Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 19 de enero de 2019

Confianza afianza


… el presente…, un filtro estacionario
construido en el río del tiempo
transformando lo posible en verdadero.
Niklas Luhmann.


Hace quince días me referí a un componente social imprescindible, el prejuicio de la confianza. Por supuesto, no sólo es un ingrediente necesario para la cohesión social, también resulta indispensable para cualquier individuo. Tú, yo…, cualquier persona afronta continuamente una incontable cantidad de momentos en los cuales debe decidir si confía o no… Imagina a alguien que, de pronto, en todos y cada uno de los casos, optara por desconfiar… ¿Qué sucedería? ¡Quedaría atrapado en un horripilante estado similar a la catatonia!; “una completa ausencia de confianza le impediría incluso levantarse por la mañana”, afirma el sociólogo alemán Niklas Luhmann. Quien experimentara tal condición “sería víctima de un sentido vago de miedo y temores paralizantes. Incluso no sería capaz de formular una desconfianza definitiva y hacer de ello un fundamento para medidas preventivas, ya que esto presupondría confianza en otras direcciones. Cualquier cosa y todo sería posible”.

Niklas Luhmann (1927-1998), destacado discípulo del pensador estructural-funcionalista por excelencia, el norteamericano Talcott Parsons (1902-1979), publicó en 1968 Vertrauen: Ein Mechanismus der Reduktion sozialer Komplexität (Confianza: un mecanismo de reducción de la complejidad social), ensayo en el cual reflexiona en serio sobre el asunto. Explica que, si bien es cierto que “la confianza se da dentro de un marco de interacción que está influenciado tanto por la personalidad como por el sistema social…, en condiciones de mayor complejidad social, el hombre puede y debe desarrollar formas más efectivas para reducir la complejidad”. Si la desconfianza absoluta condenaría a cualquiera a un pasmo rotundo e infranqueable, toda pérdida de confianza provoca atascos en la dinámica comunitaria, y viceversa: “donde hay confianza hay aumento de las posibilidades para la experiencia y la acción, hay un aumento de la complejidad del sistema social…, porque la confianza constituye una forma más efectiva de reducción de la complejidad”. La confianza lubrica la convivencia.

El domingo anterior insistía en que una sociedad moderna liberal se constituye a partir de una intrincada red de relaciones de confianza, y cerraba mi texto señalando que, de acuerdo con una reciente encuesta de El Financiero, prácticamente ocho de cada diez en México creen que en general al presidente López Obrador le va a ir bien en 2019. Esa confianza, ese prejuicio, es algo que hoy celebro. Cuatro días después, el jueves, se daba a conocer que en diciembre de 2018 el Indicador de Confianza del Consumidor (ICC) —mismo que calculan el INEGI y el Banco de México con base en la Encuesta Nacional sobre Confianza del Consumidor— ascendió a 43.8 puntos, su mayor nivel desde diciembre de 2006, es decir, ¡durante los dos últimos sexenios! Tal resultado resulta consistente con la tendencia que se ha presentado desde mediados de 2018: “El indicador, que se encarga de medir el pulso mensual de la confianza de los consumidores mexicanos, recibió un fuerte impulso desde el pasado julio, fecha en la que se dio a conocer el resultado electoral para elegir al próximo presidente de México”, escribió Héctor Usla en su nota para El Financiero. Dicho en corto y de manera prosaica, el ICC mesura el optimismo/pesimismo de la gente en cuanto a la/su situación económica, en un horizonte anual, desde el ahora, para atrás y para adelante. El ICC es un indicador que se construye nivelando el promedio ponderado de las respuestas expandidas a cinco preguntas referentes a:

  1. Situación económica de los miembros del hogar en la actualidad comparada con la de un año antes.
  2. Situación económica esperada de los miembros del hogar dentro de 12 meses, respecto a la actual.
  3. Situación económica del país hoy, comparada con la de hace 12 meses.
  4. Situación económica del país esperada dentro de 12 meses, respecto a la actual.
  5. Posibilidades en la actualidad de los integrantes del hogar comparadas con las de hace un año para realizar compras de bienes durables (como muebles, televisor, lavadora, etcétera).

Es decir, se explora la percepción de la población sobre el presente respecto al pasado (1 y 3), el futuro desde el presente (2 y 4), y el futuro desde el pasado y el presente. En suma, se la mide confianza de la gente.

Mostar confianza, argumenta Luhmann, no es otra cosa que anticipar futuro, “comportarse como si el futuro fuera cierto”. Y evidentemente, la confianza únicamente puede ocurrir en el presente, el presente entendido no como un punto fijo, un instante fugaz, sino como un estado actual: “la base de toda confianza es el presente como un continuo intacto de sucesos cambiantes…” Así pues, la confianza que hoy por hoy testimonian encuestas e indicadores como el ICC no sólo prospecta un mejor futuro, también testimonia el establecimiento de un presente más extendido y, al menos en esa medida, con mayor estabilidad. Otra vez Niklas Luhmann: “Cada presente tiene su propio futuro… Concibe un presente del cual solamente una selección puede, en el futuro, convertirse en presente. En el progreso hacia el futuro, estas posibilidades abren paso a la selección de nuevos presentes y con ello a nuevas perspectivas futuras. En la medida en la que los presentes verdaderos y los futuros permanecen idénticos, esta selección provee estados; en la medida en la que generan discontinuidades, da origen a sucesos”.

Hasta aquí, de los datos y del análisis decanto optimismo: confianza afianza. Sin embargo, no quiero terminar sin explicitar la situación paradójica en la que nos encontramos en México: si Luhmann está en lo correcto, “la confianza emerge en las expectativas de continuidad”; siendo así, ¿cómo entender la confianza en medio de la manifiesta coyuntura de cambio, incluso de cambio radical, por la que transitamos?

sábado, 12 de enero de 2019

Prejuicio a celebrar


La confianza —“esperanza firme o seguridad que se tiene en que una persona va a actuar o una cosa va a funcionar como se desea”, según la RAE— es un prejuicio —argüía yo aquí la semana pasada—, un prejuicio indispensable para el funcionamiento de cualquier sociedad. Necesariamente así ha sido desde las primeras comunidades humanas, las hordas primitivas —Yo asumo que si cazamos juntos habremos de compartir la presa, tú te fías de que puedes quedarte en la cueva con el resto de nosotros y que no te asesinaremos mientras duermes…—, aunque los requerimientos de confianza han ido aumentando y complicándose conforme hemos hecho más y más complejas nuestras organizaciones sociopolíticas. La intrincada red de relaciones de confianza que a final de cuentas y de cuentos resulta ser una sociedad moderna liberal tiene sus cuerdas axiales, las que le confieren su fuerza vital de tensión, no en relatos comprobables en testimonios fehacientes, sino en determinadas ficciones, esto es, en narrativas tramadas mediante la imaginación. Por ejemplo, un mito fundacional para ser funcional tiene que ser verosímil no veraz. El Pipila no tuvo que existir para simbolizar la importancia del patriotismo de los parias. En nuestro mundo contemporáneo, las cosas marchan igual. Traigamos a colación dos de sus tres narrativas fundamentales: el Estado nación y el dinero. En cuanto al primero, basta recordar las enseñanzas del profesor Benedict Anderson (1936-2015), quien hace más de tres décadas aportó la definición ya clásica de nación: “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana” —“imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión”— (Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo). En cuanto al dinero —“un medio universal de intercambio que permite a la gente convertir casi todo en casi cualquier cosa”—, basta enunciar enseguida una obviedad: ninguna moneda, ningún  billete es una realidad material: “Los cauris y los dólares sólo tienen valor en nuestra imaginación común. Su valor no es intrínseco de la estructura química de las conchas y el papel, ni de su color, ni de su forma. En otras palabras, el dinero… es un constructo psicológico” (Yuval Noah Harari, De animales a dioses). En ambos casos —la abstracción República Popular China o Estados Unidos de Norteamérica y la abstracción yuanes o dólares—, todo depende de que la gente esté dispuesta a confiar en las invenciones de la imaginación colectiva.

           
Prácticamente todas las grandes narrativas en las que descansan los acuerdos fundamentales de la sociedad moderna occidental fueron tramadas a mediados del siglo XVII, “cuando los científicos y comerciantes establecieron por primera vez técnicas para registrar y compartir datos y cifras”, explica William Davies en su ensayo Why we stopped trusting elites. Tales conjuntos de procedimientos y protocolos “pronto fueron adoptados por los gobiernos, con el propósito de recaudar impuestos y de ordenar las rudimentarias finanzas públicas. Pero desde el principio, se tuvieron que establecer estrictos códigos de conducta para garantizar que los funcionarios y los expertos no quisieran obtener ganancias personales o gloria (por ejemplo, exagerando sus descubrimientos científicos) y estuvieran sujetos a estrictas normas de honestidad”. De ahí surgió buena parte del entramado de narrativas que da soporte a la cosa pública moderna, el cual sólo puede mantenerse en pie si la mayoría de los ciudadanos está dispuesta a creer y tener confianza en aquellas.

           
A principios de 2016 me emaileaba con el Maestro del Pueblito, y hablábamos sobre la urgente necesidad que tenía entonces nuestro país no de un diagnóstico sino de un pronóstico en el cual confiar. Prognosis es conocimiento anticipado y por ello mismo está tan cercano al sueño. “México: la pesadilla cotidiana de la falta de sueños —escribía hace dos años—. Percibo que por todos lados cunde la resignación: aquí nos tocó vivir, así somos, ya ni modo, todos son iguales, es cultural, es estructural, así siempre han sido las cosas en México, esto, la corrupción y el desorden, viene de muy atrás… Un amigo me dijo hace poco que le recomendó a su hijo, quien tiene un año trabajando en Puerto Rico, que mejor trate de echar raíces por allá: Ellos que todavía pueden, porque uno ya no tiene alas para volar. Es decir, el país como una cárcel, como una jaula de la que no todos pueden escaparse”. Y apostaba entonces: “Hay que soñar de nuevo, pero, para hacerlo, me late que primero hay que enfrentar hartos monstruos. Creo que nomás no se va a poder tramar nuevos sueños si no pagamos antes varias deudas. Tenemos que echar por la borda a mucho hijo de la chingada, quemar en leña verde una caterva de brujas, espantar un montón de parvadas de zopilotes que desde hace rato nos sobrevuelan… Tenemos varias hostilidades postergadas, y no solamente con el presente, también con el pasado: nos urge olvidar un montón de tarugadas y echar al descrédito costales de historias que no nos ayudan. La otra no es alternativa, es fatalidad: la aniquilación..., destino que en dado caso y para acabarla de amolar todavía está muy lejos”.

           
De entonces, marzo de 2016, para acá el panorama y sobre todo las perspectivas han cambiado mucho…, afortunadamente. La semana pasada leí una encuesta de El Financiero, según la cual el 79% de la gente cree que en general a López Obrador como presidente le va a ir bien en 2019. Esa confianza, ese prejuicio, es algo que hoy celebro.

sábado, 5 de enero de 2019

Desprejuiciados y perjudicados


In fact, much of what we believe to be true
about the world is actually taken on trust…
William Davies







Tenemos una opinión prejuiciada acerca de los prejuicios: de entrada pensamos que todos son malos. Quizá algo tenga que ver su cercanía fónica con la palabra perjuicio —vocablo que, exactamente igual que prejuicio, viene del latín praeiudicium, es decir, “juicio previo, decisión prematura”, porque, en efecto, en un ámbito judicial, presuponer o presumir delitos sin juzgar la situación puede resultar muy pernicioso: aquí el prejuicio perjudica—. Pero un prejuicio no es más que un parecer que se tiene sin juicio previo: “Acción y efecto de prejuzgar”, define con precisión la RAE, aunque en su siguiente acepción ya emite un veredicto prejuiciado y se carga a lo negativo: “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal” —en su Diccionario panhispánico de dudas agrega “idea preconcebida”, todo un oxímoron—. Sin embargo, habrá que aceptar que no todo prejuicio es nocivo. Particularmente hay uno que no sólo no es dañino sino que constituye un componente indispensable de cualquier sociedad.


Actualmente, en México a todos los recién nacidos se les aplican dos vacunas, la BGC, que proporciona inmunidad contra la tuberculosis, y otra contra la Hepatitis B; para que ello ocurra —y no es poca cosa: la tuberculosis mata más gente en el mundo que el VIH—, es necesario que los padres crean en la bondad de la substancia, que confíen plenamente en que quienes la produjeron lo hicieron bien, en que la enfermera que se la va administrar a su bebé no se haya confundido dosis y sepa hacerlo…, en fin. Antes de que me fregara la rodilla —meniscopatía grado III—, salía a correr casi todas las tardes, y siempre, independientemente de cómo se mirara el cielo, checaba el reporte atmosférico del gobierno de la Ciudad, de tal suerte que varias veces me tocó quedarme con las ganas, luego de enterarme de que más allá de las apariencias la calidad del aire era pésima. Para que cada niño o niña sea vacunado son indispensables una serie de prejuicios, y para que yo me haya quedado encerrado haciendo elíptica fue necesario que confiara más en una serie de estaciones de monitoreo y en un grupo de burócratas que en mis propios ojos. O sea, y dicho en corto, resulta que la confianza es un prejuicio.


Abundan certezas, más o menos razonables, que aceptamos sin ver, acríticamente, y desde las cuales tomamos decisiones. En la mayoría de las ocasiones, el constructo al que nos referimos como la ‘verdad’ es realmente una inversión de confianza: Lleva chamarra porque va a entrar un frente frío / Este año la economía creció apenas por encima del crecimiento demográfico / El agua que te acaba de servir el mesero es potable / El invierno comenzó el 21 de diciembre a las 16:23 horas / La gasolina más cara tiene menos plomo… “Una sociedad liberal moderna es una red compleja de relaciones de confianza, unidas por informes, cuentas, registros y testimonios”.


The Guardian, en su sección The long read, publicó en noviembre pasado el ensayo Why we stopped trusting elites, en el que su autor, el sociólogo William Davies, afirma: “En momentos en que las instituciones públicas, incluidos los medios de comunicación, las agencias gubernamentales y las profesiones, cuentan con una confianza generalizada, rara vez cuestionamos cómo la consiguen. Y, sin embargo, en el corazón de las democracias liberales exitosas se encuentra un notable acto de fe colectivo, que consiste en que cuando los funcionarios públicos, reporteros, expertos y políticos comparten una información, el gran público presume que lo están haciendo de honestamente”.


William Davies imparte clases de Sociología y Ciencia Política en el Goldsmiths college de la Universidad de Londres, en donde también codirige el Centro de Investigación de Política Económica. Escribe para  The Guardian, The New Statesman, London Review of Books, New Left Review, openDemocracy, The New York Times y The Atlantic. Ha publicado tres libros: The Limits of Neoliberalism. Authority, Sovereignty and the Logic of Competition (Sage, 2014), The Happiness Industry: How Government and Big Business Sold Us Well Being (Verso, 2015) y apenas en septiembre de este año moribundo Nervous States: How Feeling Took Over the World (Jonathan Cape, 2018). Durante toda su trayectoria académica se ha mantenido cerca de la llamada Historia de las Ideas.


Si bien es cierto que a lo largo de toda la historia de la humanidad resulta impensable una sociedad en la cual sus integrantes se hayan visto obligados a someter a juicio sistemáticamente las verdades y los acuerdos que le dan cohesión, en el mundo moderno los requerimientos de aceptación prejuiciada son mucho mayores. Davies no exagera: “La noción de que las figuras públicas y los profesionales son esencialmente confiables ha sido necesaria para la salud de las democracias representativas. Después de todo, en el núcleo de la democracia se halla la idea de que un pequeño grupo de gente, los políticos, puede representar a millones de personas. Para que este sistema funcione debe haber un mínimo de confianza básica de que un minúsculo grupo actuará en representación de los intereses de uno mucho más amplio, al menos buena parte del tiempo”. De ahí que el descrédito de políticos tradicionales, instituciones y líderes de opinión esté poniendo en riesgo el establishment en su conjunto… Pero de ello ya habrá ocasión de hablar el próximo año. Feliz 2019.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Roma, con bombo y platillos



Fiction reveals truth that reality obscures.
Ralph Waldo Emerson


— Buenas noches, jóvenes… Vamos a empezar: saquen por favor una hoja de papel y anoten su nombre completo en el extremo superior derecho —así, sin preámbulos, nos espetó el profesor que, puntual, acababa de hacer acto de presencia. Bien trajeado, de bigote y pelo entrecanos, acomodándose el chaleco y ajustándose la corbata aguardó durante unos momentos dando margen para que todos fuéramos tomando nuestros lugares—. Bien, se trata de que respondan dos preguntas… Usen bolígrafo… —aquello debió de haber ocurrido a mediados de 1986, en una de las aulas grandes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, ya en sus nuevas instalaciones, sobre el circuito Mario de la Cueva, entre el metro CU y el Centro Cultural Universitario—. Primera pregunta: ¿cuáles son tus cinco películas favoritas?
           
— ¿Mexicanas?

— ¿Nuevas?

— No, no, de todas, nacionales y extranjeras… Sus cinco películas favoritas de todos los tiempos —el profesor al frente era Fernando Macotela, quien entonces, además de impartir clases en la Facultad, dirigía la Cineteca Nacional:—. Segunda pregunta: ¿qué es para ti el cine?

Para mí, aquella materia, Sociología del Cine, era una de las optativas con las que debía completar el total de créditos para terminar la carrera; en cambio, para los alumnos de Ciencias de la Comunicación, es decir, la mayoría de quienes estaban ahí, era obligatoria.

— Bueno, tienen  treinta minutos…

Cerca de doscientas almas nos dispusimos a dar respuesta al mini cuestionario de Macotela: algunos se acomodaron en el pupitre, otros se dispusieron a intercambiar información en improvisados microcenáculos, no faltaron los que se limitaron a tirar la mirada al techo y hubo quienes prendimos un cigarro —en efecto, en aquellos vetustos ayeres se podía fumar dentro del salón y durante clase, e incluso estaba ampliamente difundida la creencia de que hacerlo ayudaba a despejar el pensamiento—… Han pasado más de treinta años, y no recuerdo las cinco películas que anoté en aquella hoja arrancada de un cuaderno, aunque en la memoria sí que conservo al menos dos: Manhattan, de Woody Allen —un film de 1979 que sin duda sigue estando entre mis cinco favoritas— y Rumble Fish (La ley de la calle en México), de Francis Ford Coppola —estrenada apenas tres años antes, en 1983, sigue siendo la película que más me gusta de Coppola, por encima de sus Padrinos y de Apocalypse Now)—. No podría asegurarlo con toda certeza, pero es muy probable que entonces hubiera incluido también Pink Floyd - The Wall, de Alan Parker —una producción de 1982, cuyo estreno en México me había tocado ver hacía poco en el CUC de Copilco, luego del tradicional portazo estudiantil—. Puedo aportar también otra certidumbre: no incluía ninguna película mexicana.

En cuanto a la segunda pregunta, recuerdo bien que dado que media hora me resultó demasiado tiempo me puse a escribir una retahíla de ocurrencias, estrictamente numeradas, sin más orden que la secuencia accidental que se dio conforme fueron desfilando por mi cabeza. Terminé llenando una hoja tamaño carta por ambos lados. Por supuesto, ni de chiste podría hoy retrotraer todos los enunciados de aquel carrusel impulsado por el ocio y el mero gusto de escribir, pero sí algunos de ellos… Creo que arranqué apuntando que el cine es un aparato —aunque hoy sé que debí anotar que es una máquina (Jacques Perriault, Las máquinas de comunicar y su utilización lógica)—; traje a cuento también contestaciones obvias, como “El séptimo arte”, “Una industria” y “Un gran negocio”, y algo así como “un buen pretexto para comer palomitas y tomar refresco”. También escribí que el cine era la institución más sólida del noviazgo —cosa que, me temo, ya no lo es, a juzgar por lo que observo desde hace tiempo en las salas comerciales—, una forma de autoengaño y una manera de contar historias…

Pasado el plazo, el docente le pediría a su auxiliar que recogiera todos los papeles y entonces comenzó su primera lección…, de la cual recuerdo poco, salvo que dedicó buena parte del tiempo a cuestionarnos sobre nuestros hábitos de consumo cinematográfico, y luego, claro, a regañarnos por ser tan despampanantemente incultos y salvajes. Por ejemplo, para el profesor Macotela resultaba particularmente molesto que sus alumnos no fueran asiduos usuarios de la Cineteca Nacional —entonces ya en el conjunto de avenida Cuauhtémoc—.

A la siguiente sesión, dos días después, el profesor Macotela llegó también puntual y lo primero que hizo fue sacar el bonche de hojas con los cuestionarios. Después, separó una, leyó mi nombre y me pidió que me identificara: — ¿Quién es Funalno de Tal? ¡Uf, reprimenda segura…, por payaso!, pensé antes de ponerme de pie. Pues no, no me amonestó… Primero comentó las cinco películas que había escogido como mis favoritas, destacó que las haya anotado con el nombre de su director respectivo, y me sugirió que viera cine mexicano… Me pidió que leyera lo que había contestado a la pregunta qué era para mí el cine, y finalmente me sugirió que escribiera un ensayo con base en mis respuestas.

He recordado el anterior episodio porque durante esta semana me ha tocado intercambiar puntos de vista sobre cine con varias personas, específicamente sobre Roma, de Alfonso Cuarón. Pensando en la cinta y en muchas de las discusiones que sobre ella he entablado últimamente quisiera agregar un numeral más: creo que el cine es hoy la forma de ficción más socorrida en Occidente —más que la novela— para darle sentido a la realidad caótica, presente y pasada. Eso y otra cosa: incorporo con bombo y platillos a Roma a la lista de mis cinco películas favoritas de todos los tiempos.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Roma y el alcázar


A los dos nos tocó ver Roma al aire libre. Recién caída la noche del 7 de diciembre, yo la vi junto al mar. Eréndira, en cambio, la pudo ver hasta este jueves 13 —sólo unas horas antes del estreno en Netflix—, más de 2,200 metros más arriba, en lo que todavía hace unos días funcionaba como el helipuerto más custodiado de todo México.



Mochila al hombro, Eréndira salió de su casa hecha un bólido. Luego de trotar varias cuadras, llegó al metro Eduardo Molina. Andén dirección Politécnico; ahí decidió: “Por La Raza”… Sin embargo, tan pronto el convoy que abordó comenzó a moverse, tuvo una corazonada y se bajó en Consulado, la siguiente estación, para trasbordar a la línea 4, rumbo Santa Anita. Tres estaciones más adelante, otro trasbordo, ahora en Candelaria, para tomar la línea rosa. Por el subsuelo, rumbo a Observatorio, atravesó el primer cuadro de la ciudad de México: Merced – Pino Suárez – Isabel La Católica – Salto del Agua – Balderas – Cuauhtémoc – Insurgentes – Sevilla – Chapultepec – Juanacatlán…, finalmente Tacubaya. Último trasbordo: línea 7 dirección El Rosario…: Constituyentes y, enseguida, su destino: cuando emergió otra vez a la calle en la estación Auditorio, eran ya casi cinco y media de la tarde… A paso veloz, junto con cientos de apresurados, llegó a Los Pinos. Se fueron formando para entrar a la que todavía hace menos de quince días fue la residencia oficial del presidente. La mayoría llevaba cobijas, pocillos y termos, y recipientes para las palomitas. La fila serpenteaba por Chapultepec. Algunos militares organizaban amablemente el acceso. Como a las seis y media empezaron a repartir los boletos.
A Eréndira le tocó el 1590, de unos tres mil quinientos que se repartirían. Ya adentro, palomitas y ponche gratis, que se servían en los trastos que cada quien llevaba. Para quienes los necesitaran, había vasos y platos, ninguno desechable. Después de presentar el boleto, había que meterlo en una tómbola, porque se rifaron 17 pases dobles para la sala privada. Todos los demás se fueron acomodando en los petates distribuidos en el pasto. Salieron las tortas, las latas de atún, los tamales… Por ahí de las ocho de la noche, en la enorme pantalla apareció Alfonso Cuarón:

           

— ¿Qué…, todavía huele a azufre o ya se airió?



Me cuenta Eréndira que entre tanta raza no se sintió el frío, aunque los termómetros marcaran 12 grados centígrados. Ancianos, parejas, oficinistas solitarios, familias enteras, grupitos de cuates, fresones y jipitecas, banda y acaudalados… Comenzó Roma y su embrujo atrapó al público de inmediato… “Salimos como a las once de la noche: un río de gente conmovida…” Atrás, quedaron nada más los petates; al día siguiente, el propio Cuarón tuitearía: “La función de Roma en Los Pinos tuvo un saldo blanco de basura”.

           

El viernes de la semana anterior, en la playa Bacocho de Puerto Escondido, Oaxaca, arrancaba la cuarta edición del Festival del Puerto, organizado por Nino Cozzi y su equipo. Unas trescientas sillas de plástico bien dispuestas en la arena, colocadas frente a la enorme pantalla y rodeadas de potentes bocinas. Cielo despejado, temperatura ideal. El rugido intermitente del Pacífico… Entrada libre… Mientras el espectáculo del ocaso maravillaba a quien volteara a verlo, en menos de media hora se ocuparon todas las localidades. Mucha gente con chela o copa de vino en mano. Poco después de las siete de la noche, antes de la función estelar, la presentación de un cortometraje experimental filmado en ahí mismo en Puerto, Beyond Beach… Sus realizadores, Clara Winter y Miguel Ferráez, presentaron su obra como una crítica frontal al hipercapitalismo… En realidad, trece minutos absolutamente insignificantes, lamentablemente prescindibles…, salvo para buena parte de los espectadores, colonos del lugar, quizá la mayoría extranjeros, que apapacharon con sus aplausos a los jóvenes cineastas…
Pero, bueno, el martirio acabó y al fin se dio paso al plato fuerte de la noche, del evento, del Festival: Nicolás Celis, el joven productor de Roma, pasó al frente para comentar muy al vuelo la película… Y entonces comenzó el más reciente largometraje de Alfonso Cuarón… Después de la secuencia inicial, durante la cual nadie habla, tardé algunos minutos en acostumbrarme al formato —la copia que veíamos incluía subtítulos en inglés, tanto para los diálogos en mixteco como par los diálogos en español—, luego de los cuales, los subtítulos, la chela, la playa, el mar, la noche…, todo, se fue al diablo: la cinta de Cuarón me pescó del alma para llevarme a la Ciudad de México de 1971… Las imágenes y los sonidos lograron catapultarme a mi propia infancia, 47 años atrás… La potencia estética de Roma me dio entrada al alcázar de la memoria, como lo llamó hace más de 1600 años San Agustín de Hipona (354-430) en sus Confesiones: “el glorioso alcázar de mi memoria. Allí están a mi disposición el cielo, la tierra y el mar, con todas las impresiones que en ellos puede sentir, fuera de aquéllas que ya olvidé. Allí yo me encuentro conmigo mismo y me acuerdo de mí, de lo que hice, cuándo y dónde lo hice, y qué efectos experimentaba en el momento de hacerlo”.

           

En Los Pinos, junto al mar, en una sala de cine convencional o en el cuarto de televisión de una vivienda, Roma tiene la fuerza estética para limpiar los empañados espejos de nuestra memoria, la personal y la colectiva. Estoy seguro que eso es lo que está haciendo, y me parece que no sólo es bueno, creo además que es muy oportuno.
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sábado, 15 de diciembre de 2018

El globo de Pérgamo III


Recuperar el cielo
Recuperar la tierra
Envolver el mundo en ritmos de experiencia
Aprisionar el éter que se escapa
Aprisionar el aire
Con esta carne presurosa
En olas envolventes sobre el ensueño
Y la fuga de las estrellas en el momento en que iban a
contar su historia

Vicente Huidobro, Recuperar el cielo.


Dejamos anotado que un crítico literario, Crates de Malos, fue el primero en concebir una representación del mundo en forma de globo. Hemos dicho también que esto sucedió a mediados del siglo II a. C. en una ciudad que floreció en Anatolia, Pérgamo, justo frente a la isla de Lesbos —el sitio arqueológico se halla actualmente a las afueras de Bergama, en la provincia turca de Esmirna—. La ciudad alcanzó a albergar unos sesenta mil habitantes durante el reinado de Eumenes II (197-158 a. C.). Ahí se encontraba el teatro más grande de todo el orbe, con un aforo para unos diez mil espectadores, además de la única biblioteca que entonces podía competir con la de Alejandría. Fundada por el rey Átalo I Sóter, quien había gobernado unos años antes (241-197 a. C.), la biblioteca de Pérgamo pudo haber resguardado alrededor de doscientos mil volúmenes (rollos), la mayoría copiados en un material escriptóreo que según la tradición fue inventado allí mismo, el pergamino —de la piel de cordero, ternera o cabra se eliminaba el pelaje, se raspaba y se maceraba en agua con cal; luego se frotaba con yeso en polvo y se pulía con piedra—. Teniendo siempre a Atenas como modelo, los jerarcas atálidas erigieron su biblioteca en la acrópolis de Pérgamo. “Su acervo de literatura e historia griega era profuso, pero en títulos no helenos la colección de Pérgamo era muy inferior a la de la cosmopolita biblioteca de Alejandría. Los sabios de Pérgamo eran mucho más fuertes en estudios sobre Homero, geometría, estética y crítica literaria… En Pérgamo prosperó la erudición más que la creación” (Fred Lerner, Story of Libraries).
           
Mientras dirigía la biblioteca de Pérgamo, Crates de Malos se dedicaba a su oficio (kritikos). Con razonable certeza sabemos que escribió al menos dos obras: Diorthotica, una exégesis en nueve rollos de la Ilíada, y Homerica, que “pudo haber tratado los problemas de geografía e incluso de cosmología” involucrados en las dos epopeyas homéricas. Sin embargo, debió de haber escrito muchos más estudios filológicos, puesto que entre los fragmentos que se conservan, unas trescientas páginas, encontramos comentarios acerca de otros autores clásicos, como Hesíodo, Eurípides y Arato, “pero estos pueden ser simplemente obiter dicta a sus obras sobre Homero” (Nigel Wilson, Encyclopedia of Ancient Greece). Para él y los estoicos, el conocimiento del crítico era una contraparte indispensable de la filosofía —para el estoicismo la filosofía se componía de tres disciplinas: lógica, física y ética—, y según dejó escrito uno de sus alumnos, un tal Taurisco de Trales, la crítica se componía de tres ramas: razón, práctica e investigación. Además de investigar y escribir, debatía a distancia con otro importante filólogo de la Antigüedad helénica, Aristarco de Samotracia (c. 216-144 a. C.), director de otra biblioteca, nada menos que la de Alejandría, y también Homerikos, es decir, experto en las obras de Homero. Por su puesto, ambos personajes eran archienemigos. “Crates fue el principal representante de la teoría alegórica de la exégesis, la cual sostenía que Homero tuvo la intención de expresar verdades científicas o filosóficas en forma de poesía” (Merriam-Webster's Encyclopedia of Literature). Por ello, a diferencia de Aristarco, el de Malos seguía aferrado a la vieja tradición griega según la cual la Ilíada y la Odisea eran “los libros de texto de todos los temas” (Harold Bloom, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?).
           
Entre sus afanes por destilar de ciertos pasajes homéricos conocimientos específicos acerca de la realidad concreta destaca el que nos ocupa: su intento por demostrar que Homero sabía que el mundo, nuestro mundo, y el universo son esféricos. Hay quienes piensan que Crates echó mano también de las conjeturas y los cálculos geométricos de Eratóstenes (276-194 a. C.), sin embargo lo más probable es que, a pesar de que “investigó en muchos campos, incluida la geografía y la cosmología, este trabajo parece estar subordinado a su oficio como crítico literario, como una investigación no técnica en lugar de una investigación científica específica”
(Elizabeth Asmis, “Crates on Poetic Criticism.” Phoenix 46). El caso es que según Crates el escudo de Agamenón era una representación alegórica del cosmos (Ilíada XI, 32-40), y los diez círculos de bronce una efigie de las diez esferas cósmicas:

Cogió el impetuoso broquel, que cubre al mortal, elaborado
con arte, bello, con diez círculos de bronce en su contorno.
En el interior tenía veinte bollones de estaño
blancos y en el centro de todos uno más de oscuro esmalte.
El broquel estaba coronado por la Gorgona, de salvaje aspecto
y fiera mirada, a la que rodeaban el Terror y la Huida.
De él colgaba un áureo tahalí; sobre su superficie estaba
enroscada una serpiente esmaltada que tenía tres cabezas
entrelazadas, nacidas de un único cuello.
           
A partir de ello, “Crates buscó mapear los versos homéricos en el globo que ideó para ilustrar la teoría geográfica estoica” (Romm, J. S., The Edges of the Earth in Ancient Thought: Geography, Exploration, and Fiction). El resultado representa una división por zonas de la superficie de la Tierra: líneas ecuatoriales y meridianos, y cuatro grandes masas terrestres, es decir continentes, divididas por océanos: el Oecumene, esto es, el mundo conocido (Europa, Asia, y norte de África); el Perioeci, las tierras que debían de encontrarse en el hemisferio norte; la Antoeci, las tierras desconocidas al sur del Ecuador; y las Antipodes, las hipotéticas tierras en el otro lado del mundo. Así que, más un milenio antes del primer viaje de Colón, este erudito heleno interpretó que de este lado del mundo debía existir un continente. Hay que seguir leyendo la Ilíada

domingo, 2 de diciembre de 2018

El globo de Pérgamo II


Dijimos que, hasta donde sabemos, la más antigua representación del globo terráqueo la ideó un heleno originario de Anatolia, Crates de Malos (c. 150-180 a. C.). Además de interesarse en cuestiones cosmográficas y geográficas, este señor Crates, hijo de Timócrates, se dedicó fundamentalmente a la crítica literaria, un quehacer que por aquel entonces, hace poco más de dos milenios, apenas comenzaba a desprenderse de la Gramática: “El oficio del crítico, según Crates, es investigar todo lo que pueda arrojar luz sobre la literatura, ya sea desde dentro o desde fuera [del texto], [mientras que] el gramático sólo aplica las reglas del lenguaje para aclarar el significado de pasajes específicos…” (William Smith. A Dictionary of Greek and Roman biography and mythology).
           
Quedamos también que el colega Crates de Malos trabajó en la ciudad de Pérgamo, como director de la espléndida biblioteca de los reyes atálidas, y quedamos además que, antes que nada, el buen hombre fue un filósofo apegado a la doctrina estoica. Así que no resulta difícil hallar el hilo genealógico de su pensamiento, el cual podemos remontar nada menos que a Atenas y hasta Sócrates (470-399 a. C.), es decir, el meritito comienzo de la filosofía occidental.
           
Si bien el meteco Antístenes (c. 445-365 a. C.) atendió primero las enseñanzas de algunos sofistas —Gorgias de Leontinos, Pródico de Ceos y Hipias de Élidedes—, después, al igual que Platón (c. 427-347), se hizo discípulo de Sócrates. De hecho, él fue el primero que escribió diálogos socráticos, y haríamos bien en sacarlo de las sombras y dejar de considerarlo un filósofo menor: según Karl Popper, “… en los días en los que fue escrita La República, sólo había en Atenas tres hombres lo bastante destacados para reclamar el nombre de filósofos, y éstos eran Antístenes, Sócrates y el propio Platón…” (La sociedad abierta y sus enemigos). Pues Antístenes fundó la escuela/secta de los cínicos, un movimiento filosófico, pero sobre todo ético, que tuvo como eje la búsqueda de la virtud a través de una vida ascética, totalmente liberada de las convenciones sociales. Entre los alumnos de Antístenes se encontraba Diógenes de Sínope (c. 404-323 a. C.), el excéntrico personaje que terminaría por afamar a los cínicos… Incluso hay quienes sostienen que “sin Diógenes no habría cínicos”, y que otorgarle un sitio relevante a Antístenes fue un embuste de los estoicos para fincar su abolengo en Sócrates (Ragnar Hüistad.
“Cynism”. Dictionary of the History of Ideas. Studies of Selected Pivotal Ideas). Diógenes de Sínope —quien habría llegado a Atenas procedente de una colonia griega localizada en la costa sur del mar Negro— llevó al extremo el ideal asceta. Según su tocayo Diógenes Larecio (180-240), “oponía a la fortuna el valor; a la ley, la naturaleza, y a la razón, las pasiones”. Celebérrimo desde la Antigüedad es lo que Diógenes de Sínope le respondió a Alejandro Magno el día en el que el poderoso jerarca macedonio encontró al reputado pensador recostado en el suelo y le dijo: “Pídeme lo que quieras”…: “Pues no me hagas sombra” (Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres). Uno de los muchos pupilos de El Perro, como se hacía llamar el mismo Diógenes, fue otro Crates, pero éste nativo de Tebas (368-288 a. C.). Él había sido enviado a Atenas por su padre para estudiar en el Liceo —entonces dirigido por Teofrasto, asistente de Aristóteles—, pero terminó seducido por la elocuencia de Diógenes, así que se deshizo de toda su hacienda y se convirtió en el continuador de la escuela de los cínicos. Se dice que también tuvo un encuentro con el joven estratega Alejandro Magno, quien, después de que su ejército destruyera Tebas, le preguntó si quería que se reconstruyera su patria, a lo que Crates respondió: “¿Qué más da? Probablemente otro Alejandro la arrasará de nuevo”. Pero el dato que aquí hay que traer a cuento es que el seguidor más destacado de Crates de Tebas fue un isleño a quien le gustaban mucho los higos, Zenón de Citio (336-262 a. C.), ni más ni menos que el fundador del estoicismo. Es así pues que se completa la filiación que va de la ética socrática al estoicismo, pasando por los cínicos: Sócrates-Antístenes-Diógenes-Crates-Zenón.
           

Zenón de Citio, aunque oriundo de Chipre, provenía de una familia que muy probablemente tenía raíces fenicias. Debió haber llegado a Atenas entre el 311 y el 302 a. C., y fue en la ciudad griega por excelencia en donde pasaría el resto de su vida. Después de haber abrevado no sólo de los cínicos sino también del legado dialéctico de Heráclito de Efeso (c. 540-480) y de los megáricos, “inauguró su propia escuela…; al principio, se limitó a reunirse con quienes querían oírlo, en un pórtico polícromo, llamado Peisianactio, adornado con las pinturas de Polignoto. Por eso, sus discipulos fueron denominados ‘estoicos’ (de stoá = pórtico), aun cuando al principio se les llamaba zenonianos…” (Ángel J. Cappelletti ed., Los estoicos antiguos). La doctrina que conformó tendría un éxito enorme, al grado que trascendería no sólo Atenas, sino también el horizonte helenístico para infliltrarse en Roma. Resulta significativo que Díogenes de Sínope haya sido quien acuñó el el vocablo cosmopolita; ello sucedió cuando alguien le preguntó de dónde era, a lo que el filósofo esclavo contestó: “Soy cosmoplita”, es decir, ciudadano del mundo.
Sabiendo ya de dónde viene, volveremos con el estoico Cretes de Malos, quien, sobre todo basado en sus interpretaciones de las epopeyas de Homero, configuraría el globo.