Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 21 de septiembre de 2025

Huevos chilangos

  

Terrícolas

 

Primero prepara la salsa: licúa dos tomates con un pedazo de cebolla y tres dientes de ajo: sofríes con un poquito de aceite, sal y pimienta hasta que espese un poco. En otro sartén fríes unas rodajas de plátano macho maduro; que queden doraditas y crujientes. Aparte, saltea un poco de jamón en cubitos y unos chícharos cocidos. Las tortillas las fríes rápido en aceite para que no se rompan, y les untas frijoles refritos. Encima de cada tortilla montas un huevo estrellado, bañas con la salsa, y luego les pones el jamón con chícharos, las rodajas de plátano y, al final, queso fresco desmoronado. ¿Qué cocinamos? Unos huevos motuleños, motuleños como Felipe y Elvia Carrillo Puerto…

 

Motuleño no aparece en el diccionario de la RAE, pero sí en el Diccionario del español de México del Colmex: “que es natural de Motul o se relaciona con esta ciudad yucateca”. Motuleño es, pues, como hidrocálido, de Aguascalientes, un gentilicio, igual que tapatío —de Guadalajara—, guachochense —de Guachochi, Chihuahua—, regiomontano —de Monterrey, Nuevo León—, zapotlanejense —de Zapotlanejo, Jalisco—… Armadillenses son los oriundos del municipio de Armadillo de los Infante, y son también potosinos, como todos los oriundos del estado de San Luis Potosí, México, y como la gente de Potosí, Bolivia. Y con un margen de error que me parece despreciable podría decir que usted y yo y cualquier persona que conozca y nos quede por conocer compartimos un gentilicio: terrícola.

 

 

Gentilicio

 

La RAE da cuenta de tres acepciones para el vocablo gentilicio:

1. adj. Dicho de un adjetivo o de un sustantivo: Que denota relación con un lugar geográfico. 

2. adj. Perteneciente o relativo a las gentes o naciones.

3. adj. Perteneciente o relativo al linaje o familia.

Lugar geográfico, gente, nación, linaje o familia…  Probablemente para usted, lector, los gentilicios que denotan una relación con un lugar geográfico sean los más conocidos: estadounidense, rusa, constantinopolitana, coyoacanense… Claro, también hay gentilicios que se refieren a la pertenencia a un grupo familiar, tribal o dinástico: levita —perteneciente a la tribu de Leví—, judío —de la tribu de Judá—, carolingio —de la dinastía de Carlomagno—, cadmeida—descendiente del fenicio Cadmo, el fundador de Tebas—, etcétera.

 

 

Gente

 

La palabra gentilicio tiene sus raíces en el latín clásico gentilicius, que a su vez deriva de gentilis, con significado primario “que pertenece a un mismo linaje”. El vocablo tiene su núcleo en la voz latina gensgentis, que designaba la tribu, familia, estirpe o cepa. Por supuesto, gentilicio y gente comparten la misma raíz: gens, gentis, que se refería a un grupo de personas con un mismo origen o ascendencia —por ejemplo, la gens Julia era el clan familiar al que pertenecía Julio César—.

 

En la antigüedad romana el gentilicium tenía un significado diferente al actual. En lo absoluto se refería al lugar de origen de una persona, sino al nombre del linaje al que pertenecía un varón. Este nombre formaba parte del tria nomina, sistema onomástico que incluía el praenomen (nombre personal), el nomen gentile (nombre del clan) y el cognomen (apellido familiar). El gentilicium era, por tanto, un elemento identitario que conectaba al individuo con su progenie ancestral.Gentilicio se refería al linaje, no al origen geográfico. Por eso, además del gentilicium, los romanos empleaban la origo, un “indicador de procedencia u origen”, utilizado hasta la época de los Severos. Este término hacía referencia al lugar geográfico de procedencia, complementando la información genealógica. El concepto de natio también jugaba un papel en la denominación de origen. Derivado de nāscor (nacer), natio podía significar nacimiento, pueblo en sentido étnico, especie o clase. Es significativo que en los escritos latinos clásicos se contraponían las nationes, pueblos bárbaros no integrados al Imperio, con la civilitas (ciudadanía), estableciendo una distinción entre el origen étnico-cultural y la pertenencia política.

 

 

Huevos chilangos

 

La gente de la Ciudad de México tiene —tenemos— un gentilicio descontinuado: ya no somos defeños sencillamente porque el DF, el Distrito Federal, el sábado 30 de enero de 2016 dejó de existir. En julio del año siguiente —Chilangos sí, mexicas nel— yo apuntaba: “Según la RAE, para los naturales de la capital de la República Mexicana el gentilicio que nos toca es mexiqueño. A diferencia del horrible mexiquense que sí usa la gente del Estado de México, no conozco a nadie que se diga mexiqueño —más feo— o se refiera como tal a un capitalino…”

 

El gentilicio mexiqueño, en efecto, figuraba en el Diccionario panhispánico de dudas de la RAE, en cuya segunda edición lo definía como “el gentilicio de los naturales de la capital del país”. Desde su primera aparición, la palabreja enfrentó duras críticas por su casi nulo uso. La lexicografía académica proponía un neologismo de formación impecable, pero sin vitalidad en el habla. La supresión de mexiqueño culminó a finales de 2022.

 

En realidad, no es necesario darle muchas vueltas al asunto: chilango se impone. La Academia Mexicana de la Lengua establece que “el vocablo chilango designa a los habitantes de la Ciudad de México, ya sea a los nacidos ahí como a aquellos que se han asentado en ella”. Por su parte, en su aludido diccionario, el Colmex define: “que es originario de la Ciudad de México, que pertenece a esta ciudad o se relaciona con ella; capitalino”. Un estupendo gentilicio, que se establece no sólo por oriundez y pertinencia, sino también por pura relación.

 

Termino aceptando que resulta una pena para la CDMX que no existe una receta oficial o más o menos reconocida llamada “huevos chilangos”, como sí hay los motuleños o los rancheros y, por supuesto, los huevos a la mexicana. Hay hasta huevos divorciados, tirados y aporreados… Va pues la propuesta para que el gobierno de la CDMX convoque cuanto antes a un concurso a bien de llenar ese feo vacío en nuestro menú. Seguro Alejandra Frausto podría organizar muy bien el certamen. 

 

lunes, 24 de abril de 2023

La valía de la Constitución de 1824

 

La Comisión de Gobernación del Senado de la República aprobó ayer 24 de abril de 2023 un punto de acuerdo para solicitar al Gobierno de la Ciudad de México cambiar el nombre del Zócalo capitalino, y dejar atrás la referencia a la española Constitución de Cádiz, para en cambio resaltar la importancia de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos de 1824. Personalmente estoy totalmente de acuerdo con el punto de acuerdo que logró la senadora Mónica Fernández Balboa, considerando… —y tomo algo que escribí en 2006 (1)—.

 

El fracaso del primer intento de organización política del México independiente abrió un intervalo durante el cual la integridad del naciente Estado se puso en jaque. El congreso constituyente —primero excarcelado y luego reestablecido por el propio Iturbide antes de salir del país— no contaba con el respaldo de todas las autoridades estatales, ni se mostraba capaz de construir los acuerdos fundamentales —fundacionales— que la definición del país pedía a gritos en aquellos momentos. Frente a un gobierno nacional desdibujado, las tendencias autonomistas de las diferentes regiones cobraron fuerza. Centroamérica votó por su escisión de México en julio. Delegados de Texas, Coahuila, Tamaulipas y Nuevo León se reunieron para instaurar una Junta que declarara su autonomía respecto a México; mientras que representantes de Querétaro, Michoacán, Guanajuato y San Luis Potosí decidían una posición común frente a México. Jalisco, Zacatecas, Oaxaca y Puebla se declararon Estados Libres. Y por supuesto, los ánimos separatistas no solamente se pronunciaban frente a México, sino también al interior de las distintas provincias. En medio de este desorden, “… cuando Yucatán anunció que ‘se uniría’ a México si el país adoptaba un sistema federal, apareció en el horizonte la única manera de solucionar el problema…” (2) En el acta en la que se proclamaba que el estado de Yucatán reasumía su soberanía —30 de mayo de 1823—, también se condicionaba la reincorporación a México a la aceptación de que “… la Unión de Yucatán sería una república federada…” (3)  Así se buscaba en la península una salida en la coyuntura a la pugna entre centralistas y federalistas, misma que tenía como trasfondo un conflicto de intereses entre las ciudades de Campeche y Mérida, la primera controlada por comerciantes, la segunda por hacendados.

 

La postura de los yucatecos tuvo eco en el resto del país. Conforme al Plan de Casamata, a fines del 23 se instaló en la ciudad de México un nuevo congreso constituyente. Lucas Alamán y Carlos María Bustamante abandera-ron la alternativa centralista de gobierno, mientras que Miguel Ramos Arizpe dirigía a los diputados federalistas. Finalmente, el 31 de enero de 1824 el Con-greso aprobó el Acta Constitutiva de la Federación; nacían los Estados Unidos Mexicanos, Yucatán entre ellos. La Constitución sería promulgada el 4 de octubre de 1824. La nueva República Federal quedaba constituida por 19 estados “autónomos y soberanos”, 4 territorios dependientes del centro y un Distrito Federal. De cada estado confederado dependía la elección de su Gobernador, así como la promulgación de una constitución particular; además, los estados controlaban sus fuerzas militares.

 

 

1. CASTRO IBARRA, Germán. Vida y obra literaria de Justo Sierra O'Reilly. Una aproximación. Tesis de maestría. Universidad Autónoma de Aguascalientes. Septiembre, 2006.

2. VÁZQUEZ, Josefina Z. “Los primeros tropiezos”. En: EL COLEGIO DE MÉXICO. Historia general de México. T. 3. México. SEP/COLMEX. 1981. p. 14.

3.   BAQUEIRO, Serapio. Ensayo histórico sobre las revoluciones de Yucatán, desde el año de 1840 hasta 1864. T. I. Mérida. Universidad Autónoma de Yucatán. 1990. p. 17.

¿Racismo estadístico o nada más mala leche?

  

La noche del jueves, durante el primer debate entre las señoras aspirantes a la gubernatura del Estado de México, poco, muy poco faltó para que la conductora de Foro TV, Ana Paula Ordorica, se pusiera a echarle porras a la abanderada del PRIAN. A menos estuvo de aventarle el micrófono a la candidata de la 4T. El evento no fue organizado como un encuentro parejo entre las dos postulantes, sino como una celada a la puntera, la texcocana Delfina Gómez. Además de interrumpirla nueve veces, más que preguntas, la empleada de Televisa le dirigió reproches y regañinas, e incluso se animó a polemizar directamente con la candidata de Morena. En un momento dado, toda rubia ella y enunciando con esa conocida entonación que tanta fama ha dado a las instituciones académicas donde estudió, el ITAM y la Ibero, la señora Ordorica acometió a la maestra Delfina —transcribo textualmente—:

 

— Este enfoque tan específico en los pueblos indígenas, en estas propuestas de cultura y de recreación… Sabemos que el Estado de México es un estado muy plural, muy diverso; hay clases altas, medias, bajas, y esta propuesta se enfoca solamente en una parte de la población que representa, según el Censo de Población y Vivienda 2020, el 2.6% de la población del Estado de México… Aunque sea pequeña, claro que importa, pero quisiera saber si hay más propuestas para otras poblaciones, ya hablado usted de algunas, y si en ese sentido se puede pensar en repensar en la reapertura de las escuelas de tiempo completo y de las estancias infantiles.

 


Dudo que la inmoderada moderadora sepa que los resultados censales del 2020 no indican lo que dijo, que el 2.6% de la población del Estado de México es indígena. Su lectura de los datos es incorrecta. Lo que señalan las cifras censales es otra cosa, que el 2.6% de la población de 3 años y más habla una lengua indígena. Ahora, ¿entenderá la señora fan de la señora Del Moral que ser indígena y hablar una lengua indígena no es lo mismo? Quizá los siguientes datos le arrojen cierta luz…

 

Primero: el más reciente Censo de Población y Vivienda levantado por el INEGI halló que en 2020 en México 7.4 millones de hombres y mujeres de 3 años y más son hablantes de alguna lengua indígena. Ese monto, equivalente a 5.1 veces la población total del estado de Aguascalientes, representó 6.1% de la población total del país en ese rango de edad.

 

Segundo: también según el Censo, la población total en los llamados hogares indígenas —es decir, viviendas en las cuales la jefa, jefe, su cónyuge o alguno de los ascendientes, declararon hablar alguna lengua indígena— en 2020 fue de 11.8 millones de personas. Hablamos de un contingente de seres humanos igual a la suma de todos los habitantes de Campeche, Zacatecas, Baja California Sur, Colima, Aguascalientes, Nayarit, Durango, Tlaxcala y Quintana Roo, nada menos que 9.4% de la población total de nuestro país. Cabe apuntar que los 2.86 millones de hogares censales indígenas que se contabilizaron en todo México representan el 8.1% del total de hogares censales (35.2 millones) existentes a nivel nacional.

 

Y tercero: con base en los resultados del cuestionario ampliado del Censo de Población y Vivienda, se estima que 23.2 millones de personas de 3 años y más se autoidentificaron como indígenas, o sea 18.4% de los 126 millones que en 2020 vivíamos en México. ¿Pocos? Algo así como 2.5 veces toda la gente que plaga la Ciudad de México o 25 veces la población total del estado de Campeche.

 

A riesgo de ser reiterativo, y con el afán de que quede más claro: no todos los paisanos ni todas las paisanas que declararon a los entrevistadores censales ser indígenas (23.2 millones) hablan una lengua indígena, sino poco menos de uno de cada tres (31%). Porque la autoidentificación no depende de la condición de habla, sino que se define como el autorreconocimiento de cada informante como persona indígena de acuerdo con su cultura, costumbres y tradiciones, y el dato se obtuvo mediante una pregunta muy sencilla: “De acuerdo con su cultura, ¿Fulano se considera indígena?”

 


Y, por supuesto, todavía cabría preguntarse si existen indígenas que no hablen una lengua indígena o que, hablándola o no, no se consideren a sí mismos indígenas. Y más, si ser indígena no es hablar una lengua indígena, ¿qué es? ¿Una condición étnica o racial? Ojo: a la fecha el diccionario define etnia como “comunidad humana definida por afinidades raciales, lingüísticas, culturales…” He contado ya aquí que la única ocasión que el Estado mexicano pretendió averiguar la estructura racial de la población fue hace un siglo, en el censo de 1921. Se indagó si “los mexicanos de nacimiento” eran a) “de raza indígena pura”, b) “de raza indígena mezclada con blanca” o c) “de raza blanca”. No se usaba el concepto mestizo. Vasconcelos y los intelectuales y artistas revolucionarios apenas estaban construyendo esa poderosa idea. Resultó que, al término de la Revolución, México tenía una población de 14.3 millones, de los cuales, 29% eran de “raza indígena”, 59% de “raza mezclada”, 10% de “raza blanca”, apenas 1% de “cualquier otra raza o que se ignora” —el punto porcentual faltante corresponde a “los extranjeros, sin distinción de razas”—.

 

Los datos estadísticos son útiles para comprender la realidad en la medida que se contextualicen y se lean adecuadamente. La condición indígena puede entenderse desde muchas perspectivas, no sólo la lingüística, la sociológica o la del historiador. Hoy día, en nuestro país población indígena es una categoría aparejada a condiciones socioeconómicas concretas, desafortunadas e injustas la mayoría de ellas, y en el ámbito de las políticas públicas, obviamente, tal debe ser el enfoque…, claro, si se quiere paliar la enorme deuda histórica con los pueblos originarios de México. Si no, bueno, hágale usted caso a la conductora de Televisa y siga pensando que los indígenas son una curiosa minoría que no merece demasiada atención…

lunes, 20 de febrero de 2023

Nacionalismo y territorio

  


Me sé afortunado: como mínimo una ocasión he plantado los pies en al menos un sitio de cada una de las 32 entidades federativas que integran la República Mexicana.

 

En la Ciudad de México, antes DF, he recorrido buena parte de cada una de sus 16 demarcaciones territoriales —por favor, dejen de decirles alcaldías—. Por razones laborales, hace algunos años intenté conocer todos los municipios de Guerrero, el Estado de México y Morelos —hoy en conjunto suman 242— y casi lo consigo —me faltaron unos quince—. De los municipios de Aguascalientes me falta uno: jamás he estado en Tepezalá. Del resto de los estados, mejor no especifico… En Oaxaca, Puebla, Veracruz, Chiapas… seguro no me he apersonado nunca en más del 90% de sus respectivos municipios. Creo que difícilmente he pisado poco más de 200 municipios del país, menos del 10% de los 2,475 en los que actualmente se divide el territorio nacional.

 

En noviembre de 2020, AMLO dijo: “Tengo esa dicha enorme, no quiero que se vaya a malinterpretar y ofrezco disculpas, pero no hay un mexicano, ya no hablemos de los políticos, un mexicano que conozca todas las cabeceras municipales, todos los municipios del país como el actual presidente de México.” El 24 de marzo del 2022 reiteró: “Ofrezco disculpas, pero no creo que haya un mexicano que conozca todos los municipios de México, como el que les está hablando…”

 


Independientemente de cuántos municipios haya usted visitado, si reflexiona el asunto unos momentos, caerá en la cuenta de que no es extraño que una persona que ha recorrido la grandiosidad territorial de México profese un arraigado patriotismo, y que, desde ahí, a ras de suelo, abandere un nacionalismo fundamentado, aterrizado. Lo mismo puede decirse de cualquier gente bien versada en la historia de su país. No es fortuito que las sociedades de geografía e historia decimonónicas hayan sido los semilleros de los ideólogos del nacionalismo temprano en toda Iberoamérica. Museos y mapas son dispositivos primordiales de los estados nacionales.

 

Confundir patriotismo con nacionalismo es común, incluso entre eruditos. No son lo mismo. David Brading (Los orígenes del nacionalismo mexicano, 1988) lo explica claramente: el patriotismo es “el orgullo que uno siente por su pueblo, o de la devoción que a uno le inspira su propio país”, mientras que el nacionalismo es “un tipo específico de teoría política; con frecuencia […] la expresión de una reacción frente a un desafío extranjero…” El nacionalismo, pues, precisa del patriotismo. A diferencia del patriotismo que es un sentimiento que surge espontáneamente de la cotidianeidad, el nacionalismo, en tanto ideología política que abona en favor del poderío de un Estado Nación, debe construirse, primero, y luego permear. George Orwell (Notes on Nationalism) planteaba así la diferencia: “El nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo. Ambas palabras se usan normalmente de manera tan vaga que cualquier definición puede ser cuestionada, pero se debe hacer una distinción entre ellas, ya que están involucradas ideas diferentes e incluso opuestas. Por patriotismo me refiero a la devoción a un lugar y a un modo de vida particular…, pero sin deseo de imponerlo a otras personas. El patriotismo es, por su propia naturaleza, defensivo… El nacionalismo, por su lado, es inseparable del deseo de poder”.

 


Patriotismo y nacionalismo resultan impensables sin un sentimiento de pertenencia, sin una identificación con un lugar, una memoria compartida y una comunidad. En el caso de los países modernos, hablamos de la llamada identidad nacional. La identidad nacional no es una condición inamovible, sino una abstracción dinámica que suele ligarse erróneamente con la idea de un supuesto carácter nacional. Alan Knight sostiene que hablar de carácter nacional implica la creencia de que existen una serie de formas de ser y actuar heredadas a los habitantes de un país por el puro hecho de serlo: todos los mexicanos nacemos corruptos y cueteros, los canadienses afables y los argentinos petulantes. Tales yerros conllevan conjeturas xenófobas y atizan traumas colectivos. El historiador señala el desacierto de ligar un carácter nacional con la idea de identidad nacional. Si uno se refiere a la identidad nacional “como un supuesto concepto explicativo objetivo”, se cae en un desatino, toda vez que “es imposible hallar algún concepto explicativo objetivo bajo la clasificación general”. Por otro lado, si con el término etiquetamos la creencia que la gente mantiene acerca de determinados atributos que se portan nada más por ser mexicano o iraní, entonces se puede tener una interesante materia de estudio —muchos mexicanos creen que todos los habitantes de este país somos impuntuales y tequileros, por ejemplo—. Sea lo que sea la identidad nacional, no es un determinante heredado de padres a hijos, no es una cualidad innata, sino algo que siempre está en proceso, “algo que fluye, se construye y se ‘alcanza’”… o se desdibuja, y que en cualquier caso ocurre en el ámbito sociocultural, no en el biológico. Por eso, es una pantagruélica estupidez decir, por ejemplo, que “la democracia no está en el ADN de la sociedad mexicana”. La nacional es un tipo específico de identidad que convive con otras muchas, como las regionales, las de género, las de clase… Para hacer operativo el concepto de identidad, Knight abre una posibilidad, enclavando en el concepto tres contenidos: la identidad nacional objetiva y sus rivales; su relación con el lenguaje y con la religión; y su conexión con el tiempo y el espacio. Del primer punto, destaca la ponderación de las identidades locales sobre la nacional: el retrato de los chilangos, los tapatíos o los hidrocálidos necesariamente resulta más “‘objetivamente’ cierto y útil para fines explicativos” que cualquier representación de los mexicanos en su conjunto. Queda la identidad a partir de la diferenciación respecto a los demás: los mexicanos son dicharacheros y cotorros, los ingleses son parcos y flemáticos. Se trata de percepciones subjetivas, de tal suerte que la pregunta perdura: “Las características nacionales objetivas de los mexicanos ¿los diferencian drásticamente de otros?” En el lenguaje, Knight no encuentra elementos suficientemente significativos para dar solvencia al concepto; tampoco en la religión…, exceptuando claro “la Virgen de Guadalupe…, acaso el mejor símbolo de la identidad nacional mexicana”. Y más allá…, ¿qué queda exclusivamente mexicano? El planteamiento de Knight es tan incuestionable que podrá parecer una perogrullada: un tiempo y un espacio específicos, una historia y un territorio, y de ellos se inclina más por la dimensión espacial. Si bien los sucesos históricos “constituyen en verdad marcadores importantes” de identidad, “resulta más fácil medir el ‘molde’ de la geografía que el de la ‘historia’”. Más incluso, si bien resulta indiscutible que el devenir a través del tiempo de una nación marca su identidad, “la geografía tiende a generar estructuras históricas duraderas”. Mientras que puede haber diversas versiones sobre cómo ocurrió y qué trascendencia tuvo determinado acontecimiento histórico, la existencia de las formaciones montañosas que atraviesan al país, por ejemplo, es contundentemente irrebatible… De nuevo: una identidad fuerte tiene que estar aterrizada, territorializada.

lunes, 23 de enero de 2023

Entierro, destierro, transtierro de la historia

  

 

José Gaos y González-Pola nació en Gijón, España, el 26 de diciembre de 1900. No alcanzó a ser septuagenario: moriría del otro lado del Atlántico el 10 de junio de 1969, en un aula de El Colegio de México: “presidía el examen de grado de uno de sus múltiples discípulos. Había ya terminado el examen, pero sólo alcanzó a firmar el original del acta…, el corazón volvió a fallarle, pero, en esta ocasión, en forma definitiva” —recuerda su discípulo Leopoldo Zea (1912-2004), quien entonces dirigía la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM—.

 

El asturiano tradujo al castellano una pila de obras de Hegel, Kierkegaard, Scheler, Husserl, Heidegger… En Madrid, fue alumno del padre García Morente (1886-1942), de Xavier Zubiri (1898-1983) y de Ortega y Gasset (1883-1955). Gaos se doctoró en Filosofía en 1928. Cuando estalló el golpe de Estado franquista, fungía como rector de la Universidad Complutense de Madrid. En febrero del 39 se oficializaría que, por ser “pública y notoria la desafección…  al nuevo régimen” era separado definitivamente de su cargo y del magisterio. Desde el verano de 1938 él ya estaba en México, y acá se quedó. Aurelia Valero dice que fue “un hábil escultor de almas que llegó con su cincel a nuestras tierras” (José Gaos en México. Tesis doctoral. Colmex, 2012). En nuestro país fue maestro de Edmundo O’Gorman, Zea, Uranga, Luis Villoro, Antonio Gómez Robledo, Sergio Fernández, Justino Fernández, Hugo Hiriart… Precursor en nuestro país de la llamada historia de las ideas, Gaos defendió la tesis de que era necesario estudiar el devenir del pensamiento filosófico en México; a fin de hacerlo con cierto orden y conforme a una metodología, formó y organizó grupos académicos. En 1941 estableció en la Universidad Nacional el Seminario de Filosofía de Ciencias Humanas aplicadas a América, que dos años después se trasladaría al Colmex —Seminario para el estudio del pensamiento en los países de lengua española—, para, en 1955, regresar a Filosofía y Letras de la UNAM, y perdurar ahí hasta 1964. Junto con Villoro, Victoria Junco, Bernabé Navarro, Vera Yamuni…, Rafael Moreno Montes de Oca (1922-1998) integró la segunda promoción del Seminario: 

De pie: Zubiri, Luis Recaséns y José Gaos; sentados, María de Maeztu, José Ortega y Gasset, Juan Zaragüeta y García Morente.

Moreno M., como solía firmar, había iniciado su instrucción en el Seminario Conciliar de México (1936-1943). Renunciaría a la carrera sacerdotal y en 1945 ingresó al Colmex, en donde conoció a Gaos, quien se convertiría en su mentor. En 1962, Moreno obtendría una maestría en Filosofía en la UNAM, con la tesis La filosofía de la Ilustración en México, dirigida por el filósofo español.

 

Hace unos días contaba aquí que, según razona don Rafael Moreno M. (“Los orígenes del humanismo mexicano”, Universidad de México, IV/1956), conformamos un pueblo que surgió de manera imprevista cuando, desde Europa, nos hicieron el favor de traernos “la lengua… de Cicerón y Horacio…” Eso sí, los ibéricos llegaron un poquito tarde: según sabemos la Conquista ocurrió en 1521, esto es, casi dos mil años después del Siglo de Pericles y más de mil quinientos años luego del fallecimiento de Marco Tulio Cicerón​:

Nosotros llegamos a la historia cuando el mundo había tenido ya muchas de sus experiencias definitivas, y cuando muchos comensales se habían sentado ya en el banquete de la cultura y se estaba sirviendo un manjar condimentado con nuevas especies, las especies del Renacimiento. De improviso un pueblo que surgió de la floración latina, trasplanta su saber renacentista a las nuevas tierras y de repente aparecemos con ciencia, derecho, teología, filosofía, literatura, clásicos latinos y griegos 

No creo malinterpretar si entiendo que el filósofo toluqueño —nació en Santa Cruz Atzcapotzaltongo, municipio de Toluca de Lerdo— pensaba que somos —yo escribo somos porque él, don Rafael, escribió Nosotros— un pueblo que llegó tarde al “banquete de la cultura” y también “a la historia”. ¡Ah, caray! Pensémoslo… ¿Entonces dónde estábamos antes de llegar a la historia? Obvio: fuera de la historia. ¿Es posible? Indiscutiblemente si ese nosotros no hubiera existido antes, porque todo indica que para transcurrir en la historia se precisa, al menos, existir, ¿cierto? Pero, bien sabemos que en estas nuevas tierras sí había gente antes de que se trasplantara el saber renacentista. De hecho, el propio Rafael Moreno así lo consigna, puesto que sostiene que, si de Europa nos llegó “la razón latina”, “el mundo indígena nos dio su sensibilidad”. Luego, había un mundo previo acá, por lo cual se mantiene la interrogante: dado que pueblos originarios existían y estaban fuera de la historia, ¿dónde estaban?

 

Pidamos auxilio al doctor Gaos, quien, dieciséis años antes de que apareciera el texto de su pupilo, publicó un ensayo acerca de “las relaciones entre lo humano y la historia, entre humanidad e historicidad” (“Sobre Sociedad e Historia”, Revista Mexicana de Sociología). Diserta y enuncia tres posibilidades:

 

1)   Historia > Humanidad. Lo histórico abarca todo lo humano y lo sobrepasa: hay una historia del sistema solar o de la Tierra o de la vida… Toda sociedad humana se desarrolla en la historia. La historia sería “el continente en que se desarrolla la sociedad humana”. Así, todas las obras humanas tienen su historia: la historia de la cocina, por ejemplo, o la historia de la esgrima o la del tlachtli o juego de pelota

2)   Historia = Humanidad. Si la naturaleza humana es histórica, “el hombre estaría en mutación constante y total, tendría sólo historia.” Una sociedad ahistórica sería imposible. Nada humano podría estar fuera de la historia.

3)   Historia < Humanidad. Sin cambio no hay historia: “es lo que nos parece que pasa con las generaciones animales y vegetales. Aun admitiendo la evolución o las variaciones bruscas de las especies…, los caballos de Aquiles o el perro de Ulises no son diferentes de nuestros caballos y perro…” Así que “si no hubiese estas diferencias entre las sucesivas y superpuestas generaciones humanas”, habría humanidad sin historia. Lo mismo ocurriría con “una sucesión de generaciones… ignorantes de su propia sucesión”, porque “la historia se constituye en la conciencia mnémica, tradicional, historiográfica, de sí misma. Sin historiadores no habría, no sólo historiografía, lo que es tautológico, sino tampoco historia”. 


Gaos concluye: “historia implica la pluralidad sucesiva y superpuesta de las colectivas generaciones humanas, en cuanto diferentes unas de otras…” El ser histórico precisaría cambio y conciencia del cambio, conciencia histórica. Enseguida, sin ambages el filósofo español-mexicano —obtuvo su doble ciudanía en 1941— deduce: “… los pueblos salvajes son precisamente aquellos… que no se han ‘diferenciado’ a través de las edades… Las generaciones de los salvajes parecen tan iguales entre sí como las de los animales. Los pueblos salvajes son los que hacen igual desde siempre, los que no tienen historia”. Salvaje es un terreno agreste, limpio de intervención antrópica, y salvaje es también tanto una planta no cultivada, silvestre, como un animal no domesticado, indómito. En quinta acepción, el diccionario de la RAE define salvaje como “primitivo, no civilizado”, y en séptima, de plano, como “inhumano”. Salvajes serían los hombres y mujeres que durante miles y miles de años anduvieron a salto de mata, no cultivaron campos y vivieron haciendo prácticamente lo mismo de generación en generación. Sólo con el sedentarismo, la escritura y la historiografía habría comenzado la historia. Sin embargo, advierte José Gaos, no sólo podríamos encontrar “generaciones humanas inmutables y ajenas a la historia” en tiempos prehistóricos: en la actualidad se mantienen así “hombres del pueblo, del campo…, ciertos artesanos, que perviven, en un estado relativamente cercano al llamado estado de naturaleza”. Como nuestros antepasados prehistóricos, “todos estos hombres tampoco tendrían historia”.

 

Aristóteles sostuvo que sin polis no existe sociedad humana (Política). Pensaba que antes de la polis la humanidad no había alcanzado su plenitud, que es la vida civilizada. También Gaos piensa que la humanidad cabal solamente es asequible en las ciudades: “la historia acaba por parecer cosa privativa de los hombres cultos de las ciudades. Estos, exclusivamente, la harían y la sufrirían con todos sus efectos… La asociación, la identificación, incluso de historia, cultura y ciudad no parece, por lo demás, arbitraria, antes, por el contrario, tan fundada como sugestiva… La cultura es obra de las ciudades, que, recíprocamente, son la obra maestra de la cultura. El urbano y el culto son conceptos muy cercanos.” 

 

En suma, el maestro de Rafael Moreno, el doctor Gaos, pensaba que sí, que es perfectamente posible que existan grupos humanos que vivan fuera de la historia, “…intactos [de] su vertiginoso atropello”. Más todavía, arguyó que “porciones cuantitativamente ingentes de la humanidad habrían vivido, vivirían aún al margen de la historia… Exclusivamente… de muy pequeñas porciones de la humanidad resultaría propia la historicidad”.

 

Por tanto, es difícil pensar que don Rafael haya incurrido en un dislate lírico cuando escribió que “nosotros llegamos a la historia cuando el mundo había tenido ya muchas de sus experiencias definitivas”, sino que lo hizo consciente de lo que afirmaba y de sus implicaciones, toda vez que partía de un marco teórico que en su momento le proveyó su mentor empatriado en México. En corto: aseverar que fuimos incorporados a la historia hasta la Conquista entraña valorar a los pueblos prehispánicos, en principio a los conquistados, como salvajes e incivilizados. ¿Un juicio sostenible?

Félix Parra, Escenas de la Conquista (1877).

Difícil creer que don Rafael no supiera que Cortés y sus aliados indígenas sitiaron y tomaron una ciudad enorme, México-Tenochtitlan, de hecho, la más grande de todo el mundo en ese momento. Cuesta trabajo creer que Moreno M. no conociera la descripción que el extremeño escribió de la vida civilizada que encontró incluso antes maravillarse con México-Tenochtitlan en la muy menor Tlaxcala:

La cual ciudad es tan grande y de tanta admiración…, porque es muy mayor que Granada…, y de tan buenos edificios, y de muy mucha más gente…, y muy mejor abastecida… Hay en esta ciudad un mercado en que… todos los días, hay de treinta mil ánimas arriba vendiendo y comprando… En este mercado hay todas cuantas cosas, así de mantenimiento como de vestido y calzado… Hay joyerías de oro y plata y piedras, y de otras joyas de plumaje, tan bien concertado como puede ser en todas las plazas y mercados del mundo. Hay mucha loza…, y tal como la mejor de España. Venden mucha leña y carbón y yerbas de comer y medicinales. Hay casas donde lavan las cabezas…; hay baños. Finalmente…, hay toda manera de buena orden y policía, y es gente de toda razón y concierto…

Apenas el jueves de la semana pasada, durante la mañanera, el presidente López Obrador dijo: “… no se le ha dado la importancia que tiene a nuestro pasado histórico y nos hemos quedado en los quinientos años de conquista o de intervención. Cuando mucho, hemos bajado doscientos años más con la fundación de Tenochtitlan, pero de ahí hacia más abajo no hay mucho conocimiento, y son raíces muy profundas las del México nuestro.” Al día siguiente, insistió en el tema y dijo: “Nos hicieron creer que la historia de México se inicia desde la llegada de los españoles con la Conquista, con la invasión, quinientos años, o con la fundación de Tenochtitlan, 200 años antes. Que tenemos una historia de setecientos años. ¡No, tenemos una historia de dos mil, tres mil años antes de la era cristiana!”



Efectivamente, aquí en lo que actualmente es México surgió hace más de tres mil quinientos años una de las pocas civilizaciones primigenias del mundo, la llamada cultura madre olmeca, de la cual provienen una serie de tradiciones que han llegado hasta nuestros días. En 2010, don Miguel León Portilla reflexionaba:

Para comprender la significación de Mesoamérica a la luz de la Historia Universal, porque tiene un lugar en ella, hay que tomar en cuenta que a lo largo de la Historia Universal han sido pocos los focos donde una civilización originaria ha surgido. ¿Qué entiendo por civilización originaria? Un conjunto, una constelación de creaciones, que van en torno a la revolución urbana… El chiste de la civilización originaria es que ella surgió sin que otra civilización le diera, por así decirlo, el empujón…

Pero también es cierto que, seguramente todavía aterrados frente a la posibilidad del resurgimiento de aquella civilización tan distinta como magnífica, los conquistadores decidieron enterrarla. Se exterminó buena parte de la población y su mundo simbólico trató de ser desterrado, al tiempo que se transterró la tradición histórica europea.  Por supuesto, mucho más que la sensibilidad del mundo indígena perdura entre nosotros.

 

El mismo José Gaos argumenta que “a la historia sólo pertenecen, o sólo pertenecen por modo eminente, las obras y las personalidades… históricas, precisamente engendrándose así un nuevo sentido del término ‘histórico’: no ya lo que forma parte de la historia, sino lo que es eminente o relevante en ella”. Dejar de soterrar el pasado civilizatorio prehispánico, desenterrarlo, significa activar su relevancia y apropiarnos de su eminencia. Hacerlo debe ser parte del nuevo humanismo mexicano.

lunes, 9 de enero de 2023

¿Existe un humanismo mexicano?

 

Probablemente mucha gente se planteó la cuestión por vez primera hace apenas unos días, después de que el presidente López Obrador propuso denominar así, “en el terreno teórico, el modelo de gobierno” que encabeza: humanismo mexicano. Pero la pregunta no es nueva. A las pruebas…

 

 

 

 

Pongamos que acompañamos a una de las muchísimas personas invitadas a la ceremonia de inauguración de la Torre Latinoamericana. Me refiero a ese magnífico rascacielos, ícono del Distrito Federal, hoy Ciudad de México, erigido en donde se encontraba, hasta hace poco más de quinientos años, el vivario del tlatoani Moctezuma II Xocoyotzin —vivario o totocalli o casa de las fieras o zoológico—. El predio se localiza en lo que hoy día es la esquina de Madero y el Eje Central Lázaro Cárdenas. Ese fue el lugar de la ocurrencia, seis cuadras al oeste del Zócalo. El hecho ocurrió hace 66 años —Lázaro Cárdenas se llamaba aún San Juan de Letrán, y Madero ya Francisco I. Madero, desde que en 1914 el general Pancho Villa le puso así a la calle que antes se denominaba Plateros—.



“En ninguna parte de la Ciudad de México se ha concentrado tanta actividad y de tan diversa índole, como en el núcleo que forman —dice Manuel Bernal, el narrador del documental La Ciudad de México, de Juan García Rojas realizada en 1955— el edificio de Correos, el Banco de México, el Palacio de Bellas Artes, el Palacio de Minería y el Palacio de Comunicaciones. Hacia ellos convergen las famosas avenidas Juárez, 5 de mayo y San Juan de Letrán.” Todavía no se mencionaba la torre de 44 pisos que, unos meses después, luego de ocho años de construcción, el 30 de abril de 1956 sería inaugurada. El presidente Adolfo Ruíz Cortines tenía unos días de haber regresado de White Sulphur Springs, Virginia, en donde se había entrevistado con Eisenhower. Nos hallábamos en los albores del período del desarrollo estabilizador. Ese año apareció la primera edición de Casi el Paraíso, de Luis Spota. Alrededor del 40% de la población de 15 años y más era analfabeta y en la ciudad abundaban los puestos de periódicos. Antes de entrar a la altiva Latinoamericana —fue el primer edificio del mundo totalmente recubierto de cristal, y aquel día podía presumir tener los elevadores más rápidos del orbe y ser el cuarto edificio más alto fuera de Estados Unidos—, supongamos que nos acercamos a un puesto a echarle un ojo a los periódicos y revistas, entre las que te topas con un ejemplar de Universidad de México.



— ¿Cuánto cuesta, oiga?

 

— Un peso.

 

La compras. La hojeas. Entre los anunciantes estaba el Banco Nacional de México —“Empiece a formar desde hoy el Patrimonio de su Carrera… Recibimos depósitos desde un peso”—, el Fondo de Cultura Económica —la editorial, entonces dirigida por Arnaldo Orfila, promocionaba algunas de sus novedades, por ejemplo, Palabras en reposo, de Alí Chumacero, a nueve pesos—, la Lotería Nacional —el premio mayor del sorteo del 5 de mayo ascendía a cinco millones de pesos—, los diarios Novedades y El Universal, muebles para oficinas Steele, jabón Colgate —“Blancura, perfume y suavidad”—, el Puerto de Liverpool —“los almacenas más grandes y mejor surtidos de la República”—, microscopios Carl Zeiss, el Plymouth ’56 “de estilo aéreo-lineal”…



La revista, dirigida en ese tiempo por Jaime García Terrés, está surtida con textos de Emmanuel Carballo, Alfonso Reyes, Mario Puga… José de la Colina escribía sobre cine, Francisco Monterde sobre teatro, Raúl Flores Guerrero sobre el trabajo fotográfico de Nacho López… Poemas de José Carner, un relato de Ricardo Garibay, y como plato principal, un ensayo firmado por Rafael Moreno M., “Los orígenes del humanismo mexicano”.

 


El académico mexiquense —estudió Filosofía y Humanidades en el Seminario Conciliar de México, en El Colegio de México y luego una maestría en Filosofía en la UNAM— comienza con la mentada pregunta: “¿Existe un humanismo mexicano?” De entrada, Moreno Montes de Oca (1929-1998) aduce que “las verdades aparecen revestidas con el ropaje de las naciones o de los sujetos que las pensaron” y que “cada pueblo, cada pensador, las reviven de una manera peculiar”, de tal suerte que, así como se habla del “’humanismo’ renacentista, del ‘neoclasicismo’, es lícito hablar de humanismo mexicano”. Por lo demás, argumenta, “aunque se pueda decir con razón que el humanismo de un pueblo no es fundamentalmente distinto del humanismo de otro pueblo, queda en pie la importancia de la interpretación que el hombre de México le haya dado”. Y desde aquí —y no es por querer importunar a nadie, mucho menos a un difunto—, principian los problemas, porque si usted, lector o lectora, mexicano o mexicana o bien oriundo de otros lares, lo piensa un poco, el lío en el que se metió sólo el señor sólo se resuelve en apariencia, porque dar por hecho que existe una realidad concreta a la que podamos conceptualizar como “el hombre de México” es, por decir lo menos, escandalosamente ingenuo… Verán ustedes que el anterior reparo no lo hago por tiquismiquis; no, es importante porque el dislate no queda ahí, sino que en buena medida se convierte en el cimiento en el que se estriba todo el texto.

 

Según Rafael Moreno, México comenzó de golpe y porrazo, con la cruz y la espada, en la Conquista: “De improviso un pueblo que surgió de la floración latina [el español, se entiende], trasplanta su saber renacentista a las nuevas tierras”. Ojo: “trasplanta” dice, no impone. Ahora, ¿nada aportaron los pueblos originarios, las civilizaciones milenarias mesoamericanas, la enorme mayoría de los habitantes? Sí, cómo no: “El mundo indígena nos dio su sensibilidad.” ¿Nada más? Pues así parece: “Abastecidos de esta manera, con razón latina y sensibilidad indígena, nos sentamos en el banquete de la cultura que ya estaba servido por otros.” En otras palabras, que aparecimos de sopetón, que llegamos de gorrones y que llegamos tarde. Enseguida, el autor dedica la mayor parte de su texto a presentar un repaso cronológico de lo que desde su perspectiva conforma los orígenes del humanismo mexicano:

 

·      1528: Blas de Bustamante funda y dirige una escuela de gramática latina. Lo que no señala don Rafael es que el tal Blas, español nativo de Tordehumos, Valladolid, quien sin duda fue uno de los primeros vecinos de la reconstruida ciudad de México al menos desde 1525, fue encomendero de los pueblos de Tonatico y Chimalhuacán, es decir, que se ganó la vida en la Nueva España explotando el trabajo de los indígenas conquistados.


·      1536: Arnaldo de Basaccio enseñaba latín en el Colegio de San José de los Naturales fundado en Texcoco por fray Pedro de Gante y luego trasladado al convento de San Francisco en la capital novohispana.


·      1536: es creado el Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco, donde niños indios estudiaban, “además de las artes y las ciencias superiores, la lengua de Cicerón”. ¿Cuántos? ¿Qué proporción respecto al total de la población conquistada? Eso no nos cuenta.


·      1559: fray Maturino Gilberti escribe y publica en México una gramática latina “dedicada a los indios”. Curiosamente, a don Rafael Moreno no le parece relevante para el humanismo mexicano traer a cuento que el mismo año el mismo misionero franciscano francés publicó otro libro, Vocabulario de la lengua de Mechuacan, y en 1575 El tesoro espiritual de los pobres en lengua de Mechuacan.


·      1551: la fundación de la primera Universidad de América —la Real y Pontificia Universidad de México—, afirma Moreno, “vino a ser el bautizo de latinidad para el Nuevo Mundo” —la cédula la firmó Carlos V, en efecto, en 1551, aunque la Universidad no sería inaugurada en la ciudad de México sino hasta enero de 1553—. Enfatiza que “la fundación de la Universidad, además de ser el inicio del Renacimiento por la actitud ante los clásicos, lo es por la independencia que estatuye para los estudios romanos…”, respecto a los estudios religiosos. Hace hincapié en la importancia de los cursos de hermenéutica de textos latinos que impartía el toledano Francisco Cervantes de Salazar, primer rector de la Universidad…, quien, por cierto, después de dar sus clases independientes de la religión se ordenaría sacerdote en 1554.


·      1574: la fundación por parte de los jesuitas del Colegio de San Pedro y San Pablo significó el “trasplante definitivo de las letras clásicas y la aclimatación de las enseñanzas del Renacimiento”. Destaca la publicación en la Nueva España de Cicerón, Virgilio, Ovidio, Marcial y algunos renacentistas españoles.


·      Siglo XVI: Si bien Moreno acepta que “mayor sin duda debió ser el cultivo de las letras clásicas en los medios españoles, y con el avance del tiempo, en los criollos y mestizos…”, respecto a “los medios” indígenas, concluye —eso sí, no dice cómo— que “… los clásicos se convirtieron en el alimento, al menos inicial, de los primeros mexicanos” y que “el idioma latino fue un idioma vivo, tanto o más que el español…”


·      Siglo XVI: en la constitución de un humanismo mexicano de tipo renacentista jugaron papel importante filósofos como Alonso de la Veracruz, Bartolomé de Ledesma, José de Herrera, Tomás Mercado…


·      Siglo XVI: “… los mexicanos… comenzaron a realizar composiciones latinas, tanto en prosa como en verso…” Menciona los epigramas de Cervantes de Salazar (toledano), las piezas teatrales y poemas líricos de los jesuitas, y los dísticos de Cristóbal de Cabrera —“publicados en 1540, que son la primera poesía latina mexicana” (¡pero don Cristóbal nació en Burgos!)—. Enlista al criollo Francisco de Terrazas, “… al mestizo fray Diego de Valdés que mostró a lo europeos su saber literario y las costumbres e historias de los indios en la Rhetorica Christiana…”, y al “… indio humanista don Pablo Nazareo”.

 

Ya decíamos aquí que el humanismo no es un concepto unívoco. Pues bien, con lo dicho queda evidenciado que don Rafael Moreno M., en principio, entendía el humanismo como el estudio del latín y de los clásicos latinos. ¿Y cómo es que ese humanismo se volvió mexicano? Él esgrime dos razones. Primera, señala que “las letras clásicas de origen europeo se tornaron mexicanas tanto porque se hicieron en México o las ejercitaron hombres relacionados directamente con México, como porque los cultores fueron ya sujetos mexicanos.” Razón difícil de compartir por su simpleza y además por una cuestión más simple incluso: México todavía no existía, todo aquello sucedió en la Nueva España. Su segunda razón: “… porque la lengua clásica empieza a ser el instrumento para tratar a México como tema de meditación, convirtiéndose así en el vínculo que nos iba a unir con la sabiduría universal del hombre”. Podría estar de acuerdo con la primera parte de esta argumentación si realmente la realidad novohispana hubiera sido tema central de aquellas pocas obras, pero no fue así.

 

 

El mismo año que se inauguró la flamante Torre Latino y que Moreno M. publicó su ensayo en la revista Universidad de México, 1956, se estrenó la película El rey de México, dirigida por Rafael Baledón. La estelarizaba Adalberto Martínez, Resortes, quien interpretaba a un borrachín indigente, mugroso y dicharachero, quien de vez en cuando se ganaba unos cuantos centavos cargando bultos. Escrita por Isaac Díaz Araiza y adaptada por Luis Alcoriza, la historia es una variación de una narrativa antigua: un pobre vuelto a la vida de un rico por un tiempo breve, el príncipe y el mendigo. En este caso, la trama se desata cuando un periódico defeño encarga a uno de sus reporteros (José Gálvez) escoger a un mecapalero para hacerlo vivir unos días como un ricachón: lo bañan, lo alimentan, lo visten como a un señor acaudalado, lo llevan a comer a restaurantes lujosos, a divertirse en centros nocturnos de moda, lo instalan en un gran hotel y lo hacen convivir con artistas y gente de la alta sociedad. 



 

Claro, el asunto termina mal: cuando el experimento concluye, el hombre se desbarranca y en un santiamén vuelve a su condición de beodo menesteroso. Pablo Rojas se llama el desgraciado estibador caracterizado por el Resortes, y su historia me hace pensar en el puñado de indígenas que durante los primeros siglos de la Colonia aprendieron latín.