Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

El iceberg fantástico de la académica

 

Por un tuit Manuel Díaz me enteré de un texto publicado la semana pasada en El Universal por Guillermina Baena Paz: “La narrativa perversa del presidente y el futuro de México decidido por un 62%”. El apunte de la profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM es deplorable. Más allá de la postura política que ostenta —aunque resulta excesivo llamar así al ramillete de prejuicios y fobias que Baena placea—, el escrito me indigna por su incorrección.


1.            Seguramente no se precató, pero al titular lo que pretende ser un dicterio en contra del presidente de López Obrador, la doctora describe la situación ideal en un régimen democrático, esto es, que la mayoría de la gente decida el porvenir del país, en este caso, 62%, una mayoría contundente —en 2018, AMLO ganó la Presidencia de la República con 53% de los sufragios, y el verbo que muchos periódicos eligieron para dar cuenta de ello fue arrasa—.


2.            El altísimo nivel de aprobación de AMLO provoca desasosiego a Baena: “Esta situación es profundamente preocupante dada la realidad que estamos viviendo en el país”. Para la académica, aunque no explica “la realidad” que alude, la gente que aprueba a AMLO es o estúpida o masoquista.


3.            Luego, con toda claridad, aunque con una pésima redacción, expone primero su confusión y después su ignorancia acerca de la metodología de cualquier encuesta de opinión: “De hecho, ese 62% se ignora quiénes o a qué se debe. Las encuestadoras no han contado quienes [sic] están en ese 62%”. ¿La profesora exige los nombres y apellidos de los encuestados que apoyan a AMLO, quizá para agregarlos a la lista negra que el señorito X. pretende integrar?


4.            En ningún momento Baena pone en duda la aprobación que alcanza AMLO, lo que hace es mostrar el hecho como pernicioso. Ahora, ¿cómo es posible que tanta gente apruebe a un señor que “envenena la vida pública” desde el gobierno? —la frasesita entrecomillada la copio del texto de doña Guillermina, quien a su vez, nos dice, la toma de Krauze—. ¿Cómo explica ella la aceptación presidencial? Fácil: por el poder del mal: “un manejo perverso de comunicación política”. Luego, la tautología: “… en el fondo existe un conjunto de intrincados recovecos de una comunicación que logra preservar a sus adeptos”.


5.            La académica sostiene que el mundo está al revés: “en la punta visible del iceberg, ese 62% decidirá el futuro del país y tal vez ni lo sepa, ni lo imagine” [sic]. ¿Una punta de iceberg en la que está la mayor parte del iceberg? Y claro, será muy la mayoría, pero es estúpida.


6.            Enseguida, viene el “análisis” de la doctora: “Hay varios elementos que maneja [sic] en su narrativa”. Para empezar, mal redactada, una obviedad: “Uno de ellos es la percepción juega [sic] un papel muy importante combinado [sic] con sexo, educación y edad”. Así comienza un alegato plagado de incorrecciones gramaticales, afirmaciones sin sustento y, lo más lamentable, la exhibición de un profundo odio a la democracia, atizado por el clasismo ramplón del aspiracionismo clasemediero.


7.            Baena recrimina a AMLO porque, dice, trata de “dar la impresión de que él, es como ellos, y al usar expresiones fuertes, insultantes incluso, justo como las de ellos…” Ese ellos, claro, es la mayoría de la gente, ¡fuchi!


8.            A Baena no le gustan “los adeptos” de AMLO, a quienes, en un desafortunado lance léxico, llama “impensados”: “Los discursos matutinos… son dirigidos a maravillar a toda esa cantidad de impensados…” No importa que impensadosea un adjetivo —que sucede sin pensar en ello o sin esperarlo—, la doctora sustantiva el vocablo, supongo que con la intención de decir que las personas que atienden las mañaneras, ellos, no piensan. Pues sí, estamos maravillados.


9.            Los “adeptos” de AMLO, según Baena, son lo bastante zopencos como para dejarse introyectar —un verbo que no existe pero suena muy feo—: “les introyecta [AMLO] la idea de que son siempre víctimas y lo más complejo es que se asumen como tales, incluso como parte de su propia identidad”. Como lo lee usted: ¡el malvado López Obrador le hace creer a la gente pobre que es pobre!: “son pobres, son víctimas, viven un desastre…” ¡Carajo, tan bien que vivían antes todos los pobres sin introyectar que eran pobres!


10.         Los impensados, maravillados, ignorantes e incapaces de imaginar, los “adeptos” de AMLO, son seres atascados en el retraso cultural: “Están sujetos a sus tradiciones, creencias y costumbres… No creen en los bots o en los trolls. No ven noticiarios. Están atentos al futbol. Se informan de voz a voz. Usan celular y creen fielmente lo que dicen las redes…” En suma,  son tan imbéciles que son presa fácil del perverso de Macuspana: “Con este perfil de adeptos es fácil llevarlos hacia la polarización y la división típicas del manejo populista actual”. 


11.         Guillermina Baena publica en El Universal tamañas sandeces y, sin embargo, describe a México como “una autocracia que asfixia e impide la libertad”.


12.         La doctora en Estudios Latinoamericanos, no en ninguna ciencia médica, diagnostica al presidente de la República: “La salud del presidente se agrava por salud física o mental [sic] y se ve obligado a dejar el cargo”. Y aquí uno por más que se esfuerce ya no entiende: si AMLO está por irse, ¿qué le causa tanta angustia? ¿O no es un diagnóstico sino un deseo?


13.         Ya para cerrar, la coordinadora del Seminario de Estudios prospectivos la FCyPS de la UNAM escribe un lamento de un patetismo digno del Canal de las Estrellas: “en el aquí y en el ahora las urgencias se multiplican, las preocupaciones aumentan y el miedo es el fantasma que está presente todo el tiempo. Estamos guarecidos en el todavía para poder construir un futuro diferente, porque el actual no podemos aceptarlo”.

 

Yo estudié Sociología en la FCPyS, y el bodrio textual de Guillermina Baena me desazona.

miércoles, 14 de septiembre de 2022

La extinción de las cosas

 

Si os he dicho cosas terrenas, y no creéis,

¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?

Jesús [Juan, 3:12]

 

 

 

Terrenales

 

Aterida y sin nada con qué protegerse del viento, ensopado bajo un improvisto aguacero, sudando bajo la inclemencia solar… Estreñido, mormado o de plano tumbado en la cama de un hospital; inflamada, hambrienta, lidiando con un dolor de cabeza… Con sed, con sueño, con una simple indigestión… El cuerpo se niega fácilmente a cualquier artificio. El cuerpo es terrenal.

 

Constatando en el espejo el imparable avance del entramado de las arrugas en tu rostro, preocupado por los resultados de los exámenes de laboratorio, cabizbaja en el entierro de un amigo… La certeza del fin permanece susurrándonos al oído y de vez en cuando sube la voz. La muerte es terrenal.

 

Los labios se parten, el pelo se cae, la dentadura se desgasta, el tiempo cambia y nuestro tiempo está contado. Escapar del cuerpo, escapar de la Tierra, de nuestra condición terrenal, es escapar de la condición humana.

 

 

Artificio

 

Nuestra naturaleza es terrenal. Hannah Arendt (1906-1975) afirma que no es la idea de mundo, creación humana, sino la Tierra misma —el tercer planeta que gira en torno al Sol—, la que determina “la quintaescencia de la condición humana”. Estamos estacados al espacio terrenal. De nuestra calaña de seres terrenales escapamos a través del artificio, de nuestra segunda naturaleza, la cultural. “El artificio… separa la existencia humana de toda circunstancia meramente animal, pero la propia vida queda al margen de este mundo artificial y, a través de ella, el hombre se emparenta con los restantes organismos vivos”. De ahí el reto último del artificio: la vida misma. No prolongarla, no clonarla, no moldearla, crearla: “producir vida…, cortar el último lazo que sitúa al hombre entre los hijos de la naturaleza”. Arendt pensaba que el anhelo de crear vida artificial es “el mismo deseo de escapar de la prisión de la Tierra”.

 

 

De lo terreno a lo etéreo

 

A partir de la concepción de lo terreno que desarrolló Hannah Arendt, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959) sostiene que “el orden terreno, el orden de la Tierra, se compone de cosas que adquieren una forma duradera y crean un entorno estable donde habitar”. En pocas palabras, “la cosa es la cifra del orden terreno”. Enseguida, del pensador checo-brasileño Vilém Flusser (1920-1991) toma la noción de no-cosas, y establece que hoy por hoy estamos perdiendo el orden terreno porque nos hallamos en el tránsito de la era de las cosas a la era de las no-cosas. Esa es la tesis que Byung-Chul Han desarrolla a lo largo de su reciente libro No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (Taurus, 2021).

 


El ensayo del surcoreano está escrito a punta de mandarriazos verbales, enunciados casi telegráficos que apuestan por la contundencia y por lo general ganan: “El mundo se torna cada vez más intangible, nublado y espectral. Nada es sólido y tangible”.

 

Byung-Chul Han afirma que el mundo contemporáneo está perdiendo su carácter terreno, y no porque ya se haya conseguido la vida artificial ni tampoco gracias a los viajes espaciales. ¿Entonces? La descontinuación de las cosas está ocurriendo a fuerza de codificar todo lo perceptible en unos y ceros. “El orden terreno está siendo hoy sustituido por el orden digital. Este desnaturaliza las cosas del mundo informatizándolas”. Así, la información acerca de las cosas sustituye a las cosas mismas. La realidad cada vez es menos sólida: ya ni siquiera es líquida, como advertía Zygmund Bauman, es vaporosa, como la nube.

 

 

Tierra-Data

 

Hace 22 años afirmaba yo que la digital es “una revolución de conciencia”. Argumentaba que “por primera vez en la historia de la humanidad, desde la tecnología, se están modificando no solamente las maneras de manipular materiales y procesos, ideas y emociones, sino incluso las percepciones y sensaciones” (La revolución digital, una aproximación)… Pero me quedé corto. La revolución digital también está teniendo un impacto físico a escala planetaria. Hace un par de años contaba aquí que más del 90% de los datos del mundo actual se han creado durante los últimos 10 años, y el proceso se acelera constantemente, de tal suerte que se estima que alrededor del año 2245 la mitad de la masa de la Tierra se convertiría en masa de información digital.

 

 

No-cosas

 

También Byung-Chul Han alerta sobre el gran cambio:

·      “Ahora producimos y consumimos más información que cosas”. 

·      “Ya nos hemos vuelto todos infómanos”, adictos a los datos. Nos urge saber, aunque no entendamos nada. “Hoy corremos detrás de la información sin alcanzar un saber. Tomamos nota de todo sin obtener un conocimiento.”

·      “La informatización del mundo convierte las cosas en infómatas, es decir, en actores que procesan información”.

·      Los infómatas nos informan, pero también informan sobre nosotros; nos vigilan, nos ayudan, pero al mismo tiempo nos controlan. 

·      El mundo se está convirtiendo efectivamente en un cosmos post-factual: “el orden digital desfactifica la existencia humana”.

·      La realidad que se instaura a pasos agigantados es una meta-realidad: “su divisa es: el ser es información”.

·      “La información por sí sola no ilumina el mundo. Incluso puede oscurecerlo.” Hace tres años lo decía aquí de otra manera: “nuestras capacidades epistemológicas están drásticamente sobrepasadas por la capacidad de generación y difusión de información que hemos logrado con la tecnología, especialmente a partir de la revolución digital.”

·      “El orden digital pone fin a la era de la verdad y da paso a la sociedad de la información posfactual”. Peor: la entropía informativa —el caos informativo— nos encierra cada vez a más personas en el prodigio que vislumbró en Mona Lisa Overdrive (1988) William Gybson: la jaula infinita, en donde la información circula sin referencia alguna a la realidad terrena.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Dialéctica de México y los mexicanos

  

… los hombres se han formado siempre ideas falsas acerca de sí mismos,

acerca de lo que son o debieran ser. Han ajustado sus relaciones

a sus ideas acerca de Dios, del hombre normal, etcétera.

Los frutos de su cabeza han acabado por imponerse a su cabeza.

Ellos, los creadores, se han rendido ante sus criaturas.

Carlos Marx, La ideología alemana.

 

 

 

1

 

Para que los mexicanos existamos, ¿tuvo que ser antes México? O quizá ocurrió al revés: ¿originalmente fueron los mexicanos y luego México? ¿Qué fue primero, México o los mexicanos?


Anónimo, Niña haciendo una bandera (1930)

 

 

2

 

Desde una perspectiva filosófica, metafísica, la cuestión se presenta como un dilema, es decir, como un problema que ofrece dos posibles soluciones, ninguna de las cuales es inequívocamente aceptable, de tal suerte que el planteamiento nos deporta a una situación de irresolución engorrosa. Podemos equiparar nuestro cuestionamiento con el antiquísimo dilema del huevo y la gallina, “un caso paradigmático de la sagrada perplejidad, madre de todas las especulaciones” —Hugo Hiriart dixit (Sobre el huevo). Si queremos hallar la mejor salida a la disyuntiva empleando este modelo, conviene acudir al consejo del viejo y confiable Aristóteles, quien, si bien jamás se refirió explícitamente al dilema del huevo y la gallina, sí que atendió el mismo embrollo, aunque significándolo con otra metáfora: “… la semilla procede de otros que son anteriores y plenamente realizados, y lo primero no es la semilla, sino lo plenamente realizado. Así, podría decirse que el hombre es anterior al esperma, no el que se genera a partir de éste, sino de otro del cual procede el esperma” (Metafísica, 1073a). El hombre, claro, equivale a la gallina, y el esperma, al huevo. El argumento suele generalizarse echando mano de dos categorías de la lógica formal aristotélica: primero tiene que ser la gallina por la llamada anterioridad del acto sobre la potencia. ¿Estamos? Bien, pero aunque así fuera… o no, en el caso de nuestro dilema, el de México o los mexicanos, ¿qué podemos tomar como acto y qué por potencia?

 

 

3

 

Desde el punto de vista filológico, aparentemente puede resultar más sencillo dar con la respuesta. México es un topónimo —el nombre propio de un lugar—, y mexicanos, el plural del gentilicio correspondiente y del adjetivo: mexicano, natural de México y perteneciente o relativo a México o a los mexicanos, respectivamente. Y si bien dos entidades federativas de este país llevan en su nombre el mismo vocablo —Estado de México y Ciudad de México—, así como cinco localidades urbanas, 168 rurales y casi cuatro mil calles, el topónimo en principio se refiere al país comúnmente conocido como México. Considerando lo anterior, desde ya es posible asegurar que con anterioridad a México hubo mexicanos, o mejor, mexicanos y mexicana, porque recordemos que, al tiempo que se declaró la independencia de la metrópoli ibérica y el fin del Virreinato de la Nueva España, no surgió un país llamado México: “Esta América se reconocerá por Nación soberana e independiente, y se llamará en lo sucesivo Imperio Mexicano” (Tratados de Córdoba, 24/VIII/1821).


Anónimo, Tratados de Córdoba. S. XIX. Litografía.


Efectivamente, la primera forma de organización política que ensayó el naciente Estado Nacional fue la monarquía constitucional. El novel país tomó como cimientos la enorme demarcación geopolítica colonial y el conglomerado demográfico que aquí vivía, pero sobre todo el ideal del progreso y el potente aglutinante de una comunidad imaginaria que el patriotismo criollo venía conformando desde hacía algunas décadas: “la Nación Mexicana —según podemos leer en el Acta de independencia (28/IX/1821)— que por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido”. La idea de nación es tan moderna como la de Estado.


José Agustín Arrieta, La Sorpreza. 


Ni al principio ni después: en estricto sentido, nuestro país oficialmente nunca se ha llamado México. En los Sentimientos de la Nación (1813), Morelos y Quintana Roo aluden a América. Luego, en la primera proclama de independencia de este país, el Congreso de Anáhuac lo bautiza como América Septentrional. En ninguno de estos documentos se menciona nunca ni a México ni a los mexicanos. Después de la caída del primer Imperio, en la constitución federalista de 1824 nomina al país Nación Mexicana, en 1857 cambia a República Mexicana y durante la intervención Imperio Mexicano otra vez. En 1867 de nuevo República Mexicana, y a partir de 1917 Estados Unidos Mexicanos. Así que nominalmente no hay duda: mexicanos hubo antes que México.

 

Ahora bien, previamente a la existencia del país, antes de la Independencia, ya la Real Academia de la Lengua (RAE) incorporaba el vocablo mexicano en su diccionario (4ª edición, 1803).  Curiosamente, no sería sino hasta más de medio siglo después que la misma RAE decida que el nombre común de nuestro país, México, tenga una llamada en su repertorio de palabras, y eso, en su Suplemento al Diccionario de la lengua española de 1970. Con todo, en ninguno de los dos casos se trató de su primera aparición en un diccionario de nuestro idioma. Sebastián de Covarrubias incluye México en su Tesoro de la lengua castellana o española, de 1611, mientras que mexicano la encontramos en el Vocabularium Hispanicum Latinum et Anglicum copiossisimum de 1617. Por supuesto, en los albores del siglo XVII mexicano no podía referirse al ciudadano de México, en cambio sí al oriundo de estas tierras, particularmente a la gente de la ciudad que a la postre sería la capital del país y entonces era el corazón de la Nueva España.

 

En uno de sus Ensayos —“De la experiencia”— Michel Eyquem de Montaigne informa: “Es la lección primera que los mexicanos suministran a sus hijos cuando al salir del vientre de las madres van así saludándolos: ‘Hijo, viniste al mundo para pasar trabajos: resiste, sufre y calla’.” Estas líneas fueron escritas en 1591, así que Montaigne no se refería a los ciudadanos de México, el cual no existiría sino 230 años después. Tampoco podía aludir al pueblo que se formó a partir del mestizaje. ¿Entonces? Seguramente estaba pensando en la población nativa de las tierras conquistadas por Cortés, en los pueblos originarios. Y de este lado del Atlántico, desde los primeros hispanoparlantes de la Nueva España —españoles, criollos, mestizos e indios también— hablar de “los mexicanos” era referirse a los indígenas, particularmente a los mexicas, “los antiguos mexicanos”, y por extensión a todas las demás etnias, cada vez más al paso de los años. A finales del siglo XVIII, Francisco Xavier Clavigero describía así a sus paisanos: “Los mexicanos tienen una estatura regular, de la que se apartan más bien por exceso que por defecto, y sus miembros son de justa proporción; buena carnadura…” El historiador jesuita se refiere a la población indígena, a los naturales; en principio, a la nación de los mexicanos o mexicas, y por extensión a “las [demás] naciones que ocuparon la tierra de Anáhuac antes de los españoles”.

 

 

4

 

Dado que los mexicas o antiguos mexicanos —quienes llegaron a la gran cuenca lacustre del altiplano mesoamericano procedente de otros lares— fundaron México, se concluye fácilmente que, desde una perspectiva histórica, o más precisamente histórica-mitológica, los mexicanos tuvieron que existir necesariamente mucho antes de que México apareciera en cualquier mapa.


 

Recordemos que aztecas y mexicas son los mismos, o mejor: los que se llamaban aztecas cambiaron su nombre para convertirse en mexicas. Antiguos códices y documentos cartográficos —como la Tira de la Peregrinación, el Azcatitlan, el Aubin, Telleriano Remensis, Vaticano A, Mapa de Sigüenza, Atlas de Durán, entre otros— señalan que los aztecas radicaban en Aztlán, topónimo apocopado de Aztatlán, “lugar de garzas”. De ahí, de Aztlán, proviene el gentilicio azteca. También se menciona Chicomóztoc, “sitio de las siete cuevas”. Ambos términos también son referidos en libros como la Historia de Diego Durán, la Crónica Mexicana y la Crónica Mexicáyotl de Hernando Alvarado Tezozómoc, la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas, las Relaciones de Chimalpain, la Historia de Cristóbal del Castillo, así como en las investigaciones realizadas por Motolinía, Mendieta y Torquemada. Don Miguel León Portilla resume: “… en Aztlán Chicomóztoc… tenían un sacerdote llamado Huítzitl, el cual suplicaba a… su dios protector, Tezcatlipoca, que liberara a su pueblo. El dios portentoso oyó su petición y ordenó… que salieran de ese lugar y abandonaran para siempre a sus antiguos dominadores los aztecas chicomoztocas” (Los aztecas, disquisiciones sobre un gentilicio). Tezozómoc recalca algo curioso: “se vinieron a pie para acá” (Crónica mexicáyotl, 1598). Si el trayecto fue en tierra, ¿de qué otro modo habrían podido hacerlo?

 

Varias fuentes coinciden en que, además de los aztecas, integraban aquella diáspora más grupos nahuatlacas, pero pronto las relaciones se concentran en los seguidores de Huítzitl. Hasta aquí no existen ni Huitzilopochtli ni los mexicas ni México. Después, en determinado momento de su peregrinar, la deidad que los guiaba decidió no sólo que cambiarían de apelativo sino también cuál sería el nuevo: “Y enseguida allá les cambió su nombre a los aztecas. Les dijo: Ahora ya no será vuestro nombre el de aztecas, vosotros seréis mexicas, y allí les embijó las orejas. Así que tomaron los mexicas su nombre. Y allá les dio la flecha y el arco y la redecilla. Lo que volaba, bien lo flechaban los mexicas” (Códice Aubin). Fray Juan de Torquemada relata en su Monarquía Indiana (1615) que, por intermediación del sacerdote Huítzitl, su dios ordenó: “… quiero que, como escogidos míos, ya no os llaméis aztecas sino mexicas; y que aquí fue donde primeramente tomaron el nombre de mexicanos…” Subrayemos que este episodio sucedió antes de que México fuera fundado, incluso antes de que los aztecas-mexicas supieran en dónde tendrían que levantar su ciudad. “El cambio de nombre prevaleció. En los textos en náhuatl, aunque a veces con algunas pequeñas variantes, se empleó el gentilicio mexica. A su vez en las crónicas y otros escritos en castellano, el nombre se transformó en mexicanos”, explica León Portilla, y enseguida hace un apunte importante: “Hernán Cortés en sus cartas de relación se refiere casi siempre a ellos con esta expresión ‘los de México’”. Bernal Díaz del Castillo y López de Gómara y llamarán a los vecinos de la gran ciudad lacustre mexicanos.Desde entonces, asegura León-Portilla, “todos cuantos escribieron en el periodo colonial emplearon el mismo vocablo”.

 

Sabemos qué sucedió después; no es espacio aquí para narrar cómo y dónde decidieron erigir su propio axis mundi, y comenzar la edificación de México-Tenochtitlán. Destaquemos solamente que mexicas/mexicanos fueron antes México.

 

 

5

 

Podría quedar así resuelto el dilema, pero ya lo decía Bataille, “la verdad tiene una sola cara: la de una violenta contradicción”. Dejemos, pues, que el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma regrese la pelota al tlachtli: “La historia nos señala por otro lado que muy posiblemente los aztecas o mexicas estaban sujetos, allá por el año 1000 de nuestra era, a pueblos como el tolteca. Es decir que eran una provincia tributaria del tolteca Tula y que…, como ocurre en varias ocasiones en la historia mesoamericana, en un momento de debilidad de ese centro que los tiene controlados van a poder avanzar y ayudar a la destrucción de Tula…, hasta venir a dar al centro de México, en donde las tierras ya estaban ocupadas, y en realidad se les va a permitir que se establezcan en unos islotes en medio del lago de Texcoco que… estaban bajo el control del señor de Azcapotzalco. Es decir que todo el mito que se crea, de que van a llegar al lugar señalado por… Huitzilopochtli donde está el águila, etcétera, posiblemente es un dato que posteriormente ellos elaboran para sacralizar su salida de su lugar de origen, Aztlán, y para sacralizar y legitimar también su asentamiento en el lugar en el que van a fundar, México-Tenochtitlán” (Los aztecas, su Templo Mayor, documental de Eduardo Carrasco Zanini, 2002). Si así sucedieron las cosas, medio nombre de su ciudad, México, y el suyo, mexicas, lo tomaron del agua, del lago de Texcoco, al que esotéricamente llamaban el lago del Meztliapan. Queda sin respuesta la pregunta: ¿somos acto o potencia de la historia?

 

jueves, 25 de agosto de 2022

Densidad y gente

  

1

¿Densidad? La cualidad de denso. ¿Denso? Sí, denso: compacto, apretado, espeso, que contiene mucha masa con respecto a su volumen. El diccionario aporta un par de acepciones directas más: denso también quiere decir de demasiado contenido o profundidad en poco espacio, y en consecuencia oscuro, confuso. El adjetivo denso proviene del latín densus, compactado, apretado, compacto; se trata de la misma raíz de vocablos como condensado. Usted puede encontrar la palabra denso, por ejemplo, en palabras como cotoperís —fruto comestible del árbol polígamo, globoso, denso y tomentoso—, wolframio —elemento químico metálico, de color gris acerado, muy duro y denso—, estafisagria —hierba venenosa, con tallo erguido, velloso y de 80 a 120 cm, hojas grandes divididas en lóbulos enteros o trífidos, flores azules, en espiga terminal poco densa— y caliginoso —denso, oscuro, nebuloso—. Y densidad aparece en vocablos como lobreguez —densidad muy sombría de un bosque—, exósmosis —difusión de dentro a fuera cuando dos líquidos de distinta densidad están separados por una membrana semipermeable—, ralear —dicho de una cosa: hacerse rala, perdiendo la densidad, opacidad o solidez que tenía—… Una novela o una película densas no son de fácil comprensión. El Diccionario del español de México del Colmex incluye la siguiente definición para denso: “Que resulta pesado o agobiante; que es lento, aburrido, complicado o difícil de entender”. En general, la densidad no es pues una cualidad que asociemos con algo positivo.

 

 

2

La densidad de población es un indicador, también conocido como población relativa, que pretende dar cuenta de cómo está distribuida la gente en determinado territorio. La densidad de población alude a las personas en tanto a residentes habituales, esto es, la referencia espacial son las viviendas de la gente. Así, el indicador se obtiene dividiendo el número de habitantes por kilómetro cuadrado de un territorio determinado.

 

Descartando al puñado de astronautas que han vivido durante varios meses en estaciones espaciales, hasta donde sabemos, los seres humanos hasta ahora solamente hemos sido residentes habituales del planeta Tierra. La superficie terrestre mide 510 millones de kilómetros cuadrados (km2), de los cuales 361 millones están cubiertos por agua y sólo 149 millones son tierras emergidas. Pero si descontamos también los escudos de hielo del Ártico y la Antártida, 30 millones de km2 en conjunto, quedan 119 millones de km2, 23% de la superficie terrestre. Según estimaciones de la FAO y el Banco Mundial, hace apenas 60 años, en 1962, la densidad de población del mundo ascendía a 24 habitantes por kilómetro cuadrado (habs./km2). Treinta años después, en 1982, ya éramos 35 habs./km2. Llegamos al año 2000 con una población relativa de 47 habs./km2, y hoy, considerando no los ocho mil millones que seremos en noviembre, sino los 7,968 millones que se calcula que somos a la fecha, la población relativa del planeta es de 67 habs./km2. Por supuesto, como casi todo, la distribución no es pareja: menos de un tercio de la tierra emergida del planeta es asiático y allá vive el 60% de la población mundial, con una densidad de 150 habs./km2.


World Population Density (people/km2)

3

Vivimos en México 128.3 millones de habitantes —128’271,478 al primer trimestre de este año, según la estimación del INEGI (ENOE Nueva edición)—, así que la densidad de población es de 64 habs./km2. La nuestra es una población relativa muy cercana a la del promedio mundial (67) y muy distante, en un extremo, a países como Mónaco (19,500 habs./km2) y Singapur (7,727 habs./km2), y en el otro a naciones como Mongolia, Australia, Canadá y Rusia (2, 3, 4 y 9 habs./km2, respectivamente).

 

Decía la semana pasada que la entidad federativa llamada ahora Ciudad de México (CDMX), esto es, antes Distrito Federal, tiene una extensión de prácticamente 1,500 kilómetros cuadrados, y en ella habitan 9’209,944 personas (Censo 2020), de tal manera que la densidad de población asciende a 6,163 habs./km2. Sin embargo, dado que la mancha urbana sólo ocupa la mitad del territorio de la entidad, la población relativa es de poco más de tres mil habs./km2. En cuanto a la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), su mancha urbana presenta una densidad de población es de unos 8,400 habs./km2.

 

 

4

Recordaba también que un año antes de que fuera aniquilada por Cortés y el ingente ejército de aliados indígenas que lo secundaron, México-Tenochtitlan era la ciudad más grande del mundo. Enrique Semo la describe en su libro 500 años de la batalla por México-Tenochtitlan (UNAM, 2021): “Una maravilla del ingenio humano: una ciudad de 300 mil habitantes…, anfibia como Venecia… En los 15.3 kilómetros cuadrados de su superficie…” De ambos datos se obtiene la población relativa de la capital del imperio mexica: más de 19,500 habs./km2.  ¡Tanto! Es una densidad mucho mayor que la que tienen en la actualidad las manchas urbanas de la CDMX y de la ZMVM, incluso supera la del municipio o demarcación territorial más densamente poblada del país, Iztacalco (17,523 habs./km2), también en la CDMX. ¿Cómo explicarlo? No sólo en México-Tenochtitlan no había viviendas de varios pisos, además contaba con terrenos para el cultivo de alimentos. Otra vez Semo: “… la percepción del espacio difiere profundamente de la que seguían los europeos en sus ciudades feudales: México-Tenochtitlan es una combinación de lo urbano y lo campestre, un altépetl que incluye los dos elementos en una abigarrada unidad en la que los jardines y los cultivos se combinan con los barrios apretados y las construcciones monumentales para crear un espectáculo original de una gran belleza…” Entonces, ¿cómo pudo dar espacio a tanta gente?



Me parece que la respuesta se encuentra fácilmente observando qué no había… Concretamente un solo elemento: automóviles y por tanto vialidades para vehículos y lugar para estacionarlos. Y en esa respuesta, obvio, está parte de la solución al problemón en el que se encuentran nuestras ciudades.

miércoles, 17 de agosto de 2022

Habitantes

  

1

 

Habitar no es sinónimo de vivir. Habitar significa vivir y algo más: habitar es vivir y ocupar un espacio con asiduidad. Habitar, informa el diccionario de la RAE, es vivir y morar, y morar es residir habitualmente en un lugar. Así que sólo es posible habitar si se hace habitualmente. Habitar es vivir habituados a un sitio.

 

Los cazadores-recolectores eran transeúntes, nómadas: no tenían el hábito de la ocupación prolongada de un determinado espacio.  Así que, mientras anduvimos a salto de mata, correteando la chuleta, es decir, durante la mayor parte de nuestra existencia genérica, los humanos no fuimos habitantes: la residencia habitual es un invento muy novedoso. Vivir es natural, habitar es cultural.

 

Para habitar hay que asentarse. Los sapiens tenemos menos de diez mil años cultivando el hábito de la permanencia en una parcela, en una parcialidad específica del territorio. Incluso antes de que aprendiéramos a construir moradas fijas, ideamos la manera de crear refugios portátiles. Antes de quedarnos aquí o allá, antes de parar el tránsito, coqueteamos con el sedentarismo en cuevas y otros refugios naturales, luego comenzamos a crear un hábitat humano. Hábitat y habitar, claro, comparten la misma raíz etimológica, el frecuentativo del latín habere, tener, es decir, tener reiteradamente, tener un lugar reiteradamente.

 

 

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A lo largo del prolongadísimo tramo durante el cual los sapiens vivieron desplazándose, sin habitar ninguna parte, transitaban en grupos muy reducidos. Si bien estas tropillas eventualmente interactuaban entre sí, durante aquel dilatado estadio el intercambio de ideas, mitos, descubrimientos, inventos y soluciones fue esporádico y la evolución cultural avanzó lentamente. La implosión cultural que solemos llamar el surgimiento de la civilización sucedió hace apenas unos cinco mil años. Tuvo lugar en nuevos espacios, hábitats plenamente humanizados: las ciudades primigenias, en las que la humanidad inventó la escritura y artilugios para ubicarse en el espacio —la cartografía— y en el tiempo —el calendario—. Nunca tanta gente había radicado junta en el mismo sitio. La ciudad inauguró la cercanía cotidiana entre muchísimas personas.

 

Según Aristóteles, el hombre es un animal político. Se trata de una de esas tesis demasiado difundidas. Digo demasiadoporque se cita excesivamente y mal, sobre todo porque generalmente quienes la traen a cuento no han leído al filósofo de Estagira. Aristóteles no afirma que el humano sea por naturaleza un ser volcado en los asuntos de gobierno o del poder ni mucho menos en la polaca o la grilla. La expresión hombre político se refiere al hombre de la polis, al hombre que vive en la ciudad. Ser humano es habitar entre humanos: “… el idioma de los romanos, quizá el pueblo más político que hemos conocido, empleaba las expresiones ‘vivir’ y ‘estar entre los hombres’ (inter homines esse) o ‘morir’ y ‘cesar de estar entre los hombres’ (inter homines esse desinere) como sinónimos” (Hannah Arendt, La condición humana).

 

Somos sociales de manera tan definitoria que la dichosa individualidad no es más que una poderosa ilusión colectiva. Ningún humano recién nacido es capaz de sobrevivir sin el auxilio de sus congéneres, y si lo hiciera sería una aberración. Un espécimen de sapiens al natural no es humano: cada persona humana es una creación cultural. La cercanía con la demás gente nos humaniza. ¿Pero qué tan adyacentes los unos a los otros nos conviene vivir? Actualmente el 56% de los casi ocho millardos de humanos que vivimos en el planeta habitamos en alguna ciudad. El proceso de urbanización no va a detenerse: se estima que en 2050 siete de cada diez personas vivirán en alguna ciudad. ¿Somos ya demasiados habitantes urbanos? ¿La densidad de población en las ciudades es ya es un problema? Veamos un caso.

 

 

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La enorme Ciudad de México (CDMX) —me refiero a la entidad federativa, antes Distrito Federal— tiene una extensión de casi 1,500 kilómetros cuadrados, y en ella habitan 9’209,944 personas (Censo 2020), de tal manera que la densidad de población asciende a 6,163 habitantes por kilómetro cuadrado. Sin embargo, consideremos que la mancha urbana sólo ocupa la mitad del territorio de la entidad, así que la población relativa es de poco más de tres mil habitantes por kilómetro cuadrado. En cuanto a la Zona Metropolitana del Valle de México, su mancha urbana ocupa casi dos mil quinientos kilómetros cuadrados, y en ella residen más de 21 millones de hombres y mujeres, de tal suerte que su densidad de población es de unos 8,400 habitantes por kilómetro cuadrado.


 

El primer asentamiento urbano de la cuenca de México, Cuicuilco, comenzó a crecer desde el siglo VII a. C., y no dejaría de existir sino hasta que la erupción del Xitle obligó a sus pobladores a abandonar el sitio, alrededor del siglo III de nuestra era. El apogeo de Cuicuilco ocurrió hace dos mil trescientos años. Veinte mil personas llegaron a poblarla, con una densidad de cinco mil habitantes por kilómetro cuadrado, es decir, superior a la que hoy reporta la mancha urbana de la CDMX.



En 1520, la ciudad más grande del mundo era México-Tenochtitlan: 300 mil personas llegaron a convivir en un entorno anfibio de 15.5 kilómetros cuadrados. Así, en la capital mexica vivían más de 19,500 habitantes por kilómetro cuadrado. Recordemos que hoy en la mancha urbana de la CDMX la densidad es de poco más de tres mil habitantes por kilómetro cuadrados. Ni siquiera en el espacio en el que se hallaba la gran Tenochtitlan, en donde hoy se halla hoy el centro histórico de la CDMX, la densidad de población es mayor (16,500 habitantes por kilómetro cuadrado). En conclusión, hemos vivido mucho más apretujados que ahora. Y por superficie tampoco deberíamos preocuparnos: en la actualidad, todas las ciudades del mundo ocupan menos del 3% de la superficie terrestre. Al menos habitación… queda.

jueves, 11 de agosto de 2022

Future cities

 

Cities, like dreams, are made of desires and fear

Italo Calvino, Invisible Cities 

 

We only need to look into the future, and not too far into the future, just a few decades beyond our troubled present. The undesirable scenario that we can rationally forecast for cities is simply catastrophic, frightening. I'm not the one who says it, the UN's World Cities Report 2022 states it quite formally... So, what would we have to do to reach such a scenario? The answer is frighteningly simple: Business as usual will result in a pessimistic scenario, that is, continuing to do things as usual will inevitably lead us to misfortune. An inexcusable fate, then, in both senses: inexcusable because it is unavoidable and inexcusable because it will be unforgiving. Another way of saying it: we are heading towards the worst possible future. Another way of saying it: if we do not change our lifestyle, we will inevitably go straight to hell. 

In the introductory text of the publication, the executive director of the United Nations Human Settlements Programme (UN-Habitat), Maimunah Mohd Sharif, recalls how the COVID-19 pandemic caused many urban people around the world, especially in major cities and metropolises, to flee to the countryside and small towns. " At the peak of the pandemic, what were once bustling cities became desolate as residents disappeared from public spaces during enforced lockdowns. Today, in 2022, many cities have begun to resemble their old selves, cautiously returning to the way they operated previously." 

A lot of people have taken the ideological mantra Back to Normal as meaning simply to act as if nothing had happened, to act as if before the malicious coronavirus appeared we were living in the best of all possible worlds. “There is a broad consensus that urbanization remains a powerful twenty-first century mega-trend ”. The urbanization process has not stopped and will continue to accelerate, so that more and more of us will be living in urban areas. This will intensify a process that, contextualized in the horizon of the existence of our species -a little more than 200 thousand years-, began not so long ago -no more than five thousand years-, and did not really become that relevant until a couple of centuries ago. 

It is believed that in the year 1500 only 4% of the planet's total population lived in urban environments. A quarter of a millennium later, at the dawn of the Industrial Revolution, the proportion had only exceeded 5%, but the upswing had begun: in 1800, one out of every ten human beings was already living in urban areas. Just a hundred years later, in 1900, it was already more than 16%, and in 1950, three out of ten. Today, a little more than 56% of the population lives in cities, and it is expected that in 2050, that is, in only 28 years' time, it - hopefully, we - will be practically seven out of ten. 

But to increase, to grow, is not necessarily to be better off. Maimunah Mohd Sharif says that continuing on this trend, as if nothing had ever happened, is not an option: " We must start by acknowledging that the status quo leading up to 2020 was in many ways an unsustainable model of urban development." 

What if we change? What if we suddenly behave for a change? What if we put on the brakes and stop the mad race to the precipice? The optimistic scenario foresees urban futures where inequality and poverty are overcome, productive and inclusive economies are encouraged, clean energy and ecosystem conservation are the norm, and public health is prioritized. 

The tomorrow is not set in stone. We are not sentenced to these future cities that we can now foresee and that terrify us; it is not a tragic destiny. And what separates us from the desirable and possible city is not a matter of capacity, but of will. The space, the natural resources and the technology to do so are available. Even the time. There is a whole lot of things to be done, but all the things that we must do to solve the mess the human race is caught up in necessarily require the prioritization of the welfare of the majority instead of the profit of a few. Capitalism has gentrified the world, and this must be stopped. To say it simply it can even be said more concretely: it is urgent to change the civilizational model. " Cities do not exist in isolation from global challenges. The emergence of urbanization as a global mega- trend is intertwined with the existential challenges that the world has faced in the last 50 years, including climate change, rising inequality and the rise in zoonotic viruses with the latest being the novel coronavirus pandemic, which triggered the worst public health crisis in a century and the worst economic recession since the Great Depression”. We will not survive the Anthropocene if we remain faithful to the idea that overthrowing capitalism is impossible.