problema... Aún es significativo el peso del autoritarismo y la corrupción. La violencia homicida continúa tiñendo de sangre nuestro territorio.” Caras largas, claro, y al día siguiente la declaración de Bartra se llevó todos los titulares de las notas periodísticas que daban cuenta del evento. ¿Por qué lo hizo? Con la pregunta —que reitero: ¿por qué fue Bartra a decir lo que dijo?—, no pretendo averiguar si el sociólogo tenía razón al soltar la afirmación aquella, puesto que evidentemente la tenía y la tiene, no, cuestiono si lo hizo porque decidió hacerlo o porque estaba predeterminado ineludiblemente a actuar de ese modo. Es decir, ¿ejerció el libre albedrío o sencillamente actuó conforme a la enorme y compleja cadena de causas y efectos que lo colocaron en la referida circunstancia? Sin duda actuó a conciencia, ¿pero ello implica sin más que realmente tuvo la alternativa de hacer otra cosa? Si se parte de que “vivimos en un universo en donde todos los acontecimientos tienen una causa suficiente que los antecede” y “todo evento está determinado por causas que lo preceden, ¿por qué los actos conscientes serían una excepción?” O dígame usted mismo, ¿está leyendo en este preciso momento estas palabras porque así lo decidió, o bien porque todos y cada uno de los sucesos pasados se han venido concatenando de tal forma que no había ninguna posibilidad de que ahora mismo usted estuviera haciendo otra cosa? Justamente sobre eso discurre el más reciente libro del doctor Bartra: Cerebro y libertad. Ensayo sobre la moral, el juego y el determinismo (FCE, 2013), una obra en la que el sentido común, la sociología, la filosofía y las neurociencias se entreveran.


De entrada, Roger Bartra se cuestiona si existe o no el dichoso libre albedrío. ¿Es factible la libertad o se trata de un mero autoengaño, nada más que un ensueño sobre-documentado? Desde el arranque de su disertación, el autor deja claro que el asunto está inexcusablemente ligado al tema de la conciencia, y recuerda uno de los argumentos más socorridos de los deterministas, el buscapiés que Albert Einstein (1879-1955) le recetó al poeta bengalí Rabindranath Tagore en una famosa epístola: “si la Luna fuese dotada de autoconciencia estaría perfectamente convencida de que su camino alrededor de la Tierra es fruto de una decisión libre”. ¿Y qué piensa Roger Bartra? Digamos que en este caso no se cuadra con el genial físico alemán; más bien se apoya en Spinoza (1632-1677), el filósofo de más altos vuelos de los Países Bajos, para sostener que la libertad es posible, existe y “está basada en el… esfuerzo o tendencia que impulsa a los humanos a razonar y a entender que son autoconscientes”. Asentado lo anterior, la pelota queda colocada en el lado de la cancha en donde Bartra arma su juego, la conciencia: “este ensayo se propone reflexionar sobre el libre albedrío y la ética” desde una perspectiva que coloca “los problemas de la libertad y la moral en el terreno de la conciencia”.

A lo largo de todo el ensayo, Bartra defiende la idea de que, a pesar de que el quehacer humano no puede escaparse de la red de encadenamientos de causas y efectos que predetermina los hechos, los actos libres son efectivamente posibles: “una fracción de lo que hacemos forma parte de un espacio social donde la voluntad consciente es un elemento causal importante”. Subrayo el adjetivo “social”, porque ahí se halla el meollo del planteamiento: al igual que Gregory Bateson (1904-1980), el antropólogo británico que acuñó el concepto ecología de la mente, Roger Bartra piensa que la conciencia únicamente puede entenderse como parte de un gran sistema en el que interactúan tanto el contexto físico como el sistema de relaciones sociales en los que vivimos las personas. Más incluso, tajante, sostiene que “la conciencia es la articulación entre el cerebro y la sociedad”.

Roger Bartra, hijo de catalanes rojos exiliados en México, él mismo, según sus propias palabras, con un alter ego comunista y miembro de la generación del 68, llegó a Palacio Nacional a recibir un premio, el más importante que este país da a sus académicos, con todo el caudal de causas que predeterminaban que no se quedara callado y que se plantara a decir lo que dijo, entre esas causas, su voluntad consciente.

miércoles, 22 de enero de 2014

Uno no (sabe qué) es sin lo demás

La conciencia sólo puede existir de una manera,
y es teniendo conciencia de que existe.
Jean Paul Sartre

Hace ya diez años, la edición española de la revista Letras libres publicó una hipótesis fascinante: la conciencia del ser humano –“la autoconciencia o conciencia de ser consciente”– no es algo que se encuentre alojado dentro de nuestros cerebros, al menos no solamente. El planteamiento había sido presentado por su autor, Roger Bartra, en el ciclo de conferencias aparejadas a la exposición internacional Metabolismo y comunicación, celebrada a finales de 2003 en Barcelona, gracias a la organización del grupo Banquete, más que un cenáculo de especialistas, un club de polímatas. Banquete reúne a antropólogos, artistas, arquitectos, biólogos, filósofos, economistas, neurocientíficos y sociólogos, con el fin de reflexionar acerca de los patrones y procesos de transformación que actualmente rigen los flujos de materia, energía e información.

Roger Bartra Murià nació en la Ciudad de México en 1942. Huyendo de la barbarie franquista, sus padres, el poeta Agustí Bartra y la escritora Anne Murià, catalanes ambos, luego de un periplo por Francia, Cuba y República Dominicana, terminaron asentándose en nuestro país. Roger, quien se considera a sí mismo miembro de la generación del 68, se licenció como etnólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y luego se fue a estudiar a Europa, para conseguir un doble doctorado en Sociología, uno por la Universidad de la Sorbona y otro por la Universidad de París III. Roger Bartra es un activo de la UNAM: es profesor emérito del Instituto de Investigaciones Sociales, en donde coordina el Seminario de Estudios Avanzados. En 1996 recibió el Premio Universidad Nacional Investigación en Ciencias Sociales. En 2009, la FIL de Guadalajara le concedió el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural “Fernando Benítez” —justo recordar los años maravillosos de La Jornada Semanal, durante los cuales él dirigió el suplemento—. El año pasado la Academia Mexicana de la Lengua eligió a Bartra Murià como miembro de número (rareza: un científico social que escribe bien). También en 2013, recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía, el reconocimiento más importante que en nuestro país se otorga a la labor intelectual de los académicos, y Roger Bartra se lo ha ganado a pulso. Además de una infinidad de artículos y ponencias, la obra de Bartra comprende más de treinta títulos, en los cuales ha dejado una generosa estela de reflexión sobre diversos asuntos: el México prehispánico, sociología agraria, ciencia política, cultura nacionalista e identidad mexicana —La jaula de la melancolía (1987), de lectura obligada—, el pensamiento salvaje, y, por fin, el gran misterio de la conciencia. Así, en 2006 Bartra publica Antropología del cerebro: la conciencia y los sistemas simbólicos, en el cual desde la perspectiva de la sociología, la antropología y la filosofía se aventura a la caza de la conciencia, explorando tras las pistas que neurólogos, psiquiatras y biólogos han ido dejando a lo largo de los últimos años de investigación. Su más reciente libro es Cerebro y libertad. Ensayo sobre la moral, el juego y el determinismo (Colección Centzontle del Fondo de Cultura Económica, 2013).

Ya desde aquella conferencia de 2003, Bartra entiende la conciencia “como un proceso que vincula la actividad neuronal con las redes simbólicas exocerebrales”. Leyó usted bien: el autor propone que la conciencia es una entidad dinámica que ocurre no sólo dentro de nosotros, en el cerebro, sino también en torno al individuo. Al igual que Michel Tomasello (Florida, 1950), experto en primates y procesos cognitivos, sostiene que la pura evolución biológica no alcanza para explicarnos, esto es, que “los seis millones de años que separan la aparición de los homídos de sus antepasados los grandes simios no son un tiempo suficiente para que un proceso ‘normal’ de evolución biológica pueda crear las habilidades cognitivas que nos caracterizan” —efectivamente, se estima que la tasa de mutacion básica del ADN es de 0.7% por cada millón de años—, de tal forma que la única explicación que queda se halla en la fuerza evolutiva de los procesos culturales. Bartra afirma que cuando “el primigenio homo sapiens deja de reconocer una parte de las señales procedentes de su entorno”, para compensarlo, comienza a crear mundo, sembrando símbolos por doquier: “Para sobrevivir utiliza nuevos recursos que se hallan en su cerebro: se ve obligado a marcar o señalar los objetos, los espacios, las encrucijadas y los instrumentos rudimentarios que usa. Estas marcas o señales son voces, colores o figuras, verdaderos suplementos artificiales o prótesis semánticas que le permiten completar las tareas mentales que tanto se le dificultan. Así, va creando un sistema externo de sustitución simbólica de los circuitos cerebrales atrofiados o ausentes, aprovechando las nuevas capacidades del lóbulo izquierdo del cerebro. Surge un exocerebro que garantiza una gran capacidad de adaptación”. Así que nuestra naturaleza es cultural. Mientras que Tomasello lo expresa diciendo que “los seres humanos poseen una capacidad biológicamente heredada de vivir culturalmente”, Bartra es más radical: los humanos “adolecen de una incapacidad genéticamente heredada de vivir naturalmente”. Si la conciencia es un engaño de la materia, es un montaje colectivo, entonces.  Valga aquí recordar que de acuerdo a varios estudios zoológicos existe una correlación entre el volumen cerebral y las dimensiones medias de los agrupaciones en las que cohabita cada especie.

¿Y cómo relaciona Bartra la conciencia con el libre arbedrío? A ello, veremos, se aboca precisamente en su libro más reciente…


jueves, 16 de enero de 2014

El 100piés y el sapo

Cuenta Roger Bartra:


...nos desplazamos por la existencia como el ciempiés, impulsados por diversos egos que se alinean sobre caminos ásperos y cenagosos. Y no es difícil que ocurra, como en el proverbial cuento chino, que un sapo envidioso interrumpa el armonioso andar del ciempiés para decirle: “¡Qué elegante y curiosa manera de andar! Dime, admirado caminante, ¿cómo empiezas a desplazarte, qué pie levantas primero y cuál después, con cuál continuas y cómo ordenas las pisadas?”. Se sabe que el ciempiés se puso a cavilar y nunca llegó a responder: quedó paralizado, tirado en una zanja, y no se pudo jamás volver a mover.
Todos deberíamos estar preparados para responder al enigma de cómo movemos y desplazamos las identidades. No digo que resolvamos el misterio, lo que seguramente no es posible. Pero podemos estar listos para escapar de la pregunta del sapo...*
* Lo tomo del discurso que pronunció el doble doctor en Sociología, en diciembre de 2009, al recibir el Premio Fernando Benítez de Periodismo Cultural: http://www.letraslibres.com/blogs/las-identidades-del-ciempies