Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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sábado, 18 de agosto de 2018

Factfulness



Man, at least when educated, is a pessimist.
He believes it safer not to reflect on his achievements
.

John Kenneth Galbraith, The Age of Uncertainty.

Hace poco más de veinte años escribí el slogan de la campaña que el INEGI llevó a cabo con el propósito de difundir los resultados del Conteo de Población y Vivienda 1995: Ni absolutos ni relativos, personas. Recordé esto leyendo Factfulness: Ten Reasons We're Wrong about the World-And Why Things Are Better Than You Think, de Hans Rosling (Sceptre, 2018); al referirse a la evolución de la tasa de mortalidad infantil en diferentes países del mundo, el sueco escribió: “No son los números los que resultan interesantes, sino lo que los números nos dicen acerca de las vidas que hay atrás de ellos”.
           
Cuenta el doctor Rosling (1948-2017) que en octubre de 1995, justo después de terminar de impartir una clase, habría de iniciar la que llamó “mi lucha de por vida contra las ideas globales equivocadas” —y en efecto, el cáncer de páncreas lo agarraría dando esa pelea—… Durante aquella sesión se refirió a la tasa de mortalidad infantil —número de muertes de infantes menores de cinco años en un año dado por cada mil nacidos vivos ese mismo año, TMI en adelante— que aquel año reportaban Tanzania (171), Brasil (55), Arabia Saudita (35) y Malasia (14). Luego explicó que su obsesión con la TMI no se debía sólo a la preocupación por la niñez, sino que obedecía a que entendía dicho coeficiente como una especie de gran termómetro: “esta tasa toma la temperatura de toda una sociedad. Dado que los bebés son muy frágiles, muchas cosas pueden acabar con su vida. Si en Malasia sólo 14 de cada mil niños mueren, esto significa que los otros 986 sobreviven. Sus padres y su sociedad han logrado protegerlos de todos los peligros que podrían haberlos matado: gérmenes, hambre, violencia, etcétera. Entonces, este número 14 nos dice que la mayoría de las familias en Malasia tienen suficiente comida, que sus sistemas de alcantarillado no se filtran en el agua potable, que tienen un buen acceso a servicios primarios de salud, y que las madres saben leer y escribir”. Es decir, la tasa de mortalidad infantil no sólo se refiere a la salud de los pequeños, sino que “mide la calidad de toda la sociedad”. Desde esta perspectiva, el galeno siguió mostrando a sus alumnos las drásticas mejoras que en muy poco tiempo han alcanzado varias naciones: por ejemplo, en tan sólo 33 años Arabia Saudita había conseguido abatir la TMI de 242 a 35, mientras que Malasia había logrado pasar de 93 en 1960 a 14 en 1995.
No menciona el caso de nuestro país, pero el avance aquí también ha sido sorprendente: en 1960 de cada millar de niños nacidos vivos, fallecían 151 antes de cumplir cinco años; en 1995 la TMI era ya de 35.5, y para 2016 pudimos disminuirla a 14.5. Hans Rosling narra que después de abordar datos en mano varios ejemplos, los estudiantes se pusieron a revisar todas las columnas, tratando de averiguar si su profesor había escogido países con comportamientos excepcionalmente buenos, tratando así de engañarlos. “No podían creer la imagen que los datos mostraban. Aquello se no parecía en lo absoluto a la imagen del mundo que tenían en la cabeza. ‘Para que lo sepan’, dije, ‘no encontrarán ningún país en el que haya aumentado la mortalidad infantil’. Porque el mundo en general está mejorando”.
           
La obra póstumo de Hans Rosling lleva por título un vocablo que resulta intraducible, Factfulness; sin embargo, el subtítulo explicita con toda claridad el empeño que impulsa al autor: Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que se piensa. Al igual que hace Steven Pinker en su más reciente libro, Enlightenment Now (2018), el planteamiento de Factfulness es simple y contundente: las cosas están de maravilla y nos tocó vivir una época extraordinariamente buena, de tal forma que quienes no lo perciban así, pese a conformar la mayoría, están equivocados.
           
¿Qué nos viene a la mente cuando pensamos en el mundo? “Guerra, violencia, desastres naturales, desastres provocados por el hombre, corrupción. Las cosas están mal, y parece que están empeorando, ¿verdad? Los ricos se hacen más ricos y los pobres cada vez son más pobres… Pronto nos quedaremos sin recursos naturales a menos que hagamos algo drástico. Al menos esa es la imagen que la mayoría de los occidentales vemos en los medios y llevamos en la cabeza. Yo la llamo la visión del mundo sobre-dramatizada, algo que resulta estresante y engañoso”. Como buen
médico, Rosling no sólo diagnostica, también prescribe el remedio: información. “Datos como nunca antes usted los había entendido: datos como terapia. La comprensión como fuente de tranquilidad mental, porque el mundo no está tan mal como parece”.
           
Pinker y Rosling tienen razón, indiscutiblemente. Hay coeficientes, indicadores, tasas, promedios…, datos y datos de sobra para arrasar a cualquiera que niegue que, en general, la vida es mucho mejor que antes.  Ambos libros son certeros y están bien documentados. Con todo, conviene señalar un riesgo. Los dos ensayos contienen información y afirmaciones que, empleadas de mala manera, pueden emplearse para atajar cualquier pensamiento crítico e incluso cualquier postura progresista…
           
— La dinámica del sistema no puede seguir siendo la misma, cuando el 1% de la población más rica del mundo concentra ya más riqueza que el 99% restante. ¡Algo tiene que pasar, caray!
           
— ¿Sabes qué? No te quejes, que en la Edad Media ya estarías muerto.

sábado, 11 de agosto de 2018

Actual(dual)idad



Because things are the way they are,
things will not stay the way they are.
Bertolt Brecht


En general, la vida es hoy mejor que antes. Uno puede encontrar por todos lados cascadas estadísticas para ahogar de un sopetón a todos los que se atrevieran a negarlo. Abundan las evidencias para acallar a los que sostengan que hoy las cosas están peor que antes. Entendida como un todo, la vida de los seres humanos era hasta hace poco mucho más corta, medrosa, enfermiza, dolorosa, pobre y peligrosa.
           
No tiene ni un siglo que en todo el orbe fuimos informados de que lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño nos puede salvar el pellejo varias veces al día. En 1900, la esperanza promedio de vida en el mundo era de 40 años, mientras que hoy día supera los 72. En México, en 1930 la gente vivía en promedio 34 años; y en 2016, 75.2.
           
Según la recreación documentada que hace el historiador David Wootton (The invention of science: A new history of the Scientific Revolution. 2015), en vísperas de la revolución científica del siglo XVII, un inglés bien educado…


… creía en la existencia de los hombres-lobo, y aunque sabía que no había ninguno en Inglaterra, no tenía ninguna duda de que pululaban en Bélgica… Para él, Circe realmente había convertido en cerdos a toda la tripulación de Ulises. Creía que los ratones surgen en los pajares por generación espontánea… Creía que el cuerpo de una persona asesinada sangraba en presencia del homicida. Creía que existía una pomada que al ser embarrada en la daga que había causado determinada herida, la curaría instantáneamente. Estaba seguro de que la forma, el color y la textura de una planta eran pistas para determinar cómo funcionaría como medicina, puesto que Dios había diseñado la Naturaleza para ser interpretada por la Humanidad.
           
Nuestro caballero inglés, al igual que Moctezuma Xocoyotzin, pensaba que los cometas eran presagios inequívocos de grandes males. La gente que vivió antes de la revolución científica experimentaba, en palabras del sociólogo Robert Scott, “una especie de paranoia colectiva”, desatada por “la creencia de que determinadas fuerzas externas controlaba la vida cotidiana” (Miracle cures: Saints, pilgrimage, and the healing powers of belief. 2010).
           
Fieros guerreros como Sargón de Acadia y Ciro II de Persia, o incluso Alejandro Magno, cosieron sus heridas sin anestesia. Ni Pedro el Grande, zar de Rusia, ni Luis XIV, le Roi Soleil, tuvieron una aspirina para aliviarse una neuralgia. El mercado era un desierto yermo en donde muy poco podía comprar la descomunal fortuna de Carlos V, comparado con la plétora y variedad selvática de productos que un consumista clasemediero armado con una tarjeta de crédito puede adquirir hoy en cualquier centro comercial. Mozart jamás escuchó tantas veces ninguna de sus propias sinfonías como hoy puede hacerlo cualquier melómano. En pequeños e inmensos espacios artificiales, abolimos la oscuridad nocturna, el calor veraniego y la gelidez invernal. En la actualidad y a nivel mundial, hay más gente sufriendo sobrepeso que hambre, y más son los que se suicidan que los que son asesinados por un soldado.
           

El margen de libertad que la revolución científica ha posibilitado a los humanos es colosal, a grado tal que, de acuerdo a pensadores como Yuval Noah Harari (Homo deus, 2015), ya reporta repercusiones de carácter evolutivo. La aseveración no es del todo novedosa; el novelista soviético Vasili Grosman había escrito en 1955 (Todo fluye): 

… la historia de la humanidad es la historia de su libertad. El crecimiento de la potencia del hombre se expresa sobre todo en el crecimiento de la libertad… El progreso es, en esencia, progreso de la libertad humana. Ya que la vida misma es libertad, la evolución de la vida es la evolución de la libertad.
           

Así que vamos repitiéndolo con todas sus letras: nuestra vida es mejor que la de nuestros antepasados; somos más saludables y longevos, sentimos menos miedo y dolor, disponemos de muchos más bienes y servicios, y vivimos más seguros. Por supuesto, la contundencia con la que puede defenderse objetivamente la aseveración anterior no ataja que muchas personas crean que todo pasado fue mejor y que el género humano se dirige en imparable estampida hacia el abismo. Tanta gente piensa así que no resulta ocioso un libro como Enlightenment Now (2018), en el cual Steven Pinker se esfuerza por convencernos de que “esta sombría apreciación del estado del mundo es incorrecta. And not just a little wrong—wrong wrong, flat-earth wrong, couldn’t-be-more-wrong.
           
Para muchos, el acabose inminente se halla en el cambio climático, para otros la estupidez humana que terminará concretándose en el holocausto nuclear. Y claro, el convencimiento de que las cosas empeoran no precisa que el augurio sea el fin del mundo: de hecho, el pesimista, para ejercer, necesita mantenerse vivo para atestiguar que tenía razón. Así que proliferan las visiones distópicas, incluso muchas de ellas bien fundamentadas, en las que se bosquejan porvenires espantosos que, en dado caso, viviríamos para padecerlos.
           
Solamente podemos estar aquí, siempre aquí, en el presente. Desde el ahora cotejamos nuestra vida no con el pasado, en el cual no estuvismos presentes, sino con nuestras expectativas. Poco nos importa cómo viviríamos si hubieramos llegado al mundo cien, dos mil, cien mil años atrás; nos perturba cómo viviríamos si tuviéramos la suerte del vecino, el caudal del Slim, las condiciones de vida de los canadienses… Y el futuro, de por sí incierto, intimida cada vez más, en la medida en la que el tiempo histórico se acelera. Ya en el futuro dirán que tan mal vivíamos ahora.

viernes, 10 de febrero de 2017

Apocalíticas Trump-etAss orwellianas / A lomo de palabra

El megalómano y mega-anómalo, narcisista obcecado, mitómano desbocado, bocazas, gárrulo, patán, soez e incivil, zafio, golfo, vulgar, altanero, grotesco y ridículo, chabacano, desvergonzado, macarra, bravucón y pendenciero, depravado, sexista, machista, homófobo, racista, clasista, chovinista, retrógrado y prejuiciado, alevoso, fullero, autoritario y vil personaje que ocupa hoy el cargo de presidente de los Estados Unidos de América, míster Donald Trump-Ass, junto con su caterva de secuaces, su AssCo-mpany, en primerísimo lugar su asesora, la bruja mainstream Kellyanne Conway, seguida del pelmazo de su secretario de prensa, Sean Spicer, han logrado caldear un ambiente mediático espeluznante por entero. Por ejemplo, en su primer encuentro con los señoritos y damiselas de la CIA, míster Trump-etas Apocalípticas presumió ufano y con todas sus letras: I have a running war with the media, lo cual en la lengua de Cervantes se traduce: “Estoy en guerra con los medios de comunicación”. Uno o dos días después, en entrevista con Chuck Todd de la cadena NBC, la arpía Conway menospreció las mentiras descaradas que un día antes había proferido el cortesano Sean Sacos Grandes Spicer, y reveló a las claras el sello de sus estratagemas: Don’t be so overly dramatic about it, Chuck. What it-you’re saying it’s a falsehoodSean Spicer, our press secretary, gave alternative facts to that. Parlamento que quizá Lope de Vega hubiera expresado en buen cristiano así: “Yo os conmino a que no dramaticéis en demasía, Chuck. Lo que vos proclamáis es un embuste. Sean Spicer, nuestro secretario de prensa, ofreció hechos alternativos”. Y luego, para cerrar la pinza, el propio cortesano Spicer aclaró que no es que él haya querido mentir cuando dijo que el evento de investidura presidencial de su jefe es el que más audiencia haya tenido jamás y punto (this was the largest audience to ever witness an inauguration, period), sino que a veces “pueden estar en desacuerdo con los hechos” (Sometimes we can disagree with facts). Estas tres perlas negras bastaron para que en la mediósfera -digo, porque en su casa, estimado lector, en mi casa, en Disneylandia, en el resto del Gabacho y en el orbe sigue casi todo más o menos igual que hace una semana- se respiraran aires patentemente orwellianos, sensación que ha provocado que cunda desde hace días una especie de déjà vu literario colectivo: ¡Jijos!, como que todo esto nos recuerda algo… ¿no?

1984, la novela de George Orwell (1903-1950), escrita hace casi setenta años, ha resurgido como un bestseller tanto en Estados Unidos como en varios países europeos. Si bien en ninguna parte del libro aparece literal la frase alternative facts, resulta evidente su cercanía semántica con el concepto doublethink -“el poder de mantener dos creencias contradictorias en la mente simultáneamente, y aceptar las dos”-. Desde el día de las funestas elecciones, noviembre 8 de 2016, se han vendido más de 47 mil ejemplares de la obra -en el mismo período el año pasado se colocaron apenas 11 mil-, de modo que Penguin Books ya mandó imprimir 75 mil copias de la novela distópica del británico. El viernes en la noche, 1984 ocupaba dos de los primeros lugares en la lista de bestsellers de Amazon: en el número 1, es decir, como el libro más vendido actualmente, aparece la edición de Signet Classics (Penguin), y en el puesto 4 se halla la edición de Brawley Press.

En el tramo final de la novela, el perverso O’Brien revela el porvenir al protagonista de la novela, Winston Smith: If you want a picture of the future, imagine a boot stamping on a human face-for ever.’ Una bota estampada en la cara del ser humano…, una figura que muy probablemente influenció al poeta quebequense Leonard Cohen (1934-2016) cuando escribió la letra de su canción The Future: Give me back the Berlin wall / give me Stalin and St Paul / I’ve seen the future, brother: / it is murder

Apenas el viernes, Nikki Haley, la nueva embajadora de Estados Unidos en la ONU, en su primera conferencia con los medios acreditados ante el organismo internacional más importante del orbe, mostró el dragón que trae en la lengua: “Tenemos que respaldar a nuestros aliados y asegurarnos de que nuestros aliados nos respaldan. Y quienes no nos respalden, que sepan que vamos a apuntar sus nombres, y vamos a responder como corresponda”. ¿Qué tal, eh? Esta sola declaración amenazante y ruda corrobora muchos de los adjetivos que enjareté en el íncipit de este texto a Donald Trump -en sus orígenes Drumpf, ya que el abuelo del hoy presidente gringo, quien inmigró de Alemania en 1885 y no se hizo ciudadano norteamericano sino 1892, en realidad se llamaba Frederick Drumpf, pero cambió la fonética de su apellido para esquivar la actitud germanófoba que a principios del siglo pasado había en Gringolandia-. Sin embargo, conviene subrayar que al optar por Nikki Haley, Trump-Drumpf colocó no sólo a una mujer en la ONU, sino a una mujer hija de inmigrantes: la señora Haley, quien fuera gobernadora de Carolina del Sur, en realidad se llama Nimrata Nikki Randhawa Haley y es hija de Ajit Singh Randhawa y Raj Kaur Randhawa, quienes llegaron a Estados Unidos procedentes de la India apenas en 1969. ¿Entonces? ¿En qué quedamos, míster?

Las apocalíticas Trump-etAss orwellianas que han rugido sobre todo desde Twitter han logrado una resonancia bárbara en la mediósfera. ¿Por qué? En buena medida por la misma razón por la cual el tipejo logró tanta cobertura gratuita durante su campaña: porque es un payaso divertido, porque acicata el morbo de saber hasta dónde será capaz de llegar, qué será capaz de decir… Trump es un personaje -y quizá ya no quede mucho de una persona bajo su piel- que ofrece una variedad de “hechos alternativos”. Su ascenso en una sociedad aburrida más que por cuestiones ideológicas puede explicarse en términos de rating.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Apocalyptic Orwellian Trump-ets

…the original facts and dates
no longer had the smallest significance.
George Orwell, 1984.


The megalomaniac and mega-anomalous, stubborn narcissist, shameless myth maniac, humbug, lout, rude and uncivil, crude, vulgar, rascal, crass, arrogant, grotesque and ridiculous, sexist, homophobic, racist, classist, chauvinist, retrograde and prejudiced, cheater, authoritarian and vile character that is today the President of the United States of America, Mr. Trump-ets, along with his gang of minions, leading by his advisor Kellyanne Conway the mainstream witch and followed by Sean Spicer, his annoying press secretary, this gang has managed to turn the mood in the media completely horrifying. 

For example, in his first meeting with the ladies and gentleman from the CIA, Donald (apocalyptic) Trump-ets presumptuously claimed: “I have a running a war with the media”. A couple of days later, in an interview with Chuck Todd from the NBV network, the Conway harpy underestimated the outrageous lies, that Sean Two-sizes-larger Spicer had said just the day before, as she reveled the trademark of her team’s scams: “Don’t be so overly dramatic about it, Chuck. What it-you’re saying it’s a falsehood… Sean Spicer, our press secretary, gave alternative facts to that”.

And to wrap up, the very same Sean Spicer clarified that he never really meant to lie when he said that “Trump’s presidential inauguration had the largest audience to ever witness an inauguration, period” its just that “Sometimes we can disagree with facts”.
These three miscreants were enough to give the mediaphere an orwellian vibe, that lead us to a familiar sensation, a literary collective déjà vu.  Woah! Haven’t we seen this before? Or read this before?

1984, the novel by George Orwell (1903-1950), written nearly seventy years ago, has emerged from oblivion as a bestseller in the USA and in many European countries. Even though the book never mentions the phrase alternative facts it is very similar to the orwellian concept doublethink, “the power of maintaining two contradictory beliefs simultaneously and accepting both of them”.

Since November 8th, the tragic day of the 2016 elections, more than 47,000 copies of the novel have been sold, last year in the same amount of time only 11,000 were sold, so Penguin Books decided to print 75,000 more copies of this dystopic British novel. On Friday night, 1984 was leading the ranking of the Amazon bestsellers: the Signet Classics (Penguin) in first place, and in 4th place the Brawley Press edition.

At the ending of the novel, the wicked character O’Brien reveals the future to the novel’s main character, Winston Smith: “If you want a picture of the future, imagine a boot stamping on a human face-for ever”. The Canadian poet Leonard Cohen (1934-2016) was most likely inspired by this quote when he wrote the lyrics to his son The Future: “Give me back the Berlin wall / give me Stalin and St Paul / I’ve seen the future, brother: / it is murder”. 

Just on Friday, Nikki Haley, the new USA ambassador to United Nations had her first press conference, accredited by the he most important international organ of the world, and it was then when she showed her true colors: “We have to support our allies and make sure our allies support us. For those that don't have our back, we're taking names, we will make points to respond to that accordingly”. How about that? This tough and threatening statement confirms most of the adjectives I used to describe Trump —whose last name was originally Drumpf, since his grandfather   immigrated from Germany in 1885 and did not become an American citizen until 1892, he was actually called Frederick Drumpf, but changed the phonetics of his last name to avoid the German-phobia that Americans had at the beginning of the century—.  

However, it’s also important to mention that when Trump-Drumpf gave Nikki Haley her job , he placed not only a woman at the UN, but a woman who was the daughter of immigrants: Mrs. Haley, who was governor of South Carolina, is actually named Nimrata Nikki Randhawa Haley and is the daughter of Ajit Singh Randhawa and Raj Kaur Randhawa, immigrats who arrived to the United States from India in 1969. So Mr. Trump? Make up your mind.

The orwellian apocalyptic Trump-ets that have been buzzing mostly on Twitter have had a huge impact in the media. Why? In large part for the very same reason why the bastard managed to get so much free coverage during his campaign: because he is an entertaining clown, because he leaves us wondering how far can he go?, what irreverence will he say now?. Trump really is a amusing character (and he might still be a human being after all) that offers a collection/variety of “alternative facts”. His rise in a bored society is thanks to his high rating not to his ideology.

lunes, 6 de julio de 2015

Un relato para todos

Acabo de leer algo excepcional. El libro llegó a mis manos por imposición del conde Serredi, y no me quejo, se lo agradezco. Durante más de dos meses, mi amigo había intentado hacerme entrar en razón: cada que nos veíamos o nos comunicábamos él insistía en que me dejara de tonterías y corriera a comprar el libro. ¿Ya lo estás leyendo? ¿Ya lo compraste? Una llamada, un correo electrónico, un tweet, cualquier medio era bueno. Pero nada, pasaban las semanas y yo seguía entretenidísimo consumiendo novela tras novela, y no le hacía caso. El hostigamiento llegó a su fin cuando el conde terminó por hartarse de mi testarudez, y una feliz tarde se apersonó con un ejemplar nuevecito bajo el brazo: Toma, ponte a leerlo cuanto antes.

De animales a dioses no solamente es el título del libro, es también la tesis que sostiene la Breve historia de la humanidad que escribió Yuval Noah Harari (Debate. México, 2014. Primera edición en inglés, 2013). A lo largo de poco más de 450 páginas, el autor consigue contextualizar en la enormidad cósmica la aparición del Homo sapiens, y logra una panorámica de la totalidad de su transcurrir a través del tiempo. La física, explica Noah Harari, es el nombre que hemos dado al relato que inició hace unos 13,500 millones de años, cuando materia, energía, tiempo y espacio irrumpieron. Química llamamos al relato de los átomos y las moléculas, las estructuras que comenzaron a formarse alrededor de 300 mil años después del big bang. Sigue la biología, el relato de la vida, el cual comenzó hace unos 3,800 millones de años, en la fruslería de planeta que hemos bautizado Tierra. Continúa el relato que hoy vivimos: “Hace unos 70 mil años, organismos pertenecientes a la especie Homo sapiens empezaron a formar estructuras todavía más complejas llamadas culturas. El desarrollo subsiguiente… se llama historia”. De ello trata el libro, de 70 mil años de historia de la humanidad, un relato que está a punto de terminar. El planteamiento del doctor Yuval Noah Harari establece que la historia comenzó cuando los humanos inventaron a los dioses, y que terminará inminentemente, cuando los humanos se conviertan en dioses. No se trata de una proposición retórica; el autor piensa que el género humano efectivamente está por dejar de existir: “A menos que se interponga alguna catástrofe nuclear o ecológica…, el ritmo del desarrollo tecnológico conducirá pronto a la sustitución de Homo sapiens por seres completamente distintos que no sólo poseen un físico diferente, sino mundos cognitivos y emocionales muy distintos”.

De animales a dioses no es un libro de ciencia ficción, mucho menos un compendio de despropósitos de pseudociencia. Es un ensayo historiográfico extraordinariamente bien documentado, anclado en fuentes serias y actualizadas, inteligente y escrito con pulcritud. Yuval Noah Harari (Israel, 1976) estudió historia, se doctoró en la Universidad de Oxford y es catedrático en la Universidad Hebrea de Jerusalén. En menos de un par de años su libro se ha convertido en un bestseller internacional, traducido ya a más de treinta idiomas. No es para menos, el joven historiador ha conseguido construir un discurso desde el cual prácticamente cualquier lector puede encontrar bases firmes para conformar una conciencia histórica de género. De animales a dioses ofrece una cosmovisión humana, transcultural, inusitadamente incluyente.

Desde que evolucionó en lo que somos, el Homo sapiens conformó una idea de mundo. En ello, en la capacidad de abstracción, radica nuestra naturaleza; de hecho, “toda nuestra capacidad de administrar la realidad… —afirma Sartori— se fundamenta exclusivamente en el pensamiento conceptual…” (Homo videns, La sociedad teledirigida. Taurus, 1998)—. ¿Cómo pudo ser entonces el mapa mental del mundo que abstrajeron los primeros seres humanos, digamos, hace unos 70 mil años? En su curioso Atlas of Prejudice: Mapping Stereotypes (Alphadesigner, 2012), Yanko Tsvetkov aventura una hipótesis que me convence. Tres círculos concéntricos: en el primero aparece el hombre, cualquiera de nuestros ancestros cromañones que ya era esencialmente como usted o como yo (Me); en el siguiente, junto a mí, los animales que me quieren comer, y enseguida, ya distantes, en el tercer perímetro, los animales que realmente a mí me gustaría comerme. ¿Eso es todo? No, por supuesto, porque más allá de lo tangible está el verdadero prodigio humano, el mundo abstracto, en este caso, el gran enigma, todo aquello sobre lo cual no sé nada: The Great Mysterious ‘Je ne sais quoi’. “El gran misterio” que, sin embargo, es ya una idea. Traigo a cuento el hipotético mapa mental de los primeros humanos porque el relato que trama Noah Harari señala un inicio ubicado en la biología, el punto de quiebre en el que la humanidad comenzó a escalar la cadena alimentaria: “La posición del género Homo en la cadena alimentaria estuvo, hasta fecha muy reciente, firmemente en el medio… Fue sólo hasta hace 400 mil años cuando las diversas especies de hombre empezaron a cazar presas grandes de manera regular, y sólo en los últimos 100 mil años (con el auge del Homo sapiens) saltó el hombre a la cima”. Y ahí precisamente debemos radicar buena parte de nuestra conciencia histórica en tanto especie: quienes hoy somos comenzamos a serlo en una posición insignificante: “los humanos prehistóricos eran animales que no ejercían más impacto sobre su ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas”. Y desde allá a la cumbre: “la humanidad alcanzó tan rápidamente la cima que el ecosistema no tuvo tiempo de adecuarse. Además, tampoco los humanos consiguieron adaptarse”.

viernes, 11 de abril de 2014

La verdad sobre la novela de Dicker

Hace poco me vino a la memoria una de las típicas alharacas histriónicas del sociólogo Gabriel Careaga, el mejor maestro que tuve en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Una tarde me preguntó quién era para mí el mejor escritor mexicano, y sin dudarlo le respondí lo que sigo pensando casi treinta años después:

— Carlos Fuentes, profesor.

— ¡Pero él no cuenta! Rico-rico, guapo-guapo, inteligente-inteligente… ¿Así qué chiste? ¡Cuando era un crío Alfonso Reyes lo sentaba en sus piernas y le leía la Ilíada!

Fue inevitable que recordara aquello cuando leí una nota biográfica Joël Dicker. De madre bibliotecaria y padre maestro de francés, Joël nació en una de las ciudades más cosmopolitas y ricas del orbe, Ginebra, Suiza. Precoz, dirigió La Gazette des Animaux, una revista que tuvo larga vida: la comenzó a editar desde que tenía diez años de edad y dejó de hacerlo siete años después. Estudió actuación en París y Leyes en su ciudad natal. Únicamente ha publicado tres libros: Le Tigre (2005), Les Derniers Jours De Nos Pères (2012) y La Vérité sur l’Affaire Harry Quebert (2012). Gracias al tercero es el primer escritor suizo galardonado con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, y no sólo logró una excelente recepción por parte de la crítica especializada —también obtuvo el Premio Goncourt des Lycéens y el Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa—, más importante aun, se convirtió en un novelista de éxito internacional: su libro ha sido traducido ya a 33 idiomas y es un best seller global. El próximo 19 de junio, Joël Dicker cumplirá apenas 29 años. 

Compré La verdad sobre el caso Harry Quebert (Alfaguara, 2013) por curiosidad. Sólo tenía un antecedente, que para los lectores de El País fue el mejor libro del año pasado. Casi setecientas páginas después de haber abierto el libro, digo que Bernard Pivot tiene razón: “Si usted mete las narices en esta gran novela, está perdido: tendrá que seguir hasta el final. Se sentirá manipulado, desorientado, asombrado, irritado y apasionado…”

El enigma que tensa todo el entramado de historias que Joël Dicker cuenta en su novela se remonta al 30 de agosto de 1975: ¿el novelista Harry Quebert, gloria de las letras norteamericanas, es o no el homicida de la pequeña Nola Kellergan? Y para descubrir la verdad tenemos a otro escritor, el muy joven y exitoso –como Dicker– Marcus Goldman, quien desde 2008 se tirará un clavado al pasado de la pequeña localidad de Aurora, en New Hampshire, en donde su maestro, Harry Qubert, entonces un joven escritor como él, conoció a la quinceañera asesinada. Por supuesto, el juego de alter egos es descarado, y parte fundamental de la estrategia narrativa mediante la cual Dicker consigue difuminar la frontera entre ficción y realidad: si usted, hipotético lector de esta columna, atiende mi recomendación y se hace de un ejemplar de La verdad sobre el caso Harry Quebert de Joël Dicker, estará leyendo una novela que trata de cómo fue que Marcus Goldman escribió un libro que se llama La verdad sobre el caso Harry Quebert, un libro sobre el cual todo el mundo habla: “Todo el mundo quería saber qué había pasado en Aurora en 1975. No dejaba de salir en la televisión, en la radio y en los periódicos. Yo tenía solo treinta años y con esa novela, la segunda de mi carrera, me había convertido en el escritor de moda del país”. Ciertamente, una profecía autocumplida, aunque el éxito editorial ha ido mucho más allá de las fronteras de Suiza y del mundo francoparlante.

Además de contener todos los ingredientes de las buenas novelas policiacas cuya lectura transmutan a los lectores en apurados detectives, la novela de Joël Dicker se adentra también en la vorágine del negocio de los libros, en los mecanismos del gran mercado en el cual lo que menos importa es el valor literario de una obra, puesto que el timing mercadológico es lo que determina si un producto logrará o no hacer click con los lectores…, qué digo lectores, con el público…, qué digo público, con los consumidores. Habla el editor de Marcus Goldman, un cínico llamado Roy Barnaski: “La información es un flujo infinito en un espacio finito. La masa de información es exponencial, pero el tiempo que le concedemos es limitado… El común de los mortales le dedica, ¿cuánto? ¿una hora diaria? Veinte minutos de periódico gratuito en el metro, media hora de Internet en el despacho y un cuarto de hora de CNN en la noche… Y para llenar ese espacio temporal, ¡el material es limitado!”

No falta quien critique la novela del joven suizo diciendo que no es más que una caja en la que fue metiendo todos los ingredientes de un best seller, lo cual puede ser totalmente cierto, pero ahí no reside la esencia de su éxito, ése sí objetivo y contundente, sino en la manera en la que estructuró todo...: más allá de la suma de sus partes, La verdad sobre el caso Harry Quebert es una novela bien armada en la que Dicker supo contar con eficacia una buena historia. En sus páginas usted no va a encontrar enunciados poéticos o escenas memorables, tampoco concienzudas reflexiones ni descripciones o diálogos magistrales…, sin embargo, la verdad es que el mecanismo narrativo de la novela funciona y usted dará vuelta a la página una y otra y otra vez…

martes, 18 de marzo de 2014

Vivir más (iii y última)

Como todos los días, minutos antes de que la chicharra del despertador se active, abres los ojos a las seis cincuenta de la mañana. Dormiste de maravilla, como siempre, como si no debieras ni un quinto a nadie, de corrido y sin sobresaltos. Salvo un espacio aún tibio, a tu lado ya no hay nadie, así que seguro en estos momentos tu pareja debe estar cantando bajo la ducha. Antes de levantarte de la cama, estiras un poco los brazos, las piernas, las cervicales, y te encaminas a la cocina a preparar las primeras tazas de café de la mañana; claro, soluble ni pensarlo, café en grano. Mientras la cafetera hace su trabajo, echas un ojo a las posibilidades que encuentras para el desayuno… Primero lo primero: tomas del cesto un par de naranjas. Después de lavar y de pelar los cítricos, sacas del refrigerador las tortillas y una cebolla, y luego sales al balcón para cortar un pequeño tomate rojo. Mientras picas la verdura con la que vas a cocinar los huevos a la mexicana, te despachas el primer americano del día, cargado, caliente y sin azúcar. Una hora más tarde saldrás rumbo a tu oficina, fresco después del baño y bien desayunado. Como ocurrió ayer y sucederá mañana, calzando tus tenis preferidos —los zapatos de vestir van en el backpack— recorrerás caminando casi tres kilómetros antes de abordar el transporte público.  Para cuando llegues a tu chamba, ya habrás saludado y sonreído a varios vecinos, al dueño de la recaudería en la que todas las mañanas pasas a comprar la fruta con que acompañarás la ensalada que almuerzas, y también a varios desconocidos… Minutos antes de las nueve y cuarto de la mañana, ya habrás puesto en práctica varias de las reglas que el doctor David Agus establece en su A Short Guide to a Long Life.

De entrada, el médico norteamericano insiste en que el cuerpo adora la predictibilidad (Regla 3), es decir, la repetición consistente de rutinas que favorece la condición de estabilidad interna que persigue todo organismo (la dichosa homeostasis). Por ello mismo quien fuera el último médico de Steve Jobs recomienda cohabitar (Regla 12), dado que las personas que comparten la cotidianeidad con otras suelen apoyarse mutuamente para establecer y seguir hábitos saludables de vida… Cohabitar, por supuesto, puede entenderse como vivir en matrimonio —ya lo decía Hipócrates, “los hábitos inveterados, aun cuando sean perjudiciales, ocasionan menos daño que las cosas no acostumbradas”—, pero no sólo, un buen roommate podría ser suficiente… El médico plantea que cuatro son las áreas de oportunidad para establecer rutinas que impactarán favorablemente en tu salud: los ciclos de sueño-vigilia, los horarios de consumo de alimentos, los períodos de actividad física y, para quienes sea el caso, las tomas de medicamentos.

Muchas de las rutinas que aconseja Agus no van a resultar una novedad para nadie… Por ejemplo, tal y como han venido sosteniendo muchas abuelas desde hace incontables generaciones atrás, el médico predica que siempre hay que dormir bien y lo suficiente como para despertar sin dificultad, y que nunca hay que brincarse el desayuno (Regla 41). Dormir mal puede acarrear hipertensión, confusión, pérdida de la memoria, incapacidad para adquirir nuevos conocimientos, enfermedades cardiovasculares, depresión y obesidad.

El autor requiere muy pocas páginas para convencernos de las bondades de sus admoniciones; por ejemplo, sostiene que conviene hacer estiramientos (S-t-r-e-t-c-h, Regla 44) si queremos mantener a lo largo de los años la movilidad, coordinación y balance suficientes para ejecutar con cierta autonomía las actividades del día a día.

En otros casos, la sabiduría que condesa la guía se manifiesta en la flexibilidad que conllevan sus propias prescripciones, y para ejemplo la Regla 8: Mantén un protocolo de dieta que sea adecuado para ti; es decir, hay de muchas sopas: así como hay muchas religiones en el mundo, existen muchas tradiciones gastronómicas sanas, concede el autor —quien, conviene recordarlo, es nieto de un rabino—, en las cuales podemos encontrar algunas constantes compartidas, como porciones moderadas y comida compartida en una mesa común. En otros casos, sin darle muchas vueltas a las cosas, Agus receta específicamente: Toma una aspirina (Regla 22), o,  mis ejemplos preferidos, la Regla 18, en la cual indica que la cafeína es una sustancia que reporta beneficios a la salud, y la Regla 10, Toma una copa de vino en la cena.

Ciertamente, varias de las reglas incluidas en A Short Guide to a Long Life se encuentran en el costal de esas obviedades que resultan molestas no tanto por obvias sino porque, a pesar de ello, no siempre las atendemos —sonreír y ser positivos, Regla 29 y 31—, mientras que otras puede que te parezcan sorprendentes —desnudarte, tener un perro, y evitar el consumo de jugos naturales y de vitaminas y suplementos, Reglas 15, 49, 60 y 62, respectivamente—.

Después de los 65 consejos generales, el libro incluye una serie de recomendaciones específicas, de acuerdo a la década que está viviendo cada lector o lectora, en ámbitos como la salud sexual, el ejercicio físico, la alimentación, la presión sanguínea, etcétera. Fiel a su tradición, David Agus concluye su guía con una serie de prácticas listas —diez acciones para reducir el riesgo de enfermarse, las diez causas de muerte más importantes en Estados Unidos y el mundo, mitos sobre la pérdida de peso, los pescados con Omega-3, diez razones para salir a caminar…—. 

martes, 11 de marzo de 2014

Vivir más (II)

Decíamos la semana pasada que en su reciente libro, A Short Guide to a Long Life (Simon & Schuster, 2013), el doctor David Agus provee precisamente eso, Una breve guía para una larga vida. El título tiene su encanto, claro, pero se queda corto: con los 65 consejos que brinda Agus uno no sólo debería vivir más, sino mejor. El apunte vale si consideramos que hoy por hoy mucha gente bien tendría que vislumbrar su propia vejez como un destino fatal, al cual conviene llegar en la mejor forma posible. Y si no, a los números…:
  • Se estima que en el Siglo de Pericles, esplendor de la Grecia Clásica (s. V a.C.), época durante la cual convivieron gente como Heródoto, Platón y Sófocles, la esperanza de vida era de alrededor de 28 años. En 1900, un norteamericano al nacer tenía una esperanza de vida de unos cincuenta años. Según la OMS, en promedio, la esperanza de vida al nacer de la población del mundo, en 2011, era de 70 años.
  • El año pasado, el ministro japonés de Finanzas dejó estupefacta a la opinión pública internacional: en una reunión del Consejo Nacional de Seguridad Social de su país, culpó a los ancianos del elevadísimo nivel en el que se encuentra el gasto público sanitario, y de plano les pidió “que se den prisa en morir”. Ciertamente, Japón tiene la proporción más alta de provectos de todo el orbe: el 26.4% de la población tiene 65 años o más, esto es, más de una cuarta parte. Por cierto, Taro Aso, que así se llama el funcionario arriba mentado, tiene 72 años.
  • En México estamos experimentando un proceso de envejecimiento demográfico irreversible y acelerado. En 1970, el 3.7% de la población de nuestro país tenía 65 años o más,  actualmente este mismo grupo representa casi el 7% y se estima que en 2050 será casi 25%. Conforme a cálculos de Roberto Ham Chande, el índice de envejecimiento, esto es, el número ancianos [65+] por cada cien menores de 15 años, pasó de ocho en 1970 a 21 en 2010, y en 2050 habrá más seniles que menores de edad: 103 por cada ciento. Así que en los próximos años más y más personas irán alcanzando la tercera edad, a pesar de que cada vez vaya a haber menos jóvenes que puedan socorrerlos.


Traigo a cuento el Siglo de Pericles porque Agus encuentra sustento en dos pensadores con más de dos mil trescientos años de vigencia: Hipócrates, considerado el padre de la medicina occidental, y Sócrates, patriarca de la filosofía. El primero es el protagonista de la nota histórica con la que arranca el libro, y de la cual resalta la verdad que encapsula uno de los aforismos del griego: Es mucho más importante conocer a la persona que padece la enfermedad que la enfermedad que padece la persona. El anterior, un principio que desafortunadamente en nuestros días no atiexnde casi ningún facultativo, y un principio que obliga a reconsiderar qué tanto de la Medicina se encuentra en el terreno de las Humanidades. El paciente entra al consultorio, medio explica sus dolencias al hombre de bata blanca, para que entonces con dos o tres datos él pueda etiquetar el mal y a partir del conocimiento que tenga de éste, no del ser humano que tiene frente a sí, lo medique. Al respecto, Agus opina que la información que usted le dé a su médico será más determinante para la cura que los conocimientos que él tenga (Regla 27).

En cuanto al espíritu socrático de los planteamientos del galeno norteamericano, basta anotar el primero de sus 65 consejos: Escucha, observa, siente (y graba las características de tu cuerpo). Y si otorgarle el primer sitio no fuera suficiente para dejar evidenciada la importancia de la prescripción anterior, líneas adelante el autor señala: Si tuviera que poner una regla por encima de todas las demás, esa sería: conócete a ti mismo…, lo que, puesto más diáfano quiere decir hazte cargo de ti, o llevado al día a día se concreta en prácticas tan simples como Desnúdate (Regla 15): ¿cuándo fue la última vez que observó usted su envoltorio material frente al espejo?


A Short Guide to a Long Life es un libro rebosante de sentido común, tanto que muchas de las recomendaciones que en él se encuentran resultan obvias al punto de resultar casi ofensivas: Todos los días la gente hace la misma pregunta: ¿Qué debo comer? Respuesta: comida de verdad (Regla 5). O sea: los productos alimenticios son eso, productos, no comida. ¿O qué tal esta? Practique una buena higiene (Regla 11). Agus señala, por ejemplo, que las personas que se lavan las manos al menos cinco veces al día reducen en 35% el riesgo de contraer gripe. A estas alturas es posible que esté preguntándose qué sentido tiene comprar un libro que establece preceptos que usted conoce desde la niñez y con los cuales desde entonces lo han venido atosigando. ¿Quién no sabe que la obesidad es maligna (Mantenga un peso saludable, Regla 13) o que la vida sedentaria no es saludable? (Despéguese de la silla más a menudo, Regla 16) El caso es que el libro del doctor David Agust –por cierto, best seller #1 en Amazon ahora que escribo–, además de los que el sentido común podría dictar a cualquier persona, brinda consejos que seguramente van a sorprenderlo… Ya será a la próxima.

martes, 25 de febrero de 2014

Vivir más (I)

Cuando a un condenado a muerte
le regalan una hora,
ésta vale toda una vida.
Georg Christoph Lichtenberg


¿Filosofaran los muertos? En El Mito de Sísifo, Albert Camus (1913-1960) sostiene que el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio, es decir, “juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla”. Concediendo que el argelino tenga razón, para “responder a la pregunta fundamental de la filosofía” se requiere, claro, estar vivo. Camus publicó El Mito de Sísifo en 1946, el mismo año que El extranjero; luego, la vida le alcanzaría para seguir tomando café y filosofando, para ganar el Nobel de Literatura (1957), para seguir escribiendo…, el caso es que no se mató, quizá, eso sí, lo asesinaron —la KGB, por andar criticando la invasión soviética a Hungría y apoyar la candidatura al Nobel del ruso Boris Pasternak, autor de la novela Doctor Zhivago—, de tal suerte que uno puede suponer que si no encontró una respuesta definitiva a la pregunta filosófica más importante de todas, al menos se mantuvo en la postura de que bien valía la pena vivir para reflexionar sobre el asunto.
Más allá de todos sus inconvenientes, que ciertamente son muchos, variados y agudos, envejecer reporta la enorme ventaja de permanecer entre los vivos. Una perogrullada, efectivamente, aunque en nuestros días velada por un espeso pavor a la vejez: me parece que, mientras va aumentando la esperanza de vida —esto es, conforme más personas llegan a la vejez—, más y más se propaga, paradójicamente, tanto la gerascofobia —el miedo irracional y enfermizo a hacerse viejo— como la gerontofobia —la repugnancia e incluso miedo a la gente anciana—. Personalmente opino que envejecer no es un proceso agradable, pero la alternativa me parece mucho peor, fenecer. Supongo que todo esto justifica plenamente que, hace unos par de meses, mientras ojeaba —y no hojeaba, porque era la edición web— el número de diciembre de 2013 de la revista Wired, decidiera detenerme a leer el artículo Steve Jobs’ Doctor Wants to Teach You the Formula for Long Life (valga recordar que a Jobs le diagnosticaron cáncer de páncreas en octubre de 2003, y no falleció sino hasta ocho años después).

El galeno que acompañó a Jobs durante sus últimos años se llama David Agus. Nació en Baltimore, tiene 49 años y es nieto de un rabino y teólogo destacado. Se graduó cum laude en Biología molecular en la Universidad de Princeton, luego recibió el título de médico en la Universidad de Pennsylvania, y completó estudios especializados en oncología en el Johns Hopkins Hospital y en el Memorial Sloan-Kettering Cancer Center de Neva York. El doctor Agus ya había publicado en 2012 un best seller, The End of Illness (El fin de la enfermedad) —por cierto, originalmente, aquel libro se iba a llamar What Is Health? (¿Qué es la salud?), pero Steve Jobs, un genio de la mercadotecnia, advirtió a su doctor y amigo que un título así era pésimo, like “chewing cardboard”, y le recomendó el bueno—. En su campo, David Agus es como lo fue Jobs, una estrella, un gurú: mucha gente lo admira y otros tantos lo detestan, da clases en la Universidad del Sur de California, colabora con frecuencia en el New York Times, es un rostro familiar para los televidentes norteamericanos, es cofundador de un par de empresas dedicadas a la atención del cáncer, realiza investigación científica —participó en el equipo que descubrió que, efectivamente, la vitamina C puede ayudar a prevenir el cáncer, pero que, cuando ya se tiene la enfermedad, la agrava—, pero sobre todo hace trabajo clínico, esto es, atiende gente enferma. Claro, no cualquier bolsillo llega a su consultorio: Sumner Redstone, el nonagenario dueño mayoritario de CBS Corporation y Viacom, ha hecho público su agradecimiento a Agust por el tratamiento que le ha permitido sobrellevar el cáncer; el cantante Neil Young se refiere al médico como “su mecánico”; Agus atendió al senador Ted Kennedy, al actor Dennis Hopper y al polémico ciclista Lance Armstrong (cáncer en el cerebro, de próstata y testicular, respectivamente). Y de todo ese quehacer, Agus saca pasta para emprender además una importante labor de divulgador.
Ciertamente, la formación científica de David Agus es de primera; pero más allá de eso, destaco su sentido común y una gran capacidad de expresar en forma sencilla grandes ideas. Un botón de muestra: el cáncer “no es algo que el cuerpo tenga, sino más bien algo que el cuerpo hace. El cáncer no es un sustantivo, sino un verbo”. La comprensión del problema posibilita su solución…, y sin embargo: Agus opina que si bien hoy entendemos mejor el cáncer, no se reportan cambios dramáticos en las estadísticas de sanación, por lo que, concluye, deberíamos emplearnos más en controlar el problema que en entenderlo.
En el artículo de Wired se recomienda el nuevo libro de David Agus, A Short Guide to a Long Life (Una breve guía para una larga vida). En mi caso, la recomendación funcionó. No sé si sea factible conseguirlo en librerías, pero en línea se puede adquirir en formato e-book sin problema. Yo así lo hice, porque mientras la ciencia no logre erradicar la muerte, como ocurre en la novela Las partículas elementales de Michel Houellebecq, la vida sigue siendo una enfermedad terminal sobre la cual vale la pena filosofar el mayor tiempo posible, unos años más, un meses, una hora…

domingo, 31 de marzo de 2013

No dejaré boquiflojo al lector


Desde hace ya algunos años circulan reseñas que celebran sus libros, y a pesar de ello yo no había leído nada de Etgar Keret (Tel Aviv, 1967). Suelo desconfiar de lo que suena a moda, a  señuelo mercadológico, pero conviene recordar que uno puede encontrar buena literatura incluso en entre los best sellers, así que más vale esquivar de vez en cuando los sanos prejuicios… Hace unas semanas, entre los pasillos de la FIL del Palacio de Minería, me acerqué al stand de la editorial que publica a Keret, Sexto Piso. Pedí el libro más barato que tuvieran del autor, para conocerlo. El vendedor me dijo que por qué no en lugar del más barato me llevaba “su clásico”.  ¿Tiene ya un clásico un escritor que aún no cumple 50 años de edad? Según el amigo que me atendió sí, y lleva por título Extrañando a Kissinger.

El libro fue publicado originalmente en Israel en 1994. Se trata de la segunda colección de cuentos de Etgar Keret, antología con la que se dio a conocer entre el gran público —su primer libro, Tuberías, 1992, pasó desapercibido, y a la fecha no ha sido traducido al español—. La edición de Sexto Piso se hace con la traducción, notablemente acertada, que en 2006 Ana María Bejarano realizó para editorial Siruela. Extrañando a Kissinger es una colección de 49 cuentos bien dispuestos en un volumen de 198 páginas:  Keret cuenta en pocas palabras: en promedio, textos de menos de cuatro páginas. Cuentos ramalazo, cuentos fuetazo. Sin ánimo alguno de emplear una sola palabra más de lo que la trama requiere, relata de sopetón.

Las narraciones de Keret se enfilan por el sendero discrepante de Maimónides: no en todos los textos lo consigue, quizá no en la mayoría de ellos, pero resulta evidente que el propósito de Etgar Keret es desbarrancar al lector en la perplejidad. Y cuando el escritor israelí lo logra, el resultado es devastador. En “Mi hermano está deprimido”, el cambio del punto de vista desde el cual cualquiera esperaría que fuera narrado un accidente atroz arroja al lector por sorpresa a un situación de alelamiento. No se trata de cuentos truqueros, mucho menos de ficciones que apuesten por la construcción de realidades fantásticas en las cuales tomar por sorpresa al lector. Incluso en textos como “Un agujero en la pared” —con el que resulta imposible no recordar “Un señor muy viejo con unas alas enormes” de García Márquez— o “¡Deténganse!”, Keret establece en muy pocos renglones el contexto fantástico en el cual localiza la trama de un relato que muy pronto conforma su propia cotidianeidad, desde la cual, también de golpe y porrazo, consigue aventarnos al desconcierto.

“Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson.” Así inicia “Romper el cerdito”, el cuento que abre el libro. Significativo, porque entre los cuentos que reúne Extrañando a Kissinger, como en este, un niño es el protagonista. Significativo también por la mención al travieso Bart Simpson: la estructura narrativa de muchos de los cuentos de Keret recuerda el trazo típico de un episodio de The Simpson: la historia nunca correrá por donde el sentido común dicta que lo hará. No me cuesta mucho imaginar a Etgar Keret llenando un pizarrón con la frase "No dejaré boquiflojo al lector".

sábado, 19 de diciembre de 2009

Los cuernos de chivo del liberalismo económico

Hace 90 años, Mikhail Timofeyevich Kaláshnikov nació en Kuriá, en la región sur occidental de Serbia. En su cumpleaños más reciente, apenas el pasado 19 de noviembre, Kaláshnikov fue nombrado Héroe de Rusia por el presidente de aquel país, Dimitri Medvedev, quien lo elogió por crear “la marca de la que todo ruso está orgulloso”. En su novela/reportaje Gomorra (2006), Roberto Saviano (Nápoles, 1979) cuenta que, hará unos cinco años, un amigo suyo, Gennaro Marino Mariano, viajó a Rusia con el único propósito de conocer al inventor siberiano; lo admiraba y quiso estrechar su mano antes de que la muerte alcanzara al anciano. Kaláshnikov lo recibió en su dacha con la afabilidad de la gente que desde hace mucho se ha acostumbrado a su propia fama. De regreso en Italia, Mariano mostró a sus amigos el video que había grabado para testimoniar aquel encuentro; algo que llamó la atención de Saviano fue el montón de fotos de niños enmarcadas que pululaba en la morada del ruso:

“− Oye, Mariano, ¿todos esos hijos y nietos tiene Kaláshnikov?

“− ¡Qué narices de hijos! Son todos hijos de gente que le ha mandado fotos de niños que se llamarán como él, a lo mejor gente que se ha salvado gracias a su metralleta, o que simplemente lo admira.”


Efectivamente, el Héroe de Rusia inventó una metralleta, pero no cualquiera, más bien La Metralleta: la avtomat Kalashnikov modelo 1947, mejor conocida por su acrónimo, AK-47. Por ello, en su momento Kaláshnikov fue multigalardonado por el poder soviético: recibió la Orden de Stalin de Primera Clase, la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, la Orden Patriótica de la Guerra, la Orden de la Estrella Roja y la Orden de servicios distinguidos a la Madre Patria. Muchos metales cargados de orgullo nacional, aunque seguramente una bicoca si se compara con la fortuna que Kaláshnikov tendría si hubiera patentado el AK-47: “hoy seguramente sería uno de los hombres más ricos del mundo. Se calcula que se han fabricado más de ciento cincuenta millones de metralletas de la familia del kaláshnikov, todas ellas a partir del proyecto originario... Habría bastado con que por cada una de ellas hubiese recibido un dólar para que ahora nadara en la abundancia”. Pero no importa que el AK-47 no haya redituado en las toneladas de plusvalía que hubiera podido generar, con todo, ha sido un éxito indiscutible en el mercado global: “No existe nada en el mundo, orgánico o no orgánico, objeto metálico o elemento químico, que haya causado más muertes que el AK-47. El kaláshnikov ha matado más que la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, que el virus del SIDA, que la peste bubónica, que la malaria, que todos los atentados fundamentalistas islámicos, que la suma de muertos de todos los terremotos que ha sucedido en la corteza terrestre. Una cantidad exorbitante de carne humana imposible de imaginar siquiera”.


Roberto Saviano no exagera cuando afirma contundente que el AK-47 “es el auténtico símbolo del liberalismo económico, su icono absoluto. Podría convertirse incluso en su emblema: no importa quién seas, no importa lo que pienses, no importa contra quién ni a favor de quién estés, no importa de dónde provengas, no importa de qué religión tengas; basta con que lo hagas, lo hagas con nuestro producto. Con cincuenta millones de dólares se pueden comprar cerca de doscientas mil metralletas; es decir, que con cincuenta millones de dólares se puede crear un pequeño ejército. Todo lo que destruye los vínculos políticos y de mediación, todo lo que permite un consumo masivo y un poder exorbitante, se convierte en vencedor en el mercado; y Mikhail Kaláshnikov con su invento ha permitido a todos los grupos de poder y de micropoder contar con un instrumento militar. Después de la invención del kaláshnikov nadie puede decir que ha sido derrotado porque no podía acceder al armamento. Ha llevado a cabo una acción de equiparación: armas para todos, matanza al alcance de cualquiera.”

Más de medio centenar de ejércitos regulares en todos los continentes usan el AK-47 como fusil de asalto, igual que los camorristas –la gente de la mafia napolitana– a los que Saviano se refiere en Gomorra. Osama Bin Laden porta un AK-47 en las fotografías que se difunden por todo el mundo. Guerrilleros, terroristas, revolucionarios, narcos, mercenarios, en fin, de todo tipo de seres humanos por los más diversos motivos decididos por la vía de la violencia emplean el AK-47. En México, el invento del general Kaláshnikov popularmente se conoce como cuerno de chivo. Hay un corrido que comienza mentando esta plaza... “Estando en Aguascalientes / fui a visitar a un amigo / tuve en mis manos un arma / llamada cuerno de chivo / sus ráfagas son de muerte / no hay nadie que quede vivo...” Temible cuerno de chivo se titula la canción; es fácil encontrarla en youtube.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Pirata Parade 2009 (II)

Sigo sobre avenida Juárez, como quien viniera del Zócalo y fuera hacia el Monumento a la Revolución, dos iconos del sino de lo inconcluso de México. Y es que a la Plaza de la Constitución la llamamos “Zócalo” porque del obelisco a la Independencia que en 1843 Santa Anna quería erigir ahí sólo se alcanzó a construir el zócalo que lo sostendría. Y el Monumento a la Revolución, adefesio hecho altar cívico, que no es otra cosa que la huella de un Palacio Legislativo que don Porfirio no alcanzó a terminar.

En la esquina de Juárez con Dolores, ¡ironías urbanas!, se localiza un
banco que fue mexicano y hoy es español. Casi frente al BBV, está el tercer puesto de libros. El atisbo que me devuelve la mirada me indica que éste tiene una vocación entre nacionalista y esotérica: Velasco Piña, presente con varios títulos (Cartas a Elizabeth, Regina y San Judas Tadeo, apóstol de las causas perdidas) y Laurita Esquivel con Malinche. Entre una colección de la Historia General de México del Colmex y varios ejemplares de los Cuentos chinos de Andrés Oppenheimer, un libro de Jodorowsky que, según me cuenta el vendedor, está saliendo como paraguas en temporada de aguaceros: Donde mejor canta un pájaro…

− Aunque no tanto como este otro –explica el puestero mostrándome un
ejemplar de Psicomagia–, que sigue siendo jefe.

Hay montones de volúmenes sobre las profecías mayas que señalan que
en el 2012 el mundo se va a acabar, y en fehaciente demostración de que Monsiváis no pierde el colmillo de la oportunidad y que mientras quede mundo el mercado subterráneo será ágil como pocos, el paseante ya puede agenciarse un ejemplar de Apocalipstik, una novedad que apenas el 30 de noviembre se presentó en la FIL.

Para quienes a fin de año gustan de imponerse a sí mismos grandes retos,
dos libros: Las 100 tareas sexuales de Rubén Carbajal y 1001 vinos que hay que probar antes de morir. El surtido del negocio incluye ventas seguras, como la Cábala para no iniciados, La sombra del templario, Memorias de mis putas tristes de García Márquez, dos que tres ediciones del I Ching y uno que, claro, nunca falta porque siempre piden: Los hornos de Hitler de Olga Lengyel, un texto escrito en 1961 que sigue intrigando a los lectores.

− Oye, manito, recomiéndame uno para regalarle a una chava que estudia
filosofía –pide uno de los darketos que anda repartiendo El Machete entre los peatones.

− Éste. Está rebueno. Puritita
sabiduría −presto, el puestero toma del piso un libro en cuya portada reconozco al protagonista de la serie de televisión que logró más audiencia en Estados Unidos en 2009−: La filosofía de House: todos mienten.

Antes de moverme al siguiente
changarro, veo que éste también tiene su pequeña sección dedicada a los estudiosos de la alta política nacional; de entre ellos, los más solicitados, Si yo fuera presidente: Enrique Peña Nieto sin máscara ni maquillaje de Jenaro Villamil y Doña Perpetua: el poder y la opulencia de Elba Esther Gordillo de Arturo Cano.

En la librería informal que encuentro
después, entre el 7eleven y Chilli´s que está a la entrada de la Plaza Juárez, es evidente que la apuesta va por la diversidad: la novela más reciente de Francisco Martín Moreno, Arrebatos carnales, un libro que aparece ya como el quinto más vendido en el portal de Gandhi; El sueño de mi padre, firmado por quien seguramente es hoy por hoy la persona más conocida en todo el orbe, Barack Obama; la trilogía de Los reyes malditos; un Glosario Teosófico, que al parecer de pronto cualquier usuario del metro puede requerir; Beatles la leyenda, para que nadie dude que en 2009 el cuarteto de Liverpool volvió por sus fueros; La isla bajo el mar de Isabel Allende; más PNL para resolverle la existencia a oficinistas desorganizados y amas de casa con la autoestima decaída; muchos para no dormir, casi todos de Stephan King; ¿Por qué yo no? de Ponchito; y por ahí garbanzos de a libra como tres novelas de Bukowsky, cada una a 30 pesos o las tres por 75, o Noticias del Imperio de Fernando del Paso, a 50; y toneladas de libros de autoayuda: 20 pasos hacia delante de Bucay, La armonía oculta y El libro de la sabiduría del modesto Osho, Tus zonas erróneas de Wayne Dyer, que a pesar de tener más de treinta años sigue siendo una guía para combatir las causas de la infelicidad… Ése es el que compra una señora que bien podría ilustrar el concepto depresión en cualquier diccionario de sicología, paga y luego se va a sentar a los pies de la Ariadna Abandonada, la escultura de Lucano Nava que está en la pequeña placita ubicada a unos pasos del Hotel Sheraton, y se pone a leer... Ojalá le sirva.