Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 16 de junio de 2018

Distopía


… quien dice que se ha de hacer lo que nadie hace a todos reprende.
Quevedo


Francisco Roco Campofrío y Córdoba compuso las siguientes décimas:

En el Anglia Tomás Moro,
en rojas cenizas yace,
y de ellas fénix renace
a España vivo tesoro.
Con pluma fiel de oro
en su Utopía traducido
hoy por vos, Señor, ha sido;
y en culto vuelo segundo,
él será inmortal al mundo
y vos por él aplaudido.


Habría que agradecer al destinatario estos versos, Jerónimo Antonio de Medinilla y Porres, que haya traducido del latín al castellano la Utopía de Tomás Moro (1478-1535). En efecto, fue gracias al trabajo de don Jerónimo que se formó el primer impreso de la obra facturado en España (Córdoba, 1637) —aunque no recuperaba del todo el original; obvió el Libro I—. En la edición madrileña de 1790 (imprenta de Pantaleón Aznar) que tengo a vistas se incluyeron también las famosas palabras prologales de Francisco de Quevedo (1580-1645), en las que justiprecia la obra del célebre humanista londinense: “El libro es corto, mas para atenderle como merece, ninguna vida será larga. Escribió poco y dijo mucho. Si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él, ni aquellos será carga, ni a éstos cuidado”. Vale recordar que el propio Quevedo había echado mano dos años antes del libro de Moro, al que trajo a cuento traduciendo un fragmento que insertó en su Carta al rey de Francia Luis XIII. El genial cojo conceptista también cuenta que fue él mismo quien motivó a Medinilla para que realizara el trabajo, y además ahí deja dicha su propia traducción a nuestro idioma del neologismo acuñado por el sabio inglés: “Utopía, voz griega, cuyo significado es no hay tal lugar”.

La primera aparición de utopía en un diccionario de español fue hasta 1788, en el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana, y no sería sino hasta 1869 que la Real Academia la admitió en su diccionario. Hoy, según la RAE, el vocablo tiene dos acepciones: “1. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización. 2. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.”
           
Tomás Moro —quien habría de ser canonizado por la Iglesia Católica en 1935, y luego proclamado por Juan Pablo II como el santo patrón de los políticos— publicó UtopíaLibellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, de optimo rei publicae statu deque nova insula Utopia— en 1516. Tres siglos y medio después sucedió que utopía catapultó su antítesis: distopía.
           
No existe un uso documentado del vocablo distopía anterior al 12 de marzo de 1868. Ese día, el filósofo británico John Stuart Mill (1806-1873) se hallaba en la Cámara de los Comunes,
debatiendo la política del gobierno conservador en torno a Irlanda. Al criticar la cuestión de la propiedad de la tierra y la igualdad religiosa, Mill señadeclarado﷽obernado Irlanda, bra  y tradujo un fragmento para eló que si bien el gobierno había declarado que podría considerar el principio de la igualdad religiosa en Irlanda, eso no habría de ser posible, en tanto que las propiedades administradas por la Iglesia de Episcopal de Irlanda no le fueran despojadas. “El costo sería demasiado alto para que la gente lo aceptara, afirmó, y el clero católico nunca podría ser sobornado. De manera humorística, Mill dijo que él y sus correligionarios a veces habían sido llamados utopistas, en gran parte porque habían defendido esquemas imprácticos, pero ahora parecía que el gobierno conservador se había unido a ‘tan buena una compañía’. De repente, Mill cambió de opinión y dijo: ‘Tal vez fui demasiado intempestivo al llamarlos utpistas, son más bien dis-topistas, o caco-topistas’” (R. C. S. Trahair, Utopias and Utopians: An Historical Dictionary). Distopía es anti-utopía; Mill creó el término a partir del griego δυσ- (düs), prefijo de sentido negativo, y τόπος (tópos), lugar. Por supuesto, la RAE ya acepta el término: “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”.
           
En cuanto a cacotopía, ella se forma con el griego κακός (kakós), malo, y τόπος (tópos), lugar. Cacotopía, que casi nadie usa, es una palabra mucho más vieja que distopía. El Oxford English Dictionary informa que fue acuñada por el padre del utilitarismo, el filósofo londinense Jeremy Bentham (1748-1832) —de quien John Stuart Mill fue admirador, editor y discípulo—. El consenso académico señala que la palabra apareció por primera vez en el Plan of Parliamentary Reform, de Bentham, publicado en 1817. Sin embargo, hace poco el profesor Vesselin M. Budakov, de la Facultad de Filología Clásica y Moderna de la Universidad de Sofía (Bulgaria), demostró que el vocablo ya se le había ocurrido a alguien unos cien años atrás: “Mi estudio de la sátira utópica del siglo XVIII… encontró la evidencia de que la palabra cacotopía había sido ya acuñada con un siglo de antelación. El neologismo con sus formas derivadas cacotópica y cacotópicos apareció 17 veces en News from the Dead: or the Monthly Packet of True Intelligence from the Other World. Written by Mercury, de 1715, una revista en ocho fascículos mensuales con noticias semanales, generalmente atribuida a Thomas Berington, que alcanzó tres ediciones: la de 1714-15, la de 1719 y 1756” (Cacotopía: publicación en el siglo XVIII de News from the dead, 1715, V. M. Budakov).
           
Utopías y distopías comenzaron ha soñarse hace siglos, como un futuro que hoy es nuestro presente.

sábado, 9 de junio de 2018

Sólo Solo



… no one is writing the real novels of our age…
Writers have a lot of work to do.
Rana Dasgupta, Solo.


Este hombre se encuentra en una condición atroz: “… sabe que entre los vivos no queda nadie que esté interesado en sus pensamientos”; para colmo, “siente que carga… un legado triturado, pero está demasiado conmocionado para transmitir cualquier cosa". Su nombre es Ulrich y vive en Sofía.

Llegué a la novela que hoy voy a recomendarte por un ensayo de abrumadora lucidez: The demise of the nation state —publicado el 5 de abril en la sección “The long read” del diario británico The Guardian, y comentado en esta misma columna pocos días después (Era agónica)—. Se trata de un análisis relevante, en el cual se desmenuza la crisis por la que se está transitando en todos los países del orbe: el desmantelamiento del Estado Nación. El texto me pareció brillante, bien escrito y sobre todo de una tremenda pertinencia. Por eso decidí averiguar quién era Rana Dasgupta, el firmante. Me sorprendió su juventud —46 años—, sus raíces culturales —su familia es originaria de la India, y él nació en Canterbury, Inglaterra—, y su formación académica —estudió letras francesas en el Balliol College de Oxford; piano en el Conservatorio Darius Milhaud de Aix-en-Provence, en Francia, y Comunicación en la University of Wisconsin-Madison, en Estados Unidos—; sin embargo, lo que más me extrañó es que además de ensayista es narrador. En 2001 Rana Dasgupta emigró de Europa y se fue a vivir a Delhi, en donde escribió su primer libro, la antología de cuentos, Tokyo Cancelled (HarperCollins, 2005) —en 2008 editorial Almuzara lanzó una traducción al español, un volumen carísimo y prácticamente imposible de encontrar; en inglés se puede conseguir fácilmente en línea, en papel y como libro electrónico—. Cuatro años más tarde Dasgupta dio a conocer su novela Solo, con la que de golpe se posicionó como una pluma en ascenso de la literatura angloparlante contemporánea: el libro obtuvo el Commonwealth Writers’ Prize for Best Book, y Salman Rushdie escribió: “Solo confirma a Rana Dasgupta como el más inesperado y original escritor de la India de su generación”.

Acabó de leer la novela de Dasgupta y me pareció magnífica. La leí en la edición original (HarperCollins, 2009); de ella extracto y traduzco fragmentos —en español, hay una edición de la catalana Duomo Ediciones (2013), pasta blanda, 416 páginas, traducida por Marta Alcaraz—. El protagonista de Solo es un anciano centenario y ciego, Ulrich, quien vive solo y solamente gracias a la generosidad de sus vecinos. ¿Qué diablos puede hacer un ser humano en esa situación? El hombre recuerda y ensueña, y la novela está estructurada en dos grandes partes: “Primer movimiento ‘Vida’” y “Segundo Movimiento ‘Ensueños’”. Memoria y deseo, el binomio con que Carlos Fuentes mentaba el espíritu de la novela.

Ulrich ha pasado prácticamente toda su vida en donde nació, Bulgaria, en donde ha tratado de subsistir a pesar de los cambios drásticos de la historia: cuando llegó al mundo su suelo era parte del Imperio Otomano, luego se convirtió en una país independiente, soberano —“las naciones son calderas de acero enloquecidas con nuestra suave carne adentro. No puedo pensar en nada que no fuera mucho mejor cuando solo éramos un territorio en el Imperio, rascándonos la espalda por puro entretenimiento…”—, un Estado Nación que pronto se volvió fascista y entró en guerra, de la cual salió para quedar del lado este de la Cortina de Hierro y hacerse comunista, hasta que un día despertó entregada al capitalismo gansteril, el cual por fin logró meterla en el mundo global… Él ha atestiguado y sobrellevado todo ensimismado, entregado a las dos pasiones marcaron su biografía, la química y la música: “… ha tratado entender su interés en la química como el reencuentro de su amor sepultado por la música. Ha pensado que los dos tienen esto en común: que se puede generar un rango infinito de expresión a partir de un número finito de elementos”. Los avatares de la vida de Ulrich son un extraordinario mirador desde el cual podemos observar el afán de creación de cosas nuevas —¡los plásticos!—. La lectura de Solo hace imposible no percatarse de la manera en que, desde hace mucho, perdimos el control del ansia lucrativa de nuestro ingenio tecno-científico.

El antañón escucha con la lluvia el mapa de su calle, pero el ruido de la televisión es paisaje que no le dice nada, y recuerda. “El tiempo dentro de un humano es liso y lobulado como un pólipo, y la historia sólo se plancha con la utilidad de las fechas” —alfileres para clavar en el corcho de la historia las revoltosas mariposas del recuerdo—.

Los ensueños del viejo comenzaron enlistando: “… Ulrich hace listas en su cabeza. Enlista los viajes que ha hecho y los animales que ha comido. Hacer listas le da una sensación de que él está al mando de sus experiencias. Le ayuda a sentir que es real”. Luego comenzó a jugar con los items y su propia cabeza se convirtió en un laboratorio.

Si la primera parte de la novela recuerda el aliento épico de las grandes novelas históricas del siglo XIX —las novelas nacionales—, en la segunda parte el coqueteo con Murakami es escandaloso: los personajes son globales, tanto, que todo termina en Nueva York. Lo maravilloso es que, en efecto, se conectan y maravillan. “La realidad nunca es clara. 'Nunca es definitiva. Siempre puedes cambiar todo o verlo de otra manera”: la novela.

jueves, 7 de junio de 2018

Prerrogativas del presente: la comida


Febrero de 1519: once navíos zarparon de la isla Fernandina —hoy Cuba—, al mando de un necio con una fuerza de voluntad que rayaba en la demencia y la buena estrella de un hombre consentido por una avasalladora diosa amartelada. Después de pasar por Yucatán y Tabasco, el 21 de abril, Hernán Cortés, sus huestes, sus caballos, sus perros, sus microbios y sus dos lenguas, Jerónimo de Aguilar pero sobre todo la Malinche, desembarcaron en las costas del Golfo de México. 

Año y medio después, el 30 de octubre de 1520, Cortés le escribiría a su monarca: “… las cosas de estas tierras, que son tantas y tales que… se puede intitular [Vuestra Alteza] de nuevo emperador de ella, y con título y no menos mérito que el de Alemania, que por la gracia de Dios Vuestra Sacra Majestad posee…” (Segunda Carta de Relación). Es decir, el extremeño presumía por adelantado el apoderamiento del Imperio Colhúa-Mexica para el rey de España, quien, efectivamente, para entonces ya era también emperador del Sacro Imperio Romano Germánico:

Frankfurt, 28 de junio de 1519: reunidos en la iglesia de San Bartolomé, los Príncipes Electores realizaron la votación imperial. El arzobispo de Maguncia preguntó uno a uno quién era su elegido; todos optaron por el rey de España. El joven Carlos se encontraba en Barcelona cuando, una semana después, fue notificado. Francisco I, rey de Francia, de por sí abatido ya por la reciente muerte de su amigo Leonardo da Vinci, se enteraría un par de días antes y, seguramente, tradujo la noticia como lo que resultó siendo: un jaque geopolítico del que ya nunca habría de salir bien librado.

Por aquellos días, Cortés ya había comido tortillas, tomado chocolate y pulque y visto mucho en las tierras continentales del Nuevo Mundo…, pero aún no había visto nada: no sería sino hasta el otoño que se apersonó en Tenochtitlán: “Hizo la primera marcha a Huejotcingo…, y por Ameca…, Tláhuac, y Culhuacán llegó a Iztapalapa. Grande y maravilloso era el golpe de vista que se presentaba a los españoles al bajar la cordillera…” (Lucas Alamán, Disertaciones sobre la Historia de la República Megicana). Cuatro siglos más tarde, Alfonso Reyes figura en español aquel golpe de vista: “Dos lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce. Sus aguas se mezclan con ritmos de marea, en el estrecho formado por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del centro. En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra…” (Visión de Anáhuac (1519))

Cortés entró a México-Tenochtitlán el 8 noviembre de 1519. Llegó por lo que hoy es el Eje 8 Sur, Iztapalapa, doblando luego 90º al norte en la calzada por la que desde hace cuatro decenios corre la línea azul del metro, Tlalpan. Salió a recibirlo el gran tlatoani Moctezuma II: “… viendo al Marques bajó de la hamaca, a lo cual… don Hernando viendo apeóse del caballo… y sale… haciéndole gran reverencia, y lo mismo hizo Moctezuma, humillándosele con mucha humildad y reverencia, dándole la buenavenida…” Así lo cuenta Fray Diego Durán (Historia de las Indias de Nueva España), y narra que después de intercambiar saludos y regalos, entraron “a la ermita de la diosa Tozi…, allí junto al camino”, en donde por fin conferenciaron: “Moctezuma, por lengua de Marina, habló al Marqués y le dio la bienvenida a aquella su ciudad…, y que pues él había estado en su lugar reinado… el reino que su padre, el dios Quetzalcóatl, había dejado… Que si venía a gozar de él, que allí estaba a su servicio y que él hacía dejación…, pues en las profecías… lo hallaba… escrito”. El capitán Malinche “respondió con mucha crianza y cortesía…” trayendo a cuento al susodicho Carlos V: le dijo que “él venía en nombre de un poderoso rey y señor, cuyo criado era, que estaba en España, el cual regía y gobernaba mucha parte del mundo…, y que le suplicaba se sujetase a él y le diese la obediencia…, y que juntamente se sujetasen a la fe católica de un verdadero Dios…” Muchos afirman que ahí mismo el gran tlatoani se quebró todito —Durán asienta que incluso “… desde aquella ermita salió Moctezuma con unos grillos a los pies”—. Como haya sido, de ahí se fueron a comer…

El conquistador narra el esplendor de las comidas del tlatoani: “venían 300 ó 400 mancebos con el manjar, que era sin cuento, porque le traían de todas maneras…, así de carnes como de pescados, fruta y yerbas que en toda la tierra se podrían haber”. Maíz, hongos, hueva de mosco, caracoles… Los tamemes le llevaba pescado fresco, sal, mariscos… Bernal Díaz del Castillo, como no queriendo y sin asegurarlo, dejó testimonio de la antropofagia mexicana: “Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad, y, como tenía tantas diversidades de guisados y de tantas cosas, no lo echábamos de ver si era carne humana o de otras cosas, porque cotidianamente le guisaban gallinas, gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra, codornices, patos mansos y bravos, venado, puerco de la tierra, pajaritos de caña, y palomas y liebres y conejos, y muchas maneras de aves y cosas que se crían en esta tierra, que son tantas que no las acabaré de nombrar tan presto”.



Sin embargo, así como Cortés jamás había probado antes de llegar a México ni cacao ni aguacate ni tomate ni pitahaya ni guanábana…, Moctezuma no conocía el pan de trigo ni la carne de res ni las naranjas… Ambos fallecieron sin haber comido sushi.

sábado, 2 de junio de 2018

Prerrogativas del presente: el conocimiento


Todo lo sabemos entre todos.

Guillermo Sheridan


El 12 de enero de 1519 falleció Maximiliano I. El Sacrum Imperium Romanum quedaba descabezado. De inmediato se apuntaron para ocupar el puesto el rey de Francia, Francisco I, y el hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, Carlos de Gante, quien entonces todavía dedicaba cierto esfuerzo a tratar de cumplir una petición que las Cortes de Castilla le habían hecho apenas un año antes, cuando lo juraron su rey: aprender castellano. En junio se decidirían las cosas en favor del joven prognata, de tal suerte que, además de Carlos I de España, se convertía en Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Por cierto, tampoco hablaba alemán.
           
Francia quedó en medio de los territorios controlados por el muchacho de Flandes: al oeste, los reinos de Castilla, Navarra y Aragón, unificados en una sola corona española, y al este las posesiones borgoñonas, el Sacro Imperio Romano y los territorios austriacos. Además, la hegemonía de Su Sacra Cesárea Católica Real Majestad estaba por expandirse descomunalmente, puesto que días después, el 18 de febrero, las once naves expedicionarias al mando de Hernán Cortés zarpaban de las costas de Cuba hacia lo que habría de ser la conquista del Imperio mexica.

Le Clos Lucé à Amboise,
demeure de Leonard de Vinci (1516 -1519)
También en 1519, tres meses después, fallecía Leonardo da Vinci; entonces, a cargo y protección de su mecenas y amigo, el rey Francisco I, vivía en Francia, muy cerca de Amboise, el castillo de Clos-Lucé. No sólo hablamos de uno de los artistas plásticos más importantes de todos los tiempos, Leonardo también fue un humanista protagónico del Renacimiento y un precursor portentoso de diversas disciplinas científicas. Polímata, pintó, esculpió y escribió poesía; diseñó armamento y diversas obras de ingeniería civil e hidráulica; estudió a fondo la anatomía del cuerpo humano, botánica y zoología; realizó exploraciones naturalistas y descubrimientos paleontológicos; fue paisajista, urbanista y arquitecto, cocinero y músico, matemático e inventor de una plétora de artefactos; investigó, experimentó y logró explicar varios fenómenos químicos, mecánicos, ópticos e hidrodinámicos…; por si fuera poco, filosofó… La vastísima gama de intereses de Leonardo se explica en parte por su curiosidad voraz, pero también por el espíritu de su tiempo. ¿Y de dónde abrevó? ¿Qué leía? “A finales de la década de 1480, elabora una lista de los cinco libros que poseía: el de Plino [Historia natural]…, un manual de gramática latina, un texto sobre minerales y piedras preciosas, otro de aritmética, y un poema épico burlesco… En 1492 Leonardo ya tenía cerca de cuarenta libros, que incluían…, obras sobre maquinaria militar, agricultura, música, cirugía, salud, ciencia aristotélica, física árabe, quiromancia, vidas de filósofos, así como poesía de Ovidio y de Petrarca, las fábulas de Esopo, algunas antologías de versos obscenos y una opereta… En 1504 contaba con setenta libros más…” (Walter Isaacson, Leonardo da Vinci: La biografía).
Sabemos que tuvo una copia de la Cosmographia de Ptolomeo, que leía la Biblia y a Virgilio y Dante… En fin, se estima que durante su larga vida —murió a los 67 años de edad— el enciclopédico toscano no llegó a acumular más de doscientos libros —los cuales, heredó a su discípulo favorito, sin tomarse la molestia de inventariarlos: “… el prefato testatore dona et concede ad Messer Francesco da Melzo…, per remuneratione de servitii ad epso a lui facti per il passato tuttti et ciascheduno li libri che il dicto testatore ha de presente…” (“Testamento de Leonardo”; en John William Brown, The Life of Leonardo Da Vinci; 1828) —.
¡Doscientos libros! Un caudaloso tesoro. Recordemos que Leonardo nació en 1452, unos veinte kilómetros al oeste de Florencia, y 955 kilómetros al sur de Maguncia, el sito en donde justo ese año un tal Johannes Gutenberg estaba editando el que usualmente se considera el primer libro tipográfico de Occidente, la Biblia de 42 líneas —en realidad no lo es, puesto que tres años antes el mismo orfebre alemán había ya publicado el Misal de Constanza—. El prodigioso invento de Gutenberg habría de propagarse por toda Europa a partir de 1462, cuando Maguncia fue masacrada por el ejército del arzobispo Adolf II. La primera imprenta en Italia se instaló en el monasterio de Subiaco, en 1464, y cinco años después Johannes de Spira fundó otra en Venecia, ciudad que para 1500 era el centro editorial del mundo, y en cuyas imprentas, alrededor de cien para entonces, se habían producido ya cerca de dos millones de ejemplares. Así pues, Leonardo formó parte de la primera generación de agraciados por el invento de Gutenberg; un par de décadas atrás le hubiera resultado imposible acumular doscientos libros. Se estima que en el período que va de 1454 a 1500 el consumo anual de libros impresos en Alemania era de 4.1 por cada mil habitantes, y pasó a 21.2 entre 1501 y 1550. Para el caso de Italia, se estima que el consumo anual aumentó de 6.8 entre 1454 y 1500 a 21.3 entre 1501 y 1550. “Sólo en el año 1550…, se produjeron unos tres millones de libros en Europa occidental, más que el total de manuscritos producidos durante el siglo XIV en su conjunto (Eltjo Buringh & Jan Luiten Van Zanden, Charting the “Rise of the West”: Manuscripts and Printed Books in Europe).  Con todo, desde los albores del siglo XXI estas cifras nos resultan irrisorias… Hoy casi cualquier estudiante de secundaria tiene acceso a más libros que el que tuvo el gran Leonardo da Vinci, y eso sin una conexión a Internet… ¿Te lo imaginas una tarde navegando en Wikipedia?

sábado, 19 de mayo de 2018

Prerrogativas del presente: salud


The most poetical thing in the world is not being sick.
G.K. Chesterton, The Man Who Was Thursday: A Nightmare.

Carlos fue hijo de un brujense al que le decían el Hermoso y de una toledana apodada la Loca, ambos de alcurnia: Felipe Archiduque de Austria y Juana I de Castilla. Como tú, como yo, como todos, el niño llegó al mundo desnudo, pero con títulos reales bajo el brazo: nomás de bienvenida, lo hicieron Conde de Flandes. Francisco López de Gómara —el mismo a quien tanto debe la memoria de Hernán Cortés, conquistador de México Tenochtitlán— narra que cuando Carlitos nació, Alejandro VI, el Borgia, despachaba como Sumo Pontífice —“quien celebró jubileo con pocos peregrinos, a causa de [la] guerra y [las] pestilencias…”—; Maximiliano I de Habsburgo, el abuelo paterno del crío, era soberano del Sacro Imperio Romano Germánico —“floreciendo entonces en Alemania las letras y la cristiandad, la que ha perdido casi del todo después de Lutero…”—; mientras que “reinaba[n] en Castilla y en Aragón los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel”, abuelos maternos del aludido churumbel (Anales del Emperador Carlos Quinto; c. 1557-1558). Dadas sus circunstancias de tiempo y espacio, y por herencia, azar y habilidades propias, a Carlos le alcanzaría la vida para ser llamado el César y Su Sacra Cesárea Católica Real Majestad. Esto fue porque logró enseñorearse de las dos enormes organizaciones políticas que regenteaban las familias de sus progenitores. Para que le tocara a Carlos ser el primero en encarnar en una sola persona las coronas de Castilla y Aragón, tuvieron que morir prematuramente cinco príncipes y princesas que le antecedían en derechos sucesorios. Además, fue necesaria la presunta demencia de su madre, o quizá su cordura para hacerse a un lado; como haya sido, a los 17 años se convirtió en Carlos I, Hispaniarum Rex, y cuatro años después también en Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Carlos se converiría así en el último Emperador de Occidente, en el monarca de la cristiandad con el territorio más extenso jamás alcanzado hasta entonces: su reinado abarcaría buena parte de Europa y también todos los territorios ultramarinos conquistados por los españoles, tanto en el norte de África como en el Nuevo Mundo. Pues bien, ¿sabes en dónde nació Carlos, uno de los hombres más poderosos y acaudalados de todos los tiempos?

Carlos V nació en un retrete. El hecho ocurrió en Flandes, en el burgo de Gante, a unos 40 kilómetros al suroeste de Brujas. Avanzaba la madrugada del 25 de febrero, día de San Matías, del año 1500, y sus padres andaban de juerga, en un baile que se celebraba en el Prinsenhof, el palacio de la Corte de los Príncipes. Ha llegado hasta nuestro tiempo el chisme que dice que, a pesar de estar ya en los últimos días del embarazo, la celosa Juana no quería dejar a solas a su apuesto marido, y por eso seguía en el convite cuando, pasadas las tres de la madrugada, sintió cierto malestar, el cual, suponiendo que su origen era digestivo, quiso aliviar en el evacuadero… Para allá se encaminó y minutos después, sin ayuda ni testigos, parió a su primer hijo varón… La reina Isabel fue enterada pocos días después del suceso, y ella apostilló la noticia aventurando una profecía para su nieto recién nacido:

 — Este será el que se lleve las suertes…

Lo fue, en principio porque sobrevivió la insalubre coyuntura de haber sido alumbrado en las asquerosidades de un retrete, de haber llegado al mundo entre inmundicias… De por sí, en condiciones normales de parto, la mortalidad infantil entonces era elevadísima, con tasas próximas al 250 por millar, uno de cada cuatro bebés no llegaba a los cinco años de edad.

Obviemos todo lo que le sucedió a Su Majestad don Carlos entre los dos extremos de su biografía, y vayamos al remate de su eximia vida. El episodio fatal tendrá lugar en el monasterio Yuste, en Extremadura. El hombre estaba decrépito, había abdicado tres años antes, y su organismo “era todo un proceso irreversible de ruina”. Para entonces, por la gota, era tullido, incapaz de andar y casi impedido de manipular con las manos. El primer ataque lo había sufrido a los 28 años, y a lo largo de los siguientes contó “otros dieciséis ramalazos…, cada vez más dolorosos”, en una época en la cual no había ningún tipo de anestesia y los escasísimos remedios analgésicos eran de efectos muy pobres. “¡Duéleme harto!”, se quejaba el desdichado. Además, sufría de hemorroides, y “su falta de dientes le impedía masticar, lo que le provocaba muy laboriosas digestiones”. Con todo, no falleció a causa de la gota ni de sus males intestinales: a Carlos V lo mató un mosquito.

Intensos dolores de cabeza, pesadez, sed, fiebre, escalosfríos, temblorina, delirio… “Eran las fiebres palúdicas que acabarían con su vida. Para ayudar al doctor Mathys acudió desde Valladolid otro antiguo médico del Emperador… Por desgracia, el remedio que le aplicaron fue el tan habitual de la época como demoledor: las sangrías… Carlos V fue debilitándose más y más. Las calenturas arrecian… Poco a poco el enfermo deja paso al moribundo…” (Manuel Fernández Álvarez, Carlos V, el César y el Hombre). Por fin, Carlos murió un 21 de septiembre, día de San Mateo, a la edad de 58 años.

Actualmente, en el país en donde se encuentra Gante, Bélgica, la tasa de mortalidad infantil es de 3.4, la esperanza de vida al nacer alcanza los 81 años, y en cualquier farmacia se pueden conseguir potentes analgésicos especiales para atenuar los dolores causados por la gota, así como medicamentos para curar el paludismo (artemisinina).

sábado, 12 de mayo de 2018

Mentiras y convicciones

Convictions are more dangerous foes of truth than lies.

Friedrich Nietzsche





Si viene usted a contarme que Jorge Bergoglio, mejor conocido como Francisco I, máximo jerarca de la Iglesia católica, hace unos días exigió públicamente que se prohibiera a López Obrador seguir usando su nombre para conseguir votos, y que además declaró que él no podría venir a ayudar a resolver el problema de la violencia en México, antes de mandarlo al diablo —no al Papa, no al Peje, no al país, a usted—, lo primero que yo trataría de averiguar es si usted sabe o no que lo que afirma jamás ha sucedido en la realidad concreta. Yo sé que lo que usted profiere es una mentira, en tanto “cosa que no es verdad” (segunda acepción del vocablo, según la RAE), pero a partir de ello sería equivocado concluir en automático que está mintiendo. ¿Por qué? Porque si usted vio el video que circula por ahí en el que se observa y escucha al Sumo Pontífice decir lo que usted relata, y no se percató de que aquello no era más que un emplaste de sonido, o en otras palabras, si usted no tiene duda acerca de la veracidad de lo que vio y oyó, entonces no estaría viniéndome a quitar el tiempo con una “expresión contraria a lo que sabe, piensa o siente” (primera acepción). Ciertamente, no siempre que se dice algo que no es verdad se miente. ¿O dirían ustedes que si le preguntamos a un infante de cinco años quién le regaló la pelota con la que está jugando, y él responde que fueron los Reyes Magos, el niño miente? ¿Sostendrían que han mentido todos los papas de la historia que han sostenido que los humanos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios? Claro, volviendo al caso que nos ocupa, que usted no esté mintiendo cuando propaga que el Papa anda enojado con el Peje no lo eximiría de ser un agente de falsedades y confusión.



La semana pasada el columnista Raymundo Rivapalacio escribió que “en el mundo” se cataloga a AMLO como populista: “La realidad es que así se le cataloga en el mundo” —si bien el enunciado no explicita que la mayoría etiquete así al candidato, eso se entiende, porque si no la afirmación tendría tanta precisión como escribir “La realidad es que en el mundo se cree que la Tierra es plana”, para expresar que hay algunos despistados que eso piensan—. ¿Se cataloga pues en el mundo a López Obrador como populista? Una pequeña acotación demográfica muestra que no, y que, en el mejor de los casos, se cataloga al Peje como populista en lo que Rivapalacio cree que es el mundo. Me temo que a la enorme mayoría de los chinos e indios el tabasqueño y su presunto populismo le tiene sin cuidado, y en China e India viven tres de cada cinco habitantes del planeta. Demos por cierto que los gringos, los brasileños, los rusos y los japoneses piensan que el de Macuspana es populista, si aceptamos que, además de en China e India, en Indonesia, Pakistán, Nigeria, Bangladesh, Filipinas, Egipto y Etiopía el asunto les tiene sin el menor cuidado, resulta que al menos en la mitad del mundo no se cataloga a AMLO de populista. Por otra parte, el problema no es tanto que se le etiquete o no de populista, el problema es qué contenido se le asigna al concepto. Por ejemplo, aquí nomás cruzando la frontera, hace algún tiempo, todavía siendo presidente de su país, Obama enmendó la plana a Peña —quien, con ánimo de golpetear al de Morena, había echado pestes al populismo—, y dijo: “me preocupa la gente…, me preocupan los pobres, supongo que eso me hace un populista”. Sirva lo anterior para apuntar que no estoy de acuerdo con el juicio de Rivapalacio…, pero de eso a decir que miente… Pues no.



El 5 de marzo el candidato panista Ricardo Anaya amenazó que si gana meterá a la cárcel a Peña Nieto. Semanas después, el 27 de abril, en reunión con consejeros de Citibanamex, declaró: “… nuestra coalición es la única que le puede ganar a Andrés Manuel López Obrador. Entonces, yo lo que espero es que haya sensatez, que nos podamos sentar a la mesa a construir. Durante los próximos 65 días que quedan de campaña no me voy a ocupar de andar peleando con el PRI, me voy a ocupar de contrastar con López Obrador, que es a quien tenemos que ganar esta elección…” Luego Leonardo Curzio le preguntó si pediría una cita con Peña para decirle: “A ver, señor, estamos discutiendo el futuro del país, y aquí hay un conjunto de reformas, frente a un señor que no quiere esas reformas. ¿Tú esa cita se la pedirías y hablarías directamente con él?” Anaya doró un poco la píldora, pero al fin respondió: “Yo estoy absolutamente abierto a construir con quienes haya que construir para ganar esta elección…” Curzio quiso rematar: “¿Entonces existe esa posibilidad?” A lo que Anaya respondió: “Digamos que sí”. Como estas palabras las pronunció luego de bajar el micrófono y se escucharon tenuemente, Curzio las repitió riendo: “Digamos que sí”. Todo quedó registrado en notas periodísticas y en un video que pronto se viralizó… Lo curioso fue la reacción de muchos de los correligionarios del panista, quienes negaron que su candidato hubiera abierto la posibilidad de pactar con el PRI —días después Anaya ratificó y negó enfáticamente cualquier posibilidad de alianza; tuvo que hacerlo precisamente porque mucha gente leyó y vió lo que había dicho—. ¿Mintieron o el hecho chocó contra sus convicciones y sencillamente se disipó en la nada?

sábado, 5 de mayo de 2018

Palabras bastardas

Ideology is strong exactly because it is no longer experienced as ideology… We feel free because we lack the very language to articulate our unfreedom.
Slavoj Žižek, In Defense of Lost Causes.


Abundan palabras que, a fuerza de su constante utilización desacertada, ya mutaron de significado. Botón de muestra: bizarro. La gente la emplea como sinónimo de raro o extraño, e incluso de perverso:

— Vi a la Tatis Anaya besándose con un empleado de su tienda.

— ¡Uy, qué bizarro! —opinará la confidente, con lo cual querrá expresar no que el asalariado besucón sea valiente o generoso, es decir, lo que según la RAE significa el adjetivo, sino que la escena le resulta extravagante, extraña, y no precisamente en un sentido loable. El yerro llegó del norte, porque la palabra bizarre en inglés significa, además de valiente (brave), “extraño en forma o apariencia; fantástico; caprichoso; extravagante; grotesco” (traduzco del Webster).



Pululan también palabras sistemáticamente mal empleadas. Por ejemplo, el abuso de literal, no tanto como adjetivo sino como apócope del adverbio correspondiente (literalmente) cunde:

—El lic Luismi de Financieros me mandó a freír espárragos –se queja la señorita Lana, y remata:–, ¡literal!

Si su interlocutor quiere esclarecer la naturaleza de la acusación, entonces debería cuestionar si el licenciado aquel profirió exactamente la misma frase, vocablo a vocablo, o si bien, con esas u otras palabras, le pidió a la dama que se encargara de saltear algunos turiones de la mencionada planta herbácea perenne. Sin embargo, no sería muy recomendable que preguntara: de hacerlo, la aludida señorita seguramente no entendería nada y pondría ojos de plato —no literal, claro, sino figurativamente hablando—, porque lo que ella reclama es que la mandaron a volar, y no literalmente. O sea: ella empleó literal(mente) como su antónimo. 


Hay también algunas palabras a las que, en un momento dado, muchas buenas personas, catapultas por los decires de actores públicos y opinólogos, pueden otorgar un sentido lo suficientemente laxo que termina por destruir toda su riqueza conceptual.

— ¡¿Viste que López Obrador se fue del debate sin despedirse de los demás candidatos?!

— Sí, hombre… Y ellos y ella tan ambles que se mostraron con él durante todo el numerito…

— ¡No seas irónico! Su comportamiento resulta muy preocupante: ¡se vio bien absolutista!

Como para sacar el Diccionario de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales de Ossorio: — ¿Absolutista? ¿Te refieres al tipo de monarquía en el que el rey estaba por encima de la ley (legibus solutus), puesto que él mismo era la fuente de la que aquella emanaba? ¿Así…, nomás por salirse rapidito?

O quizá ponerse más precisos y citar a Perry Anderson (El Estado absolutista): — ¿Quieres decir que el domingo en el Palacio de Minería el Peje encarnó, nomás por berrinchudo, al “primer sistema estatal internacional en el mundo moderno”? 


También hay conceptos a los que su uso ideológico los ha hecho monstruosos y ahora andan por ahí como poseídos, como si se los hubiera chupado el diablo… Ejemplo: sociedad civil.

El miércoles por la noche, Emilio Álvarez Icaza tuiteó: “AMLO advierte que de ganar las elecciones, ‘no permitirá que el nombramiento del Fiscal Anticorrupción quede en manos de representates de la sociedad civil’. Grave: estamos ante una postura regresiva contraria a la agenda democrática en México”.

A botepronto, contesté, también vía Twitter: “¿El Congreso no es el órgano de representación de la sociedad civil? Tu mensaje es muy mañoso, Emilio; no dices que AMLO propone que sea el Congreso el que seleccione al Fiscal de una terna propuesta por el presidente de la República, quien, a su vez, será elegido por la sociedad civil”.

¿Qué me replicó Álvarez Icaza? Nada, por supuesto —¿podría reclamar que ahora que él es parte de una coalición de partidos políticos no atienda a un simple ciudadano?—. En cambio sí lo hizo, y muy amablemente, Miguel de la Vega Arévalo (@mig_delavega), consultor de organizaciones de la sociedad civil: “La sociedad civil organizada es el espacio de acción pública de los ciudadanos, espacios democráticos para la gobernanza. No niega el Congreso, equilibra poderes con iniciativas ciudadanas”.

A lo cual yo respondí: “OK, de acuerdo. ¿Consideras que organizaciones como Ahora o cualquier otra tengan mayor representación que el Congreso?” [Me refería, a la organización impulsada por Emilio Álvarez].

Miguel Ángel siguió dialogando: “Para nada, ninguna OSC debe existir para representar a nadie en el Congreso. Existen por el derecho humano de la libertad de asociación. Un medio para dar a todo ciudadano voz directa y plural en lo que es interés de todos. Su valor es inmenso para el marco democrático”.

Estuve a punto de rezongar que la voz directa la tiene cualquiera, incluso siendo mudo…, pero el intercambio era serio y propositivo, así que tecleé: “Sería políticamente incorrecto decirte que no estoy de acuerdo… Pero al menos permite que diga que ‘su valor es inmenso para el marco democrático’, más allá de su fuerza retórica, que la tiene, es impreciso”.

Miguel Ángel tomó al toro por los cuernos: “Precisemos entonces. La sociedad civil ha demostrado ser actor relevante en muchos casos para consolidar democracias. Fuera de partidos políticos y gobierno, es una puertaa de acción pública ciudadana para el avance de derechos, de ahí su valor. Aquí y en el mundo”.

¡Albricias! Justo aquí quería llegar: “Por favor lee lo que acabas de escribir: ‘La sociedad civil ha demostrado ser actor relevante en muchos casos para consolidar democracias’. ¡No en muchos casos, en todos! Sin sociedad civil no hay democracia”.

“Totalmente de acuerdo”, concedió Miguel Ángel.

“Luego entonces, el problema es cuando hay determinadas personas y grupos de la sociedad civil que se presentan como La sociedad civil… De ahí ‘la desconfianza del Peje’”.

Sirva el anterior pinponeo para subrayar la conclusión que, ahora, espero parezca boba: ninguna organización de la sociedad civil —lo que llaman sociedad civil— es la sociedad civil.