Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

jueves, 24 de febrero de 2022

Hacer y escribir historia

  

1

 

Hace ocho siglos llegó a la Cuenca de México un grupo de trashumantes desposeídos. Venían del norte: “… se hallaban radicados allá, en Aztlán…; y se vinieron a pie para acá” (Crónica mexicáyotl, 1598). En algún punto del peregrinaje, Huitzilopochtli decidió que su pueblo cambiaría de apelativo: “Ahora ya no será vuestro nombre el de aztecas, vosotros seréis mexicas…” (Códice Aubin, 1576). Poco después erigirían Tenochtitlan en un islote situado en medio del lago de Texcoco. Bien dotados para el arte de los garrotazos —el macuáhuitl era un garrote de madera de unos 70 centímetros al que se insertaban navajas de obsidiana—, los mexicas se emanciparon de los tepanecas (1428), para luego convertirse en los mandamases de la Cuenca. Lo consiguieron por su poderío bélico, pero también gracias a una estrategia narrativa: además del pasado mítico que les proveyó Huitzilopochtli, idearon “la conformación de un linaje que pudiera reclamar preeminencia y superioridad sobre los otros pueblos, asentados con anterioridad. Las crónicas señalan cómo, en Mixiuhca, una mujer mexica noble, parió al primer mexica­tolteca, emparentando así con el linaje más prestigiado de la época”, refiere Diego Prieto. Con esta operación narrativa, los antiguos aztecas se apropiaron de un inmenso capital simbólico. Vueltos sucesores de los señores de Tula —centro hegemónico de la Cuenca entre los siglos IX y XII—, México-Tenochtitlan impuso su hegemonía, desde el golfo de México hasta las costas del Pacífico, y desde la Huasteca hasta Centroamérica. Los mexicas hicieron historia.

 

 

2

 

A principios de 2009, el entonces director general de Geografía del INEGI, Mario Reyes Ibarra (†), me pidió opinión respecto a la conveniencia de reimprimir dos libros publicados en la década de los ochenta por el Instituto: La Independencia de México, atlas histórico (1985) y La Revolución Mexicana, el atlas histórico (1986). Aunque del primero había una reimpresión de 1992 y del segundo de 1998, las existencias estaban agotadas. La posible reimpresión podía ocurrir en el contexto de una urgencia: al año siguiente, 2010, se iba a celebrar el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución. Mi respuesta tuvo dos componentes. El primero, una peccata minuta: en realidad no son atlas, son libros de historia ilustrados con mapas. El segundo apunte era y es más profundo: el texto de ambas obras es un discurso historiográfico apegado al nacionalismo posrevolucionario, es decir, a la narrativa historiográfica de los gobiernos emanados de la Revolución, o más simple, del PRI. En aquel año, la Presidencia de la República estaba ocupada por un señor que había salido de las filas del PAN —era ya el segundo albiazul en Los Pinos—, así que cuestioné si la narrativa, sobre todo la que contaba la Revolución Mexicana, no habría de sufrir algún cambio. 

 

Al final, no se mandó reimprimir nada —decisión que, por cierto, me costó tener que salir al quite con el desarrollo de un multimedia del cual no es momento de hablar—.

 

 

3

 

En el marco de los varios aniversarios que se conmemoraron el año pasado, el gobierno de la República, específicamente el INAH, publicó México, grandeza y diversidad. El tiraje constó de 120 mil ejemplares. No sé cómo conseguirlo en papel, pero aquí puedes descargarlo en pdf.

 


México, grandeza y diversidad es un volumen de casi 500 páginas, ilustradas de manera lúcida, generosa, espléndida…: un manjar para los ojos. Integra un texto introductorio y veinte capítulos, firmados por una treintena de autores (Armando Bartra, Eduardo Matos Moctezuma, Antonio Saborit, Felipe Ávila, Leticia Reina Aoyama, Elena Centeno…). Es un relato historiográfico de México que abarca desde el poblamiento del territorio que hoy es nuestro país, hace unos 16 mil años, hasta nuestros días. La correlación tiempo-espacio está bien atendida. El planteamiento histórico está aterrizado: desde la portada se justiprecia la dimensión espacial —una fotografía del Popocatépetl haciendo erupción, visto desde el Iztaccíhuatl—. 

 

El texto inicial —titulado con inteligencia: “Grandezas de México”, en plural— presenta la sinopsis y la tesis de todo el libro, y lo hace bien, incluso desde el epígrafe, tomado de Grandeza Mexicana (1604), de Bernardo de Balbuena: “…hombres y mujeres de diversa color y profesiones, de vario estado y varios pareceres; diferentes en lenguas y naciones, en propósitos, fines y deseos, y aun a veces en leyes y opiniones”. Su autor, Diego Prieto, director del INAH, comienza perfilando los elementos constitutivos del Estado mexicano: población, territorio, riqueza… Enseguida, explicita la tesis de toda la obra: “… la grandeza de México no tiene que ver tan sólo, ni principalmente, con su tamaño, con su población o con su economía, sino sobre todo con su diversidad cultural y natural…”  Después condensa el devenir de lo que hoy somos: los primeros pobladores, el México Antiguo, la conquista, el caótico México independiente, la Revolución, el siglo XX… A a lo largo de todo el ensayo, el relato se trama a partir de la misma idea: los valores de la gente y la grandeza de nuestra diversidad. El relato incorpora dos capítulos finales, los que reconfiguran el sentido de toda la historia; ahí está su mayor funcionalidad narrativa: “Progreso para unos cuantos” y “El cambio necesario”. El primero, el penúltimo, describe el modelo neoliberal que dirigió al país desde 1983. El segundo, el último, narra lo que estamos viviendo, lo que comenzó el primero de julio de 2018, cuando “más de 30 millones de mexicanas y mexicanos, y más de la mitad de las personas que votaron en los comicios federales para la presidencia de la República, lo hicieron por un proyecto de nación distinto a los de corte neoliberal”. 

 

El presidente ha reiterado que la política es hacer historia. De acuerdo, también es escribirla.

jueves, 17 de febrero de 2022

No es noticia

  

A good newspaper, I suppose, is a nation talking to itself.

Arthur Miller

 

 

0. No es fácil definir una noticia. La primera acepción que brinda el diccionario de la RAE no sirve de nada: “información sobre algo que se considera interesante divulgar.” Según esto, entonces, todo lo que publica un periódico es una noticia porque lo publicó un periódico —dado que alguien consideró “interesante” divulgarlo—. Es una definición tautológica.

 

El segundo significado resulta un poco más esclarecedor: “hecho divulgado”, es decir, algo que sucedió y de lo cual se da cuenta a muchas personas. Sin embargo, estará usted de acuerdo que el hecho no es la noticia. Hay hechos que no son divulgados y no por ello dejan de ser hechos: si el licenciado MC soñó que el presidente de la República le echaba chile en los ojos y eso lo trae de malas, pero no se lo ha contado ni a su señora esposa, el hecho no es noticia, pero tampoco deja de ser un acontecimiento—. Si el licenciado narra su pesadilla con lujo de detalles en el pleno del instituto político en el cual cobra sus emolumentos, quizá el relato podrá entenderse como una noticia, pero no como el sueño mismo. Así como decimos que el mapa no es el territorio, la noticia no es el hecho.

 

La tercera acepción agrega un ingrediente indispensable a la noción de noticia: “dato o información nuevos, referidos a un asunto o a una persona”. Ciertamente, una noticia —news en inglés, nouvelles en francés— debe ser una información novedosa. Con todo, la definición no delimita al menos uno de los cantos de la noticia. Voy a revelar un dato nuevo: hace un instante acaba de cruzar por mi conciencia el recuerdo de que olvidé mi gorra en la casa de mi prima CA. ¿El dato tiene importancia para alguien además de mí?

 

La última acepción adolece de tal vaguedad que la invalida: “noción o conocimiento sobre una materia o sobre un asunto”.

 

Ni engarzando las cuatro acepciones resolveríamos del todo la cuestión. Así que, enseguida, trataré de enunciar algunos elementos para que el lector pueda armar una definición de noticia por negación.

 

 

1. Una opinión no es noticia. Por ejemplo, el sábado, El Universal tenía como noticia principal la siguiente: “Critican a AMLO por usar el gobierno para divulgar datos”. Desde el encabezado se evidencia que lo que se divulgaba no era un hecho sino una opinión, en este caso una opinión crítica en contra del presidente. Curiosamente, en el titular no se informa quiénes son los que aprecian críticamente al mandatario. En el cuerpo de la nota, desde el primer párrafo, se dice que la opinión alude al siguiente hecho: “El presidente… exhibió ayer supuestos ingresos del periodista Carlos Loret de Mola…”

 

 

 

2. Un pronóstico no es noticia. También el sábado, La razón de México publicó como nota principal: “Alertan por riesgo persistente de que el crimen reclute a 250 mil menores”. No se reporta que el crimen haya reclutado a un cuarto de millón de menores, sino que alguien avisa que es posible que eso ocurra en el futuro, es decir, se difunde un augurio, un augurio que, ¡para colmo!, predicen que puede quedarse corto: “ONG advierten que cifra puede ser mayor ante más criminalidad…”

 

 

3. Un anuncio no es noticia. No es necesario ejemplificar esto. Baste recordar que, aunque le digan “infomercial”, un mensaje publicitario no deja de ser un comercial. Si el objetivo de una nota es venderte algún producto o servicio no es una noticia, es un anuncio.

 

4. Una proclama proselitista no es noticia. Excélsior divulgó el sábado en su portada: “PAN, PRI y PRD alistan estrategia. Arman proyecto antipopulista y antiliberal”. Una arenga política, por lo demás redundante: que la oposición es oposición, que el principal propósito de la oposición es estar en contra.

 

 

5. Una suposición no es una noticia. Reforma publicó el día 12 pasado en su primera plana: “Amplían a B. Hughes montos a 343 mdd”. Cualquier lector medianamente informado debería preguntarse qué tiene de noticia una actividad administrativa usual en Pemex… Quien lea la nota encontrará la médula: “… estos hechos… al menos crean la percepción de un posible conflicto de intereses y un potencial escenario que pudo haber cruzado la línea de lo legal…” No creo que sea necesario buscar en el diccionario el significado de las palabras que transcribí en cursivas para saber que lo que estamos leyendo es una suposición.

 

 

7. Un chisme no es una noticia. ¡Y sigue la mata dando!: este fin de semana los lectores del impreso metro pudieron deleitar su morbo gracias a los últimos capítulos de una telenovela que nos salió muy cara: “De chivo los tamales. Que Peña le puso los cuernos a la Gaviota”. Claro, usted podrá pensar que ese tipo de tabloides a eso se dedica, al chisme descarado, y que quienes lo consumen ya saben a lo que van… Bueno, aquí tiene ahora lo que, también en primera plana, publicó ese mismo día el otrora respetado diario Reforma, con todo y foto de la aludida: “Sabía de infidelidad. Angélica Rivera conocía de la infidelidad de Enrique Peña Nieto, pero quiso aguantar hasta el último día como Primera Dama [sic], asegura su amiga Cynthia Klitbo”.

 

 

8. Un rumor no es una noticia. Si no es un hecho ocurrido y constatable, si es algo que alguien o algunos dicen, si es algo que se oye por radio pasillo, aunque el medio llame pomposamente al mensaje “un trascendido”, no es una noticia, es un rumor, es ruido.

 

La mayoría de los periódicos no son de fiar, porque, con el disfraz de noticias, están plagados de opiniones, suposiciones, proclamas, anuncios, predicciones, chismes, rumores…

jueves, 10 de febrero de 2022

Argucias chafas

  

Al primate RIG.

 

 

0

 

Para empezar, recordemos qué es una argucia.

 

Una argucia es una sutileza, un sofisma, un argumento falso presentado con cierta agudeza. Sutiliza, en este contexto, no se refiere a la calidad de sutil —ni delgado ni delicado o tenue; mucho menos agudo, perspicaz o ingenioso—, sino a un dicho o concepto demasiado agudo y falto de verdad, profundidad o exactitud. Y un sofisma es, ciertamente, un tipo de argucia: una razón o argumento falso con apariencia de verdadero; es decir, un timo. Finalmente, un argumento es un razonamiento para probar o demostrar una proposición, o para convencer de lo que se afirma o se niega. Así que un argumento falso disfrazado de veraz, una argucia, es a la discusión lo que una estratagema es a la guerra: una astucia, un fingimiento, un engaño. Una argucia es un ardid —artificio, medio empleado hábil y mañosamente para conseguir algo— que se hace con palabras, con números, con mensajes verbales. Todo esto no lo digo yo, lo dice el diccionario.

 

Ahora, para ver la palabra en acción, qué mejor que un poema de Borges. Las siguientes estrofas dan comienzo a la tunda que el argentino propinó al español Baltasar Gracián:

 

Laberintos, retruécanos, emblemas,

helada y laboriosa nadería,

fue para este jesuita la poesía,

reducida por él a estratagemas.

 

No hubo música en su alma; sólo un vano

herbario de metáforas y argucias

y la veneración de las astucias

y el desdén de lo humano y sobrehumano.  

  

¡Ah!, y en cuanto chafa, la RAE informa su preciso significado: “de mala calidad”.

 

 

1

 

Llevan años circulando una argucia que, ya puesta en blanco y negro, se evidencia como bastante boba:

 

— Ok, los gobiernos anteriores fueron malos, muy malos si usted quiere…, ¡pero el que encabeza López Obrador no es perfecto!

 

La argucia estriba, claro, en que la perfección es imposible de alcanzar para un ser humano o un colectivo de personas. Esta argucia tiene múltiples expresiones; por ejemplo: no han corrido a todos los malos funcionarios, no han resuelto el lío de la inseguridad al 100%, aún hay algunos policías que piden mordidas, etcétera.

 

 

2

 

Sábado 5 de febrero, aniversario de la Constitución de 1917. En la primera plana de El Universal aparece, con todo y foto, una entrevista: “Son tres años de involución al autoritarismo del PRI. Entrevista a Jean Meyer, profesor emérito del CIDE”. En el adelanto leemos: “A punto de cumplir 80 años de edad, dice que se siente como en los finales de Díaz Ordaz o en el principio de Luis Echeverría, es decir, ‘en un momento de centralización, de un Estado que quiere controlarlo todo’”. Por supuesto, el doctor Meyer tiene todo el derecho del mundo de sentirse como pueda o quiera. Lo que resulta, me parece, cuestionable es que el académico afirme que regresamos en el tiempo porque él así lo siente. Por lo demás, su dicho es una argucia que se autodestruye al publicarse: durante los años de autoritarismo del PRI, ¿cuántas veces salió en primera plana de El Universal o de cualquier otro periódico Jaen Meyer acusando al gobierno de autoritario?

 

 

 

3

 

Entre las argucias que ha esgrimido machaconamente la oposición, una de las más perniciosas tiene su expresión más concisa en los siguientes términos: “Todos los políticos son iguales”. La proposición no dice nada o miente. Una iguana, cualquiera, comparte características necesariamente con todas las demás iguanas, porque, si no, no sería una iguana. Lo mismo podemos decir de los tiranosaurios, los gastroenterólogos, los martillos y de cualquier entidad que comparta identidad con otras de su misma clase: una identidad, señala el diccionario, es el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás. Sin embargo, si tomamos la primera acepción deidentidad, esto es, cualidad de idéntico, resulta que nada es idéntico a otra cosa más que a sí mismo. Desde esta perspectiva, ningún político es igual a otro como ninguna iguana es idéntica a otra iguana. Así que el presidente tiene razón cuando responde a este aserto con uno de la misma calaña: No somos iguales.

 

La argucia “todos los políticos son iguales” no pasaría de ser una bobada si no fuera porque tiene el sentido implícito de “todos los políticos son igualmente malos”. Malos o corruptos o mentirosos o ladrones…, en fin, cualquier característica negativa, y, obvio, si todos los políticos son malos, la política no podría ser buena. Este mensaje sí que es pestífero, puesto que la política es sencillamente toda actividad referida a la cosa pública. En última instancia, pues, “todos los políticos son iguales” significa todo asunto público es malo.

 

 

4

 

Cierro con una argucia que este fin de semana agarró vuelo, todo por la opinión que el presidente emitió el viernes sobre el trabajo periodístico de Carmen Aristegui. Julio Hernández tuiteó un juicio: “Arremete de nuevo el presidente @lopezobrador contra @AristeguiOnline y se equivoca de nuevo al usar la máxima tribuna pública para criticar un ejercicio periodístico respetable, al que acusa de engañar, simular, publicar reportajes calumniosos y tener determinados opinantes”. El uso de arremeter es una argucia porque el mandatario ni “acometió con ímpetu y furia”, ni se precipitó. Por lo demás, ¿el presidente no tiene derecho a criticar el ejercicio periodístico de Aristegui? Otros, más burdos, espetaron: “¡Es antidemocrático censurar a Aristegui!”. Y esta argucia se desenmascara fácil: contestar a la prensa no es censura; disentir de una opinión publicada en la prensa tampoco; desmentir a la prensa, menos, y evidenciar la postura política de un periodista no es censurarlo.

lunes, 7 de febrero de 2022

Prensa y censura: 10 obviedades


1.     Contestar a la prensa NO es censura.


2.     Disentir de una opinión publicada en la prensa NO es censura.


3.     Desmentir a la prensa NO es censura.


4.     Evidenciar la parcialidad de un periodista NO es censura.


5.     Evidenciar la postura política de un periodista NO es censura.


6.     Criticar con argumentos el trabajo de un periodista NO es "arremeter contra la prensa".


7.     Ejercer el derecho de réplica en respuesta a un comentario, reportaje o cualquier otro mensaje publicado por los medios NO es “arremeter contra la prensa”.


8.     Desmentir noticias falsas no es sólo un derecho del gobierno, es su obligación hacerlo. 


9.     Pedir a la prensa que informe con veracidad sobre los asuntos de interés público NO es censura.


10.  Criticar a un periodista, por muy encumbrado que esté, no es destruir su reputación.

jueves, 3 de febrero de 2022

Modesta apología de la especulación

 

Mi cuate PDVG me reenvió un tuit del médico Alejandro Macías. Atinadamente, PDVG supone que no sigo al señor, pero sabe que el tema me interesa. Macías dice: “Este mundo sería mejor si todos entendiéramos al menos los rudimentos de la estadística y las probabilidades.” Comparto el ideal. Con todo, mi respuesta fue la siguiente: “Bueno, hay una solución más sencilla: si la mayoría aceptara que no entiende los rudimentos de la estadística y las probabilidades, y actuara y (no) hablara en consecuencia, este mundo sería mejor.” También es un ideal, tal vez más simple pero seguramente más difícil de alcanzar que el que lanza al ruedo el galeno: saber que uno no sabe no es cualquier cosa; saber que no se sabe es de sabios.

 

La afirmación del doctor Macías, conjeturo, se da en el contexto de la pandemia. Dado el ámbito en el cual me he desempeñado profesionalmente durante más 35 años, sé que la mayoría de la gente tiene serias dificultades para entender grandes números, ya no digamos estadísticas y probabilidades. Pero debo aceptar humildemente que mi apreciación del problema estaba muy lejos de la gravedad del asunto: de 2020 para acá, el seguimiento estadístico que tirios y troyanos han tratado de darle a la pandemia me ha permitido constatar que la gran mayoría de la población no logra entender estadísticas, en buena medida porque casi nadie tiene la menor idea de los contextos, espaciales y temporales, en los que conviene ubicar los datos. Tristemente pienso que está bien repartida la ignorancia respecto tanto a la realidad del país —territorial, sociodemográfica, socioeconómica— como a su historia reciente, por no hablar del sitio que ocupamos en el concierto internacional. Sume usted el consabido apuro que representa para muchos la mera comprensión del lenguaje matemático —preciso, el doctor Berumen apostilló mi mensaje: “Más vale educar en ello, lo que no implica enseñar estadística, simplemente saber leerla entendiendo su aritmética”—. Peor, la situación se complica cuando los datos se refieren a fenómenos inconmensurables. Ahora, insisto, el lío está no sólo en que las personas no entienden, sino en que no saben que no entienden. Y es que, desde ahí, desde una incomprensión ignorada, desde una ignorancia inconsciente, se aventuran a especular cualquier clase y cantidad de barbaridades. Dejando a un lado a los que sí entienden pero mienten y urden engaños —que cunden—, abundan quienes, quizá sin ninguna mala fe, difunden sus especulaciones sin recato, no como eso, como especulaciones, sino como verdades incuestionables. Por supuesto, esto es socialmente pernicioso porque genera confusión, y la confusión demuele la realidad. De lo anterior podría desprenderse que especular es por sí mismo un camino equivocado. Inducir eso es erróneo. Especular es un necesario y útil método de conocimiento. 

 

Cuando empleamos la palabra especular como adjetivo, se refiere a algo relativo a un espejo (del latín speculāris), incluso a algo reflejado en un espejo —por eso también puede emplearse con el sentido de simétrico—. En cambio, como verbo (speculāri) significa “reflexionar en un plano exclusivamente teórico” y “hacer conjeturas sobre algo sin conocimiento suficiente” —también, claro, tiene la acepción de “traficar” y, más específicamente, de “efectuar operaciones comerciales o financieras con la esperanza de obtener beneficios aprovechando las variaciones de los precios o de los cambios”: especular especulando—. En el sentido en el que nos interesa, pues, especular es un ejercicio de pensamiento, un ejercicio que se realiza sin la información suficiente. ¿Y qué tan eficaz puede ser la especulación? Bueno, por ejemplo recordemos que hace casi dos mil quinientos años un iluminado abdeteritano —que era como a don Alfonso Reyes le gustaba escribir el gentilicio de la polis griega Abdera—, iluminado pero ignorante, descomunalmente más ignorante que cualquier alumno de sexto de primaria respecto a los principios elementales de la Física, sencillamente porque la Física todavía no existía, y desprovisto de cualquier instrumento, con el puro auxilio de su mente, logró concebir, que no descubrir ni inventar —aunque él acuñó el concepto— el átomo.  Y, ojo, Demócrito no sólo no tenía modo de haber conocido el método científico, sino que, además, según Heródoto, fue discípulo de “magos y caldeos”. El atomismo presocrático, la escuela de pensamiento fundada por Demócrito —y quizá también por un tal Leucipo—, por pura especulación llegó a la conclusión de que “todo se compone de átomos que, físicamente, pero no geométricamente, son indivisibles: que entre los átomos existe un espacio vacío; que son indestructibles, que siempre han estado y estarán en movimiento; que existe un número infinito de átomos e, incluso, de clases de átomos, y que las diferencias se refieren a la forma y al tamaño” (Bertrand Russell, Historia de la filosofía occidental). Nada mal para un ignorante…

 


En El mito de la máquina, Lewis Mumford (1895-1990) defiende la necesidad y validez de la especulación como método no sólo para entender sino también para construir conocimiento, incluso conocimiento científico. El asunto que entonces ocupaba al sociólogo neoyorkino era la prehistoria del hombre, un tema acerca del cual, muy probablemente y por obvias razones, jamás consigamos testimonios más allá de piedras y huesos. Inclusive en ese caso, Mumford sostiene: “el hecho de que una cuestión digna de tratarse especulativamente deba seguir abierta por tiempo indefinido, no es razón suficiente para dejar de plantearla”. 

 

La pandemia es un complejísimo fenómeno: dinámico, inédito, poliédrico, y es innegable que todavía no tenemos información suficiente acerca de muchas de sus caras, así que sí, la especulación es necesaria. No podemos saber qué directrices se habrán autoimpuesto los cosmógrafos presocráticos como Demócrito para especular, prácticamente sin información, acerca de todo. Lewis Mumford prescribe que, a la hora de tirarse a la ardua y gozosa labor de la especulación, no falten al menos tres ingredientes: racionalidad, serenidad y buena fe.