Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 26 de febrero de 2021

Manual de pensamiento

  

…  pensar es un proceso agotador;

es mucho más fácil aceptar creencias pasivamente

que pensarlas cuestionando rigurosamente sus fundamentos

y preguntándose cuáles son sus consecuencias…

L. Susan Stebbing, Thinking to Some Purpose.

 

 

¡Me hallé un librito utilísimo! Thinking to Some Purpose (pensar con un propósito, pensar con un objetivo, pesar con sentido), un libro que ni mandado a hacer para estos nuestros días en los que, pletórica y diversa, la confusión se propaga veloz e imparable. La confusión —cruel torpedera de la realidad compartida— se extiende por toda el ágora, en algunos casos propulsada por la auténtica perplejidad frente a los hechos insólitos que hoy vivimos —insólitos, con todo y que otros muy parecidos ya habían sucedido antes, con todo y que habían sido predichos—, en otros planeada y pastoreada con toda la mala intención de generar desánimo y descontento, y en cualquier caso atizada por nuestra capacidad de abstracción cada vez más atrofiada e incapaz de mantenerse a flote bajo la catarata de información cotidiana. La discusión pública rebosa estulticia. En este contexto, qué conveniente resulta un libro que en su portada se presenta como “un manual de primeros auxilios para el pensamiento claro, en el que se muestra cómo detectar errores de lógica en los procesos mentales de otras personas y cómo evitarlos en el nuestro”.


La autora de Thinking to Some Purpose, la inglesa Lizzie Susan Stebbing (1885-1943), fue la primera mujer en todo el Reino Unido en ocupar la titularidad de una cátedra de Filosofía —Bedford College, 1933—, y también la primera que alcanzó la presidencia de la Asociación Británica de Humanidades. Aunque vivió poco —menos de 58 años—, desarrolló una fértil carrera como divulgadora y filósofa —junto con Bertrand Russell, George Edward Moore y Wittgenstein, se le considera integrante de la escuela de la Filosofía Analítica—. En 1939, cuando doña Susana publicó su manual, ya era una respetada presencia intelectual en Europa. Nueve años atrás había publicado —aunque inicialmente ocultó su condición femenina firmando como “L. S. Stebbing”— A Modern Introduction To Logic, después Logic in practice en 1934 y Philosophy and the physicists en 1937.

 

En el prefacio a su Thinking to Some Purpose (Penguin ‘Pelican’ books series), L. Susan Stebbing explica qué persigue con su obra: “Estoy convencida de la urgente necesidad de que en una sociedad democrática la gente piense con claridad, sin las distorsiones debidas al sesgo inconsciente y a la ignorancia no reconocida. Nuestros errores de pensamiento se deben en parte a fallas que hasta cierto punto podríamos superar si viéramos claramente cómo surgen. El objetivo de este libro es hacer un pequeño esfuerzo en esta dirección.” Por supuesto, un planteamiento enteramente pertinente y oportuno para nosotros, aquí en México y ahora en febrero de 2021.

 

Stebbing parte del postulado de que las personas podrán tener pensamientos equivocados, pero, de entrada, no llegan a ellos ni por estupidez ni por perversidad, aunque quizá sí caen en ellos por inercia e incluso por pereza. “Tengo la esperanza”, escribe, de que el electorado no desea pensar con deshonestidad ni apoyar la deshonestidad de algunos políticos o la ineficacia de determinadas políticas públicas. Sin embargo, y aquí está el meollo de su planteamiento, asegura que la mayoría de los ciudadanos “está preparada de manera imperfecta para seguir adecuadamente una discusión”, esto es, y esquivando el eufemismo, sostiene que la mayoría de la gente no está entrenada para participar en el debate de público…, lo cual, claro, no impide que lo haga. Por supuesto, José Ortega y Gasset estaría de acuerdo con la británica, toda vez que él alertaba precisamente que el hombre-masa, el esnob, el no calificado, ha tomado por asalto el proscenio de la vida pública y lo ha hecho defendiendo el derecho a la vulgaridad y a la falta de pertinencia (La rebelión de las masas, 1929). Si el diagnóstico era entonces certero, en la actualidad no sólo sigue siéndolo, sino que la situación se ha agravado. Las redes sociales son un muestrario repleto de la expresión, muchas veces desbocada y fogosa, de quienes asegurar tener todo el derecho a opinar sin el menor empacho sobre los temas más complicados y profundos, aunque no sepan del asunto más allá de generalidades y medias verdades, aunque no se den un momento para masticar las cosas mentalmente, y lo hacen, aunque casi siempre sus opiniones no sean más que ecos, repeticiones irreflexivas: Desde mi muy particular punto de vista…/ Aunque no soy experto en el tema… / Personalmente creo… En este lastimero contexto es en el cual la filósofa quiso incidir, porque, afirma, “si vale la pena mantener las instituciones democráticas, entonces los ciudadanos de un país democrático deberían decidir sus votos sólo después de la debida deliberación”. ¿Y a qué se refiere con una “debida deliberación”? El debate debe darse a la luz de los hechos y debe estar guiado por la evaluación de las evidencias de las que se dispone, además, implica “la capacidad de descartar, en la medida de lo posible, los efectos de los prejuicios, y evadir la distorsión producida por los temores injustificables y por las esperanzas irrealizables”. Y el reto no se limita a pensar a partir de evidencias y tratando de hacer a un lado nociones preconcebidas, miedos e ilusiones, también es imprescindible no pensar sin dirección o con muchos puertos en mente, sino “pensar de manera relevante”, es decir, pensar con un propósito específico, definido y evaluado. “Perseguir un objetivo sin considerar lo que implicaría su realización resulta una estupidez: el resultado puede ser afortunado, pero no sabio.”

 

Así que no, pensar no es tarea fácil. Haga una pausa y piénselo un rato…

 

viernes, 19 de febrero de 2021

Esnobismo y desvergüenza

  

The true definition of a snob is one

who craves for what separates men

rather than for what unites them.

John Buchan, Memory Hold-The-Door.

 

 

Todavía anoche, el plan era someter aquí a su buen juicio la vigente pertinencia de la noción esnob, según la conceptualizó hace casi cien años el filósofo José Ortega y Gasset (La rebelión de las masas, 1929). Pero algo habrá ocurrido en el entretanto que hoy desperté, más que belicoso, con ánimo conciliador y con el sano propósito de no pisar callos. Así que mientras trataba de mantener a raya ciertas curvaturas haciendo un poco de elíptica, decidí mejor dedicar mi columna al más reciente libro de Manuel Caparós, Sinfín (Planeta, 2020), una novela post apocalíptica, distópica y global, en la que el argentino narra acontecimientos lo suficientemente lejanos en el tiempo como para que nadie se sienta señalado… Pero, ya se sabe, el destino es inalterable: al revisar mi TL me fui a topar con la siguiente declaración del columnista Manuel Díaz:

 

Que les quede claro politicuchos de “oposición”: Sabemos lo que son, lo que han robado, de sus compadrazgos. Aun así, la 4T ha salido un poco peor por el culto a un hombre sin resultados. Votaremos por ustedes, pero NO será un cheque en blanco, seremos más críticos ¡aguas!

 

A botepronto, obviando la treta retórica de la primera persona del plural con la que un singular declarante enuncia, apostillé: Que dice Manuel que apoya con todo a los ladrones y corruptos del PRIAN porque sufre pejefobia. Si en la primera parte de mi tuit únicamente no hacía más que parafrasear la afirmación de Manuel —la referida oposición, entrecomillada por cierto, bien sabemos, ya es formalmente un imposible muégano ideológico conformado por el PRI, el PAN, más la morralla amarilla, comandada por un señor X—, ciertamente en la segunda aventuraba una explicación, la pejefobia, a partir de la explícita mención del consabido “culto a un hombre”. Y justo con esto es con lo que Manuel no estuvo de acuerdo:

 

Cero pejefobia. RESULTADOS. 

Eran nefastos, se fueron a Morena los peores y sin soluciones pues no hay de otra.

 

No sólo no niega que apoya a quienes él mismo juzga como ladrones, sino que lo reafirma y además ahora los adjetiva como nefastos. Publicita que votará por ladrones y nefastos. En fin, me parece que, sin la coartada de la pejefobia, Manuel queda peor parado, puesto que su desvergüenza se queda sin la justificación del referido trastorno de ansiedad.

 

Pero la postura de Díaz no es excepcional. En estos días, la desvergüenza política se ha normalizado. Escribo desvergüenza —“falta de vergüenza, insolencia, descarada ostentación de faltas y vicios; dicho o hecho impúdico o insolente”— para evitar cinismo. Es verdad que para la RAE un cínico es alguien que muestra “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”, pero para mí sigue siendo una falta de respeto a la escuela fundada por Antístenes y Diógenes de Sinope llamar cínicos los desvergonzados…, tanto como llamar escépticos a los descreídos o estoicos a los conformistas.

 

La desvergüenza es un ingrediente sustancial del esnobismo. En su “Prólogo para franceses” (1937) a La rebelión de las masas, en un pie de página, Ortega y Gasset nos recuerda el origen de la palabra esnob: “en Inglaterra las listas de los vecinos indicaban junto a cada nombre el oficio y rango de las personas. Por eso, junto al nombre de los simples burgueses aparecía la abreviatura s. nob., es decir, sin nobleza.” El esnob es el hombre “previamente vaciado de su propia historia…, es sólo un caparazón. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene apetitos, cree que tiene derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obligan—sine nobilitate—, snob”.

 

Otro componente del esnobismo es la vulgaridad. No me refiero a lo vulgar en cuanto a lo relativo al vulgo, al pueblo, sino en el sentido de “lo que es impropio de personas cultas o educadas”, y lo “común o general, por contraposición a especial o técnico” (RAE). Lo vulgar por eso se halla tan próximo a lo grosero —“carente de educación o de delicadeza”—. Don José alertaba hace un siglo: “lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera”. Ejemplos proliferan.

 

El señor Jorge Triana, insigne panista chilango, tuiteó el 25 de enero:

 

Dice López-Gatell que no va a informar nada sobre las condiciones de salud de @lopezobrador_ porque tiene derecho a su privacidad… Hasta donde tengo entendido ese señor se alquiló para presidente, su estado de salud es asunto de seguridad nacional.

 

En estricto sentido, alquilar alcanza para referirse a seres humanos —“dicho de una persona: ponerse a servir a otra por cierto estipendio”—, lo cual no quita que la formulación de Triana sea sumamente grosera, chabacana.

 

Al día siguiente, refiriéndose a la vacuna Sputnik V, la senadora Lilly Téllez tuiteó:

 

La vacuna rusa NO está aprobada por la Comunidad Científica Internacional pero la aprobará la Cofepris en México. Es la vacuna barata, por eso la eligió el Gobierno.

 

La vacuna rusa nunca fue desaprobada por la comunidad científica internacional, sino que aún no había sido aprobada, hecho que ocurriría días después. Más interesante es la segunda parte del mensaje: en dado caso, ¿sería pernicioso que una vacuna tuviera un bajo costo? Para el esnob sí, caro es bueno y barato de malo.

 

Cierro con un ejemplo que mueve a la sonrisa. El experto en asuntos de la farándula nacional, Pedro Sola, tuiteó el pasado 10 de febrero:

 

Una disculpa por la ignorancia, que alguien me diga quién es Felipe Angeles. Así le pusieron al aeropuerto nuevo.

 

Así el famoso comentarista no sólo difunde ser un ignorante sino su derecho a serlo. Si en lugar de tuitear “Felipe Ángeles” lo hubiera googleado, habría despejado su falsa duda: el señor Pedrito no quería saber, quería presumir que no sabía…, como Manuel, mi buen contertulio virtual, que se preocupó en hacernos saber que apoya electoralmente a quien él mismo considera gente nefasta.  

viernes, 12 de febrero de 2021

La altura de los tiempos

  

Tú y yo y también los demás presentes: ellos y ellas, todos, los vivos y las vivas, el titipuchal de homínidos que participamos de este mismo ahora. Los simultáneos. Las actuales. Los hodiernos. Nosotros, la gente de hoy mismo, los vigentes… Quienes transcurrimos por el mismo tramo del tiempo compartimos un montón de circunstancias, algunas concretas y algunas abstractas. Por descontado, esta situación no es nueva; la novedad está en la universalidad de la sincronía. Como jamás antes había sucedido a lo largo de la existencia de la humanidad, la mayoría de las mujeres y de los hombres estamos engarzados a un mismo hoy. Los contemporáneos somos muchísimos, no sólo porque hemos alcanzado un contingente colosal e inédito—más de 7,843 millones de sapiens—, también porque nunca antes tan mayúscula proporción de la especie se había encontrado interrelacionada; jamás tanta gente de aquí podía enterarse o incluso verse afectada por los avatares y los quehaceres de las personas de allá, todos hilvanados en el mismo hogaño. Si bien la revolución digital y la homogeneización cultural ya nos tenían a casi todos habitando el mismo mundo, desde hace un año una pandemia, un evento global por antonomasia, prevista y sorpresiva, nos sincronizó aún más y aun a muchas y muchos más. Por ello, actualmente es ahora, además de un adverbio de tiempo, un condicionante histórico que empareja ecuménicamente, que rasa mentalidades en todo el orbe.

 

No pensemos en la población mundial que puntual y en bola confluye en el mismo momento histórico, ahorita. Tampoco en toda la aldea global interconectada. De entre los que hoy por hoy plagamos el planeta, pensemos solamente en los que conforman la masa crítica o medianamente crítica o por lo menos consciente. Ellos, ellas, usted y yo, ¿cómo percibimos nuestra propia época? En cierta forma me refiero al genius seculi, al dichoso espíritu de la época, el Zeitgeist, pero más precisamente a lo que José Ortega y Gasset conceptualizó como “la altura de los tiempos”.

 

Según el filósofo español, cada época se percibe a sí misma con una determinada altimetría respecto a las otras, las pretéritas y a las futuras, más alta o más baja. Nosotros seguimos deslumbrados por la engreída ideología del Siglo de las Luces, y por eso solemos creer que siempre se ha apreciado el pasado como inferior al presente. Es una noción obtusa. “Ni todas las edades se han sentido inferiores a alguna del pasado, ni todas se han creído superiores a cuantas fueron y recuerdan”, explica el madrileño (La rebelión de las masas, 1929). Vale entonces la pregunta: ¿cómo percibimos nuestra propia época? ¿Cómo nos sentimos respecto al pasado y frente al porvenir? 

 

Quizá su primera respuesta, hipotético lector, sea que no existe una percepción generalizada, que, a diferencia de todo lo demás, tanto la amargura y la nostalgia, como el optimismo y el pesimismo sí están bien repartidos en el mundo. Ciertamente, no es difícil encontrar posturas extremas. Por ejemplo, en 2018, se publicó un libro del sueco Hans Rosling (1948-2017) que pronto se convertiría en un best seller internacional, Factfulness (Sceptre), un vocablo intraducible al español, pero cuyo subtítulo explicita el empeño del autor: Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que se piensa. Al igual que hace Steven Pinker (Montreal, 1954) en Enlightenment Now (2018), el planteamiento es simple y se presenta como contundente: las cosas están de maravilla y nos tocó vivir una época extraordinariamente buena, la mejor de todas, de tal forma que quienes no lo perciben así sencillamente están equivocados. En el extremo opuesto están las perspectivas, más que pesimistas, apocalípticas. El sociólogo alemán Wolfgang Streeck (1946) —director emérito del Instituto Max Planck para el estudio de las sociedades— sostiene en su libro How Will Capitalism End? (Verso Books, 2016) que el mundo está desbarrancándose en un interregno, un período de discontinuidad en el orden social, conforme el capitalismo se derrumba sobre sí mismo. En su ensayo The demise of the nation state (2018), Rana Dasgupta (Canterbury, 1971) argumenta que el acabóse no sólo es un asunto de dólares y algoritmos, sino también sociopolítica: la debacle del Estado Nación “no es un evento meramente ‘económico’ o ‘tecnológico’. Es un trastorno de la época, que deja a la población destrozada y sin recursos”. Más drástica, la tesis central de The End of the Megamachine (Zero, 2020) del alemán Fabian Scheidler (1968) es que este modelo civilizatorio ya dio de sí, y que, en efecto, vivimos su colapso.

 

¿Entonces? ¿Cómo percibimos nuestra propia época? La mejor respuesta que he encontrado la ofrece, sin querer, el mismo Ortega y Gasset. Me explico… Comentaba aquí la semana pasada que Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) establece un paralelismo entre la actualidad y los años posteriores a la Gran Depresión y previos al estallido de la II Guerra Mundial, es decir, justo cuando don José publicó La rebelión de las masas. El tino de Chomsky al señalar la semejanza entre aquellos años y los nuestros se evidencia en la descripción que Ortega y Gasset hace de la autopercepción de aquel tiempo: “No es fácil de formular la impresión que de sí misma tiene nuestra época: cree ser más que las demás, y a la par se siente como un comienzo, sin estar segura de no ser una agonía. ¿Qué expresión elegiríamos? Tal vez ésta: más que los demás tiempos e inferior a sí misma. Fortísima y a la vez insegura de su destino. Orgullosa de sus fuerzas y a la vez temiéndolas.” No podría enunciar mejor nuestro presente.

jueves, 11 de febrero de 2021

Del México asolado al cambio de mundo

 

En septiembre de 2017, todavía muy muy lejos de las elecciones de julio de 2018, escribí este texto, México asoleado… Lo traigo a cuento por la plática que hoy Martha Mercado, Magistrada Electoral del Tribunal Electoral de la Ciudad de México, ofrecerá en sobre El pueblo del Sol, de Alfonso Caso. En 2017, yo terminaba mi texto así: “No sé si México viva hoy un Sexto o Séptimo Sol…, siento en cambio que vive asolado, y que nos urge cambiar de mundo.” Ahora creo que, efectivamente, en eso estamos, cambiando el mundo…

 

 

Más o menos hace mil años, fueron conminados por su dios patrono a emprender un largo y penoso andar hacia el sur. Partieron de una isla blanca, “el lugar de las garzas”, en donde, según relata Fernando Alvarado Tezozómoc (c. 1525-1610), habían vivido durante mucho tiempo: “… se hallaban radicados, esparcidos allá en Aztlán, los chichimecas, los aztecas, durante 1014 años, según resulta del cómputo anual de los ancianos; y entonces se vinieron a pie para acá” (Crónica mexicáyotl, 1598). En algún momento del éxodo, su dios tribal, Huitzilopochtli, decide que cambiarán, además de residencia, también de apelativo: “Ahora ya no será vuestro nombre el de aztecas, vosotros seréis mexicas, y allí les embijó las orejas” (Códice Aubin, 1576). Mexicas ya y ya con las orejas embijadas —es decir, teñidas con bija o achiote—, vinieron a erigir su ciudad capital en un insignificante islote situado en medio del “lago de la Luna, el Meztliapan, como se llamaba esotéricamente el lago de Texcoco”…, claro, insignificante hasta el momento preciso en que un ave regia, el águila representante de un colibrí zurdo, el fiero Huitzilopochtli, se posó sobre un nopal para devorar una serpiente. “Allí, donde fue arrojado el corazón del primer sacrificado, allí debía brotar el árbol espinoso, el árbol del sacrificio, que representa el lugar de las espinas, Huitztlampa, la tierra del Sol…” (Alfonso Caso. El pueblo del Sol. FCE, 1953). Así que después de andar a salto de mata por la cuenca de México durante unos 150 años, en 1325 aquellos parias peregrinos decidieron fundar Tenochtitlán. Tendría que pasar otra centuria para que los mexicas, antes aztecas o aztatecas, a partir de entonces también tenochcas, comenzaran su historial imperialista: no sería sino hasta 1428 que conseguirán liberarse del yugo tepenaca de Azcapotzalco, y además, en alianza con Tetzcuco y Tlacopan, someterlo. El centro hegemónico de la cuenca pasó a México-Tenochtitlán, y ahí no se detuvieron sus afanes belicosos: “El pueblo azteca, como todo pueblo imperialista, tuvo siempre una excusa para justificar sus conquistas, para extender el dominio de la ciudad-estado Tenochtitlán —explica Antonio Caso—, y convertir al rey de México en el rey del mundo, Cem-Anáhuac tlatoani, y a México-Tenochtitlán en la capital del Imperio que titulaban CemAnáhuac tenochca tlalpan, es decir ‘el mundo, tierra tenochca’”. De la expansión del poderío del pueblo elegido por Huitzilopochtli dependía la continuidad del mundo: sus conquistas, y los tributos y los sacrificios correspondientes, eran indispensables para que el sol siguiera dando vida. El empuje mitológico resultó a todas luces funcional: cien años después, cuando Cortés azuzó y comandó la rebelión indígena que lo destruiría, el imperio que había comenzado en un yermo islote que ningún otro pueblo reclamaba, el Colhúa-Mexica, alcanzaba las dos costas y había sometido a pueblos más adelantados. La mitología dispensó una coartada simbólica a los aguerridos tenochcas, legitimando, tanto frente a los hombres como ante las divinidades, su marcha imperialista: para ello, conectaron su identidad con la gente de Tula (600-1165) y su cosmogonía con los colosos de Teotihuacán (100-750): “las dos ciudades que precedieron a los mexicas… sirvieron para que éstos las tomaran como referencia inmediata en su relación con lo divino y con la grandeza humana” (Eduardo Matos. Tenochtitlán. FCE, 2006).

 

Los mexicas creían que Teotihuacán, la misteriosa ciudad en ruinas, había sido edificada por gigantes. De por sí eso ya era un portento, aunque era lo de menos: lo trascendente era que en aquella ciudad los dioses habían creado el sol del maíz, el sol del hombre nahua, su sol: el Quinto Sol, porque antes de ello, se habían sucedido ya cuatro, uno a uno: cuatro eras, cuatro mundos distintos con sendos tipos de gente. Conocemos el mito cosmogónico de los antiguos mexicanos gracias a una serie de documentos testimoniales, entre ellos, el más antiguo y quizá el más importante, la Piedra del Sol. La llamada Leyenda de los Soles es referida también en otros monumentos, en códices e informes de indígenas y religiosos. Destacan la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas (c. 1533), el Manuscrito de 1558, el Códice Vaticano (copia hecha en 1563 de uno anterior), los Anales de Cuauhtitlán, la Sumaria relación y la Historia chichimeca de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, y la Historia de Tlaxcala de Muñoz Camargo. Si bien en lo fundamental cuentan lo mismo, presentan algunas diferencias entre sí en el orden de las eras, los cataclismos y las mutaciones que causaron. Roberto Moreno y de los Arcos (1943-1996) elaboró una lectura integradora de todas las fuentes —“Los cinco soles cosmogónicos”. Estudios de cultura náhuatl. UNAM. V. 7, 1967—, según la cual el orden de los Soles sería el siguiente: Tierra, Viento, Fuego, Agua y Movimiento, regidos por los dioses y colores Tezcaltipoca/negro, Quetzalcóatl/blanco, Tlalocatecuhtli/rojo, Chalchiuhtlicue/amarillo y, otra vez, Quetzalcóatl/¿verde?, respectivamente. Al final del primer Sol, Nahui-Océlotl, a los gigantes se los comieron los tigres; cuando terminó Nahui-Ehécatl, los hombres mutaron en monos; la siguiente era, la de Nahui-Quiáhuitl, concluyó y la gente se transformó en aves; la cuarta época, la de Nahui-Atl, acabó y la humanidad se volvió un cardumen inmenso de peces, y el Quinto Sol, el de los mexicas, habría de finalizar con la destrucción total a causa de horrorosos terremotos… El acabose del mundo de los mexicas desembarcó en Yucatán y luego de costear hasta la tierra de los totonacos avanzó tierra adentro hacia el Altiplano; conforme se fue acercando a la gran Tenochtitlán fue ganando fuerza, alimentándose con el encono de los pueblos subyugados.

 

No sé si México viva hoy un Sexto o Séptimo Sol…, siento en cambio que vive asolado, y que nos urge cambiar de mundo.


Coda

Hoy, en febrero de 2021, creo que, efectivamente, en eso estamos, cambiando el mundo…

miércoles, 10 de febrero de 2021

Antilopezobradorismo cubreboquista y cubreboquismo contralopezobradorista

Hoy en la mañana, mi amiga K me envió un Whats: Querido, yo se que eres súper 4t. Pero quiero que porfas me digas súper honesto qué piensas de esto.

 

Antes de ver lo que me mandaba, a botepronto estuve a punto de contestarle: ¿Cómo que “pero quiero… que me digas súper honesto”? ¿Cómo que “pero”? Bueno, no lo escribe en mala onda, seguro…


K me enviaba un tuit de @periodistassin2, una cuenta con 17 seguidores:

AMLO vuelve 

El presidente de #México 🇲🇽 retoma sus actividades públicas tras recuperarse de la #COVID19. Andrés Manuel López Obrador, sin embargo, dijo que no seguirá la recomendación médica de usar mascarilla y que retomará sus giras por todo el país.

Y anexaba un video de la agencia alemana DW [@dw_espanol]. Una voz femenina informa, mientras se muestran algunas tomas de la mañanera del lunes 8 de febrero: “El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, reanudó su actividad pública tras dos semanas enfermo de covid-19. Sin embargo, a pesar de su edad, tiene 67 años, y de su condición médica, pues es hipertenso y tuvo un infarto en 2013, ha afirmado que no piensa seguir la recomendación sanitaria de usar cubrebocas en público, y que retomará sus giras por todo el país. México es la tercera nación del mundo con más fallecimientos por la pandemia, con 166 mil muertes y casi dos millones de casos confirmados”.

 

Bien, ¿qué pienso? Pienso que el lunes el Peje cayó en una emboscada. Que la videonota de DW está descontextualizada y además es amañada. Voy por partes.

 

Nada tiene que ver la edad ni los antecedentes médicos del presidente con el uso del cubrebocas. Tampoco hay una “recomendación sanitaria” para usarlo “en público”, sino en espacios cerrados, no ventilados, en los que haya muchas personas que no puedan mantenerse a sana distancia. Menos tiene que ver el tema de la nota, que el presidente dijo que no usará el cubrebocas, con los datos con los que cierra: ¿o ha habido tantos muertos en México porque AMLO no siempre usa el cubrebocas? Porque, ojo, sí lo utiliza en las situaciones en que se recomienda hacerlo, como durante los viajes en avión.

 

Ahora, efectivamente, AMLO dijo el lunes que no iba a usar el cubrebocas… Con todo, sin contexto, el dicho no se entiende.

 

Ocurrió en respuesta a la reportera Diana Benítez del diario 24 horas, quien le lanzó una pregunta triple, formulada sin la menor pulcritud sintáctica, por cierto: … estamos casi a cumplir el año de que se dio el primer caso positivo de coronavirus en México, ¿se haría un cambio de estrategia, dado que desafortunadamente pues los decesos no ceden, sigue habiendo fallecidos lamentablemente, y también si pues tras esta experiencia el gobierno federal haría obligatorio el uso de cubrebocas, y pues empezando por usted, si daría ese ejemplo que es algo que mucho se ha criticado dentro de la opinión pública?

 

“Mire. No deja de politizarse el caso del covid…”, y a partir de ahí el presidente elaboró una amplísima disertación de por qué varios de los grandes medios tradicionales —mencionó explícitamente a Reforma y a El Universal— están en contra de la 4T, y por qué politizan todo, incluso la pandemia. Y como López Obrador no contestó explícitamente, el siguiente reportero —Carlos Tomassini de Código Libre punto MX— espetó: Voy a redundar un poco en la pregunta de la colega para tener una respuesta concreta: ¿se va a hacer obligatorio el uso cubrebocas en México, sí o no?, ¿y usted, va usar el cubrebocas de ahora en adelante, sí o no?



Advierto que la contestación del Peje quizá suene anarquista: En México no hay autoritarismo. Está prohibido prohibir. Todo es voluntario. Lo más importante es la libertad, y cada quien debe asumir su responsabilidad. En México no ha habido con la pandemia toque de queda, como en otras partes, ni se ha obligado a nada. Es una decisión de cada persona. ¿Qué se ha venido recomendando? Cuidar la sana distancia, el no hacer actos masivos, el cuidarnos incluso hasta de reuniones familiares… Eso, básicamente.

 

El reportero insistió: “¿Usted va a usar el cubrebocas?”

 

No. No. Ahora ya, además, de acuerdo con lo que plantean los médicos, ya no contagio.

 

El traspié estaba dado. ¿Por qué? Porque a partir de ese momento todo el debate público en torno a la pandemia en México se concentró en la negativa de un solo hombre a no ponerse el cubrebocas. Las voces que eran ascuas casi apagándose durante los días en los que el Peje estuvo fuera de circulación, se reanimaron: ¡Es un loco! ¡Necio! Edilberto Aldán escribió en su columna: “… es un canalla miserable… se obstina en la estupidez de creerse infalible, inmortal, inmune y, contundente, se niega a usar cubrebocas…” Incluso muchas voces súper 4t se preguntaron por qué el presidente era tan terco. Y es que en realidad no todas las críticas provienen de la misma trinchera. Detecto al menos dos bien definidas. Existe el antilopezobradorismo cubreboquista y también el cubreboquismo contralopezobradorista. El primero es una postura mucho más política que el segundo, en mucho alimentada por la bien conocida pejefobia. El antilopezobradorismo cubreboquista parte de un antagonismo sistemático en contra del presidente de la República y aprovecha que no se ponga todo el tiempo el cubrebocas para tirarse a matar: ¡canalla miserable! El segundo, el cubreboquismo contralopezobradorista, es una postura bien intencionada que, partiendo de que el uso del cubrebocas es conveniente, critican que el presidente no dé el ejemplo adecuado. En cualquier caso, al calor de los cocolazos, se obvian algunos hechos: que México es uno de los países en el mundo en dónde más gente usa el cubrebocas, que AMLO suele usar el cubrebocas en las situaciones en las cuales se recomienda hacerlo, que el cubrebocas no es una protección infalible en contra del contagio y que incluso puede resultar contraproducente cuando la gente se siente inmune por portarlo… Con todo, siendo AMLO un político de gran colmillo, queda la duda: si era evidente que iba a desatar una ola de críticas, ¿por qué no contestó sencillamente que lo seguiría usando en las situaciones en las que se considere indispensable hacerlo, y ya? Creo que hay algo más que no estamos viendo.

 

No sólo tenemos que aprender a vivir en convivencia con el SARS-Cov2 al menos hasta que más o menos el 70% de la población esté vacunada, además, tenemos que aprender a vivir con la gente a la que ya le pegó el bicho y tuvo la fortuna de salir vivo. A mí me ocurrió en abril del año pasado, y me queda claro que hay cierta estigmatización. Quizá, después de todo, el Peje sí está poniendo el ejemplo.

domingo, 7 de febrero de 2021

Globalización centenaria

La globalización no es un fenómeno tan reciente como solemos creer. El portentoso filósofo español José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 - ibídem, 18 de octubre de 1955) atisbó su erupción hace casi cien años; en el capítulo IV de su ensayo La rebelión de las masas, publicado originalmente en 1929 en las páginas del periódico madrileño El Sol, lo describe espléndidamente:

Según el principio físico de que las cosas están allí donde actúan, reconoceremos hoy a cualquier punto del globo la más efectiva ubicuidad. Esta proximidad de lo lejano, esta presencia de lo ausente, ha aumentado en proporción fabulosa el horizonte de cada vida.

Antonio Espinosa, José Ortega y Gasset. Oil on canvas .

 

viernes, 5 de febrero de 2021

De la tragedia fatal al drama

  

Todo, todo es posible en la historia

—lo mismo el progreso triunfal e indefinido que la periódica regresión.

Porque la vida, individual o colectiva, personal o histórica,

es la única entidad del universo cuya sustancia es peligro.

Se compone de peripecias. Es, rigurosamente hablando, drama.

José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas.

 

 

 

Últimamente el profesor Noam Chomsky (Filadelfia, 1928), una de las inteligencias más lúcidas que le quedan al mundo contemporáneo, no ha perdido ocasión para hacernos saber que, si bien la historia jamás se repite, la Humanidad se encuentra en un momento crítico y en un impasse muy parecido al que se vivió después de la Gran Depresión y poco antes del estallido de la II Guerra Mundial. Hace apenas unos días, el nonagenario pensador concedió una entrevista al doctor Richard Wolff, quien le preguntó: 

 

— Esta situación de extrema desigualdad, que ha sido creada al menos a lo largo de los últimos cuarenta años, y que recientemente se ha agudizado aun más aceleradamente, es un tipo de episodio en la historia del ser humano que nunca suele terminar bien. ¿Crees que el creciente enojo o amargura o rabia o envidia, o como quieras denominarlo, seguirá siendo útil para la derecha más de lo que ha sido para la izquierda?

 

— Bueno, soy lo suficientemente viejo para recordar un caso anterior a este —respondió Chomsky—. Al inicio de los años treinta, durante mi niñez, sucedió algo similar. El sistema había colapsado por una depresión muy severa, mucho peor que la de ahora. Entonces se presentaban esencialmente dos posibles vías para salir del atolladero. Una salida era el fascismo, el cual, deberíamos recordar, alcanzó su horrible apogeo en el país más avanzado del mundo, el país que entonces era la cumbre de la civilización occidental en las ciencias, en las artes, el país que era considerado el modelo de la democracia liberal: Alemania. Y en unos pocos años, ese país se convirtió en lo más atroz de la historia humana. La otra posible salida era la social democracia que se desarrollaba en Estados Unidos bajo el New Deal, con el apoyo de un tremendo empuje y presión popular. Organizaciones empresariales, la milicia, sindicatos de trabajadores, activistas políticos lograron equilibrar la balanza de intereses. Y fue un equilibrio muy delicado. Entonces, respondiendo a tu pregunta, no estamos en 1929, pero hay algunas similitudes y creo que podríamos encaminarnos a cualquiera de las dos salidas.

 

En 1929, José Ortega y Gasset (Madrid, 1883-1955) publicó su portentoso ensayo La rebelión de las masas. Acabo de leerlo de nuevo a la luz del paralelismo que Chomsky advierte entre la primera mitad de los años treinta del siglo XX y nuestro atribulado presente histórico. Leer a don José siempre es placentero; en esta ocasión, resultó además sorprendente y revelador. Para el filósofo español, la crítica situación que vivía Europa en aquellos años era consecuencia del espíritu ingenuo que se apoderó de Occidente durante el siglo XIX. El retrato que hace del necio candor decimonónico europeo recuerda obligadamente el descabellado triunfalismo neoliberal de los noventa: “La fe en la cultura moderna era triste: era saber que mañana iba a ser en todo lo esencial igual a hoy, que el progreso consistía sólo en avanzar por todos los siempres sobre un camino idéntico al que ya estaba bajo nuestros pies”. Una fe tan próxima a la que impulsó en 1989 a Francis Fukuyama (Chicago, 1952) a proclamar feliz el fin de la historia. El politólogo norteamericano explicaba que, como Kant, Hegel y Marx, él entendía el “fin de la historia” no como “el fin de la ocurrencia de eventos”, sino como “el fin de un proceso evolutivo único, coherente, considerando la experiencia de todos los pueblos en todos los tiempos”. ¡Sí, cómo no…! Tal y como el propio Fukuyama tendría que reconocer muy poco tiempo después —incluso antes del brote pandémico del SARS-Cov2—, la historia no llegó a su fin y en cambio la incertidumbre cundió. Refiriéndose a los años treinta del siglo pasado, Ortega y Gasset reportaba: “Ahora ya no sabemos lo que va a pasar mañana en el mundo, y eso secretamente nos regocija; porque eso, ser imprevisible, ser un horizonte siempre abierto a toda posibilidad, es la vida auténtica, la verdadera plenitud de la vida”. No es casual pues que hace poco yo hablara aquí de la pasión de la posibilidad, puesto que la actualidad resulta una extraordinaria temporada para ella. Hoy por hoy, trepados en la cresta de la ola pandémica, el futuro, incluso el futuro inmediato, todavía se ve lejano, distante, desdibujado.

 

 



Penúltimo día de enero de 2021, sábado. Varios periódicos de (dizque) circulación nacional se dieron vuelo tocando fuerte las trompetas del Apocalipsis en sus portadas: El Universal alertaba “Economía mexicana se desploma 8.5%”, Excélsior:“Pandemia se comió el fondo de emergencia”; La Razón: “Cae PIB 8.5%, el peor desplome desde 1932… y se agotan ahorros”; El Sol de México: “Economía mexicana tiene caída histórica”; Ovaciones: “Sufre PIB peor caída desde la Gran Depresión”… Pero el que se llevó la mañana fue Reforma: “Histórico. 2020: la peor crisis”, y sobre el cabezal, de extremo a extremo, la gráfica de líneas rojas… Sin discusión, la peor crisis económica, cierto, causada por la pandemia, y con repercusiones mundiales. 

 

Hace casi cien años, Ortega y Gasset, en contra del prejuicio entonces imperante, sostenía en La rebelión de las masasque “la vida pública no es sólo política, sino, a la par y aun antes, intelectual, moral, económica, religiosa; comprende los usos todos colectivos e incluye el modo de vestir y el modo de gozar”. Como entonces se limitaba todo a la política, hoy y desde hace mucho se suele reducir todo a la economía —o más precisamente a la macroeconomía—. Pero la vida de una Nación no es sólo la economía. Con todo y la crisis de salud y la crisis económica, el país está mucho mejor que hace un par de años. ¿Por qué? Porque se retomó el contrato social, porque se pasó de sólo reaccionar frente a los retos que presenta la realidad a accionar en dirección hacia una realidad distinta. En casi todo el mundo campea la incertidumbre porque evidentemente se rompió la continuidad; aquí en México en eso estábamos, en eso estamos, tomando conciencia de lo posible… Salimos de la fatalidad trágica, regresamos al drama humano.