Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 15 de junio de 2019

La ciudad y los sueños



There’s nowhere you can be that isn’t where you’re meant to be.
John Lennon
 
Los medos y los persas comparten el mismo origen: los flujos migratorios que, entre los años 1200 y 800 antes de nuestra era, arribaron al Próximo y Medio Oriente, provenientes del Cáucaso y de las grandes estepas allende los mares Negro y Caspio. Al principio, ninguno de los dos pueblos, seminómadas y fundamentalmente dedicados al pastoreo, mostró desplante civilizatorio alguno; ninguna ciudad, ningún desarrollo artístico, ningún testimonio escrito... De hecho, su debut en la historia ocurrió gracias a los asirios. Unos diseminados al este de la alta Mesopotamia, entre los montes Zagros y los Elburz, al sur del Caspio, y los otros, más meridionales, dispersos al norte del golfo Pérsico, en el territorio de Anshan, ambos pueblos fueron mentados en tablillas asirias desde el siglo IX a.C. El rey Salmanasar III testimonia sus incursiones a Parsua en 843 a. C., y once años después se consigna que el imperio recibía tributo de la región. Subsiguientes monarcas asirios —Shanshi-Adad V (823-811), Adad-Narari III (810-783) y Tighlat-Plieser III (744-727)— dejaron constancia de haber cobrado tributos en Parsua y a algunos jefes tribales medos. En una inscripción de 714 a. C., Sargón II se refiere a sus súbditos en Parsumash… Pero un buen día los medos se rebelaron y echaron a los asirios de sus tierras, y un incipiente reino surgió de la necesidad de superar la anarquía en que devino la independencia. Así, desde los inicios del siglo VII a. C. un hatajo de clanes comenzaron a formar una organización en torno a un poder político. Su primer rey, Deyoces, logró articular a las tribus medas, y después de varias décadas de paz dejó el trono a su hijo Fraortes. Él comenzó la expansión meda; al sureste logró someter a los persas, aunque en el flanco opuesto no pudo contener del todo los embates asirios y escitas. Ciáxares, vástago de Fraotes, heredó las riendas del nuevo imperio, y él sí lo ensanchó, a espadazos y negociando. No sólo se sacudió el asedio de los escitas —nómadas provenientes de Asia central, que, como fuerzas mercenarias, habían participado en las campañas asirias contra Media, e incluso habían logrado invadir Media—, sino que consiguió incorporarlos a sus huestes. Ya al frente de medos, persas y escitas, reorganizó el ejército —“… una bien entrenada fuerza de jinetes… (asabari), a la que se le sumaban contingentes de arqueros (anuvaniya) y de lanceros (rsika), e incluso algún contingente de ingenieros y máquinas de asedio” (Jorge Pisa, Breve historia de los persas)—, y, aliado con los babilonios, hizo añicos a Asiria. Además, hacia oriente, llegó hasta lo que hoy es Afganistán, y hacia el noroeste alcanzó Armenia y Anatolia central, hasta chocar con el imperio lidio (590 a. C.). El sucesor de Ciáxares, su hijo Astiages, gobernó el imperio entre el 585 y el 550 a. C. Logró mantener la paz con Lidia, y, quizá para afianzar la alianza con los persas, vasallos con quienes los medos compartían dioses, lenguaje y tradición, decidió casar a una de sus hijas, Mandane (“Eterna”, en antiguo persa), con Cambises, líder de los persas y descendiente de Aquemenes, fundador de la dinastía aqueménida… Bueno, pero Heródoto (c. 484 a. C. – 425 a. C.) lo cuenta de otro modo…
           
Sucedió que Astiages soñó que “… su hija orinaba tanto, que anegaba su ciudad y que incluso inundaba Asia entera”. El rey acudió a “los magos intérpretes de sueños, y quedó aterrorizado cuando supo por ellos el significado” de aquella visión. Cuando la joven alcanzó edad núbil, acojonado, “no la dio por esposa a ningún medo…, sino a un persa llamado Cambises…” Mandane se fue a vivir a Persia, y meses después Astiages tuvo otra pesadilla: “… le pareció que del sexo de esa hija suya salía una cepa y que esa cepa cubría Asia entera”. Mandó traer a Mandane, quien estaba por parir, “con el propósito de dar muerte al ser que engendrara”, ya que los magos le habían advertido que reinaría en su lugar. Tan pronto nació el bebé, Astiages ordenó a un tal Harpago, “un pariente suyo, el más leal…”, que lo asesinara. El hombre prometió hacerlo, pero delegó la encomienda: ordenó a Mitradates, un boyero real, que dejara al bebé a merced de las fieras y luego le mostrara el cadáver. De vuelta a casa, por un ayudante boquiflojo de Harpago, Mitrades supo la identidad del infante condenado a muerte por Astiages. El boyero contó a su mujer, la esclava Cino, la horrorosa tarea a que estaba obligado… Fue ella, Cino, quien salvaría la vida del niño que años más tarde habría de tomar el nombre de su abuelo paterno, Ciro, antes de comenzar a forjar el primer imperio transcontinental de la historia, el persa…: “Como yo también he dado a luz, pero… un niño muerto, llévatelo y exponlo; pero criemos al niño de la hija de Astiages como si fuera nuestro; así…, el niño muerto gozará una sepultura regia y este otro no perderá la vida”. Así procedió el boyero; adoptó al hijo de Mandane y Cambises, “poniéndole otro nombre cualquiera y no el de Ciro”. Como suele ocurrir en estas historias, se abrirá un paréntesis de silencio para dejar crecer al niño en paz; en este caso, diez años en el monte, en la pobreza de la humilde la familia de esclavos… Para nosotros la espera será menor: la próxima semana continuaremos la historia de quien habría de convertirse en el hombre más poderoso que hasta entonces hubiera puesto un pie en la Tierra.

sábado, 8 de junio de 2019

Ecbatana: la ciudad y el orden

Sobre un mapa, dibuje usted una línea recta desde Bagdad hasta Teherán… Estará representando unos 700 kilómetros. A medio trazo, cruzará Hamadán, una ciudad habitada actualmente por medio millón y pico de personas. Ahí se encontraba Ecbatana, la más antigua urbe iraní, y, al menos durante un abrir y cerrar de ojos, una de las capitales de un imperio que llegó a ser, también efímeramente, el más grande del orbe.
          
Ecbatana se erigió en medio de la franja de tierra que en Occidente llamamos Medio Oriente: 320 kilómetros al sur del mar Caspio, 540 al norte del Golfo pérsico, mil al oriente del Mediterráneo, y otros tantos al suroeste del mar Negro. Entre el 1400 y el 100 a. C., la región, bien llamada Media, fue poblándose por tribus arias. Salmanasar III, rey de Asiria entre 858 a. C. y 824 a. C., dejó testimonio escrito de la existencia de los medos, inscribiéndolos así en la historia, como un pueblo más o menos sometido. Digo más o menos porque en realidad no había mucho que someter: gente que aún no se había tomado la molestia de fundar urbe alguna, pobre, dispersa y seminómada. Con todo, alrededor del 650 a. C., los montaraces medos se rebelaron y expulsaron a los sofisticados asirios. A la emancipación siguió la anarquía, y ahí surgió Deyoces, un aldeano a quien sus vecinos, cuando tenían problemas, acudían en busca de arbitraje. Según Heródoto (c. 484 a. C. – 425 a. C.), el personaje, quien ya gozaba de cierta reputación, “se afanó en la práctica de la justicia… Entonces… los de su aldea, al ver su modo de proceder, lo eligieron su juez…” Cuando entre las demás tribus se propagó la voz de que el Deyoces “juzgaba con rectitud…, también acudían gustosos… para dirimir sus pleitos, hasta que acabaron por no apelar a otra persona…” Cuando Deyoces observó que “todo dependía de
él…, se negó a seguir actuando como juez”, aduciendo que “no le resultaba rentable descuidar sus asuntos, por ocuparse todo el día en impartir justicia...” La rapiña y el desorden volvieron. Los medos se reunieron entonces a deliberar… Uno propuso: “‘Como en las circunstancias actuales no podemos habitar este país…, nombremos rey a uno de nosotros; así el país tendrá… orden y nosotros podremos dedicarnos a nuestros asuntos…” Como era previsible, Deyoces fue electo rey. Algunas de sus primeras decisiones fueron decretar cierto ceremonial —prohibió “reír y escupir en su presencia”, por ejemplo— y mandar construir una ciudad capital. “Los medos… edificaron una fortaleza amplia y poderosa, esa que hoy día se llama Ecbatana…” (Historia; I, 95-98).

Después de medio siglo en el poder, Deyoces falleció (665 a. C.) y heredó el reino a un hijo, Fraortes, quien comenzó la expansión meda: guerreó a este y oeste, a persas y a asirios. A los persas los incorporó a su naciente imperio, pero contra los asirios no pudo: luego de más de veinte años de reinado, moriría en batalla contra el ejército del rey Asurbanipal (633 a. C.). Seguiría Ciáxares, vástago de Fraortes, quien resultó estar extraordinariamente bien dotado para los trancazos: al oriente guió a los medos hasta el río Kabul, en lo que hoy es Afganistán, y hacia occidente, después de poner en jaque a los escitas hasta que tuvieron que pactar con él, conquistó Asur, y en 612 a. C., aliado con Babilonia, comandó el asalto y destrucción total de la capital asiria, Nínive. El imperio medo se quedó con todas las tierras al este y norte del Tigris, y Babilonia con las posesiones asirias en Mesopotamia. Los afanes belicosos de Ciáxares no pararon ahí; enseguida dirigió sus huestes a Asia Menor. Logró a adueñarse de Armenia y de buena parte de la península de Anatolia, en donde fue a chocar con el imperio lidio (590 a. C.). Medos y lidios se enfrentaron incansablemente, hasta que un día se apagó el Sol: “… llevaban la guerra con suerte equilibrada, cuando, en su quinto año, ocurrió en el curso del combate que, en plena batalla, de improviso el día se tornó en noche. Entonces lidios y medos, al ver que la noche tomaba el lugar del día, pusieron fin a la batalla, y tanto unos como otros se apresuraron… a concretar la paz” (Historia; I, 74). El propio Heródoto cuenta que el eclipse total que aterró a ambos contrincantes había sido predicho por un tal Tales, oriundo de Mileto (c. 624 – 546 a. C.) —la ciencia moderna confirma que el evento astronómico efectivamente ocurrió el 28 de mayo de 585 a. C.—. Los imperios lidio y medo establecieron como frontera entre ambos el río Halis, hoy Kizilirmak, y agregaron un ingrediente más al pacto de paz: Arienis, hija del rey lidio Aliates II, y Astiages, hijo del rey medo, se casaron. Meses después moriría Ciáxares, y su lugar lo ocuparía Astiages, a quien, destino funesto, le tocaría ser el último de la dinastía meda. En efecto, en 550 a. C. sería destronado por un persa, Ciro, para colmo su propio nieto… En 549 a. C., Ciro el Grande (c. 600/575 a. C. – 530 a. C.), después de tomarla, decidiría no destruir Ecbatana e integrarla a su imperio, ya no medo como el de su abuelo, sino persa, aqueménida, y además mantenerla por un tiempo como su propia residencia. Desde ahí emprendería la conquista de su mundo…

sábado, 1 de junio de 2019

¿Demasiados libros?

Aunque sus novelas permanecían censuradas en su propio país —ni Trópico de Cáncer (1934) ni Trópico de Capricornio (1939) podrían ser publicadas en territorio estadounidense sino hasta 1964—, Henry Valentine Miller (1891-1980) ya era en 1952 una centellante estrella literaria. Aquel año —su trilogía de La crucifixión rosada contaba sólo con el primer volumen, Sexus (1949)—, el neoyorquino publicó The Books in My Life. En el párrafo inicial del prefacio, advierte el carácter autobiográfico del libro —The purpose of this book… is to round out the story of my life—, y explicita su temática: “los libros como experiencia vital”.
           



Henry Miller cuenta que escribir The Books in My Life le permitió confirmar una sospecha, que “uno debería leer cada vez menos, no más y más”. Prescrita la norma, enseguida se declara infractor de la misma: “No he leído tanto como un erudito o un ratón de biblioteca, ni siquiera tanto como un hombre ‘bien educado’, pero sin duda he leído cien veces más de lo que debería haber leído por mi propio bien”. La auto imputación se refiere, por supuesto, a lo que Zaid formuló como los demasiados libros, en general, pero en particular a que, entre la descomunal marabunta de títulos, sólo hay algunos pocos que realmente valen la pena —“verdaderamente revolucionarios, inspirados e inspiradores”, los llama—, de tal suerte que, a lo largo de la vida, una persona deberá darse por bien servida si al final leyó apenas un puñado de ellos. “El vasto cuerpo de literatura, en todos los dominios, está compuesto de ideas de segunda mano” (hand-me-down ideas). Según el escritor norteamericano, prácticamente todos los libros a los que uno tiene acceso resultan insustanciales, vehículos de vanilocuencia, en el mejor de los casos. “La cuestión jamás resuelta, por desgracia, es hasta qué punto sería eficiente reducir el abrumador pertrecho de forraje barato”.
           
En México se ha popularizado —sobre todo entre la gente que no tiene ningún título de posgrado que colgar en la pared— proferir a la menor provocación que ningún doctorado quita lo pendejo. Hace más de medio siglo míster Miller pescó el asunto desde el extremo opuesto para espetar: “… ua ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽sunto desde el otro extremo y espeta: terarias sus novelas mía na cosa es cierta: definitivamente los analfabetos no son los menos inteligentes entre nosotros”. El juicio, un zambombazo, puede resultar desternillante y quizá políticamente correcto…, claro, entre quienes puedan leerlo; sin embargo, no expresa una verdad irrebatible como lo hace el dicho popular traído arriba a cuento. Porque, si bien es cierto que ningún grado académico corrige la sonsera, lo que sugiere el estimado Henry tampoco sucede, es decir, que los más mensos estén necesariamente entre nosotros los alfabetizados. Hay evidencia suficiente para afirmar que leer no embrutece a nadie —en efecto, a don Alonso sus lecturas lo desquiciaron, y el Quijote estaba loco…, pero no idiota—, así que no, los lectores no tendríamos que ser los menos inteligentes. Incluso puede estirarse más la liga: varios estudios apuntan a la antípoda, esto es, que el alfabetismo está correlacionado con el IQ o coeficiente intelectual: “… las medidas de alfabetización están altamente correlacionadas con las diferencias en el IQ nacional (r = .83-.86)” (Marks, D. F., “Literacy not intelligence moderates the relationships between economic development, income inequality and health”. British Journal of Health Psychology, 12: 179-184; 2007).

Aunque escribió primero “inteligencia”, Miller ajusta el tiro. “Si se trata de conocimiento o sabiduría lo que uno está buscando, es mejor ir directamente a la fuente”. El argumento es antiquísimo; Sócrates (470 – 399 a. C.) ya lo esgrimía… Narra el filósofo que el dios egipcio Theuth, creador del número, el cálculo, la geometría, la astronomía y las letras, quiso convencer al rey Thamus de las bondades de la escritura —“fármaco de la memoria”—, pero el monarca replicó que en realidad lo escrito era pura “apariencia de sabiduría” (Platón; Fedro, 274c y ss). Socrático, Miller alega que la fuente de la sabiduría es la vida misma, la experiencia directa… Y detalla: “Cuando digo vida, tengo en mente, sin duda, otro tipo de vida, distinto de la que hoy conocemos”. Tal vez muy ambiguo, pero Miller ejemplifica…, ¡citando un libro!: “Tengo en mente el tipo de vida del que habla D. H. Lawrence en Etruscan Places”.

Hoy que “se cree que hay un atajo para todo”, Miller sentencia que “la mejor lección que puede aprenderse es que la manera más difícil de actuar es, a la larga, la más fácil”. La experiencia vital es la ruta ardua; en cambio, “todo lo que se expone en los libros, todo lo que parece ser tan vital y significativo, no es más que una pizca de aquello de lo que se deriva y que está al alcance de todos”. ¿Entonces, de plano botar los libros?

¿Henry Miller escribió un libro sobre los libros más importantes en su vida para recomendarnos no leer? No, el narrador norteamericano era un hombre travieso, pero congruente: lo que sugiere es incorporar la lectura a la vida: “Mis encuentros con los libros los considero mucho como mis encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamiento”. Más claro: “Los libros son una parte tan importante de la vida como los árboles, las estrellas o el estiércol”.

Entendidos como parte de la experiencia vital, jamás sobrarán libros. Así que Henry Miller cierra su texto mandando al diablo toda posibilidad de que algún día haya demasiados libros: “Nadamos en el mismo arroyo, bebemos de la misma fuente, pero, ¿con qué frecuencia o con qué profundidad somos conscientes, los que escribimos, de la necesidad común? Si escribir libros es restaurar lo que hemos tomado del granero de la vida, de hermanas y hermanos desconocidos, entonces digo: ¡Tengamos más libros!”

sábado, 25 de mayo de 2019

Estrategia Nacional de Lectura: definición por negación


El domingo 27 de enero, en Mocorito, Sinaloa, el gobierno federal entrante presentó la Estrategia Nacional de Lectura. El evento me emocionó hasta la médula, entre otras cosas porque el discurso de Beatriz Gutiérrez y la presencia del presidente de la República permiten suponer que el asunto será tratado por fin como una prioridad nacional. También podía considerarse relevante el simbolismo del sitio —enclavado en el llamado Triángulo Dorado del narcotráfico mexicano— y la fecha, días previos a que concluyera el primer mes del año, segundo mes de la administración, y mucho antes incluso de que se presentara el Plan Nacional de Desarrollo… La intervención de Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica —pero, sobre todo, figura protagónica en el movimiento que llevó a López Obrador al poder— fue también alentadora. Sus palabras suelen ser apasionadas, incendiarias incluso, y en aquella ocasión, en la tierra de los Tigres del Norte, el novelista y promotor cultural no se contuvo…, y qué bueno. Sintético, sostuvo que el objetivo de la Estrategia es “construir una gran república de lectores”. Muy bien… Bueno, pero ahora… ¿cómo? Ese día no se detalló gran cosa, de hecho, más allá de los discursos, no se presentó documento alguno. Si acaso, Paco enunció los tres ejes que tendrá la estrategia: el formal (irá de la mano con la nueva política educativa), la disponibilidad de libros y el comunicacional (“posicionar que el acto de lectura es una habilidad extraordinaria, puesto que permite entender, sentir y pensar mucho más allá de lo inmediato”). Y de inmediato, malquerientes obsesivos y descreídos consuetudinarios, pejefóbicos de cepa y alguno que otro crítico reflexivo señalaron que lo sucedido en Mocorito fue más una especie de episodio anacrónico de campaña que un acto de gobierno… Entre los esperanzados y optimistas, algunos pensamos que estuvo más que bien lo dicho y hecho en Sinaloa, y que más allá de la presentación de la postura del gobierno, de su intención última, habría que esperar que las consabidas instancias competentes germinaran y escribieran el documento formal, con la definición precisa de la política pública… Han pasado más de tres meses.
           
Sé que las susodichas instancias competentes están trabajando en la delimitación de las líneas de acción específicas de la Estrategia Nacional de Lectura. Deben de andar muy ocupadas en el estire y afloje, definiendo qué debe ser la Estrategia, redactando impecablemente el texto —que los también ya mentados pejefóbicos y malquerientes revisarán con lupa—…, así que, supongo, poco margen tendrán para dedicar tiempo y esfuerzos a especificar contundentemente que NO debe ser la Estrategia Nacional de Lectura (ENL). Aquí es donde encuentro un pequeño resquicio en el cual, creo sinceramente, algo puedo aportar.


1. La ENL no debe ser un diagnóstico. Todos ya sabemos que se lee menos de lo que se quiere que sea. No es necesario dedicar hojas y hojas del documento a un circo de gráficas y porcentajes... Nadie necesita revisar los resultados de ninguna encuesta para saber que los libros no son parte fundamental, como la tele y los teléfonos celulares, de la vida cotidiana de la mayor parte de la gente. Además, ya se dio la instrucción presidencial: hay que echar a andar una ENL. Por supuesto, habrá quienes saquen a cuento la bonita jaculatoria tecnócrata que ha dado tanta chamba a ejércitos de asesores y a embarnecidas estructuras burocráticas: “¡Momento!, no se puede corregir lo que no se tiene bien evaluado”. Para apurar las cosas me permito una analogía: el lector en México es un joven que tiene clavado un puñal en la espalda y vidrios en los dedos, llegó a urgencias deshidratado, con gas pimienta en los ojos, flemas en la tráquea y una arritmia cardiaca terrible… ¿Lo pasamos a estudios clínicos a que le saquen unas muestras de sangre y revisamos puntualmente su historial médico o intervenimos cuanto antes? Por lo demás, me temo que las cosas están tan mal que todo lo que se pueda hacer en el corto plazo será insuficiente para remontar la situación… a corto plazo, pero urge parar la caída cuanto antes.

2. La ENL no debe ser diseñada como la respuesta a un problema que aqueja sólo a México. El mal que se enfrenta no es nacional, es global. Giovanni Sartori lo perfiló certeramente desde 1997, cuando publicó uno de los ensayos más pesimistas y lúcidos que he leído en mi vida: Homo videns. La sociedad teledirigida. Lo que está en juego es la capacidad de pensamiento abstracto de la mayoría de los seres humanos; la polarización de la riqueza —ese 1% de los más ricos que acapara más del 82% de la riqueza— tiene su expresión en el desarrollo cognitivo de la humanidad, y esa expresión se escribe fácil: involución. El fenómeno no es “otro de los males mexicanos”, es una encrucijada civilizatoria. México no está aislado: el dilema ¿horas y horas de series en Netflix o Los bandidos de Río Frío? no puede enfrentarse desde el prejuicio malinchista que suspira quejándose: ¡Ay, es que el mexicano no lee…!

3.  La ENL no debe ser entendida como un esfuerzo de alfabetización masiva. Sé que sonará excesivo subrayarlo, pero más vale: una estrategia dirigida a impulsar a la gente a que lea parte del presupuesto de que la gente ya sabe hacerlo, y la que no sabe hacerlo no es población objetivo de dicha estrategia. En el Censo de Población de 2010 se cuestionó a las personas de seis años y más si sabían leer y escribir un recado, y la misma pregunta se realizó en 2015 en la Encuesta Intercensal: 9 de cada 10 respondieron afirmativamente. Esa es la población objetivo de la ENL. Claro, sería absurdo invitar a la gente que apenas puede leer un recado a que lea a Kierkegaard por las tardes, pero también sería absurdo no preparar materiales de lectura adecuados para que esas mismas personas superen pronto el nivel necesario de lectura para comprender un recado. Por lo demás, el soporte estadístico es bastante para saber qué tanto se requieren libros para lectores iniciales…, iniciales, aunque la enorme mayoría de ellos, vale la pena no olvidarlo, es capaz de leer los subtítulos de cualquier churro hollywoodense.

3 bis. En contrapartida, la ENL no debe ser proyectada como un enorme club de lectores. Los lectores empedernidos podemos y debemos echar la mano, meter el hombro, pero no somos la población objetivo de la ENL. Un seminario para discutir la hipertextualidad entre la generación de la Literatura de la Onda y la picaresca del Siglo de Oro Español puede reportar un divertido encuentro y muchas fotos lucidoras, pero no va a producir nuevos lectores. Por lo demás, sabemos sobradamente lo que ocurre cuando se institucionaliza el apapacho gubernamental a las élites.

4. La ENL no debe ser un programa sectorial, no al menos en el sentido de que cada dependencia pública “sume” a ella, nada más para embarnecerla, las acciones que desde antes ya hacía o iba a hacer. Proceder así podría asegurar un documento rollizo y apantallante, pero ineficaz puesto que seguiría pasando lo que hasta ahora pasa. En la nomenclatura tecnócrata se veneran fórmulas verbales como “acciones transversales”, al tiempo que se usa como denuesto lo que se califica como “acciones aisladas”; el problema de ello, como ocurre con cualquier ideología, es que se actúa sin pensar: muchas veces lo que se requiere es una acción específica y no la suma de acciones concurrentes que a la mera hora nomás no concurren en nada. En esa misma jerga está muy bien visto hablar de “alinear la estrategia con” tal o cual programa o eje o plan…, a partir de lo cual lo que muchas veces ocurre es que la dichosa estrategia termina siendo una rebaba inútil. En el caso de la ENL esto puede ser especialmente peligroso tomando en cuenta el primer eje mentado, el formal: si apenas se está en la definición a detalle de la nueva política educativa de este país, cómo “alinear” la estrategia a algo todavía brumoso. Más incluso: “ir de la mano de la nueva política educativa” está bien como metáfora, mientras no signifique que la ENL tendrá que avanzar al ritmo de la política aludida o, peor, depender de la plena puesta en marcha de la misma.

5. La ENL no debe ser un programa de producción editorial. Visto desde la perspectiva del conocidísimo ciclo del libro, la estrategia debe incidir sobre todo en la distribución y en la lectura. Si se parte de la creencia de que se lee poco en México porque faltan libros, se estará olvidando que abundan bibliotecas vacías de lectores y bodegas repletas de libros que nadie lee, por no hablar de los terabytes de excelente literatura que puede descargarse de manera legal y gratuita de internet. Esto no quiere decir que uno crea que el FCE deba detener su reciente producción de ediciones masivas de bajo costo, mucho menos frenar las ventas de títulos baratos. La cuestión es que la ENL debe salvar la distancia que existe entre los lectores potenciales y los libros y demás materiales de lectura que ya existen, y además propiciar que cuando el lector tenga un libro en las manos proceda en feliz consecuencia, es decir, que lea, lo cual, claro, se dice fácil, pero es lo más difícil de todo.

6. La ENL no debe ser un mecanismo de reparación de daños frente a los pueblos originarios de México, aunque, en caso de resultar exitosa, a eso precisamente ayudaría.

7. La ENL no debe ser un artilugio de adoctrinamiento, ni siquiera en favor de las mejores causas. Leer no hace a la gente mejores personas, ni más buenas ni necesariamente más informadas. Leer aceita el pensamiento abstracto y provee de herramientas cognitivas, las palabras, la sintaxis, el universo conceptual. ¿Para qué? Sobre todo para responder acertadamente al cambio. Y los tiempos que hoy vivimos, perdón por la perogrullada, son ante todo tiempos de cambios acelerados. Estimular que los mexicanos y las mexicanas lean fortalecerá el recurso más importante con que contamos, nosotros mismos.

Coda (nomás para no llegar al 8)
La ENL no tiene que propagarse con un discurso positivo ni indulgente; ya se ha apostado por todos esos mensajes amigables y se ha fracasado: es divertido, te ayuda a crecer, cultiva, te informa, es maravilloso…, aunque sea 20 minutos, no duele, ándale, lee… No, más bien urge alertar:

Desconéctate y lee.
Si estás leyendo esto y lo entiendes,
aún podrías salvarte.

sábado, 18 de mayo de 2019

La ciudad y los despojos de su héroe


El rescate de los despojos del héroe mítico de Atenas, Teseo, sucedió poco después de la toma de Bizancio… Este último episodio lo cuenta muy sabroso Plutarco (Vidas paralelas, IV).

Ocurrió en el 476 a. C., es decir, cuatro años después de la victoria de los griegos sobre los invasores persas en Salamina; Atenas se encontraba en plena reconstrucción y la autoestima de los atenienses seguía al alza. Un año antes habían organizado la Liga de Delos, y elegido a Cimón su estratego. A 45 años de que estallara la guerra del Peloponeso, Esparta y Atenas, si bien recelaban entre sí, mantenían su alianza frente la amenaza aqueménida. Fue entonces cuando, al frente de la flota de Delos, Cimón se lanzó a limpiar el mar Egeo de persas y piratas. Imbatible, navegó rumbo norte hasta que terminó metiéndose en el Propontis —el mar de Mármara—, para llegar, en el extremo meridional del Bósforo, a la joven Bizancio —fundada en el 667 a. C. por griegos de Mégara—. El espartano Pausanias, coludido con los persas, estaba en posesión del puerto; efectivamente, había traicionado a Esparta. Cimón reportó la felonía, pero quien habría de acabar con Pausanias sería un espíritu indignado.
… habiendo dado Pausanias orden… de que le trajesen a una doncella de Bizancio, hija de padres nobles, llamada Cleonice, los padres, por el miedo…, la dejaron ir; y como ella hubiese pedido que se quitase la luz… del dormitorio, entre las tinieblas…, al encaminarse al lecho, tropezó… con la lamparilla, y la volcó, y él entonces, hallándose ya dormido, asustado con el estrépito, y echando mano a la espada, como si se viese acometido por un enemigo, hirió… a la doncella. Murió ésta…, y no dejaba reposar a Pausanias…; su sombra se le aparecía de noche entre sueños, pronunciando con furor…: “Ven a pagar la pena: que a los hombres / no les trae la lujuria más que males”.
Total, que entre el acoso fantasmal y el cerco de los atenienses, Pausanias tuvo que huir. Por su lado, Cimón emprendió el retorno. De paso asedió Eyón, hasta que el persa Butes claudicó de fea forma: “traído a la última desesperación, dio fuego a la ciudad y se abrasó en ella con sus amigos y sus riquezas”.

Los heraldos fueron llevando nuevas, así que Cimón ya era esperado en Atenas como un héroe. Al igual que había hecho Teseo en su periplo desde Trecén, Cimón fue despejando la ruta de bárbaros, piratas y demás malosos. Su buena estrella continuaría brillando: luego de conquistar Eyón, Cimón se dirigiría, en persecución de una panda de ladrones dólopes, a Esciro, en el archipiélago de las Espóradas… Esciro, ¿recuerdas?, la isla en donde, según la leyenda, había sido asesinado el gran Teseo. Para cuando la victoriosa flota de la Liga de Delos llegó a la ínsula, los atenienses no sólo sabían que ahí había muerto su mítico rey, hijo de Egeo/Poseidón y Etra, sino que además su estratego ya traía en mente la idea de cumplir la tarea que el oráculo de Delfos había encargado a Atenas:
Después de la Guerra Médica…, consultaron los atenienses el oráculo, y respondió la Pitia que recogieran los huesos de Teseo y los… guardasen con veneración. Había gran dificultad en recogerlos, y aun en descubrir su sepulcro, por la insociabilidad y aspereza de los dólopes, habitantes de la isla; mas habiendo Cimón conquistado la isla…, y teniendo grandes deseos de hacer este hallazgo, sucedió que un águila empezó a escarbar con el pico y revolver con las uñas en un terreno algo elevado; y pensando en ello, como por divino impulso, cavó en el mismo sitio. Encontróse ahí el hueco de un cuerpo más grande de lo ordinario, y a su lado una lanza de bronce y una espada; y conducidas estas cosas por Cimón en su nave, alegres los atenienses, los recibieron con gran pompa y sacrificios, como si el mismo Teseo entrase en la ciudad… (Vidas paralelas, I)
Y como si fuera el mismo Teseo, Cimón fue aclamado por todos los ciudadanos de Atenas, demócratas y aristócratas, ¡faltaba más!, porque un pasado heróico unifica. En breve llegaría el esplendor ateniense…

Siglos atrás, la misma jugada había sido ejecutada en otra región de la Hélade. Desde los albores del siglo VIII a. C., los lacedemonios se esforzaban por consolidar la relación entre Esparta y el pasado épico narrado por Homero:
Y los que poseían la cóncava Lacedemonia, llena de golfos, Faris, Esparta y Mesa, de numerosas palomas,
Los mandaba su hermano [de Agamenón] Menelao, valeroso en el grito de guerra.
(Ilíada; II, 581-587)           
Desde aquellos ayeres había sido fundado en Terapne, al sur de Esparta, el santuario en donde, se afirmaba, estaban sepultados nada menos que Menelao y Helena (Pausanias, Descripción de Grecia; III, 19.9). Años después, cuenta Heródoto, los espartanos conseguirían por fin vencer a la aguerrida Tegea, gracias a la eficaz asesoría que obtuvieron en Delfos:
La Pitia les respondió que la conseguirían [la victoria] si se hacían con los restos de Orestes, hijo de Agamenón. Pero, como no lograron encontrar la tumba, volvieron a despachar comisionados… para preguntar por el lugar donde yacía…
La respuesta del oráculo fue alegórica y oscura… No sería sino mucho después que, Licas, un viejo espartano colmilludo, “merced en parte a una casualidad, en parte a su perspicacia”, logró resolver el misterio, y luego de ciertas peripecias…
… exhumó la tumba, reunió los restos [que eran reconocibles por la proverbial altura del difunto] y regresó con ellos a Esparta. A raíz de entonces, siempre que medían sus ferzas, los lacedemonios lograban en la guerra una neta superioridad; por lo demás, ya tenían sometida por entonces la mayor parte del Peloponeso. (Historia; I, 67-68)           
Los héroes suelen ser más útiles muertos que vivos.

sábado, 11 de mayo de 2019

La ciudad y su héroe mítico

Las fiestas en honor de Teseo en Atenas, las Teseas,
son totalmente comparables a las fiestas en honor de Atenas.
Y se espera de los héroes lo que se espera de los dioses…
Louise Bruit Zaidman y Pauline Schmitt-Pantel,
La religión griega en la polis de la época clásica.


El héroe principal de Atenas ni es plenamente histórico ni totalmente mítico. ¿De dónde salió?
           
Cuenta Apolondro —un autor quimérico, un pseudo-Apolondro— que, hallándose tremendamente atribulado por carencia de prole, Egeo acudió a Delfos. Había intentado procrear con Meta y después con Calcíope…, pero nada, nada más allá del solaz. El hombre fungía como rey de Atenas, y la situación comprometía la continuidad de su estirpe. Desasosegado, “fue a consultar a la Pitia cómo lograría descendencia”. La respuesta a mí me parece bastante clara, casi procaz, pero para él resultó un galimatías.

El cuello que sobresale del odre…
no lo desates antes de llegar a las alturas de Atenas.

Confundido, “emprendió el regreso a Atenas. Al pasar por Trecén fue hospedado por Piteo…, que interpretando el oráculo embriagó a Egeo y lo acostó con su hija Etra”. Deberíamos pasar ahora al celebérrimo producto del susodicho ayuntamiento, pero si uno recuerda un mapa de la Hélade, ¿cómo continuar sin preguntarse qué diantres andaba haciendo Egeo de paso por aquellos lares…? Usted ha de saber que Delfos se ubica en la meseta meridional del monte Parnaso, en Grecia central —de hecho, en el ombligo del mundo, justo donde las águilas de Zeus, liberadas en las antípodas, se toparon para dejar caer el ónfalo—, 150 kilómetros al noroeste de Atenas, mientras que Trecén está en el Peloponeso, ¡al sur del Ática!, del otro lado del golfo Sarónico… Así que de paso, lo que se dice de paso, Trecén no le quedaba… En fin, por el desvío y la maquinación de Piteo, Egeo copuló con Etra, quien, efectivamente, quedó encinta. ¿Consiguió por fin un heredero con la hija del rey de Trecén? Juzgue usted la ambigüedad del caso: sucedió que “en la misma noche también Poseidón yació con ella”. El ateniense o no supo o no le importó el acoplamiento del dios del mar con la dama; se sabe que le encargó “que si daba a luz un varón lo criase sin decir quién era; dejó su espada y sus sandalias debajo de una roca y le pidió que cuando el niño fuese capaz de remover la piedra y coger tales objetos se lo enviara con ellos” (Biblioteca; III-15, 6-7). Y sí, nació Teseo, ¿pero quién era, qué era? Plutarco tampoco disipa el enigma: “Etra tuvo siempre oculto el verdadero origen de Teseo, y Piteo había esparcido la voz de que Poseidón la había hecho madre” (Vidas paralelas; I).

Igual que Pseudo-Apolondro —su Biblioteca data de finales del siglo I d. C.—, Plutarco (c. 45 – 120) recopiló diversas leyendas de Teseo más de mil años después de su supuesto reinado (en torno al 1250 a. C., según la Crónica de Paros), y unos quinientos años después de que el mito fuera revitalizado para convertir al hijo de Egeo/Poseidón en el héroe político de la polis griega por excelencia. Entre las fuentes más arcaicas que tenemos sobre el personaje, está, claro, Homero, quien lo menciona un par de veces (Odisea; XI-322 y XI-63). Aristóteles reporta la existencia de una Teseida, pero la epopeya se perdió (Poética, 145). Ya mucho más próximo, Baquílides de Ceos compuso (c. 478 a. C.) algunos ditirambos en los que loa las peripecias de Teseo. Empero, lo que mantuvo vivo a lo largo de tanto tiempo el ciclo heroico fue sobre todo la tradición oral, hasta que en el siglo V a. C. fue reconfigurado, e incluso los trágicos lo engrandecieron. Enseguida, un condensado:

Humano cabal o híbrido, Teseo creció en Trecén. Ya desarrollado, levantó la roca, y con la espada y las sandalias de Egeo, se encaminó a Atenas. A su paso, fue despejando el camino, matando malosos: a Perifetes, quien tenía la maña romperles la crisma a los viajeros; a Sinis, de técnica homicida arbórea —“obligaba a los que pasaban a doblar pinos”, y cuando no podían sostenerlos “eran lanzados al aire por los árboles”—; a la cerda Fea; a Escirón, “quien obligaba a los transeúntes a lavarle los pies y mientras lo hacían los precipitaba al abismo”; al asesino Cerción; a Damastes, quien “tenía dos lechos, uno corto y otro largo, e invitaba a los caminantes a descansar, y a los de baja estatura los acostaba en el largo, dándoles martillazos hasta igualarlos al lecho, y a los altos los acostaba en el corto y les serraba las partes del cuerpo que sobresalían”. Llegó a Atenas. Ahí, la esposa en turno de Egeo, Medea, intrigó contra él: logró que el rey lo mandara a enfrentarse al temible toro de Maratón.… Teseo fue y mató a la bestia. De regreso, Medea convenció al viejo rey de que envenenara al muchacho. A punto de beber el brebaje: ¡anagnórisis!, Teseo mostró la espada y Egeo lo reconoció y, arrepentido, lo salvó. Luego, la aventura en Creta, a donde Teseo, a puñetazos, matará al Minotauro, enamorará a la princesa Ariadna, hija del rey Minos, y logrará escapar del laberinto. Un descuido causará una confusión: Egeo creerá que su hijo ha perecido en Creta y se suicidará. Teseo entonces se convierte en rey de Atenas: y “cuantos se le opusieron, murieron a sus manos, y él solo obtuvo todo el poder” (Pseudo-Apolondro. Biblioteca; III, 16; Epítome, I, 1-11). Vendrán más aventuras, por ejemplo su lucha contra las amazonas al lado de Heracles, y contra los centauros junto a Piritoo, con quien incluso irá al Hades… Finalmente, traicionado, Teseo morirá en la isla de Esciro.



Él es el héroe mítico que los atenienses, en los albores de su máximo esplendor histórico, recuperaran para convertirlo en su héroe político…

domingo, 5 de mayo de 2019

La ciudad milenaria y sus héroes pasajeros


Se está como
en otoño
sobre los árboles
las hojas.
Giuseppe Ungaretti, Soldados.

Cuarenta kilómetros al noreste de Atenas, el sol horada la bahía de Maratón. Atascados en una quietud tirante, unos frente a otros, recelosos, miles de hoplitas griegos y de soldados persas se observan. Bastará avanzar unas zancadas para masacrarse. Aquella mañana de agosto del 490 a. C. se aproxima al cenit. Hace cinco días, los invasores desembarcaron: cerca de treinta mil guerreros vienen de saquear Eretria, en la isla de Eubea, cumpliendo así la orden de Darío: someter a las ciudades griegas que se atrevieron a apoyar la revuelta jónica. Del lado heleno, unos diez mil atenienses y un millar de plateos aguardan la decisión de sus cabecillas. Heródoto (c. 484 a. C. – c. 425 a. C.) contará que en el comando griego los estrategos están divididos: una mitad quiere pelear cuanto antes, la otra se opone. Calímaco, el polemarco —cargo de mando que se sorteaba—, tiene la última palabra; a él se dirige Milcíades el Joven, uno de los generales: “… en tus manos está sumir a Atenas en la esclavitud o bien conservar su libertad… No hay duda de que ahora los atenienses se encuentran en el momento más crítico de su existencia”. Milcíades argumenta que, si no toman la iniciativa, cundirá el desánimo entre los griegos, pero “… si tú te adhieres a mi opinión, tu patria conservará su libertad y tu ciudad se convertirá en la más importante de Grecia” (Historia; VI, 109-110). Milcíades persuadió a Calímaco, los griegos acometieron y ahí terminó la primera guerra médica.
        
   
En Maratón, Atenas derrotó al imperio aqueménida, Calímaco pereció en la batalla, y Milcíades resultó el héroe indiscutible. Al año siguiente intentaría conquistar Paros… Fracasó. Cornelio Nepote (c. 100 a. C. – 25 a. C.) informa que “a Milcíades, quien había salvado a Atenas y a toda Grecia, sólo se le concedió el honor de que cuando se pintó la batalla de Maratón en el pórtico Pisianacte, su figura fue colocada en primer lugar de los diez comandantes, como alentando a sus hombres para comenzar la pelea" (De viris ilustribus). Pero los atenienses no perdonaron el yerro de Paros: Milcíades libró la pena máxima, pero no podría pagar la multa que le impusieron —50 talentos—. Murió en 488 a. C., arruinado y en la cárcel.
           
Perdura rastro de tres hijos de Milcíades. Metíoco, el mayor —procreado con su primera esposa—, tuvo un insólito destino: después de haber sido capturado por una escuadra fenicia en el golfo de Melas, fue conducido a Susa, en donde Darío “no le hizo daño alguno, sino que lo colmó de bienes, pues le dio una casa, un patrimonio y una mujer persa, con la que tuvo hijos que fueron considerados persas plenos” (Heródoto. Historia; VII, 41). Con su segunda consorte, Hegesípila, hija del rey Óloro de Tarcia, Milcíades tuvo a una niña, Elpinice, y a un niño, Cimón (510 a. C. – 450 a. C).
           
Estesímbroto de Tasos (c. 470 a. C. - 420 a. C.) cuenta que Cimón era un hombre “inculto, franco, y en lo grande, grande”. Tosco, “no aprendió ni música ni ninguna otra de las artes…”, pero Plutarco (46 – 127) juzga que “en todo lo demás, las costumbres de Cimón eran… dignas de aprecio, porque ni en valor era inferior a Milcíades, ni en seso y prudencia a Temístocles, siendo más justo que ambos; no cediendo a éstos en nada en las virtudes militares, es indecible cuánto los aventajaba en las políticas…” (Vidas paralelas, IV). Si su papá protagonizó la batalla decisiva de la primera guerra médica, él participó en la que concluyó la segunda: en 480 a. C. apoyó el plan de Temístocles de evacuar Atenas para enfrentar a los persas en el mar. Los invasores destruirían la polis, pero días después serían derrotados en Salamina. Cimón, “habiéndose mostrado en el combate denodado y valiente…, se ganó la opinión y amor de sus conciudadanos…”; se adhirió a los conservadores dirigidos por Arístides, y, “cuando aspiró al gobierno, el pueblo lo admitió con placer…” En 476 a. C., fue elegido estratego de toda la flota de la Liga de Delos. Su primer gran éxito militar consistió en expulsar de Bizancio a Pausanias, quien confabulaba con los aqueménidas en contra de su propia ciudad, Esparta. También arrebató Eyón a los persas, y conquistó Ciros. Plutarco no exagera cuando escribe que “ninguno entre los griegos llevó tan lejos la guerra antes de Cimón”. Consecuentemente, fue aclamado como un héroe. Regresó acaudalado: “los viáticos de la guerra, que se los hizo pagar muy bien a los enemigos, los gastaba mejor con sus conciudadanos, porque quitó las cercas de sus posesiones para que los necesitados pudieran tomar libremente de los frutos…” En 466 a. C., después de imponer a los persas la paz de Calias, Cimón personalmente costeó en Atenas la construcción de lujosos edificios y jardines, desecó pantanos, elevó murallas, plantó árboles… Claro, demasiado desafío para Némesis…
           
Cuando Esparta veía con mayor desconfianza el expansionismo ateniense, se vio obligada a pedir su ayuda: en 464 a. C., en medio del desconcierto provocado por un devastador terremoto, hordas de hilotas se rebelaron. Cimón convenció a los atenienses de la conveniencia de socorrer a los espartanos, y al frente de cuatro mil hoplitas acudió, pero cuando llegó a Esparta los lacedemonios, quienes ya controlaban la situación, lo despidieron con insolencia. Humillado, de vuelta en Atenas, Cimón fue condenado al ostracismo. Regresaría años después, de nuevo a tomar las armas para engrandecer Atenas. La muerte lo encontró en Egipto, y ni así descansó: “ocultando su fallecimiento…, no habiéndolo sabido ni los enemigos ni los aliados, [los atenienses] hicieron con seguridad su regreso, acaudillados… por Cimón, que hacía treinta días estaba muerto”.