Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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lunes, 19 de enero de 2026

Fuego vivo

 

 

¿Qué sucedió cuando el inexorable

Sol de Dios, La Verdad, mostró su fuego?

Jorge Luis Borges, Baltasar Gracián.

 

Hubo un tiempo sin fuego. Dicho con mayor precisión: hubo en nuestro planeta un tiempo sin fuego; de hecho, durante la mayor parte del tiempo. No faltaba calor, faltaban las condiciones químicas y físicas necesarias. La Tierra se formó hace unos 4,500 millones de años a partir del mismo disco de gas y polvo que dio origen al Sol. Durante una parte considerable de su historia temprana, la Tierra era extremadamente caliente (impactos, vulcanismo, diferenciación interna); la lava y el magma corrían, radiación y descargas eléctricas cundían, pero no había fuego. El fuego es una reacción química de combustión, que requiere tres condiciones simultáneas: oxígeno libre (O₂ en la atmósfera), material combustible y una fuente de ignición. Y ocurre que la Tierra primitiva era rica en CO₂, metano, amoníaco, vapor de agua, pero no había oxígeno libre suficiente. No existían bosques, plantas, ni materia orgánica acumulada. No había condiciones para que una llama sostenida danzara, ningún incendio podía prender, ninguna combustión abierta. La Tierra era un planeta ardiente, pero sin fuego.

 

El fuego es un producto de la biosfera, no de la geología; más aún, el fuego es un producto de la vida y del tiempo. Si homologamos los 4,500 millones de existencia de nuestro planeta con un año civil, y hoy fuera 31 de diciembre, la vida habría aparecido el 27 de febrero. La vida surgió muy pronto, apenas dos meses después del “1 de enero”. No es un fenómeno tardío, sino casi inmediato en términos geológicos. Pero el fuego no pudo existir mucho después. Aunque la vida apareció pronto, durante la mayor parte del “año” la atmósfera terrestre no tenía oxígeno libre suficiente. El fuego depende de un umbral mínimo de O₂ (≈13–15%) y este umbral no se alcanzó sino tras un proceso lento: la fotosíntesis oxigénica producida por las cianobacterias comenzó relativamente temprano, pero el oxígeno producido se consumió durante millones de años oxidando océanos y rocas. El punto decisivo sucedió hacia mediados “de julio”: Gran Evento de Oxidación (~2 400 millones de años atrás), que permitió la acumulación de O₂, para que el fuego fuera posible a partir de “los últimos dos meses del año”.

 

El fuego existe gracias a la vida. El fuego no es algo elemental.

 

 

 


La intuición racional de la mitología griega es maravillosa. Basta con atender al orden del relato hesiódico para advertirlo: la primera aparición del fuego en Teogonía —un relato de casi tres mil años de antigüedad— no es arcaica ni fundacional en sentido cultural. El fuego no irrumpe en los episodios iniciales del surgimiento del Cosmos, mucho menos ligado al nacimiento de la técnica, del hogar o del sacrificio civilizado; tampoco acompaña el surgimiento del anthropos. Aparece antes. Y aparece de otro modo.

 

En el tramo genealógico dedicado a las criaturas monstruosas —nacidas de Equidna y Tifón— Hesíodo introduce al personaje que nos interesa: la Quimera. Sus padres, Equidna y Tifón enlazan dos grandes linajes de la desmesura (hybris) cósmica. Equidna es hija de Forcis y Ceto, divinidades marinas primordiales nacidas a su vez de Ponto (el mar) y Gea (la tierra) —su genealogía la vincula con las profundidades indiferenciadas, con lo abisal y lo informe; no es simplemente monstruosa: es heredera de un mundo anterior al orden olímpico, donde las fuerzas naturales aún no han sido sometidas a medida—. Tifón nace directamente de Gea, unida a Tártaro, como respuesta última contra Zeus tras la derrota de los Titanes: Tifón encarna la rebelión final de la tierra primordial contra el nuevo orden cósmico. De la unión de ambos —lo abisal marino y lo ctónico terrestre— nacen los grandes monstruos, entre ellos la Quimera. Su genealogía no es accidental: la Quimera reúne en su cuerpo híbrido las potencias preolímpicas que el orden de Zeus ha debido excluir.

… Quimera, que soplaba un fuego indomable,

terrible y grande y de pies veloces y recia;

ésta tenía tres cabezas: una de león de ojos feroces,

otra de cabra y otra de serpiente, de recio dragón;

[león por delante, dragón por detrás, cabra en el medio,

soplando una fuerza terrible de fuego encendido


El fuego que exhala no es, por ello, cultural ni humano, sino un resto vivo de ese mundo anterior al dominio de la medida. El dato es filológicamente contundente: el fuego entra en el poema no como instrumento ni como don, sino como emanación vital de un cuerpo vivo. Brota, se respira, se exhala. Es una potencia orgánica, inseparable de la monstruosidad que la encarna. No funda mundo alguno: lo amenaza. No ordena: desborda.

 

Sólo después, en un movimiento claramente posterior del relato, el fuego reaparece bajo otra figura: el episodio prometeico. Allí ya no arde en un cuerpo, sino que es sustraído, transportado, escondido en una férula. El fuego deja de ser respiración monstruosa para volverse objeto técnico; se separa de la vida que lo producía y entra, violentamente, en la esfera humana. Prometeo no crea el fuego: lo arranca de un mundo donde ya ardía. Y ese desplazamiento no es neutro. Trae consigo castigo, trabajo, dolor, mortalidad. La cultura comienza bajo el signo de una deuda.

 

Teogonía propone una secuencia de notable coherencia: el fuego no nace como herramienta, sino como exceso vital; no aparece primero como beneficio, sino como amenaza; no inaugura la cultura, sino que la precede y la desborda. Sólo mediante un acto de apropiación —robo, separación, domesticación— el fuego se vuelve humano. Y ese gesto, lejos de ser celebratorio, queda marcado por la ambivalencia y el costo.

 

Según Hesíodo, el fuego no entra al mundo con Prometeo: ya ardía antes, respirado por la Quimera. Prometeo no inaugura el fuego; lo arranca de la vida monstruosa para volverlo humano.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Changos, héroes y dioses

  

 

Conocer a los demás es inteligencia; conocerse a sí mismo es sabiduría.

Lao Tse, Tao Te Ching.

 

 

 

En una de sus fábulas, Esopo narra que el cuervo, posado en la rama de un árbol, sostenía en el pico un sabroso trozo de queso. El zorro, atraído por el aroma, decidió conseguirlo con astucia. Se plantó debajo del árbol y comenzó a elogiar al cuervo: dijo que no había ave más hermosa en el bosque y que sólo faltaba oír su canto, seguramente tan magnífico como su plumaje. Vanidoso, el cuervo abrió el pico para cantar y, al hacerlo, dejó caer el queso. El zorro lo atrapó al vuelo y, mientras se marchaba, le recordó la moraleja…, que aquí no viene al cuento.

 

 

¡Changos!

 

Abundan referencias a la misma idea en la mitología, la literatura, la filosofía y, por supuesto, en la misma ciencia, pero el concepto de “teoría de la mente” fue acuñado apenas hace poco, algo menos de medio siglo, por los primatólogos norteamericanos David Premack y Guy Woodruff. En su célebre ponencia “Does the chimpanzee have a theory of mind?” (The Behavioral and Brain Sciences, 1978, 49), definieron:

Un individuo tiene una teoría de la mente si imputa estados mentales a sí mismo y a otros. Un sistema de inferencias de este tipo se considera propiamente una teoría porque tales estados no son directamente observables, y el sistema puede usarse para hacer predicciones sobre el comportamiento de los demás.

Premack y Woodruff teorizaron con base en una serie de pruebas de laboratorio realizadas a costillas de Sarah, una chimpancé adulta de 14 años con experiencia en tareas cognitivas y un lenguaje visual simplificado, para concluir que un chimpancé puede atribuir estados mentales a otros individuos de su misma especie, comenzando por la intención o propósito de sus acciones. La construcción de una teoría de la mente, como la que tenemos los seres humanos, parece ser un proceso natural y primitivo.

 

 

 

Héroes

 

Estando de paso en la tierra de “los fieros ciclopes, seres sin ley”, Ulises y varios de sus compañeros de periplo se aventuraron a explorar una cueva (Odisea, canto IX). Resultó que el antro era la morada del gigantesco y cruel Polifemo. El ciclope los atrapa y los encierra; luego los va matando y se los va comiendo… Dos en el almuerzo, dos en la cena; al otro día, dos más para el desayuno… Entonces el héroe griego idea un plan. Primero le regaló el vino que traía consigo, y cuando Polifemo le preguntó su nombre, Ulises respondió: “Mi nombre es Nadie”. No fue una elección arbitraria, sino una inferencia sobre cómo pensarían en un momento dado los otros ciclopes. Polifemo se embriaga, y mientras duerme, Ulises y sus hombres clavan una estaca afilada en el único ojo del monstruo. Cuando Polifemo, ciego y herido, grita pidiendo auxilio a sus vecinos ciclopes, estos le preguntan desde fuera de la cueva: “¿Acaso alguien te está matando por fuerza o por engaño?” Polifemo responde: “¡Nadie me mata!” Al oír esto, los otros cíclopes se van, pensando que no pasa nada. Una trampa era lingüística y mental. La victoria de Ulises, “el rico en ingenios”, no fue gracias a la fuerza, sino a su capacidad de atribuir creencias, conocimientos y limitaciones perceptivas a otros seres, y usar esa teoría para anticipar su conducta y engañarlos.

 

 

Dioses

 

Cuenta Hesíodo en su Teogonía (535-565) que hace mucho tiempo, cuando los dioses y los hombres aún departían, llegó el momento de establecer un reparto definitivo. Prometeo, hijo del titán Jápeto, se dispuso a arbitrar la división de privilegios. Presentó ante Zeus un enorme buey sacrificial que antes había repartido en dos porciones: en una ocultó dentro del vientre del animal toda la carne, las ricas vísceras y los órganos, cubriéndolos con la piel áspera y sucia; en la otra, puso todos los huesos, pero los cubrió con una espesa y brillante capa de grasa aromática, haciendo que este montón pareciera un manjar: “¡Zeus, el más ilustre y poderoso de los dioses sempiternos! Escoge de ellos el que en tu pecho te dicte el corazón”.​ Lo extraordinario no era el acto físico del engaño, sino la capacidad de Prometeo de imputar a Zeus un estado mental específico que no era directamente observable. La trampa se fundamentaba en la suposición implícita de que incluso un dios supremo podría ser prisionero de sus propias percepciones, que incluso la divinidad está condicionada por lo que ve, por lo que parece. La manera en que el padre de los dioses cae en el engaño es genialmente paradójica:

Zeus, sabedor de inmortales designios, conoció y no ignoró la añagaza; pero estaba proyectando en su corazón desgracias para los hombres mortales e iba a darles cumplimiento.

Zeus más que fingir que había caído en el engaño, decidió ser engañado: extendió sus manos y seleccionó la porción de huesos cubiertos con grasa blanca. Cuando sus dientes encontraron sólo esqueletos sin sustancia, cuando comprendió que había sido burlado, la cólera recorrió su cuerpo divino.​ En venganza, le prohibió a la humanidad el fuego, aunque, como bien sabemos, el astuto Prometeo, nuevamente demostrando su capacidad de prever los pensamientos del todopoderoso, logró robar el fuego escondido en el hueco de una caña, anticipando la vigilancia divina. En ambas ocasiones, su facultad para atribuir estados mentales a otros —para construir una teoría operacional de cómo piensan, desean y actúan los seres, incluso los dioses— fue la verdadera arma de su astucia, la llave de su poder sobre el destino de la humanidad.

domingo, 12 de octubre de 2025

Abducción

 

 

No se puede realizar el menor avance en el conocimiento

más allá de la fase de la mirada vacua,

si no media una abducción en cada paso.

Charles Sanders Peirce

 

 

 

Inferencia

 

En su auto sacramental El gran teatro del mundo, el madrileño Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) hace que Hermosura diga un soneto. He aquí sus primeros versos:

Viendo estoy mi beldad hermosa y pura;

ni al rey envidio, ni sus triunfos quiero,

pues más imperio ilustre considero

que es el que mi belleza me asegura.

 

Porque si el rey avasallar procura

las vidas, yo, las almas, luego infiero

con causa que mi imperio es el primero,

pues que reina en las almas la hermosura.

En pocas y prosaicas palabras, Hermosura afirma que no envidia al monarca porque si él gobierna cuerpos mortales; ella, almas inmortales. Si el rey domina las vidas de sus súbditos, ella conquista las almas; de ahí infiere que su poder es superior. 

 

Es imposible andar por la vida sin hacer inferencias. Inferir significa extraer una información que no se tenía a partir de ciertos datos, hechos o premisas. Fuera del ámbito de la lógica, inferir también puede significar sospechar, deducir o colegir algo implícito. La inferencia es el núcleo del razonamiento. Inferir proviene del latín inferre, “llevar hacia adentro” o “conducir a”. Inferir es, pues, conducir el pensamiento hacia una consecuencia. Los dos tipos más conocidos de inferencia son la deducción y la inducción.

 

 

Deducción

 

En el siglo III a. C., Eratóstenes de Cirene pudo inferir el tamaño de la Tierra. Sabía que en Siena —hoy Asuán, Egipto—, al mediodía del solsticio de verano el Sol se reflejaba en el fondo de un pozo —esto es, caía justo a plomo—, mientras que, en Alejandría, ese mismo día y a la misma hora, los objetos proyectaban una sombra. Midió el ángulo de esa sombra y obtuvo 7.2 grados, 1/50 del círculo completo. Si la distancia entre ambas ciudades era de unos cinco mil estadios, dedujo que la circunferencia terrestre debía ser 50 veces esa distancia: unos 250 mil estadios, entre 39 mil y 46 mil kilómetros —la medida real es de 40,075 km—. Eratóstenes no midió, infirió: si la Tierra es esférica, la diferencia angular del Sol en dos puntos distantes corresponde al arco que los separa sobre su superficie. El cálculo de Eratóstenes es una deducción geométrica.

 

 

Inducción

 

Isaac Newton (1643-1727) formuló la Ley de la Gravitación Universal mediante un razonamiento inductivo. Newton observó fenómenos particulares: la caída de los cuerpos en la Tierra, el movimiento de la Luna y de los planetas. A partir de estos hechos y tomando en cuenta las leyes de Kepler sobre las órbitas planetarias, generalizó un principio universal: todos los cuerpos se atraen con una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa.

 

 

Abducción

 

Freud (1856-1939) no descubrió el inconsciente como quien descubre un objeto físico, ni llegó a determinar su existencia mediante una inducción —generalización a partir de observaciones repetidas— ni tampoco la dedujo —como una conclusión a partir de premisas generales ya establecidas—. Propuso su existencia como la hipótesis necesaria y más coherente para dar sentido a una constelación de fenómenos psíquicos que, de otro modo, resultan incomprensibles. Los sueños, los lapsus, los actos fallidos, los síntomas histéricos, en fin, eran sucesos observados que la ciencia no podía explicar. La única forma de dotarlos de causalidad y propósito fue postular, mediante un salto inferencial creativo, la existencia de una instancia psíquica oculta —el inconsciente—, en la que pulsiones y deseos reprimidos ejercían una presión constante. Así, el inconsciente freudiano no fue un hallazgo ni una generalización inductiva ni una conclusión deductiva, sino la pieza teórica brillantemente inferida sin la cual el rompecabezas de la conducta humana quedaba incompleto. Ahora, si no fue ni fue una inferencia inductiva ni deductiva, ¿qué fue?

 

Charles Sanders Peirce (1839–1914) teorizó el tercer tipo de inferencia y le puso nombre: abducción. La palabra abducción proviene del latín tardío abductio-ōnis, “separación”. El verbo abducir deriva del latín abducere, “llevar lejos”, “llevar fuera” o “apartar”. En el latín clásico, abductio tenía el significado de “rapto” o “secuestro”. El vocablo experimentó una ampliación semántica durante el Renacimiento. Por ejemplo, en anatomía abducción se refiere al movimiento que aleja un órgano del centro corporal, y en el diccionario de la RAE encontramos que es sinónimo de secuestro o rapto. Por su parte, el sentido que Charles Sanders Peirce dio a abducir es el de proponer una conjetura plausible que pueda explicar un hecho sorprendente o inesperado. “La abducción es el proceso de formar una hipótesis explicativa” (Collected Papers). Mientras que la deducción deriva consecuencias necesarias a partir de una ley general y la inducción generaliza a partir de casos particulares, la abducción inventa o crea una ley posible que, si fuera correcta, haría comprensibles tales casos. Peirce resume así la estructura lógica de la abducción: 1) se observa un hecho sorprendente: C; 2) si A fuera verdadero, C resultaría comprensible; 3) por lo tanto, hay razones para pensar que A es verdadero. Peirce comienzó a esbozar el concepto de abducción en la década de 1860, pero lo desarrolla entre 1878 y 1903. Para Peirce, la abducción es el motor del pensamiento científico y creativo: es el tipo de razonamiento que introduce novedad en el conocimiento, de tal suerte que sin ella no habría descubrimientos, pues ni la deducción ni la inducción pueden generar ideas nuevas. La analogía opera como un mecanismo concreto dentro de este proceso: al observar una semejanza estructural entre dos dominios distintos, se abduce que la relación conocida en uno puede explicar el otro. Así, la analogía no sólo descansa en una comparación, sino que expresa un razonamiento abductivo capaz de generar hipótesis plausibles basadas en paralelos formales.

 

Umberto Eco (1932-2016) —Los límites de la interpretación (1990), Semiótica y filosofía del lenguaje (1984) y Cuernos, cascos, zapatos— amplió la teoría de Charles Sanders Peirce para explicar cómo interpretamos los signos en distintos contextos, desde lo más automático hasta lo más creativo, desde la abducción hipercodificada o deducción disfrazada, pasando por la abducción hipocodificada o abducción propiamente dicha —la peirceana—, en la que se ejerce la interpretación, hasta la meta-abducción, la que inventa una nueva regla o teoría para explicar un fenómeno desconcertante, y es base de las grandes revoluciones científicas y artísticas, y modifica el paradigma de comprensión del mundo.

 

Entre los sentidos que perciben y la mente que intenta comprender hay un salto: el de la abducción. Es el instante en que el pensamiento inventa sentido donde había enigma. Sin ese salto, no habría ciencia ni arte, sólo silencio ante lo inexplicable. Conocer no se limita a razonar, exige atreverse a conjeturar.

 

domingo, 24 de agosto de 2025

La rama del colibrí

  

Quieto

no en la rama

en el aire

no en el aire

en el instante

el colibrí

Octavio Paz, La excalamación.

 

 

 

Cosmos

 

Las palabras crean mundo y lo organizan. En Verdad y método (1960), Hans-Georg Gadamer sostiene que “el lenguaje es un centro en el que se reúnen el yo y el mundo, o mejor, en el que ambos aparecen en su unidad originaria”, y al final de su ensayo concluye: “el ser que puede ser comprendido es lenguaje”. Las palabras no son meros instrumentos que describen una realidad pre-existente, sino que constituyen y ordenan el mundo a través del proceso hermenéutico de comprensión e interpretación. El lenguaje es el medio en el cual los humanos habitamos y mediante el cual el mundo se hace y se mantiene más o menos accesible a la comprensión. Quizá todo esto parezca demasiado abstracto, quizá resulte un poco más accesible explicado con dinosaurios.

 

 

Ignaros 

 

Nosotros, los autodenominados sapiens, nos venimos a enterar de la existencia de los dinosaurios hasta hace muy poco tiempo, cosa de nada. Y eso no es extraño, lo extraño es que ahora sepamos tanto sobre ellos. Porque en este y en cualquier ámbito del conocimiento, nuestra ignorancia es cielo abierto, y el saber, ventana con rejas. Vayan ustedes a saber de cuántos otros bichos extintos no tenemos ni tendremos nunca ninguna noticia. Bueno, ni siquiera conocemos a toda la fauna que sigue viva en el planeta. Hay un océano de bestias a las que no le hemos puesto ni nombre. Obviamente, es imposible saber exactamente cuántas especies no conocemos, pero el siguiente dato sirve para darnos una idea de las dimensiones dinosáuricas de nuestra ignorancia: durante los últimos cinco años, se han descubierto miles de nuevas especies de fauna en todo el mundo, con un promedio estimado de 18 mil especies “nuevas” descubiertas anualmente. Por supuesto, abundan los peces por conocer y la mayor parte de la biodiversidad terrestre por descubrir y catalogar se compone de insectos, arácnidos, moluscos y otros invertebrados, pero nuestro desconocimiento no se limita a este tipo de fauna —por ejemplo, el popa langur (Trachypithecus popa), un mono del grupo de los langures, fue descubierto en Myanmar apenas en 2020—. Se estima que sólo entre el 10 y el 20% de todas las especies han sido documentadas por la ciencia occidental: la mayoría de los seres vivos están fuera de nuestro mundo. Lamentablemente, la tasa de extinción es ahora más rápida que la tasa de descubrimiento; luego entonces, estamos condenados a no saber jamás de la existencia de un montonal de animales que hoy están pasando sus últimas temporadas en la Tierra. En cambio, hoy la gran mayoría de la gente podría contestar que ve a un dinosaurio si, por caso, se le mostrara la imagen de un saurópodo.

 

 

Dinosaurios

 

Los dinosaurios surgieron en el Triásico tardío, hace unos 230 millones de años (mda),  y se extinguieron hace 66 mda, así que poblaron la Tierra durante alrededor de 164 mda… El homo sapiens surgió de la cadena evolutiva hace no más de 300 mil años, es decir, 0.3 mda, y logramos entender y clasificar a los dinosaurios como un grupo zoológico hace menos de doscientos años, o sea hace sólo 0.0002 mda.

 

Aunque es muy probable que desde hace cientos de miles de años algunos humanos se hayan topado con huesos y fósiles de aquellas colosales alimañas mesozoicas, nadie podía saber a qué tipo de fauna correspondían esos restos ni mucho menos qué apariencia podían tener ni qué tan vetustos eran. Los griegos, ya en tiempos históricos, encontraron huesos fósiles de grandes mamíferos, como mamuts y rinocerontes lanudos, e incluso de dinosaurios, y los tomaron como pruebas de la existencia de una raza de gigantes, los Titanes, que, según su mitología, habían sido enterrados por los dioses tras la Gigantomaquia. Heródoto escribió sobre unos misteriosos “huesos de serpiente” hallados en Egipto, cuyas vértebras eran tan grandes que tenían que ser transportadas en caravanas. Ni ellos ni los chinos, quienes en tiempos remotos supusieron que sus hallazgos de restos de fauna prehistórica correspondían a huesos de dragones, supieron de qué animales se trataba en realidad. Paradójicamente, para los humanos los dinosaurios son una novedad.

 

No sin cierto orgullo solemos imaginar que, para un viajero en el tiempo, digamos un sabio de la Antigüedad —pensemos en un Tales de Mileto, en un Sócrates de Atenas—, resultaría imposible entender nuestro mundo tecnificado… Luz eléctrica, aviones, celulares, computadoras… Cierto, pero tampoco entendería la profusión de iconografía de dinosaurios en la que vivimos y la familiaridad con la que en la actualidad vemos a esos animales, para ellos totalmente desconocidos. Y eso que ese par de sabios griegos vivieron no hace mucho tiempo, menos de tres mil años. En cambio, hoy día pululan los escuincles que, cuando ven una película como Jurassic World, pueden identificar perfectamente a un braquiosaurio o a un edmontosaurio, ya no digamos a un tiranosaurio rex o a un feroz velociraptor, quizá las más populares de esas bestias.

 

 

Palabras

 

En 1842 Richard Owen acuñó el término Dinosauria. La palabra es moderna, pero fue acuñada para designar a seres mucho más antiguos que el hombre. Owen no sólo creó el vocablo, también, basado en las características anatómicas que compartían ciertos fósiles y los restos óseos de algunos enormes reptiles, definió un grupo zoológico, es decir, creó una categoría que no existía antes. Owen amplió el mundo. Lo mismo ocurrió cuando el biólogo sueco Carlos Linneo, en la décima edición de su obra Systema Naturae (1758), acuñó la palabra Mammalia: antes no existía una categoría taxonómica que agrupara a los animales que hoy llamamos mamíferos, así que un gato era un gato y no existía ninguna palabra que lo metiera en una misma bolsa conceptual con un murciélago, un elefante, un delfín… Una categoría taxonómica, como Dinosauria o Mammalia, es una construcción conceptual que los humanos usamos para organizar la diversidad de los seres vivos y extintos. La realidad es un continuo de formas y transformaciones; con palabras la recortamos y organizamos en cajones conceptuales para poder pensarla e incorporar más y más elementos a nuestro mundo.

 

La comprensión científica de los Dinosauria ha evolucionado significativamente desde la propuesta original de Owen. Expresado en corto, hoy los Dinosauria constituyen un clado de saurópsidos diápsidos arcosaurios. Un clado es un grupo de organismos que incluye a todos los descendientes de un ancestro común —la palabra clado (del griego klados, “rama”) fue acuñada por el biólogo evolutivo británico Julian Huxley en 1957—, y en este caso estamos hablando de todos los descendientes del ancestro común más reciente de Triceratops horridus y Passer domesticus. Lo anterior quiere decir que son especies insertas en el clado dinosauria tanto un Tyrannosaurus rex como un Struthio camelus, esto es, un avestruz. En efecto, para la ciencia, el clado dinosauria incluye no sólo a los dinosaurios extintos, sino también a todas las aves, las cuales evolucionaron a partir de un grupo de dinosaurios terópodos durante el Jurásico. Las aves no son parecidas a los dinosaurios ni descendientes de ellos en un sentido excluyente; son un linaje de dinosaurios que sobrevivió a la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno. Así que un patagotitan mayorum —una bestia que llegó a pesar unas 70 toneladas y alcanzó los 40 m de longitud—, el dinosaurio más grande documentado hasta ahora, es tan dinosaurio como un colibrí.

 


Si tú no sabías que un colibrí es un dinosaurio, conocer el dato pudo provocar una pequeña operación conceptual en tu cerebro: la certeza de que los dinosaurios pertenecen al pasado pierde su contundencia absoluta mientras que los plumíferos del presente adquieren otra condición. Sales del texto con la curiosa sensación de haber efectuado a una mudanza semántica: las palabras permiten reacomodar tiranosaurios y gallinas con la misma facilidad.

 

domingo, 17 de agosto de 2025

Una de dinosaurios

  

¿Un T-Rex bailando chachachá? Sí, mientras Triquitrán (Tin Tan) canta y cabriolea a Jade (Lilia del Valle), su curvilínea cavermango

Estaré junto a ti toda toda la vida,

En las buenas, de bajada o de subida.

Y tendrás una cueva distinguida,

Con huesos de dinosaurio. 

Y será caverna moderna,

Con luz y gas, con calefacción interna, por delante y por detrás.

Tendrá reloj moderno, que nos diga qué hora son.

Tendrá tocadiscos, radio y también televisión.

 

La escena ocurre en la primera película mexicana en la que podemos ver la coexistencia de seres humanos prehistóricos con dinosaurios: El Bello Durmiente (Gilberto Martínez Solares, 1952).


El anacronismo deliberado seguiría siendo explotado por la industria fílmica nacional —poco después, por ejemplo, Viruta y Capulina protagonizan La edad de piedra (1964)—. Para entonces, las chanzas de trogloditas tenían ya una amplia tradición en el cine. Chaplin interpretó a un hombre de las cavernas en His Prehistoric Past (1914), aunque en este cortometraje no aparecen más bestias que las humanas, como tampoco en Clubs Are Trump (1917), de Harold Lloyd. En cambio, en Three Ages (1923), Buster Keaton sale muy campante viajando a bordo de un descomunal brontosaurio.

 


La difícil convivencia de humanos y dinosaurios no sólo ha sido tema de comedias. El subgénero de la paleofantasía es casi tan antiguo como el cine de ficción. Las primeras películas de fantasía datan de 1896 —La Fée aux Choux de Alice Guy y Le Manoir du Diable de Méliès—, mientras que Prehistoric Peeps, de 1905, de Lewin Fitzhamon, fue la primera película que llevó “dinosaurios” a la pantalla. En 1914 fue estrenada Brute Force (1914), de D. W. Griffith, en la que, con tintes melodramáticos, se recrea la vida de hombres primitivos enfrentados a los peligros de la naturaleza —entre otros, un enorme Ceratosaurus—. Al año siguiente se estrenaría The Dinosaur and the Missing Link, un cortometraje stop-motion realizado por Willis O'Brien —el mismo que poco después se encargaría de los efectos especiales que dieron vida a King Kong (1933)—. De 1940 data la magnífica One Million B.C., dirigida por Hal Roach y Hal Roach Jr —la trama, una suerte de Romeo y Julieta troglodita: el amor de Tumak, del clan de la Roca, y Loana, de los Concha, supera cualquier dificultad, incluso batallas cuerpo a cuerpo con fieros dinosaurios—. Pero la película de dinosaurios más exitosa de todos los tiempos no sería estrenada sino hasta la última década del siglo XX —la saga sigue generando millonarias ganancias—; ya no incluyó sapiens prehistóricos, nada más contemporáneos: Jurassic Park (Spielberg, 1993). Tomando en cuenta factores como relevancia histórica, popularidad, innovación técnica, éxito comercial y reconocimiento de la crítica, ¿cuáles fueron las películas de dinosaurios más destacadas entre 1940 y 1993? Pienso que al menos deberíamos considerar las siguientes:

  • The Beast from 20,000 Fathoms (Eugène Lourié, 1953). Pionera del género de “monstruos atómicos” —inspiró a Godzilla (1954)—. Un dinosaurio reanimado accidentalmente por pruebas nucleares ataca Nueva York.
  • Viaje a la Prehistoria (1955). Una imperdible obra maestra del checoslovaco Karel Zeman. Desde un enfoque científico, algo inusual en el género, combina actores reales, stop-motion, maquetas y paisajes pintados. 
  • El remake de 1966 de One Million B.C. (Don Chaffey), protagonizado por Raquel Welch, quien se posicionó como un icono sexy sesentero.
  • El western El Valle de Gwangi (Jim O'Connolly,1969). Un grupo de vaqueros captura un Allosaurus para exhibirlo en un circo, con resultados, claro, calamitosos.
  • When Dinosaurs Ruled the Earth (Val Guest, 1970). La película se narra casi por entero visualmente, con diálogos mínimos en “lenguaje cavernícola”.

Resulta indiscutible que, desde Prehistoric Peeps hasta las películas de la serie Jurassic Park, los dinosaurios y su imposible convivencia con los seres humanos han formado parte importante del imaginario colectivo de la cultura de masas de Occidente, especialmente en su dimensión visual —poco ha colaborado en ello la literatura—. Con todo y el gran éxito de las superproducciones de Spielberg, creo que William Hanna y Joseph Barbera han sido quienes han hecho una contribución más profunda al imaginario colectivo en lo que toca a la familiaridad con la que hoy vemos a la fauna jurásica. Por supuesto, me refiero a la serie televisiva de dibujos animados The Flintstones, que comenzó a transmitirse en 1960 —aunque las caricaturas originales ya no se producen, la franquicia continúa activa, expandiéndose con nuevas producciones y una gama de productos—. Sea como haya sido, el hecho de que hoy día los dinosaurios nos resulten tan de nuestro mundo resulta algo insólito, toda vez que el último de ellos dejó de existir muchísimo tiempo antes de que los primeros de nosotros aparecieran en la Tierra: la extinción de los dinosaurios ocurrió hace 66 millones de años, mientras que el homo sapiens surgió de la cadena evolutiva hace apenas 0.3 millones de años.

 

No sólo nos separan de los dinosaurios más de 65.5 millones de años; además, la mayor parte de nuestra existencia genérica la pasamos sin saber de su existencia. La paleontología es una disciplina muy joven: los primeros fósiles de dinosaurio se identificaron y describieron en el siglo XIX, cientos de miles de años después del surgimiento de nuestra especie. Así que, durante la vasta mayoría de nuestra existencia como especie, los restos de dinosaurios que la gente llegaba a encontrar no podían ser explicados o bien se creía que pertenecían a criaturas mitológicas. De hecho, la palabra dinosaurio es muy reciente.


Fue apenas en 1841, durante una reunión en casa del geólogo William Buckland, cuando el biólogo Richard Owen sugirió por primera vez que ciertos fósiles encontrados en Inglaterra —el Megalosaurus hallado por Buckland, y el Iguanodon y el Hylaeosaurus por Gideon Mantell— podían agruparse en una misma categoría. Un año más tarde, en su informe para la British Association for the Advancement of Science, Owen acuñó el término Dinosauria, que en griego significa “lagartos terribles”. De ese modo, lo que hasta entonces eran hallazgos aislados pasaron a ser reconocidos como un grupo de animales extintos, inaugurando no sólo un campo de investigación científica, sino también una rica cantera de imágenes para la cultura popular. Ahora, si bien para los naturalistas victorianos los dinosaurios pertenecían a un “mundo anterior”, no tenían ni idea de qué tan antiguos eran realmente. Comprendían que se trataba de criaturas arrancadas de un espesor de tiempo que sólo podía entenderse con palabras —eras sin medida, antigüedad inconcebible, profundidades geológicas—. Owen y sus contemporáneos leían en las rocas una secuencia ordenada (estratos, superposiciones, cambios de faunas), pero sin unidades numéricas de medida. Sabían que aquellos huesos provenían de un estrato muy distante de cualquier memoria humana y aun de toda mitología, pero no podían decir cuántos años los separaban de nosotros. La datación radiométrica deportaría a esas bestias colosales varias decenas de millones de años antes de nuestra aparición en el planeta, pero la iconografía nos los devolvió. La distancia de 65.5 millones de años es una cifra que excede nuestra comprensión intuitiva; es una profundidad geológica y temporal que sólo puede ser aprehendida en palabras y teorías científicas. Sin embargo, en un giro fascinante y profundamente humano, nuestra cultura de masas ha domesticado a lo inconmensurable. La ciencia nos dio la palabra para nombrar a los "lagartos terribles" de una era lejana, y el cine y la televisión los convirtieron en mascotas, en villanos, en monstruos o en íconos cotidianos. La paradoja de nuestra relación con los dinosaurios radica precisamente en esto: son el testimonio de una extinción cósmica, de la vastedad del tiempo y de la insignificancia humana, pero al mismo tiempo se han convertido en una parte entrañable y humana de nuestro mundo, en un eco de la naturaleza que hemos aprendido a escuchar a través de la imaginación.

lunes, 5 de mayo de 2025

Sol hidrocálido / Sol chilango

  

 

… un momento de sol entre dos álamos,

en la pulida piedra se demora,

y se desprende de sí mismo y sigue,

río abajo, al encuentro de sí mismo.

Octavio Paz, Arcos.

 

 

 

Desde el año pasado, siento que el Sol de la Ciudad de México quema como el de Aguascalientes. Por supuesto, sé que es una manera incorrecta de hablar: el Sol de allá y el de aquí son el mismo, es el mismo. Pero, aunque no sea astronómicamente precisa, esa forma de expresarlo muestra una percepción humana, que siempre es geográfica: da cuenta de nuestra experiencia del mundo, no del Sol como un objeto concreto —esa estrella enana amarilla localizada a sólo ocho minutos-luz de distancia—, sino como una presencia que nos ha acompañado desde siempre, que nos abraza o nos abrasa.

 


Aquí en nuestro país, en estos días primaverales el Sol cada día alcanza más altura. Claro, la latitud en donde uno se encuentre determina la trayectoria aparente del Sol. Cuanto más cerca del ecuador, más alto asciende el astro al mediodía; cuanto más cerca de los polos, más bajo permanece. En Canadá, por ejemplo, durante el invierno, el Sol apenas despunta un poco sobre el horizonte: proyecta sombras alargadas y su luz llega con una inclinación oblicua, más fría y tenue. En cambio, en México, en el verano, el Sol llega a colocarse sobre nuestras cabezas: el cenit se hace tangible, las sombras se achican hasta desaparecer bajo nuestros pies.

 

De día, el Sol cruza el cielo de este a oeste. De noche, queda del otro lado de la Tierra y no lo vemos. Pero independientemente de la rotación de nuestro planeta, el Sol siempre está ahí. ¿Ahí? ¿En dónde ahí?

 

Entre el brazo de Perseo y el brazo de Sagitario, el Sol está en el brazo de Orión, una espiral menor de la Vía Láctea, a unos 26 mil años luz de su centro. Y ese ahí no es fijo. Ni el Sol ni nada está fijo. Nada perdura en el mismo sitio. Gravitamos alrededor del foco de la galaxia a unos 820 mil kilómetros por hora, completando una órbita cada 235 millones de años. El sistema solar se halla ahora muy cerca del borde interno de la cavidad interestelar llamada la Burbuja Local.

 


Bueno, ¿y qué nos dice todo eso? Temo que muy poco. Quizá lo más revelador no sea lo que la astronomía pueda informarnos acerca del Sol, sino lo que dice sobre nosotros mismos: que incluso sabiendo que transitamos el universo en una galaxia en expansión, seguimos pensando con los pies en la Tierra. El guiño del Sol entre las ramas de unos álamos hace patente la presencia del astro, no como un objeto distante, sino como una presencia situada. Nuestra experiencia del Sol y del universo sigue siendo geográfica. Mientras el sistema solar recorre su órbita alrededor del centro galáctico a velocidades inconcebibles, nosotros seguimos advirtiendo su paso por la inclinación del rayo de luz que entra por la ventana. Conocemos la estructura espiral de la Vía Láctea, la velocidad de rotación del halo estelar o la densidad de la Burbuja Local; pero lo que percibimos no es el cosmos, sino la escala íntima en la que lo habitamos.

 

También podemos recordar que entre el Sol y la Tierra median 149.6 millones de kilómetros… Pero ¿podemos dimensionar ese trecho? No es fácil. Quizá así…

  • La circunferencia de nuestro planeta es de unos 40 mil km. Llegar al Sol equivaldría a darle la vuelta a la Tierra no diez, ni cien, sino ¡unas 3,750 veces!
  • Otra: haría falta una fila de casi 12 mil Tierras puestas una tras otra para cubrir la distancia hasta el Sol.
  • Si pudiéramos tomar un autobús con destino al Sol, viajando a 100 km/h y sin parar jamás, tardaríamos unos 171 años en llegar.

 

La distancia es inmensa, desborda la escala humana. Si una persona tuviera una condición física que le permitiera correr una maratón (42.2 km) todos los días, sin descansar nunca, diario… llegar al Sol corriendo le tomaría 3.55 millones de días, es decir, unos 9,717 años. Ni a Matusalén, quien según el Génesis vivió 969 años, le habría alcanzado la vida para hacerlo, mucho menos al ser humano más longevo de la historia con edad completamente verificada, la francesa Jeanne Calment quien, al fallecer, el 4 de agosto de 1997, tenía sólo 122 años con 164 días.

 

Ahora, independientemente de qué tan lejos esté el Sol, ¿en qué dirección se encuentra? La respuesta depende del momento en que se formule la pregunta, y, por supuesto, del marco de referencia que usemos. Podemos responder en relación con determinado objeto geográfico, es decir, cualquier cosa estable localizada en la superficie terrestre: “el Sol se está poniendo detrás de aquella o tal otra montaña”. Desde la Ciudad de México, con suerte y en un día excepcionalmente despejado, podríamos ver “el Sol naciendo por el Iztaccíhuatl” o desde Aguascalientes que “el Güero esté saliendo por la Sierra del Laurel”.

 

También podemos ubicarlo respecto a otros objetos celestes. El Sol recorre el cielo siguiendo un camino aparente, la eclíptica. En su movimiento aparente cruza distintas constelaciones. Si pudiéramos ver las estrellas durante el día, veríamos al Sol superpuesto sobre algunas de ellas. Por ejemplo, desde México, y en general desde todo el hemisferio norte, el Sol se halla transitando la constelación de Piscis a principios de abril, y hacia finales de mes entra en Aries.

 

No resulta, pues, sencillo aprehender ni la ubicación ni la lejanía astronómicas del Sol, no sólo porque nuestro cerebro evolucionó para comprender distancias y proporciones humanas, no interestelares, sino también porque su presencia la percibimos tan próxima como su luz y su calor. El astro es esencialmente tangible. Salgo a la calle y sus rayos, plomizos, como en Aguascalientes, caen sobre mí. Allá, a ocho minutos luz, cada segundo, el Sol fusiona aproximadamente 600 millones de toneladas de hidrógeno en helio, convirtiendo cerca de cuatro millones de toneladas de materia en energía. Yo, acá, siento el fuetazo de sus rayos…, desde el año pasado, como se sienten en Aguascalientes.


 Van Gogh - Acker mit pflügenden Bauern


Quizá nos diga más recordar que el Sol está, literalmente, “aquí mismo”. Decirlo así es y no es metafórico, porque al tiempo que está a casi 150 millones de kilómetros de distancia, la Tierra y todos los planetas del sistema solar orbitamos a su alrededor y, anclados gravitacionalmente, deambulamos juntos en el espacio. El Sol es parte sustancial de nuestra realidad, del aquí planetario y del aquí cotidiano, inmediato.

 

martes, 20 de agosto de 2024

Caras vemos…

 

El número de fabricación del ejemplar humano

es el rostro, esa agrupación casual e irrepetible de rasgos…

Milán Kundera, La inmortalidad.

 

 

 

Teutones y gauchos

 

Inés recuerda que cuando pasó algunos días en Alemania no podía leer los rostros de la mayoría de la gente. Para ella era imposible saber si estaban enojados o alegres, serenos o estresados, si la trataban con amabilidad parca o demasiada seriedad…

 

— Me resultó muy cansado.

 

— ¿En Argentina te sucedió lo mismo?

 

Me responde que no, que cuando vivió una temporada en Avellaneda no tuvo lío para comprender la gestualidad de los argentinos. Por supuesto, me parece muy poco probable que Inés haya sufrido en Berlín un súbito episodio de algún tipo de agnosia visual, más bien creo que los llamados choques culturales involucran dificultades de entendimiento entre los diferentes lenguajes kinésicos. Aunque puede afirmarse que algunas expresiones faciales son universales, como la sonrisa, la intensidad y la duración de estas expresiones varían entre culturas. Así que tampoco sería inteligente suponer que Inés sufrió algún tipo de asimbolia.


Otto Dix, Woman in Red Hat (1921)
 

 

 

Asimbolia y agnosia

 

Como siempre que siento deseos de

librarme de alguien a quien apenas

escucho, puse cara de aprobación.

Albert Camus, El extranjero.

 

Hoy se usa poco el concepto asimbolia, pero tiene más de siglo y medio de existencia. En 1870 el psiquiatra alemán Ferdinand Karl Finkelnburg (1832-1896) lo acuñó para mentar la pérdida total o parcial de la capacidad de entender y utilizar algunos símbolos que el individuo ya había aprendido. Finkelnburg ilustró su idea de asimbolia con algunos casos que le tocó atender: una fervorosa católica que comenzó a confundir la señal de la cruz y ella misma a hacerla erróneamente, llevándose la mano de una oreja al cuello; un violinista que perdió completamente la habilidad de leer las notas, un comerciante que dejó de poder identificar los billetes y las monedas por su valor; un hombre que de pronto perdió la comprensión de los símbolos litúrgicos… El neurólogo silesiano Carl Wernicke (1848-1905) empleó el concepto de asimbolia en su obra clásica El síndrome afásico (1874), aunque con distinto sentido: para él, la asimbolia es la desaparición de la imagen del registro de un objeto, o de cualquiera de las imágenes de la memoria de un objeto que permiten comprender el concepto que simboliza. Describió la asimbolia como una forma de disfunción del lenguaje en la que el individuo puede reconocer palabras y símbolos, pero no puede asociarlos con su significado adecuado, lo que lleva a graves dificultades en la comprensión del lenguaje. Poco después, el psiquiatra austriaco Theodor Hermann Meynert (1833-1892) deslindó la asimbolia sensorial de la motora: con la primera se refiere a la incapacidad de reconocer símbolos, con la segunda a la incapacidad de ejecutarlos o usarlos. Así, la asimbolia sensorial de Meynert empata con la asimbolia de Wernicke, mientras que su asimbolia motora está más próxima a lo que hoy llamamos apraxia, es decir, la dificultad o imposibilidad para planificar y ejecutar movimientos aprendidos, a pesar de tener una función motora intacta y no tener debilidad o parálisis.


Otto Dix, Pragerstrasse (1920) 


Quien habría de poner cierto orden en la naciente nomenclatura fue Sigmund Freud (1856-1939), cuando introdujo en el corpus del estudio de los padecimientos neurológicos y mentales el término agnosia. Del griego gnosis, conocimiento, y el prefijo a, negación o ausencia, la palabra significa simple y sencillamente desconocimiento. Freud publicó muy al inicio de su trayectoria, en 1891, Zur Auffassung der Aphasien (Sobre la concepción de las afasias). En este libro, primero que dedica a los procesos mentales propiamente dichos, el neurólogo austriaco propuso la denominación “afasias agnósicas” para referirse a las afasias en las que los problemas de lenguaje se vinculan no a una atrofia fisiológica, sino a la pérdida del reconocimiento de objetos y símbolos. Quienes padecen una afasia agnósica pueden tener dificultades para nombrar objetos o para comprender palabras específicas debido a una falla en la asociación entre las palabras y los conceptos o imágenes mentales correspondientes.

 

Más amplio que el de asimbolia y el de afasia, el concepto de agnosia alude a un trastorno neurológico caracterizado por la imposibilidad de comprender los estímulos que efectivamente capta cualquiera de nuestros sentidos, no sólo el de la vista. Por ello hay un vasto abanico de afasias, las cuales suelen categorizarse en seis grupos: visuales, auditivas, espaciales, táctiles, somáticas y de otro tipo.

 

 

 

Prosopagnosia y pareidolias

 

En general, una agnosia visual es el trastorno neurológico que afecta la capacidad de reconocer objetos por medio de la vista, a pesar de tener una visión normal: se ve, pero no se entiende lo que se ve, no se decodifican los estímulos sensoriales. Las personas con agnosia visual pueden ver perfectamente, pero tienen dificultades para comprender lo que están viendo. Las agnosias visuales evidencian un hecho: percibir con la mirada no se reduce a ver.

 

Otto Dix, Autorretrato como soldado (1914)

Un tipo específico y muy importante de agnosia visual es la prosopagnosia —del griego prósōpon, cara, y agnōsia, desconocimiento—, la dificultad para distinguir una cara conocida. El término fue acuñado en 1947 por el neurólogo Joachim Bodamer (1910-1985). Quien sufre esta condición sabe que está viendo un rostro, pero no consigue identificar a quién corresponde. De buenas a primeras, la persona puede desconocer a su pareja, a sus hijos, a sus compañeros de trabajo. Quizá pueda terminar por inducir de quién se trata, atendiendo otras señales, como la voz, el atuendo, lo que expresa quien tiene en frente, pero en realidad visualmente ya no reconoce a la persona. Igual, un mal día por la mañana un sujeto puede plantarse frente al espejo y no reconocerse a sí mismo.

 

Otto Dix, The Seven Deadly Sins (1933)  (detalle)

La prosopagnosia también suele ser denominada ceguera facial, pero la frase resulta imprecisa, porque no es que quien la padece no pueda ver un rostro; el déficit estriba en que lo ve, pero no consigue identificarlo. Es más, un prosopagnósico podría ser capaz de leer expresiones, incluso de advertir si se trata de un hombre o una mujer, rasgos de edad e incluso determinar si le resulta o no agradable o atractiva esa cara…, pero no logra identificarla.

 

En el texto que da título a su celebérrimo libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, el doctor Oliver Sacks (1933-2015) narra el estrambótico caso de un profesor de música, el doctor P., quien presentaba un complejo cuadro de agnosia visual. Entre los primeros episodios que hicieron notar a sus allegados que algo no andaba bien, sucedieron situaciones como la siguiente: “A veces un estudiante se presentaba al doctor P. y el doctor P. no lo reconocía; o, mejor, no identificaba su cara. En cuanto el estudiante hablaba, lo reconocía por la voz”. En efecto, aunque el hombre no presentaba ningún problema de la vista, “ningún rostro le era familiar, no lo veía como correspondiente a una persona, lo identificaba sólo como una serie de elementos”. Además, en su caso, también había perdido la habilidad de interpretar expresiones faciales. Con todo, el trastorno del doctor P. tenía mucho más alcance, no se limitaba a la incapacidad de identificar a la gente que conocía viendo su cara. Si bien no tenía dificultad alguna para percibir correctamente formas geométricas —por ejemplo, cuando Sacks le mostró un juego de sólidos platónicos, el profesor de música no dudó a la hora de identificar y nombrar una esfera, un cubo, un dodecaedro, un icosaedro, en fin—, y si bien podía ver otros objetos de forma más compleja, era totalmente inepto para interpretar esos estímulos visuales y saber así de qué se trataba. En términos kantianos, sencillamente no podía terminar de integrar la experiencia de la percepción. Por caso, cuando Sacks le mostró una rosa y le pidió que le dijera qué era, el doctor P. “la cogió como un botánico o un morfólogo al que le dan un espécimen, no como una persona a la que le dan una flor”. 

 

 “— Unos quince centímetros de longitud. Una forma roja enrollada con un añadido lineal verde.”

 

Pero hasta ahí: no pudo saber qué era lo que tenía en las manos…, hasta que olió la flor, y entonces lo pudo inducir.

 

La primera vez que leí El hombre que confundió a su mujer con un sombrero no caí en la cuenta de la enorme importancia que tiene otro canto de la agnosia visual que adolecía el doctor P. Cuenta Oliver Sacks:

… el doctor P. no sólo fracasaba cada vez más en la tarea de identificar caras, sino que veía caras en donde no las había: podía ponerse, afablemente… a dar palmaditas en la cabeza a las bocas de incendios y a los parquímetros, creyéndolos cabezas de niños; podía dirigirse cordialmente a las prominencias talladas del inmobiliario y quedarse asombrado de que no contestasen.

El hombre experimentaba apofenias visuales, pareidolias, específicamente pareidolias faciales…, ¡pero sin saberlo! Quiero suponer que la manera en la que el doctor P. percibía los rostros de la gente era similar a la forma en que nosotros vemos caras en las nubes, en la textura de una fruta o de un árbol…, de ahí que no pudiera distinguir a un visitante recién llegado a su departamento de un objeto doméstico… “Llegó el doctor P., un poco encorvado, y avanzó, distraído, la mano extendida, hacia el reloj de péndulo, pero al oír mi voz se corrigió y me dio la mano.”




 

  

Mi abuela y Facebook

 

Aunque, se trata de un entorno muy dinámico y nuevas plataformas como Instagram y TikTok últimamente han experimentado un crecimiento demencial, Facebook es la red social por antonomasia y ha sido la más exitosa en términos de cantidad de suscriptores y alcance global. Según el relato hegemónico, Mark Zuckerberg creó Facebook mientras estudiaba psicología en Harvard. Zuckerberg había desarrollado antes otras redes web escolares, incluyendo Facemash, en la que sus usuarios podían comparar fotos de los rostros de las estudiantes —obtenidas sin su autorización, por cierto— y juzgar quién era más atractiva: Who’s hotter? En febrero de 2004, surgió The Facebook, nombre que proviene de las hojas distribuidas entre los estudiantes de primer ingreso, que contenían los perfiles de alumnos y personal académico. En 24 horas, más de mil estudiantes de Harvard se registraron… Pronto la red se extendió a otras universidades. A mediados del año siguiente, se convirtió en Facebook.com… Lo que ocurrió después es bien sabido.

 

El tremendo éxito de Facebook, la fisonomoteca más grande que haya jamás existido —si el neologismo no te gusta también podríamos usar rostropedia o facioteca—, tiene profundas raíces evolutivas. Identificar rostros entre todo lo que vemos, ligar a las personas con sus caras y leer las expresiones faciales ha resultado vital para la sobrevivencia de nuestra especie. Hemos evolucionado para identificar rostros. Susan G. Wardle, investigadora en el Laboratorio de Cerebro y Cognición de los Institutos Nacionales de Salud en Bethesda, Maryland, ha realizado distintos experimentos de laboratorio para determinar que mientras que distinguir objetos nos toma alrededor de un cuarto de segundo, podemos detectar un rostro humano en sólo una décima de segundo. Somos muy buenos detectando caras…, tanto que las vemos en donde no las hay. Tal es el origen de las pareidolias faciales. Según la doctora Wardle una vez que vemos una cara entre las nubes, todavía tardamos un cuarto de segundo en determinar que en realidad no es un rostro…, aunque sigamos viéndolo.

 

— Perdóneme, pero no soy buena fisonomista —solía decir mi abuela cada que uno tenía que presentarle de nuevo a alguien que ya conocía. Quizá no es que careciera de una facilidad natural para recordar y distinguir a las personas por su fisonomía, quizá padecía de algún grado de prosopagnosia. Como haya sido, el mundo que le tocó vivir a mi abuela, nació 1914, ni estaba plagado de tantas imágenes y caras como el nuestro ni exigía que la gente entendiera tantos símbolos y maneras diferentes de expresarse como hoy.