Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 22 de octubre de 2023

Tres mandarriazos y un Nobel

  

Ignorance is strength.

Orthodoxy is unconsciousness.

George Orwell, 1984.

 

En 1983, hace cuarenta años, cuando me alcanzaba para la gasolina, me transportaba en un Barracuda rojo. Entonces, con cierto pesar, pensaba que mi vida era demasiado sencilla, plana, aunque bien juzgada a la distancia debo aceptar que atendía una agenda bastante entretenida: nadaba y daba clases de natación a niños con diferentes discapacidades, siempre andaba con buena parte de mi mente inmersa en las vicisitudes de alguna novela, departía todos los días con mis cuates de la colonia Justo Sierra, jugábamos dominó los viernes y tocho los sábados, iba con frecuencia al cine y dedicaba tiempo y recursos a los placeres y desazones del ligue. Con todo, mi principal ocupación era terminar la prepa.

 

Sexto año, Área IV. Una de las materias, Literatura Universal, estaba a cargo del profesor J. Cñd. Culto, católico, de pensamiento conservador, entusiasta hispanófilo, una buena mañana, Cñd. nos dio una clase que para mí ha resultado inolvidable. Bueno, no, en realidad la clase no la recuerdo. Quiero decir que no he olvidado una porción de aquella clase, aunque bien a bien, por más que me esfuerzo, no logro recordar cuál era el tema específico que trató esa ocasión. El caso es que ese día nos explicó que el hombre moderno —entonces se podía hablar del “hombre moderno” sin mayor apuro, y para cualquiera resultaba comprensible que la expresión aludía tanto a hombres como a mujeres— había sufrido tres grandes agravios por parte de la ciencia: Copérnico nos vino a decir que la Tierra, nuestro mundo, no era el centro de la Creación; Darwin nos hizo saber que el ser humano no fue creado por Dios a su imagen y semejanza, y finalmente Freud develó que una persona no tiene el control ni siquiera de sí misma. Valoré aquello como una magnífica síntesis y memoricé aquella enseñanza, ligada al recuerdo de la apabullante capacidad de abstracción de mi maestro. 

 


Uno o dos años después, en alguna de las enormes aulas del exconvento de San Jerónimo, le conté todo esto a una amiga, y para mi sorpresa ella me dijo que mi profesor del CUM no podía haber sido el autor de aquella tesis, puesto que hacía poco a ella se lo había explicado exactamente así una maestra argentina, ahí mismo, en el Claustro de Sor Juana. En ese momento pensé que tenía que buscar a la académica sudamericana para salir de dudas, pero no lo hice nunca y luego olvidé el asunto. Lo olvidé hasta hace poco, cuando me topé con el texto en el que originalmente fue desarrollada la idea de los tres golpes del pensamiento científico al ego del hombre moderno —más precisamente, contemporáneo—. Enseguida el extracto:

 

En el curso de los tiempos, la humanidad ha debido soportar de parte de la ciencia dos graves afrentas a su ingenuo amor propio. La primera, cuando se enteró de que nuestra Tierra no era el centro del universo, sino una ínfima partícula dentro de un sistema cósmico apenas imaginable en su grandeza. Para nosotros, esa afrenta se asocia al nombre de Copérnico, aunque ya la ciencia alejandrina había proclamado algo semejante. La segunda, cuando la investigación biológica redujo a la nada el supuesto privilegio que se había conferido al hombre en la Creación, demostrando que provenía del reino animal y poseía una inderogable naturaleza animal. Esta subversión se ha consumado en nuestros días bajo la influencia de Darwin… Una tercera y más sensible afrenta, empero, está destinada a experimentar hoy la manía humana de grandeza por obra de la investigación psicológica; esta pretende demostrarle al yo que ni siquiera es el amo en su propia casa, sino que depende de unas mezquinas noticias sobre lo que ocurre inconscientemente en su alma.

 

¿Y quién escribió lo anterior? El extracto lo tomo de la conferencia “La fijación al trauma, lo inconsciente”, dictada en la Universidad de Viena un sábado del primer semestre del año 1917, como parte del ciclo Introducción al psicoanálisis. Así que el evento académico se desarrolló en la ciudad capital de una nación en guerra, el Imperio Austrohúngaro, el cual, junto con el Imperio Alemán, el Imperio Otomano, el Reino de Bulgaria y otros muchos países satélites, se enfrentaba a una nutrida alianza comandada por Francia, el Imperio Británico, el Reino de Italia y Estados Unidos —la Rusia zarista se había hecho a un lado del conflicto, luego del estallido de la revolución que habría de llevar a los bolcheviques al poder—. El autor y conferencista fue un profesor “periférico” de la misma Universidad, nada menos que el mismísimo Sigmund Freud (1856-1939). Así que, tal cual, ni más ni menos él mismo, en síntesis, argumentaba: Pues aquí Copérnico, Darwin y yo, atosigando el ego de los seres humanos.

 

De padre y madre judíos provenientes de la región de Galitzia —hoy un territorio dividido entre Polonia y Ucrania—, Sigmund—Sigismund Schlomo hasta 1875— había llegado al mundo en un pequeño poblado de Moravia que se llamaba Freiberg, y era parte del Imperio Austrohúngaro —en la actualidad, Příbor, República Checa—. Así que el doctor Freud en 1917 tenía 61 años. Por aquellos días de beligerancia y muerte, el incansable neurólogo austriaco también había escrito un artículo para la revista húngara NyugatUna dificultad del psicoanálisis. En aquel texto, Freud desarrolló con mayor detalle la tesis de los tres mandarriazos al narcisismo de los sapiens:

 

… el amor propio de la humanidad ha recibido hasta hoy tres graves afrentas de la investigación científica.

a.     El hombre creyó primero… que su morada, la Tierra, se encontraba en reposo en el centro del universo, mientras que el Sol, la Luna y los planetas se movían en torno de aquella… No hacía sino obedecer de manera ingenua a sus percepciones sensoriales; en efecto, él no registra movimiento alguno de la Tierra y, toda vez que en terreno despejado puede mirar en torno, se encuentra en el centro de un círculo que comprende al mundo exterior. La posición central de la Tierra era para él una garantía de su papel dominante en el universo y le parecía que armonizaba bien con su inclinación a sentirse el amo de este mundo. Asociamos el aniquilamiento de esta ilusión narcisista con el nombre y la obra de Nicolás Copérnico en el siglo XVI… Vale decir que el gran descubrimiento de Copérnico ya había sido hecho antes de él. Pero cuando halló universal reconocimiento, el amor propio de los humanos experimentó su primera afrenta, la cosmológica.

b.     En el curso de su desarrollo cultural, el hombre se erigió en el amo de sus semejantes animales. Pero, no conforme con este predominio, empezó a interponer un abismo entre ellos y su propio ser. Los declaró carentes de razón y se atribuyó a sí mismo un alma inmortal, pretendiendo un elevado linaje divino que le permitió desgarrar su lazo de comunidad con el mundo animal… Todos sabemos que fueron los estudios de Charles Darwin, de sus colaboradores y precursores, los que hace poco más de medio siglo pusieron término a esa arrogancia. El hombre no es nada diverso del animal, no es mejor que él; ha surgido del reino animal y es pariente próximo de algunas especies, más lejano de otras… Pues bien; esta es la segunda afrenta, la biológica, al narcisismo humano.

 

Y enseguida el inciso c: “la más sentida fue la tercera afrenta, la psicológica”. Freud explica que el hombre, “aunque degradado ahí afuera” —y cómo no verlo y aceptarlo en medio de la Gran Guerra, después etiquetada como Primera Guerra Mundial—, anda por la vida sintiéndose muy dueño de “su propia alma”. ¿Por qué? Porque cree que la conciencia —“su percepción interna”— mantiene al tanto al yo de todo lo que ocurre “dentro de la fábrica anímica” —la mente, decimos hoy—, y aquel, mediante su voluntad, ordena cómo actuar. Pero las cosas no ocurren de manera tan simple: “esa alma no es algo simple; más bien, es una jerarquía de instancias superiores y subordinadas, una maraña de impulsos…” El psicoanalista notifica entonces al hombre contemporáneo:

 

Confías en estar enterado de todo lo importante que ocurre en tu alma porque tu conciencia te lo anuncia… Y cuando de algo no has tenido noticia en tu alma, supones tranquilamente que no está contenido en ella… ¡Deja que se te instruya sobre este punto! Lo anímico en ti no coincide con lo consciente para ti; que algo ocurra en tu alma y que además te enteres de ello no son dos cosas idénticas… Ahora bien, esos dos esclarecimientos; que la vida pulsional de la sexualidad en nosotros no puede domeñarse plenamente, y que los procesos anímicos son en sí inconscientes, volviéndose accesibles y sometiéndose al yo sólo a través de una percepción incompleta y sospechosa, equivalen a aseverar que el yo no es el amo en su propia casa. Ambos, reunidos, representan la tercera afrenta al amor propio, que yo llamaría psicológica.

 

Sigmund Freud habría de fallecer veintidós años más tarde, en 1939. Enfermo de cáncer, huyendo de los nazis, se encontraba refugiado en Londres. El mundo, de nuevo, estaba en guerra —se estima que a causa de la Primera Guerra Mundial habrían muerto unos 16 millones de seres humanos, y por la Segunda más de 85 millones—. Tres años antes, en 1936, pero en Upsala, Suecia, había muerto su compatriota Robert Bárány. ¿El nombre te resulta conocido? ¿No?

 

Oriundo de Viena, Robert Bárány era veinte años más joven que Freud. Ambos, pues, eran austrohúngaros de nacimiento y, además, los dos provenían de familias judías. Hay más paralelismos: Freud y Bárány estudiaron medicina en la Universidad de Viena y los dos fueron profesores en ella. El joven Robert se graduó como galeno en 1900, el mismo año en el que su colega Sigmund Freud publicó uno de los libros más influyentes hasta ahora en Occidente, La interpretación de los sueños. Freud después de estudiar medicina se especializó en neurología, mientras que Bárány se dedicó a la fisiología otorrinolaringológica. Robert se enfocó en el oído; Sigmund, en la mente. La contribución más reconocida de Bárány fue el desarrollo de la prueba de calibración del sistema vestibular, conocida precisamente como la prueba de Bárány —evaluaba la función del oído interno y su rol en el equilibrio—. En cuanto a reconocimiento, a Robert Bárány no le fue mal: en 1914 resultó galardonado con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina —aunque no pudo recibir personalmente el premio sino hasta 1916, porque durante la Primera Guerra Mundial el prestigiado otorrinolaringólogo vienés fue llamado al servicio militar por el ejército austrohúngaro y corrió con mala fortuna: las fuerzas rusas en el frente oriental lo capturaron y permaneció como prisionero durante poco más de diez meses—. El doctor Sigmund Freud, en cambio, jamás recibió el Premio Nobel de Medicina…, tampoco el de Literatura.

domingo, 23 de julio de 2023

Polvo y piedras, líneas y flechas


En el prólogo a El arco y la lira (1956), Octavio Paz escribió: “Nos rodea el silencio anterior a la palabra. O la otra cara del silencio: el murmullo insensato e intraducible…” No sólo el silencio anterior a la palabra, también el silencio de todo lo que el humano no ha alcanzado con las palabras. Porque el lenguaje nunca alcanza a abarcar toda la realidad. Aristóteles lo advierte así: “como no es posible discutir trayendo a presencia los objetos mismos, empleamos los nombres en lugar de los objetos mismos…, [pero] los nombres y la cantidad de enunciados son limitados, mientras que los objetos son numéricamente infinitos” (Sobre las refutaciones sofísticas; 165a). 

 

El filósofo montevideano Carlos Vaz Ferreira (1872-1958), en un extraordinario ensayo que escribió a principios de siglo XX, Un paralogismo de actualidad (1908), se refiere a esta misma cuestión, y lo hace por medio de un par de metáforas, una mineral y otra cartográfica. Enseguida los extractos, que son un agasajo:

 

Polvo y miedras

Comprendamos bien, desde luego: cuando se dice que un modo de expresarse más particular es menos esquematizante que uno más general, no hacemos sino una diferencia de grado: se me ocurre que, para explicar esto, Bergson emplearía la siguiente metáfora: entre un lenguaje de términos muy poco generales y otro de términos muy generales, hay la diferencia que entre un montón de polvo y un montón de piedras: el tamaño de las "concreciones", nada más; el primero será más a propósito para hacernos imaginar lo fluido, lo continuo; pero, en realidad, tan discontinuo es uno como otro; y, del mismo modo, aunque el lenguaje poco general sea representación menos empobrecida de lo mental, sería siempre una expresión inadecuada.

 

Flechas y líneas

… nuestro discurso representa el "stream of thought" como esas líneas y flechas de las cartas marinas representan las corrientes de agua; y, en una carta detallada, donde se usen muchas flechas y muchas rayas para indicar en cada lugar la dirección, la velocidad y otros datos, claro es que se da una representación menos inadecuada que cuando se representa la corriente por unas pocas líneas; pero la diferencia es de grado, y esa representación esquemática es en uno y otro caso inadecuada por naturaleza.


Louis Charles Desnos - Mappe-Monde ou Carte Generale De La Terre Divisee En Deux Hemispheres (1772)
 

domingo, 19 de febrero de 2023

El cine previsto por Musil

  

La primera edición de El hombre sin atributos, obra cumbre del austriaco Robert Musil (1880-1942), se publicó en 1930 por la editorial berlinesa Rowohlt Verlag. Fundada en 1908 por Ernst Rowohlt, el sello se había convertido en uno de las más importantes de la época; publicó a muchos autores importantes de la literatura alemana y europea en el siglo XX, como Thomas Mann, Franz Kafka y Bertolt Brecht. La edición príncipe de El hombre sin atributos constaba de dos volúmenes, y se presentaba como una obra en progreso, ya que Musil había anunciado que aún estaba trabajando en una tercera parte. Los dos primeros volúmenes fueron escritos a lo largo de veinte años. La última parte de la novela se publicó un año después del óbito del escritor.



Ya avanzado el primer volúmen, el astuto Arnheim, un empresario rico y poderoso, conversa con Ulrich, el protagonista de la novela, un hombre culto e inteligente que vive en la Viena de principios del siglo XX, y le advierte:

 

— Va usted frecuentemente al cine? ¡Debería hacerlo! —dijo—. Es posible que la cinematografía no presente en su forma actual un gran porvenir, pero asocie usted a ella intereses comerciales de mayor cuantía, por ejemplo, la industria de los colores o la electroquímica, y verá cómo en unos decenios habrá alcanzado un desarrollo imposible de ser detenido. Entonces se impondrá un proceso al que deberán contribuir todos los medios de difusión y desarrollo del mundo; y por mucho que sea lo que se hayan imaginado nuestros poetas o estetas, el arte que surgirá será el de la Sociedad General de Electricidad o el de la Industria Alemana de Colorantes. ¡Es como para tener miedo, amigo mío! 


 

miércoles, 27 de abril de 2022

Vasconcelos y los ovnis fronterizos

 

Despuntaba apenas el siglo XX. El niño José Vasconcelos Calderón vivía en Piedras Negras —entonces Ciudad Porfirio Díaz—, Coahuila, y estudiaba la primaria en Eagle Pass, Texas. De lunes a viernes cruzaba el puente, pasaba la frontera. Cuenta en su libro autobiográfico Ulises criollo, que un día, seguramente sábado o domingo, cuando regresaban de un paseo transfronterizo, él y su familia vieron una flotilla de ovnis. La narración es estupenda. Mientras la leía, como impulsados por resortes neuronales, afloraron algunas de las anécdotas que mi abuela, quien también pasó sus primeros años muy cerca de la frontera con Estados Unidos, ella en Altamira, Tamaulipas, solía contarme de los varios avistamientos de objetos voladores no identificados, no identificados pero fáciles de describir: platillos voladores.

 

Enseguida, el relato de Vasconcelos.


 

¿Alucinación?

Regresábamos de un paseo «al otro lado». La mañana estaba luminosa y tibia. Leves gasas de niebla borraban el confín, se esparcían por la llanura. Serían las once de la mañana y comenzaba a quemar el sol. Desde el puente contemplábamos la margen arenosa, manchada de grama y mezquites, cortada de arroyos secos. En suave ondulación baja el terreno hacia la cuenca del río que corre manso. De pronto, nacidos del seno humoso del ambiente, empezaron a brillar unos puntos de luz que avanzando, ensanchándose, tornábanse discos de vivísima coloración bermeja o dorada. Con mi madre y mis hermanas éramos cinco para atestiguar el prodigio. Al principio creíamos que se trataba de manchas producidas por el deslumbramiento de ver el sol. Nos restregábamos los ojos, nos consultábamos y volvíamos a mirar. No cabía duda; los discos giraban, se hacían esferas de luz; se levantaban de la llanura y subían, se acercaban casi hasta el barandal en que nos apoyábamos. Como trompo que zumbara en el aire, las esferas luminosas rasgaban el tenue vapor ambiente. Hubiérase dicho que la niebla misma cristalizaba, se acrisolaba para engendrar forma, movimiento y color. Asistíamos al nacimiento de seres de luz. Conmovidos comentábamos, emitíamos gritos de asombro, gozábamos como quien asiste a una revelación. 

En tantos años de lecturas diversas no he topado con un explicación del caso, ni siquiera con un relato semejante, y todavía no sé si vimos algo que nace del concierto de las fuerzas físicas o padecimos una alucinación colectiva de las que estudian los psicólogos. 

 

 

 

sábado, 29 de enero de 2022

El dilema del homo indeterminatus

Giovanni Pico della Mirandola se apersonó en este mundo el 14 de febrero de 1463. Nació en el centro de la península itálica, en Florencia.  Fue coetáneo y vecino de Girolamo Savonarola, Sandro Botticelli, Lorenzo de Médici… A los 23 años, escribió y publicó Oratio de hominis dignitate (Oración de la dignidad humana, usualmente traducida a nuestro idioma como Discurso sobre la dignidad del hombre). Aquí, cuando escribo “publicó” quiero decir que hizo público su texto, porque convertido en libro no apareció sino hasta 1496; entonces, si hubiera estado vivo, Pico habría tenido la edad de Cristo al morir, 33 años, pero no lo estaba: dos años antes, el 17 de noviembre de 1494, Pico había fallecido, seguramente envenenado.



En su Oratio de hominis dignitate —que bien podemos entender como el primer manifiesto del humanismo renacentista—, Pico della Mirandola afirma saber “en qué consiste la suerte que le ha tocado [al ser humano] en el orden universal”. Narra que después de haber construido “esta mansión mundana”, esto es, el Universo, con todas sus “etéreos globos” y la “turba de animales de toda especie”, Dios deseó que “hubiese alguien que comprendiese la razón de una obra tan grande, amara su belleza y admirara la vastedad inmensa”. Procedió a crearnos…, pero —semejante a lo que cuenta Hesíodo y Platón— “entre los arquetipos… no quedaba ninguno sobre el cual modelar la nueva criatura, ni ninguno de los tesoros para conceder en herencia”. Tampoco quedaba ya un sitio específico en dónde dejarlo. ¿Qué hacer dada la “falta de proyecto”? El Artífice “estableció por lo tanto que aquel a quien no podía dotar de nada propio le fuese común todo cuanto le había sido dado separadamente a los otros”. En cuanto atributos, según el pensador florentino, somos pues un modelo armado con piezas de otros, como el monstruo creado por el doctor Víctor Frankenstein. El resultado, en palabras de Pico della Mirandola, es una “obra de naturaleza indefinida” que fue colocada “en el centro del mundo”. Entonces, Dios habló así a su criatura, y su discurso es una de las descripciones del hombre más hermosas y precisas que conozco:

Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescritas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado… No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas.

Ese es el dilema: ¿vamos a optar por degenerar en bestias o en regenerarnos en dioses?

 


domingo, 7 de febrero de 2021

Globalización centenaria

La globalización no es un fenómeno tan reciente como solemos creer. El portentoso filósofo español José Ortega y Gasset (Madrid, 9 de mayo de 1883 - ibídem, 18 de octubre de 1955) atisbó su erupción hace casi cien años; en el capítulo IV de su ensayo La rebelión de las masas, publicado originalmente en 1929 en las páginas del periódico madrileño El Sol, lo describe espléndidamente:

Según el principio físico de que las cosas están allí donde actúan, reconoceremos hoy a cualquier punto del globo la más efectiva ubicuidad. Esta proximidad de lo lejano, esta presencia de lo ausente, ha aumentado en proporción fabulosa el horizonte de cada vida.

Antonio Espinosa, José Ortega y Gasset. Oil on canvas .

 

lunes, 8 de junio de 2020

Un chiste

Lo que sigue lo escribió un gran danés antes de cumplir 30 años: Søren Aabye Kierkegaard (1813-1855). Esta parva y magnífica analogía fue publicada en en el primer libro del filósofo, O lo uno o lo otro (1843). Conviene sopesarlo: el texto que vas a leer en seguida tiene casi 180 años de haber salido de la pluma del joven Kierkegaard, es decir, en un mundo en el cual el cambio climático y la amenaza nuclear sencillamente no existían:
Sucedió una vez en un teatro que se prendió fuego entre bastidores. El payaso acudió para avisar al público de lo que ocurría. Creyeron que se trataba de un chiste y aplaudieron; aquél lo repitió y ellos rieron aún con más fuerza. De igual modo pienso que el mundo se acabará con la carcajada general de amenos guasones creyendo que se trata de un chiste.

martes, 12 de noviembre de 2019

México 1943 / México 2019

Poco antes del medio día de hoy, 12 de noviembre de 2019, llegó el avión en el que la Fuerza Aérea Mexicana rescató al presidente de Bolivia, Evo Morales. En su Canto General, Pablo Neruda incluyó el siguiente poema "En los muros de México (1943)", del cual transcribo sus últimos versos:

México, has abierto las puertas y las manos
al errante, al herido,
al desterrado, al héroe.
Siento que esto no pueda decirse en otra forma
y quiero que se peguen mis palabras
otra vez como besos en tus muros.
De par en par abriste tu puerta combatiente
y se llenó de extraños hijos tu cabellera
y tú tocaste con tus duras manos
las mejillas del hijo
que te parió con lágrimas la tormenta del mundo.
Aquí termino, México,
aquí te dejo esta caligrafía
sobre las sienes para que la edad
vaya borrando este nuevo discurso
de quien te amó por libre y por profundo.
Adiós te digo, pero no me voy.
Me voy, pero no puedo
decirte adiós.

Porque en mi vida, México, vives como una pequeña
águila equivocada que circula en mis venas,
y sólo al fin la muerte le doblará las alas
sobre mi corazón de soldado dormido.


sábado, 2 de noviembre de 2019

Ignorantes bien informados


Se puede saber mucho sin saber lo indispensable.
Georg Christoph Lichtenberg



¡Ah!, todos los días nos enteramos de tantas cosas…, queramos o no. Para mí, por ejemplo, resultó totalmente ineludible saber de la existencia de Sarita, la pérfida hija de José José. Sé —también de manera inexorable— que Enrique Peña Nieto y su novia usan las mismas cremas; que la camisa que usaba Ovidio Guzmán, el hijo del Chapo, en la foto que circuló el día de su frustrada captura, no es una baratija marca Cuidado con el perro, sino una fina Purificación García, y enterado estoy de que Sagittarius A, el agujero negro supermasivo más cercano, se encuentra en el ombligo de nuestra galaxia, a 26 mil años luz.

En un maremágnum de datos, la confusión campea. Aquí mismo, hace quince días, argüía yo que nuestras capacidades epistemológicas han sido drásticamente sobrepasadas por la capacidad de generación y difusión de información alcanzadas con la tecnología, especialmente a partir de la revolución digital. Y no sólo es la demasiada información —data, data, data— la que nos aturulla cotidianamente, la cascada que enturbia el pensamiento. Hace poco más de una centuria, el viejo Lev Nikoláyevich Tolstói (1828-1910) alertaba que, además de los datos, también los conocimientos pueden embobarnos: “La capacidad de la mente para absorber conocimientos no es ilimitada. Y por eso uno no debe pensar que cuanto más se sepa mejor es. El conocimiento de una gran cantidad de tonterías es un obstáculo insalvable para saber aquello que verdaderamente es necesario”.

El 15 de marzo de 1884, Lev Tolstói escribió en su diario una estupenda idea germinal: “He creado un círculo de lectura para mí mismo: Epiceto, Marco Aurelio, Lao-Tse, Buda, Pascal, el Nuevo Testamento… Algo así es necesario para toda la gente”. En una carta fechada un año después, el novelista ruso precisaba: “Da fuerza interior, tranquilidad y felicidad poder comunicarse con pensadores como Sócrates, Epiceto, Kant, Parker… Ellos nos hablan acerca de lo que es más importante para la humanidad, acerca del sentido de la vida y sobre la virtud… Me gustaría escribir un libro… en el cual pudiera hablar a las personas acerca del buen camino de la vida”. El buen camino de la vida de la mano de los mejores. Tolstói comparte la postura del pensador norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), en el sentido de que toda una vida no alcanza para leer lo verdaderamente valioso: “Lean antes que nada los mejores libros, de otro modo no les dará tiempo de leerlos”.

Luego de más de quince años leyendo y releyendo, ordenando notas, redactando aforismos, parafraseando a los escritores y filósofos que más admiraba, “recolectando la sabiduría de siglos en un solo libro”, en 1902 comenzó a darle forma a la que sería su última obra mayor. La primera edición aparece en 1904, Pensamientos de hombres sabios, con tres reimpresiones, cada una con un subtítulo diferente: El camino de la vida, Círculo de lectura y Un pensamiento sabio para cada día. En 1907 publica una nueva edición, sustancialmente ampliada, ahora titulada Calendario de sabiduría. Tolstói agregó un montón de aforismos propios y 52 historias cortas, una para cada semana del año —la primera traducción al inglés de este libro, sin las historias, no se realizó sino hasta 90 años después:
A Calendar of Wisdom: Daily Thoughts to Nourish the Soul (traducción Peter Sekirin. Simon & Schuster, NY)—. Finalmente, preparó una tercera edición, sintetizada y organizada ya no por fechas sino por temas: El camino de la vida (1910). Fue a partir de esta versión que Selma Ancira realizó la traducción al español que apenas este año acaba de publicar el Fondo de Cultura Económica, Aforismos.

En su biografía ética (Confessions. W. W. Norton & Company, 1983), un texto monumental de menos de cien páginas, Tolstói confiesa que siendo joven y a lo largo de buena parte de su vida adulta se había esforzado por divulgar su ignorancia, claro, sin ser consciente de ello: “Desarrollé un orgullo patológico y la loca convicción de que mi misión era enseñar a las personas sin saber lo que les estaba enseñando… En ese momento, todos estábamos convencidos de que teníamos que hablar, escribir y publicar lo más rápido y lo más posible, y que esto era necesario para el bien de la humanidad”. Socrático, el novelista ruso valora la importancia de saber que no se sabe, y en sus Aforismos trae a cuento a Immanuel Kant para prevenirnos acerca del origen de un tempestuoso caudal de falsedades camufladas en la nomenclatura: “Las más de las veces la fraseología metódica de las escuelas superiores tiene como meta esquivar la solución de cuestiones difíciles, otorgándoles a las palabras un sentido equívoco, porque el cómodo y muchas veces sensato ‘yo no sé’ no se toma bien en las academias”. Tolstói, además, imputa a nuestra época la fea astucia de ocultar la ignorancia bajo toneladas de conocimientos vanos, y tiene razón: “El fenómeno más ordinario de nuestro tiempo es ver cómo la gente que se considera sabia, culta e ilustrada por saber una cantidad incontable de cosas inútiles se estanca en la ignorancia más burda, no sólo porque no conoce el sentido de su propia vida, sino porque además se jacta de su ignorancia”.

Nadie debería avergonzarse de no saber: por sí misma, la ignorancia no es mala. Todos somos terriblemente ignorantes en distintos campos. “Nadie puede saber todo. Pero sí es una vergüenza y es malo aparentar saber lo que no se sabe”. La ignorancia de la ignorancia, o peor, el desentendimiento de nuestra ignorancia, eso sí que es pernicioso.

martes, 22 de enero de 2019

Apocalípticos y catastrofistas

En su más reciente libro, 21 lecciones para el siglo XXI, el historiador Yuval Noah Harari describe la lastimera situación en la que se halla buena parte de las élites liberales luego de que, sorpresivamente, ¡no se acabó la historia!… y resultó que su modelo no era perfecto sino que está haciendo agua por todos lados… ¿No les resulta familiar el retrato? ¿Cuántos opinócratas no suenan así desde julio de 2018 en México?
No es extraño que las élites liberales, que dominaron gran parte del mundo en décadas recientes, se hayan sumido en un estado de conmoción y desorientación. Tener un relato es la situación más tranquilizadora. Todo está perfectamente claro. Que de repente nos quedemos sin ninguno resulta terrorífico. Nada tiene sentido. Un poco a la manera de la élite soviética en la década de 1980, los liberales no comprenden cómo la historia se desvió de su ruta predestinada, y carecen de un prisma alternativo para interpretar la realidad. La desorientación los lleva a pensar en términos apocalípticos, como si el fracaso de la historia para llegar hacia su previsto final feliz solo pudiera significar que se precipita hacia el Armagedón. Incapaz de realizar una verificación de la realidad, la mente se aferra a situaciones hipotéticas catastróficas.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Tres perlas de sabiduría ibargüengoitiana


Jorge Ibargüengoitia (1928-1983) no sólo era muy gracioso, también tiraba frecuentes destellos de genialidad. O quizá tuviera un gran sentido del humor precisamente porque era un tipo muy lúcido. Rescato enseguida algunas perlitas de sabiduría ibargüengoitiana, tomadas de algunos de sus textos reunidos en el volumen Viajes en la América ignota (Joaquín Mortiz, 1972) —todos los cabezales me atreví a ponerlos yo—.

Vampiros vs otomíes

La vampirología es un conocimiento extenso. Admirable si se tiene en cuenta que es el estudio de algo que no existe. Además de ser extenso, está muy extendido: la gente común y corriente sabe más de los vampiros que de los otomíes, por ejemplo.

Clasemedieros en tiempos de depresión

Hay muchos que hablan de la actual depresión económica, sobre todo cuando se trata de pagar deudas, pero hay que confesar que la mayoría de la gente de clase media sigue gastando más de lo que tiene y ganando más de lo que merece.

Civismo urbano

Al igual que las especies animales, según parece, evolucionan de acuerdo con las necesidades que les impone el medio que las rodea, los monumentos sufren una evolución, de acuerdo a las necesidades de los gobiernos que los mandan hacer.

sábado, 12 de marzo de 2016

Embajada mexicana

La tarea del traductor consiste en
liberar en la propia a aquella lengua pura
que está retenida en la ajena;
liberar la que está cautivada en la obra,
en la recomposición.
Walter Benjamin, La tarea del traductor.

Walter Benjamin

Hace unos días, mi amigo Galo Filio fue repatriado. Por alguna o varias de las abundantes y variadas sinrazones por las que desde hace tiempo se mal regentean los destinos nacionales, tuvo que regresar de su estancia en la Romandía. Pero resultó ser una repatriación en falso: no ha terminado de desempacar su ajuar cuando ya ha sido notificado de que habrá de partir otra vez en misión diplomática, ahora con un derrotero isleño. No vale la pena entrar en detalles: el caso es que Galio recibió en suelo patrio, mexicopolitano o chilango para ser más preciso, la petición de auxilio que le envié a través de un medio de comunicación cada vez más para uso exclusivo de viejitos y oficinistas, esto es, un correo electrónico.
¡Ayuda! ¿Cómo traduces esto?:Je ne passe jamais devant un fétiche de bois,un Bouddha doré, une idole mexicaine sans mediré: C'est peut-etre le vrai dieu.¿Qué significa diré?
Francófono fluido y solícito, Galio Filio respondió a vuelta de correo-e:
“No paso nunca frente a un ídolo de madera,un Buda dorado, una diosa mexicana sin decirme:Éste puede ser el dios verdadero”Y es que diré está mal escrito, porque no lleva acento en la "e"; diré significa decir, pero con el me que le antecede se vuelve una conjugación reflexiva.
¡Bingo!, exclamé al terminar de leer, complacido por partida triple: porque se había solucionado el misterio, porque entendí la causa por la cual mi traductor de cabecera —Google— no había logrado desenmarañar el asunto, y sobre todo por el sentido mismo del escrito.
Mil gracias. Al margen: idole, en lugar de diosa, ¿no sería mejor traducir directo, es decir, ídolo.
En esta ocasión Galio Filio contestó aun más raudo:
Cambié el término por dos razones: porque idol es femenino en francés y masculino en español; y segundo, porque repetiría ídolo cuando ya traduje así fétiche, que considero más apropiado porque fetiche en español tiene una connotación despectiva o incluso resulta un término demasiado trillado por la lexicología pseudo-psicológica... Por cierto, ¿de quién son los versos?
Cierto: las connotaciones de fetiche, de origen francés, actualmente se cargan mucho hacia el ámbito de lo lúbrico, lo perversón, aunque en estricto sentido el vocablo significa “objeto de culto al que se atribuyen poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos”. La anterior es la definición que aporta la Real Academia, de tal suerte que por “pueblos primitivos” uno debe entender no “sociedades prehistóricas” sino “sociedades no europeas”, como la mexicana, sobre todo en el sentido de mexica. Por su parte, el significado de ídolo difícilmente puede desprenderse de una postura iconoclasta, por lo que suena mucho a pagano: “imagen de una deidad objeto de culto” y “persona o cosa amada o admirada con exaltación”.
Los versos son de Charles Baudelaire. Y sólo para azuzar tu curiosidad: Walter Benjamin los usa como epígrafe de una pequeña narración que originalmente tituló Mexikanische Botschaft, y que a continuación comparto:Embajada mejicanaSoñé que estaba en Méjico, participando en una expedición científica. Después de atravesar una selva virgen de árboles muy altos, desembocamos en un sistema de cuevas excavado al pie de una montaña, donde, desde la época de los primeros misioneros, se había mantenido una orden cuyos hermanos proseguían su labor de conversión entre los indígenas. En una inmensa gruta central, rematada por una bóveda gótica, se estaba celebrando un oficio divino según un rito antiquísimo. Al acercarnos, pudimos presenciar su momento culminante: un sacerdote elevaba un fetiche mejicano ante un busto de madera de Dios Padre, colocado muy alto, en una de las paredes de la gruta. En ese instante, la cabeza del dios se movió negando tres veces de derecha a izquierda.
Galio debe de andar muy ajetreado, porque apenas comentó:
¡Es precioso el texto! Gracias por compartirlo. Hay una foto de Paul Eluard en Teotihuacán mirando fijamente a Quetzalcóatl que me brincó a la memoria.
Supuse que querría saber de dónde saqué el escrito de Benjamin, y sobre todo por qué en la traducción se emplea jota en lugar de equis en Méjico y sus derivados… La traducción del alemán al español es de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar, y es la que Alfaguara publicó en 1987 en su edición de un libro que Walter Benjamin dio a conocer en 1926: Einbahnstrasse.

Einbahnstrasse se traduce fácil: calle de sentido único. Las traducciones al inglés no tienen problema: One Way Street; en español, en cambio, la traducción que usa Alfaguara, Dirección única, no parece adecuada, primero porque omite “calle” y segundo porque para el lector mexicano las calles más que dirección tienen sentido. “Calle de un solo sentido”, hubiera traducido.

Páginas después de "Embajada mejicana", encontramos una minificción cuyo título sin duda está bien traducido: en alemán, Tiefbau-Arbeiten, lo que en la edición de Alfaguara aparece como "Obras públicas". Sin embargo, aunque imprecisa, la traducción al inglés de Jephcott y Shorter (NLB, 1979) me parece más certera: Underground Works. Con todo, ni una ni otra versión logran liberar la lengua pura a la que se refirió el propio Walter Benjamin, y el texto queda atrapado en un cerco de misterio:
En sueños vi un terreno yermo. Era la plaza del mercado de Weimar. Estaban haciendo excavaciones. También yo escarbé un poco en la arena. Y entonces surgió la aguja de un campanario. Contentísimo, pensé: un santuario mejicano de la época del pre animismo, el anaquivitzli. Me desperté riendo.(Ana=ὰνά; vi=vie; witz=iglesia mejicana (!).)

domingo, 6 de diciembre de 2015

Rencor social

— ¡Qué pinche país, ¿no? Si tuviera lana me largaría de aquí, mencabrona ver las caras de la gente, ver los periódicos, mencabronan los ricos, íate, me dan ganas de patearles el culo hasta deshacérselos. Pinches hijos de puta, tienen todo y uno ni madres; por ellos este país es tan mierda, a ver cuando nos vamos a Las Lomas o al Pedregal pa’ romper vidrios a pedradas, hace mucho que no lo hago y mencanta. 
Esteban sabe (supongo) que Rogelio nunca ha roto vidrios a pedradas en Las Lomas o en el Pedregal. Sonríe, pero no dice nada.
De Perfil (1966), de José Agustín (1944).

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Ciudad de México, 1977 / Carlos Fuentes

Aceleré hasta llegar al ingreso del anillo periférico, respiré, aceleré, pero ahora tranquilo, ya no tenía de qué preocuparme, podía dar la vuelta, una, dos, cien veces, cuantas veces quisiera, a lo largo de miles de kilómetros, con la sensación de no moverme, de estar siempre en el lugar de partida y al mismo tiempo en el lugar de arribo, el mismo horizonte de cemento, los mismos anuncios de cerveza, aspiradoras eléctricas…, jabones, televisiones, las mismas casuchas chatas, verdes, las ventanas enrejadas, las cortinas de fierro, las mismas tlapalerías, talleres de reparación, misceláneas con la nevera a la entrada repleta de hielo y gaseosas, los techos de lámina corrugada, una que otra cúpula de iglesia colonial perdida entre mil tinacos de agua, un reparto estelar sonriente de personajes prósperos, sonrosados, recién pintados, Santa Claus, la Rubia de Categoría, el duendecito blanco de la Coca-Cola con su corona de corcholata, Donald Duck y abajo el reparto de millones de extras, los vendedores de globos, chicles, billetes de lotería, los jóvenes de playera y camisa de manga corta reunidos cerca de las sinfonolas, mascando, fumando, vacilando, albureando, los camiones materialistas, las armadas de Volkswagen, el choque a la salida de Fray Servando, los policías en motocicleta, los tamarindos, la mordida, el tapón, los cláxones, las mentadas, otra vez el arranque libre, idéntico, segunda vuelta, el mismo recorrido, los tinacos…, los camiones de gas, los camiones de leche, el frenón, los peroles de leche caen, ruedan, se estrellan sobre el asfalto, en las barandillas del periférico…

El día de las madres, Carlos Fuentes. Vuelta 4, marzo de 1977.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Mexicano, el perro

... ¿conoces a mi perro? Es genial. Se llama Mexicano, porque es un perro mexicano, citadino y de la colonia Del Valle, ¿qué más puede pedir un can? Es flojísimo y toda la cosa, devora un kilo y medio de aguayón diario, se lo cocinan las miaus con ajo, cebollas y trozos de zanahoria. Toda la mañana se tira en el jardín a descansar la onda, las moscas le revolotean y Mexicano como si nada...

Habla Queta Johonson. en De Perfil (1966), de José Agustín (1944).