Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 17 de agosto de 2025

Una de dinosaurios

  

¿Un T-Rex bailando chachachá? Sí, mientras Triquitrán (Tin Tan) canta y cabriolea a Jade (Lilia del Valle), su curvilínea cavermango

Estaré junto a ti toda toda la vida,

En las buenas, de bajada o de subida.

Y tendrás una cueva distinguida,

Con huesos de dinosaurio. 

Y será caverna moderna,

Con luz y gas, con calefacción interna, por delante y por detrás.

Tendrá reloj moderno, que nos diga qué hora son.

Tendrá tocadiscos, radio y también televisión.

 

La escena ocurre en la primera película mexicana en la que podemos ver la coexistencia de seres humanos prehistóricos con dinosaurios: El Bello Durmiente (Gilberto Martínez Solares, 1952).


El anacronismo deliberado seguiría siendo explotado por la industria fílmica nacional —poco después, por ejemplo, Viruta y Capulina protagonizan La edad de piedra (1964)—. Para entonces, las chanzas de trogloditas tenían ya una amplia tradición en el cine. Chaplin interpretó a un hombre de las cavernas en His Prehistoric Past (1914), aunque en este cortometraje no aparecen más bestias que las humanas, como tampoco en Clubs Are Trump (1917), de Harold Lloyd. En cambio, en Three Ages (1923), Buster Keaton sale muy campante viajando a bordo de un descomunal brontosaurio.

 


La difícil convivencia de humanos y dinosaurios no sólo ha sido tema de comedias. El subgénero de la paleofantasía es casi tan antiguo como el cine de ficción. Las primeras películas de fantasía datan de 1896 —La Fée aux Choux de Alice Guy y Le Manoir du Diable de Méliès—, mientras que Prehistoric Peeps, de 1905, de Lewin Fitzhamon, fue la primera película que llevó “dinosaurios” a la pantalla. En 1914 fue estrenada Brute Force (1914), de D. W. Griffith, en la que, con tintes melodramáticos, se recrea la vida de hombres primitivos enfrentados a los peligros de la naturaleza —entre otros, un enorme Ceratosaurus—. Al año siguiente se estrenaría The Dinosaur and the Missing Link, un cortometraje stop-motion realizado por Willis O'Brien —el mismo que poco después se encargaría de los efectos especiales que dieron vida a King Kong (1933)—. De 1940 data la magnífica One Million B.C., dirigida por Hal Roach y Hal Roach Jr —la trama, una suerte de Romeo y Julieta troglodita: el amor de Tumak, del clan de la Roca, y Loana, de los Concha, supera cualquier dificultad, incluso batallas cuerpo a cuerpo con fieros dinosaurios—. Pero la película de dinosaurios más exitosa de todos los tiempos no sería estrenada sino hasta la última década del siglo XX —la saga sigue generando millonarias ganancias—; ya no incluyó sapiens prehistóricos, nada más contemporáneos: Jurassic Park (Spielberg, 1993). Tomando en cuenta factores como relevancia histórica, popularidad, innovación técnica, éxito comercial y reconocimiento de la crítica, ¿cuáles fueron las películas de dinosaurios más destacadas entre 1940 y 1993? Pienso que al menos deberíamos considerar las siguientes:

  • The Beast from 20,000 Fathoms (Eugène Lourié, 1953). Pionera del género de “monstruos atómicos” —inspiró a Godzilla (1954)—. Un dinosaurio reanimado accidentalmente por pruebas nucleares ataca Nueva York.
  • Viaje a la Prehistoria (1955). Una imperdible obra maestra del checoslovaco Karel Zeman. Desde un enfoque científico, algo inusual en el género, combina actores reales, stop-motion, maquetas y paisajes pintados. 
  • El remake de 1966 de One Million B.C. (Don Chaffey), protagonizado por Raquel Welch, quien se posicionó como un icono sexy sesentero.
  • El western El Valle de Gwangi (Jim O'Connolly,1969). Un grupo de vaqueros captura un Allosaurus para exhibirlo en un circo, con resultados, claro, calamitosos.
  • When Dinosaurs Ruled the Earth (Val Guest, 1970). La película se narra casi por entero visualmente, con diálogos mínimos en “lenguaje cavernícola”.

Resulta indiscutible que, desde Prehistoric Peeps hasta las películas de la serie Jurassic Park, los dinosaurios y su imposible convivencia con los seres humanos han formado parte importante del imaginario colectivo de la cultura de masas de Occidente, especialmente en su dimensión visual —poco ha colaborado en ello la literatura—. Con todo y el gran éxito de las superproducciones de Spielberg, creo que William Hanna y Joseph Barbera han sido quienes han hecho una contribución más profunda al imaginario colectivo en lo que toca a la familiaridad con la que hoy vemos a la fauna jurásica. Por supuesto, me refiero a la serie televisiva de dibujos animados The Flintstones, que comenzó a transmitirse en 1960 —aunque las caricaturas originales ya no se producen, la franquicia continúa activa, expandiéndose con nuevas producciones y una gama de productos—. Sea como haya sido, el hecho de que hoy día los dinosaurios nos resulten tan de nuestro mundo resulta algo insólito, toda vez que el último de ellos dejó de existir muchísimo tiempo antes de que los primeros de nosotros aparecieran en la Tierra: la extinción de los dinosaurios ocurrió hace 66 millones de años, mientras que el homo sapiens surgió de la cadena evolutiva hace apenas 0.3 millones de años.

 

No sólo nos separan de los dinosaurios más de 65.5 millones de años; además, la mayor parte de nuestra existencia genérica la pasamos sin saber de su existencia. La paleontología es una disciplina muy joven: los primeros fósiles de dinosaurio se identificaron y describieron en el siglo XIX, cientos de miles de años después del surgimiento de nuestra especie. Así que, durante la vasta mayoría de nuestra existencia como especie, los restos de dinosaurios que la gente llegaba a encontrar no podían ser explicados o bien se creía que pertenecían a criaturas mitológicas. De hecho, la palabra dinosaurio es muy reciente.


Fue apenas en 1841, durante una reunión en casa del geólogo William Buckland, cuando el biólogo Richard Owen sugirió por primera vez que ciertos fósiles encontrados en Inglaterra —el Megalosaurus hallado por Buckland, y el Iguanodon y el Hylaeosaurus por Gideon Mantell— podían agruparse en una misma categoría. Un año más tarde, en su informe para la British Association for the Advancement of Science, Owen acuñó el término Dinosauria, que en griego significa “lagartos terribles”. De ese modo, lo que hasta entonces eran hallazgos aislados pasaron a ser reconocidos como un grupo de animales extintos, inaugurando no sólo un campo de investigación científica, sino también una rica cantera de imágenes para la cultura popular. Ahora, si bien para los naturalistas victorianos los dinosaurios pertenecían a un “mundo anterior”, no tenían ni idea de qué tan antiguos eran realmente. Comprendían que se trataba de criaturas arrancadas de un espesor de tiempo que sólo podía entenderse con palabras —eras sin medida, antigüedad inconcebible, profundidades geológicas—. Owen y sus contemporáneos leían en las rocas una secuencia ordenada (estratos, superposiciones, cambios de faunas), pero sin unidades numéricas de medida. Sabían que aquellos huesos provenían de un estrato muy distante de cualquier memoria humana y aun de toda mitología, pero no podían decir cuántos años los separaban de nosotros. La datación radiométrica deportaría a esas bestias colosales varias decenas de millones de años antes de nuestra aparición en el planeta, pero la iconografía nos los devolvió. La distancia de 65.5 millones de años es una cifra que excede nuestra comprensión intuitiva; es una profundidad geológica y temporal que sólo puede ser aprehendida en palabras y teorías científicas. Sin embargo, en un giro fascinante y profundamente humano, nuestra cultura de masas ha domesticado a lo inconmensurable. La ciencia nos dio la palabra para nombrar a los "lagartos terribles" de una era lejana, y el cine y la televisión los convirtieron en mascotas, en villanos, en monstruos o en íconos cotidianos. La paradoja de nuestra relación con los dinosaurios radica precisamente en esto: son el testimonio de una extinción cósmica, de la vastedad del tiempo y de la insignificancia humana, pero al mismo tiempo se han convertido en una parte entrañable y humana de nuestro mundo, en un eco de la naturaleza que hemos aprendido a escuchar a través de la imaginación.

sábado, 16 de agosto de 2025

¡Oh, postración!


Día a día resulta más y más evidente que, de política, hoy aquí en México, a la oposición ya no le queda prácticamente nada. Tan simple como que no pasa una jornada sin que se exhiban haciéndonos saber que la cosa pública no sólo no les interesa, sino que hasta le hacen ascos. El bienestar de las mayorías, los beneficios directos para la gente, la utilidad pública … todo eso les resulta tan ajeno a sus propios intereses que lo llaman demagogia, populismo… Nunca entendieron que gobernar no es mandar, sino servir. Ahora parece inocultable ya que para el neoliberalismo el pueblo llano no era más que una molesta carga, un inconveniente necesario, un continente ignoto apenas soportable si se mantiene lejos, distante del presídium, agradecido en spots televisivos y mediado por bien controladitas organizaciones de la bonita sociedad civil. Hoy es claro: la oposición ha abdicado de la política en tanto preocupación por lo común. Lo suyo ya no es la política, sino la gestión de privilegios, la administración del resentimiento, un reality show protagonizado por un montón de gatos panza arriba exigiendo impunidad y el espectáculo de un “no” monótono y sostenido. Sabían imponer, pero nunca se dieron tiempo de aprender a proponer y convencer. Desde hace mucho dejaron de disputar el poder y ya sólo intentan desesperadamente que no se vea que su fecha de caducidad ya pasó. 


La oposición política en México no sólo es cada vez menos política… No sólo les queda apenas una sombra del adjetivo: de 2018 para acá, su ser sustantivo se ha ido deslavando, desustanciando…


En efecto, día a día resulta más forzado seguir llamando “oposición” a la panda desarticulada de pillos con fuero, bufones faltos de toda gracia, odiadores sin más ideología que el rencor, añorantes de pasados vergonzosos, expertos de la holganza a sueldo, patiños de sí mismos, trampistas encorbatados y sacacuartos de tacón, caraduras y conchudos, histrionisas de pacotilla y faranduleros sin tablas, cipayos y malinchistas, gente bien malandra, fuleros, desmemoriados de sus propias brutalidades, golfos, cacos, mangantes acaudalados, parásitos omnívoros, chapuceros consuetudinarios, elegantes esgrimistas del pastelazo, paladines del vasallaje, vociferantes vacuos, trompeteros de apocalipsis que jamás ocurren… En fin, un desfile de esperpentos, un anti-panteón, una caterva de personajes que se han ido enzarzando en su decadencia y decrepitud conforme el mundo sigue dando vueltas y vueltas en sentido contrario a sus deseos reaccionarios.


Nimia y plañidera, la oposición en México cada vez es menos una fuerza política para ser cada vez más un amasijo de agentes desahuciados que sollozan. Progresivamente irrelevante y latosamente quejumbrosa, la oposición en México cada vez dice menos y lloriquea más. Lastimera, en este país la oposición cada vez deja oír menos su amargo lloro y más y más un gimoteo predecible, plúmbeo y ridículo. El prianismo es cada vez menos acción nacional y cada vez más reacción local, lunares dispersos por aquí y por allá. El prianismo es cada vez menos tricolor y cada vez más bicolor: azul apesadumbrado y rosita hipócrita. El empayasamiento del PAN ya hizo metástasis. Del PRD no quedan más que un pritufo y dos que tres capulinos sin viruta. El PRI ha sido reducido a la bravuconería chaparra y procaz. No hay ya oposición, sólo ¡oh, postración! La derecha mexicana contemporánea sigue siendo derecha, pero no es contrapeso para la izquierda, pura vacuidad, ingravidez programática. Su único derrotero es la derrota.


Y, claro, sus comparsas en la intelectualidad orgánica y ahora apocalíptica, su sequito séquito en la opinocracia mendigante, la caja de resonancia destartalada… tampoco cantan mal las rancheras. 


Tres ejemplos de actualidad pueden ser suficientes.


Como era de esperarse, a la prensa tradicional le importó muy poco que los resultados de la más reciente ENIGH levantada el año pasado por el INEGI confirmen que 10 millones de mexicanas y mexicanos salieron de la pobreza entre 2018 y 2024. En cambio, se dieron vuelo criticando que Monreal se haya ido de vacaciones a Madrid…, en donde Calderón y Peña viven, por cierto, y más, pero por supuesto, que Andrés López Beltrán haya viajado a Tokio… ¡Cómo! ¡¿Con qué derecho van esos de Morena más allá de Oaxtepec! Los ingresos de los hogares mexicanos reportaron, en el sexenio pasado, un crecimiento de 15.6%, también de acuerdo con datos de la ENIGH, pero para los editorialistas de siempre la mira estaba en otras cosas. Una muestra, el señor Pascal Beltrán del Río, posteó muy objetivo y serio en su cuenta de X: 

Los nuevos ricos que ha generado el oficialismo tienen mucho dinero (a saber de dónde lo sacan) pero no tienen personalidad. Compran objetos y prendas caras, o viajan en Business, creyendo que con eso van a apantallar a todos. Pero sólo engañan a otros que no tienen personalidad.

¿Ven ustedes? Imposible discutir, argumentar racionalmente frente a esta sarta de prejuicios. Puro clasismo moscamuerta.


Segundo ejemplo Héctor Aguilar Camín escribió una columna hace unos días montada en la siguiente quimera… Y con quimera no me refiero al monstruo mitológico que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón, sino a eso que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo. Dice el chetumaleño:

Un escritor y periodista español, de paso por México, me hace la pregunta que encuentra flotando en el aire:

Pregunta: Tu país ha conocido un cambio de gobierno. Da la impresión de que quien manda ahora llama por teléfono al que mandó antes. ¿O esta es una impresión del que viene de fuera y ustedes lo ven distinto?

¿Qué escritor? Misterio. Eche usted a volar la imaginación. Pero es español, uy. Por lo demás, la dichosa pregunta… ¿ustedes la han visto flotando en el aire o más bien encuentran en ella el delirio que machaconamente la derecha pregona: el que manda es AMLO, el que no está sí está. Y viene la respuesta que es un no sé que sí sabe. Dice el novelista:

Creo que todavía manda el anterior, desde su escondite, en Palenque, un búnker que nadie sabe cuánto cuesta, ni quién lo paga. Aunque lo sabemos todos: cuesta mucho y lo paga el gobierno.

¿Qué tal el rigor periodístico? ¿Debatible? Tanto como una novela de Verne. Pero algo sí que es indiscutible: de que lo extrañan, lo extrañan horrores. Y es más que lógico y entendible: si el rasgo fundamental es odiar a alguien o ser anti-alguien, pues te va la identidad en que ese alguien no desaparezca.


Último ejemplo. El ingeniero Krauze se acaba de aventar una editorial en el Reforma en la que, sin ninguna pena, exhibe el nulo apuntalamiento que tienen hoy sus diatribas en la realidad:

Enfrentamos el riesgo de una regresión gigantesca: eliminar tanto el sufragio efectivo como la no reelección. Abramos los ojos. Potencialmente nos enfilamos a ser lo que nunca fuimos, ni con el PRI ni con Calles, ni con Obregón, ni con Porfirio, ni con Santa Anna, ni con Iturbide, ni siquiera en tiempo virreinales: una monarquía absoluta hereditaria por la vía sanguínea.

Sin duda, aquí el adverbio “potencialmente” significa “en mi descarrilada mente enferma”.


En suma, la derecha mexicana contemporánea no se mantiene de pie ni siquiera para perder con dignidad: se arrastra entre nostalgias y fantasmas, conjura delirios para suplir su falta de ideas y da patéticas patadas de ahogado. La oposición ha dejado de ser contrapeso y se ha convertido en peso muerto; su “política” es puro performance y su porvenir, un epílogo escrito con tinta invisible.



martes, 8 de julio de 2025

Datalaxia, transparencia y burn-out

  

En Datalaxia: de la desinformación a la sobreinformación sostengo que la catarata incesante de datos y estímulos hipertrofia el equilibrio psíquico del sujeto contemporáneo, saturándolo hasta neutralizar su capacidad crítica.


Por su parte, Byung-Chul Han (La sociedad de la transparencia), desde otra vertiente, advierte que la transparencia total —como exigencia omnipresente de la sociedad neoliberal— nos despoja del derecho al secreto, a la opacidad. Ambos diagnósticos coinciden en que el exceso —sea de información o de visibilidad— actúa como una forma de violencia estructural contra el aparato psíquico de las personas. En su deseo de mostrarlo todo, la sociedad actual elimina las zonas de sombra donde germina lo verdaderamente espontáneo, lo libre, lo creativo. 


La exigencia de transparencia total, tal como la describe Byung-Chul Han, no sólo coincide con los mecanismos a los que aludo en Datalaxia, sino que puede entenderse como uno de sus motores fundamentales. En un entorno donde todo debe ser visible, compartido, trazable y mensurable, la producción compulsiva de datos se anuda perfecto con la obsesión de exhibición constante que anula tanto el pensamiento reflexivo como la intimidad psíquica. La datalaxia, entonces, no se limita sólo al exceso informativo, sino la consecuencia de una lógica que desconfía radicalmente de la reserva, del pudor, de lo interior, de lo no cuantificable. Así, la transparencia total no ilumina al alma humana: la encandila, la disuelve en una sobreiluminación que impide el reposo, la elaboración y la verdad propia. Escribe el surcoreano:

Sin duda, el alma humana necesita esferas en las que pueda estar en sí misma sin la mirada del otro. Lleva inherente una impermeabilidad. Una iluminación total la quemaría y provocaría una forma especial de síndrome psíquico de Burnout. Solo la máquina es transparente. La espontaneidad, lo que tiene la índole de un acontecer y la libertad, rasgos que constituyen la vida en general, no admiten ninguna transparencia.

Byung-Chul Han postula una variación psiquiátrica del síndrome de Burnout, también conocido como síndrome de desgaste profesional. Se trata de una afección relacionada con el estrés crónico en el entorno laboral. Según la Organización Mundial de la Salud, el Burnout se caracteriza por tres dimensiones principales: sensación de agotamiento o falta de energía, distanciamiento mental del trabajo o sentimientos de negativismo y cinismo hacia el trabajo, y reducción de la eficacia profesional. No es simplemente estar exhausto por el trabajo: es un estado sostenido de estrés emocional y físico que afecta tanto la salud como el rendimiento. El síndrome de Burnout fue definido por primera vez por el psicoanalista germano-estadounidense Herbert Freudenberger en 1974. Poco después, la psicóloga Christina Maslach profundizó el concepto y desarrolló el Maslach Burnout Inventory (MBI), una escala que se volvió estándar para evaluar el síndrome.  En 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluyó por primera vez el burnout en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), como un fenómeno asociado al trabajo, aunque no lo clasificó como enfermedad mental.

domingo, 2 de marzo de 2025

El fin del mundo… global

  

 

En realidad, el fin del mundo, como el principio,

es nuestro concepto del mundo.

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego. 

 

 

 

Oso I

 

Hace apenas unos días instruí a Grok para que generara una imagen que pasara por una fotografía: el Oso Ruso caracterizado como el Tío Sam avanza contento. Segundos después, el resultado quedó conforme a lo que esperaba, daba el gatazo, así que lo tuiteé con la siguiente leyenda: “Mundo raro el que nos tocó vivir…”


Un rato después, MA comentó el tuit: “Solo hemos vivido este.” Pienso que no.

 

 

 

Caballos

 

“El mundo tal y como lo conocemos está por acabarse.” Así comenzaba El acabose, un texto que escribí en agosto de 2016. Argumentaba que el fin del mundo es perfectamente posible, tanto, que ya ha ocurrido otras muchas veces. Ejemplificaba con el fin del mundo neolítico y traía a cuento al sociólogo neoyorkino Immanuel Maurice Wallerstein, quien entonces aún compartía el presente continuo con nosotros. Justo tres años después, él fallecería; nuestro mundo hoy sigue acabándose. 

 

Wallerstein (1930- 2019) esbozó los “grandes hitos en la historia del hombre”, y advirtió acerca del inminente fin del mundo moderno, este que nos tocó vivir —The End of the World as We Know it: Social Science for the Twenty-first Century—, todo a partir de una potente idea: sistema-mundo.


Wallerstein terminó de consolidar el concepto en el primer volumen de su obra The Modern World-System, en cuyo texto introductorio deja ver una de las más importantes raíces teóricas de la noción: lo que Wolfram Eberhard (1909-1989) denominó tiempo mundial

 

En uno de los muchos libros que escribió acerca de la cultura e historia de China, Conquerors and rulers; social forces in medieval China (1965), Wolfram Eberhard —sociólogo, sinólogo e historiador alemán, avecindado en Estados Unidos desde 1948, donde se dedicó a la vida académica en la Universidad de California en Berkeley— introdujo el concepto de World Time. Eberhard parte de que, en estricto sentido, no existe una diversidad de sistemas sociales locales, sino sólo el mundo social del ser humano, la humanidad:

Procesos como la industrialización en el siglo XIX o el desarrollo de la ciudad milenios antes de la era cristiana deben considerarse como procesos de la humanidad y no como procesos de Inglaterra o Sumeria. Por practicidad, el estudio de cualquier tema puede restringirse a un área particular, ya sea que definamos esta área geográficamente o en términos de fronteras políticas.

Si bien los quehaceres de todas las comunidades humanas forman parte de un mismo todo, para Eberhard lo que pasó, digamos, hace un par de milenios es totalmente diferente a lo sucedió hace quinientos años o lo que acontece ahora mismo. Es fundamentalmente erróneo, piensa, que se equiparen movimientos sociales o hechos sucedidos en distintos momentos históricos —por ejemplo, el ascenso del fascismo en Italia después de la I Guerra Mundial y la irrupción actual de la ultraderecha en Estados Unidos y Europa occidental—, sobre todo si se hace con el fin de descubrir patrones generales de comportamiento.

…algunos sociólogos comparativos han hecho una falsa analogía con las ciencias naturales. No sería la primera vez que se comete tal error, uno de cuyos fallos es la omisión del factor tiempo. Si, por ejemplo, se realizara un experimento con un determinado tipo de bacterias por primera vez en Bruselas en 1860 y se repitiera en Chicago en 1960, a efectos prácticos los resultados serían comparables… El tiempo —o lo que podría llamarse “tiempo mundial”— parece no desempeñar un papel significativo… Pero un proceso social como el movimiento obrero inglés en 1860 no puede compararse directamente con un proceso similar en 1960 en Japón, simplemente por el paso del tiempo, incluso si no existiera la complicación adicional de que el primer evento ocurrió en Inglaterra y el segundo en Japón. El “tiempo mundial” es aquí el factor crucial. Dejando completamente de lado todas las demás diferencias entre las sociedades japonesa e inglesa (aunque, por supuesto, nunca debería hacerse esto), el clima intelectual de cualquier país del mundo en 1860 era radicalmente diferente al clima de 1960.

Si bien pueden establecerse cotejos entre hechos ocurridos en diferentes épocas, jamás debe olvidarse que los hombres y mujeres contemporáneas son diferentes de las personas que vivieron años atrás, aunque habiten el mismo espacio. En menor o mayor medida, el tiempo mundial incide siempre en toda la gente.

Por ejemplo, después de la primera domesticación del caballo, todo el mundo antiguo cambió, no sólo Mesopotamia, porque el caballo domesticado transformó todas las sociedades hasta llegar a China. A partir de ese momento, se hicieron posibles nuevas formas de organización militar, y también nuevas clases sociales y la dominación política sobre grandes áreas. Después de la domesticación del caballo en alguna parte de Asia Occidental, el mundo entero simplemente nunca pudo ser el mismo. El tiempo mundial jugó así un papel importante incluso en el 2000 a. C., no sólo ahora.


                        

            

 

Dinosaurios

 

Con motivo de un conato del fin del mundo predicho para el 23 de julio de 2016, escribí unas Nota sobre el fin del mundo. Igual, a manera de ejemplo, recordaba que, hasta donde sabemos, y debido al impacto de un enorme asteroide —unos 10 km de diámetro— en lo que hoy es la península de Yucatán, el mundo de los dinosaurios se acabó hace unos 65 millones de años. Ya pensando en mundos humanos, evocaba también que la captura de Cuauhtémoc el martes 13 de agosto de 1521 marcó la caída de México-Tenochtitlán y el fin del imperio de mexica y el fin de ese mundo.

 

Buena parte de los cerca de trescientos mil años que llevamos de existir, los seres humanos hemos vivido repartidos en varios mundos, sobre todo después de la gran emigración desde África, gracias a la cual plagamos el planeta. Sin embargo, hace poco, poco más de medio milenio, los sapiens nos integrarnos en un solo mundo. Al respecto, el sociólogo Immanuel Wallerstein es tajante:

Solo había habido un “mundo moderno”. Tal vez algún día se descubran fenómenos comparables en otros planetas, o sistemas mundiales modernos adicionales en este. Pero aquí y ahora, la realidad era clara: solo uno. 

Además, la simultaneidad del tiempo mundial se ajustó con la dichosa globalización, que, por cierto, no es un fenómeno tan reciente como suele creerse. El portentoso filósofo español José Ortega y Gasset (1883 - 1955) atisbó su erupción hace casi cien años: en el capítulo IV de su La rebelión de las masas, publicado originalmente en 1929 en el diario madrileño El Sol, ya lo describía espléndidamente:

Según el principio físico de que las cosas están allí donde actúan, reconoceremos hoy a cualquier punto del globo la más efectiva ubicuidad. Esta proximidad de lo lejano, esta presencia de lo ausente, ha aumentado en proporción fabulosa el horizonte de cada vida.

En efecto, cada vez estamos más sincronizados: los actuales, los hodiernos, los más de 8.2 mil millones de sapiens que somos estamos cada vez más al tanto de que, efectivamente, compartimos el mismo ahora mismo. Como jamás antes había sucedido a lo largo de la existencia de la humanidad, la mayoría de las mujeres y de los hombres estamos engarzados al hogaño. 

 

 

 

Oso II

 

Un par de días después de que tuiteé el Oso Ruso caracterizado del Tío Sam volví a ordenar a Grok que realizara otro Oso Sam, otro Tío Ruso, ahora regañando a gritos al señor ex comediante Zelenski. También la imagen quedó bastante aceptable. La ocasión no es necesario que la recuerde porque usted está al tanto: el mundo está al tanto. El grotesco espectáculo transmitido a todo el mundo en tiempo real desde la sala oval de la Casa Blanca evidenció el indudable el hecho de que, sí, estamos presenciando the end of the world as we know it, y esta vez sí que ocurre al mismo tiempo para todos.




domingo, 25 de agosto de 2024

Freud re-estandarizado

 

 

… es a veces en nuestro ocio, en nuestros sueños,

cuando la verdad sumergida sube a la superficie.

Virginia Woolf, Una habitación propia.

 

 

A los treinta años, Adeline Virginia Stephen (1882-1941) se casó y cambió de nombre: comenzó a usar el que le deparó su matrimonio con el feraz economista Leonard Woolf (1880-1969): Virginia Woolf.



Los Woolf formarían parte del Bloomsbury Set, el influyente grupo de intelectuales y artistas al que pertenecían el también economista John Maynard Keynes (1883-1946), el novelista E. M. Forster (1879-1970), la pintora Vanessa Bell (1879-1961) —hermana de Virginia—, el crítico Desmond MacCarthy (1877-1952)… Entre los cercanos al Bloomsbury Set podemos contar a T. S. Eliot (1988-1965), a la polifacética Vita Sackville-West (1892-1962) —poetisa, narradora y diseñadora de jardines—, a la bailarina rusa Lidia Lopujova (1892-1981) —durante algún tiempo esposa Keynes—, a la pintora Dora Carrington (1893-1932) —pareja de otro integrante nuclear del grupo, el escritor Lytton Strachey (1880-1932)… A matrimonio Woolf debemos la creación de una importantísima empresa cultural, la editorial Hogarth Press. El año inicial, 1917, solamente publicaron Two Stories, un librito ilustrado por Carrington con dos cuentos: Three Jews y The Mark on the Wall, firmados por Leonard y Virginia, respectivamente.


Publicación de Hogarth Press, Walter Sickert: una conversación, de Virginia Woolf, con diseño de portada de su hermana Vanessa Bell.

Un año después editaron dos libros, al siguiente cinco… Para 1927 su catálogo ya contaba con más de 150 títulos, y para 1946, 527. Hogarth Press publicó a varios integrantes del Bloomsbury Set, traducciones del ruso y del alemán, ediciones príncipe de obras contemporáneas fundamentales —por ejemplo, Paris: A Poem de Hope Mirrlees (1887-1978), The Waste Land de Eliot (1923), A letter to Madam Blanchard, de Forster (1931)…—. La editorial también publicó las obras completas de Sigmund Freud (1856-1939) en inglés, edición que se convertiría en la edición estándar de los textos del neurólogo austriaco.



La edición inglesa de Hogarth Press de los textos de Freud fue un proyecto grandioso emprendido por el psicoanalista londinense James Strachey (1887-1967) —hermano de Lytton— y su esposa, también psicoanalista ella, Alix Sargant-Florence (1892-1973). Los Strachey contaron con el respaldo nada menos que de la hija del padre del psicoanálisis, Anna Freud (1895-1982). La publicación se realizó a lo largo de más de diez años, entre 1953 y 1966 —excepto el último volumen, el 24, que data de 1974—. Durante décadas, la comunidad psicoanalítica internacional ha tomado la edición de Strachey como la referencia estándar para el estudio de Freud. Su canónica aceptación radica en la rigurosidad de la traducción, su exhaustividad, la pertinencia del aparato crítico y la claridad de la presentación.



Entiendo que la primera edición francesa de las obras de Freud se remonta a 1929 —editorial Payot—. La traducción fue realizada por un equipo encabezado por una sobrina bisnieta de Napoleón, Marie Bonaparte (1882-1962), princesa de Grecia y Dinamarca, y discípula directa de Freud. En italiano, la primera edición de las obras completas de Freud comenzó a publicarse en 1953 —editorial Boringhieri—, bajo la dirección de Cesare Musatti (1897-1989), pionero del psicoanálisis italiano. En 1925, en un texto introductorio a la traducción al ruso de Más allá del principio del placer, Vygotski (1896-1934) y Luria (1902-1977) informaban: “durante los años recientes, casi todas las obras de Freud han sido traducidas al ruso y publicadas”. Casi… En fin, así que es muy posible que no sea un desplante lejano de la verdad la afirmación de Juan Manuel Martín Arias y Lorenzo Gallego Borghini en el sentido de que “el castellano fue el primer idioma al que se tradujeron las obras completas de Sigmund Freud”. Se refieren, claro, al trabajo de Luis López Ballesteros y de Torres (1896-1938) para la editorial española Biblioteca Nueva —fundada por José Ruiz-Castillo (1875-1945) en 1916—, a petición expresa de Ortega y Gasset (1883-1955). Con todo, esta edición, publicada en 1922, no es la más usada en nuestro idioma por los estudiosos del psicoanálisis freudiano, sino la de editorial Amorrortu, con la traducción directa de los textos en alemán que realizó el argentino José L. Etcheverry (1942-2000), pero tomando para sí el ordenamiento —los mismos 24 tomos—, comentarios y notas de James Strachey para la edición estándar. Así que el acontecimiento editorial acaecido hace unas semanas impacta a las comunidades psicoanalíticas de habla inglesa y de habla española.

 

Efectivamente, desde principios de junio pasado cualquiera puede comprar —27 mil pesos en papel, 31 mil pesos en formato kindle— la nueva edición revisada de las obras completas de Sigmund Freud. El sello editorial ya no es Hogarth Press, sino Rowman & Littlefield Publishers. The Revised Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud se basa en la traducción de James Strachey, con nuevas revisiones y traducciones.



Se oferta con la promesa de que aclara algunas ambigüedades léxicas y conceptuales con extensas notas y comentarios editoriales, e incorpora material no incluido en la edición estándar —56 ensayos y cartas—. La empresa se realizó por encargo de la Sociedad Psicoanalítica Británica —coeditora—, gracias a décadas de deliberación académica sobre la traducción de Strachey. La coordinación de todo estuvo a cargo del psicoanalista sudafricano, Mark Solms (1961), cuyas adendas y cambios a la traducción original se distinguen. “Los lectores pueden examinar lo que Strachey contribuyó antes de las revisiones junto con las actualizaciones, nuevas traducciones, anotaciones y comentarios de Solms, poniendo en diálogo de manera colectiva el texto de Freud y la traducción de Strachey con cinco décadas de investigación, incluidos los avances más recientes en el campo.” Hay mucho que decir acerca de la trayectoria de Solms; sirva para incentivar la curiosidad por futuras entregas que se considera el primero en emplear el término neuropsicoanálisis.

domingo, 14 de julio de 2024

La fama y otras ilusiones

  

Life is illusion, disillusionment is destruction.

Karl Jaspers, Tragedy is not enough.

 

El arte no reproduce lo visible; más bien, hace visible.

Paul Klee.

 

 

 

Ciego y ya en la lúcida plenitud de su vejez, “aurora de la muerte”, Borges admitía que “los hados o los astros” le habían dado “la fama, que no merece nadie”. Así lo dejó anotado en su poema Aquel, sobre el cual él mismo glosó: “debe parecer un caos, un desorden y ser íntimamente un cosmos, un orden”. En otro poema, el que dedicó al filósofo Baruch Spinoza, el bonaerense se había referido también a la fama, mentándola como “ese reflejo de sueños en el sueño de otro espejo”. Además, claro, el autor de Ficciones escribió La fama, un poema en el que consagró 138 palabras distribuidas en 24 versos para enlistar, iniciando siempre con un infinitivo, las razones por las cuales, según él, habría de llegar a la muerte siendo un hombre famoso; por ejemplo: “No ser codicioso de islas” o “Haber urdido algún endecasílabo” o “Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino”. En dos versos, Jorge Luis Borges cierra su composición con una conclusión: “Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara una fama que / no acabo de comprender”.

 

Es imposible gobernar los resortes que dispararán, o no, la fama de una persona. Por lo demás, si bien lo único seguro es que tarde que temprano todos caeremos en las negras profundidades del olvido absoluto, mientras tanto los motivos por los cuales quienes seguimos vivos recordamos a algunos muertos —pocos, muy pocos— ni son fijos ni necesariamente lógicos, mucho menos justos. En cualquier caso, el recuerdo ocurre ahora, en el presente, y liberándose cada vez más y más de lo que supuestamente lo provocó en el pasado. Por lo demás, eso que llamamos fama —condición de ser famoso, es decir, ampliamente conocido— se manifiesta diferente a través del tiempo y en los distintos ámbitos. Consulte usted a uno de los oráculos contemporáneos más socorridos, ChatGPT, ¿a qué debe su fama Karl Jaspers? Yo lo hice y obtuve la siguiente respuesta: “Karl Jaspers es conocido principalmente por ser un filósofo alemán destacado del siglo XX.” El artilugio informático destaca que Jaspers es uno de los principales exponentes del existencialismo, junto con Sartre y Martin Heidegger, así como sus aportes a la teoría del conocimiento —epistemología fenomenológica— y a la ética y la ciencia política. Ciertamente, Karl Theodor Jaspers (1883-1969) es un pensador al que hay que leer, pero resulta que su formación inicial fue en otras disciplinas. Mucho antes de publicar La fe filosófica (1932) o Filosofía de la existencia(1938), Jaspers estudió medicina y luego psiquiatría, campo este último en el que, aunque su fama de filósofo ha opacado, no fue nada menor su trabajo. De hecho, Jaspers escribió también un libro, si bien no ajeno a la filosofía —en última instancia quizá nada lo sea—, especializado en las ciencias de la salud.

 

Y vamos llegando al punto: resulta que en su obra Psicopatología general (1923), en el capítulo que dedica a las “Manifestaciones subjetivas de la vida psíquica enferma” —sección “fenómenos singulares de la vida psíquica anormal”—, Jaspers propone una clasificación de los modos en que los objetos, la realidad concreta, es dada de manera anormal a la percepción de la gente. Pone en el primer grupo a las anomalías de la percepción, con tres tipos: alteración en la intensidad de las sensaciones; traslaciones de la calidad de las sensaciones, y sensaciones anormales simultáneas. En segundo lugar agrupa lo que denomina características anormales de la percepción: extrañeza del mundo, el mundo se vuelve nuevo y de belleza dominante, e imposibilidad para percibir el alma de otras personas. La tercera categoría corresponde a la escisión de la percepción. Finalmente, las percepciones engañosas conforman la quinta categoría, la cual, basado en la división que la psiquiatría acepta desde Jean-Étienne Esquirol, divide en alucinaciones e ilusiones. Las primeras son percepciones que no han surgido de percepciones reales por transformación, sino que son enteramente inventadas. En cuanto a las ilusiones, Jaspers las define como “las percepciones surgidas de percepciones reales por transformación, en las que las excitaciones externas de los sentidos se combinan con elementos reproducidos en una unidad en la que las excitaciones sensibles directas no son distinguibles de las reproducidas”. Las ilusiones, a su vez, las divide en tres: de inatención, afectivas y, a las que va todo esto: las pareidolias.

 

Leonardo da Vinci (1452-1519), sin duda uno de los personajes más famosos de la tradición occidental, sin saber que estaba describiendo lo que siglos después llamaríamos pareidolias, recomendó a quienes quisieran pintar como él:

No dejaré de mencionar entre estos preceptos una nueva fuente de especulación, la cual, aunque pueda parecer trivial y casi digna de risa, es sin embargo extremadamente útil para despertar la mente a diversas invenciones. Se trata de lo siguiente: cuando mires una pared con manchas o con una mezcla de piedras, si tienes que idear una escena, puedes descubrir un parecido con diversos paisajes, embellecidos con montañas, ríos, rocas, árboles, llanuras, valles anchos y colinas en una disposición variada. O también puedes ver batallas y figuras en acción; o rostros y trajes extraños, y una infinita variedad de objetos que podrías reducir a formas completas y bien dibujadas. Y estos aparecen en tales paredes de forma confusa, como el sonido de las campanas en cuyo repique puedes encontrar cualquier nombre o palabra que elijas imaginar (numeral 508 de la “La práctica de la pintura”; The literary works of Leonardo da Vinci).

El mismo procedimiento empleaba siendo un infante de nueve años el pintor Paul Klee (1879-1940), seguramente si haber leído a Leonardo:

En el restaurante regentado por mi tío, el hombre más gordo de Suiza, había mesas con tableros de mármol pulido, cuya superficie exhibía un laberinto de capas petrificadas. En este laberinto de líneas se podían distinguir grotescos humanos y plasmarlos con un lápiz (The diaries of Paul Klee, 1898-1918).

El pintor, quien era tanto suizo como alemán, igual que Karl Jaspers, no consideraba a las pareidolias un método —como Leonardo—, sino una distracción que evidenciaba las anomalías mentales que sufriría a lo largo de toda su vida: “Me fascinaba este pasatiempo; mi ‘inclinación por lo extraño’ se anunciaba a sí misma”.

 

La fama de extraño de Klee llegó a oídos de Borges, quien lo mienta en Los conjurados: “Son un cirujano, un pastor o un procurador, pero también son Paracelso y / Amiel y Jung y Paul Klee”. En el poema, el argentino sugiere que la historia y la memoria son fuerzas que moldean nuestra percepción del mundo… Curioso: junto con Klee, Borges mienta en el mismo verso a un psiquiatra, Jung (1875-1961), y a un filósofo, Henri-Frédéric Amiel (1821-1881)…, los dos suizos, por cierto.

lunes, 10 de julio de 2023

La otra cara del silencio

 


Nada más natural que lo sobrenatural encarne

en los hombres y hable su lenguaje.

Octavio Paz, El arco y la lira.

 

 

En 1967, el embajador de México en India reiteraba una pregunta. El razonamiento mediante el cual había determinado la necesidad de hacerlo es maravilloso, mejor, marravillante: “La inmovilidad es una ilusión, un espejismo del movimiento; pero el movimiento, por su parte, es otra ilusión, la proyección de Lo Mismo que se reitera en cada uno de sus cambios y que, así, sin cesar nos reitera su cambiante pregunta —siempre la misma.” Octavio Paz había formulado la susodicha interrogante poco más de diez años atrás, en la advertencia de la edición príncipe de El arco y la lira (1956): “¿no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?; y la poesía ¿no puede tener como objeto propio, más que la creación de poemas, la de instantes poéticos? ¿Será posible una comunión universal en la poesía?”

 


A lo largo de su ensayo, Paz reflexiona sobre la relación de la poesía con el mundo, y más ampliamente, sobre la relación del lenguaje con la realidad. “El lenguaje es simbólico porque trata de poner en relación dos realidades heterogéneas: el hombre y las cosas que nombra. La relación es doblemente imperfecta porque el lenguaje es un sistema de símbolos que reduce, por una parte, a equivalencias la heterogeneidad de cada cosa concreta y, por la otra, constriñe al hombre individual a servirse de símbolos generales”. Con el lenguaje nombramos al mundo y lo creamos: “al crear con palabras, creamos eso mismo que nombramos y que antes no existía sino como amenaza, vacío y caos.”

 

Pero el lenguaje, creación humana, nunca alcanza a abarcar toda la realidad. Hace más de dos mil años, Aristóteles lo advertía: “como no es posible discutir trayendo a presencia los objetos mismos, empleamos los nombres en lugar de los objetos mismos…, [pero] los nombres y la cantidad de enunciados son limitados, mientras que los objetos son numéricamente infinitos” (Sobre las refutaciones sofísticas; 165a). Basta reflexionar durante unos segundos lo anterior para comprender la profundidad de la atinada afirmación de Paz: “Nos rodea el silencio anterior a la palabra. O la otra cara del silencio: el murmullo insensato e intraducible…”

 

El murmullo de lo insensato e intraducible es atronador cuando ocurren las coincidencias, y parte de la escandalosa confusión que suscitan se debe a la debilidad de nuestro lenguaje para ponerlas en su lugar. Sin un arsenal suficiente de palabras, cuando experimentamos una coincidencia, nuestro pensamiento mágico, fundamentalmente narrativo, se activa para tramar una explicación y ponerle nombre a lo desconocido. Entonces la coincidencia que presenciamos o vivimos se transforma en obra del destino, en un milagro o en una fatalidad; entonces las cosas pasan por algo o porque Dios quiere o porque un duende nos puso el pie o un angelito nos protegió o intervino cualquier otra agencia o agente sobrenatural.

 

Asignamos una misma palabra, coincidencia, a fenómenos disímiles: es una coincidencia que en la actualidad el Sol sea 400 veces más grande que la Luna, y se localice casi 400 veces más lejos de la Tierra que aquella; fue una coincidencia que en 1985, 2017 y 2022 haya temblado en la Ciudad de México el mismo día del año, el 19 de septiembre; fue una coincidencia que la octogenaria Christine hubiera llegado a Ámsterdam el mismo día que nosotros, y a la misma hora, para guiarnos a Broek in Waterland; fue coincidencia que Mark Twain haya nacido en 1835, cuando el Halley pasaba por nuestro planeta, y muerto 75 años después, cuando el cometa volvió a visitarnos…

 

— ¡Qué coincidencia!: ayer, en el momento en que colocaba los audífonos al celular para llamarle a mi hija, vibró el aparato… ¡Era ella!

 

Hemos tratado de poner algún orden en la otra cara del silencio mediante la creación de algunas palabras con las que se pretende discernir lo uno de lo otro en el vasto abanico de fenómenos de las coincidencias. A propósito de un antojo fílmico y de un libro de Auster, hace cuatro años traía a cuento aquí mismo el concepto formulado por Carl Jung: sincronicidad: “una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo es igual o similar…” Paul Kammerer propuso serialidad para referirse a la recurrencia de cosas o eventos en el tiempo y el espacio. Klaus Conrad acuñó el término apofenia, una condición cercana a la esquizotipia —“una dimensión de la personalidad caracterizada por experiencias que de alguna manera hacen eco, en forma apagada, de los síntomas de la psicosis, incluidas las ideas mágicas y las creencias paranormales”, explica Paul Broks—. Más próximo a la explicación por negación, Arnold Zwicky, estableció el concepto ilusión de frecuencia, “un capricho de la percepción por el cual un fenómeno al que uno está alerta de repente parece omnipresente”.

 


Hace siglos, justo con Aristóteles, comenzó el análisis de las falacias o argumentos sofísticos o “razonamientos desviados” (paralogismôn). Se estudian tradicionalmente como artimañas para engañar o convencer a otros, pero bien pueden ser aparejos de autoengaño. Porque, cuidado, así como el lenguaje nombra al mundo también puede crear mundos… imaginarios.