Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 23 de enero de 2021

Pandémica estulticia

  

… nada convence más que una historia apropiada.

Martín Caparrós, Sinfín.

 

 

Desde que comenzó la pandemia he ido cayendo cada vez más y más en la cuenta de que la superstición, la ignorancia, el pensamiento mágico y la simple y llana estupidez están mucho más dispersos de lo que yo suponía. Abundan. Desplegada en un pletórico abanico de colores, la tontera rebosa, es plaga que cunde. Y que nadie se ofenda, por favor, no me estoy refiriendo a alguien en particular: no estoy señalando un problema de inteligencia individual, sino una condición de inteligencia social y de confianza. Hablo de una situación.

 

¿Todos los sapiens que han creído y creen bobadas son bobos? No, nadie necesita ser especialmente ingenuo para tragarse un cuento. Sucede que no es requisito ser un idiota redomado para creer idioteces, y a partir de ahí, en consecuencia, actuar estúpidamente. ¿O usted piensa que toda la gente que ha creído y cree plenamente en cualquiera de los grandes embustes y falsedades que la historia documenta eran o son un atajo de imbéciles? Uno que otro habrá, seguramente, ¿pero todos? ¡Por supuesto que no! O desde la perspectiva opuesta, considerando que actualmente desarrollamos tanta ciencia y tecnología, que millones y millones de hombres y mujeres común y corrientes saben usar aparatos tan complejos como una computadora, ¿de verdad usted cree que los humanos de hoy en día somos mucho más inteligentes que los de antes? Y no estoy pensando en modelitos tan recientes como nuestros bisabuelos o tatarabuelos, sino que pienso en la gente que estuvo por estos lares y para bien nuestro consiguió sobrevivir hace varias decenas de miles de años. ¿Considera usted que nosotros, armados con nuestros smartphones y nuestras tablets, cobijados por una constelación de satélites creados por nosotros mismos, patronos de todos los rincones del orbe, caciques planetarios, somos más inteligentes que ellos, aquellos modestos ancestros nuestros que apenas y a duras penas lograron sobrevivir andando a salto de mata? Piénselo… Si usted eso supone, que somos ahora más inteligentes que, por ejemplo, nuestros congéneres cazadores-recolectores, con toda la pena voy a compartirle un dato: “Durante los últimos diez mil años [es decir, más o menos el período que va de la revolución agrícola hasta nuestros días], el cerebro del homo sapiens ha disminuido de tamaño alrededor de un 10 por ciento, o entre un 3 y un 4 por ciento en relación con el tamaño de nuestro cuerpo.” (Gaia Vince, Transcendence). Así que si en nuestros días, por ejemplo, mucha gente se lava las manos antes de comer y después de ir al baño para evitar una infección gastrointestinal, mientras que hace apenas unos mil años casi nadie lo hacía, no es porque ahora seamos más inteligentes. Tampoco se puede explicar por alguna atrofia del intelecto que, durante la mayor parte de la existencia de la humanidad, cuando a las personas les tocaba en (mala) suerte presenciar un eclipse total de sol experimentaran un terror existencial atroz. Sin duda, antes se sabía menos, mucho menos, se entendían menos los procesos, pero eso no significa que la gente fuera más pazguata que ahora. Y tampoco es que ahora seamos mucho más brutos que todos ellos, los pretéritos; no es por falta de entendederas que hoy seamos tan propensos a caer fácilmente presas de la estulticia. ¿Entonces?

 

En principio, conviene recordar que además de ser seres creadores, somos seres creyentes. Hemos evolucionado para crear y creer en ficciones que nos permiten integrarnos en comunidades. Sin un mito fundacional funcional no hay pueblo integrado. Ninguna sociedad es viable sin la argamasa de las ficciones compartidas por sus miembros. Hacemos mundo, mundos, imaginando historias. “Hombres, somos hombres: especialistas en creer. O en creer que creemos”, escribe Martín Caparrós en su más reciente novela, Sinfín (2020).

 

Además, somos proclives a creer en estupideces, grandes y pequeñas, precisamente porque nuestra inteligencia es ya más que nada un artilugio social. Toda la cultura, todo el desarrollo civilizatorio, se basa en la nuestra capacidad de copiar: By copying, we made our world, sintetiza Gaia Vince. Copiamos las soluciones que otros han dado ya a los retos que enfrentamos, de tal manera que para estas alturas de la historia ya son muy muy pocos los problemas que un ser humano tiene que resolver por sí mismo en su día a día. Por eso, la inteligencia de los sapiens es cada vez es más social, cultural. Nuestra conciencia misma es impensable sin los demás. Valga traer a cuento a Roger Bartra, quien, al igual que Gregory Bateson (1904-1980), el antropólogo que acuñó el concepto ecología de la mente, piensa que la conciencia únicamente puede entenderse como parte de un gran sistema en el que interactúan tanto el contexto físico como el sistema de relaciones sociales en los que vivimos. Más incluso, tajante, sostiene que “la conciencia es la articulación entre el cerebro y la sociedad” (Cerebro y libertad, 2013). Uno no (saque qué) es sin los demás.

 

Agregue usted que ese cada vez más exótico sitio al que nos referimos como “la realidad” es una construcción social. Cualquier entorno humano es por definición, una creación, una creación colectiva. El mundo es un artificio.

 

Finalmente está la confianza, ese gran prejuicio sin el que ninguna sociedad podría funcionar. La gente da por ciertos en una serie de asertos que jamás intenta comprobar y en la mayoría de los casos no podría hacerlo.

 

En suma, resulta que en la medida en la que una sociedad es más compleja y sus integrantes soportan su entendimiento de las cosas en herramientas sociales de pensamiento y sus relaciones dependen mayormente de redes de confianza, la noción de la realidad se vuelve más vulnerable. Las narrativas que pueden dar tranquilidad no necesitan expresar verdades ni estar apuntaladas en hechos; es suficiente que sean más o menos verosímiles, compartidas y, sobre todo, ayuden a mantener, aunque sea un poquito más de tiempo, un mundo que está cambiando, el nuestro.

sábado, 16 de enero de 2021

Población 2020

A la socióloga María de la Paz López Barajas.

  

Ladillas y estrellas

 

¿Qué es más complejo, el Sol o una ladilla? El primero, con un volumen de 1,409,272,569,059,860,000 km3, aunque concentra el 99.9% de toda la masa del sistema solar, se compone casi por completo de dos elementos químicos, hidrógeno y helio. Por su modesta y molesta parte, una ladilla (Pthirus pubis), a pesar de que no sobrepasa tres milímetros de longitud, posee una composición físicoquímica tan compleja que se encuentra ya en el ámbito de lo biológico, de los seres vivos. El Sol no es más que una estrella, una cosa inanimada, un montón de plasma que, dicho en corto, no se dedica más que a consumirse a sí mismo. La ladilla es un insecto anopluro capaz de establecer una relación de simbiosis, parasitaria específicamente, con humanos; se mueve, come, se reproduce, muere… Ahora, ¿cuál comportamiento es más fácil de predecir, el del regio Sol o el de una ladilla?

 

“El Sol no ha cambiado drásticamente desde hace más de cuatro mil millones de años, y seguirá siendo bastante estable durante otros cinco mil millones de años más” —Wikipedia dixit.

 

 

Población 2020

 

En pocos días el INEGI dará a conocer los resultados del Censo de Población y Vivienda 2020. ¿Cuántos seremos? Más precisamente, ¿cuántos éramos al final del primer trimestre del año pasado?

 

En 2000, 97.5 millones de personas residíamos en México. Entonces ocupábamos el undécimo sitio en el ranking de los países más poblados, atrás de Nigeria y Japón. La población mundial ascendía a 6,063 millones, y nuestra participación relativa era de 1.6 por ciento. 

 

Para 2010 se habían sumado 11.5 millones de personas —más que las radican hoy en la Ciudad de México—: en la República Mexicana vivíamos 112.3 millones de habitantes. La Tierra cargaba a cuestas 6,843 millones de sapiens, y aunque nuestro país seguía ocupando el lugar 11 entre los más poblados, el orden había sufrido cambios: Nigeria, por ejemplo, con sus 152 millones, había escalado al séptimo escaño, en tanto que Rusia había caído del sexto al noveno lugar. La participación relativa de quienes habitábamos en territorio mexicano no había variado: 1.6% de la población mundial.

 

Cinco años después, el planeta albergaba ya a más de siete mil millones de humanos (7,379), y nuestro país se mantenía como el undécimo más poblado: pululábamos México 119,938,473 personas (Encuesta Intercensal 2015; INEGI).

 

Ahora, supongamos que un estudiante quiere saber cuánta gente vive hoy en el país… Seguramente no consultará a alguno de sus maestros ni a sus padres, mucho menos intentará averiguar el dato en un libro; lo más probable es que googlee población total de México. La respuesta será 126.2 millones, con un 2018 entre paréntesis —el monto es una estimación referida a tal año—. También es posible que el estudiante acuda a la fuente de fuentes, Wikipedia, but of course; en su entrada “México” se encontrará con otro dato: 128,649,565, una estimación al 2020 tomada de una fuente estrambótica, por decirlo suave: North America: Mexico, The World Factbook; Central Intelligence Agency. Entonces eso dice la CIA, ¿será? El dato más reciente que hallará por ahora quien consulte el sitio del INEGI será el de la Intercensal 2015. Ahora, según la institución responsable de realizar las proyecciones poblacionales oficiales de este país, CONAPO, en 2020 éramos 127.8 millones de habitantes. Por su parte, la ONU estimaba que para entonces México tenía 128.9 millones de residentes. La diferencia no es mucha; en cualquier caso, es un hecho que desde el año pasado México, desplazando a Japón, se ubicó como el décimo país más poblado del mundo, un mundo que cerró el año con 7.8 mil millones de bípedos sorprendidos.

 

 

¡Pa’tsunami!

 

El sábado (9/I/2021), a las 17:00 horas, 7,837,931,408 seres humanos plagábamos el mundo (worldometer, con estimaciones de la ONU). Se escribe fácil, pero recordemos que a lo largo de más de doscientos mil años los sapiens no tuvimos una presencia notoria en el planeta —durante mucho tiempo, ni siquiera hegemónica entre los homínidos—. Con el advenimiento de la era moderna, se desató el tsunami humano. En 1804, hace apenas 217 años, llegamos a los primeros mil millones. En 1930, ya éramos el doble, dos mil millones, y en 1974 la población mundial se había duplicado otra vez: cuatro mil millones. Menos de medio siglo después, ya ven, estamos a punto de multiplicarnos por dos de nuevo. Y el artilugio no se detiene: nada más en 2020 el crecimiento de la población mundial fue de unos 80 millones, equivalentes a la población de Australia, Bolivia, Cuba, Portugal, Israel, Paraguay, Mongolia y Puerto Rico…, ¡en conjunto! En menos de diez días, a la media noche del sábado, se estima que en lo que va de 2021 ya habían nacido 3.4 millones de niños y niñas, al tiempo que habían fallecido 1.45 millones de congéneres, con todo y pandemia, así que en apenas nueve jornadas la cantidad de hombres y mujeres en la Tierra se ha incrementado en dos millones.

 

 

Incertidumbre

 

¿Y qué sigue? ¿Qué prevé la demografía? La proyección más aceptada señala que en 2050 serán/¿seremos? 9,700 millones de personas. “‘No hay grandes diferencias en las proyecciones de población para los próximos 30 años’, dice John Wilmoth, jefe de la División de Población de la ONU. ‘Pero comienzan a divergir en la segunda mitad del siglo y, sinceramente, para después nadie lo sabe con certeza.’” (Richard Webb, “The great population debate”. New Scientist, November 2020). ¿Por qué? Más allá del azar, los accidentes, las calamidades previstas o sorpresivas, las estimaciones se basan en la tasa de fecundidad mundial promedio —el número de nacimientos por mujer—, y si esa tasa se aumenta en medio niño, a finales de siglo llegaríamos a 16 mil millones. Pero lo opuesto puede suceder: hay quienes insisten en que la demografía no ha dado el peso adecuado al órgano de reproducción que hoy resulta decisivo para los humanos, el cerebro, y especialmente el cerebro de las mujeres (v.g.: Darrell Bricker, Empty Planet: The Shock of Global Population Decline).

 

Por lo demás, la incertidumbre no debería extrañarnos: conforme la Humanidad se va haciendo más y más compleja, su devenir se hace cada vez menos predecible. Ladillas del planeta, cada vez nos alejamos más del Sol.

sábado, 9 de enero de 2021

I ching 2021


El rigor ha tejido la madeja.

No te arredres. La ergástula es oscura,

la firme trama es de incesante hierro,

pero en algún recodo de tu encierro

puede haber una luz, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha.

Pero en las grietas está Dios, que acecha.

Jorge Luis Borges, Para una versión del “I King”.

 

 

Me pregunto si resulta pertinente preguntarle al libro algo así como…:

 

— Estimado, ¿qué buen consejo puedes darnos a mí y a los lectores y las lectoras de esta columna semanal?

 

Claro, subyace a la duda otra pregunta: ¿tiene sentido interrogar sobre cualquier asunto de este modo a un libro, es decir, a un objeto inanimado? Sí, indudablemente, al menos en el particularísimo caso de este libro, el I ching o Yijing o I King o Libro de los Cambios, o Libro de las Mutaciones. Uno de los grandes estudiosos contemporáneos del I ching, también uno de sus usuarios más asiduos e inteligentes, el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), realizó la misma operación comunicacional cuando escribió su célebre texto introductorio a una de las mejores ediciones del libro, la realizada a partir de la traducción del sinólogo alemán Richard Wilhelm (1873-1930): “… realicé un experimento acorde con la concepción china: en cierto modo personifiqué al libro, solicitando su criterio sobre su situación actual, o sea sobre mi intención de presentarlo a la mentalidad de Occidente”. Porque en efecto, estamos frente a un libro sapiencial/oracular chino, un texto antañón, de no menos de tres mil años de antigüedad, uno de los cinco clásicos de la tradición confuciana —y “como toda gran obra filosófica es también necesariamente, siendo creación verbal, una precipitación poética, materialmente poética”, nos recuerda D. J. Vogelmann—.

 

Así que, si Jung lo hizo, ¡adelante!, procedo…, pero antes, afino la pregunta, y explicito cuándo la planteo y con qué intención y objetivo: Este segundo día del 2021, ¿qué buen consejo puedes darnos a mí y a los lectores y las lectoras de esta columna, para transitar el año de la manera más sabia posible? La formulación es pertinente; incluso podría replantearse de forma más concreta: ¿qué hexagrama convendría que leyéramos ahora yo y los lectores de esta columna a fin de encontrar una guía para transitar de la manera más sabia posible el año 2021? Porque si alguno de ustedes conoce el I ching sabe que se integra a partir de la combinación de ocho triagramas (cada uno conformado por tres líneas), mismos que simbolizan sendos elementos: Cielo, Trueno, Agua, Montaña, Tierra, Viento, Fuego y Lago. Con la combinación de tales triagramas se construyen 64 posibles hexagramas, las células del saber del Libro de las Mutaciones.

 

Ahora, como no tengo un caparazón de tortuga especial para llevar a cabo la consulta ni tampoco 49 tallos de milenrama —Achillea millefolium, milenrama, perejil bravío o flor de la pluma—, entonces emplearé el método de las tres monedas. Voy a usar las más pequeñitas que tengo a la mano, apenas de 17 milímetros de diámetro: tres moneditas mexicanas de 50 centavos, todas acuñadas en una aleación de acero inoxidable en un año de transición para nuestro país, 2018. La cara del águila será el Yang y la cara opuesta —la del Sol, según el anacronismo— será el Ying, así que sus valores serán 3 y 2, respectivamente. 

 

Primer tiro: Yang, Yang, Ying, o sea, 3+3+2=8, Ying  - - 

Segundo tiro: 2+2+3=8,  - -

Tercer tiro: 2+2+2=6, —

Cuarto tiro: 2+2+3=8,  - -

Quinto tiro: 2+2+3=8,  - -

Sexto tiro: 2+3+3=8,  - -

 

Ahora, el hexagrama se arma de abajo hacia arriba, esto es, el primer tiro corresponde al piso del triagrama inferior, el segundo a su segundo nivel y así sucesivamente, hasta el sexto tiro, que indica el tope del triagrama superior. El resultado es el hexagrama 15.

 

El hexagrma 15, Ch’ienLa Modestia, se forma abajo por el triagrama Ken, El Aquietamiento, la Montaña, y arriba por el triagrama K’un, Lo Receptivo, la Tierra. El dictamen para este hexagrama señala: “La Modestia va creando el éxito. El noble lleva a buen término.” ¿Requiere algún esfuerzo de interpretación? Supongo que no mucho, quizá nada más subrayar que la modestia es la antípoda de la vanidad, de la hybris griega, esto es, lo opuesto a la soberbia desmesura, a la falta de control que conduce a desestimar lo que a uno le toca en el mundo (moira), el exceso de confianza en sí mismo que necesariamente empuja a la debacle. El falto de modestia es el arrogante, el abusador, quien se agandalla, quien pretende proyectarse más allá de su propio espacio y del potencial que por esencia le corresponde… La modestia es una actitud mental posible tanto para los poderosos como para los débiles: “Si el hombre está en elevada posición y se muestra modesto, resplandece con la luz de la sabiduría. Cuando está en baja posición y se muestra modesto, no puede ser pasado por alto”. La imagen que brinda el I ching para el hexagrama 15 es la siguiente: 

 

En medio de la tierra hay una montaña:

la imagen de La Modestia.

Así disminuye el noble lo que está de más y aumenta lo que está de menos.

Sopesa las cosas y las iguala.

 

El noble, el sabio, equilibra. En los dictámenes anexos se insiste: la modestia permite controlar el carácter, impone orden en las costumbres.

 

Me parece que la respuesta que el azar —cualquier cosa que eso sea— nos dio a través del I ching no tiene mucha vuelta de hoja: este 2021, tal vez convenga bajarle dos rayitas.

 

C. G. Jung subrayaba que el I ching no ofrece predicciones, no anticipa hechos ni da poder, sin embargo, “para los amantes del autoconocimiento, de la sabiduría, parece ser el libro indicado”. 

sábado, 2 de enero de 2021

Otros datos

  

… even if we act to erase material poverty,

there is another greater task:

it is to confront the poverty of satisfaction

—purpose and dignity— that afflicts us all.

Bobby Kennedy, 18/III/1968.

 

 

 

Ochenta días antes de morir, Bobby F. Kennedy vistió la Universidad de Kansas. Rebosaba esperanza; apenas dos días antes, el joven senador por el estado de Nueva York había anunciado que pelearía por la candidatura del partido demócrata por la Presidencia de Estados Unidos. Cinco años atrás, Robert Francis Kennedy, originario de Brookline, Massachusetts, despachaba como Procurador General de su país cuando el presidente en turno, su hermano mayor, John F. Kennedy, fue asesinado en Dallas, Texas (22/XI/1963).

 

Aquel 18 de marzo cayó en lunes; despuntaba el arrebatado año de 1968. El fin de semana anterior, en My Lai, tropas norteamericanas habían masacrado a centenares de civiles vietnamitas, muchos de ellos niños y ancianos. A la mañana siguiente, el martes, un montón de alumnos de la Universidad de Howard, en Washington, D. C., armó algo nunca antes visto en suelo estadounidense: una protesta estudiantil, en esta ocasión inaugural en contra de la guerra de Vietnam —en la que ya peleaban cerca de medio millón de ciudadanos estadunidenses—, y de la segregación racial en su propio país… By the way, menos un mes después, el 4 de abril, en Memphis, Tennesee, sería ultimado Martin Luther King. En Checoslovaquia, el movimiento civil que pasaría a la historia como la Primavera de Praga se hallaba en pleno apogeo. El mes previo, el 20 de febrero, en Roma y Venecia los carabinieri habían disuelto con gases lacrimógenos manifestaciones de universitarios italianos. El 8 de marzo estalla la Aliyá de Polonia, una cadena de protestas de estudiantes e intelectuales contra el gobierno comunista. El viernes de la misma semana en que RFK estuvo en Kansas, un grupo de estudiantes franceses tomó las instalaciones de la Universidad pública de Nanterre, hecho que preludiaría el Mayo de París. Aquí en México todavía nadie se imaginaba la eclosión juvenil que estaba a punto de ocurrir, pero la contracultura se respiraba ya por todos lados… Editorial Diógenes publica Pasto verde de Parménides García Saldaña, a principios de abril se estrena Planet of the Apes, una película que predice el colapso de la civilización, y en mayo John Lennon termina de escribir Revolution… “Los movimientos de 1968 plantearon un desafío a las cuatro tiranías [que conforman la Megamaquinaria]: la tiranía del mercado; la violencia física del Estado; el poder ideológico de los medios de comunicación, las escuelas y las universidades, y la tiranía del pensamiento lineal, la tecnocracia y la idea del dominio total sobre la naturaleza —explica Fabian Scheidler en su libro The End of the Megamachine: A Brief History of a Failing Civilization (2020)—.

 

Kennedy fue recibido con ovaciones por los estudiantes de la Universidad de Kansas. Las expectativas eran enormes y con su discurso las rebasó sobradamente. Hoy día, más de medio siglo después, buena parte de lo que dijo aquella ocasión sigue siendo vigente…, más ahora después del prolapso del neoliberalismo… Entró al meollo del asunto hablando de la pobreza imperante en los guetos afroamericanos —entonces se decía the black ghetto—, y en general del problema de la desigualdad económica… “Si estamos unidos por una preocupación común por los demás, tenemos ante nosotros una prioridad nacional urgente. Debemos comenzar a poner fin a la desgracia de esta otra América”. La desgracia de los desposeídos. Sin embargo, y aquí viene el punto central de su argumentación, señaló que el asunto no se reduce a la dimensión económica: “… incluso si actuamos para borrar la pobreza material, hay otra tarea mayor: enfrentar la pobreza de la satisfacción, la pobreza de propósitos y de dignidad que nos aflige a todos. Parece que demasiado y por demasiado tiempo hemos entregado la excelencia personal y los valores comunitarios a la mera acumulación de cosas materiales”. Y enseguida el senador se fue duro al dato duro, al dato macroeconómico, para hacerlo trizas: “Nuestro Producto Nacional Bruto —Gross National Product— cuenta la contaminación del aire, la publicidad de cigarrillos y las ambulancias para limpiar nuestras carreteras de la carnicería. Cuenta las cerraduras especiales para nuestras puertas y las cárceles para las personas que las violan. Cuenta la destrucción de los árboles y la pérdida de nuestra maravillosa Naturaleza por la expansión caótica. Cuenta el napalm y las ojivas nucleares y los carros blindados para que la policía luche contra los disturbios en nuestras ciudades. Cuenta el rifle de Whitman…” —se refiere a Charles Joseph Whitman, un ex marine que en 1966 mató a 15 personas e hirió a 32 más en la Universidad de Texas, luego haber asesinado a su esposa y a su madre— “… el cuchillo de Speck…” —Richard Speck, quien secuestró, violó y asesinó a ocho estudiantes de enfermería en Chicago— “… y los programas de televisión que glorifican la violencia para vender juguetes a nuestros hijos. Sin embargo, el Producto Nacional Bruto no mide la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o su alegría cuando juegan. No incluye la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios, la inteligencia de nuestro debate público o la integridad de nuestros funcionarios públicos. No mide nuestro ingenio ni nuestro coraje, tampoco nuestra sabiduría ni nuestro aprendizaje y compasión… En resumen, mide todo, excepto lo que hace que la vida tenga sentido.”

 

A pocos días de que termine el 2020, todo el mundo sabe que la pandemia provocó una caída estrepitosa del PIB de México, y sin embargo nos urge producir otros datos: los datos que nos permitan dar cuenta de la fortaleza social que en medio de la adversidad hemos reconstruido durante los últimos meses, datos que muestren el avance en la redistribución de la riqueza y, sobre todo, datos que alusivos al ánimo que necesariamente hemos tenido que tonificar en el infortunio.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Lascas y lonchas 2020


Dar con la verdad, reírse de la apariencia.

Max Aub, Cuaderno verde.

 

 

Lascas

·      Los seres humanos no estamos hechos para estar tranquilos.

·      ¿Global? Global, global…, la diversidad.

·      Sin los demás no hay individuo.

·      La lejanía de lo cotidiano no puede ser cosa de todos los días.

·      Ningún conservador le pone sabor al caldo.

·      Todos los conservadores son tóxicos.

·      Todo pesimismo es desmemoriado.

·      Somos supersónicos cavernícolas, picapiedras supersónicos.

·      La ciencia no sólo puede llegar a contradecir al sentido común, sino también a la ciencia misma.

·      Hemos sepultado bajo toneladas de racionalismo, escepticismo y radicalismo cualquier posibilidad al hombre o a la mujer extraordinarios.

·      Más nos vale que Dios no nos haya hecho a su imagen y semejanza.

·      El futuro es para imaginárselo.

·      El inmenso entramado que llamamos cultura es una herramienta para gestionar la incertidumbre que produce sabernos anclados al presente continuo y arrojados fatalmente al futuro.

·      Atinadísimo —pero bobo— pronóstico: con toda seguridad seguirán tiempos de incertidumbre.

·      El viejo cuento de la historia.

·      Cosa tremendamente escasa es la materia.

·      En la pequeñez del sub-universo material, resulta un insólito privilegio no ser hidrógeno o helio.

·      Saber que no se sabe es de sabios.

·      Los vampiros no existen, pero nadie pone en duda que chupan sangre.

 

Calambures

·      Fue ego amigo.

·      Él fue ego de los otros.

·      Ver de azul a verde.

·      Se creía muy sueño de sí mismo…

·      Seguras, seguras… naranjas agrias.

·      La metamorfosis de Proceso, ¡kafkiana!

·      Proceso, ya sabes, kafkiano, en plena metamorfosis…

 

 

Microficciones

·      Ya le dije a mi súper ego que vamos a dormir en karmas separadas.

·      Me urge un espejo de cuerpo etéreo, dijo el fantasma vanidoso.

·      — ¿Cuál es tu postura política?

   Estoy pagando a plazos un carro bien nice.

·      Pensaba que un clásico era algo que se disfrutaba con caguamas…

·      Soñé que un viejo aliado onírico venía a instruirme:

   Recapacita.

   Sí, tienes razón, es momento de repensar todo –respondía yo.

   Recapacita y recapacítate.

 

 

Palindromas

·      Sol, ciclo, Sol, ciclos…

·      Dad revés: yo hoy sé verdad.

·      Ya ni fin…, ¡ay!

·      Alito, ¡tila!

·      Ata: Marte letra mata.

·      Son otoños y soñó tonos.

·      Da dina vanidad.

·      Ay, a payaso: ¡cosa ya paya!

·      … o mi goya yo gimo

·      ¿Seguro ruges?

 

 

 

 

Covidianas

Una pandemia es un fenómeno social

que involucra algunos aspectos médicos.

Rudolf Virchow

 

·      Pánico y pandemia no comparten raíz etimológica, pero deberían.

·      Dejar todo para después es lo de hoy.

·      Nos tocó en suerte vivir una situación paradójica: la lentitud se impuso vertiginosamente.

·      ¡Hágase el caos!, decretó el virus y el caos se viralizó.

·      El bichito zamarreó nuestra arrogancia tecnológica y desenmascaró la ridícula altanería de la datamancia y otras supersticiones modernas; nos dejó encuerados frente a la incertidumbre…

·      Creer que algún día vamos a regresar a la normalidad previa a la pandemia no es resistencia al cambio, es una combinación de ceguera e ingenuidad…, por lo demás, actitudes muy humanas.

·      En mi vida interior cualquiera puede puede salir sin cubrebocas.

·      No será utópico, pero para muchos el trabajo será cada vez más u-tópico.

 

 

2020

·      La realidad sorprendió a la humanidad con un evento totalmente previsible… y predicho.

·      La incertidumbre tomó el proscenio por asalto, se viralizó.

·      Lo impredecible se vuelve cada día más probable.

·      La incertidumbre de siempre de pronto se hizo patente.

·      La normalidad es una ilusión colectiva, de la cual resulta muy fácil despertar.

·      Resulta que la vida puede ser de otra manera.

·      No podemos decir que no sabíamos que podía suceder lo que hoy está pasando; en cambio, ahora sí tenemos que aceptar que no sabemos en qué va a terminar la película.

·      Poco a poco, ha comenzado a hervir el agua. Nosotros somos la rana en el perol. 

·      La metáfora del regreso a la normalidad más que imprecisa es un engaño.

·      ¡Cualquier cosa antes que quedarse sin la cómoda ilusión de que el mundo es como debe ser!

·      Me niego a aceptar que en el futuro nos esté esperando el pasado.

·      Si en condiciones normales la capacidad de tomarnos el pelo funciona a la perfección; en tiempos anormales y de incertidumbre, más.

·      Es naíf, por decir lo menos, pensar que nuestro porvenir se parecerá al pasado inmediato.

·      Es previsible, pero nos vamos a sorprender.

·      Se hizo escandalosamente notoria la incertidumbre que sistemáticamente nos esforzamos por enterrar bajo toneladas de anotaciones en agendas y cronogramas, tapar con detallados programas de trabajo, disfrazar con embrolladas matrices de riesgo y encubrir tras densas cortinas de planes y proyectos.

·      La posibilidad tiene que presentarse aquí y ahora mismo, acechando el mañana. Así que, en la medida en la que el futuro se perciba más incierto, las posibilidades se acrecientan. Por eso, la actualidad resulta una extraordinaria temporada para la pasión de la posibilidad.

·      Huele intensamente a postrimerías, se escuchan duro alertas de fin del mundo… ¡Caray, y tan contentos que hasta hace poco estábamos todos corriendo inconscientemente a la hecatombe! ¡Tan entretenidos que andábamos creciendo sostenidamente! ¡Ah, tan productivos que éramos!

·      Antropoceno es una noción antropocéntrica a rabiar y por antonomasia; y, aunque autocrítica, extraordinariamente soberbia.

viernes, 18 de diciembre de 2020

El fin de la Megamaquinaria

 

… unpredictability is precisely the decisive feature of the great systemic crisis

into which we are moving ever more deeply.

Fabian Scheidler, The End of the Megamachine.

 

 

Este año leí dos libros indispensables. Dos ensayos que brindan una relectura fresca, desprejuiciada y sólidamente documentada del devenir de los sapiens a través del tiempo, y a partir de ello una perspectiva oportuna, urgente, del momento histórico en el que nuestra especie se encuentra. Del primero de ellos ya he hablado aquíTranscendence. How humans evolved through fire, language, beauty and time, de inglesa-australiana Gaia Vince (Basic Books, 2020). El segundo es también una novedad editorial; originalmente publicado en la lengua en el que fue escrito, alemán (Promedia Publishers Vienna, 2015), apenas a finales de septiembre pasado comenzó a circular la edición de Zero Books en inglés, actualizada: The End of the Megamachine. A Brief History of a Failing Civilization. Su autor, Fabian Scheidler (Bochum, Alemania; 1968), estudió historia y filosofía en la Universidad Libre de Berlín y dirección teatral en la Universidad de Música y Artes Escénicas de Frankfurt. 

 


No se necesita demasiada perspicacia para saber que este año resultará memorable, digno de ser recordado, y The End of the Megamachine es un libro necesario para entenderlo. Su pertinencia es contundente. Aunque también parte de una perspectiva macrohistórica, a diferencia del de Gaia Vince, el ensayo de Fabian Scheidler no pretende ser una historia de la humanidad, sino la de un sistema específico de organización humana —social, política, económica y cultural—, al que él llama la Megamáquinaria, el sistema en el que vivimos hoy día.

            

La Megamaquinaria es el omnipresente engranaje ideológico, económico y político que conforma el mundo moderno. El concepto empata con la Modernidad, la etapa civilizatoria que durate el último medio milenio se ha apoderado de todos los rincones del planeta… ¿Cómo? Un ingeniero geólogo, seguramente el más exitoso de nuestro país a todo lo largo de la segunda mitad del siglo XX, me lo explicó así:

 

— Imagínate un balín…

 

— ¿Un balín? —bueno, entonces yo era un escuincle.

 

— Sí, uno enorme… O una bala de cañón, una esfera de hierro. Pulida, brillante. En un momento dado le caen encima unas cuantas gotitas, pequeñísimas, de agua, casi microscópicas. No las podemos ver, pero cayeron ahí hace más de doscientos mil años…

 

— ¿Y luego? 

 

— Luego no pasa nada durante mucho tiempo, más de cien mil años…, pero hace unos setenta mil años esas gotitas, por alguna razón, comenzaron a generar una especie de moho, de oxidación en la esfera…, lo cual comenzó a hacerse notorio, incluso a simple vista. La oxidación se fue difundiendo, primero lentamente, y luego, de pronto, muy rápido, rapidísimo, y desde hace unos diez mil años cada vez más aceleradamente… Y de un cuarto de milenio para acá, a una velocidad de vorágine, terminó de cubrir toda la esfera, completamente…

 

— Ajá…

 

— Bueno, ese moho somos nosotros, los seres humanos.

 

La imagen que ofrece el historiador/dramaturgo alemán —tiene una ópera que ha sido ya puesta en escena— es más dramática: “Imaginemos el lapso de tiempo desde la primera aparición arqueológicamente documentada del homo sapiens, hace unos doscientos mil años, hasta el presente. Ahora, imagínelo como un solo día. El tiempo durante el cual los humanos fueron exclusivamente cazadores y recolectores habría durado casi 23 horas. Por otro lado, el período de diez mil años desde el inicio de la agricultura —la Revolución Neolítica— cubre solo la última hora… Si imaginamos la historia de la Tierra durante los últimos 200 años como una película de lapso de tiempo, entonces, vista desde el espacio exterior, veríamos la imagen de una detonación violenta.” Esa explosión, para la civlización occidental  —otra marca de la Megamaquinaria— no es otra cosa que el resultado del progreso, ideal que, según el autor, está enraizado en el pensamiento religioso: “el culto moderno al progreso es una variante del concepto central del Apocalipsis”. Y tanto como con la poderosa noción del Apocalipsis, como con el inapelable ideal del progreso, y al igual que “sus predecesores cristianos, los predicadores radicales del mercado impulsan una ideología universalista y afirman que el suyo es el único camino a la salvación”. Por supuesto, la globalización es la cara contemporánea y terminal de dicha ambición ecuménica. Y, claro —como lo planteó hace algún tiempo Franz Hinkelammert —Hacia una crítica de la razón mítica—, Fabian Scheidler considera que la Megamaquinaria tiene fincada su razón mítica en la racionalidad instrumental: “El símbolo de este tipo de racionalidad es la máquina… Fascinados por el funcionamiento del reloj mecánico de rueda, inventado en el siglo XIV, pioneros de la ciencia moderna como Galileo Galilei, René Descartes e Isaac Newton comenzaron posteriormente a ver la naturaleza como una gran rueda dentada”, aunque nadie como Bacon ejemplifica mejor la fusión de cuatro de los pilares epistemológicos de la civilización occidental: el apocalipticismo, el colonialismo, la dominación de la Naturaleza por el hombre y la búsqueda de ganancias.

 

Además del componente ideológico de la Megamaquinaria, Scheidler revisa detalladamente sus sostenes político y económico, esto es, los estados nacionales, y el capitalismo, catastrófico sistema de producción que, afianzado en la obsesión suicida del crecimiento económico imparable y la religión del consumismo, ha devastado el orbe: “tiene más sentido nombrar esta nueva era Capitaloceno en lugar de Antropoceno…”

 

La tesis central de The End of the Megamachine es que este modelo civilizatorio ya dio de sí. En efecto, vivimos su colapso.