Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Ejemplares nini (2)



Juana



… o sea que yo opté o más bien puse Biología como segunda opción, ¿no?, y casi nomás fue por poner algo, cualquier cosa, porque lo que yo realmente quería era estudiar Odontología, porque a esa se metieron todas mis amigas del CCH; así que cuando me mandaron a Biología, pues fue muy feo, una gran decepción, sobre todo porque todas las demás sí quedaron en Odontología, ¿me entiendes? Total, salieron los resultados y yo me quedé en Biología, y ahí voy, aunque, desde el principio no muy convencida, y menos conforme fue avanzando el semestre, porque nada, nada de nada, me gustaba de Biología, ¿me entiendes?, así que un día fui a servicios escolares y me di de baja… Total, presento el examen de admisión y me voy a Odontología con todas mis amigas, que ahora que lo pienso ni siquiera eran todas, pero ni eso vi…


Yo llevo cuatro exámenes y nomás no entro, y es que yo creo que si te diste de baja de una carrera como que quedas marcada o algo así, ¿me entiendes?, o eso creo, que quedas como con una mancha… Aunque igual es que cada vez son más los que quieren entrar y entonces cada vez son menos las posibilidades..., o quién sabe, qué tal que realmente yo no tengo la capacidad y soy re bruta y si entré a Biología fue nada más por el pase automático, ¿me entiendes? Así que no sé a qué atenerme, si seguir intentándolo o más bien ya no y dejarlo ahí, y buscar trabajo de lo que sea, porque ya sabes cómo están las cosas en mi casa: mi mamá ni de chiste podría pagarme la carrera en una privada…, ni en una universidad patito, ¿me entiendes? La verdad vivimos al día, aunque eso sí, frijoles nunca faltan en la casa… Así que aquí me tienes, contándote mis penas y comiendo frijoles, amiga.






Hugo



— ¿Completamos ya las brigadas?


— No, ingeniero. Fíjate que nos faltan todavía tres gentes.


— ¿Cómo? ¿Pero por qué, si llegaron un montón de candidatos?


— Pues sí, el problema estuvo en que a algunos de los que seleccionamos se les hizo poco el sueldo, y aunque ya habían aprobado todos los filtros a la hora de la hora decidieron no entrarle.


— ¡Újule!


— Por ejemplo, el chavo este, Hugo Suchull… Ingeniero topógrafo, titulado; con maestría en Geodesia…


— Oye, excelente perfil académico…


— Sí, ingeniero, aunque sin experiencia en campo… De hecho, el chavo nunca ha trabajado. Pero, bueno, íbamos a contratarlo…


— ¿Y no quiso?


— No, no quiso porque le pareció muy poca lana…


— Pues seguramente tendrá una mejor alternativa…


— ¡Cuál! O, bueno sí…: seguir en casa de sus papás, esperando que alguien le ofrezca más…


— No, pues que agarre un banquito y se espere sentado…


— Sí…, tiene ya tres años que terminó la maestría…, y nada, ahí sigue, metido en la casa de sus papás… No estudié tanto pata ganar tan poquito, dice.




Brenda



Millonésima vez que se dispone a ver la misma película… Legalmente rubia. Se sabe de memoria todos los diálogos. La ha visto una y otra vez desde que iba a la primaria. Varias veces con amigas, pero desde hace años siempre sola. Ahora la ve en la computadora, con los audífonos puestos, encerrada en su cuarto, comiendo a puñitos las hojuelas de maíz que va tomando directamente de la caja…


— Bueno…, voy a mandar unas solicitudes y a revisar mi correo a ver si alguien me ha contestado—le había dicho hace un rato a su abuelita, cuando terminaron de almorzar. Pero desde hace mucho tiempo que la señora Eugenia ya no le cree nada: sabe perfectamente que su nieta va a encerrarse todo el santo día en su cuarto a ver películas y a fisgonear la vida de conocidas y desconocidos en el maldito Facebook ése; sabe que va a seguir metida en esos horrendos pants por lo que resta de la día y toda la tarde, que no se va a cambiar ni cuando la llame para que salga a comer… 


Brenda adora cómo camina Elle Woods cuando llega a la facultad de Derecho de la Universidad de Harvard.




Fernando



— ¡Papá! ¡Papá, ya nos vamos!


Fernando sigue dormido en el sillón de la sala, en el cual pasa las noches desde que, hace más de dos años, Tere, su esposa, lo echó de la recámara. Entreabre un ojo para ver a su hija parada junto al sillón: — Pa, dice mi mamá que te pregunte si todavía te queda dinero para la comida de hoy.


— No, dile que ya no.


— Dile a tu papá que le dejo dinero en la mesa… ¡Ah, y que no queremos comer pizzas otra vez…! Nos sale carísimo…, además, en esta casa ya todos estamos hechos unas pelotas.


La niña no repite el mensaje de su madre, puesto que resulta evidente que Fernando escucha todo...: — Adiosito, pa.


— Adiós, hija, que te vaya bien en la escuela.


La niña sale corriendo hacia la puerta… Fernando escucha el portazo. Se vuelve a tapar y cierra los ojos dispuesto a seguir dormido, pero segundos después se escucha que la puerta se abre de nuevo… El furioso taconeo de Teresa lo alerta, y él se cubre la cabeza con la cobija...


— ¡Por dios, Fernando! Ya párate, no puedes seguir así. Seguro otra vez te quedaste toda la noche viendo estupideces en la televisión… Que no encuentres trabajo no justifica que seas un mal ejemplo para tu hija; la casa es un chiquero y a mí no me da tiempo de todo….


Fernando no contesta nada.

-->

sábado, 8 de septiembre de 2018

Ejemplares nini (1)


Carmen Mansilla Marín,
La leyenda de Lilith

Laura


Tercer intento. La verdad, la verdad, esta vez sí estudió lo más que pudo. Desde hace meses no sale de fiesta, desde hace eternidades que ni siquiera ha ido al cine…
           
Su papá no ha dejado de animarla, como desde el primer intento: ¡Tú puedes, hijita! Su mamá ya no tanto…; es más, cada vez le exige que se encargue de más y más quehaceres en la casa…:
           
— Por favor metes a la lavadora todas las sábanas, y subes a tenderlas…

Laura piensa que es su manera de decirle que mejor ya se dé por vencida, porque ya quedó claro que nunca va a conseguir la calificación suficiente. Juanelo, su hermano mayor, nada más se burla…, ¡como si él mismo no estuviera en la misma situación y desde hace más tiempo: sin poder entrar a la universidad y sin trabajo! ¡Pero, claro, como es hombre…!

— Hoy salen los resultados, ¿verdad? –le preguntó su madre antes de irse a la oficina, sabiendo de antemano la respuesta:

— Sí, mamá… –suspira Laura–, al ratito los busco en Internet.

— Bueno, pues mucha suerte, hija… Me avisas. ¡Ah!, por favor preparas la comida; hay arroz y pescado en el congelador.



El Roger

El Roger se fue a vivir a Chicago cuando tenía cinco años. Su hermana Caro tenía tres. Sus papás decidieron probar suerte allá. La aventura duró justito diez años:

— Si a los diez años no estamos mucho mejor que en México, nos regresamos –había sentenciado su papá cuando se fueron, y él no habla mucho, pero lo poco que dice lo sostiene. A los diez años, ambos seguían como condenados a trabajos forzados, él trapeando pisos en un mall y ella lavando trastes en un restaurante… A los dos hijos no los veían durante toda la jornada. Vivían con el miedo de ser deportados.

El Roger tenía quince años cuando regresaron de Chicago. Llegaron a vivir a la casa de doña Clara, la mamá de su mamá, en Neza. Se supone que era mientras se alivianaban. Eso fue hace doce años, y ahí siguen, hacinados con la abuela y la familia de su tío Isra. Desde entonces, con los ahorros que juntaron en Estados Unidos, sus papás pusieron una cocina económica en el mercado. Trabajan de sol a sol, ellos dos y también Caro. El Roger, con problemas por el idioma, terminó la prepa; después trató de entrar al Poli, varias veces, la última hace siete años. Por aquella época, como habla inglés, trabajaba algunas temporadas en un call center, pero acabó hartándose porque pagan muy poco. Ni estudia ni trabaja desde hace mucho, demasiado para sus papás. En el negocio de la familia jamás pone un pie; lo detesta.

El Roger pasa buena parte del día en la azotea de la casa de su abuela, soñando despierto, fantaseando en regresarse a Chicago, a donde va a trabajar duro para hacer un chingo de varo: va a vivir en un depa súper amplio y va a tener una camioneta todo terreno, negra y con quemacocos, en la que va a recorrer todo Estados Unidos…



Anselmo

Lleva más de seis horas sentado frente a la computadora… Juega solitario, uno de los pocos programas que soporta la PC que le regaló hace años uno de sus sobrinos. Claro, era regalármela o tirarla a la basura… Tres de tréboles sobre cuatro de corazones; siete de picas sobre ocho de diamantes… A lo lejos, opacado por el sonido del cliqueo compulsivo, alcanza a escuchar algo… ¡Me lleva la…!, no sale el rey de corazones… Toc, toc… Seis de diamantes sobre siete de picas… Toc, toc…

— Anselmo, hijo, abre…

— ¿Qué quieres, madre? 

— Ya va a oscurecer, hijo. ¿Podrías ir por favorcito por el pan?

Anselmo no quiere salir. No tiene ni tantitas ganas… Pero piensa que tal vez logre convencer a su madre de que le dé dinero para comprar unos cigarros… El montón de naipes virtuales vuelve a terminarse y no sale el rey de corazones… Suspira y se levanta enojado… Siente las piernas entumidas. Justo antes de abrir la puerta, recuerda que aún no se ha vestido…: — Espérame tantito, madre, ya voy... Me pongo algo y voy.



Gabriela

— Que no va Gaby con nosotros; dice que se va a quedar a avanzarle a lo de su tesis –informa Lalito a todos: Ubaldo, su papá, al volante; Sonia, su mamá, en el lugar del copiloto, y Diego, su hermano, en uno de los asientos de atrás.
           
— Bueno, ya ni modo, súbete y vámonos –responde Ubaldo a su hijo. Enciende el auto y arranca…: — ¡Que avanzarle a la tesis ni qué ocho cuartos! ¿A quién demonios cree que engaña Gabriela? ¡Si tiene ya casi cuatro años que salió de la universidad!

— No, más bien casi cinco —lo corrige Sonia, su esposa.

— Más a mi favor: casi cinco años haciéndose mensa con la dichosa tesis. Además, de dónde saca que no puede chambear antes de titularse de psiquiatra…

— No, no psiquiatra: psicóloga.

— Pues eso… Eso o lo que sea, que para ser mesera o secretaria o vendedora no se necesita título de psiquiatra.

— Psicóloga –intervienen en coro Lalito y Diego.

— Pero no estudió para ser mesera, viejo.

— ¡Pues tampoco estudió para pasársela encerrada en su cuarto! La dichosa tesis no es nada más que su pretexto, pretextotote para no hacer nada… Si ni siquiera te ayuda a ti con el quehacer, mujer.

— Bueno, eso sí –concede Sonia.

— Y que no me venga con el cuento de que está avanzándole a la tesis, porque no es cierto... Si se la pasa echadota picándole al maldito teléfono.

— Eso también es cierto.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Chusma contra expertos


Un experto es una persona que evita
los pequeños errores
mientras avanza hacia la Gran Falacia.
Corolario a la Revelación de Gallois



— ¿Texcoco o Santa Lucía?

Vox populli vox regem.

— ¡Ah, caray! ¿De plano? ¿Ya nos llevamos así…?

Opinantes, opinólogos, opinócratas y hasta opinópatas varios, en coro, la mayoría cual orfeón sincronizado, salieron a la mediósfera y a las redes a despotricar contra la decisión del presidente electo de someter a consulta pública el futuro del nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México (NAICM).

— ¡Oh, mexicanos bien nacidos, escandalícense, pronúnciense, indígnense! Que en octubre AMLO va a ir a preguntarle parecer a la gente, y además que el resultado tendrá carácter vinculatorio. O sea, que se hará lo que el pueblo mande… ¡Habráse visto…!

Los guamazos, que no se hicieron esperar, en el fondo han sido de dos tipos. Uno —no necesariamente el primero—, que podríamos etiquetar como “el paralogismo del agarre usted parejo”, se enuncia fácil:

— Oiga, señor AMLO, si va a preguntarle al pueblo –y esto de “pueblo” se pronuncia con cara de fuchi– qué onda con el futuro del NAICM, pues por qué no le pregunta también si quiere o no su —“su” de él, del susodicho electo, se entiende– tren maya, su refinería en Tabasco y sus no sé cuántos millones de hectáreas de arbolitos…; a ver, agarre parejo. Si es que de verdad es tan demócrata como pregona, si va a consultar, ¡consulte todo! Es más: consulte qué acciones de gobierno se deben ir a consulta antes de salir a consulta. Aptísima recomendación que, ya entrados en congruencias, tendría que ser sometida a consulta popular.

El otro género de críticas, me parece que el más promovido, se vocifera más o menos así:

— ¡Cómo es posible que el presidente electo sea tan ingenuo e irresponsable y deje la decisión de un asunto tan importante, tan complejo, tan sofisticado y oneroso, como lo es el destino —y “destino” dígase como si estuviera escrito todito con mayúsculas—  del NAICM en manos de gente común y corriente, y no a cargo de los expertos…!

Por caso, Jorge Castañeda —quien de coordinador de campaña del fallido candidato frentista a Presidente, y partidario supongo, regresó incólume a las filas de los editorialistas objetivos e imparciales— sentenció que el dilema es “endiabladamente complicado”. En el mismo espacio televisivo —televiso—, Aguilar Camín dijo que él no está listo para votar, y que no piensa ponerse a estudiar para hacerlo; no sólo, ya en franca chacota, se declaró a sí mismo en igual condición que “el pueblo…, que es sabio en materia de aeropuertos…” Tampoco faltaron los tweets ilusivos. Recuerdo uno emitido por el conspicuo director de un periódico —años ha “de la vida nacional” y hoy más muerto que vivo—, quien cuestionaba: ¿Un enfermo del corazón preguntaría a sus familiares para saber si se opera o no, o iría con médicos para tomar una decisión? A botepronto interrogué yo: ¿Un editorialista serio daría su opinión argumentando o lanzaría preguntas retóricas para confundir a la opinión pública? El embate retórico de quienes insisten en establecer un falso dilema en términos de chusma contra expertos ha usado también el estratagema de la humildad incluso arropada de una dizque autocrítica: A mí ni me pregunten, porque la verdad yo no sé nada aeronáutica… ¿Qué pasó, ya se pusieron a estudiar ingeniería de suelos para poder participar en la consulta?

A quienes se hayan dejado persuadir por estas consideraciones, mañosas y culposas, me animo a recordarles que no es preciso consultar a un grupo de expertos para saber que experto no es sinónimo de infalible. En efecto, la gente común y corriente, sin conocimientos especializados, suele equivocarse; en cambio, un experto se equivoca bien informado. Lo cual me lleva a la sabiduría condensada en torno a la Ley de Murphy —cuya máxima máxima es el Corolario de Finagle a la Ley de Murphy: Algo que pueda ir mal, irá mal en el peor momento posible—. De entrada, recuerde usted el Lamento de Lofta —Nadie, por sí mismo, puede hacer las cosas lo suficientemente bien—, pero sobre todo la definición de experto que aporta: Un experto es alguien que cada vez sabe más y más acerca de menos y menos, hasta que llega a saber todo de nada. Piénselo, no es sólo un juego de palabras… La médula del planteamiento alude al hecho de que un especialista necesariamente necesita enfocarse en algo muy concreto, es decir, descartar mediante la abstracción todo lo que no es de su específico interés, así que, necesariamente, pierde perspectiva. Además del interés digamos cognitivo, está el interés a secas; la Primera Ley del Consejo Experto establece: Nunca preguntes a un peluquero si necesitas un corte de pelo. A lo que deberíamos sumar que la mejor forma de escoger a un experto es optar por el que predice que el trabajo tomará más tiempo y costará más caro.

Frente a todo lo anterior, los partidarios de que la decisión la tomen los especialistas argumentarán que se debería recabar la opinión no de uno, sino de un grupo de expertos en una serie de campos, como aeronáutica, ingeniería de suelos, costos, urbanismo, en fin… Pero quién integraría todo y decidiría a partir de ello. Seguramente el poderoso caballero, esto es, don Dinero. Y aquí es donde está el gran error: evaluar la viabilidad del NAICM en términos económicos es una estupidez. Cueste lo que cueste, se pierda lo que se pierda, el NAICM en Texcoco es el suicidio de la Ciudad de México. Para usar una analogía médica, imagine usted que requiere una cirugía que le va a costar un millón de pesos, y que si no lo operan se muere…; ¿la disyuntiva es ahorrarse o no ese dinero? Si quiere, consulte a un experto.

sábado, 25 de agosto de 2018

Mustia mejora


Con Steven Pinker y Hans Rosling —Enlightenment Now y Factfulness, respectivamente, ambos libros publicados este año—, llevo ya tres semanas en sana conchabanza insistiendo con la misma cantaleta: aunque muchísima gente no lo perciba así, en general, la vida actual, nuestra vida, es mucho mejor que la de antes, que la que les tocó a nuestros antepasados. En general, somos más saludables y longevos, sentimos menos miedo y dolor, disponemos de muchos más bienes y servicios, y vivimos más seguros. La argucia, por supuesto, se halla en el complemento circunstancial: en general

Durante el extensísimo primer tramo de nuestra existencia como especie —considerando 200 mil años de existencia, alrededor del 94% del total—, nos dedicamos únicamente a adaptarnos y sobrevivir, primero, durante unos de 130 mil años, confinados en un rincón de África, y luego en constante diseminación por todo el orbe. Hasta hace unos treinta mil años, la población total de seres humanos se mantuvo relativamente estable, seguramente en menos de un millón de individuos: gente que si bien logró mantener viva la especie, se abstuvo de dejar cualquier tipo de huella civilizatoria. Luego, unos 12 mil años antes del presente, con el tránsito a la vida sedentaria y el estallido de la revolución agrícola, arrancó —o quizá nada más se evidenció— una megatendencia: de entonces para acá el homo sapiens se ha dedicado, con un éxito inaudito, a plagar el planeta. En una gráfica, el incremento ocurrido durante los primeros diez mil años se muestra como los momentos posteriores a la ignición de un cohete: del constante millón de habitantes llegamos, en el año 1 de nuestra era, a 170 millones de personas; es decir, más 185 mil años con una población estable, para entonces multiplicarnos por 170 en tan sólo diez mil años. Algo ciertamente fenomenal…, aunque aquel despegue resultaría desdeñable para lo que vendría después: poco antes del año 1200 ya nos habíamos duplicado (340 millones), y volveríamos a hacerlo (680 millones) en menos de 550 años. En los albores de la revolución industrial, hace menos de 300 años, la Tierra era hogar de poco menos de 800 millones de personas, y hoy tú y yo somos parte de una plaga planetaria de más de 7.6 mil millones de humanos. Si tuvieron que pasar 200 mil años para que alcanzáramos una población de mil millones de sapiens, fueron necesarios solamente 200 para llegar a siete mil millones (2011). No sólo nos trepamos a la cúspide de la cadena alimenticia, plagamos el mundo, y no es metáfora. Nuestra especie se ha apropiado de la enorme mayoría de los recursos del planeta y lo ha reconfigurado. El triunfo biológico de los sapiens es palmario en la cantidad de especímenes con los que hoy cuenta la especie, y en el tiempo de vida que en promedio alcanzan.
Foto: Alan Schaller

La toma planetaria por parte de los humanos ha sucedido aparejada a un tenaz tránsito de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a lo diverso, y conforme el proceso se ha acelerado, la diferenciación al interior de la especie se ha acrecentado. Las grandes revoluciones que han permitido a los sapiens, en tanto especie, dominar el mundo, no necesariamente han significado una vida diaria más placentera para todos los individuos, ni siquiera para la mayoría de ellos. El caso de la revolución agrícola es ejemplar: “en su conjunto parece que los cazadores-recolectores gozaban de un estilo de vida más confortable y remunerador que la mayoría de los campesinos, pastores, jornaleros y oficinistas que les siguieron los pasos”, explica el historiador Yuval Noah Harari (De animales a dioses). Y va más allá: “…la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida generalmente más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores… Ciertamente, la revolución agrícola amplió la suma total de alimento a disposición de la humanidad, pero el alimento adicional no se tradujo en una dieta mejor o en más ratos de ocio, sino en explosiones demográficas y élites consentidas… Esta es la esencia de la revolución agrícola: la capacidad de mantener más gente viva en peores condiciones.” Y, claro, esto fue sólo el punto de partida de una megatendencia hacia la polarización, porque, en efecto, en la medida en la que las civilizaciones se han hecho cada vez más complejas, las distancias entre los distintos estratos que las integran son cada vez mayores, al punto que no es excesivo afirmar que hoy día la humanidad se encuentra en una crisis de desigualdad. El informe del año pasado de Oxfam brinda algunos datos contundentes para soportar la afirmación anterior: desde hace tres años, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el resto del planeta, y “tan sólo ocho personas (ocho hombres en realidad) poseen ya la misma riqueza que 3,600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad”. Seguramente a este hecho se debe, en buena medida, el que muchas personas no aprecien la mejora que, en general, ha tenido la vida para todos. A final de cuentas, quizá nadie encarne el promedio, y en cambio sí casi todos mantengamos la mirada echada hacia lo que suele considerarse lo mejor que ofrece nuestro tiempo, disfrutando la mustia mejora generalizada…

sábado, 18 de agosto de 2018

Factfulness



Man, at least when educated, is a pessimist.
He believes it safer not to reflect on his achievements
.

John Kenneth Galbraith, The Age of Uncertainty.

Hace poco más de veinte años escribí el slogan de la campaña que el INEGI llevó a cabo con el propósito de difundir los resultados del Conteo de Población y Vivienda 1995: Ni absolutos ni relativos, personas. Recordé esto leyendo Factfulness: Ten Reasons We're Wrong about the World-And Why Things Are Better Than You Think, de Hans Rosling (Sceptre, 2018); al referirse a la evolución de la tasa de mortalidad infantil en diferentes países del mundo, el sueco escribió: “No son los números los que resultan interesantes, sino lo que los números nos dicen acerca de las vidas que hay atrás de ellos”.
           
Cuenta el doctor Rosling (1948-2017) que en octubre de 1995, justo después de terminar de impartir una clase, habría de iniciar la que llamó “mi lucha de por vida contra las ideas globales equivocadas” —y en efecto, el cáncer de páncreas lo agarraría dando esa pelea—… Durante aquella sesión se refirió a la tasa de mortalidad infantil —número de muertes de infantes menores de cinco años en un año dado por cada mil nacidos vivos ese mismo año, TMI en adelante— que aquel año reportaban Tanzania (171), Brasil (55), Arabia Saudita (35) y Malasia (14). Luego explicó que su obsesión con la TMI no se debía sólo a la preocupación por la niñez, sino que obedecía a que entendía dicho coeficiente como una especie de gran termómetro: “esta tasa toma la temperatura de toda una sociedad. Dado que los bebés son muy frágiles, muchas cosas pueden acabar con su vida. Si en Malasia sólo 14 de cada mil niños mueren, esto significa que los otros 986 sobreviven. Sus padres y su sociedad han logrado protegerlos de todos los peligros que podrían haberlos matado: gérmenes, hambre, violencia, etcétera. Entonces, este número 14 nos dice que la mayoría de las familias en Malasia tienen suficiente comida, que sus sistemas de alcantarillado no se filtran en el agua potable, que tienen un buen acceso a servicios primarios de salud, y que las madres saben leer y escribir”. Es decir, la tasa de mortalidad infantil no sólo se refiere a la salud de los pequeños, sino que “mide la calidad de toda la sociedad”. Desde esta perspectiva, el galeno siguió mostrando a sus alumnos las drásticas mejoras que en muy poco tiempo han alcanzado varias naciones: por ejemplo, en tan sólo 33 años Arabia Saudita había conseguido abatir la TMI de 242 a 35, mientras que Malasia había logrado pasar de 93 en 1960 a 14 en 1995.
No menciona el caso de nuestro país, pero el avance aquí también ha sido sorprendente: en 1960 de cada millar de niños nacidos vivos, fallecían 151 antes de cumplir cinco años; en 1995 la TMI era ya de 35.5, y para 2016 pudimos disminuirla a 14.5. Hans Rosling narra que después de abordar datos en mano varios ejemplos, los estudiantes se pusieron a revisar todas las columnas, tratando de averiguar si su profesor había escogido países con comportamientos excepcionalmente buenos, tratando así de engañarlos. “No podían creer la imagen que los datos mostraban. Aquello se no parecía en lo absoluto a la imagen del mundo que tenían en la cabeza. ‘Para que lo sepan’, dije, ‘no encontrarán ningún país en el que haya aumentado la mortalidad infantil’. Porque el mundo en general está mejorando”.
           
La obra póstumo de Hans Rosling lleva por título un vocablo que resulta intraducible, Factfulness; sin embargo, el subtítulo explicita con toda claridad el empeño que impulsa al autor: Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que se piensa. Al igual que hace Steven Pinker en su más reciente libro, Enlightenment Now (2018), el planteamiento de Factfulness es simple y contundente: las cosas están de maravilla y nos tocó vivir una época extraordinariamente buena, de tal forma que quienes no lo perciban así, pese a conformar la mayoría, están equivocados.
           
¿Qué nos viene a la mente cuando pensamos en el mundo? “Guerra, violencia, desastres naturales, desastres provocados por el hombre, corrupción. Las cosas están mal, y parece que están empeorando, ¿verdad? Los ricos se hacen más ricos y los pobres cada vez son más pobres… Pronto nos quedaremos sin recursos naturales a menos que hagamos algo drástico. Al menos esa es la imagen que la mayoría de los occidentales vemos en los medios y llevamos en la cabeza. Yo la llamo la visión del mundo sobre-dramatizada, algo que resulta estresante y engañoso”. Como buen
médico, Rosling no sólo diagnostica, también prescribe el remedio: información. “Datos como nunca antes usted los había entendido: datos como terapia. La comprensión como fuente de tranquilidad mental, porque el mundo no está tan mal como parece”.
           
Pinker y Rosling tienen razón, indiscutiblemente. Hay coeficientes, indicadores, tasas, promedios…, datos y datos de sobra para arrasar a cualquiera que niegue que, en general, la vida es mucho mejor que antes.  Ambos libros son certeros y están bien documentados. Con todo, conviene señalar un riesgo. Los dos ensayos contienen información y afirmaciones que, empleadas de mala manera, pueden emplearse para atajar cualquier pensamiento crítico e incluso cualquier postura progresista…
           
— La dinámica del sistema no puede seguir siendo la misma, cuando el 1% de la población más rica del mundo concentra ya más riqueza que el 99% restante. ¡Algo tiene que pasar, caray!
           
— ¿Sabes qué? No te quejes, que en la Edad Media ya estarías muerto.

sábado, 11 de agosto de 2018

Actual(dual)idad



Because things are the way they are,
things will not stay the way they are.
Bertolt Brecht


En general, la vida es hoy mejor que antes. Uno puede encontrar por todos lados cascadas estadísticas para ahogar de un sopetón a todos los que se atrevieran a negarlo. Abundan las evidencias para acallar a los que sostengan que hoy las cosas están peor que antes. Entendida como un todo, la vida de los seres humanos era hasta hace poco mucho más corta, medrosa, enfermiza, dolorosa, pobre y peligrosa.
           
No tiene ni un siglo que en todo el orbe fuimos informados de que lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño nos puede salvar el pellejo varias veces al día. En 1900, la esperanza promedio de vida en el mundo era de 40 años, mientras que hoy día supera los 72. En México, en 1930 la gente vivía en promedio 34 años; y en 2016, 75.2.
           
Según la recreación documentada que hace el historiador David Wootton (The invention of science: A new history of the Scientific Revolution. 2015), en vísperas de la revolución científica del siglo XVII, un inglés bien educado…


… creía en la existencia de los hombres-lobo, y aunque sabía que no había ninguno en Inglaterra, no tenía ninguna duda de que pululaban en Bélgica… Para él, Circe realmente había convertido en cerdos a toda la tripulación de Ulises. Creía que los ratones surgen en los pajares por generación espontánea… Creía que el cuerpo de una persona asesinada sangraba en presencia del homicida. Creía que existía una pomada que al ser embarrada en la daga que había causado determinada herida, la curaría instantáneamente. Estaba seguro de que la forma, el color y la textura de una planta eran pistas para determinar cómo funcionaría como medicina, puesto que Dios había diseñado la Naturaleza para ser interpretada por la Humanidad.
           
Nuestro caballero inglés, al igual que Moctezuma Xocoyotzin, pensaba que los cometas eran presagios inequívocos de grandes males. La gente que vivió antes de la revolución científica experimentaba, en palabras del sociólogo Robert Scott, “una especie de paranoia colectiva”, desatada por “la creencia de que determinadas fuerzas externas controlaba la vida cotidiana” (Miracle cures: Saints, pilgrimage, and the healing powers of belief. 2010).
           
Fieros guerreros como Sargón de Acadia y Ciro II de Persia, o incluso Alejandro Magno, cosieron sus heridas sin anestesia. Ni Pedro el Grande, zar de Rusia, ni Luis XIV, le Roi Soleil, tuvieron una aspirina para aliviarse una neuralgia. El mercado era un desierto yermo en donde muy poco podía comprar la descomunal fortuna de Carlos V, comparado con la plétora y variedad selvática de productos que un consumista clasemediero armado con una tarjeta de crédito puede adquirir hoy en cualquier centro comercial. Mozart jamás escuchó tantas veces ninguna de sus propias sinfonías como hoy puede hacerlo cualquier melómano. En pequeños e inmensos espacios artificiales, abolimos la oscuridad nocturna, el calor veraniego y la gelidez invernal. En la actualidad y a nivel mundial, hay más gente sufriendo sobrepeso que hambre, y más son los que se suicidan que los que son asesinados por un soldado.
           

El margen de libertad que la revolución científica ha posibilitado a los humanos es colosal, a grado tal que, de acuerdo a pensadores como Yuval Noah Harari (Homo deus, 2015), ya reporta repercusiones de carácter evolutivo. La aseveración no es del todo novedosa; el novelista soviético Vasili Grosman había escrito en 1955 (Todo fluye): 

… la historia de la humanidad es la historia de su libertad. El crecimiento de la potencia del hombre se expresa sobre todo en el crecimiento de la libertad… El progreso es, en esencia, progreso de la libertad humana. Ya que la vida misma es libertad, la evolución de la vida es la evolución de la libertad.
           

Así que vamos repitiéndolo con todas sus letras: nuestra vida es mejor que la de nuestros antepasados; somos más saludables y longevos, sentimos menos miedo y dolor, disponemos de muchos más bienes y servicios, y vivimos más seguros. Por supuesto, la contundencia con la que puede defenderse objetivamente la aseveración anterior no ataja que muchas personas crean que todo pasado fue mejor y que el género humano se dirige en imparable estampida hacia el abismo. Tanta gente piensa así que no resulta ocioso un libro como Enlightenment Now (2018), en el cual Steven Pinker se esfuerza por convencernos de que “esta sombría apreciación del estado del mundo es incorrecta. And not just a little wrong—wrong wrong, flat-earth wrong, couldn’t-be-more-wrong.
           
Para muchos, el acabose inminente se halla en el cambio climático, para otros la estupidez humana que terminará concretándose en el holocausto nuclear. Y claro, el convencimiento de que las cosas empeoran no precisa que el augurio sea el fin del mundo: de hecho, el pesimista, para ejercer, necesita mantenerse vivo para atestiguar que tenía razón. Así que proliferan las visiones distópicas, incluso muchas de ellas bien fundamentadas, en las que se bosquejan porvenires espantosos que, en dado caso, viviríamos para padecerlos.
           
Solamente podemos estar aquí, siempre aquí, en el presente. Desde el ahora cotejamos nuestra vida no con el pasado, en el cual no estuvismos presentes, sino con nuestras expectativas. Poco nos importa cómo viviríamos si hubieramos llegado al mundo cien, dos mil, cien mil años atrás; nos perturba cómo viviríamos si tuviéramos la suerte del vecino, el caudal del Slim, las condiciones de vida de los canadienses… Y el futuro, de por sí incierto, intimida cada vez más, en la medida en la que el tiempo histórico se acelera. Ya en el futuro dirán que tan mal vivíamos ahora.

sábado, 4 de agosto de 2018

Las tortas de ya no son como las de antes


Durante los tres años de la preparatoria, las tortas del Freddy fueron para mí, indubitablemente, un descollante y seguro surtidor de momentos de felicidad. Con especial vehemencia, recuerdo las de chorizo con quesillo. Estudié la prepa en el (entonces) DF, con los maristas, en el Centro Universitario México. El CUM estaba y sigue estando en la colonia del Valle, en el cruce de Nicolás San Juan y Concepción Béistegui. Sobre esta última vía, entre Nicolás San Juan y Heriberto Frías, justo en la esquina con la Segunda Cerrada de Concha Béistegui, se encontraba el local de las tortas del Freddy. A los alumnos del CUM —en aquellos años, únicamente varones— nos bastaba cruzar la calle. No recuerdo el nombre de la tortería; es más, si tuviera que apostar diría que el negocio no se llamaba de ninguna manera. Eran “las tortas del Freddy” porque el tortero, un hombre a quien yo siempre conceptualicé como un próspero armadillo, era el buen Freddy. Hoy en ese local hay un 7Eleven, una tienda de conveniencia igualita a otras miles. Sin embargo, después de que yo terminé la prepa, el Freddy siguió despachando todavía durante algunos años. Siempre mantuve presente aquella exquisitez, de la cual, dada la estrechez presupuestal de casi todo aspirante a bachiller, podía beneficiarme sólo en muy dosificadas raciones de dos o tres tortas por semana. Por cuestiones de horarios y desidias, monetarias y hasta anímicas, fui posponiendo el reencuentro. Fue hasta casi terminar la licenciatura que regresé… Me acompañaba una compañera de la Facultad, a quien llevaba yo meses adoctrinando, hablándole maravillas de las tortas del Freddy. Llegamos a medio día, y afortunadamente no había demasiados clientes. Todo se mantenía exactamente como lo recordaba: la barra, los bancos, la caja, la plancha sobre la que se preparaban las suculencias, el refrigerador, los anuncios… Saludé a Freddy, y pedí un par de chorizo con quesillo. Mientras el avezado tortero desempeñaba su oficio, los aromas avivaron mis recuerdos…. Por fin nos sirvieron las tortas, envueltas en los trozos de papel, con los mismos dobleces de siempre… Por supuesto, con la primera mordida se reveló el autoengaño: las tortas de Freddy no eran ni de cerca nada del otro mundo…, de hecho se aproximaban lamentablemente a la mediocridad.

Wallace Gruner, personaje de Mr. Sammler’s Planet (1970), novela de Saul Bellow (195-2005), afirma: “Todos necesitan sus recuerdos. Mantienen al lobo de la insignificancia de la puerta”. Incuestionable, pero, ojo, los recuerdos no necesitan ser precisos, ni siquiera verídicos, para conseguirlo… Es más, en nuestros recuerdos, solemos torcer el pasado para dotar de significados y sentido el transcurso de nuestras vidas. La memoria actúa selectivamente; no podría ser de otra forma puesto que se mueve en los dominios de la abstracción. La historia que nos contamos acerca de nosotros mismos va siendo tramada constantemente por sus propios protagonistas, nosotros. Además, por definición, la juventud es la época dorada que dejamos atrás, no en la que vivimos… Así las cosas, ¿qué tan confiables pueden resultar las comparaciones intuitivas que hacemos entre nuestro pasado y el presente?

En febrero, Steven Pinker (Montreal, 1954) dio a conocer su libro más reciente: Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress (Viking, 2018). A lo largo de más de seiscientas páginas, el lingüista y psicólogo cognitivista defiende el ideal más importante del iluminismo, esto es, el progreso. El ensayo es una respuesta a una cosmovisión ampliamente difundida en Occidente, la cual se conforma por un franco pesimismo respecto a la forma en que se dirigen los destinos del mundo, una gama de posturas críticas frente a todas las instituciones de la modernidad, y cierta incapacidad de concebir fuera de la religión propósito superiores.

Pinker reprocha la desesperanza con la que la mayoría de las personas —al menos en el mundo desarrollado— miran hacia el futuro: creer que el mundo está empeorando puede empeorar al mundo, argumenta, claro, apoyado en la teoría de la profecía autocumplida. El pensador sostiene que el pesimismo generalizado en buena medida se explica por el poder de las malas noticias que a toda hora se propagan por los medios; en concreto, apunta hacia el hábito mental llamado por los psicólogos Tversky y Kahneman disponibilidad heurística, por el cual “las personas estiman la probabilidad de ocurrencia de un evento o la frecuencia de un tipo de fenómenos conforme a la facilidad con que los casos le vienen a la mente”. Por este mecanismo mental, por ejemplo, las personas suelen temer mucho más a morir en un accidente aéreo que en uno en su propio automóvil: “Los accidentes de avión siempre son noticia, pero los accidentes automovilísticos, que matan a muchas más personas, casi nunca. No es sorprendente que muchas personas tengan miedo a volar, pero casi nadie tiene miedo de conducir”.

Steven Pinker va más allá y nos culpa de cometer el pecado de la ingratitud: “El pecado de la ingratitud puede no haber quedado en el Top Seven, pero según Dante, los pecadores que lo comenten son destinados al noveno círculo del Infierno, y es allí donde la cultura intelectual posterior a los sesenta puede encontrarse a causa de su amnesia…”

Ciertamente, el plantemiento general que se sostiene en Enlightenment Now… es indiscutible: la vida en general es hoy mejor que antes, todos los datos estadísticos e históricos evidencian que cuando yo me agasajaba —seguramente menos que en mis recuerdos— con las tortas del Freddy, la vida no era tan buena como la que hoy tenemos.