Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Ignorantes bien informados


Se puede saber mucho sin saber lo indispensable.
Georg Christoph Lichtenberg



¡Ah!, todos los días nos enteramos de tantas cosas…, queramos o no. Para mí, por ejemplo, resultó totalmente ineludible saber de la existencia de Sarita, la pérfida hija de José José. Sé —también de manera inexorable— que Enrique Peña Nieto y su novia usan las mismas cremas; que la camisa que usaba Ovidio Guzmán, el hijo del Chapo, en la foto que circuló el día de su frustrada captura, no es una baratija marca Cuidado con el perro, sino una fina Purificación García, y enterado estoy de que Sagittarius A, el agujero negro supermasivo más cercano, se encuentra en el ombligo de nuestra galaxia, a 26 mil años luz.

En un maremágnum de datos, la confusión campea. Aquí mismo, hace quince días, argüía yo que nuestras capacidades epistemológicas han sido drásticamente sobrepasadas por la capacidad de generación y difusión de información alcanzadas con la tecnología, especialmente a partir de la revolución digital. Y no sólo es la demasiada información —data, data, data— la que nos aturulla cotidianamente, la cascada que enturbia el pensamiento. Hace poco más de una centuria, el viejo Lev Nikoláyevich Tolstói (1828-1910) alertaba que, además de los datos, también los conocimientos pueden embobarnos: “La capacidad de la mente para absorber conocimientos no es ilimitada. Y por eso uno no debe pensar que cuanto más se sepa mejor es. El conocimiento de una gran cantidad de tonterías es un obstáculo insalvable para saber aquello que verdaderamente es necesario”.

El 15 de marzo de 1884, Lev Tolstói escribió en su diario una estupenda idea germinal: “He creado un círculo de lectura para mí mismo: Epiceto, Marco Aurelio, Lao-Tse, Buda, Pascal, el Nuevo Testamento… Algo así es necesario para toda la gente”. En una carta fechada un año después, el novelista ruso precisaba: “Da fuerza interior, tranquilidad y felicidad poder comunicarse con pensadores como Sócrates, Epiceto, Kant, Parker… Ellos nos hablan acerca de lo que es más importante para la humanidad, acerca del sentido de la vida y sobre la virtud… Me gustaría escribir un libro… en el cual pudiera hablar a las personas acerca del buen camino de la vida”. El buen camino de la vida de la mano de los mejores. Tolstói comparte la postura del pensador norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), en el sentido de que toda una vida no alcanza para leer lo verdaderamente valioso: “Lean antes que nada los mejores libros, de otro modo no les dará tiempo de leerlos”.

Luego de más de quince años leyendo y releyendo, ordenando notas, redactando aforismos, parafraseando a los escritores y filósofos que más admiraba, “recolectando la sabiduría de siglos en un solo libro”, en 1902 comenzó a darle forma a la que sería su última obra mayor. La primera edición aparece en 1904, Pensamientos de hombres sabios, con tres reimpresiones, cada una con un subtítulo diferente: El camino de la vida, Círculo de lectura y Un pensamiento sabio para cada día. En 1907 publica una nueva edición, sustancialmente ampliada, ahora titulada Calendario de sabiduría. Tolstói agregó un montón de aforismos propios y 52 historias cortas, una para cada semana del año —la primera traducción al inglés de este libro, sin las historias, no se realizó sino hasta 90 años después:
A Calendar of Wisdom: Daily Thoughts to Nourish the Soul (traducción Peter Sekirin. Simon & Schuster, NY)—. Finalmente, preparó una tercera edición, sintetizada y organizada ya no por fechas sino por temas: El camino de la vida (1910). Fue a partir de esta versión que Selma Ancira realizó la traducción al español que apenas este año acaba de publicar el Fondo de Cultura Económica, Aforismos.

En su biografía ética (Confessions. W. W. Norton & Company, 1983), un texto monumental de menos de cien páginas, Tolstói confiesa que siendo joven y a lo largo de buena parte de su vida adulta se había esforzado por divulgar su ignorancia, claro, sin ser consciente de ello: “Desarrollé un orgullo patológico y la loca convicción de que mi misión era enseñar a las personas sin saber lo que les estaba enseñando… En ese momento, todos estábamos convencidos de que teníamos que hablar, escribir y publicar lo más rápido y lo más posible, y que esto era necesario para el bien de la humanidad”. Socrático, el novelista ruso valora la importancia de saber que no se sabe, y en sus Aforismos trae a cuento a Immanuel Kant para prevenirnos acerca del origen de un tempestuoso caudal de falsedades camufladas en la nomenclatura: “Las más de las veces la fraseología metódica de las escuelas superiores tiene como meta esquivar la solución de cuestiones difíciles, otorgándoles a las palabras un sentido equívoco, porque el cómodo y muchas veces sensato ‘yo no sé’ no se toma bien en las academias”. Tolstói, además, imputa a nuestra época la fea astucia de ocultar la ignorancia bajo toneladas de conocimientos vanos, y tiene razón: “El fenómeno más ordinario de nuestro tiempo es ver cómo la gente que se considera sabia, culta e ilustrada por saber una cantidad incontable de cosas inútiles se estanca en la ignorancia más burda, no sólo porque no conoce el sentido de su propia vida, sino porque además se jacta de su ignorancia”.

Nadie debería avergonzarse de no saber: por sí misma, la ignorancia no es mala. Todos somos terriblemente ignorantes en distintos campos. “Nadie puede saber todo. Pero sí es una vergüenza y es malo aparentar saber lo que no se sabe”. La ignorancia de la ignorancia, o peor, el desentendimiento de nuestra ignorancia, eso sí que es pernicioso.

La recomendación presidencial: Las ranas que pedían rey

Hoy 2/11/2019, el presidente de la República escribió un tuit muy inquietante:


Enseguida, la fábula de Esopo que recomienda leer Andrés Manuel:


Las ranas que pedían un rey
Unas ranas, molestas por su propia anarquía, enviaron embajadores a Zeus, pidiendo que les proporcionase un rey. Zeus, al comprender su simpleza, dejó caer un leño a la charca. Y las ranas, primero, espantadas por el ruido, se sumergieron al fondo de la charca. Después, puesto que el leño estaba inmóvil, salieron y llegaron a tal grado de confianza que, subiéndose a él, se sentaron encima. Indignadas de tener tal rey, llegaron por segunda vez ante Zeus y le pidieron que les cambiase el gobernante, pues el
primero era demasiado negligente. Y Zeus, irritado con ellas, les envió una culebra de agua que, atrapándolas, las devoró.

* La tomo de la edición de Clásicos de Gredos.

sábado, 26 de octubre de 2019

Sobrepasados


Todos quieren todo
Todo siempre es poco.
La lente que todo lo mira
Ya no hace foco.
Jorge Drexler, Data data.


Adelanto la conclusión: nuestras capacidades epistemológicas están drásticamente sobrepasadas por la capacidad de generación y difusión de información que hemos logrado con la tecnología, especialmente a partir de la revolución digital.         

Cuando escribo “nuestras” me refiero a usted y a mí y a toda la gente con la que usted y yo convivimos y tenemos posibilidad de alternar en vida, es decir, a nosotros y a todos nuestros coetáneos, a los seres humanos vivos, a las personas con las que nos tocó en suerte compartir este momento histórico.

Cuando escribo “capacidades epistemológicas” quiero decir simplemente capacidad de comprender. ¿Comprender? Sí, comprender, comprender cualquier cosa, desde un dato mínimo. Y comprender un dato, en corto, no es nada más que aprehenderlo adecuadamente, razonablemente, incorporándolo en un marco de referencia, en el que se correlacione pertinentemente con otros datos antes también así obtenidos. Claro, entre más datos previos sean los que pueda usted correlacionar con un dato recién adquirido, comprenderá más. Así que uno nunca acaba de comprender todo todo un solo dato; hacerlo sería correlacionarlo con todo. Saber más datos, por tanto, no implica ni conocer más ni mucho menos mejor, no necesariamente. Hacerse de nuevos datos —por más veraces, precisos y relevantes que ellos sean— no es igual a enriquecer el conocimiento. Saber nuevos datos, incluso, puede producir confusión, es decir, una situación de incertidumbre o, peor, de falsa comprensión —sobre la desdichada confusión, échele una repasada a ¿Es real la realidad?, de Paul Watzlawick—.

Cuando escribo “drásticamente sobrepasadas” quiero manifestar una situación extrema, apabullante. El canta-autor montevideano Jorge Drexler, quien además de galeno sin ejercer es poeta en ejercicio, lo expresa mejor, mucho mejor que yo:

Data, data, data, data, data, data, data,
Cómo se bebe de una catarata.
Data, data, data, data, data, data, data,
Cómo se bebe de una catarata.

Cuando escribo “capacidad de generación y difusión de información” me refiero a las competencias de percepción, codificación y resguardo de datos acerca de cualquier fenómeno. A mayo de 2018, se estimaba que se producían más de 2.5 quintillones de bytes de datos diariamente, lo cual se dice de un ramalazo, pero cuesta horrores dimensionar. Para ello, quizá sea útil que usted reflexione en torno a esto otro: se calcula que tan sólo durante el bienio 2016-2017 se produjo el 90% de todos los datos que el ser humano ha generado a lo largo de toda su existencia genérica, esto es, alrededor de 200 mil años. Y el tsunami no se limita a la producción, se alimenta también de la capacidad de divulgación, la cual es torrencial en contenido, masiva en alcance y casi inmediata. El tiempo que transcurre entre que sé algo y lo publico se acorta cada vez más, hasta coquetear con la inmediatez; sin embargo, no hay manera de ampliar el tiempo que dispongo para comprender el raudal de información que recibo. Podría evitar la insistencia, incluso la redundancia si usted quiere, pero no las evito, ni la una ni la otra, insisto y redundo: cuando escribo “información” no expreso nada más allá; en concreto, tenga usted cuidado, no expreso “conocimiento”.  Al saber un dato más no adquiero más conocimiento en automático, mucho menos comprendo mejor.

Cuando escribo “información” no me refiero a nada más que al contenido de cualquier mensaje. Ahora, dado que, para serlo, un mensaje tiene que ser recibido, lato sensu, información es todo lo que se percibe. Para definir información nada como acudir a Newton. Su tercera ley del movimiento establece: “Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria”. Retrotraigamos el diagrama en el cual de un emisor parte un vector hacia un receptor, y de éste, de regreso, otro: acción y reacción. ¿Cuál es el contenido? Energía, por supuesto. Ahora, si en el mismo esquema se sustituyen las palabras “acción” por “mensaje”, y “reacción” por “respuesta”, queda un modelo simple de comunicación. El contenido en este caso es, claro, información.

Cuando escribo “tecnología” deseo nominar genéricamente lo que don José Ortega y Gasset describe como “la reforma que el hombre impone a la naturaleza en vista de la satisfacción de sus necesidades”, y también como “la reacción enérgica contra la naturaleza o circunstancia que lleva a crear entre ésta y el hombre una nueva naturaleza puesta sobre aquella, una sobrenaturaleza” (Meditación de la técnica). La dimensión mentada como una sobrenaturaleza abrca desde los dos palitos con yesca que por vez primera sirvieron a un humano para hacer fuego,  hasta InSight, el aparatejo que desde Marte nos da cuenta de cómo suena allá el medio ambiente.

Finalmente, cuando escribo “revolución digital” me refiero a lo que ya hace veinte años caracterizaba como una revolución de conciencia de origen tecnológico (“La revolución digital. Una aproximación”. UAA. Caleidoscopio, 2000). El pivote tecnológico aludido tiene dos propulsores, la digitalización y las redes. La digitalización es un proceso de conversión de todo lo perceptible, de codificación del entorno en bits. En cuanto a la tecnología de redes, se trata de la confluencia de un par de dinastías, la de las máquinas del pensamiento y las máquinas de comunicar. La revolución de conciencia que menciono se evidencia en el hecho de que nuestros conceptos de tiempo y espacio están mutando, y con ellos la realidad misma.

La segunda Ley de Clarke estipula que “cualquier tecnología lo suficientemente desarrollada se vuelve indistinguible de la magia” (Arthur C. Clarke, Profiles of the Future); siendo así, mientras más sobrepasados sigamos, nuestra realidad se tornará cada vez más fantástica.

sábado, 12 de octubre de 2019

Bárbaros domésticos


… el mundo enseña humildad.
Ryszard Kapuściński, Viajes con Heródoto.


¿Cómo no estar de acuerdo con  Kapuściński? Tipos como Heródoto no se dan en maceta, son como garbanzos de a libra: “No abundan… naturalezas tan fervorosas. El hombre medio no muestra especial interés por el mundo. A él ha venido y en él se ve obligado a vivir, y no tiene más remedio que afrontar este hecho lo mejor que pueda y sepa; cuanto menos esfuerzo le exija, tanto mejor. Mientras que la absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende más bien a desarrollar habilidades contrarias: mirar para no ver y escuchar para no oír.”

Igual que Heródoto de Halicarnaso (c. 485 a. C. – 425 a. C.), Ryszard Kapuściński (1932-2007) quiso ver, quiso oír, y se empecinó en conocer el mundo. Voluntariosos, cotillas, optimistas incurables. El periodista e historiador polaco se preguntó qué bicho le habría picado al pensador griego para decidirse a salir de su polis y aventurarse a explorar y averiguar para tratar de entender a los otros, a los demás…: “¿Qué lo impele cuando, intrépido e incansable, se lanza a su gran aventura? Creo que una fe llena de optimismo en que es posible describir el mundo”. Corresponsal internacional, Kapuściński acostumbraba cargar en la maleta un montón de libros, entre ellos, el grueso volumen de Historia —“el primero en tomar conciencia de la multiplicidad del mundo como esencia del mismo no fue otro que Heródoto”—. De ahí surgió Viajes con Heródoto, cuya edición príncipe en polaco data de 2004. Dos años después, Anagrama publica la traducción al español. Historia contemporánea y de la Antigüedad, etnografía, sociología, geografía, reflexión filosófica… Un banquetazo.

Desde el comienzo, Viajes con Heródoto me recordó otro enorme librito de viajes, el imprescindible Un bárbaro en Asia, de Henri Michaux (1899-1984) —la traducción del francés a nuestro idioma se la debemos a Borges—. La obra de Michaux fue publicada en 1945, aunque narra una serie de viajes ocurridos a lo largo de 1933. Por su parte, Kapuściński empieza su libro contando su primera misión fuera de su país, en los albores de la década de los cincuenta del XX. En ambos casos, tanto en el del libro del belga como en el del polaco —los dos espléndidos prosistas, los dos poetas, los dos artistas plásticos—, el destino inicial es el mismo. “La India fue mi primer encuentro con la otredad…”, recuerda Ryszard Kapuściński.

El íncipit del libro de Michaux es un párrafo/oración terminante: “En la India nada para ver, todo que interpretar”. Un par de décadas después, a eso mismo, a interpretar, iría Kapuściński a la India… Llegó a Nueva Delhi peor equipado que a la guerra un soldado sin fusil: no hablaba ni siquiera inglés… Sin embargo, encontró la punta de la madeja: “Mientras deambulaba por la ciudad, me apuntaba inscripciones de rótulos, nombres de productos expuestos en las tiendas, palabras oídas en las paradas del autobús. En los cines tomé notas, a oscuras, casi a tientas, de palabras que aparecían en la pantalla, y copié eslóganes de las pancartas cuando me topaba con alguna manifestación. Fui penetrando en la India no a través de imágenes, sonidos y olores, sino a través de la lengua, que, además, ni siquiera era el vernáculo hindi, sino una lengua extranjera, impuesta, pero que, aun así, estaba tan arraigada en el suelo indio que se identificaba con el país y, para mí, se había convertido en una clave imprescindible.” La estrategia no era mala, al contrario; Henri Michaux había advertido años atrás: “En el mundo entero uno puede entenderse por señas. En la India, imposible”. Así que la apuesta por de Kapuściński fue acertada: “Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar la lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí un relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo aquello que sabía nombrar, por ejemplo recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre. En una palabra, comprendí que cuanto más vocabulario atesorase, más pronto —y más rico en su inabarcable diversidad— se abriría ante mí el mundo”.

Leyendo lo anterior uno no puede más que comprender lo terriblemente ajenos, forasteros, ¡vamos!, bárbaros, que necesariamente deben sentirse las personas que transitan por la vida con un arsenal lingüístico misérrimo. Alienígenas en su propia casa, más extraños que Heródoto en Media. El mundo se engrandece nominándolo, los horizontes se amplían con palabras. La realidad es tan rica como los acuerdos semánticos que la comunidad comparta. Así que para darnos una idea aproximada de la complejidad de la India, Kapuściński no se refiere el exotismo de la flora o la fauna o a la rareza de las costumbres de los humanos…, no, acude al lenguaje: “Es imposible inventariar los libros sagrados del hinduismo: sólo uno de ellos, el Mahabharata, cuenta con alrededor de doscientos veinte mil versos de dieciséis sílabas, es decir, ocho veces más que la Ilíada y la Odisea juntas!”

Heródoto, Michaux y Kapuściński nos muestran reiteradamente que los demás, los otros, los más excéntricos pueden ser el mejor “espejo en que mirarnos para comprendernos mejor a nosotros mismos”.

sábado, 5 de octubre de 2019

Momento axial


Jacques-Louis David - Leonidas at Thermopylae [1814]
Según el mismísimo Hegel, hace dos milenios y medio, en las guerras médicas —que como hemos contado aquí fueron dos, una resuelta en Maratón (490 a. C.) y la otra en Salamina (480 a. C.), en ambos casos en favor de los defensores griegos contra los invasores orientales—, “el interés de la historia mundial colgaba temblando en la balanza” (Georg Wilhelm Friedrich Hegel, The Philosophy of History. Batoche Books, Canadá, 2001).

Conté el origen del imperio medo: un atajo de tribus iranís, seminómadas y fundamentalmente dedicadas al pastoreo, que decidieron paliar sus apremiantes necesidades de orden y justicia erigiendo una ciudad, Ecbatana. Conté que esta gente, los medos, avasallaron a los persas, y que, después de liberarse del yugo asirio, lograron extender su soberanía más allá del medio oriente: hacia el oeste, hasta Anatolia central, y hacia el este, hasta lo que hoy es Afganistán. Conté como, después de salvarse de ser asesinado por órdenes de su abuelo materno, Ciro creció en la pobreza sin saber quién era. Conté que el joven Ciro arrebató al viejo Astiages el imperio medo, para inaugurar así el imperio persa (c. 559 a. C.). Conté que Ciro comenzó la expansión aqueménida a costa, inicialmente, del rico reino de Lidia (c. 547 a. C.), y que luego se haría del imperio neobabilónico (c. 539 a. C.), con todo y la ciudad más grande del mundo por aquel entonces, Babilonia. Y conté que Ciro fue a perder la cabeza y encontrar la muerte a manos de los fieros masagetas (c. 529 a. C.). Ciro el Grande dejó el poder a uno de sus hijos, Cambises II, quien lo mantuvo hasta su muerte (c. 522 a. C.). Su reinado no duró mucho, aunque tiempo suficiente para extender su imperio, nada menos que con la conquista de Egipto. Bien a bien no sabemos si Cambises II se suicidó, lo mataron o murió accidentalmente al caer del caballo, el caso es que para entonces otro hijo de Ciro, Bardiya/Esmerdis, se había levantado en su contra. El tal Bardiya/Esmerdis se alzó como gran rey persa…, aunque el gusto, el cargo y la vida le duraron menos de un año. Conforme al sueño premonitorio que Ciro había tenido a orillas del río Amu Daria, Darío, quien no era su familiar directo, llegó al poder (523 a. C.).  Para ello, él y otros seis aristócratas aqueménidas habían tenido que asesinar a puñaladas ya sea a un usurpador, el mago Gautama —según la versión de la inscripción de Behistún—, o bien al verdadero emperador Bardiya/Esmerdis. Haya sido uno u otro, Darío se convirtió en el gran rey persa. De entrada, se concentró en sofocar varias insubordinaciones. Él mismo tuvo que encabezar el asedio de la rebelde Babilonia. Después, pese a que no pudo someter a los escitas, Darío logró consolidarse y, lo que es más importante, apuntalar la organización política, administrativa y económica del imperio —estableció la división territorial en satrapías, construyó caminos seguros, instauró el uso de una moneda común—. Es muy posible que Darío I instaurara el zoroastrismo como religión oficial del imperio,  sin embargo gobernó con tolerancia, permitiendo la diversidad religiosa y cultural. Durante el reinado de Darío, quien como Ciro II sería llamado El Grande, los persas se adentran a Europa y consiguen la conquista del reino de Macedonia (492 a. C.)… Al principio de su avance hacia occidente, la conquista de las colonias jónicas fue pan comido para el ejército aqueménida. “Incluso las dos principales potencias de la Grecia continental, la naciente democracia de Atenas y el severo estado militarista de Esparta, se mostraban mal equipados para aguantar una guerra efectiva —escribe Tom Holland en su imprescindible Persian Fire: The First World Empire and the Battle for the West (Hacheette Digital, 2006)—. Cuando el gran rey de Persia se decidió al fin a pacificar de una vez por todas a los facciosos y peculiares pueblos de la franja occidental de su imperio, el resultado parecía ser una conclusión inevitable”. Parecía, en efecto, y si alguien medianamente informado hubiera tenido que apostar, la cuestión no hubiera resultado muy difícil de decidir: de un lado estaba un gran imperio, multicultural, multirreligioso, transcontinental, acaudalado y bien organizado…, mientras que del otro “Grecia misma era poco más que una expresión geográfica: no era un país sino un mosaico de ciudades-estado pendencieras y a menudo violentamente chovinistas. Es cierto que los griegos se consideraban un solo pueblo, unidos por el idioma, la religión y las costumbres; pero lo que muchas ciudades parecían tener más en común era una adicción a luchar entre sí”. Con todo, los hoplitas primero echaron a las fuerzas enviadas por Darío y diez años después a la inmensa flota comandada por el mismísimo gran rey, entonces ya Jerjes I, vástago de Darío.
           
Así que Hegel no ahorra palabras para enaltecer aquel momento axial: “El despotismo oriental, un mundo unido bajo un señor y soberano, por un lado, y estados separados, insignificantes en extensión y recursos, pero animados por la individualidad libre, por el otro lado, se colocaron frente a frente… Nunca en la historia se ha manifestado tan gloriosamente la superioridad del poder espiritual sobre la masa material… Esta guerra… es el período más brillante de Grecia. Todo lo que implicaba el principio griego, luego alcanzó su floración perfecta y salió a la luz del día”.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Urgente / importante


… la paradoja consiste en que el mal le llega al hombre
por la misma urgencia de victoria heroica sobre el mal
Ernest Becker, Escape from Evil.

… en mi urgencia expuse todo tan rápido que me he demorado.
Sócrates (Platón, La República)



No recuerdo ningún momento en ninguno de los Diálogos de Platón en el que Sócrates haya tenido que posponer una conversación por haber tenido que ir a atender alguna urgencia.
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¿Puede haber urgencias fútiles?
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Nos encanta disfrazar las futilidades de urgencias y vivir rodeados de ellas para luego quejarnos… Por cierto, revisa tu celular, quizá te llegó un mensaje urgente.
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En nuestro mundo contemporáneo, el sentido de la urgencia es omnipresente. El capitalismo globalizado lo impone; su expresión última es el crecimiento económico. Desde su perspectiva, no hay nada más importante que lo urgente.
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¿Si no es urgente no es importante?
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“La prisa es casi siempre una manifestación de necesidades humanas ficticias”, afirma el sueco Henning Mankell, y lo dice en un libro, Arenas movedizas, que comenzó a escribir días después de que le diagnosticaron un cáncer muy avanzado en los pulmones.
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 Es imposible atender urgencias de manera elegante.
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 La importancia es una de las cualidades más antipoéticas que existen.

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Pasión sin urgencia no pasa de mala retórica.
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Erotismo: demorar lo urgente.
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Puedo imaginar amores urgentes, pero no importantes: hablar de amores importantes es normalmente una mentira (“Fue un amor importante en mi vida”) o, en el mejor de los casos, una fea redundancia.
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El deseo es siempre urgente si no, no lo es. En cambio, reflexionar en la importancia de satisfacer un deseo, lo mata: la importancia apaga, la urgencia enciende.
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“El mundo de lo íntimo es el de los deseos sin tregua ni cálculo, un mundo de violencia y urgencia absoluta, de soberanía ilimitada” (Fernando Savater, Diccionario filosófico).
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La urgencia seduce, la importancia aburre.
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La urgencia excreta; la importancia inhala, exhala.
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Aunque lo sexy siempre desata urgencias, nunca termina siendo importante.
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Siempre vale la pena prologar lo importante… “Siéntate, mira, quiero conversar contigo sobre algo importante… ¿Quieres un café, un té?”
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Lo urgente, para serlo, tiene que presentarse in media res e, ipso facto, resultar indemorable. Si soporta preámbulo, no es urgente.
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Uno puede escribir: “Enseguida abordaremos una de las cuestiones más importantes de este estudio…” En cambio, sería redomadamente estúpido enunciar: “En la siguiente frase hallará el amable lector un mensaje de carácter indiscutiblemente urgente, que será preciso que atienda en consecuencia: ¡Fuego!”
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Lo urgente no soporta antesalas. No hay nada más monstruoso que una sala de espera en el área de Urgencias.
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Toda urgencia es efímera.
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Según el narrador John le Carré, “urgente es igual a efímero, y efímero es igual a sin importancia”.
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Alguien puede andar urgido, incluso estar urgido, pero no ser urgido… A menos de que sea urgido a algo…
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Cualquiera puede darse importancia o al menos intentar hacerlo. Nadie puede darse urgencia a sí mismo. La calidad de urgente llega de fuera; la de importante, emana.
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Darle a algo poca importancia o Darle a algo mucha importancia sólo expresa una ingenuidad.
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Pluralidad mata urgencia: es angustiante cuando alguien te llama para ponerte al tanto de una urgencia… En cambio, resultaría enfadoso, si acaso, si alguien te llamara para hablarte de “una serie de asuntos urgentes”.
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Lo importante puede llegar a empujar. Lo urgente, arrastra. En Puerto Rico y República Dominicana, urgencia se dice ajoro. Ajoro significa apremio, prisa, urgencia. Deriva de ajorrar, vocablo que procede del árabe yorro, “arrastrar”. Si uno ajorra o ajora a alguien, lo apresura: ajorrar es “llevar por fuerza gente o ganado de una parte a otra”.
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La importancia por excelencia es trascendente. La urgencia por excelencia es de vida o muerte. Canta Homero:
Pero hay una necesidad urgente que oprime a los aqueos:
ahora sí que está sobre el filo de la navaja para todos
los aqueos la luctuosa ruina total o seguir con vida.
(Ilíada X; 172-174)
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La importancia impone; la urgencia aprieta, oprime. Urgir es apremiar. Apremiar significa compeler a alguien a que haga algo con prontitud, y, en segunda acepción, oprimir, apretar.
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¿Es la sección de Urgencias de un hospital la más importante?
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Nadie le da importancia a la urgencia con la que hoy todos necesitamos un poco de tranquilidad.
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Lo importante nunca apremia:
            - Cuando tengas tiempo me llamas, ¿sí?
            - ¿Es urgente?
            -No, no, cuando tengas tiempo. Quiero platicarte con calma algo importante.
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Aunque toda necesidad es importante, hay algunas prorrogables; no todas son urgentes.
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Mao Tse-Tung exageró un poco cuando advirtió que lo urgente atenta contra lo necesario, pero hay que comprenderlo, tenía urgencia de realizar una revolución cultural.
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“Tareas urgentes del momento”, un pleonasmo.
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Aforismo urgente de Salvador Elizondo: “La filosofía no admite sistematización más que en el caso de los problemas que no tienen ninguna importancia”.
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Tengo algo urgente que soñar.
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Antes de cerrar los ojos, recuerdo un aforismo de Karl Kraus: “¿Cuándo tendré tiempo para no leer tantas cosas?”
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sábado, 21 de septiembre de 2019

Ceniza, arena y olvido


En los tiempos que vivimos, la memoria es más corta
si cabe que en nunguna época anterior…
Nos inundan todo el rato con una lluvia torrencial de información…
Nos revientan el cerebro simbólicamente. A medida que entra información nueva,
los recuerdos anteriores van quedando en los vertederos mentales.
Henning Mankell, Arenas movedizas.


La más célebre erupción del monte Vesubio ocurrió hace muy poco tiempo: hace apenas 1940 años. Según los vulcanólogos, aquel fue el quinto episodio eruptivo del coloso localizado junto al golfo de Nápoles, al sur de los Apeninos, en la costa suroeste de la península itálica. Los cuatro primeros sucedieron fuera de la perspectiva de la historia: el más antiguo, denominado Pomici di Base, acaeció hace 18,300 años, y fue el que provocó la formación de la caldera; el segundo, Pomici verdoline, tuvo ocasión unos dos mil años después; el tercero, la llamada erupción Mercato, se registró hace ocho mil años, y el cuarto, Pomici di Avellino, hace solamente 3,800 años —de este último sí conservamos algo en la memoria, si no histórica, al menos sí arqueológica, dado que el exabrupto geológico arrasó varios asentamientos megalíticos y dejo vestigios—. Cuando se produjo la quinta erupción del Vesubio, el centro del mundo se hallaba muy cerca de ahí —en Roma, unos 240 kilómetros al norte, meses antes, Tito había sucedido como emperador a su padre, Vespasiano—. El hecho geológico resultó también ya plenamente histórico, documentado por escrito. Cayo Plinio Cecilio Segundo, mejor conocido como Plino El joven —quien entonces andaba por los 18 años y vivía en el puerto de Miseno, en la punta norte de la misma bahía de Nápoles, desde donde observó el fenómeno—, en una carta dirigida a Cornelio Tácito, testimonió: “Una nube… estaba ascendiendo; de su aspecto no puedo darte una descripción más exacta que se parecía a un pino, pues se iba acortando con la altura en la forma de un tronco muy alto, extendiéndose a su través en la copa a modo de ramas; estaría ocasionada, me imagino, bien por alguna corriente repentina de viento que la impulsaba hacia arriba pero cuya fuerza decreciera con la altura, o bien porque la propia nube se presionaba a sí misma debido a su propio peso, expandiéndola... Parecía ora clara y brillante, ora oscura y moteada, según estuviera más o menos
El último día de Pompeya, Karl Brullov.
impregnada de tierra y ceniza”. A la anterior descripción se debe que a este tipo de erupciones se les llame plinianas, y por esta epístola sabemos que la tragedia ocurrió en el 79 de nuestra era —aunque también por Plino El joven durante muchísimo tiempo se fechó erróneamente el suceso, el cual no aconteció el 24 de agosto, o “el noveno día antes de las calendas de septiembre”, como anotó él, sino dos meses después, el 24 de octubre—. Como bien se sabe, esa erupción del Vesubio fue particularmente violenta (VEI 5) y destruyó varias ciudades, como Herculano, Oplontis, Estabia y, claro, también Pompeya.
           
En 2014, el escritor sueco Henning Mankell (1948-2015) publicó Kvicksand, el cual fue traducido por Carmen Montes Cano al año siguiente para la edición en español: Arenas movedizas (Tusquets, 2015). Mankell dedicó este su último libro a su esposa, Eva Bergman —por ciero, hija del realizador también sueco Ingmar Bergman (1918-2007)—, y además “a la memoria del panadero Terentius Neo y su mujer, cuyo nombre no conocemos”.
¿Quiénes son ellos? El hombre y la mujer que nos observan desde el fresco que durante mucho tiempo fue conocido, incorrectamente, como Retrato de Paquio Próculo y su mujer. La obra, realizada alrededor del año 30 d. C., fue hallada durante las excavaciones de Pompeya, y en realidad representa a Terentius Neo y su esposa, cuyo negocio se encontraba en la Vía de la Abundancia, calle importante de Pompeya. “El dominus, de rasgos un tanto rudos, caracterizados por los grandes ojos, nariz larga, bigote y corta barba, viste toga y ase en la mano un rollo… Su esposa, de rostro triangular, mirada fija y cabellos cuidadosamente peinados, se lleva al mentón el estilo, mientras que con la izquierda sostiene un díptico, para presentarla con la apariencia aristocrática de literata” (Ranuccio Bianchi Bandinelli, El arte de la Antigüedad clásica). En su dedicatoria, Henning Mankell no atiende la descripción física de la pareja; apenas apunta: “Se los ve serios y, al mismo tiempo, soñadores. Ella es muy hermosa, pero reservada. Él también da una impresión de timidez. Dos personas que parecen tomarse sus vidas muy en serio”. En cambio remata con lo poco que podemos intuir de su historia: “Cuando los sorprendió la erupción del volcán en el año 79, seguramente no tuvieron mucho tiempo para comprender qué estaba ocurriendo. Murieron allí, en la plenitud de sus vidas, sepultados en cenizas y lava ardiente”.
           
Henning Mankell publicó medio centenar de libros, varios de los cuales han sido traducido a unos cuarenta idiomas. Quizá lo más conocido de su obra sea su serie de novelas negras protagonizadas por el inspector Wallander, pero además escribió muchas obras de teatro y otras novelas entrañables —es imperdible el par protagonizado por el doctor Fredik Welin, Zapatos italianos y Botas de lluvia suecas—. Mankell comenzó a escribir Arenas movedizas a inicios de 2014, cuando le diagnosticaron un cáncer de pulmón ya muy avanzado. Es un libro sobre el miedo y el valor, sobre el tiempo, la historia y la responsabilidad de nuestra especie, sobre la civilización y sus residuos, pero sobre todo, me parece, es una reflexión en torno al olvido… “Nadie quiere que lo olviden”.
           
Henning Mankell falleció el 5 de octubre de 2015. Tenía 67 años y unos meses antes había escrito: “El destino del ser humano es que lo olviden”.