Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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sábado, 13 de agosto de 2016

Nota sobre el fin del mundo

Hace unos días ocurrió un conato del fin del mundo, uno más. Pero ya ni los apocalipsis son como los de antes. La recepción mayoritaria que yo percibí no fue la que uno podría prever frente a la hecatombe inminente, el terror, el arrepentimiento… No: predominó la chacota. Al parecer también el fin del mundo está muy desacreditado. Además, el tema no permeó por todo el caserío simbólico. Soy un autoexiliado de la hermana república de Facebook, así que no sé qué tanto cundió por allá la cuestión, pero puedo informar que en Twitter, aunque el HT #FinDelMundo23DeJulio llegó a ser trending topic durante algunas horitas, no conmocionó gran cosa, y en todo momento estuvo cargado al relajo.


Con todo, el fin del mundo no es una imposibilidad. De hecho el mundo se ha acabado varias veces. Por ejemplo, varias ocasiones ha terminado definitivamente para la mayoría de los seres vivos. Al menos cinco grandes extinciones han ocurrido en nuestro planeta: 1) hace 444 millones de años, la explosión de una supernova no muy lejana de nuestro vecindario cósmico provocó que, dado un abrupto repliegue y enseguida una súbita subida de los mares, el 85% de las especies de los organismos terrícolas desaparecieran de este mundo; 2) hace 365 millones de años una descomunal flatulencia geológica —Pluma mantélica, le llaman al fenómeno— causó que el 82% de las especies se extinguiera; 3) hace 250 millones de años el planeta Tierra pudo quedar absolutamente despoblado cuando, en un abrir y cerrar de ojos, apenas un millón de años, el 96% de las especies fue deportado a la inexistencia, quizá por el impacto de un meteorito; 4) el troceado de Pangea y una cáfila de erupciones masivas ocasionaron, hace 210 millones de años, que 76% de las especies, sobre todo las marinas, fuera exterminada; 5) hace 65 millones de años, en cosa de un mes, el 75% de las especies, entre otras los dinosaurios, fueron descontinuadas de manera definitiva, seguramente por un enorme bólido que impactó en lo que hoy es la península yucateca. Desde luego, todos estos fines del mundo nos tuvieron sin cuidado, sencillamente porque aún no andábamos por acá. 

Pero el mundo también se ha terminado antes para los seres humanos. Sobran los ejemplos, algunos a tiro de piedra: aquí mismo, en la ciudad en donde hoy escribo, el mundo se acabó hace justo 495 años: “El prendimiento de Cuauhtémoc, último señor de México-Tenochtitlán, y el fin del imperio de los culúas o tenochcas o mexicas o aztecas ocurrió la tarde del martes 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito; para los mexicas era el día ce cóatl, segundo de la veintena xocolhuetzi, del año yei calli” (Hernán Cortés, José Luis Martínez). Claro, luego de que aquel mundo se fuera a la porra, sobre sus ruinas surgió otro, qué esperaban… Ahí está la clave para entender el concepto: el fin del mundo no es el fin del universo. En el mundo no cabe todo porque el mundo es finito.

La primera acepción que ofrece la RAE del vocablo mundo nos contradice, toda vez que lo define como el “conjunto de todo lo existente”, pero enseguida apunta: “Conjunto de todos los seres humanos”, con lo cual se contradice, porque, pongamos por caso, los macacos, si bien son tan primates como nosotros, pertenecen a otra familia, la de los cercopitécidos, de tal suerte que no son parte del mundo, y sin embargo existen. Y no conviene seguir buscándole tres pies al gato en el diccionario de la RAE porque le vamos a encontrar por lo menos quince acepciones distintas a la palabra, unas bien conocidas y empleadas cotidianamente por todos —v.g., la doce: “esfera con que se representa el globo terráqueo”—, y otras revelaciones sorpresivas, al menos para muchos—v.g., la once: “en el cristianismo, uno de los tres enemigos del alma, que tienta a las personas con el placer y la riqueza”—. Más y mejores luces ofrece la exploración etimológica: la palabra mundo proviene del latín mundus, mundi, vocablo que a su vez es un calco —esto es, una adopción, por traducción, de una palabra de otro idioma— del griego κόσμος, es decir, cosmos. Claro, en español igualmente tenemos tal palabra, que llegó también a través del latín, con el significado primario de “universo” y después, aquí sí por extensión, de “espacio exterior a la Tierra”, y por supuesto sinónimo directo de “mundo”. Sin embargo, pertinente resulta recordar que en griego la palabra originalmente expresaba más bien “orden”. Cosmos es lo opuesto al caos, al desorden. El ejemplo que suele traerse a cuento lo aporta el mismísimo Homero: “No había nacido aún el terrestre que compitiese con él [se refiere a Menesteo de Atenas] en ordenar (κοσμῆσαι) caballos y guerreros, portadores de escudos” (Ilíada. Canto II, verso 555). Debemos a Heráclito de Éfeso (c. 535 a.C. – c. 484 a.C.), de acuerdo a Estébanez García, el registro del uso más antiguo de la palabra cosmos con el sentido de mundo: “este cosmos, el mismo para todos, ninguno de los dioses ni de los hombres lo ha hecho, sino que siempre existió, existe y existirá como fuego siempre vivo…”

Obviamente, el fin del mundo nos dejó plantados hace unos días, sin embargo quizá no sean tiempos para tomarse a guasa la posibilidad… Señales, abundan.

domingo, 2 de marzo de 2025

El fin del mundo… global

  

 

En realidad, el fin del mundo, como el principio,

es nuestro concepto del mundo.

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego. 

 

 

 

Oso I

 

Hace apenas unos días instruí a Grok para que generara una imagen que pasara por una fotografía: el Oso Ruso caracterizado como el Tío Sam avanza contento. Segundos después, el resultado quedó conforme a lo que esperaba, daba el gatazo, así que lo tuiteé con la siguiente leyenda: “Mundo raro el que nos tocó vivir…”


Un rato después, MA comentó el tuit: “Solo hemos vivido este.” Pienso que no.

 

 

 

Caballos

 

“El mundo tal y como lo conocemos está por acabarse.” Así comenzaba El acabose, un texto que escribí en agosto de 2016. Argumentaba que el fin del mundo es perfectamente posible, tanto, que ya ha ocurrido otras muchas veces. Ejemplificaba con el fin del mundo neolítico y traía a cuento al sociólogo neoyorkino Immanuel Maurice Wallerstein, quien entonces aún compartía el presente continuo con nosotros. Justo tres años después, él fallecería; nuestro mundo hoy sigue acabándose. 

 

Wallerstein (1930- 2019) esbozó los “grandes hitos en la historia del hombre”, y advirtió acerca del inminente fin del mundo moderno, este que nos tocó vivir —The End of the World as We Know it: Social Science for the Twenty-first Century—, todo a partir de una potente idea: sistema-mundo.


Wallerstein terminó de consolidar el concepto en el primer volumen de su obra The Modern World-System, en cuyo texto introductorio deja ver una de las más importantes raíces teóricas de la noción: lo que Wolfram Eberhard (1909-1989) denominó tiempo mundial

 

En uno de los muchos libros que escribió acerca de la cultura e historia de China, Conquerors and rulers; social forces in medieval China (1965), Wolfram Eberhard —sociólogo, sinólogo e historiador alemán, avecindado en Estados Unidos desde 1948, donde se dedicó a la vida académica en la Universidad de California en Berkeley— introdujo el concepto de World Time. Eberhard parte de que, en estricto sentido, no existe una diversidad de sistemas sociales locales, sino sólo el mundo social del ser humano, la humanidad:

Procesos como la industrialización en el siglo XIX o el desarrollo de la ciudad milenios antes de la era cristiana deben considerarse como procesos de la humanidad y no como procesos de Inglaterra o Sumeria. Por practicidad, el estudio de cualquier tema puede restringirse a un área particular, ya sea que definamos esta área geográficamente o en términos de fronteras políticas.

Si bien los quehaceres de todas las comunidades humanas forman parte de un mismo todo, para Eberhard lo que pasó, digamos, hace un par de milenios es totalmente diferente a lo sucedió hace quinientos años o lo que acontece ahora mismo. Es fundamentalmente erróneo, piensa, que se equiparen movimientos sociales o hechos sucedidos en distintos momentos históricos —por ejemplo, el ascenso del fascismo en Italia después de la I Guerra Mundial y la irrupción actual de la ultraderecha en Estados Unidos y Europa occidental—, sobre todo si se hace con el fin de descubrir patrones generales de comportamiento.

…algunos sociólogos comparativos han hecho una falsa analogía con las ciencias naturales. No sería la primera vez que se comete tal error, uno de cuyos fallos es la omisión del factor tiempo. Si, por ejemplo, se realizara un experimento con un determinado tipo de bacterias por primera vez en Bruselas en 1860 y se repitiera en Chicago en 1960, a efectos prácticos los resultados serían comparables… El tiempo —o lo que podría llamarse “tiempo mundial”— parece no desempeñar un papel significativo… Pero un proceso social como el movimiento obrero inglés en 1860 no puede compararse directamente con un proceso similar en 1960 en Japón, simplemente por el paso del tiempo, incluso si no existiera la complicación adicional de que el primer evento ocurrió en Inglaterra y el segundo en Japón. El “tiempo mundial” es aquí el factor crucial. Dejando completamente de lado todas las demás diferencias entre las sociedades japonesa e inglesa (aunque, por supuesto, nunca debería hacerse esto), el clima intelectual de cualquier país del mundo en 1860 era radicalmente diferente al clima de 1960.

Si bien pueden establecerse cotejos entre hechos ocurridos en diferentes épocas, jamás debe olvidarse que los hombres y mujeres contemporáneas son diferentes de las personas que vivieron años atrás, aunque habiten el mismo espacio. En menor o mayor medida, el tiempo mundial incide siempre en toda la gente.

Por ejemplo, después de la primera domesticación del caballo, todo el mundo antiguo cambió, no sólo Mesopotamia, porque el caballo domesticado transformó todas las sociedades hasta llegar a China. A partir de ese momento, se hicieron posibles nuevas formas de organización militar, y también nuevas clases sociales y la dominación política sobre grandes áreas. Después de la domesticación del caballo en alguna parte de Asia Occidental, el mundo entero simplemente nunca pudo ser el mismo. El tiempo mundial jugó así un papel importante incluso en el 2000 a. C., no sólo ahora.


                        

            

 

Dinosaurios

 

Con motivo de un conato del fin del mundo predicho para el 23 de julio de 2016, escribí unas Nota sobre el fin del mundo. Igual, a manera de ejemplo, recordaba que, hasta donde sabemos, y debido al impacto de un enorme asteroide —unos 10 km de diámetro— en lo que hoy es la península de Yucatán, el mundo de los dinosaurios se acabó hace unos 65 millones de años. Ya pensando en mundos humanos, evocaba también que la captura de Cuauhtémoc el martes 13 de agosto de 1521 marcó la caída de México-Tenochtitlán y el fin del imperio de mexica y el fin de ese mundo.

 

Buena parte de los cerca de trescientos mil años que llevamos de existir, los seres humanos hemos vivido repartidos en varios mundos, sobre todo después de la gran emigración desde África, gracias a la cual plagamos el planeta. Sin embargo, hace poco, poco más de medio milenio, los sapiens nos integrarnos en un solo mundo. Al respecto, el sociólogo Immanuel Wallerstein es tajante:

Solo había habido un “mundo moderno”. Tal vez algún día se descubran fenómenos comparables en otros planetas, o sistemas mundiales modernos adicionales en este. Pero aquí y ahora, la realidad era clara: solo uno. 

Además, la simultaneidad del tiempo mundial se ajustó con la dichosa globalización, que, por cierto, no es un fenómeno tan reciente como suele creerse. El portentoso filósofo español José Ortega y Gasset (1883 - 1955) atisbó su erupción hace casi cien años: en el capítulo IV de su La rebelión de las masas, publicado originalmente en 1929 en el diario madrileño El Sol, ya lo describía espléndidamente:

Según el principio físico de que las cosas están allí donde actúan, reconoceremos hoy a cualquier punto del globo la más efectiva ubicuidad. Esta proximidad de lo lejano, esta presencia de lo ausente, ha aumentado en proporción fabulosa el horizonte de cada vida.

En efecto, cada vez estamos más sincronizados: los actuales, los hodiernos, los más de 8.2 mil millones de sapiens que somos estamos cada vez más al tanto de que, efectivamente, compartimos el mismo ahora mismo. Como jamás antes había sucedido a lo largo de la existencia de la humanidad, la mayoría de las mujeres y de los hombres estamos engarzados al hogaño. 

 

 

 

Oso II

 

Un par de días después de que tuiteé el Oso Ruso caracterizado del Tío Sam volví a ordenar a Grok que realizara otro Oso Sam, otro Tío Ruso, ahora regañando a gritos al señor ex comediante Zelenski. También la imagen quedó bastante aceptable. La ocasión no es necesario que la recuerde porque usted está al tanto: el mundo está al tanto. El grotesco espectáculo transmitido a todo el mundo en tiempo real desde la sala oval de la Casa Blanca evidenció el indudable el hecho de que, sí, estamos presenciando the end of the world as we know it, y esta vez sí que ocurre al mismo tiempo para todos.




sábado, 16 de enero de 2010

Un maravilloso fin del mundo

Es una pena: las dos primeras novelas de Haruki Murakami (Kyoto, Japón; 1949) no han sido traducidas al español. De la primera, Kaze no uta o kike (1979), existe una versión en inglés (Hear the Wind Sing, 1987), aunque resulta difícil conseguirla porque solamente la publicó la editorial japonesa Kodansha. Igual sucede con Pinball, 1973, el segundo libro de Murakami y una secuela del anterior; de hecho, los pocos ejemplares que llegan a encontrarse a la venta alcanzan precios exorbitantes porque se han convertido en objetos de colección (hoy mismo en amazon.com se oferta un volumen usado en 580 dólares).

[Ahora, que si quieres leer la segunda novela de Murakami, un regalito: Pinball, 1973 en pdf.
En cuanto a Hear the Wind Sing, aún no lo he encontrado en una versión para descarga, pero aquí lo puedes leer en pantalla]

En 1982, con la siguiente novela, el narrador completó la saga que tituló como “Trilogía de la Rata”; ésta sí se puede encontrar en nuestro idioma: La caza del carnero salvaje (Anagrama). Aunque las dos primeras tuvieron una aceptable acogida tanto por parte de los lectores como de los críticos japoneses, Murakami ha declarado que sólo a partir de su tercera novela se sintió satisfecho de su capacidad para contar historias.

Hace un cuarto de siglo, Murakami publicó su cuarta novela, con la que obtuvo el Premio Tanizaki, algo así como el Pulitzer de Japón. Cuatro años después salió al mercado la traducción al inglés (Hard-Boiled Wonderland and the End of the World ), con la cual el escritor japonés comenzó a forjar su éxito entre el público anglo parlante (Hamish Hamilton, Penguin y Harvill vendieron varias ediciones de bolsillo, y hoy Random House Vintage distribuye el libro en Inglaterra y Estados Unidos). En su idioma, los franceses han podido leer la novela desde que Seuil la editó (La Fin des temps) en 1992, los alemanes tres años después y los italianos desde 2002. Bueno, pues fue apenas en noviembre pasado que Tusquets comenzó a distribuir en España y México, por fin, una edición en castellano: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (Colección Andanzas #705).
Después de leer varias novelas posteriores de Murakami −Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), Kafka en la orilla (2002) y After dark (2007), por mencionar las que más me han gustado−, inicié la lectura de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas cuidándome de no exigir demasiado: aunque recién salido de la imprenta, se trata de uno de los textos iniciales de quien hoy es un narrador maduro. Afortunadamente, desde las primeras páginas, el prejuicio quedó rebasado: se trata de una obra de gran factura, bien escrita y mejor tramada. La novela engarza dos líneas narrativas, en capítulos alternados; unos se refieren a un tiempo preciso, el despiadado país de las maravillas, los otros a un lugar mágico, el fin del mundo; en aquellos, uno siente estar leyendo una novela ciberpoliciaca; en los otros, un relato fantástico. Pero desde el arranque mismo de la historia, Murakami logra que el lector avance en búsqueda de la conexión que ligará ambos mundos.

Todo esto y más cabe en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas: unicornios que cambian de pelaje, Las enseñanzas de don Juan, una ciudad amurallada, gente que sin asombro ha perdido su sombra y su alma, Bob Dylan, una adolescente que pese a su gordura no deja de resultar deseable, teoría de la información y experimentos neurológicos, misteriosos tinieblos que pululan por el subsuelo de Tokyo cazando seres humanos para devorarlos, calculadores del Sistema guerreando contra los semióticos, el levantamiento topográfico de una mente, un excéntrico científico que cita a Lewis Carroll y puede silenciar al mundo, whiskey y complejos procesos de codificación de datos, una bibliotecaria que aunque se alimenta como luchador de sumo mantiene un cuerpazo, Los hermanos Karamazov, un taxista que venera a The Police, un lector de sueños y un narrador del quien jamás sabremos su nombre aunque esté peleando hasta el último aliento por salvar su identidad…: Esta vida era yo. Era el único camino que tenía yo de ser yo mismo. Y quizá ahí se encuentre el ojo de este huracán narrativo: ¿qué diablos es la identidad de una persona?

Si bien Haruki Murakami es de esos autores que libro a libro van construyendo un universo literario propio –gatos, jazz, cocina, el surrealismo descubierto en los pliegues de la vida cotidiana, la fuerza erótica de la sencillez, los placeres de la soledad, la engañosa percepción de una realidad de por sí engañosa, en fin–, no es necesario que hayas leído otras de sus novelas para enterrarle el diente a El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Es más, si todavía no has leído nada de Murakami, bien podrías comenzar con esta. Pero te advierto…, uno se envicia.

Exhortación al margen

No te pierdas el trailer de la novela producido por Tusquets…; ahí te va:



miércoles, 27 de julio de 2022

Split: mundo en disolución

  

No necesitamos continuar, sino un nuevo comienzo.

Edgar Morín

 

 

 

¿Acaso el ocaso?  Me temo que sí. El barrunto no lo sobrellevo desde ayer. Hace justo trece años, en esta columna anotaba: “Desde hace unos quinientos años, Occidente transita por una etapa, la Modernidad, que día a día muestra más evidencias de agotamiento. ¿Qué sigue? ¿Una nueva era de armonía o una Edad Media reloaded? No me hagas apostar…” Este mundo se está acabando. No es una certeza inédita, también en 2009, cuatro meses después, escribía algo que entonces a muchas personas debió de haberles parecido una exageración: “El broncón que nos tocó vivir no es cómo cambiar el modelo de desarrollo, va más allá, implica reformular qué queremos entender por desarrollo. El paradigma civilizatorio sencillamente se nos agotó.” Agregaba en aquel texto —Se busca modelo de civilización— que “la desesperanza que se respira en todo Occidente tiene que ver con el gran revés del ideal del progreso: el desarrollo científico, tecnológico y económico no asegura ni desarrollo humano ni justicia social”.


Man and Driftwood. Foto: Glen Bledsoe.

Luego, en 2016 escribí una Nota sobre el fin del mundo, sobre todo con la intención de recordar que mundo es cosmos, orden humano, de tal suerte que el fin del mundo no sólo es una posibilidad efectiva, sino que ha ocurrido antes varias veces. Enseguida, publiqué El acabose, el cual iniciaba así: “El mundo tal y como lo conocemos está por acabarse. El hecho no es nuevo, quiero decir, que se acabe un mundo.” Y cerraba afirmando que “el sistema-mundo moderno… está en las últimas, y la única certidumbre es que el que se construirá para sustituirlo es por ahora absolutamente incierto”. Un año después me referí al libro de Wolfgang Streeck How Will Capitalism End? (Verso Books, 2016) y a los peligros del Pesimismo pésimo: “se propaga la certeza, redonda y sin matices, de que las cosas cada vez se pondrán más feas”. Y a principios 2018, en Era agónica, explicaba que “el acabose no sólo es un asunto de dólares y algoritmos”, sino que alcanza la debacle de la organización sociopolítica en la que el mundo contemporáneo está configurado, el Estado Nación.

A Grand View. Foto: Glen Bledsoe.


Al inicio de la pandemia —entonces yo mismo batallaba contra el pinche bicho—, en abril de 2020, escribí Fin viral. Supongo que la sentencia con la que arrancaba aquel texto resultó excesiva para más de un lector: “Urbi et orbi, el statu quo ya se chingó. Un ente, ¡qué digo un ente!, un mísero entecito de no más de 20 nm, el SARS-CoV-2, desató y propagó la catástrofe de nuestro mundo.” Además, externaba una sospecha que cada día me parece más próxima a la realidad. “Para el marxismo ortodoxo, conforme a la dialéctica hegeliana, lo nuevo desplaza a lo viejo. Las fuerzas del cambio empujan. Pero quizá no siempre ha sido así, tal vez a veces lo viejo caduca y fenece, cuando todavía no hay nada nuevo listo para sustituirlo”. Dos meses más tarde, en Remate de era, apuntaba: “En todos los ámbitos del quehacer humano, a lo largo y ancho del orbe entero, proliferan los indicios de que estamos viviendo el remate de nuestra era histórica. Esto se acaba.” Y ya con Europa con guerra en casa, hace tres meses iniciaba mi columna Fin/inicio de mundo recordando: “No faltan los conatos de acabose. Es como si las trompetas del Apocalipsis estuvieran tocando la música ambiental. El fin del mundo está cada día más cantado.”


Hasta ahí el recuento y ahora les cuento cómo fue que, apenas el 15 de julio, inició su videopotcast Global Capitalism Richard D. Wolff. Traduzco: “Con la presentación de hoy… trato de brindar una explicación, si me permiten, a algo que he escuchado en los últimos dos meses significativamente más a menudo que antes. He oído frases como ‘El mundo está cayéndose a pedazos’, ‘El mundo está llegando a su fin’, ‘Todo está empeorando’, ‘Estoy asustado’ y más dichos en este sentido… Es cierto, algunas veces se dicen en son de broma, pero más frecuentemente se trata de las expresiones de un sentimiento genuino. Y me parece que una manera de presentar lo que voy a comentar a continuación es decir que quienes así se han sentido, al menos algunas veces, están siendo muy inteligentes, muy sensibles, porque el mundo está cambiando rápida y profundamente… Y la palabra que voy a emplear como una especie de idea central es la palabra disolución (split)”. Claro, también podríamos traducir split como ruptura, cisma, escisión… “Cosas que solían estar juntas se están separando. Cosas que pensábamos que estaban necesariamente conectadas hoy ya no lo están. Las alianzas se están rompiendo. Los acuerdos se están deshaciendo. En un sentido real, existe un mundo que se desmorona. Y es positivo que te sientas asustado, al menos de vez en cuando, porque eso demuestra que estás prestando atención, y ese es el primer paso para lograr el tipo de intervenciones necesarias para convertir un desastre potencial en una oportunidad histórica”.

 

En sincronía con los apuros contemporáneos —bueno, para quienes están prestando atención—, me tocó ver el más reciente video del profesor Wolff el mismo día que escuché, gracias a la oportuna recomendación que me llegó vía WhatsApp desde Berlín, la entrevista que Sam Harris realizó hace unos días a Peter Zeihan, a propósito de su nuevo libro, The End of the World is Just the Beginning, sobre el cual, amenazo, escribiré la próxima semana.

sábado, 20 de agosto de 2016

El acabose

Everything is going to be fine in the end. 
If it's not fine it's not the end.
Oscar Wilde


El mundo tal y como lo conocemos está por acabarse. El hecho no es nuevo, quiero decir, que se acabe un mundo. Enseguida, dos ejemplos.

El fin del mundo natural

Transcurrida ya la mayor parte de su existencia genérica —seguramente más del 96% de lo que va hasta ahora—, los seres humanos empezaron a construir su propio mundo. Hasta entonces, los sapiens, todos sus antepasados homínidos y demás especies de humanos se habían limitado a adaptarse al entorno. Hoy tenemos pruebas arqueológicas de que hace 12 mil años algunos hombres y mujeres comenzaron a adaptar el entorno, iniciaron la construcción de sus propios espacios y abandonaron la vida nómada, inaugurando así el capítulo más reciente de la historia del planeta Tierra, el Antropoceno. Este trascendente inicio no ocurrió en todos lados al mismo tiempo; sucedió en Anatolia y enseguida en las orillas del mar de Levante, extremo oriental del Mediterráneo, por todo el Próximo Oriente. Si bien hoy día quedan algunos grupos de cazadores-recolectores nómadas, su presencia no alcanza a pintar ningún mapamundi, resultan estadísticamente despreciables. En cambio, los humanos sedentarios y sus construcciones nos hemos propagado por todo el orbe: hemos hecho de la Tierra nuestro mundo.

Jerf al Ahmar- Siria



El fin del mundo comunista neolítico

Hace nueve mil años, el asentamiento más poblado de todo el mundo estaba en Anatolia central. En el yacimiento de Çatalhöyük se encontraron las ruinas de una ciudad prehistórica en la que llegaron a vivir diez mil personas. El sitio se extiende por casi 14 hectáreas. En él se han encontrado y analizado evidencias suficientes para tener la certeza de que aquel enorme poblado fue residencia de una sociedad igualitaria. ¿Pruebas? Solamente había viviendas familiares, todas más o menos del mismo tamaño y con el igual diseño de interiores; en Çatalhöyük no había edificios para gobernantes o una élite religiosa, ni siquiera templos. Las casas no tenían ni puertas ni ventanas, y se levantaban contiguas entre sí, de tal manera que no se requerían calles. La gente transitaba libremente entre las casas por los techos, y entraba a ellas bajando por unas escaleras. En las mismas moradas las familias enterraban a sus difuntos, así que no había ni cementerio ni grupos que lo controlaran. La división social del trabajo era prácticamente nula: en los murales que decoraban las casas aparecen hombres y mujeres bailando y cargando niños, así como participando codo a codo en las cacerías. En más de cien murales “no hay uno solo que represente una escena de conflicto o lucha, malos tratos o tortura. No hay una sola muestra de lo que vendrá con la civilización” (James Mellaart, The Goddess of Anatolia, 1989). En todos los estratos del yacimiento se han encontrado los mismos principios de organización, lo cual significa que el comunismo agrario precoz le funcionó inmutable a estos congéneres neolíticos hasta el 5600 a.C., esto es, ¡a lo largo de casi 1400 años! Luego, sobrevino un incendio y el abandono masivo de Çatalhöyük…, y fin de ese mundo.

Çatalhöyük



Fin de nuestro mundo

Desde el título de uno de sus libros, Immanuel Wallerstein (Nueva York, 1930) ya nos prevenía: el fin de nuestro mundo es inminente (The End of the World as We Know it: Social Science for the Twenty-first Century, University of Minnesota, 1999). Sostiene que la actualidad,  “la primera mitad del siglo XXI, será… mucho más difícil, más inquietante… que cualquier episodio que hayamos conocido durante el siglo XX”. Y eso es lo de menos; la gravedad está en las premisas de su afirmación; a saber: 1) “los sistemas históricos, como cualquier sistema, tienen vidas finitas; tienen comienzos, un prolongado desarrollo, y finalmente, conforme se alejan del equilibrio y de los ricos puntos de bifurcación, mueren”; 2) “dos cosas son verdad en estos puntos de bifurcación: pequeñas entradas tienen grandes salidas (en oposición a los tiempos de desarrollo normal de un sistema, cuando las grandes entradas tienen pequeñas salidas); el resultado de dichas bifurcaciones es inherentemente indeterminado”; 3) “el sistema-mundo moderno, en tanto sistema histórico, ha entrado en su crisis terminal y es poco probable que exista dentro de cincuenta años”. Tal cual, que no llegamos al 2050. Ahora, no se puede saber si el sistema-mundo que siga después serán mejor o peor respecto a este en el cual vivimos, “pero sí sabemos que el período de transición será un período de conflictos terribles, puesto que es muchísimo lo que está en juego; el resultado es incierto, y la capacidad de las pequeñas entradas que afectan el resultado es muy grande”. Wallerstein no deja margen al optimismo simplón desde el cual uno podría reconfortarse ilusionándose en que sea lo que sea lo que venga necesariamente tendrá que ser mejor. Mientras que la ideología dominante hace que la gente hoy crea fervorosamente que cambio/novedad es sinónimo de mejoría, el sociólogo norteamericano argumenta que “el progreso, a diferencia de lo que se predica desde la Ilustración, no es de ninguna manera inevitable”. Sin embargo, considera, que “en los sistemas sociales humanos —los sistemas más complejos del universo y por ello los más difíciles de analizar—, la lucha por el  bien de la sociedad es constante, y es precisamente en los períodos de transición de un sistema histórico a otro cuando la lucha cobra mayor significado”. Queda pues establecida la ecuación y su resultado es evidente: el sistema-mundo moderno, ya con quinientos años encima, está en las últimas, y la única certidumbre es que el que se construirá para sustituirlo es por ahora absolutamente incierto. 

jueves, 7 de abril de 2022

El fin/inicio del mundo

   

This present moment used to be

the unimaginable future.

Stewart Brand

 

 

 

 

 

Umbral


No faltan los conatos de acabose. Es como si las trompetas del Apocalipsis estuvieran tocando la música ambiental. El fin del mundo está cada día más cantado.

 

Pero cambie usted por un momento el sentido del presagio: ¿qué tal que en vez de estar transitando por las postrimerías de la Humanidad estuviéramos viviendo apenas sus albores? ¿Qué tal que nosotros, la engreída gente del siglo XXI, resultáramos ser los primitivos orígenes de una extensa historia de la especie? Aquilate usted. A lo largo de los últimos setenta mil años hemos plagado todos los rincones del planeta, y ya no queda sitio en la Tierra que no haya sido trastocado por nosotros. Con todo, el montón de cosas que hemos hecho —todo eso que en suma llamamos cultura y civilización— es mucho más reciente: nuestra historia es apenas un trance de menos de diez mil años, lo cual es un periquete, un suspiro en el marco temporal de nuestra propia existencia genérica, ya no digamos en el gran contexto de la existencia de la vida terrícola. Más incluso: en términos geológicos, el paso de los sapiens es una chispa insignificante. Somos un tipo de bicho extraño y muy reciente, apenas echado al mundo por los procesos evolutivos. Incluso entre los homininos —los primates de postura erguida y locomoción bípeda—, el sapiens prácticamente acaba de aparecer. Compare. Los tiburones, peces cartilaginosos que hasta nuestros días habitan los océanos, han evolucionado durante los últimos 450 millones de años, lo que significa que han sobrevivido las cinco extinciones masivas que hasta ahora han diezmado la biosfera. Sabemos que los pobres dinosaurios no corrieron con tanta suerte, pero perduraron sus buenos 165 millones de años. Los mamuts anduvieron por aquí durante unos cinco millones de años. Los Ardipithecus, ya orgullosos homininos, aparecieron hace unos 5.8 millones de años y lograron mantenerse activos durante más de un millón de años. Incluso los primos homo neanderthalensis, parientes cercanos del sapiens, lograron conservarse vigentes en el catálogo de la fauna terrestre a lo largo de unos 400 mil años. ¿Y nosotros? Bueno, llegamos hace poco, hará cosa de unos 200 mil. Entonces, ¿tan recién llegados y quizá a punto de largarnos para siempre?

 

 

 

Domingo

 

Aunque la marea viral por ahora se ha sosegado y el oleaje pandémico parece darnos un respiro, las zozobras apocalípticas siguen alebrestadas. Motivos no faltan. Echando la mirada aquí nomás al corto plazo, uno no puede hacer como que no ve los nubarrones que presagian despiadadas tormentas, calamidades, catástrofes, cataclismos y desgracias de alcance mundial… Apenas el sábado 26 de marzo míster Biden se aventó la puntada de declarar que, “ante el riesgo nuclear”, es necesaria la diplomacia para resolver el conflicto en Ucrania… ¡Ah, qué bien! Lo malo es que sigue proveyendo de armas y entrenamiento al gobierno ucraniano… El septuagenario mandatario —en noviembre se hará octogenario— también dijo que Putin, el presidente de Rusia, no debe continuar en el poder porque es un “criminal”, “un carnicero”. Así los finos dotes diplomáticos del presidente estadounidense, así sus ganas de parar la guerra… Y, ¡bueno!, se entiende: nada más en las dos primeras semanas del episodio bélico en Europa oriental la industria armamentista norteamericana ganó la bagatela de 80 mil millones de dólares. El problema, como cualquiera sabe, es que, si alguien se anima a tirar el primer chingadazo atómico, ahí queda… Quiero decir, tarde que temprano ahí quedamos todos.

 

Un día después, domingo 27, platiqué con el Grillo Bravo. Él se halla en su guarida en Teotihuacán de Arista, yo en la Ciudad de México. Él desde su ventana puede ver la pirámide del Sol, yo el WTC. Gracias a la telefonía celular, pudimos hablar durante más de una hora acerca de un titipuchal de asuntos que nos interesan, otros que francamente nos preocupan. Incluso hubo ocasión para que él cantara una rola —no pudo recordar si era de Fito Páez o de Charly García— y tocara un rato su tlapitzalli. En un momento dado, el Grillo Bravo espetó: “Los hombres hemos acabado con todo, ya nada más falta que acabemos con nosotros mismos”. Aquel mismo día, en su columna quincenal en La Jornada Semanal, el máster Agustín Ramos acertadamente había perfilado en pocas palabras la crítica coyuntura por la que transita nuestra especie: “La disyuntiva, cada vez más próxima, cada vez más ineludible, será guerra o vida. Porque el único camino caminable para la vida, para nuestra vida en nuestro planeta, será un nuevo renacimiento”. Agustín no exagera ni tantito. Chomsky, como otros muchos pensadores contemporáneos, no se ha cansado de alertarnos sobre los grandes riesgos que enfrenta el género humano: por un lado, el militarismo capitalista y la amenaza de la (auto)aniquilación nuclear, y por el otro, la crisis climática y la hecatombe ambiental definitiva. Matarnos o quemar la casa. Pues sí, razones (sinrazones) hay para prospectar que estamos por desaparecer de la biosfera.

 

La peor amenaza que la Humanidad haya jamás enfrentado somos nosotros mismos. Además del riesgo de la auto-aniquilación, la posibilidad de la evolución de la especie, ya no biológica sino tecnológica, dejó de ser harina en el costal de la ciencia ficción. Yuval Noah Harari sostiene que la disrupción tecnológica, especialmente la Inteligencia Artificial y la bioingeniería, tiene el potencial de caducarnos. “Si comenzamos una carrera armamentista en inteligencia artificial y en genética estaremos garantizando la destrucción de la Humanidad”, alertó en una entrevista hace un par de años. Y aunque ello no ocurriera, el mismo historiador israelí sostiene que usted y yo, y con nosotros toda la gente contemporánea, muy probablemente formamos parte de “una de las últimas generaciones de homo sapiens”, toda vez que “en cosa de uno o dos siglos, la Tierra será dominada por entidades que se diferenciarán más de nosotros de lo que nosotros nos diferenciamos de los neandertales o de los chimpancés, porque en las siguientes generaciones habremos de aprender como intervenir en la ingeniería de nuestros cuerpos, cerebros y mentalidades”. 

 

Pero qué tal que no, qué tal que metemos freno, qué tal que damos un oportuno golpe de timón y optamos por la ruta del renacimiento…

 

 

 

Ancestros y hodiernos

 

Con todo, en medio de los aironazos de fin de mundo, quedan nobles almas optimistas. Max Roser, director fundador de Our World in Data, publicó hace unos días una ponencia fincada en la apuesta por la inteligencia de la Humanidad: The future is Vast: Longtermism perspective on humanity’s past, present and future. Todo su planteamiento parte de una premisa optimista: “Si nos mantenemos a salvo los unos a los otros, y nos protegemos de los riesgos que la naturaleza y nosotros mismos planteamos, estamos sólo al comienzo de la historia humana”.

 

El autor toma por buena la estimación realizada por los demógrafos Toshiko Kaneda y Carl Haub, según la cual a lo largo de los últimos 200 mil años han nacido y muerto 109 millardos (un millardo = mil millones) de sapiens. Considerando que en la actualidad pululamos vivos 7.9 millardos de habitantes en todo el orbe, resulta que, en total, alrededor de 117 millardos de seres humanos hemos nacido. Se desprende que nosotros los hodiernos, la gente que hoy por hoy poblamos la Tierra, representamos poco menos del 7% de todas las mujeres y todos hombres que alguna vez han habitado el mundo. En la actualidad, durante un año nacen 140 millones de bebés —algo así como la suma de la población actual de nuestro país (131 millones), Costa Rica (5 millones) e Irlanda (5 millones)—, y mueren 60 millones de personas —la población total de Ucrania (43 millones), Portugal (10 millones) y Paraguay (7 millones), en conjunto—. El saldo anual es positivo: 80 millones extras, más o menos la misma cantidad de congéneres que había en todo el planeta cuando Sócrates y Platón conversaban en la antigua Atenas (450 a. C.).

 

 

 

Descendientes

 

En términos astronómicos, tenemos tiempo. Al Sol le queda combustible para unos 7.5 millardos de años más, de los cuales se mantendrá comportándose como hoy lo hace, fusionando hidrógeno de manera estable, unos cinco millardos de años. En términos biológicos la traza cambia, pero igual tenemos margen: “Una forma de proyectar cuánto tiempo podríamos sobrevivir es preguntar cuánto tiempo han sobrevivido otros mamíferos. La esperanza de vida de una especie de mamífero típico es de aproximadamente un millón de años”. Desde esta perspectiva, nos quedan por delante unos 800 mil años —recuerde que ya llevamos 200 mil años de existencia—. Ahora, si efectivamente, como proyecta la ONU, la población mundial se estabiliza en 11 millardos de sapiens al final del presente siglo, y si se asegura una esperanza de vida para toda la gente de 88 años, entonces, según los cálculos de Max Roser, a lo largo de los próximos 800 mil años vivirán unos 100 billones (un billón = un millón de millones) de humanos. 

 

De los tres postulados que sustentan la estimación anterior, seguramente el más endeble es el que subyace a la idea de que los sapiens somos un mamífero típico. En realidad ¡somos el más atípico de los seres vivos!, el único que ha creado una realidad simbólica y cultural sobrepuesta a la realidad natural. Roser subraya que, si la tecnología que hemos desarrollado es capaz de aniquilarnos, también es capaz de salvarnos, no sólo de enfermedades comunes sino de muchas calamidades ante las cuales otras especies no tuvieron ninguna oportunidad. Por ejemplo, hoy día se monitorea el posible impacto de asteroides que pudieran resultar catastróficos. Así que la esperanza de vida de nuestra especie podría no estar determinada por su condición de mamíferos, sino por la caducidad de nuestro hábitat. Si sobrevivimos mientras la Tierra sea habitable —aproximadamente un millardo de años—, dará tiempo para que nazcan 125 mil billones de niños y niñas, según estima Roser (mil billones es la unidad seguida de 15 ceros).

 

 

 

Hoy

 

Más allá de las potencialidades de la ciencia y la tecnología que hasta ahora hemos acumulado, más allá del enorme acervo cultural de la especie, resulta alucinante imaginar las posibilidades que implicaría tanta gente a lo largo un período tan prolongado. Vea usted lo que hemos hecho hasta ahora, recuerde cómo la evolución cultural se ha acelerado apenas en los últimos cinco mil años —2.5% de nuestra existencia—…

 

Si no nos equivocamos fatalmente hoy, las personas podrían vivir en el futuro serán tan humanas como usted o como yo. Max Roser defiende la noción del largoplacismo como “la idea de que las personas que vivan en el futuro importan moralmente tanto como los que estamos vivos hoy”. ¿Qué deberíamos hacer para hacer del mundo un lugar mejor? “Un largoplacista no sólo considera lo que podemos hacer para ayudar a los que nos rodean en este momento, también lo que podemos hacer por los que vendrán después”. Nuestro futuro potencial es olímpico: podríamos ser los lejanísimos antepasados arcaicos de la humanidad, podríamos estar viviendo el inicio del mundo.

 

Igual que en la actualidad nosotros podemos ver los vestigios del Templo Mayor de la Gran Tenochtitlán, los mexicas vieron las pirámides de Teotihuacán como ruinas, colosos testigos de un mundo que llegó a su fin. Hoy nosotros no podemos darnos permiso de permitir que nuestra civilización colapse, que nuestro mundo termine, porque muy probablemente ese fin sería definitivo. La única alternativa que nos queda al fin del mundo es el inicio.

martes, 20 de enero de 2009

Mundo ocupa mito

Para cerrar el segundo milenio después de Cristo, en los noventas, millardos y millardos de palabras se transmitieron por la mediósfera para convencernos de que la globalización no era una opción sino un hecho consumado: todos habitábamos ya la Aldea Global. El mundo es uno y es el fin del sendero; no solamente todos van al mismo sitio, sino que después no hay nada más: en 1989, Fukuyama decreta el fin de la historia, “el punto final de la evolución de la humanidad y la universalización de la democracia liberal como la forma final de gobierno humano”. Dólares, bites y votos: en el planeta Tierra nada más cabe Occidente y adelante no queda otra cosa. Pero pronto el colofón de la historia mostró que podía contener capítulos y que uno de ellos no nos iba a gustar: desde algún lugar del sureste mexicano, el subcomediante Marcos suelta la pipa y postula: “la globalización está en crisis y todos habremos de pagar los costos... El capitalismo se vuelve profundamente democrático”. Bueno, y si no te gusta, ¿para dónde corres? Acorralado, José Saramago, con todo y su Nobel, se lamenta: “Este mundo no sirve, que venga otro. / Ya hace mucho que andamos por aquí /A fingir razones suficientes”.

Una de las anclas que permiten mantenerse en
este mundo: la pila de libros que te aguardan, los que aún no has leído. Entre ellos, sus diferencias: algunos son más prometedores que otros, aquel quizá termine resultando más un compendio de sorpresas, aunque seguramente alguno no pasará de la puritita decepción, y otro de encuentro mediocre que no te dejará ni siquiera un mal recuerdo... Pero entre el que va a gustarte y aquellos varios que a duras penas lograrán mantener vivo el ánimo para que llegues a sus últimas páginas, quizá habrá uno que de verdad te atrape. Lamentablemente, eso ocurre esporádicamente..., y quizá para algunos, en casos definitorios, nunca: José Emilio Pacheco, fatalista, se pronostica a sí mismo: “Lo compré hace muchos años. Pospuse su lectura para un momento que no llegó jamás. Moriré sin haberlo leído. Y en sus páginas estaba el secreto y la clave”.

Quizá sea una cuestión de sintonías, de sincronías, o mejor: de sincronía de sintonías entre el texto y esa otra abstracción, el lector, quien precisamente serás tú, tú para ese libro, tú ahí entonces. Si sucede la apropiación de lo que el lenguaje carga a cuestas página a página, si tú lector vives la percepción del mundo desde ese discurso, el libro te atrapará porque la realidad, tu realidad a partir de su lectura, se volverá incompleta sin la organización del mundo que ese texto propone: tu explicación de todo se ensancha. Lo dicho resulta mucho más pertinente cuando el libro carga a cuestas una novela o en general una pieza narrativa... “Todo relato, imaginario o no, presta luz a la verdad”, reza el aforismo de Rumi.

Julian Barnes (Leicester, 1946) es un inglés que me cae muy bien porque ha publicado varias pruebas de que la erudición no tiene porque distanciarse de la creatividad, es más, de que incluso la filología puede ser pre-texto de la creación literaria. Barnes, y se agradece, remarca el hecho de que la literatura no tiene una sola lectura, un solo significado: una buena novela testimonia siempre que el mundo nunca es uno. Si no, nomás dispénsale un par de tardes a El loro de Flaubert (Anagrama). Y, desde la otra cara del mismo espejo, en Una historia del mundo en diez capítulos y medio (Anagrama) subraya: la explicación de la realidad nunca se agota en una versión, el mundo pues no cabe en una sola historia. Y lo dicho vale inclusive para las grandes historias, para los llamados grandes mitos: un polizón en el Arca de Noé puede perfectamente contarnos su versión del los hechos, aunque apenas sea una termita. De hecho, Barnes nos recuerda que cuando únicamente dispones de una exégesis de lo ocurrido, deberías preocuparte, porque al menos una facultad te estaría sobrando: “había dos explicaciones de todo..., ambas exigían el ejercicio de la fe... y se nos había dado el libre albedrío para que pudiésemos elegir entre una de las dos”. Hoy que todo parece estar ya escrito, hoy que para todos ya se tiene proscrita una calamidad global, bien nos convendría releer Una historia del mundo en diez capítulos y medio para recordarnos que si queremos escapar de la fatalidad pronosticada, sólo hay un camino y ese pasa por la imaginación: “la cuestión es ésta: no que el mito nos remita a algún suceso original que ha sido transcrito fantásticamente a medida que pasaba por la memoria colectiva; sino que nos remite al futuro, a algo que sucederá, que tiene que suceder”.

martes, 16 de enero de 2024

Un mundo en riesgo

 

Everyone, deep in their hearts, is waiting for

the end of the world to come.

Haruki Murakami, 1Q84.

 

 

No hay manera de negarlo: el porvenir del orbe se ve muy feo y cercano, a tiro de piedra. La oligarquía mundial, gran responsable del desbarajuste planetario, lo reconoce así. El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) acaba de dar a conocer hace unos días su Global Risks Report. Se trata de la edición 19 del reporte, correspondiente al año 2024. El documento prospecta para el mundo un panorama incierto y plagado de retos. Destaca dos componentes contextuales: la aceleración vertiginosa del cambio tecnológico y la incertidumbre económica, a lo que hay que agregar dos crisis globales en marcha: el cambio climático y los conflictos geopolíticos. La pakistaní Saadia Zahidi, directora gerente y miembro del consejo en el WEF —ha sido la persona más joven en alcanzar esa posición— señala en el prefacio:

Las tensiones geopolíticas combinadas con el estallido de hostilidades abiertas en múltiples regiones están contribuyendo a un orden global inestable caracterizado por narrativas polarizadoras, erosión de la confianza e inseguridad.

Cierto, un montón de actores en conflicto, unos a punto de pasar a las agresiones militares y otros ya matándose entre sí.  Cierto, en medio de este escenario, y con la pandemia tan cerca —aunque nos empecinemos en olvidarla—, imposible sentirse seguros y confiados en el mañana. Aquí discrepo: referirse a “narrativas polarizadoras” es culpar de alguna manera a las dichosas narrativas, como si no se hablara de los problemas desapareciera los problemas, y no: la realidad misma es la que está efectivamente polarizada. 

Continúa la economista:

Al mismo tiempo, los países luchan por mitigar los impactos de fenómenos meteorológicos extremos sin precedentes, a medida que los esfuerzos y recursos de adaptación al cambio climático se quedan cortos ante el tipo, la escala y la intensidad de los eventos climáticos que ya están sucediendo.

Tal cual. Si bien no presenta ninguna revelación, ninguna noticia para quienes tengan ojos para ver, sí que conviene subrayar la tácita y lamentable aceptación que puede leerse en el diagnóstico que hace la directiva del WEF: las acciones que se han tomado para mitigar el cambio climático no son suficientes y seguirán siendo insuficientes. Triste admisión: los ricos del mundo seguirán quemando el planeta con tal de seguir concentrando más y más riqueza en cada vez menos manos, mientras que los estados nacionales y los organismos internacionales seguirán tratando de atenuar el colapso. ¿Atenuar el colapso? ¿Eso es posible? Pues no.

Las presiones del costo de vida siguen carcomiendo, en medio de una inflación y tipos de interés persistentemente elevados y una continua incertidumbre económica en gran parte del mundo.

Conviene analizar la afirmación. Desde la perspectiva del WEF los factores que provocan “incertidumbre económica” son “presiones del costo de vida”, “la inflación” y “tipos de interés elevados”. No se habla de escasez de comida o de medicinas o de problemas en la producción, ni siquiera de problemas de desabasto por la manera en que se han complicado las rutas del comercio internacional. El lío está en el dinero y su manejo.

La señora Saadia Zahidi cierra el párrafo:

Los titulares desalentadores no tienen fronteras, se comparten habitualmente y de forma generalizada, y una sensación de frustración con el status quo es cada vez más palpable. En conjunto, esto deja un amplio margen para que riesgos en aceleración, como la desinformación y la información falsa, se propaguen en sociedades que ya han sido debilitadas política y económicamente en los últimos años.

Sí, el tsunami diario de malas noticias. Pues no podía esperarse otra cosa, ¿no es cierto? Es evidente que el orden de las cosas no está funcionando, es palpable que, dicho con toda propiedad, la cosa está que arde. ¿Pero son la desinformación y la información falsa las culpables de que el mundo se perciba tan tremendamente embroncado? Hasta donde alcanzo a ver, no: todo indica que el mundo está realmente en serias contrariedades. Si en México vivimos una situación en la que desde hace casi seis años los medios tradicionales se han empecinado en hacer creer a sus audiencias que vivimos el fin del país, el apocalipsis a cuenta y cargo del malvado López y la 4T, en la mediósfera mundial más bien se ha banalizado la gravedad del momento histórico que nos tocó vivir a nivel global. No es que no se difundan las malas noticias con “titulares desalentadores”, es que se difunden junto con una plétora de tonterías, a través de los mismos canales, con el mismo peso… Para que la gente pueda dimensionar el asunto, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, declara: “La humanidad ha abierto las puertas del infierno”. Y no exagera. La declaración se difundió, apareció en los noticiarios alrededor del mundo…, pero apenas por un rato, como todas las demás notas, chispas que en un santiamén son sustituidas por otros informes, sin importar su trascendencia.

En el documento del WEF se asegura que están ocurriendo también “cambios sistémicos” en tres ámbitos:  geopolítico, demográfico y tecnológico. ¿Y qué podemos esperar? Difícil no recordar la retórica echeverrista en su respuesta: “Las próximas condiciones globales no necesariamente serán mejores o peores que las anteriores, pero la transición no será sencilla”.

El Global Risks Report expone las preocupaciones de la oligarquía internacional, con base en lo que define y percibe como riesgos: “El informe destaca los resultados de nuestra Encuesta Anual de Percepción de Riesgos Globales, que reúne la inteligencia colectiva de casi 1,500 líderes mundiales de la academia, los negocios, el gobierno, la comunidad internacional y la sociedad civil. También aprovecha las ideas de más de 200 expertos temáticos…” Líderes y expertos de la comunidad internacional, ajá… En efecto, el mundo que está en riesgo es ese que ellos han construido y quieren mantener a toda costa, a sabiendas que es, justamente, insostenible.