Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 20 de abril de 2019

El alma de la ciudad


… el yo contemplaba con admiración el yo que contemplaba el yo,
es decir, un estado de extático narcisismo.
Este enamoramiento de la propia imagen se ahondó entre los atenienses,
sin duda, en razón de su triunfo sobre los persas…
Lewis Mumford, La ciudad en la historia.


Los persas, la pieza teatral más antigua que se ha preservado hasta nuestros días, se escenificó por vez primera en Atenas, durante las fiestas Dionisias, en elafebolion, mes lunar del calendario ático —marzo para nosotros—, del año 472 antes de nuestra era. Se dice fácil, pero de aquellos días para acá han pasado 2.5 milenios. La obra no se refiere a asuntos mitológicos, sino a hechos humanos y, además, contemporáneos para los espectadores —entre diez y quince mil personas— que presenciaron su estreno. El corego de aquella puesta en escena, es decir, quien sufragó los gastos de la producción, fue un joven llamado Pericles, un hombre que sería apodado El Olímpico por sus coetáneos, y quien daría su nombre al período de mayor esplendor de Atenas: el siglo de Pericles.
           

El autor de Los persas, Esquilo, fue el primero de los tres grandes trágicos griegos —Eurípides y Sófocles, los otros dos—. Nació hacia el 525 a. C. en el demo ateniense de Eleusis, y falleció a los 68 años de edad en la costa meridional de la isla de Sicilia, en Gela, ciudad por entonces gobernada por el tirano Cleandro Patareo, promotor de la lírica y el teatro. Si hemos de dar crédito a la tradición, el creador griego más importante de tragedias clásicas murió de una manera más bien cómica: de un tortugazo[1]. El célebre epitafio de Esquilo no registra los detalles del óbito, tampoco ensalza su trabajo literario —según la Suda, escribió noventa tragedias, aunque de ellas sólo conservamos siete—, pero en cambio alaba su gallardía guerrera:
Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,
contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.
De su eximio valor hablarán Maratón y su bosque sagrado
y el cabelludo medo, que le conocen bien.
           
Ciertamente, en septiembre de 490 a. C., Esquilo combatió contra los persas en Maratón —a menos de 50 kilómetros de Atenas—, en donde ocurrió la batalla definitoria de la primera Guerra Médica. Los ejércitos aqueménidas venían de haber sometido la insurrección jónica —Mileto había caído en 494 a. C.—, cuando el Sha Darío I decidió atacar a las aparentemente desarticuladas ciudades-estado helenas. En Maratón, atenienses y platenses integraban las fuerzas griegas. Como bien se sabe, los griegos resistieron el embate y terminaron por derrotar a los invasores. Aquel resultado iba contra todo pronóstico; basta recordar que apenas 35 años antes, justo cuando Esquilo se apersonó en este mundo, los persas habían conseguido invadir Egipto, y sólo diez años atrás, luego de las campañas en Tracia, Macedonia y las costas del mar Negro, y después en el oriente hasta alcanzar el valle del Indo, en el año 500 a. C. el imperio aqueménida alcanzaba su máxima extensión, unos 5.5 millones de kilómetros cuadrados, para convertirse así en el más grande del orbe hasta entonces. Con todo, no pudieron con los griegos…
           
En Los persas, Esquilo no se refiere a la primer Guerra Médica, sino a la segunda, acaecida diez años después. Para entonces, el imperio aqueménida ya era reinado por el hijo de Darío, Jerjes. Fue él mismo quien se puso al frente de sus huestes para ir a subyugar a los obstinados griegos. Los persas cruzaron el Helesponto, hoy Estrecho de Dardanelos, es decir, pasaron de Asia a Europa, para entonces recorrer Tracia y Macedonia hacia Tesalia; a su paso, todas las ciudades fueron sometidas. Después de vencer en la célebre batalla de Termópilas, el masivo embate persa avanzó hasta llegar a Atenas. Jerjes encontró la ciudad despoblada: los atenienses y sus aliados se habían ido a refugiar en la isla de Salamina, en el golfo Sarónico. Luego de saquear Atenas, los persas acometieron la persecución, y fue en los estrechos costeros de Salamina en donde la flota helena logró la espectacular derrota de los orientales. Jerjes regresaría humillado a la ciudad capital de su imperio, Sousa, a unos 700 kilómetros de la actual capital de Irán, Terán.
           
El extraordinario filólogo helenista Carlos García Gual sostiene que en Los persas Esquilo no celebra la victoria de los griegos en Salamina, sino que reflexiona sobre la catástrofe de los persas. Se trata de una muestra de “la generosidad espiritual de los griegos: va a hablarnos no de los vencedores, que son ellos, sino de los vencidos, y va a insistir en las ideas del terror y la compasión”.
           
De acuerdo, Los persas es un largo treno a un héroe trágico, Jerjes. Pero también es otra cosa: un encomio a la ciudadanía, la fuerza de la gente que hace la ciudad. La reina Atosa, madre de Jerjes, cuestiona al mensajero sobre lo que está sucediendo del otro lado del mar; desea saber si al fin Atenas, después del saqueo, fue destruida por el ejército comandado por su vástago. Esquilo hace que el mensajero responda que no, porque “mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable”.




[1] Se cuenta que el oráculo había vaticinado a Esquilo: “Morirás aplastado por una casa”. Entonces el trágico decidió abandonar Atenas. Se fue a vivir a las afueras de la ciudad de Gela, a una humilde choza. Caludio Eliano (c. 175-235), erudito romano que vivió bajo los auspicios de Julia Domma, esposa del emperador Septimio Severo, cuenta en su De natura animalum lo que ocurrió entonces: “Las águilas que apresan a las tortugas de tierra y las arrojan desde lo alto y las estrellan contra las rocas y, quebrando así su caparazón, extraen la carne y la comen. Justo de esa manera tengo entendido que acabó la vida… aquel poeta autor de tragedias. Esquilo estaba sentado sobre una roca, discurriendo, creo yo, y escribiendo sus temas habituales. No tenía un pelo en la cabeza, pues era calvo. De ahí que el águila, figurándose que la cabeza era una roca, soltó y arrojó contra ella la tortuga que tenía entre las garras. Y el disparo acertó a dar al citado varón y lo mató”.

domingo, 14 de abril de 2019

Historia de los animales, de Claudio Eliano

La tercera de Tristram Shandy


¡Qué bien argumentamos sobre los hechos erróneos!
Laurence Sterne, Tristram Shandy.


La tercera es la vencida —frase hecha que me recuerda a ya-sabes-quien, tanto como una afirmación que encontré precisamente en el libro que vuelvo a recomendarte: “tenemos a un hombre de Estado haciendo girar la rueda de la política, como un bruto, al revés: contra la corriente de la corrupción, ¡santo cielo!, en vez de a su favor”—…  Insisto, pues: tienes que leer Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, una novela enorme, publicada originalmente por entregas entre 1759 y 1767. Su autor, Laurence Sterne (1759-1767), era un novelista novato —“… no soy más que un principiante en este oficio y, en consecuencia, poco sé acerca de él; pero en mi opinión escribir un libro es, para todo el mundo, como tararear una canción; así pues, señora, limítese usted a estar a tono consigo misma: que éste sea alto o bajo, eso da absolutamente igual”—, hecho que no le impidió mostrar un colmillo literario de dinosaurio experimentado: “la vida de un escritor, por mucho que se tendiera a imaginar lo contrario, no consistía tanto en componer como en batallar; y la superación de la prueba dependía precisamente de lo que dependen las superaciones de los demás hombres que en la tierra combaten: no tanto (ni la mitad) del grado de ingenio, como del de resistencia”.
           
Aunque haya sido su primera novela, Sterne consigue el prodigio de meter al lector en una especie de plática —“la escritura, cuando manejada adecuadamente (como pueden ustedes estar seguros de que creo que lo está la mía), no es más que un nombre diferente que se le da a la conversación”—, al tiempo que lo involucra en la composición del hechizo literario: “La mayor y más sincera muestra de respeto que se le pueda dar al entendimiento del lector consiste en repartir amigablemente con él esta tarea y en dejarle imaginar algo a su vez: tanto, casi, como el propio autor”. El esfuerzo no es desinteresado; el escritor quiere y saca provecho: “gracias a la vida que he de escribir, viviré la otra bastante bien; o, en otras palabras, que llevaré un par de buenas vidas al mismo tiempo”.
           
Laurence Sterne, además de narrador, fue sacerdote y predicador —“sed delicados; sed cautos con vuestro lenguaje, y nunca, ¡oh, nunca!, olvidéis de cuán minúsculas partículas dependen vuestra elocuencia y vuestra fama”—, y tenía bien evaluada la plasticidad de las palabras, de cualquier palabra: “bigotes –y la palabra se convirtió en algo indecente: tras dar los últimos coletazos quedó absolutamente inservible para el uso. La mejor palabra de la mejor lengua del mejor mundo imaginable habría corrido igual suerte bajo la presión de semejantes cambios de sentido”. Así, por ejemplo, al desatinado doctor Slop lo describe como poseedor de “una barriga sesquipedal” (sesquipedal: dicho especialmente de un verso o de un discurso o modo de expresión: muy largo y ampuloso). Como un Wittgenstein precoz, se sabe atrapado en el lenguaje y criatura del mismo: “cada una de las palabras del diccionario: hacia adelante y hacia atrás…, cada palabra queda convertida en una tesis o en una hipótesis; cada tesis o hipótesis engendra una verdadera prole de proposiciones; y cada proposición tiene sus propias consecuencias y conclusiones; cada una de las cuales, a su vez, conduce a la mente hacia otras sendas, llenas de nuevas dudas y pesquisas. Es increíble la fuerza que tiene esta máquina…”
           
El inglés —nacido en Irlanda— despliega también un conocimiento grosero, excesivo para su tiempo —una época sin sociólogos ni epistemólogos—, de los mecanismos del pensamiento humano: “Las teorías se caracterizan por el hecho de que, una vez concebidas, todo lo asimilan en provecho de su propia nutrición; y, desde el mismo instante en que se las engendra, todo lo que uno ve, oye, lee o entiende no hace sino fortalecerlas cada vez más”. Sterne se da el lujo incluso de meter la pluma para describir los procesos internos de la concepción mental: “la idea se limitaba a flotar en la mente del doctor Slop: sin rumbo ni dirección, a la manera de una simple proposición; de las cuales… hay millones, a diario, balanceándose plácidamente en medio del sutil jugo del entendimiento de cada ser humano; y no se ven impulsadas ni hacia delante ni hacia atrás hasta que algunas ligeras ráfagas de pasión o de interés las hacen inclinarse hacia uno y otro lado”.
           
Gran lidiador del lenguaje e inteligente observador de la inteligencia, Sterne aparece aquí y allá como un Paul Watzlawick adelantado, como si hubiera asistido a un seminario de Teoría de la Comunicación Humana en Palo Alto, California, a finales del siglo XX…; como muestra, un botón: "Se tornó pensativo —daba frecuentes paseos hasta la nansa,—se soltó y dejó caer una cinta del sombrero —suspiraba a menudo— se abstenía de ser mordaz— y habida cuenta de que, como nos dice Hipócrates, el buen funcionamiento tanto de las glándulas excretorias de la piel como del aparato digestivo dependen en gran medida de la ayuda que les prestan los vivos destellos de genio que dan pie a la mordacidad, no cabe duda de que, con la desaparición de éstos, habría acabado por enfermar de no haber sido por la tía Dinah, la cual, junto con un legado de mil libras, le dejaba una serie de nuevas preocupaciones que le sirvieron para distraer los pensamientos y recobrar la salud”.
           
Hasta aquí la tercera…, que aunque haya sido la vencida obligadamente prologa la cuarta…

sábado, 6 de abril de 2019

Guerra de nunca acabar


En Tristram Shandy aprendí que el tiempo de la novela
es justamente el tiempo que en la vida real no puede existir.
Javier Marías





… y no, no es que uno se complazca en andar de chismoso, pero conviene anotar que Mrs. Elizabeth Lumley (1714-1773) no se llevaba muy bien que digamos con su señor marido, el escritor inglés Laurence Sterne (1713-1768), y además hay que agregar que frecuentemente la señora se desbarrancaba decididamente en profundos episodios de locura, durante los cuales la bendita dama creía ser la reina de Bohemia. Habrá quien considere ambos hechos como atenuantes del en ocasiones disoluto comportamiento del párroco anglicano, quien sostuvo una relación entre ingenua y no tanto con la cantante Catherine Fourmantel, y a quien muy probablemente se refiera como su querida Jenny en su maravillosa novela La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy (1760-1767). De tanto detalle me he enterado gracias al bien cuidado y robusto cuerpo de notas que el novelista español Javier Marías (Madrid, 1951) preparó para la traducción a nuestro idioma de la novela de Sterne —Premio Nacional de traducción Fray Luis de León en 1979—, la cual sin duda es la que, si vas a hincarle el diente, deberías conseguir —la edición de Alfaguara está disponible en papel y libro electrónico—.



Ya desde el acto de procreación acontecido para que fuera traído al mundo el tal Tristram Shandy —suceso que acaecería en 1718—, cometido obviamente por quienes habrían de ser su padre, Walter Shandy, y su madre, Elizabeth Mollineux, se evidencia el hercúleo ejercicio de digresión gracias al cual la novela de Laurence Sterne va y viene, y regresa y coquetea descaradamente y da vueltas sin llegar, sin avanzar a ninguna parte y sin embargo incansablemente toca puerto aquí y allá antes de hacerse de nuevo a la mar abierta de historias secundarias y divagaciones… Resultado: una narración prácticamente sin argumento. “Ya sé que hay lectores en el mundo que, al igual que otra mucha buena gente que vive en él, no tienen nada de lectores; que se encuentran a disgusto si no se les permite entrar, desde el principio hasta el final, en el secreto de todo lo que a uno le concierne”, se defiende atacando el narrador, y muchas páginas más adelante, después de que ha quedado sobradamente evidenciado que el después poco o nada importa, el escritor dieciochesco se extiende en explicaciones: “cuando un hombre toma asiento dispuesto a escribir una historia…, no sabe en mayor medida que sus talones con qué dificultades y condenados obstáculos ha de encontrarse en su camino, o qué danzas puede verse obligado a bailar por culpa de una u otra digresión antes de que todo haya finalizado. Si un historiógrafo pudiera conducir su historia como un mulero conduce a su mula —en línea recta y siempre hacia delante—: por ejemplo, desde Roma hasta Loreto sin volver la cabeza ni una sola vez en todo el trayecto, ni a derecha ni a izquierda, podría aventurarse a predecirles a ustedes, con un margen de error de una hora, cuándo iba a llegar al término de su viaje; pero eso, moralmente hablando, es imposible. Porque si es un hombre con un mínimo de espíritu, se encontrará en la obligación, durante su marcha, de desviarse cincuenta veces de la línea recta para unirse a este o a aquel grupo, y de ninguna manera lo podrá evitar. Se le ofrecerán vistas y perspectivas que perpetuamente reclamarán su atención; y le será tan imposible no detenerse a mirarlas como volar; tendrá, además, diversos Relatos que compaginar: Anécdotas que recopilar: Inscripciones que descifrar: Historias que trenzar: Tradiciones que investigar: Personajes que visitar: Panegíricos que pegar en esta puerta; Pasquines que en aquella: —de todo lo cual tanto el hombre como su mula están completamente libres. Resumiendo: en cada etapa del camino hay archivos que consultar, y registros, fastos, documentos e interminables genealogías que, forzado por la justicia (que una y otra vez le hace volver o detenerse), ha de leer. —En suma, es el cuento de nunca acabar”.



Sumado al afán por no arribar, al ánimo de andarse todo el tiempo por las ramas, el novelista apuesta toda su fortuna al humor, incluso en contra de sí mismo: “bien ríase usted conmigo, o bien hágalo usted de mí, o, en suma, haga lo que prefiera, pero no pierda usted nunca el humor”. Sterne hace suya una de las máximas del parisino Francote de Rochefoucauld (1613-1680) —“La seriedad es un continente misterioso del cuerpo que sirve para ocultar los defectos de la mente”—, porque más que un humorista o artesano de gracejadas es un fiero enemigo de la seriedad, al igual que el párroco Yorick, personaje de su novela: “Yorick tenía por naturaleza una antipatía y una aversión invencibles hacia la seriedad —no hacia la seriedad como tal, pues cuando se requería seriedad él era el más serio o grave de los mortales durante días y semanas enteras—, sino que era un acérrimo enemigo de ella cuando se la afectaba, y sólo le declaraba la guerra abierta cuando aparecía como tapadera para la ignorancia o la sandez”. Así que entre ignorantes y necios, guerra sin cuartel, cruzada eterna…

sábado, 30 de marzo de 2019

Divagante contra reloj

Sterne produce en el lector adecuado
una sensación de incertidumbre,
parecida a estar de pie, andando y acostado al mismo tiempo:
una sensación muy cercana a estar flotando.
Nietzsche

La morte sta nascosta negli orologi.
Belli


Nietzsche fue un hombre despiadado. Una vez, por ejemplo, lapidó un libro: “Este libro me parece un libro para olvidar, lo encuentro mal escrito, pesado, irritante, erizado de imágenes falsas, construidas a la fuerza e incoherentes; sentimental, endulzado aquí y allá hasta la afeminación, poco equilibrado, desprovisto de esfuerzo hacia la pura lógica”. Criticaba así El origen de la tragedia, de 1872, ¡escrito por él mismo! Siete años después, Friedrich daba a conocer —como uno de los dos suplementos de su ensayo Humano, demasiado humano— un pequeño texto titulado “El escritor más libre”, y en él se descosía, pero ahora en sentido contrario: “¡Cómo, en un libro dedicado a los espíritus libres, podría dejar de mencionar a Laurence Sterne, a quien Gothe honró considerándolo el espíritu más liberado de su siglo! Conformémonos aquí llamándolo el espíritu más liberado de todos los tiempos, frente a quien todos los demás lucen rígidos, cuadrados, intolerantes y directos hasta la grosería”.
  
Seguramente has leído a Friedrich Nietzsche (1844-1900), quizá también a Goethe (1749-1832), pero qué me dices del escritor a quien el filósofo alemán llamó “el espíritu más liberado de todos los tiempos”… Laurence Sterne nació por casualidad en Irlanda (1713), pero fue inglés de pies a cabeza: educado en Halifax y en el Jesus College de Cambridge, se ordenó como sacerdote de la iglesia anglicana (1738) y poco después se hizo cargo de una vicaria rural, cerca de la ciudad de York. Aunque comenzó a escribir ya bien entrado en la madurez, su enorme fama literaria, que estalló súbitamente en Londres, alcanzó Europa antes de que la tuberculosis lo matara cuando solamente tenía 54 años de edad. En efecto, Sterne no escribe su primer opúsculo —A Political Romance, or The History of a Good Warm Watch-Coat— sino hasta 1759; al año siguiente, cuando se publicaron los dos primeros volúmenes de The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman, Laurence Sterne cargaba ya 46 años a cuestas. Seguiría una larga interrupción a causa de los fuertes problemas de salud que padecía, de tal suerte que hasta 1767 publica el último volumen de Tristram Shandy, y en febrero del año siguiente su obra más influyente: A Sentimental Journey Through France and Italy… Un mes después fallece —hay dos excelentes biografías: la de Arthur H. Cash, en dos tomos, The Early and Middle Years (1975) y The Later Years (1986), y la de Ian Campbell Ross, Laurence Sterne: A Life (2001)—.
     
La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy es un novelón de un vanguardismo precoz, una novela adelantada unos tres siglos. Inmediatamente después del título, Sterne plantó un epígrafe clave —y lo insertó en griego—: “No son las cosas mismas, sino las opiniones sobre las cosas las que perturban a los hombres” —palabras del estoico heleno Epicteto de Hierápolis (55-135)—. Dada la advertencia, no habrá engaño: desde el primer capítulo, Sterne se refocila a pluma suelta en la digresión: concluirá alborozado los dos primeros volúmenes y el narrador, el susodicho caballero, Tristram Shandy, ¡todavía no habrá alcanzado a nacer! “Sus digresiones son —afirma Nietzsche— también continuaciones de la historia; sus aforismos son, simultáneamente, la expresión de una actitud irónica hacia toda prescripción; su antipatía por la seriedad es indisoluble a su incapacidad de tratar cualquier cosa de manera superficial”.
           
En una de sus Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino (1923-1985) —quien nació por casualidad en Cuba pero fue italiano dalla testa ai piedi—, va más allá: “El gran invento de Laurence Sterne fue la novela hecha enteramente de digresiones… La divagación o digresión es una estrategia para aplazar la conclusión, una multiplicación del tiempo en el interior de la obra, una fuga perpetua; ¿fuga de qué?” Calvino se contesta: de la muerte, y hace suya la explicación de Carlo Levi: “El reloj es el primer símbolo de Shandy, bajo su influjo es engendrado y comienzan sus desgracias, que son una sola cosa con ese signo del tiempo…” Ciertamente, el íncipit de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy no deja lugar a dudas: la historia comienza en la faena de procreación del hombre que relata la novela en primera persona: “Ojalá mi padre o mi madre, o mejor dicho ambos, hubieran sido más conscientes, mientras los dos se afanaban por igual en el cumplimiento de sus obligaciones, de lo que se traían entre manos cuando me engendraron…” Para que algunos párrafos más adelante nos enteremos del interruptus acaecido:
         
“— Perdona, querido, dijo mi madre, ¿no te has olvidado de darle cuerda al reloj?
           
“—¡Por D…!, –gritó mi padre lanzando una exclamación, pero cuidándose al mismo tiempo de moderar la voz— ¿Hubo alguna vez, desde la creación del mundo, mujer que interrumpiera a un hombre con una pregunta tan idiota?”
           
Así que Levi acierta: “La muerte está escondida en los relojes, como decía Belli, y la infelicidad de la vida individual, de ese fragmento, de esa cosa escindida y disgregada y desprovista de totalidad: la muerte, que es el tiempo, el tiempo de la individuación, de la separación, el abstracto tiempo que rueda hacia su fin. Tristram Shandy no quiere nacer porque no quiere morir”.
          
Pero me estoy desviando…

lunes, 25 de marzo de 2019

Oso cínico

The bare necessities of life will come to you
They'll come to you!
Terry Gilkyson, The bare necessities.


Luciendo una huallca negra, guapísima, salerosa, Barbra Streisand entregó el Academy Award for Best Original Song correspondiente a 1968. Aunque ni escribió la letra ni compuso la música, la estatuilla la recibió Sammy Davis Jr., quien acudió en nombre de su amigo, Leslie Bricusse. Talk to the Animals, el tema galardonado, forma parte del musical de feliz olvido Doctor Dolittle, una comedia plagada de bestias. Entre las nominadas al Óscar para la mejor canción se quedaron una de Quincy Jones, otra de Burt Bacharach, y una obra maestra de Terry Gilkyson incluida en el decimonoveno largometraje animado de Walt Disney, El libro de la selva.
           
La de los estudios Disney fue la segunda versión cinematográfica de The Jungle Book, el conjunto de relatos publicados por Kipling en 1894 —la primera, la de los hermanos Korda, data de 1942—. En la cinta animada, la voz del virtuoso Baloo, un oso bezudo de la India (Melursus ursinus), corrió a cargo del jazzista Phil Harris; a él le tocó interpretar la canción de Terry Gilkyson: The bare necessities… ¡Titulazo, claro!, porque aquí hay que traducir bare como básicas, es decir, Las necesidades básicas o mínimas, pero bare se escucha igual que bear, es decir oso: Las necesidades del oso:
Look for the bare necessities
The simple bare necessities
Forget about your worries and your strife
I mean the bare necessities
Old Mother Nature's recipes
That brings the bare necessities of life…
Además de la interpretación de Phil Harris, que es bastante buena, tiempo después Tony Bennett grabaría la suya; sin embargo, la mejor de todas, de lejos, es la de Louis Armstrong. Bueno, en inglés… Desconozco quién tradujo The bare necessities para la película doblada al español, pero quien lo haya hecho lo hizo muy bien. Cuando le tocó personificar a Baloo, Tin Tan aconsejó al pequeño Mowgli: “Mira, fíjate bien, amiguito… Todo lo que tienes que hacer es…”:
Busca lo más vital, no más,
lo que es necesidad, no más,
y olvídate de la preocupación.
Tan sólo lo muy esencial
para vivir sin batallar
y la naturaleza te lo da.
La postura de Baloo suele vincularse con la de Timón y Pumbaa —Hakuna Matata—; de acuerdo, pero miremos mejor hacia atrás, más de veinte siglos atrás, porque The bare necessities es un himno a la filosofía cínica.
Lo más vital en esta vida
lo tendrás.
¿Yo lo tendré?
Te llegará.
En su ensayo sobre la historia del cinismo, El libro sobre el tema (A History of Cynicism. From Diogenes to the 6th Century A.D. Methuen. London, 1937), Donald R. Dudley explica que desde hace mucho ha habido quienes piensan que el cinismo, más que una filosofía, es una postura ante la vida. Por ejemplo, cuenta que el emperador romano Flavio Claudio Juliano, El Apóstata (331-363 d. C.), pensaba que el cinismo “se ha practicado durante todas las épocas…, y no requiere ningún estudio especial”. Por su parte, el autor sostiene que la filosofía cínica comenzó en un momento histórico específico, en el siglo IV a. C., con Diógenes de Sinope: “el cinismo es la expresión griega más característica de la crítica al mundo como feria de vanidades, la reacción lógica a sus valores, y del deseo de retorno a una vida basada en demandas mínimas”. Si bien perduró a lo largo de toda la Antigüedad, “es un fenómeno que puede encontrarse en diferentes etapas de la civilización occidental; las causas que lo han impulsado en distintos períodos han sido la injusticia política y económica, el entusiasmo religioso, o la reacción al sobre-desarrollo de la civilización urbana”.
Busca lo más vital, no más,
lo que has de precisar, no más.
Nunca del trabajo hay que abusar.
Si buscas lo más esencial
sin nada más ambicionar
mamá naturaleza te lo da.       
Baloo no es flojo, más bien se ejercita en la contención; actúa y predica como lo hace porque juzga que más allá de lo esencial todo es vanidad. ¿Vanidad? Vanitas, en el sentido de ilusorio y falso, de vano, vacuo, vacío. “Vanidad de vanidades, dijo el predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2). Donald R. Dudley señala que quien haya escrito estos versículos “fue, como los cínicos, un producto de la era helenística, un tiempo en el cual los viejos estándares fueron desechados, y el individuo fue puesto a merced de fuerzas caprichosas e indomables”. Diógenes y los cínicos que le siguieron “son representantes de un estándar de vida que a nosotros nos resulta desconocido: el estándar del mínimo”. Vivir sólo con lo necesario, con lo básico, y no por carencias, sino por decisión, para no arriesgar la autonomía puesto que todo es tornadizo, mutable.
Y el tiempo no pierdas nunca en buscar
cosas que quieras que jamás encontrarás.
Pues ya verás que no te hace falta
y aún sin él tú sigues viviendo…        
El exilio, la esclavitud, la pérdida de la hacienda y del hogar era frecuentes temas de las diatribas cínicas, puesto que eran terrores atizados por posibilidades reales. Durante la Antigüedad, sobre todo antes de la pax romana, se vivían impensables niveles de inseguridad. “La esclavitud resulta tan remota que nos es difícil de comprender el terror cotidiano que podían sufrir los griegos durante aquel período. Sólo hay que considerar cuán poderosos eran los piratas en el Mediterráneo hasta su represión por parte de Pompeyo, para entender que cualquier navegante corría un alto riesgo de ser capturado y vendido como esclavo… En el mundo heleno el exilio existía no sólo como una forma común de castigo, sino también como uno de los riesgos con que normalmente debía vivir los políticos. Durante este período, varias ciudades fueron completamente destruidas, como Tebas por Alejandro, Lébedo y Colofón, por Lisímaco…, y Corinto por los romanos”. Así que si estás vivo, necesariamente tienes al menos lo más vital…, no tengas nada más, recomienda Baloo, y nada entonces podrán quitarte.

sábado, 16 de marzo de 2019

Virtudes cínicas


No pienso que los hombres, amigos, tengan
la riqueza o la pobreza en sus casas, sino en sus almas.
Antístenes (Jenofonte, El banquete)




La escuela de los cínicos apareció en Grecia en el siglo IV a. C. Antístenes (444 – 365 a. C.), alumno de Sócrates (470 - 399 a. C.), la fundó en Atenas, y su discípulo Diógenes de Sinope, el Perro (412 – 323 a. C.), fue su máximo representante. Explica Carlos García Gual en La secta del perro (Alianza, 2014):
Diógenes… es ante todo un filósofo práctico, que en sus actos ejemplifica la teoría de la escuela, llevando al paroxismo las máximas que Antístenes ya había proclamado en sus escritos, pero sin realizarlas del todo. En Diógenes éstas cobran un perfil tajante; a la indiferencia frente a lo que no afecta a la virtud corresponde la adiaphoria cínica, de la que se sigue la anaideia y la parrasia…”
Tales son las tres virtudes de los cínicos.




1) La descarada


Anaideia no es una diosa, es un espíritu, un demonio (daimona), un ser que “interpreta y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los dioses” (Platón, El banquete). Es la insolencia, la desvergüenza, la impudencia… Pero no hay que suponer que se trata de una inconsciente, una desbocada; no, Anaideia sabe muy bien lo que hace: es una provocadora, una incitadora. Consecuentemente, es compañera de la violenta Hibris, la desmesura, la arrogancia, la altanería… Enemiga de Eleos, la misericordia, hay quienes dicen que Anaideia es también la impiedad, la crueldad. Se le suele presentar como hija de Nix, la noche, en cuyo caso sería nieta de Caos. Otros afirman que en realidad su madre fue la terrible Eris, la discordia, quien, según Hesíodo (Teogonía), también habría parido a las Anfilogías, las Ambigüedades, y a los Pseudologos, las Mentiras.


2) La indiferente

Además está la Adiaforía, es decir, la indiferencia, tanto a las vicisitudes de la vida como a las cosas que la mayoría de la gente considera los mayores bienes, incluidos “la mayoría de los supuestos beneficios de la civilización, que pueden desaparecer en cualquier turbulencia”. Los cínicos son ascetas; no es que renuncien a los placeres porque pretendan la penuria o el sacrificio por sí mismos, lo hacen porque no están dispuestos a  arriesgar su autonomía. “Diógenes es un asceta como Heracles es un atleta, entrenándose para resistir las amenazas y tentaciones contra la libertad
” (La secta del perro).


3) La deslenguada

La franqueza absoluta o parresía: decirlo todo. Nada de andarse por las ramas con ironías socráticas. Soltar la sopa a bocajarro, tirar verdades a mansalva, sin miramientos.


¿Y la respetuosa?

El actuar realmente cínico está reservado para muy pocos. Una sociedad no podría formarse con gente como Diógenes.

Anaideia es a Aidos lo que blanco es a negro, lo que vicio a virtud —el vocablo anaideia se forma por el prefijo negativo a, y aidos—. En principio, Aidos es el espíritu de la modestia, del pudor y la humildad… En la versión que Protágoras de Abdera (c. 485 – 411 a. C.) cuenta a Sócrates del mito de Prometeo, dos son los dones con que Zeus compensó a los seres humanos para que pudieran convivir entre sí y sobrevivir como especie: aidos y dike. Enseguida, compendio lo sucedido…

Después de crear con fuego y tierra a todas “las razas mortales”, los dioses encomendaron a Prometeo y Epimeteo, hijos del titán Jápeto, que repartieran competencias. Los hermanos acordaron que Epimeteo realizaría el trabajo y que luego Prometeo supervisaría los resultados. Así ocurrió, conforme a una inteligente estrategia: "A unos los armaba y, a los que les daba una naturaleza inerme, los proveía de alguna otra capacidad para su salvación… Y así, equilibrando… hacía su reparto. Planeaba con la precaución de que ninguna especie fuera aniquilada”. Epimeteo no sólo armó los ecosistemas balanceando las habilidades de las distintas bestias, también consideró las relaciones de los seres vivos con su entorno. La labor parecía correcta, pero Epimeteo nos olvidó: “el hombre estaba desnudo y descalzo y sin coberturas ni armas”. Para solucionar el entuerto, y como no quedaba ya nada por repartir, Prometeo “roba a Hefesto y a Atenea su sabiduría profesional junto con el fuego…, y luego la ofrece como regalo al hombre”. Cuenta Protágoras que así dotado el hombre pudo vivir, desarrolló la religión y el lenguaje, “… e inventó sus casas, vestidos, calzados… y alimentos del campo”. Pero la gente andaba dispersa y resultaba fácil presa para las fieras: “Ya intentaban reunirse y ponerse a salvo con la fundación de ciudades. Pero cuando se reunían, se atacaban los unos a otros, al no poseer la ciencia política; de modo que de nuevo se dispersaban y perecían”. Fue entonces que, temiendo que “sucumbiera toda nuestra raza”, Zeus ordenó a Hermes a que le llevara a los humanos aidos y dike…, palabras que García Gual traduce del griego al español como “el sentido moral y la justicia”, y a pie de página se sustenta en Rodolfo Mondolfo (La comprensión del sujeto humano en la cultura antigua):
Me parece que sólo la expresión ‘sentimiento o conciencia moral’ puede traducir de manera adecuada el significado de la palabra aidos en Protágoras, que conserva sin duda el sentido originario de ‘pudor, respeto, vergüenza’, pero de una vergüenza que se experimenta no sólo ante los demás, sino también ante sí mismo…”