Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 9 de marzo de 2019

Errar histórico


… error, errar: un andar errante, la historia.
José Gaos





Igual que Paco Ignacio Taibo II (1949), José Gaos y González-Pola (1900-1969) nació a orillas del Cantábrico, en la ciudad asturiana de Gijón. Igual que Paco, migró a México y se hizo nuestro connacional. Gaos fue discípulo de Ortega y Gasset (1883-1955), y a través del madrileño recibió la fuerte influencia de Heidegger (1889-1976). En 1940, la Casa de España en México —a partir de ese mismo año, el Colegio de México— publicó un trabajo imprescindible de don José: Antología filosófica: la filosofía griega —luego la editaría el FCE, institución ahora dirigida por Taibo—. Gaos armó la Antología filosófica partiendo de que es un error —y sigue siéndolo— reducir el estudio de la Filosofía a la Historia de la Filosofía. Frente a tal desacierto, el pensador asturiano-mexicano sostenía que “la lectura e inteligencia de los textos mismos de los filósofos es el único método que puede, no ya iniciar en el filosofar, ejercitar en él, adiestrar, formar en la filosofía, sino simplemente dar idea verdadera de ésta”.


El vicio del historicismo ha afectado no sólo a la Filosofía, sino que ha permeado a toda la cosmovisión occidental. “La filosofía contemporánea ha llegado a enseñar que la historicidad es esencia de la naturaleza humana, o mucho mejor, que el hombre no tiene naturaleza ni esencia, sino historia: que es historia…” Apostamos todos nuestras canicas epistemológicas al saber histórico. Por los mismos años que Gaos publicaba aquí la Antología…, en Londres se daba a conocer la primera edición de The Open Society and its Enemies (1945), ensayo en que, entre otras cosas, dicho en corto, Karl Popper (1902-1994) establece que el mito moderno del destino está fincado en el historicismo. “Se halla ampliamente difundida la creencia de que toda actitud verdaderamente científica o filosófica, como así también toda comprensión más profunda de la vida social…, debe basarse en la contemplación e interpretación de la historia humana”. El historicismo no se limita al saber académico, sino que abarca completamente “nuestra atmósfera espiritual”. El vienés subraya que detrás de cualquier concepción historicista se halla la idea del principio y del fin de la historia, un punto que, salvo extrañísimas ocasiones —v.g.: Alexandre Kojève y Fukuyama—, suele ubicarse en un futuro obligado pero remoto. “Pero el camino no sólo es largo sino también tortuoso, con vueltas hacia derecha e izquierda, adelante y atrás. En consecuencia, resulta posible acomodar convenientemente todo hecho histórico concebible dentro del esquema de la interpretación”. Desde dicha fe, todo cuanto ha ocurrido y sigue sucediendo solamente fortalece la certeza. Laurence Sterne (1713-1768) lo expresa magistralmente en su novela La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy: “Las teorías se caracterizan por el hecho de que, una vez concebidas, todo lo asimilan en provecho de su propia nutrición; y, desde el mismo instante en el que se las engendra, todo lo que uno ve, oye, lee o entiende no hace sino fortalecerlas cada vez más”.


Tanto Gaos como Popper, entre otros, consideran que Hegel (1770-1831) es el padre del historicismo moderno: “Hegel creó definitivamente la Historia filosófica de la filosofía… —dice Gaos— Hegel piensa que las filosofías han venido sucediéndose históricamente en un orden…, como manifestación singularmente relevante de las relaciones ideales entre los ingredientes de la Idea absoluta”. Popper establece que los movimientos historicistas —“la filosofía histórica del racismo o fascismo, por una parte (la derecha), y la filosofía histórica marxista por la otra (la izquierda)”— se originan en “la fuente común de la filosofía de Hegel”. ¿Y él, el propio Hegel, de dónde salió?


Afirmar —como Popper y Gaos— que los gérmenes de Hegel se remontan a Heráclito de Éfeso (540 – 480 a. C.) es tirar una piedra al mar queriéndole pegar al agua, sencillamente porque la Filosofía toda se originó en el siglo VI antes de nuestra era en las colonias griegas asentadas en la franja costera occidental de Anatolia. “He aquí que en torno al 600 a. C. y en Jonia aparece por primera vez en la vida de la Humanidad esta cosa enorme que poco después va a quedar designada para siempre con el nombre de filosofía”, explica Gaos.


La Filosofía no apareció sola: en aquel horizonte cultural Homero y Hesído —la epopeya y la explicación mitológica— estrenaron rivales: “La filosofía nace bajo el mismo signo de subjetividad que la lírica y la Historia, en el mismo mundo y edad, en la misma coyuntura política que ambas”. Un par de siglos después Platón (427 – 347 a. C.) decidirá expulsar de su República a los poetas, por mentirosos. Heráclito no se anda con por las ramas: “Homero merece ser expulsado del ágora y apaleado, lo mismo que Arquíloco”. Y al autor de la Teogonía no le va mejor: “Hesíodo es el maestro del vulgo”.


La Historia nace para imponer el movimiento secuencial y cancelar el tiempo cíclico. Heráclito deroga el mito del eterno retorno —“El sol es nuevo cada día”— y él mismo se inscribe en una historia al reconocer los precedentes a los que viene a relevar —“El saber muchas cosas no enseña a tener inteligencia; si no, se la hubiera enseñado a Hesíodo y a Pitágoras y también a Jenófanes y a Hecateo”—. El salto que pega Heráclito es enorme: “Con esta crítica de autores anteriores…, da ya expresión a dos rasgos característicos de la filosofía, esenciales a ella, desde estos sus orígenes, a lo largo de su historia: la conciencia histórica… y la relación crítico-polémica de las posteriores con las anteriores entre las filosofías que la integran en su historicidad”.

Y desde entonces, a errar por la historia…

sábado, 2 de marzo de 2019

Tres tiempos


… así como el hombre moderno se considera constituido por la Historia,
el hombre de las sociedades arcaicas se dice
resultado de un cierto número de eventos míticos.
Mircea Eliade, Mito y realidad.




Tiempo mítico


Cromado de optimismo, Occidente lucía orgulloso, fatuo: la locomotora de la innovación tecnológico acarreaba entusiasmo por doquier y cundía la ilusión del crecimiento económico perenne. El ombligo del mundo todavía estaba en Europa. Una guerra mundial resultaba inconcebible y a nadie le cabía en la cabeza que el ser humano pudiera llegar a ser capaz de auto aniquilarse. Faltaban diez años para la Revolución Rusa. 1907 y el buen estado de ánimo del siglo XIX persistía. El 9 de marzo de aquel año, en la capital de Rumania, nació Mircea Eliade. Incansable, 79 años de vida le alcanzarían para dominar cinco idiomas europeos y leer y traducir otros tres —hebreo, sánscrito y persa—. Además de algunas novelas, escribió cerca de cincuenta libros sobre historia y sociología de las religiones.


En The sacred and the profane (HBW, 1959), Mircea Eliade explica que “el hombre religioso de las sociedades primitivas es ante todo un hombre paralizado en el mito del eterno retorno”. Dada la escala del alcance de su percepción, habita en un mundo que cada año se renueva. Para usar la expresión hegeliana, en la Naturaleza nunca ocurre nada nuevo. Los rituales le permiten recrear periódicamente el mundo: la repetición del mito cosmogónico actualizaba el tiempo. “Un mito narra una historia sagrada; se refiere a un evento que tuvo lugar en el tiempo primordial, el tiempo legendario de los ‘orígenes’” —explica Eliade (Myth and Reality. Harper&Row, 1963)—. Todo mito relata una “creación”, cuenta cómo algo o todo comenzó a ser. “El mito se considera una historia sagrada y, por lo tanto, una ‘historia verdadera’, porque siempre trata acerca de realidades… El mito cosmogónico es ‘verdadero’; la existencia del mundo está ahí para probarlo”.




Tiempo histórico


Si marcamos el principio de la Historia en el III milenio a. C. —con la invención de la escritura en Sumeria—, y consideramos que el sapiens surgió hace unos 300 mil años, la humanidad ha escrito una pizca de historia. La prehistoria representa el 98.5% de nuestra existencia genérica.


Además, es más preciso entender como protohistoria el período que inicia con la invención de la escritura y los calendarios, y concluye alrededor del siglo VI antes de nuestra era, con el surgimiento del pensamiento histórico propiamente dicho. El poeta y cosmógrafo Jenófanes (c. 580-470) quizá fue el primero en rechazar como explicaciones de la realidad los corpus mitológicos de Homero y Hesíodo: él, junto con otros pensadores presocráticos, cimentó el edificio del logos occidental, en oposición al mythos. El profeta judío conocido como el segundo Isaías —vivió en Babilonia a mediados del siglo VI a. C.—, articuló un relato monoteísta y, si bien ya en la Epopeya de Gilgamesh se mezclaban elementos de la historia antigua de Mesopotamia con su mitología, él fue más allá: engarzó ciertos actos de su dios con acontecimientos históricos reales… Respecto a las religiones arcaicas y a las concepciones mito-filosóficas del eterno retorno, “
el judaísmo presenta una innovación de primera importancia: el tiempo tiene un comienzo y tendrá un final. El tiempo cíclico queda abolido. Yahvé ya no se manifiesta en el tiempo cósmico, sino en un tiempo histórico, que es irreversible”. Poco después, el cristianismo va más allá: “desde que Dios se encarnó, es decir, desde que asumió una existencia humana históricamente condicionada, la historia adquiere la posibilidad de ser santificada”. Eliade sostiene que el cristianismo es la religión del hombre encarrilado en el devenir histórico, “quien ha descubierto simultáneamente la libertad personal y el tiempo continuo en lugar del tiempo cíclico”. A partir de entonces la historia occidental tendría un antes y un después, un principio… y una idea de fin.




Tiempo moderno


La priorización del tiempo sobre el espacio ha sido una característica esencial de todas las teorías de la Modernidad. Una preocupación central de los teóricos sociales, desde la Ilustración y pasando por Vicco, Condercet, Saint-Simon, Comte y Spencer, hasta Hegel, Marx, Weber y Durkheim ha sido tratar de entender las relaciones socioeconómicas y sociopolíticas en términos de desarrollo, esto es, de avances que se van logrando y acumulando a través del tiempo. De acuerdo con el sociólogo Mike Featherstone (Undoing Culture: Globalization, Postmodernism and Identity.
SAGE), el paso de las sociedades tradicionales a las modernas se observa como una progresiva maduración de determinados procesos —industrialización, urbanización, mercantilización, racionalización, burocratización y expansión de la división del trabajo, el avance del individualismo y el fortalecimiento del Estado—. El camino hacia la modernización va aparejado al fortalecimiento de la convicción de que se progresa en el marco de la Historia Universal, y que por tanto la historia de Occidente es la historia del mundo entero. “Incorporada a estas teorías se asumía más o menos de manera explícita que la historia tiene una lógica interna, o un ímpetu direccional, que era entendido como el progreso”. La idea de progreso implica una dirección única de la historia y una meta, por lo cual “sugiere la finitud de la historia, el eventual arribo o llegada a una sociedad ideal o buena sociedad”.


Mircea Eliade falleció en Estados Unidos, en la ciudad de Chicago, en abril de 1986. Tres años después, el politólogo norteamericano Francis Fukuyama publicaría un influyente artículo en el cual decretaría el fin de la historia.



sábado, 16 de febrero de 2019

Decepción, pánico, perplejidad…


… todos los hombres viven y se hacen viejos juntos
en una continuidad siempre presente y común.
Niklas Luhmann, La confianza.

El pánico es una forma de arrogancia.
Yuval Noah Harari


Después de brindarnos una panorámica cabal del pasado de los sapiens —De animales a dioses (Debate, 2014)—, Yuval Noah Harari se aventuró a indagar nuestras posibilidades futuras —Homo deus (Debate, 2016)—. Ahora, en su tercer libro, 21 lecciones para el siglo XXI (Debate, 2018), el historiador israelí reflexiona en torno al presente: el ahora, la continuidad en la que estamos todos inmersos. El ensayo se divide en cinco apartados —i) el desafío tecnológico, ii) el desafío político, iii) desesperación y esperanza, iv) verdad y v) resilencia—, entre los que el autor reparte 21 lecciones; a la primera de ellas la titula “Decepción: el final de la historia se ha pospuesto”.

Pues sí, a estas alturas es indiscutible que Fukuyama se equivocó: no hemos llegado al fin de la historia universal. El argumento, originalmente publicado en un artículo de 1989, es harto conocido porque se propagó eufórica y machaconamente por los cuatro vientos: según el politólogo norteamericano (Chicago, 1952), la democracia liberal derrotó a todas las ideologías a las que había enfrentado —monarquías hereditarias, fascismo y comunismo—, y no sólo, sino que además se erigía como “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad” y “la forma definitiva de gobierno”, lo cual debía entenderse nada menos que como “el fin de la historia”. En la introducción al libro en el cual desarrollaría su idea (The end of history and the last man, 1992), Francis Fukuyama explicaba que, como Kant, Hegel y Marx, él entendía el “fin de la historia” no como “el fin de la ocurrencia de eventos”, sino como “el fin de un proceso evolutivo único, coherente, considerando la experiencia de todos los pueblos en todos los tiempos”. Esto es, que la democracia liberal capitalista era la meta última y definitiva del desarrollo humano. Hace un cuarto de siglo, este evangelista del capitalismo global aseguraba que, trepados en el desarrollo científico y la tecnología, e impulsados por el libre mercado, “todos los países en proceso de modernización económica” habrían de parecerse cada vez más a los países desarrollados y entre sí, “tendrían que unificarse a nivel nacional sobre la base de un estado centralizado, urbanizarse, reemplazar las formas tradicionales de organización social…, y proporcionar educación a todos sus ciudadanos. Estas sociedades se vincularán cada vez más a través de los mercados globales y la difusión de una cultura de consumo universal”. ¡Paz y prosperidad para todos! Sobre todo después del colapso del bloque soviético, la tesis del fin de la historia de Fukuyama se propagó para imponerse como la ideología dominante, y “en las décadas de 1990 y 2000 el relato liberal se convirtió en un mantra global”. Sin embargo, una cascada de sucesos vino a ahogar la certeza de que el liberalismo era la panacea concluyente, y entramos de nuevo a una época de incertidumbre.

Hoy día, en ambos sentidos, el liberalismo ha perdido adherentes —según la RAE, adherente es algo o alguien “que adhiere o se adhiere”—: su poder de cohesión mengua y sus adeptos cada vez son menos. Ocurre que resulta imposible no ver las inmensas piedras en el camino al paraíso universal: la crisis financiera de 2008 —de la cual, de acuerdo a muchos analistas, aún no hemos salido—, el resurgimiento del proteccionismo comercial, la resistencia a los flujos migratorios, el desgarramiento del tejido social, la corrupción y el crimen internacional, la fractura de la Unión Europea propinada democráticamente por el Brexit y la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos… El desencanto cunde, las élites liberales que controlaban buena parte del orbe entraron en “un estado de conmoción y desorientación”, y la manera en la que han respondido a la situación resulta muy parecida a la que aquí en México han mostrado muchos opinócratas, antes hegemónicos, después del 1° de julio de 2018:
Un poco a la manera de la élite soviética en la década de 1980, los liberales no comprenden cómo la historia se desvió de su ruta predestinada, y carecen de un prisma alternativo para interpretar la realidad. La desorientación los lleva a pensar en términos apocalípticos, como si el fracaso de la historia para llegar a su previsto final feliz solo pudiera significar que se precipita hacia el Armagedón. Incapaz de realizar una verificación de la realidad, la mente se aferra a situaciones hipotéticas catastróficas.
Al desasosiego provocado por los descalabros que la realidad le ha dado al relato liberal, hay que sumar “el ritmo acelerado de la disrupción tecnológica”. Si a finales del siglo XX para Fukuyama “la lógica de la ciencia natural moderna parece dictar una evolución universal en dirección al capitalismo”, y con él al edén democrático liberal, hoy día para Yuval Noah Harari “la fusión de la biotecnología y la infotecnología nos enfrenta a los mayores desafíos que la humanidad ha conocido”. Internet ha implicado una revolución de conciencia para la cual ninguna organización sociopolítica ni ordenamiento económico estaban preparados; más incluso, “… las revoluciones paralelas de la infotecnología y la biotecnología podrían reestructurar no sólo las economías y las sociedades, sino también nuestros mismos cuerpo y mente”.

Pero no sólo se ha desacreditado el relato liberal, el contratiempo más grave es que no tenemos otro para estructurar una explicación de la realidad emergente. Así que “nos queda la tarea de crear un relato actualizado para el mundo”. ¡No… pues qué fácil! ¿Alguna pista?… Yuval propone: “el primer paso es bajar el tono de las profecías del desastre, y pasar del modo pánico al de perplejidad”.

sábado, 9 de febrero de 2019

Los Tigres, el cisne y el ganso


Prejuiciado e ignorante, todavía el domingo de la semana pasada, si tú me decías “Mocorito” lo primero que se me venía a la cabeza no eran ni los mayos ni Sebastián de Ébora ni los jesuitas ni el general Buelna, no, de rebote evocaba yo un triángulo y unos tigres, el Dorado y los del Norte.


Mocorito, cabecera del municipio sinaloense homónimo, es una pequeña población —poco más de cinco mil habitantes— fundada en 1594. En un mapa la encuentras trazando de Angostura —en donde se crió Emma Coronel, la esposa del Chapo— una línea dirección NE hasta la La Tasajera, y otra rumbo NO de Badiraguato a Estación Bamoa: en la intersección está Mocorito. Ahora, ¿quiénes serán los hijos más famosos del municipio? ¿El dirigente histórico del Partido Comunista Mexicano Arnoldo Martínez Verdugo (1925-2013)? No creo. Más bien, seguro, los hermanos Hernández, el grupo de músicos que salió hace muchos años de la ranchería de Rosa Morada, a una media hora al sur de Mocorito, para convertirse en Los Tigres del Norte. Entiéndase entonces que Mocorito no pasaba de narco y música norteña. Jamás hubiera recordado a un bardo mata-pájarosdivinos. Pero, como quizá sepan, para allá se fueron el presidente AMLO, su esposa Beatriz Gutiérrez —pejefóbico incansable, aunque espero que no impulsado por nostalgias aberrantes, Sheridan tuiteó al día siguiente: “Todo parece indicar que la Patria Sabia y Digna acaba de inventar la figura de Primera Crítica Literaria de La Nación”—, PIT II y demás comitiva, para presentar la Estrategia Nacional de Lectura. Durante su intervención, Gutiérrez Müller explicó que el origen de la idea de empujar un proyecto cultural desde la periferia, particularmente desde Mocorito: la revista Arte, fundada allá en 1907 por un médico rural, el tapatío Enrique González Martínez (1871-1952). El impreso, que costaba un peso, publicó colaboraciones de grandes como Leopoldo Lugones, Nervo, José Juan Tablada, Efrén Rebolledo, Mariano Azuela, Heriberto Frías, Rubén Darío… “Mocorito fue conocido más allá de su frontera por su revista Arte. De Mocorito para el mundo…”


Si bien yo recordaba que don Enrique debía ser considerado —según el diagnóstico de Octavio Paz— el único poeta modernista de México, prejuiciado e ignorante no tenía registro de su paso por la “Atenas de Sinaloa”, como mientan a Mocorito. Es más, la verdad, en mi memoria reduccionista, González Martínez no pasaba de ser el asesino del ave anseriforme favorita de modernismo hispanoamericano: “en pleno reino de lo císnico, salta un rebelde, la voz de un joven poeta mexicano, invitando no ya solo al repudio del cisne…, sino a la torsión de la más memorable y admirada parte de su ser” (Pedro Salinas, “El cisne y el búho”, 1948). ¿Recuerdan? En efecto, el nicaragüense adoraba al dichoso plumífero: ¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena / del huevo azul de Leda brotó de gracia llena / siendo de la Hermosura la princesa inmortal, / bajo tus alas la nueva Poesía / concibe en una gloria de luz y de armonía / la Helena eterna y pura que encarna el ideal (Rubén Darío, Prosas profanas). A lo que González Martínez responde en su célebre soneto: Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje / que da su nota blanca al azul de la fuente; / él pasea su gracia no más, pero no siente / el alma de las cosas ni la voz del paisaje.


De nuevo en el siglo XXI, en su turno, Paco Ignacio Taibo II dijo que el objetivo de la estrategia es “construir una gran república de lectores”, y detalló los tres ejes de la estrategia: formal —irá de la mano con la nueva política educativa—, disponibilidad de libros y comunicacional —“posicionar que el acto de lectura es una habilidad extraordinaria, puesto que permite entender, sentir y pensar mucho más allá de lo inmediato”—.


Prejuiciado e ignorante, dos días después Leo Zuckermann publicó (es un decir) un compendio de dislates: “Los riesgos de regalar libros” (Excélsior; 29/I/2019). El señor parte de un sofisma. Luego de traer a cuento algunas encuestas —sus venerados “datos duros”—, argumenta (es un decir): a) los pobres no leen y los ricos sí leen; b) el Estado subsidia libros c) ergo: el subsidio beneficiaba a los ricos que sí leen. El engaño es obvio: la primera premisa está trunca: los pobres no leen… ¡porque no tienen libros! Lo que sigue alcanza alturas realmente cómicas. Le preocupa el “riesgo ideológico”: PIT II podría regalar “los libros de Marx, Engels, Lenin y Mao” (a los susodichos pobres, claro, quienes los leerán ávidos). Aunque luego le preocupa el riesgo del “esnobismo”: el menso de Paco se podría poner a distribuir, como Vasconcelos, libros de “Platón, Plutarco, Dante Alighieri, Tagore, Homero y Tolstoi”, en lugar de libros “entretenidos”, como los “siete volúmenes de la saga de Harry Potter”, y nadie los va a leer (como los de Marx y Mao, claro). Al tercer riesgo lo llama “rentismo”, y parte del peñanietista juicio según el cual todos los mexicanos somos corruptos: “los que subsidian suelen favorecer a sus amigos”, así que el inconsciente de Taibo II va a hacer ricos a sus cuates (que sin duda escriben libros marxistas-leninistas-maoistas aburridos pero que la gente lee ávida). Y el cuarto riesgo es la cantaleta de que si el Estado distribuye libros a bajo costo, se va a convertir en “una competencia desleal para las editoriales y librerías privadas” (porque los ricos que sí leen ya no van a comprar libros, dado que andan tan ganosos de leer libros aburridos de Platón y Dante o de los izquierdosos amigos de Paco).


En Mocorito, al final del evento el presidente no trajo a cuento al cisne de Darío, sino al ganso de Tin Tán. Luego se regalaron libros.

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sábado, 2 de febrero de 2019

El hermano y los enemigos


La escritura es un gesto desafiante
al que ya nos acostumbramos:
donde no había nada, alguien pone algo
y los demás lo vemos.
Álvaro Enrigue, Ahora me rindo y eso es todo.



Acabo de leer Ahora me rindo y eso es todo (Anagrama), de Álvaro Enrigue (1969). Todas sus novelas me han gustado —aunque estoy seguro de que Muerte súbita (2013) se cuece aparte—, y la nueva —comenzó a circular a finales del 2018— no fue la excepción.

El título proviene de las palabras del guerrero-chamán Gerónimo (1829-1909) cuando se rindió a las fuerzas norteamericanas comandadas por George Crook: “Antes me movía como el viento. Ahora me rindo y eso es todo”. Pero la portada engaña: no es una novela que se reduzca a las correrías del célebre indio Gerónimo, y tampoco alcanzaría anotar que se trata de una novela histórica ambientada en las American-Indian wars…, ¡vamos!, ni siquiera sería suficiente decir que es un libro sobre apaches —ellos “se llamaban a sí mismos ndeé, la gente, el pueblo, la banda”, y fueron los zuñi “los que les enseñaron a los españoles que los ndeé se llamaban apachi: ‘los enemigos’”—. Si me apuran, afirmo que es una novela que trama historias aterrizadas en la Apachería, un territorio/tiempo específico, “una Atlántida, un país de en medio” en donde nadie se dio chance de terminar de conocerse: “Los mexicanos y los gringos como dos niños sordomudos dándose la espalda y los apaches corriendo entre sus piernas sin saber exactamente adónde porque su tierra se iba llenando de desconocidos que salían a borbotones de todos lados”. Es una narración bien tejida en el telar de la imaginación con cordones de hechos realmente ocurridos hace un par de siglos. ¿Cómo? Con la destreza y el desparpajo con el que un novelista colmilludo puede desembrollar los grandes procesos históricos: “A principios del horroroso siglo XIX los criollos se dedicaron a matar peninsulares para que el país se llamara México y no Nueva España, y los españoles de América, mexicanos; veintiséis años más tarde, los gringos se pusieron a matar mexicanos para que el norte de Sonora, Nuevo México, Colorado y la Alta California se llamara Estados Unidos”.
           
Conjeturo que con su novela Álvaro pretende sacarse una piedra del zapato; quiero decir que no hay que jugarle al psicoanalista para hallar una apetencia de exculpación histórica en un narrador tapatío/chilango que vive desde hace años en Estados Unidos y es hijo de una refugiada barcelonesa —“ser criollo en América es, no importa cuán inocentes seamos, haber nacido un cerdo”—, que decide investigar, viajar y dedicar neuronas, horas y tinta para urdir en un ajustado volumen de 455 páginas un generoso manojo de historias sobre un territorio/tiempo/gente olvidado: “Si los gringos fueron crueles con los apaches, los mexicanos nos quedamos sin madre por hacerles lo que les hicimos y seguimos sin tenerla: no los recordamos y su ausencia en nuestra memoria nos reduce: son el hermano que se largó.” Pero no solamente encuentro ánimo de disculpa, sino también un afán de recuperación: “El caso de los apaches en Estados Unidos es distinto: una apropiación basada en la ignorancia voluntaria. Forman parte de la mitología nacional estadounidense sin que hayan sido, si siquiera, estadounidenses. Nana, Gerónimo, Loco o Naiche, todos enterrados en el campo de prisioneros de Fort Sill, nacieron en Nuevo México, Chihuahua y Sonora antes de la guerra de 1847, y México les había concedido la ciudadanía a sus pobladores originales en 1821. Nacieron mexicanos y murieron antes del verano de 1924, en el que Estados Unidos por fin admitió que los indios eran ciudadanos. Todos hablaban español como segunda lengua y ninguno aprendió nunca inglés; todos tenían el color de piel que la mitad de los estadounidenses piensa que va a degradar su país si se sigue permitiendo la migración de México y Centroamérica”.
           
Ahora me rindo y eso es todo está plagada de apaches: además de Gerónimo, el jefe Nana, Loco, Victorio, Mangas Coloradas, “un capitán gileño muy crecido, que ya es el mero comandante de todos los bravos”… Hay apaches hasta en donde no se leen, sobre todo chiricahuas, “la más feroz de las naciones de los apaches”. Pero no sólo hay indios, también e indígenas que se asumen mexicanos: en primera fila, el teniente coronel José María Zuloaga —“parte de su admirable entereza venía de que estaba magníficamente dotado para la resignación”—, terco y bien acompañado del chamaco rarámuri Mauricio Corredor; unos gemelos yaquis; una falsa monja, la cantante de zarzuelas Elvira, quien “parecía Juana de Arco pero con sobrepeso”; Damiancito, destacado integrante de Los Nuevos Mexicanos —“podía ser feliz en cualquier circunstancia: pertenecía al tipo de los que se divierten si uno los deja cinco minutos con una piedra”—; la fortísima Camila, quien en 1837 “debió ser la mujer que más se aburría en todo el mundo”, sin saber que se le venía encima, montada a pelo, la peripecia de su vida… Apaches, mexicanos y, además, ojos blancos: “La guerra por la Apachería nunca fue entre blancos e indios: fue entre dos repúblicas mixtas y una nación arcaica que compartía una sola tradición y una sola lengua. Los indios no llamaban blancos a los mexicanos. Los llamaban nakaiye: ‘que van y vienen’. A los gringos los llamaban indaá, ‘ojos blancos’, nunca ‘pieles blancas’”. El astuto general Miles, el abogado Amyntor Blair McMillan y su esposa, los militares Gatewood, Lawton, Parker…
           
Como en Muerte súbita —“Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro…”—, en su nueva novela, Enrigue habla de la concepción del libro, y ahora sí se mete…, con todo y familia…; claro, anda buscándose, buscándonos.

sábado, 26 de enero de 2019

Ciencia ficción y fantasía


Rumor de follajes inciertos
Como ciegos que buscan su camino
Octavio Paz, Ejemplo.


El hallazgo se lo debo a Google Earth, pero no fue gracias a sus funcionalidades geomáticas sino a la casualidad. Leyendo el perturbador ensayo Google’s Earth: how the tech giant is helping the state spy on us, de Yasha Levine, me enteré de que el EarthViewer 3D —que terminaría siendo Google Earth— fue inspirado en el globo terráqueo virtual que describe Neal Stephenson (1959) —quien antes de dedicarse a las letras estudió Geografía en la Universidad de Boston— en su novela posciberpunk de 1992 Snow Crash:
… un globo del tamaño de una toronja, una representación perfectamente detallada del planeta Tierra… Es un software de CIC llamado, simplemente, Earth. Es la interfaz de usuario que usa CIC para realizar un seguimiento de cada bit de información geoespacial que posee: todos los mapas, datos meteorológicos, planos arquitectónicos e imágenes de vigilancia satelital…
 El texto de Yasha Levine —escritor ruso-norteamericano que en 2018 publicó Surveillance Valley: The Secret Military History of the Internet— conduce a la certeza de que el Panopticon ideado por Jeremy Bentham (1748-1832) es un juego de párvulos comparado con el sometimiento a la vigilancia total al que estamos avanzando voluntaria y felizmente mientras googleamos todo…: There is no escape…, everything that people do online leaves a trail of data… En fin, tan pronto terminé la lectura regresé a los primeros párrafos para tomar nota del título de la novela…, pero resulta ahí había un hipervínculo… Click: el ancla-destino resultó la tercera y última parte de la lista de las novelas de “ciencia ficción y fantasía” que, según un grupo de expertos convocado por The Guardian, “todos debemos leer”; 43 títulos, entre ellos, Snow Crash.

La relación inicia con Fight Club (1996), del Chuck Palahniuk (1962) —un libro opacado por su adaptación cinematográfica—, y cierra con la imprescindible y poco conocida novela distópica soviética Nosotros (1924), de Yevgueni Zamiatin (1884-1937)… Bueno, vamos a ver, me dije, ¿cuántas he leído?


 Pues ninguna del top eight; la novena sí: Gargantúa y Pantagruel —en realidad cinco novelas—, del galeno renacentista galo François Rabelais (1494-1553). Tendría que llegar hasta el decimoséptimo escaño para encontrarme con un librito que cuando lo leí siendo un puberto me pareció hartamente farragoso y cursi, El principito (1943), de Antoine de Sainte-Exupéry —de hecho sigo pensando lo mismo, ¡y es el libro francés más traducido y leído de todos los tiempos!—. Enseguida, aunque me parece descabellado que la hayan embolsado en la categoría “ciencia ficción y fantasía”, una obra maestra: Ensayo de la ceguera (1995), de Saramago (1922-2010). Después de How the Dead Live de Will Self —una novela británica del 2000 que pienso leer un día de estos—, un viejo conocido, Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley (1797-1851). Tres títulos más y luego, de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886). Ya entre los últimos, La guerra de los mundos, de H. G. Wells (1866-1946)… Así que, contando la novela de Yevgueni Zamiatin, ¡de estos 43 libros sólo he leído siete! —no estoy considerando narraciones que todos conocemos, pero que, como muchos, me temo, no he leído, como Drácula (1897) de Bram Stoker y Ada or Ardor (1969) de Nabokov, e incluso otros que jamás pienso leer, como Harry Potter and the Philosopher's Stone (1997) de JK Rowling, The Lord of the Rings (1954) de Tolkien o The Chronicles of Narnia (1956) de C. S. Lewis—.

Ya encarrerado, decidí revisar el listado completo. En total 149 novelas, de las cuales únicamente he leído 13 por ciento. Además de las ya mencionadas, Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury; El barón rampante (1957), de Calvino; Alice's Adventures in Wonderland (1865) y Through the Looking-Glass, and What Alice Found There (1871), de Lewis Carroll; El péndulo de Foucoult (1988), mi novela favorita de Umberto Eco; la clásica del Nobel William Golding, Lord of the Flies (1954; Las partículas elementales (1998), del francés Michel Houellebecq; Brave New World (1932), de Aldous Huxley; The Turn of the Screw (1898), de Henry James; El proceso (1923), de Kafka; The Road (2006), de Cormac McCarthy; Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), de Murakami, y la alucinante y cada vez más actual Nineteen Eighty-Four (1949), de George Orwell.

Más allá de mi ignorancia, que como cualquier ignorancia es inconmensurable, quiero pensar que he leído tan pocos títulos de esta relación debido a que la ciencia ficción no es un género al que yo sea muy afecto, pero sobre todo a que se trata de un canon francamente angloparlante, por no decir británico —56% son obras de súbditos del Reino Unido—. ¡No hay una sola novela escrita en español! Quizá pueda alegarse que exista poca producción de ciencia ficción en nuestro idioma, pero en esta categoría los editores de The Guardian consideraron también otros subgéneros, por ejemplo, las novelas distópicas, de las cuales, sin mucho esfuerzo me viene a la cabeza un novelón de un autor mexicano que sin dudarlo consideraría imprescindible: El dedo de oro, de Guillermo Sheridan (1996) —por cierto, debería reeditarse—. En fin, el caso es que de los 149 títulos únicamente 14 fueron escritos en un idioma distinto al inglés: cuatro en fránces, tres en alemán, dos en ruso, dos en italiano, uno en japonés, uno en polaco y otro en portugués.

Pero, ¡bueno!, me quedo al menos con dos pendientes: de Paul Auster no he leído In the Country of Last Things (1987), y me da curiosidad la obra de Margaret Atwood, quizá comience con The Blind Assassin (2000).

martes, 22 de enero de 2019

Apocalípticos y catastrofistas

En su más reciente libro, 21 lecciones para el siglo XXI, el historiador Yuval Noah Harari describe la lastimera situación en la que se halla buena parte de las élites liberales luego de que, sorpresivamente, ¡no se acabó la historia!… y resultó que su modelo no era perfecto sino que está haciendo agua por todos lados… ¿No les resulta familiar el retrato? ¿Cuántos opinócratas no suenan así desde julio de 2018 en México?
No es extraño que las élites liberales, que dominaron gran parte del mundo en décadas recientes, se hayan sumido en un estado de conmoción y desorientación. Tener un relato es la situación más tranquilizadora. Todo está perfectamente claro. Que de repente nos quedemos sin ninguno resulta terrorífico. Nada tiene sentido. Un poco a la manera de la élite soviética en la década de 1980, los liberales no comprenden cómo la historia se desvió de su ruta predestinada, y carecen de un prisma alternativo para interpretar la realidad. La desorientación los lleva a pensar en términos apocalípticos, como si el fracaso de la historia para llegar hacia su previsto final feliz solo pudiera significar que se precipita hacia el Armagedón. Incapaz de realizar una verificación de la realidad, la mente se aferra a situaciones hipotéticas catastróficas.