Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Pirata Parade 2009 (II)

Sigo sobre avenida Juárez, como quien viniera del Zócalo y fuera hacia el Monumento a la Revolución, dos iconos del sino de lo inconcluso de México. Y es que a la Plaza de la Constitución la llamamos “Zócalo” porque del obelisco a la Independencia que en 1843 Santa Anna quería erigir ahí sólo se alcanzó a construir el zócalo que lo sostendría. Y el Monumento a la Revolución, adefesio hecho altar cívico, que no es otra cosa que la huella de un Palacio Legislativo que don Porfirio no alcanzó a terminar.

En la esquina de Juárez con Dolores, ¡ironías urbanas!, se localiza un
banco que fue mexicano y hoy es español. Casi frente al BBV, está el tercer puesto de libros. El atisbo que me devuelve la mirada me indica que éste tiene una vocación entre nacionalista y esotérica: Velasco Piña, presente con varios títulos (Cartas a Elizabeth, Regina y San Judas Tadeo, apóstol de las causas perdidas) y Laurita Esquivel con Malinche. Entre una colección de la Historia General de México del Colmex y varios ejemplares de los Cuentos chinos de Andrés Oppenheimer, un libro de Jodorowsky que, según me cuenta el vendedor, está saliendo como paraguas en temporada de aguaceros: Donde mejor canta un pájaro…

− Aunque no tanto como este otro –explica el puestero mostrándome un
ejemplar de Psicomagia–, que sigue siendo jefe.

Hay montones de volúmenes sobre las profecías mayas que señalan que
en el 2012 el mundo se va a acabar, y en fehaciente demostración de que Monsiváis no pierde el colmillo de la oportunidad y que mientras quede mundo el mercado subterráneo será ágil como pocos, el paseante ya puede agenciarse un ejemplar de Apocalipstik, una novedad que apenas el 30 de noviembre se presentó en la FIL.

Para quienes a fin de año gustan de imponerse a sí mismos grandes retos,
dos libros: Las 100 tareas sexuales de Rubén Carbajal y 1001 vinos que hay que probar antes de morir. El surtido del negocio incluye ventas seguras, como la Cábala para no iniciados, La sombra del templario, Memorias de mis putas tristes de García Márquez, dos que tres ediciones del I Ching y uno que, claro, nunca falta porque siempre piden: Los hornos de Hitler de Olga Lengyel, un texto escrito en 1961 que sigue intrigando a los lectores.

− Oye, manito, recomiéndame uno para regalarle a una chava que estudia
filosofía –pide uno de los darketos que anda repartiendo El Machete entre los peatones.

− Éste. Está rebueno. Puritita
sabiduría −presto, el puestero toma del piso un libro en cuya portada reconozco al protagonista de la serie de televisión que logró más audiencia en Estados Unidos en 2009−: La filosofía de House: todos mienten.

Antes de moverme al siguiente
changarro, veo que éste también tiene su pequeña sección dedicada a los estudiosos de la alta política nacional; de entre ellos, los más solicitados, Si yo fuera presidente: Enrique Peña Nieto sin máscara ni maquillaje de Jenaro Villamil y Doña Perpetua: el poder y la opulencia de Elba Esther Gordillo de Arturo Cano.

En la librería informal que encuentro
después, entre el 7eleven y Chilli´s que está a la entrada de la Plaza Juárez, es evidente que la apuesta va por la diversidad: la novela más reciente de Francisco Martín Moreno, Arrebatos carnales, un libro que aparece ya como el quinto más vendido en el portal de Gandhi; El sueño de mi padre, firmado por quien seguramente es hoy por hoy la persona más conocida en todo el orbe, Barack Obama; la trilogía de Los reyes malditos; un Glosario Teosófico, que al parecer de pronto cualquier usuario del metro puede requerir; Beatles la leyenda, para que nadie dude que en 2009 el cuarteto de Liverpool volvió por sus fueros; La isla bajo el mar de Isabel Allende; más PNL para resolverle la existencia a oficinistas desorganizados y amas de casa con la autoestima decaída; muchos para no dormir, casi todos de Stephan King; ¿Por qué yo no? de Ponchito; y por ahí garbanzos de a libra como tres novelas de Bukowsky, cada una a 30 pesos o las tres por 75, o Noticias del Imperio de Fernando del Paso, a 50; y toneladas de libros de autoayuda: 20 pasos hacia delante de Bucay, La armonía oculta y El libro de la sabiduría del modesto Osho, Tus zonas erróneas de Wayne Dyer, que a pesar de tener más de treinta años sigue siendo una guía para combatir las causas de la infelicidad… Ése es el que compra una señora que bien podría ilustrar el concepto depresión en cualquier diccionario de sicología, paga y luego se va a sentar a los pies de la Ariadna Abandonada, la escultura de Lucano Nava que está en la pequeña placita ubicada a unos pasos del Hotel Sheraton, y se pone a leer... Ojalá le sirva.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Pirata Parade 2009 (I)

− Oiga, ¿cuánto cuesta ese libro? -por su vestimenta y modito de hablar, supongo que la mujer que se apersona junto a mí debe de ser la asistente de algún encumbrado funcionario de Relaciones Exteriores.

− ¿Cuál? ¿El evangelio del mal?


− No, el de al ladito.


− ¿PNL para principiantes?


− No, del otro lado –responde con la firmeza de una ejecutiva neoyorquina pidiendo un expreso en el Starbucks de la 87th y Lexington, pero luego se ubica en la realidad del Centro Histórico de la Ciudad de México y baja la voz para precisar casi cuchicheando: – Ése…, Técnicas de masaje Chi para orgasmos internos.


¿Orgasmos internos? Morboso, busco con la mirada el objeto requerido... ¡Sorpresa!, mucho traje sastre pero a la dama le falla la lectura.


− Ahí tengo otro de Chi Nei Tsang –informa solícito el despachador–. El de orgasmos cuesta 500, seño.

Breve regateo…: la operación queda en 350 pesos. La seño entacuchada guarda en el bolso su tesoro bibliográfico y se va muy oronda rumbo al Zócalo.

− ¿Se fijó, amigo? –confidente, me pregunta el comerciante callejero, mientras saca de una caja otro ejemplar del mismo título, Técnicas de masaje Chi para órganos internos, y lo coloca en el espacio vacío en la repisa–. A ver si al rato llega otra que tenga hambre y vea tamales.

Sobre Juárez, de su esquina con Lázaro Cárdenas
−el crucero con más tránsito peatonal del país− hasta Luis Moya, dos calles antes de llegar a Balderas, se encuentran no sólo varias librerías, sino también una excelente muestra del Pirata Parade editorial de México. En la primera cuadra, la Gandhi que está frente a Bellas Artes apenas tiene que competir con un puesto de periódicos, pero cruzando López la cosa cambia: casi en la esquina, después de La Joya, está la antañona Porrúa Hnos. y Cía., luego una farmacia de similares, dos negocios más y la librería Bellas Artes, enseguida un local de ésos de todo lo imaginable a siete pesos, un estanquillo y luego, dos locales antes de la desembocadura del callejón de Dolores, la librería El Sótano, y casi frente a ella, un puesto de libros... ¿piratas?

− ¿Tiene Mi lucha? –llega preguntando una chavita engalanada con su uniforme de la Secundaria Técnica, muy mona.


Ahí estaba el libraco de Hitler: 120 pesitos. ¡Uy!, ¿tan caro? Es que es original, justifica el puestero…, de donde se desprende que hay otros que no lo son. En el piso, a los pies del changarro, un montón de libros a veinte pesos, otros de a cincuenta. Ediciones de pastas descoloridas con los de cajón: El diario de Ana Frank, Corazón de Edmundo de Amicis, varias novelas de Verne, Historias extraordinarias de Poe, El Principito…, y también dos noveletas mexicanas que se van haciendo clásicos de a de veras: Aura de Fuentes y Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. Además, claro, chorros de libros para encontrarle la cuadratura al círculo (Dianética, La inteligencia emocional, El líder interior), y otros para encontrarse con diosito sin intermediarios (Conversaciones con Dios, ¿Quién escribió la Biblia?). Aunque todavía quedan algunos, el púber Potter va de salida, al igual que los vampiros metrosexuales de la Meyer. En cambio Stephen King, Ruiz Zafón e Isabel Allende continúan imponiéndose en el gusto del respetable.


El siguiente puesto, enfrente de Siebo Paris, tiene un ingente surtido de libros de segunda mano, debidamente plastificados para asegurarle un buen gatazo a los bestsellers que, como la música del 6.20, llegaron para quedarse: Sangre Azteca, Juan Salvador Gaviota, El triángulo de las Bermudas de Berlitz. Por autor, siguen siendo caballitos de batalla los Caballos de Troya de J. J. Benítez, el docto Carlos Trejo (Evidencias de la vida después de la muerte), Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Luis Spota que desde la tumba se niega a abandonar su puesto como uno de los novelistas mexicanos más leídos de todos los tiempos, el maestro Rius y, but of course, Velasco Piña y su esoterismo mexicanista (Tlacaelel, Olmeca, Regina, etcétera). Curioso, entre mucha portada que pide a gritos marchante (El tamaño sí importa de Fernanda Familiar, El señor de los cátaros, El señor de los anillos), me topo con varios ejemplares de un libro para pasantes con sentimientos de culpa por no haberse titulado: el insufrible Instrumentos de Investigación de la maestra Guillermina Baena, a 20 pesos. Un paso atrás para ganar panorámica: golpe de vista del puesto que despliega a puertas abiertas su plétora de ofertones… Sin duda, los rostros latifundistas de las portadas son dos, ¡qué extremos!, el Che Guevara y Adolfo Hitler. Una segunda mirada, más atenta a descifrar símbolos y leer portadas, me obliga a sumar un tercer bloque: decenas de sesudos estudios sobre las profecías mayas. Lo olvidaba, ¡caray!, que el mundo se va a acabar en 2012. No hay tiempo que perder, pienso, y enfilo al siguiente puesto…

sábado, 28 de noviembre de 2009

Apreciado general Villa

Ambientadas en los años de la Revolución Mexicana, se han escrito muchas novelas históricas; de todas, mis dos preferidas, El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, y una contemporánea: Pancho Villa. Una biografía novelada, de Paco Ignacio Taibo II. La vida de un pelado muy complicado, misterioso, jabonoso, fantasmal, odiado y admirado. A quienes preocupe el asunto de los géneros, habría que decirles que si el libro de Paco fuera una película sería un documental. Para los lectores asiduos de PIT II no resultará sorpresivo encontrarse con un libro bien escrito –mucho oficio, mucho colmillo literario—, bien documentado —historiador de profesión, al fin y al cabo— y, claro, sin sentimiento de culpa metodológico mediante, cargado a la izquierda.

El título no es tramposo: el foco del libro está en la vida de ese señor que se llamaba Doroteo Arango y quien se cambió de nombre para dar vida a Pancho Villa. Los enredos del cabecilla revolucionario que nació en Durango, pero que en justicia deberíamos considerar de Chihuahua, son por sí mismos interesantes, significativos para comprender el acontecer reciente del país, y, más allá de la retórica de libro de texto gratuito, para comprendernos a nosotros mismos: Villa, aunque hijo descarriado de la Gran Familia Revolucionaria, sigue siendo héroe y referente simbólico: estampa del macho mexicano y del jinete justiciero. El mayor mérito que le encuentro al libro de Taibo es el esfuerzo por combatir la imagen mistificada de Villa, particularmente en cuanto a las deformaciones y francas mentiras que, ya sea desde el plácido lecho del lugar común o desde los cañonazos de difamaciones que durante casi un siglo se han tirado contra él, siguen distorsionando la verdad histórica del personaje y del movimiento que encabezó. Por ejemplo, resulta que Pancho no era el borracho y pendenciero que el imaginario colectivo suele ver, y con quien se adornan bares y antros en todo México, sino un abstemio que llegaba a los pueblos a encarcelar a los dueños de las cantinas por embrutecer a la gente. PIT II muestra que los hechos duros señalan que las explicaciones a las que la academia se aferra no siempre corresponden a lo ocurrido. Un botón: cómo está eso de que en la batalla de Celaya quien ganó fue la civilización representada por Obregón y quien perdió fue la barbarie representada por Villa…:
“... varios historiadores quisieron ver en la batalla la confrontación entre lo antiguo y lo moderno, y así se lo inventaron… Parecería, en esta delirante versión... que la modernidad eran los yaquis y los pimes [de Obergón] y no los aviones de Pancho”.
PIT II planeta algo que va más allá de la biografía de Villa. A lo largo de toda la narración se sostiene una tesis que el novelista sabe y no permite que el historiador olvide, una certeza que como lector se agradece: la historia nunca cabe en la historiografía. En La cama de Procusto, Alberto Vital explica:
“Estamos condenados a conocer sólo una parte de todos los documentos importantes para la reconstrucción de una época. Estamos condenados a entender sólo una parte de todo lo que podrían decirnos los documentos. Estamos condenados a explicar, a poner por escrito… sólo una parte de lo que hemos entendido. Esta triple condena sugiere que la historicidad de todo sujeto que reconstruye hechos se manifiesta sobre todo como parcialidad…”
Una cuestión más sobre la que Taibo insiste: la lógica del ganador, el deber ser de los hechos, misma que según entiendo puede resumirse en un silogismo:

• la historia la escriben los vencedores
• los historiadores buscan la lógica que presuponen a la historia
• ergo, los historiadores suelen demostrar que los ganadores ganaron porque tenían que ganar.

PIT II se esfuerza por demostrar que el acontecer de Pancho Villa ocurrió como ocurrió no necesariamente porque así lo marcara la lógica de la historia o el destino o el dedo de dios… Por el contrario, en reiteradas ocasiones Paco recalca las evidencias que a gritos proclaman que el azar interviene en todo y siempre… La novela de Paco muestra que, efectivamente, la historia hubiera cambiado si la nariz de Cleopatra hubiera sido un centímetro más grande, o si realmente hubiera salido el balazo que se disparó a sí mismo Obregón al levantarse del suelo para darse cuenta, en Celaya, de que un cañonazo le había volado el brazo derecho.

Pancho Villa, una biografía novelada es un completísimo compendio de fuentes sobre el revolucionario. Es un libro divertido, como casi todo lo que escribe Paco... Pienso que bien podría recetarse a los millones de jóvenes que cada día se encuentran más alejados de la lectura y sin referentes históricos. Además, es un trabajo en el cual es imposible no sentir –y en muchos tramos compartir– el aprecio que el autor profesa por el general Francisco Villa…

viernes, 20 de noviembre de 2009

Reinventar la nación

En el colofón del siglo XV, aparecieron en el horizonte de la cultura occidental, simultáneamente, el Nuevo Mundo y el orden político de la Modernidad. Los Estados modernos permitieron la integración sociopolítica al interior de los nacientes países y la conformación del un nuevo orden geopolítico de Europa; además, se erigieron como los protagonistas en la relación del Viejo Continente con el resto del planeta. Poco más de trescientos años después, las posesiones de la Corona española en América se aventuraron por el camino de la emancipación siguiendo dos guiones fundacionales: el ánimo de romper con el régimen colonial y la afiliación al paradigma del Progreso. Buscando senda hacia un mejor futuro, con las luces de la Ilustración y al amparo del ejemplo de las dos grandes revoluciones políticas del siglo XVIII —la independentista de las colonias norteamericanas y la Francesa—, las entidades políticas que emergieron desde la Patagonia hasta la Alta California optaron por el Estado moderno para encausarse hacia el Progreso, reclamando cada una para sí una legitimidad basada en la soberanía nacional.


La idea de nación es tan moderna como la de Estado. Se trata de una creación en la cual al menos intervienen, en distinta jerarquía dependiendo de cada caso, dos bases, una cívica y otra étnica. La primera concepción, la de nación, se refiere a grupos sociales asentados en un determinado territorio, con una economía y leyes comunes, y que, al menos idealmente, abrevan de un mismo sistema de valores e ideológico. La segunda, la del Estado, remite a las poblaciones que se identifican en un pasado y ancestros compartidos, tejen comunidades con un cierto grado de solidaridad, y tienen costumbres más o menos afines. En ambos casos, se precisa una voluntad de unir lo diverso. Paradójicamente, la fuerza de cohesión más fuerte de la que suele disponer el ideal de nación es la de hacerse pasar como una entidad inmanente, desvaneciendo en el imaginario colectivo su carácter de invento. En Hispanoamérica, si bien desde los brotes independentistas se buscó crear un concepto de nación cívico, en México hubo primero que echar mano de una noción bastante más arraigada, la de patria. Durante la época colonial, el concepto de nación se empleó para señalar a los diferentes grupos étnicos, incluso a los grupos aislados de la hegemonía de la Corona española. En cambio, en la tradición hispánica, la idea de patria resultaba mucho más concreta, en lo territorial y en lo genealógico: la patria, el terruño, el legado de los padres. En el discurso independentista resultaron muy útiles dos acepciones ligadas al término patria: tierra natal y libertad, de aquí somos y tenemos derecho a ser como nos dé la gana. Con esa carga semántica, el patriotismo criollo fue el pilar a partir del cual se comenzó a construir la nación cívica. Luego, a causa de la invasión napoleónica a España, la dimensión institucional de nación se fortaleció: la idea de nación igualada a la de un pueblo gobernado por una misma autoridad. Desde esa perspectiva, el cuerpo nacional español se componía entonces de la nación peninsular y de la nación americana. Lo anterior, claro, favoreció la consolidación de la nación cívica.


Alcanzada la independencia, para distinguirse ya no del origen colonial común, sino entre sí, fue necesario que el proceso de invención de las distintas nacionalidades pasara por una etapa de singularización, durante la cual se pusieron en marcha mecanismos de mitificación y apropiación simbólica del mundo indígena, de la realidad prehispánica que seguía, por supuesto, viva. Ello resultó de gran ayuda para conformar identidades como la “mexicana”, la “peruana”, etcétera, esto es, una distinción hacia afuera. En cuanto a la unificación al interior, los liberales decimonónicos apostaron por la política: tuvieron lo que Charles A. Hale llamó fe en la magia de las constituciones. Las leyes, apostaban, homogeneizarían. Con la mira puesta en la construcción de una nación de ciudadanos, se buscó sobreponer a la amplia dimensión cultural una específicamente institucional. Las desigualdades étnicas no tenían por qué determinar necesariamente las desigualdades sociales, siempre y cuando existiera el aparato legal adecuado. Pero en los hechos las cosas no se dieron así: “la nación de ciudadanos se vía obstaculizada por ‘la abyección de muchos siglos’... y el apego a las costumbres... A partir de esta concepción, la nación cívica... da paso a la nación civilizada, cuya imagen se irá asociando paulatinamente a la exclusión de los elementos que no se adapten a ella” (Mónica Quijada, ¿Qué nación?).


El indio heroico y sabio quedó encapsulado en un pasado mítico, porque en la realidad había que batallar ahora con ‘salvajes’ irredentos. Entonces, la nación civilizada daría paso al ideal de la nación homogénea, en la cual las dimensiones cultural, institucional y territorial serían absorbidas. El mestizaje poco a poco pasaría a ser una suerte de respuesta al enigma de la identidad nacional.

Absortos en ese espejismo entramos al siglo XX. Vasconcelos tramó el relato de la raza de bronce y el nacionalismo sustituyó completamente al vetusto patriotismo criollo. Hoy, luego de que el nacionalismo impulsado por los grupos triunfantes en la Revolución Mexicana luce incapaz de sobreponerse a la caricaturización de sí mismo, más nos valdría tener en mente que la nación nunca ha estado ahí, siempre ha sido necesario inventarla, reinventarla.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Se busca modelo de civilización

La semana pasada, al término de su participación en un foro organizado por la Universidad Complutense, el filósofo francés de origen sefaradí Edgar Morin (París, 1921), se refirió al clima de desesperanza que desde hace un rato se ha propagado por todo el mundo: “Las viejas generaciones tienen la sensación de que fueron engañadas en su fe en el comunismo, en una sociedad democrática armoniosa, civilizada, en el progreso como ley de la historia… Todo eso se desintegró y hoy los jóvenes están totalmente desorientados. Hay posibilidades, no probabilidades de esperanza… Antes la esperanza era una fe; ahora es sólo esperanza”. Esta declaración del pensador octogenario ocurre días antes de la conmemoración del veinte aniversario de la caída del Muro de Berlín: a las ocho y media de la noche del lunes 9 de noviembre, el líder de Solidaridad, Lech Walesa, empujó, junto a Miklos Nemeth, primer ministro húngaro en 1989, la primera pieza del dominó gigante que en la ceremonia simbolizaba el detestable Muro. A un lado, Gorbachov y Ángela Merkel. Pero el espíritu festivo que levantaron las imágenes que cundieron por las pantallas de todo el orbe resultó efímero, dio apenas para mantener una sonrisa mientras comenzaba el siguiente corte informativo. La alegría se esfumó rápido porque esas imágenes traen recuerdos, no disparan esperanzas.

En un texto impecable e implacable, Agustín Basave (“El renacimiento de México”, Excélsior, 9/XI) perfila a la generación que hoy batalla en el tránsito de la vida adulta: “Capeamos como pudimos el temporal de evidencias que demostraban que, una vez enterrado el socialismo real y entronizada la globalidad, el repliegue del Estado interventor y la apertura comercial constituían la única opción cabalmente viable. Las pruebas eran contundentes: la quiebra de la Unión Soviética y de sus aliados había engendrado al antifantasma de mano invisible que después de recorrer Europa se seguía de frente rumbo a los países del Tercer Mundo. Así, frente a argumentos abrumadoramente realistas, acabamos encogiéndonos de hombros e ingeniándonoslas para abrigar esperanzas de que la justicia social se abriera paso entre las inefables fuerzas del mercado”. Pero no, la justicia social no se abrió paso. El propio Basave esquiva la frialdad de las estadísticas y traza el cuadro: seguir como vamos “equivaldrá a hundirnos cada vez más: ayer nos rebasó España, hoy nos rebasa Brasil y al paso que vamos mañana nos rebasará Nigeria”.

La advertencia que hace Agustín se suma a voces que comienzan a generalizarse: es urgente replantearnos, replantarnos en la historia. Hace unos días, el rector de la UNAM, José Narro, dijo que tenemos que darnos la oportunidad de revisar el modelo de desarrollo y de organización, porque el que tenemos “ya no sirve ni para vernos hacia afuera, y mucho menos para resolver los problemas internos”.

Sin minimizar la gravedad de la coyuntura mexicana, pienso que el problema no es sólo nuestro. El broncón que nos tocó vivir no es cómo cambiar el modelo de desarrollo, va más allá, implica reformular qué queremos entender por desarrollo. El paradigma civilizatorio sencillamente se nos agotó.

Hace doscientos años, México, junto con toda Hispanoamérica, se conformó como una nueva unidad política echando mano de dos pilares fundacionales: por un lado, la ruptura respecto al antiguo régimen colonial, y por la otra, la adopción consciente de un paradigma civilizatorio forjado en la Ilustración: el ideal del Progreso, alma mítica de la Modernidad (Franz Hinkelammert dixit). Hoy, la desesperanza que se respira en todo Occidente tiene que ver con el gran revés del ideal del progreso: el desarrollo científico, tecnológico y económico no asegura ni desarrollo humano ni justicia social. El progreso sí genera desarrollo, pero uno, según Morin, “cuyo modelo, ignora que esta civilización está en crisis, que su bienestar trae malestar, que su individualismo trae encierros egocéntricos y solitarios, que sus florecimientos urbanos, técnicos e industriales implican estrés y daños, y que las fuerzas que ha desencadenado conducen a la muerte nuclear y a la muerte ecológica. No necesitamos continuar, sino un nuevo comienzo”.

Entonces, más allá de los estira y aflojes de la crisis financiera global, de los gritos y sombrerazos en el Congreso para aprobar lo que luego nadie dice que quería aprobar, de la mayor o menor precisión con que se pueda mesurar la pobreza o el crecimiento económico, de las discusiones de si el Estado es fallido o con fallas, es el concepto mismo de desarrollo el que ya dio de sí. Es en este amplio sentido en el que, me parece, hay que leer el desafío que propone Basave: “Tenemos que lanzar una cruzada por la creatividad asumiendo que el dogma es catástrofe y la originalidad es redención. Si creemos que ser libres implica ser injustos, del salto del siglo XXI caeremos en el siglo XVIII”.

The winds of change de Scorpions es hoy una oldie…, como el ideal civilizatorio del progreso.

viernes, 6 de noviembre de 2009

¿Y el ogro filantrópico?

Octavio Paz (1914-1998) publicó en la sección “Letras, letrillas, letrones” de la edición 21 de la revista Vuelta un ensayo que pronto se convirtió en una referencia obligada para todo aquel que pretenda entender la realidad sociopolítica del México contemporáneo: El ogro filantrópico.

Corría el mes de agosto de 1978. Después de un proceso electoral en el cual no contendió contra nadie, José López Portillo ocupaba la silla presidencial y los mexicanos tenían motivos para sentirse desilusionados: en junio, la selección nacional había echó un papelón en la Copa Mundial de Futbol que se disputó en Argentina, cayendo 6 a 0 ante Alemania, 3 – 1 frente a Túnez y 1 – 0 contra los polacos. Los gauchos ganaron el campeonato: Passarella levantaría el ansiado el trofeo y la guerra sucia seguiría manchando de sangre aquel país. Cuando el número de agosto de Vuelta comenzó a circular, el mundo católico andaba despapado: el día 6 falleció Paulo VI, y no sería sino hasta veinte días después que en el cielo del Vaticano se vio humo blanco: Albino Luciani tomaría el nombre de Juan Pablo I para convertirse en el Sumo Pontífice número 263, aunque solamente durante 33 jornadas. Lo sucedería un polaco, Karol Józef Wojtyła. En 1978, The Eagles lanzaron al mercado Hotel California; Annie Hall ganaría el Óscar a la mejor película, con la cual Woody Allen también se llevaría la estatuilla para el mejor director, dejando con las ganas a George Lucas (Star Wars) y a Steven Spielberg (Close Encounters of the Third Kind). Ese año Carlos Fuentes publicó La cabeza de la hidra y John Irving The World According to Garp. Quizá entonces Paz soñaba ya con el Nobel de Literatura que ganaría doce años después, pero aquel año el galardonado fue Isaac Bashevis Singer. En 1978, mientras los jóvenes occidentales comenzaron a disfrutar de las mieles de la estereofonía portátil gracias al primer walkman de Sony, Brézhnev gobernaba la URSS.

En 1978, ninguno de los hombres más ricos del mundo era oriundo de México, y Octavio Paz afirmaba que el gobierno mexicano “hoy es el capitalista más poderoso del país aunque, como todos sabemos, no es ni el más eficiente, ni el más honrado”. Unos meses después, a resultas del descubrimiento de grandes yacimientos petroleros en la Sonda de Campeche, JLP declaraba ufano: “México… ha estado acostumbrado a administrar carencias y crisis, ahora tenemos que acostumbrarnos a administrar la abundancia”.


En El ogro filantrópico, Paz parte de una afirmación que hoy, a toro pasado, derribado el muro de Berlín, podría parecer una obviedad: “el Estado del siglo XX se ha revelado como una fuerza más poderosa que la de los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas”. Y de ahí don Octavio se arranca a explicar la situación prevaleciente en nuestro país: “el Estado creado por la Revolución Mexicana es más fuerte que el del siglo XIX... Salvo durante los interregnos de anarquía y guerra civil, los mexicanos hemos vivido a la sombra de gobiernos alternativamente despóticos o paternales pero siempre fuertes: el rey-sacerdote azteca, el virrey, el dictador, el señor presidente.”


En todo el ensayo, el dichoso “ogro filantrópico” únicamente aparece mentado una vez, en el título. Con todo, luego de leer la encantadora prosa del poeta, no se necesita ser particularmente avispado para entender que tal es el mote que él le asigna al Estado mexicano; dicho en corto, subraya su carácter patrimonialista, centralista y autoritario. Entonces, Paz seccionaba al Estado mexicano en “tres órdenes o formaciones distintas (pero en continua comunicación y ósmosis): la burocracia gubernamental propiamente dicha, más o menos estable, compuesta por técnicos y administradores…; el conglomerado heterogéneo de amigos, favoritos, familiares, privados y protegidos, herencia de la sociedad cortesana de los siglos XVII y XVIII; [y] la burocracia política del PRI, formada por profesionales de la política, asociación no tanto ideológica como de intereses faccionales e individuales, gran canal de la movilidad social y gran fraternidad abierta a los jóvenes ambiciosos, generalmente sin fortuna, recién salidos de las universidades”. En cuanto a los partidos políticos, antes de la reforma política impulsada por Reyes Heroles, Paz anotaba: “La situación de los partidos políticos es uno de los signos de la ambigua modernidad de México. Otro signo es la corrupción”. Han pasado 31 años. En 2010 no habrá elecciones y los partidos políticos recibirán 3,012 millones de pesos, monto con el cual, según las cuentas que presenta Denise Dresser en Proceso, se podrían sumar 500 familias al programa más filantrópico del Estado, Oportunidades.

Con otros ensayos, el hasta aquí referido puede encontrarse en el libro homónimo publicado en febrero 1979 por Joaquín Mortiz. Letras libres, heredera de Vuelta, también lo tiene disponible en su hemeroteca en línea [click aquí].

lunes, 2 de noviembre de 2009

Saramago, ficcionista, mentiroso

La penúltima obra de José de Sousa Saramago (Azinhaga, Portugal, 16 de noviembre de 1922) es una novela histórica: El viaje del elefante (2008). Don José sigue escribiendo con precisión y elegancia, y si bien esta no es una de sus genialidades (mis favoritas siguen siendo Historia del cerco de Lisboa, El evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera), en ella encuentro un garbanzo de a libra, más ahora que sigo afanado en comprender las relaciones, en el universo de lo narrativo, entre las constelaciones de la historia y la literatura:

En el fondo, hay que reconocer que la historia no es selectiva, también es discriminatoria, toma de la vida lo que le interesa como material socialmente aceptado como histórico y desprecia el resto, precisamente donde tal vez se podría encontrar la verdadera explicación de los hechos, de las cosas, de la puta realidad. En verdad os diré, es verdad os digo que vale más ser novelista, ficcionista, mentiroso.