Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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sábado, 2 de noviembre de 2019

Ignorantes bien informados


Se puede saber mucho sin saber lo indispensable.
Georg Christoph Lichtenberg



¡Ah!, todos los días nos enteramos de tantas cosas…, queramos o no. Para mí, por ejemplo, resultó totalmente ineludible saber de la existencia de Sarita, la pérfida hija de José José. Sé —también de manera inexorable— que Enrique Peña Nieto y su novia usan las mismas cremas; que la camisa que usaba Ovidio Guzmán, el hijo del Chapo, en la foto que circuló el día de su frustrada captura, no es una baratija marca Cuidado con el perro, sino una fina Purificación García, y enterado estoy de que Sagittarius A, el agujero negro supermasivo más cercano, se encuentra en el ombligo de nuestra galaxia, a 26 mil años luz.

En un maremágnum de datos, la confusión campea. Aquí mismo, hace quince días, argüía yo que nuestras capacidades epistemológicas han sido drásticamente sobrepasadas por la capacidad de generación y difusión de información alcanzadas con la tecnología, especialmente a partir de la revolución digital. Y no sólo es la demasiada información —data, data, data— la que nos aturulla cotidianamente, la cascada que enturbia el pensamiento. Hace poco más de una centuria, el viejo Lev Nikoláyevich Tolstói (1828-1910) alertaba que, además de los datos, también los conocimientos pueden embobarnos: “La capacidad de la mente para absorber conocimientos no es ilimitada. Y por eso uno no debe pensar que cuanto más se sepa mejor es. El conocimiento de una gran cantidad de tonterías es un obstáculo insalvable para saber aquello que verdaderamente es necesario”.

El 15 de marzo de 1884, Lev Tolstói escribió en su diario una estupenda idea germinal: “He creado un círculo de lectura para mí mismo: Epiceto, Marco Aurelio, Lao-Tse, Buda, Pascal, el Nuevo Testamento… Algo así es necesario para toda la gente”. En una carta fechada un año después, el novelista ruso precisaba: “Da fuerza interior, tranquilidad y felicidad poder comunicarse con pensadores como Sócrates, Epiceto, Kant, Parker… Ellos nos hablan acerca de lo que es más importante para la humanidad, acerca del sentido de la vida y sobre la virtud… Me gustaría escribir un libro… en el cual pudiera hablar a las personas acerca del buen camino de la vida”. El buen camino de la vida de la mano de los mejores. Tolstói comparte la postura del pensador norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), en el sentido de que toda una vida no alcanza para leer lo verdaderamente valioso: “Lean antes que nada los mejores libros, de otro modo no les dará tiempo de leerlos”.

Luego de más de quince años leyendo y releyendo, ordenando notas, redactando aforismos, parafraseando a los escritores y filósofos que más admiraba, “recolectando la sabiduría de siglos en un solo libro”, en 1902 comenzó a darle forma a la que sería su última obra mayor. La primera edición aparece en 1904, Pensamientos de hombres sabios, con tres reimpresiones, cada una con un subtítulo diferente: El camino de la vida, Círculo de lectura y Un pensamiento sabio para cada día. En 1907 publica una nueva edición, sustancialmente ampliada, ahora titulada Calendario de sabiduría. Tolstói agregó un montón de aforismos propios y 52 historias cortas, una para cada semana del año —la primera traducción al inglés de este libro, sin las historias, no se realizó sino hasta 90 años después:
A Calendar of Wisdom: Daily Thoughts to Nourish the Soul (traducción Peter Sekirin. Simon & Schuster, NY)—. Finalmente, preparó una tercera edición, sintetizada y organizada ya no por fechas sino por temas: El camino de la vida (1910). Fue a partir de esta versión que Selma Ancira realizó la traducción al español que apenas este año acaba de publicar el Fondo de Cultura Económica, Aforismos.

En su biografía ética (Confessions. W. W. Norton & Company, 1983), un texto monumental de menos de cien páginas, Tolstói confiesa que siendo joven y a lo largo de buena parte de su vida adulta se había esforzado por divulgar su ignorancia, claro, sin ser consciente de ello: “Desarrollé un orgullo patológico y la loca convicción de que mi misión era enseñar a las personas sin saber lo que les estaba enseñando… En ese momento, todos estábamos convencidos de que teníamos que hablar, escribir y publicar lo más rápido y lo más posible, y que esto era necesario para el bien de la humanidad”. Socrático, el novelista ruso valora la importancia de saber que no se sabe, y en sus Aforismos trae a cuento a Immanuel Kant para prevenirnos acerca del origen de un tempestuoso caudal de falsedades camufladas en la nomenclatura: “Las más de las veces la fraseología metódica de las escuelas superiores tiene como meta esquivar la solución de cuestiones difíciles, otorgándoles a las palabras un sentido equívoco, porque el cómodo y muchas veces sensato ‘yo no sé’ no se toma bien en las academias”. Tolstói, además, imputa a nuestra época la fea astucia de ocultar la ignorancia bajo toneladas de conocimientos vanos, y tiene razón: “El fenómeno más ordinario de nuestro tiempo es ver cómo la gente que se considera sabia, culta e ilustrada por saber una cantidad incontable de cosas inútiles se estanca en la ignorancia más burda, no sólo porque no conoce el sentido de su propia vida, sino porque además se jacta de su ignorancia”.

Nadie debería avergonzarse de no saber: por sí misma, la ignorancia no es mala. Todos somos terriblemente ignorantes en distintos campos. “Nadie puede saber todo. Pero sí es una vergüenza y es malo aparentar saber lo que no se sabe”. La ignorancia de la ignorancia, o peor, el desentendimiento de nuestra ignorancia, eso sí que es pernicioso.

domingo, 14 de abril de 2019

Historia de los animales, de Claudio Eliano

sábado, 6 de enero de 2018

Un mapa literario de México

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Un curioso planisferio fue posteado la semana pasada por Open culture —por cierto, para la RAE el verbo postear existe en nuestro idioma, pero para ellos no significa publicar algo en un blog, sino “meter los postes de un cercado” y “correr la posta”—. El mapamundi muestra la obra literaria favorita de cada país. El usuario BackForward24 comenzó la tarea y luego, a través de la plataforma Reddit, convocó a un ejercicio global de crowdsourcing —“colaboración abierta distribuida”, según traduce Wikipedia—, por medio del cual se fue decantando el libro más popular de cada nación del orbe, cada uno de los cuales se representa en el mapa con una porción de su portada. Por ejemplo, en Rusia aparece Guerra y paz de Tolstoi; en Gran Bretaña, Grandes esperanzas de Dickens; en Colombia, claro, Cien años de soledad de García Márquez; en Francia, El conde de Montecristo de Dumas; en Argentina, Ficciones de Borges, y en China, El sueño del pabellón rojo de Cao Xueqin…


En nuestro país se impuso Pedro Páramo de Juan Rulfo A partir de este mapamundi se me ocurrió realizar un mapa de México, por entidad federativa, y considerando sólo mis soberanos gustos y recuerdos. El criterio fue simple: seleccioné la obra de un autor oriundo de cada entidad, el primero que me vino con placer a la mente…




Aguascalientes

Los insectos, minúscula farsa que en 1940 escribió y dibujó Francisco Díaz de León (1897-1975) para su amigo Antonio Acevedo Escobedo. Hace justo veinte años, el ICA publicó una bonita edición doble, la primera parte iluminada digitalmente y en la segunda los facsímiles.



Baja California Sur

Al menos en mi biblioteca, este estado es un páramo. Lo siento.



Baja California

Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (Tusquets, 1999), novelón del cachanilla Daniel Sada (1953-2011).



Campeche

El relato Paseo de mentiras e incidentes melódicos del mundo irracional de Juan de la Cabada (1899-1986). Este tesorito fue publicado en 1944 por la editorial La Estampa Mexicana, con cuarenta grabados de Leopoldo Méndez. El facsímil está en:




Coahuila

De Julio Torri (1889-1970), De fusilamientos, cuya edición príncipe data de 1940 (La Casa de España en México).



Colima

El poemario de Las ofrendas (1899) de Balbino Dávalos (1866-1951).



Chiapas

De mi buen amigo Marco Aurelio Carballo (1942-2015), su primera novela, Polvos ardientes de la Segunda Calle (Joaquín Mortiz, 1990).



Chihuahua

Del erudito parralense Carlos Montemayor (1947-2010), Guerra en el Paraíso (Diana, México, 1991).



Ciudad de México

La monumental novela Palinuro de México (1977), de don Fernando del Paso (1935). Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 1982.



Durango

Una novela de José Revueltas (1914-1976): Los muros de agua (1941).



Guanajuato

Una novela con un íncipit perfecto: “La historia que voy a contar empieza una noche en que la policía violó la Constitución”: Dos crímenes (Joaquín Mortiz, 1979), de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983).



Guerrero

De entrada, me vino a la cabeza Se está haciendo tarde (final en laguna) (Joaquín Mortiz, 1973), de José Agustín, a quien yo creía acapulqueño, pero resulta que no: aunque fue registrado en el puerto, en realidad nació en Guadalajara, Jalisco. Así que opto por El vampiro de la colonia Roma (Grijalbo, 1979), de Luis Zapata (1951).



Hidalgo

De Efrén Rebolledo (1877-1929), el poemario Joyeles (1907). Luego recordé que Ricardo Garibay (1923-1999) era oriundo de Tulancingo…, pero era demasiado tarde.



Jalisco

La feria (1963), de Juan José Arreola (1918-2001).



Estado de México

El juguete literario de Alberto Chimal (1970), 83 novelas (2010).



Michoacán

Un libro fundacional de la historiografía mexicana: de Luis González y González (1925-2003), Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia (El Colegio de México, 1968).



Morelos

La primera calle de la Soledad (Tierra Adentro, 1993), de Gerardo Horacio Porcayo (1966).



Nayarit

Cuentos y crónicas de Amado Nervo (1870-1919). La edición de la UNAM (Biblioteca del estudiante universitario #35) es fácil de encontrar en línea.



Nuevo León

A botepronto pensé en Alfonso Reyes (1889-1959)…: El plano oblicuo (1920).



Oaxaca

Un ensayo fundamental: La raza cósmica, de José Vasconcelos (1882-1959).



Puebla

De doña Elena Garro (1916-1998), Los recuerdos del porvenir (1963).



Querétaro

Tomochic (1899), de Heriberto Frías (1870-1925), quien relata la insurrección ocurrida en la Sierra Tarahumara.



Quintana Roo

Del chetumaleño Héctor Aguilar Camín (1946), ­su segunda novela, publicada originalmente en 1990 (Cal y Arena): La guerra de Galio.



San Luis Potosí

De Luis González de Alba (1944-2016), Los días y los años (1971).



Sinaloa

La antología de Cuentos completos de Inés Arredondo (1928-1989), publicada por el FCE en 2011.



Sonora

De Gerardo Cornejo (1937-2014), La sierra y el viento (1977).



Tabasco

El enorme poema de José Gorostiza (1901-1973) Muerte sin fin (R. Loera y Chávez, 1939).



Tamaulipas

Del entrañable Rafael Ramírez Heredia (1942-2006), su colección de cuentos El Rayo Macoy (Joaquín Mortiz, 1984).



Tlaxcala

Dodo (Tierra Adentro, 2013), de Karen Villada (1985).



Veracruz

Primero pensé en Sergio Pitol, pero no es veracruzano sino poblano… Entonces, de Emilio Carballido (1925-2008), DF 52 obras en un acto.



Yucatán

La hija del judío (1848-1849), del pionero de la novela histórica en México, Justo Sierra O’Reilly (1814-1961). Hay varias ediciones: la mejor, la de la Universidad Veracruzana; la más fácil de conseguir, la de Porrúa.



Zacatecas

Del valedor Tomás Mojarro (1932), Cañón de Juchipila (FCE, 1960).







Tira marginal

Todo mapa representa un sistema de prejuicios, lo propaga y brinda guía a la comunidad que lo comparte. En este caso, sirva nada más para que el lector lo adecue a sus propios itinerarios.


jueves, 27 de abril de 2017

3076 años

…ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie,
quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.
Éxodo, 21: 24-25


Persia, desde 1979 —hace cosa de nada—, es la República Islámica de Irán. Irán ocupa hoy la mayor parte de la franja de tierra que hay entre el mar Caspio y el golfo Pérsico. Al suroeste de Irán, muy cerca de la frontera con Irak, se halla Sush; ahí viven actualmente alrededor de setenta mil personas. A las afueras de la pequeña ciudad, se encuentra el sitio arqueológico de Susa. “Las ruinas… ocupan una extensión considerable, pero casi no queda nada de ellas, a excepción de algunas piedras de base y los contornos de algunas estructuras. Su estrato original… era la capital de un pequeño estado que luchó por sobrevivir como entidad independiente… Susa fue conquistada por los acadios alrededor del año 2300 a. C. Posteriormente, aunque logró escapar del expansionismo de Sargón el Grande…, fue conquistada nuevamente, primero por los sumerios y finalmente por Elam, que alrededor del año 2000 a. C. la convirtió en una ciudad completamente elamita…” (Zeeshan Khan, Right to Passage, SAGE, India, 2016).


A mediados del siglo VII a. C., Susa era el corazón de Elam. Unos ochocientos kilómetros al noroeste de ahí se localizaba Nínive, centro neurálgico del imperio asirio y, en aquel momento, la ciudad más grande y desarrollada del mundo. En 653 a. C., el rey asirio Asurbanipal, harto de las revueltas de los elamitas, por entonces aliados con Babilonia, organizó una expedición punitiva. En la batalla de Til-Tuba, sucedida en las orillas del río Ulai —hoy Karkheh—, los asirios masacraron a sus enemigos. Cinco años después, al frente de sus huestes Asurbanipal llegó hasta Susa. Dos milenios y medio más tarde, el arqueólogo Henry Austin Layard encontró en las ruinas de Nínive un prisma en el que Asurbanipal relata:
Susa, la gran ciudad santa, morada de sus dioses, sede de sus misterios, conquisté por orden de Asur e Ishtar. Entré en sus palacios, encontré sus tesoros…, plata y oro, bienes y riquezas de Sumeria, Acadia y Babilonia que los reyes de Elam habían pillado… Destruí el zigurat de Susa. Rompí sus brillantes cuernos de cobre. Reduje los templos de Elam a nada; sus dioses y diosas dispersé a los vientos. Destruí las tumbas de sus reyes… Devasté las provincias de Elam y en sus tierras sembré sal(The Royal City of Susa: Ancient Near Eastern Treasures in the Louvre, 1992).
En efecto, los asirios borraron Susa de la faz de la tierra. En breve lo mismo le pasaría a Nínive: en 612 a. C., Nabopolasar, comandando un contingente de babilonios, cimerios, escitas y medos, arrasó la capital asiria…, para siempre. En cambio, un siglo más tarde Susa reaparecerá en los mapas, porque los persas la reconstruyeron para convertirla en la segunda ciudad más importante en el Imperio aqueménida. Darío el Grande (549-486 a. C.) erigió en Susa su palacio y residencia principal. Poco duraría el control persa: en 330 a. C., el joven macedonio Alejandro Magno atacó y saqueó la ciudad, sacando cuarenta mil talentos de oro y plata de su tesoro. 

Posteriormente, Susa formó parte de los imperios seléucida y parto. Ya en nuestra era, en 116, Marco Ulpio Trajano, primer emperador romano nativo de Iberia, conquistó Susa. Hacia oriente, los romanos nunca avanzarían más allá, y Trajano jamás volvería a pisar su pueblo natal —Itálica, muy cerca de Sevilla—; apenas tendría tiempo de regresar a Roma para morir.

Aunque Susa fue perdiendo importancia política y ganando tranquilidad cotidiana, aún habría de sufrir dos saqueos y destrucciones totales: en 638, por parte de los ejércitos musulmanes del califato de Umar-ibn al-Jattab, y la segunda, en 1218, a cargo de los mongoles de Gengis Kan. En el siglo XV, el sitio estaba prácticamente deshabitado, y a mediados del siglo XIX ya no quedaba ahí ni su recuerdo.

En 1851, William Loftus logró identificar las ruinas localizadas en Sush como la antigua ciudad de Susa. Pero fue hasta 1901, décadas después de la primera ola de rapiña arqueológica, que el francés Jacques de Morgan halló un tesoro de inigualable valor universal, oculto ahí durante 3076 años: una pieza de diorita de más de dos metros de altura que había escapado de la avidez de textos de Asurbanipal y de Alejandro Magno, de la codicia de los romanos, y de la fiereza de musulmanes y mongoles: ¡la estela original del Código de Hammurabi!


¿Qué hacía en Susa la piedra en la que el rey Hammurabi de Babilonia ordenó que se escribieran sus leyes unos 1750 años a. C.? El responsable fue un tal Shutruk-Nahhunte, rey de Elam y fundador de la dinastía Shutru (1185–1155 a. C.). Sabemos hoy de él por el rastro que dejó tanto en la literatura babilonia como en una serie de inscripciones elemitas. “Consolidó su dominio sobre Elam, recorriendo el país y recabando todas las estelas a su paso. Parece haber tenido una pasión especial por esos monumentos, que resguardó en Susa con un registro de cada adquisición. Lanzó un ataque cuidadosamente preparado contra Babilonia, conquistó Sippar ... Entonces tomó Kish y Babilonia… Regresó con un gran botín, incluyendo algunos de los más ilustres monumentos babilonios, estelas de Manishtusu y Naram-Sin de Acadia, así como la gran piedra inscrita con las leyes de Hammurabi” (Gwendolyn Leick, Who's Who in the Ancient Near East. Routledge, 2002). 

Hoy el Código de Hammurabi se exhibe en el Museo de Louvre. ¿Algún día alguien encontrará la estela en las ruinas de París?

sábado, 22 de abril de 2017

El primer libro

De su puño y cuñas, en arcilla y con caracteres cuneiformes, hace más de dos mil seiscientos años, un tal Asurbanipal, dejó dicho:
Yo, Asurbanipal, en el palacio, entendí la sabiduría de Nabu. El arte de la escritura de todo tipo… Leí las sabias tablillas de Sumeria y la oscura lengua acadia…; obtuve mi placer leyendo piedras inscritas antes del diluvio. Lo mejor del arte del escribano, obras que ninguno de los reyes que me precedieron había aprendido, remedios desde la cima de la cabeza hasta las uñas de los pies, selecciones no canónicas, enseñanzas inteligentes…, escribí en tabletas, revisé y clasifiqué, y deposité en mi palacio para leer y leer.
Asurbanipal, el declarante, reinó Asiria en su auge. Fue el último gran jerarca de su dinastía. Murió en 627 a.C., tras haber gobernado 41 años. Con todo, tiempo y tino tuvo para hacerse de una fama que trascendería su mundo, entre otras cosas por haber erigido y dejado ricamente surtida la biblioteca de Nínive —no en balde, el personaje mentado en el primer enunciado de la cita, Nabu, fue nada menos que el dios de la sabiduría y de las artes de la lecto-escritura, tanto para los asirios como para los babilonios—. Se dice que, unos tres siglos más tarde, Alejandro Magno idearía la construcción de su gran biblioteca inspirado en el recuerdo de la gran colección de textos de Ashurbanipal.

John Martin, Fall of Nineveh 
Cuando Asurbanipal reunió su enorme colección de textos mesopotámicos —llegó a tener cerca de treinta mil tablillas—, Nínive, aunque milenaria, era capital del imperio asirio desde hacía solamente una centuria. El gran palacio y los acueductos habían sido construidos por el abuelo de Asurbanipal, el rey Senaquerib, hijo y sucesor de Sargón II. Desgraciadamente para el pueblo asirio, el esplendor de la ciudad fue efímero: las huestes babilonias del caldeo Nabopolasar, apoyadas por los fieros cimerios, grupos de escitas mercenarios y los medos del rey Ciáxares, habrían de atacarla durante el verano de 612 a.C. Luego de tres meses de sitio, los invasores arrasaron Nínive. La devastación de la que en ese momento era la ciudad más grande y desarrollada de todo el mundo fue total: sólo quedaron ruinas dispuestas para el olvido —poco más de doscientos años más tarde, cuando pasa por ahí, Jenofonte describe en su Anábasis los vestigios de la muralla de una ciudad a la que se refiere, erróneamente, como Mespila—.

Tablet V of the Epic of Gilgamesh.
Durante 2459 años Nínive permaneció enterrada, perdida para la historia e imposible de localizar en ningún mapa. Pero un buen día de 1839 ocurrió que un joven británico de futuro prometedor y familia acomodada salió de viaje, en principio rumbo a Ceilán —hoy Sir Lanka—, pero en medio del camino se topó con el Imperio Otomano, y ahí con la que sería la pasión de toda su vida, la arqueología. Su nombre, Austen Henry Layar (1817-1894), hay que recordarlo porque fue él quien, en 1847, desenterró, en las afueras de la ciudad de Musul —hoy en suelo iraquí y en disputa con el Estado Islámico de Irak y el Levante— la ruinas de Nínive, y en concreto, en el montículo Kouyunjik, el palacio del rey Senaquerib y la biblioteca de Asurbanipal. Luego, tocaría en suerte a su compañero y amigo, el arqueólogo caldeo Hormuzd Rassam (1826-1910), encontrar en las ruinas de la biblioteca asiria cierto grupo de tablillas que, según habría de descifrar poco tiempo después el asiriólogo londinense George Smith (1840-1876), contenían nada menos que la narración más antigua de la que la humanidad guarde registro: La epopeya de Gilgamesh. En efecto, en 1872 Smith publicó la traducción de la que hoy se conoce como undécima tablilla del poema, en la que refiere el antiquísimo mito del Diluvio Universal. Claro, la Cristiandad se le fue encima, mientras que buena parte de la comunidad científica internacional lo glorificó. No fue necesario que Smith tuviera que aprender a vivir como un hombre famoso: en su última expedición a Siria, a la edad de 36 años, la muerte lo alcanzó en Ikisji, un pequeño poblado ubicado a unos cien kilómetros al noreste de la ciudad de Alepo.

Ni Asurbanipal ni Alejandro Magno hubieran logrado imaginar los tamaños de la inmensa biblioteca que alberga hoy día la world wide web. Acabo de encontrar en línea La epopeya de Gilgamesh en un documento pdf, editado por Raúl Berea Núñez. Lo destacable del hallazgo, además de la buena factura de la edición, es que se trata de la versión en español de un catalán sapientísimo, Agustí Bartra i Lleonart -me parece que Plaza y Janés publicó este texto a principios de los años 70 del siglo pasado-. Agustí nació en Barcelona en 1908 y falleció en Terrassa, Cataluña, en 1982. Participó en la Guerra Civil Española, peleando por el bando que la perdió, así que en 1939 salió exiliado. Luego de pasar algún tiempo en República Dominicana y Cuba, él y su esposa fijarían residencia en México -cosa que hay que agradecer: él y la escritora Anna Murià i Romaní procrearon una de las mentes más preclaras de este país, el sociólogo Roger Bartra Murià (Ciudad de México, 1942)-. Antecede a la Epopeya de Gilgamesh un lúcido prólogo de Bartra, que no tiene pierde; ahí, afirma: “Todos los temas básicos del hombre en el mundo están presentes en el poema, y de ahí su trascendencia y palpitación”. No agrego más que seis palabras: si no lo has leído, procede.

sábado, 1 de abril de 2017

Eridu

Uno sólo se cansa de lo nuevo.
Søren Kierkegaard


Un soldado inglés que por codicioso y fisgón se volvió arqueólogo, Richard William Howard Vyse, durante buena parte de 1837 se dedicó a detonar explosivos, para poder meterse a esculcar las intimidades de las pirámides de Guiza. Aquel mismo año, JML —iniciales de José María Lafragua o, según los más sapientes, de José María Lacunza— dio a conocer en México su novelita romántica-nacionalista-indigenista Netzula; el filósofo Søren Kierkegaard conoció a Regine Olsen, la mujer que le aceitaría la creatividad; apareció la primera edición de Oliver Twist de Dickens, y Hans Christian Anderson publicó varios cuentos, entre otros, Keiserens nye Klæder, el cual en español se ha divulgado indistintamente como El traje nuevo del emperador o El rey desnudo, eficaz apólogo que, como bien se sabe, el escritor decimonónico le copió al mismísimo infante don Juan Manuel, manchego de abolengo que, ya más bien entrado en la vida adulta, entre 1330 y 1335, escribió en castellano “Lo que sucedió a un rey con los burladores que hicieron el paño”, narración que junto con otras cincuenta conformó su Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio.

Compatriota y coterráneo de Hans Christian Andersen y de Kierkegaard, Thorkild Jacobsen nació en 1904 en Copenhague, capital de la monarquía más antigua de Europa, la danesa, y al igual que Richard William Howard Vyse, habría de dejar huella gracias a sus muchas chambas como desenterrador e intérprete del mundo antiguo. Jacobsen estudió Filología semítica en la universidad de su ciudad natal, y luego migró a Estados Unidos para incorporarse al Oriental Institute de la Universidad de Chicago. Salió del Viejo Continente capacitado para leer hebreo, árabe y asirio, y en el Nuevo Mundo aprendió sumerio y siríaco. Como excavador, epigrafista —experto en inscripciones hechas sobre materiales duros— e intérprete de escritura cuneiforme, Thorkild Jacobsen participó a lo largo de más de diez años en las expediciones arqueológicas del Instituto en el sur de Irak, y luego se incorporó como docente en la Universidad de Harvard. Debemos agradecer al doctor Jacobsen la exégesis de uno de los mitos cosmogónicos más antiguo de Mesopotamia. La tablilla que contiene la parte sustancial del relato que hoy se conoce como el Génesis de Eridu fue hallada en Nippur por un equipo de arqueólogos de la Universidad de Pennsylvania, entre 1893 y 1896. Pero alguien debió de haber malinterpretado el texto, porque aquel testimonio quedó arrumbado en una caja con una etiqueta con una palabra desatinada: incantation —lo que en la lengua del infante don Juan Manuel y Señor de Escalona, Elche y Peñafiel se traduce como conjuro—. Total, que no fue sino hasta 1912 que el asirólogo alemán Arno Poebel deshizo el entuerto y propuso la primera traducción que fue echando luz sobre el verdadero asunto. Años después, Thorkild Jacobsen reinterpretaría la tablilla, llenando los huecos con fragmentos, también escritos en sumerio, de un par de tablillas más, una localizada en Ur y otra en Nínive. Voy a condensar e ir glosando un poco… Antes de la creación, el caos, la indiferenciación absoluta: “Todo era mar”. Entonces, así nomás, “Eridu fue hecho, Esagila fue construido”; la ciudad y el templo, respectivamente. “Esagila cuyas fundaciones Lagaldukuga colocó en el Apus ... Los dioses, los Annunnaki, él creó iguales. La ciudad santa, la morada de sus corazones, la llaman solemnemente. Marduck construyó un marco de caña en la cara de las aguas…” Y una vez hecho el lugar, la ciudad, el templo y los dioses primeros, faltaba un componente…, nosotros: “Con el fin de agradar a los dioses en la hinchazón del deleite de sus corazones, él creó a la humanidad”.

Las tres tablillas a partir de las cuales Thorkild Jacobsen pudo reconstruir el anterior mito cosmogónico fueron realizadas alrededor del 1600 a. C., esto es corresponden al período del Imperio paleobabilónico, de ahí que el dios creador sea Marduck, la divinidad babilonia que heredó los atributos de los dioses sumerios Ea y Enil. Y es que ocurre que desde mucho antes del auge babilónico, para la tradición mesopotámica, Eridu era considerada la primera ciudad sumeria, así que antes de quedar registrado en tablillas, el mito de su fundación debió de haber sido transmitido oralmente de generación en generación desde muchísimo tiempo atrás. No es gratuito que también en la Lista Real Sumeria —una tablilla del siglo XXIV a. C.—, la primera dinastía de jerarcas aparezca asentada en Eridu. Este relación de reyes “es en muchos sentidos, un intento de rastrear la civilización sumeria hasta el cielo, dando linaje y legitimidad a estas personas, de la misma manera que Julio César trató de afirmar que era descendiente de Venus” (Eridu. The History and Legacy of the Oldest City in Ancient Mesopotamia. Charles River Editors). 

Más allá de la función mítica de Eridu, resulta que la ciudad además existió realmente, quiero decir, como entidad histórica. Las ruinas de Eridu, la ciudad más meridional de Mesopotamia, se encontraron unos 24 kilómetros al sur de Ur —el sitio arqueológico es hoy conocido como Tell Abu Shahrein—. 


Los investigadores han encontrado dieciocho estratos, el más antiguo de los cuales data de hace unos ocho mil quinientos años —Período Ubaid, c. 6500 - 3800 a.C.—.  Así que la tablilla que logró descifrar Thorkild Jacobsen cuenta una historia milenaria que logró dar continuidad cultural a varios pueblos durante unos siete mil años. Se dice fácil, pero compara: El conde Lucanor fue escrito en nuestro idioma hace menos de 700 años —el Cantar del mío Cid tendrá apenas unos cien años más—.

sábado, 11 de marzo de 2017

El susurro de la historia



…. una de las muchas desilusiones de la vida
consistía en que nunca era una novela,
ni de Maupassant ni de ningún otro.
Bueno, quizá un cuento satírico de Gógol.
Julian Barnes, El ruido del tiempo.


La novela histórica nació el día que comenzaron a venderse los primeros ejemplares de Waverley or 'Tis Sixty Years Since, de Walter Scott (1771-1832). Eso sucedió el 7 de julio de 1814, en Edimburgo, Escocia. Dos días después se  agotó el primer tiro. 203 años después, el género sigue vivo, vigoroso: en todo el mundo se escriben y se siguen leyendo novelas históricas. La isla en donde apareció el género no podía ser la excepción.

En 2010 comenzó a otorgarse el que es hoy uno de los más prestigiados galardones de las letras occidentales, The Walter Scott Prize for Historical Fiction. Patrocinado por los duques de Buccleuch —parientes lejanos de sir Walter Scott—, el premio honra a la mejor novela histórica escrita en inglés de cada año. Pueden participar libros publicados el año previo a cada edición en el Reino Unido, Irlanda y la Commonwealth. Se consideran los criterios de calidad, innovación y trascendencia de la obra. De acuerdo al subtítulo de Waverley  —Sesenta años desde…—, la parte principal del argumento de las novelas participantes debe ubicarse por lo menos hace seis decenios. La puja al ganador asciende a 25 mil libras esterlinas, casi 610 mil pesos mexicanos. En junio se da a conocer el fallo del jurado, y el premio es entregado durante el Borders Book Festival que se celebra anualmente en el terruño del pionero de la novela histórica, Melrose, a unos 60 kilómetros al sur de la capital escocesa.

Son 13 las novelas que este año ha sido nominadas para ganar el Walter Scott Prize for Historical Fiction —puedes adquirir cualquiera en formato kindle, en Amazon—. 1) A Country Road, A Treede la inglesa Jo Baker; novela en torno a los andares de Samuel Beckett en Paris durante los años de la ocupación nazi. 2) Days Without End, del irlandés Sebastian Barry; obra en la que se narran las aventuras de Thomas McNulty en los inhóspitos parajes norteamericanos de mediados del siglo XIX, y la cual ya ha sido galardonada con el Costa Book of the Year 2016. 3) Crane Pond A Novel of Salem, de Richard Francis; novela acerca de las famosas brujas norteamericanas contada desde la perspectiva de uno de los jueces que condenaron a aquellas mujeres. 4) The Dark Circle, de Linda Grant; historia situada en Inglaterra, al término de la Segunda Guerra Mundial. 5) The Vanishing Futurist, de Charlotte Hobson; novela en torno a la desaparición, en 1919, del polímata ruso Nikita Slavkin. 6) The Good People, de Hannah Kent, drama ubicado en Irlanda a principios del XIX. 7) Minds of Winter, del canadiense Ed O'Loughlin, libro de aventuras de exploradores en zonas árticas. 8) The Essex Serpent, de Sarah Perry; historia decimonónica de amor. 9) The Last Painting Of Sara de Vos, del australiano Dominic Smith; novela de intriga en torno a una pintura realizada en el siglo XVII. 10) Golden Hill, del prestigiado ensayista inglés Francis Spufford; novela ganadora del The Costa First Novel Award, en la cual narra las aventuras de un hombre en Nueva York, treinta años antes de la Independencia norteamericana. 11) Mothering Sunday, del prolífico novelista londinense Graham Swift. 12) The Gustav Sonata, de Rose Tremain; una historia también ambientada durante la Segunda Guerra Mundial, en este caso en Suiza. Y finalmente, la que parece liderar la contienda: The Noise Of Time, de Julian Barnes.


¿No has leído nada de Julian Barnes (Leicester, 1946)? Obligadas dos novelas: El loro de Flaubert (1984) y Una historia del mundo en diez capítulos y medio (1989), pero tiene varias más, incluyendo cuatro novelas policiacas que firma con el pseudónimo Dan Kavanagh. Y ya es posible leer en español el más reciente libro de Julian Barnes, El ruido del tiempo (Anagrama, 2016) —por cierto, título que el novelista toma de las memorias del poeta ruso Ósip Mandelshtam (1891-1938), muerto en una de las purgas ordenadas por Stalin—. Se trata de una novela escrita en un formato poco ortodoxo —más que dejar correr el hilo de la historia, la va configurando a raudos pincelazos, en episodios muy cortos, algunos incluso en pequeños párrafos—, en la que cuenta la vida del compositor soviético Dmitri Dmítrievich Shostakóvich (1906-1975). En general, la recepción de la crítica ha sido estupenda; Alex Preston (The Guardian) para pronto escribió que se trata de la obra maestra de Barnes.

Si bien en la historia que cuenta hay referencias constantes al proceso creativo del músico y su obra, me parece que el asunto principal que atiende El ruido del tiempo es la relación entre el poder político y el arte. Más allá del consabido dilema del compromiso y congruencia versus la libertad del creador, en la sometida vida de Shostakóvich —oprimida por el stalinismo, al punto de que en sus últimos años “ya no esperaba que lo matasen; este temor pertenecía a un pasado lejano. Pero que te mataran nunca había sido peor”—, Barnes encuentra argumentos para apostar por la fuerza apolínea del arte: “¿Qué podría oponerse al ruido del tiempo? Sólo esa música que llevamos dentro —la música de nuestro ser— que algunos transforman en auténtica música. Que, a lo largo de las décadas, si es lo suficientemente fuerte y auténtica y pura para acallar el ruido del tiempo, se transforma en el susurro de la historia”.

domingo, 28 de agosto de 2016

Naturaleza cultural

Humankind cannot bear very much reality.
T.S. Eliot


Traía la atención puesta en un asunto paradójico: las soluciones culturales con las que los seres humanos hemos intentado gozar de espacios naturales incorporados a nuestros hábitats. La creación de estos sitios se relaciona con la nostalgia del Paraíso y, en tanto práctica cultural, solamente pudo cobrar sentido y comenzar hasta que los seres humanos dejamos de andar a salto de mata y nos volvimos sedentarios. Eso principió mucho antes de que pudiéramos escribir la primera página de la Historia, hace unos 12 mil años, lo cual, visto en un contexto amplio, fue hace cosa de nada, cuando ya había transcurrido algo así como el 94% de la existencia total de nuestra especie. Particularmente, andaba yo interesado en dos de los primerísimos coqueteos del hombre con la vida sedentaria, Dja’de Mughara y Jerf el Ahmar, yacimientos arqueológicos hallados en el norte de Siria, en el embalse de una presa alimentada por el río Éufrates, la Tishrin, a poco menos de 100 kilómetros de Aleppo —por cierto, la ciudad en la que estaba el hospital bombardeado por aviones rusos la noche del miércoles de la semana pasada, en donde fue tomada la imagen de Omran Daqneesh, el niño de cinco años rescatado de entre los escombros, quien aparece ensangrentado y cubierto de polvo, observándonos en el fondo de una ambulancia desde la absoluta incomprensión de la locura que le tocó padecer–. El caso es que leía yo que ambos asentamientos, hoy bajo el agua de la presa y en medio del fuego de la guerra civil siria, fueron construidos y habitados casi dos mil años antes que la villa neolítica más grande del mundo, Çatalhöyük. A partir de eso, y a resultas de un montón de cadenas de preguntas y respuestas que incluyeron varios eslabones inopinados, desvíos súbitos en la sucesión de los indicios y hallazgos como caídos del cielo, me salió al paso el más reciente libro de Ian Hodder. Todo ocurrió en aparente enredo. Digo aparente, porque si bien no se percibe un orden, al menos me ilusiona creer que la pesquisa tenía un sentido, una dirección: Studies in Human-Thing Entanglement, publicado este mismo año.

Podría traducir el título del libro como Estudios acerca de la maraña Humano-Cosa o también como Estudios acerca del entrelazamiento Humano-Cosa. La primera traducción tiene la ventaja de que connota la idea del desorden que entraña la relación entre la gente y las cosas, pero la segunda quizá sea más acertada, porque remite a una aberración de la física subatómica presagiada por Einstein, Podolsky y Rosen, el entrelazamiento cuántico, fenómeno que se produce cuando parejas o grupos de partículas se generan o interactúan de manera tal que el estado cuántico de cada una de ellas no puede ser descrito de forma independiente, sino sólo para el sistema en su conjunto. 

Ian Hodder (Bristol, 1948),  quien desde hace varios años dirige las excavaciones arqueológicas en Çatalhöyük, inicia su libro describiendo con un buen pincelazo una de las certidumbres de la tradición occidental: “la fijeza y la solidez de la civilización (material culture) ofrece estabilidad y continuidad a la vida social”. El argumento central de Hodder es que si bien las cosas materiales efectivamente cohesionan a las sociedades, “al mismo tiempo son entidades indomables, difíciles de manejar…” Nuestra relación con las cosas es ciertamente productiva, pero también esclavizante —o enajenante, como se diría en términos marxistas—: “con una dependencia plena, los seres humanos se relacionan con las cosas, a las que quedan atados por cuidar de ellas. Trabajamos cada vez más duro para hacernos de más cosas, cosas que nos ayuden a manejar otras cosas. Hay una tensión dialéctica continua entre nuestra dependencia de las cosas, nuestra confianza en sus diversas posibilidades, y las limitaciones y las trampas que la dependencia de las cosas conlleva”.

Que el hombre dependa de las cosas es algo evidente e inmemorial: desde el Homo faber, no sólo nosotros sino todos los homínidos, hemos dependido de herramientas. Necesitamos cosas no sólo para hacer, también “para simbolizar, para intercambiar y manipular las relaciones sociales. En su desarrollo cognitivo y psicológico, en términos de poder y autoridad, en términos de identidad, la percepción y el bienestar, los seres humanos dependen de las cosas”. El arqueólogo británico da por sentadas pues las relaciones Humano-Cosa (HC), y más bien concentra su análisis en las relaciones Cosa-Hombre (CH) y Cosa-Cosa (CC). El autor demuestra que, en el mundo creado por los hombres, no sólo los humanos dependen de las cosas, sino que también las cosas dependen de los seres humanos, y las cosas se interconectan entre sí en términos de dependencia. De acuerdo al doctor Hodder, justo en las relaciones CH y CC es que se encuentra “la fuerza motriz del entrelazamiento”, y al igual que en el nivel cuántico de la realidad, “en el corazón de la idea del entrelazamiento se halla el desorden inestable”. El alcance de ello no se restringe al mundo de los hombres, como pudiera creerse, lo trasciende: “desde el Paleolítico, los seres humanos hemos impactado nuestro entorno de tal manera que el ‘medio ambiente’ es siempre ya parte de la cultura humana”. Así que, en estricto sentido, la expulsión del Paraíso fue definitiva y todo paraíso es artificial, insertado en “un único entrelazamiento inmenso y heterogéneo, unido por dependencias transversales entre las piedras, los ríos, los seres humanos, las cosas hechas, las ideas, las instituciones y así sucesivamente”. En efecto, absolutamente toda nuestra naturaleza es cultural.