Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Historia versus sentido común


Así dice Jehová a su ungido, a Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha,
para sujetar naciones delante de él y desatar lomos de reyes;
para abrir delante de él puertas, y las puertas no se cerrarán.
Yo iré delante de ti, y enderezaré los lugares torcidos;
quebrantaré puertas de bronce, y cerrojos de hierro haré pedazos..
Isaías, 45: 1-2.

El primer imperio de la historia que aglutinó varios imperios, el aqueménida, fue levantado a partir del imperio medo. Su constructor fue Ciro el Grande. Haya sido por las buenas o por las malas, el joven persa desplazó del trono medo a su abuelo materno, el cholenco Astiages, y a partir de Ecbatana inició la expansión persa, algunas veces por la fuerza y otras persuadiendo. El hombre fue sin duda un estratega. “Gobernó sobre pueblos que no tenían la misma lengua que él ni una lengua común entre ellos…”, admirado, escribiría Jenofonte —Ciropedia, c. 365 a. C. —. Se apoderó de Lidia —c. 547 a. C. —, de las colonias griegas de Anatolia y del poderoso imperio neobabilónico con todos sus dominios —c. 539 a. C. —, en tanto que, hacia el este, llevó su soberanía hasta lo que hoy es Afganistán. El periodista polaco Ryszard Kapuscinski (1932-2007) lo compedia así: “Estamos en el siglo VI antes de nuestra era y los persas viven su gran época de expansión… Después de ellos, pasados los años y siglos enteros, a cada momento un país u otro intentará dominar el mundo, pero el ambicioso intento de los persas de aquellos tiempos remotos acaso sea tal vez el más temerario y valiente” (Viajes con Heródoto).

Ciro falleció en el 530 a. C., muy lejos de su tierra de origen. Andaba por los confines del mundo, de su mundo, a donde, según todos los indicios, fue a perder la cabeza por avaricia. El gran rey, para entonces ya con treinta años de triunfos, se había animado a conquistar a los masagetas, habitantes de las oceánicas llanuras de Asia central. Por entonces, aquellas tribus seminómadas eran gobernadas por una viuda, la reina Tomiris. Heródoto de Halicarnaso (c. 484 a. C. – 425 a. C.) —él mismo súbdito de nacimiento de los aqueménidas— cuenta que, al llegar las huestes persas a las orillas del río Amu Daria —actualmente frontera natural entre Afganistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán—, por intermediación de un mensajero, Ciro propuso matrimonio a Tomiris, sin embargo ella, “comprendiendo que no pretendía su mano, sino el reino…, le prohibió la entrada”. Pero Ciro ya había andado mucho desde Susa hasta aquellos lares, e iba decidido a ampliar su imperio a como diera lugar. Kapuscinski compara la expedición de los persas a Asia central con la que, más de dos mil años después, emprendería Napoleón contra la Rusia zarista. Juzga que a ambos, al persa y al corso, “… la capacidad por conquistar les ha privado la capacidad de juicio, les ha arrebatado el sentido común”. Y enseguida, él mismo acota y nos pregunta: “Aunque, por otra parte, si el mundo se rigiese por el sentido común, ¿habría nacido la historia? ¿Existiría?”

Mientras Ciro comenzaba a construir puentes para que su ejército cruzara el río, Tomiris le haría llegar un mensaje “lleno de palabras meditadas y de sentido común”; Heródoto las consigna: “Bien puedes, rey de los medos, excusar esa fatiga que tomas con tanto calor: ¿quién sabe si tu empresa será tan feliz como deseas? Más vale que gobiernes tu reino pacíficamente, y nos dejes a nosotros en la tranquila posesión de los términos que habitamos. ¿Despreciarás por ventura mis consejos, y querrás más exponerlo todo que vivir quieto y sosegado? Pero si tanto deseas hacer una prueba del valor de los masagetas, pronto podrás conseguirlo. No te tomes tanto trabajo en juntar las dos orillas del río. Nuestras tropas se retirarán tres jornadas y allí te esperaremos; o si prefieres que nosotros pasemos a tu país, retírate a igual distancia, y no tardaremos en buscarte”.

Creso, rey de los lidios derrotado años antes por Ciro, y quien lo acompañaba en aquella expedición, le advirtió: “… ten ante todo presente que en el ámbito humano existe un ciclo que, en sucesión, no permite que siempre sean afortunadas las mismas personas”. Por supuesto, la inercia de la historia era ya imparable y Ciro no recapacitó, incluso desatendiendo un sueño funesto —en el cual por cierto se cuela Darío por primera vez en la Historias de Heródoto—… En un primer encontronazo, Ciro tendió una trampa a los masagetas —primero les mandó un montón de carne de guerra persa y luego les dejó mesas dispuestas con manjares y vinos, en las que los envanecidos guerreros comieron y se embriagaron—, y logró derrotar a una parte importante de su ejército, y apresar al hijo de Tomiris, Espargapises. Incluso después de este episodio la reina Tomiris intentaría apelar al buen jucio de Ciro, enviándole el siguiente recado con un heraldo: “Sanguinario Ciro…, no te ufanes si con el fruto de la vid… has vencido a mi hijo en una celada… Acepta ahora… el consejo que mi benevolencia te dicta. Devuélveme a mi hijo y vete impunemente… Si no lo haces, te juro por el sol…, que, por sanguinario que seas, yo te saciaré de sangre”. A Ciro aquellas palabras no le hicieron la menor mella, y ocurrió puntual la desgracia: primero, al despertar de la borrachera, Espargapises, viéndose prisionero de sus enemigos, decidió suicidarse… Días después tendría lugar la batalla definitiva… “El grueso del ejército persa fue aniquilado…, también perdió la vida el propio Ciro… Entonces Tomiris mandó llenar un orde de sangre humana y buscar el cadáver de Ciro entre los muertos…” Los masagetas hallarían el cuerpo del gran rey aqueménida y lo decapitarían, para que su atormendada reina introdujera la cabeza de Ciro en el orde: “Yo, tal como te prometí, voy a sacierte de sangre”.

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