Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 1 de marzo de 2026

Chisme

  

Voici assez d'éloges donnés aux morts,

médisons un peu des vivants.

Alexandre Dumas, Vingt ans après.

 

 

Gracias a otro sociólogo, mi buen amigo el conde Serredi, leí De demonios a dioses. Eso ocurrió hace ya más de diez años, en 2015. Ese chisme ya lo he contado: durante unos meses, cada que nos veíamos, él insistía en que me dejara de tonterías y corriera a comprar el libro. ¿Ya lo tienes? ¿Ya lo leíste? Una llamada, un mail, un tweet, cualquier medio era bueno. Pasaban las semanas y yo seguía entretenidísimo consumiendo novela tras novela, y no le hacía caso. El hostigamiento llegó a su fin cuando el conde terminó por hartarse de mi testarudez, y una feliz tarde se apersonó con un ejemplar nuevecito bajo el brazo: Toma, léelo

 

Uno de los muchos hallazgos con los que me topé en aquel libro de Yuval Noah Harari (1976) fue la teoría de que el chismorreo se encuentra en el origen mismo del lenguaje humano:

Nuestro lenguaje evolucionó como una variante de chismorreo. Según esta teoría…, la cooperación social es nuestra clave para la supervivencia y la reproducción. No basta con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tropilla odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo… [ ] Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70,000 años les permitieron chismorrear durante horas. La información fiable acerca de en quién se podía confiar significaba que las cuadrillas pequeñas podían expandirse en cuadrillas mayores, y los sapiens pudieron desarrollar tipos de cooperación más estrecha y refinada.

Como hace siempre, Harari no da crédito en el cuerpo del texto, pero en nota al final del libro cita a quien se considera el autor de esta teoría: el antropólogo, biológico, psicólogo evolutivo y especialista en comportamiento de primates Robin Dunbar (Robin Ian MacDonald Dunbar; Liverpool, Inglaterra, 1947). En Grooming, Gossip and the Evolution of Language, propuso que el lenguaje humano evolucionó como una forma eficiente de “acicalamiento vocal” (vocal grooming) para mantener la cohesión social en grupos grandes, reemplazando el acicalamiento físico de los primates no humanos (espulgarse unos a otros, limpiarse, quitarse espinas…). Según Dunbar, el chisme (gossip) habría jugado un rol clave en este proceso, permitiendo fortalecer alianzas de manera más económica y simultánea. El libro de Dunbar se publicó en 1996, quince años antes que el best-seller de Yuval Noah Harari —la primera edición en hebreo de De animales a dioses, que en ediciones posteriores se vendió como Sapiens, se titula קיצור תולדות האנושותUna breve historia de la humanidad, apareció en 2011 bajo el sello editorial Dvir Publishing—.

 

Dunbar revolucionó la comprensión del origen del lenguaje al desplazar el foco de la supervivencia a la reproducción social —cohesión de grupo—. Resulta que el chisme es la herramienta que nos ha permitido gestionar nuestro complejo mundo social y mantener unidas comunidades mucho más grandes de lo que sería posible sólo con el contacto físico. El chisme es, esencialmente, acicalamiento con palabras.

 

Poco después, en 2019, Francesca Giardini y Rafael Wittek publicaron The Oxford Handbook of Gossip and Reputation, la primera obra que analiza integral e interdisciplinariamente los fenómenos del chisme y la reputación, demostrando que están fusionados inextricablemente como mecanismos sociales base. El libro ofrece una comprensión del chisme desde sus antecedentes y procesos hasta sus consecuencias en la creación de cooperación, control social y mantenimiento del orden en grupos humanos, desde pequeñas sociedades hasta sistemas online globales. Además de ubicarlo en los orígenes del lenguaje humano, los autores conceptualizan el chisme como una habilidad social sofisticada, no como un defecto moral, que requiere inteligencia social para ser efectivo y evitar represalias.

 

Casi medio siglo antes de que Yuval Noah Harari publicara Sapiens y treinta años antes de la primera edición del libro de Robin Dunbar, el escritor también israelí Amos Oz dio a conocer su primera novela, Makom Acher (1966) —editorial Sifriyat Poalim de Tel Aviv—, traducido al español como Quizás en otro lugar. La novela debut de Amos Oz, ambientada en el kibutz ficticio de Metsudat Ram cerca de una frontera hostil, profundiza en temas de aislamiento, ideología y dinámicas sociales. De esta novela tomo el siguiente extracto:

Quien no simpatiza con el chismorreo no hace más que demostrar lo poco que comprende la esencia de nuestra vida comunitaria. Aquí el chismorreo… cumple un importante papel, y muy respetable, y a su manera ayuda a arreglar el mundo… El secreto está en que juzgamos a nuestro prójimo día y noche, juzgamos sin piedad…, aquí todo el mundo juzga, todo el mundo es juzgado, no hay debilidad que pueda escaparse aquí por mucho tiempo a los juicios de valor… Todos los días eres juzgado, a cada instante. Por tanto, todos estamos obligados a declararle la guerra a nuestra propia naturaleza. A purificarnos. Nos pulimos unos a otros igual que el río pule los guijarros.

Hace casi veinte años escribí un texto a propósito de Palmeras de la brisa rápida (2009), un libro del también sociólogo Juan Villoro. Lo titulé Literatura mata Sociología, y en él argumentaba que, puestos a tratar de entender las cosas, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, Conversación en La Catedral de Vargas Llosa, El otoño del patriarca de García Márquez o Tres tristes tigres de Cabrera Infante resultan aliados bastante más efectivos que toneladas de investigaciones y tesis doctorales en historia de Hispanoamérica, ciencias políticas y sociología. Sigo pensando lo mismo. La precisión con que Amos Oz describe en su novela la función milenaria del chisme nos lo recuerda. Por cierto, en Palmeras de la brisa rápida, Villoro recuerda a una abuela suya: “Todos los días renovaba su decencia describiendo con lujo de detalle la indecencia de los demás”.

 

Visto así, quizá mi amigo el conde Serredi, al regalarme el libro, no estaba sino practicando lo que Dunbar teoriza: un acicalamiento con palabras —sobre un autor que merecía la pena— para fortalecer nuestra alianza. Me estaba puliendo, como el río pule los guijarros. Y funcionó. Aquí estoy, años después, contándoselo a ustedes.

domingo, 11 de enero de 2026

Normalidad de conveniencia

  

 

La vida que llevaba antes de ‘nacer’ como dependienta de una tienda

está envuelta en una nebulosa y no la recuerdo claramente.

Sayaka Murata, La dependienta.

 

 

La protagonista La dependienta, Keiko Furukura, no nació como dependienta; se hizo dependienta. Su historia es la crónica de una solución de supervivencia. Frente a la incapacidad de descifrar el manual no escrito de la normalidad interpersonal, Keiko encuentra en el Smile Mart —algo así como un Oxxo— un mundo reglado, predecible, donde cada gesto, cada saludo, cada transacción tiene su protocolo. “Se me daba bien imitar los ejemplos…” La imitación es el núcleo de su estrategia existencial. En el universo limitado y brillante de la konbini, Keiko logra lo que le es esquivo en el “mundo exterior”: pasar por una persona normal. No es que haya desarrollado una auténtica comprensión de las reglas sociales; más bien, ha internalizado un guion externo hasta el punto de que su desempeño se vuelve automático, fluido, convincente. La tienda le proporciona lo que en el ambiente social nunca tuvo: un self funcional. El psicoanalista británico Donald Winnicott (1896-1971) diría Keiko ha construido, de manera nítida y deliberada, un falso self.

 


En “La distorsión del yo en términos de self verdadero y falso”, Winnicott postula que el falso self se origina en las fallas más tempranas del ambiente facilitador. La madre “suficientemente buena” es aquella capaz de intuir y satisfacer el gesto espontáneo del infante, aquel impulso que emana del self verdadero, permitiéndole así “empezar existiendo y no reaccionando”. Cuando la madre no logra esta sintonía, sustituye el gesto genuino del bebé por el suyo propio, forzándolo a la sumisión. El falso self se organiza entonces como una defensa: su función es “ocultar y proteger al self verdadero” de la aniquilación que supondría su exposición a un ambiente que no lo reconoce. En los casos extremos, el falso self se establece como real, y es lo que los demás toman por la persona, aunque en las situaciones que demandan autenticidad, esa fachada presenta alguna carencia esencial.

 

La novela de Sayaka Murata presenta un caso de manual de este desarrollo. Desde su infancia, sus gestos espontáneos son sistemáticamente rechazados por su entorno. Sus padres, preocupados, intentan “curarla”. El problema no es la carencia de cariño, sino una falla en el reconocimiento de su self verdadero, de su particular modo de estar en el mundo. Keiko internaliza el mensaje: sus impulsos naturales son inaceptables, producen desconcierto y vergüenza ajena. Decide entonces “hablar lo mínimo”, “imitara los demás y a obedecer órdenes”, dejando de “actuar por mi cuenta”. Esta decisión consciente marca el inicio de su organización defensiva. Su self verdadero se retira —¿a la inexistencia?—. Lo que despliega ante el mundo es una máscara de obediencia y silencio.

 

El hallazgo del Smile Mart es una revelación salvadora. La tienda le ofrece un manual explícito. Al adoptar el rol de dependienta, Keiko no ejerce un trabajo; accede a un self prefabricado, operativo y socialmente validado. El uniforme, las frases de cortesía, los rituales matutinos, la coreografía de movimientos frente a la caja, todo constituye un sistema completo de ser. Este self falso de dependienta es “exitoso”. Es tan convincente que sus compañeros y jefes la consideran una empleada modelo. Cumple a la perfección la función de ocultar aquel self verdadero que, desprovisto de este andamiaje. La paradoja es profunda: la artificialidad reglamentada de la konbini le permite a Keiko experimentar, por primera vez, una sensación de realidad y pertenencia. “Entonces sentí por primera vez que formaba parte del mundo, como si acabara de nacer”. 

 

Sin embargo, como señala Winnicott, un self falso, por bien organizado que esté, “carece de algo, y ese algo es el elemento esencial de la originalidad creativa”. Keiko lo intuye. Su vida fuera de la tienda es un vacío, un mero intervalo de recuperación para el turno siguiente. No tiene deseos, proyectos o relaciones auténticas. Su identidad es un collage de identificaciones prestadas. Esta plasticidad mimética es la máxima expresión de su adaptación defensiva.

 

La crisis sobreviene cuando la presión social exige que trascienda el rol de dependienta y encarne el siguiente rol del guión normativo: el de esposa y, potencialmente, madre. Keiko, que ha logrado estabilizar su existencia en el microcosmos regulado de la tienda, se ve forzada a enfrentar el manual más amplio y difuso de la vida adulta normal

 

Keiko Furukura encarna una paradoja extrema de la normalidad moderna. Su camino no conduce a la curación en el sentido de adaptación al “mundo normal”. Al final, rechaza el matrimonio de conveniencia y el empleo estable, y decide buscar otra tienda donde trabajar. Su self falso de dependienta, que empezó como una defensa, ha terminado por fusionarse con lo que, en su estructura psíquica única, constituye su self verdadero. No ha logrado convertirse en una “persona normal” según el guion social, pero ha encontrado una norma propia, una normalidad de conveniencia que le permite existir sin la sensación de futilidad. En términos de Canguilhem, ha instituido sus propias normas de vida, patológicas quizá para el consenso social, pero vitales para ella. Keiko no resuelve la paradoja de la normalidad; la habita en su forma más pura y desgarradora: para ser real, debe apegarse a un manual, pero al hacerlo con una convicción total que anula cualquier otra pretensión, alcanza una especie de autenticidad secundaria, una normalidad lograda a través de la más absoluta artificialidad. Su vida nos interroga: ¿no será que, en el fondo, todos interpretamos personajes, sólo que algunos manuales son más gruesos, más difusos y, por lo mismo, más difíciles de aprender que el de una konbini?

 

domingo, 21 de diciembre de 2025

Sobre la imposibilidad de ser normales

  

 

The normal’s the one thing you practically never get.

That’s why it’s called the normal.

W. Somerset Maugham, Of Human Bondage.

 

 

 

“Me considero una persona normal” —afirma el protagonista de Ampliación del campo de batalla (1994), la novela con la que debutó el hoy afamadísimo Michel Houellebecq—. “Bueno, puede que no exactamente, pero ¿quién lo es exactamente? Digamos que soy normal al 80%.” 

 

¿Y tú? ¿Eres una persona normal? ¿Normal? ¿Qué es normal?


Francis Bacon, Three Studies for a Self Portrait.


 

 

 

La palabra normal nos llegó del latín normalis, que primariamente quería decir “hecho según el molde” o “acorde a la regla”. ¿A la regla? ¿Conforme a qué regla? Conforme a una herramienta romana específica: la norma, una escuadra empleada por carpinteros y albañiles que servía para lograr y luego verificar la rectitud y la perpendicularidad a la hora de manufacturar artefactos y erigir construcciones. Norma est genus regulae: la escuadra es un tipo de regla. El significado de normal se remonta, pues, no a la naturaleza sino al mundo, al ámbito de los humanos en el que invariablemente intervenimos, modificamos y fabricamos cosas. En su origen, normal no se refería a lo espontáneo, sino a lo creado mediante la técnica y el trabajo, es decir, a lo artificial.

 

El vocablo que designaba a la escuadra romana, norma, proviene del griego γνώμων (gnṓmōn), que significaba “aquel que discierne” o “indicador”. Un gnomon era la vara, estaca u obelisco que, al proyectar su sombra, medía el tiempo, es decir, la aguja del hēliakón, del reloj de sol. La palabra griega gnomon pudo llegar al latín por medio del etrusco, lengua en el que no se usaba el sonido gn–, de tal suerte que gnomon se transformó en algo más próximo a noma o norma. Y conviene recordar que gnomon proviene de la raíz indoeuropea *gno-, “conocer”. Así que la noción de lo normal, lo que se ajusta a la escuadra, está etimológicamente ligada al conocimiento (gnomon): lo normal es lo que se sabe que está indicado. Mientras que el gnomon es un dispositivo de conocimiento externo —informa sobre el tiempo—, la gnosis es un conocimiento que produce el individuo en su interior —comprensión, revelación—.

 

La romana no es la escuadra más antigua de la que tenemos noticia. Esa sencilla y poderosa herramienta existió mucho antes de que Roma fuera fundada. Los romanos la heredaron. Los griegos, además del gnomon, tenían el kanon (κανών), una caña o vara recta de medición, y juntos funcionaban como la norma. Y, por supuesto, las civilizaciones orientales anteriores ya conocían y empleaban herramientas que servían para imponer a la materia líneas y ángulos rectos. En Mesopotamia y Egipto se usaban instrumentos de verificación de rectitud —cuerdas, niveles y escuadras—, sin los cuales las obras monumentales no hubieran podido ser construidas.

 

Podría creerse que las disposiciones rectilíneas surgieron aparejadas al desarrollo civilizatorio —campos arados, pirámides, agrupamientos militares…—; sin embargo, hoy sabemos que los homínidos han intentado perfilarlas incluso antes de que los sapiens surgiéramos de la cadena evolutiva: hasta ahora, el rastro más antiguo que evidencia el trazo intencional de rectas es una concha de almeja hallada en Indonesia, en la que se observa un patrón en zigzag grabado hace unos 450 mil años, seguramente por un homo erectus usando un diente de tiburón—.

 

 

 

 

Hace unos 120 mil años, alguien como tú —quiero decir un sapiens, paleolítico, pero sapiens— tomó un pedazo de hueso de aurochs —una especie de toro extinto— y deliberadamente grabó en él seis líneas paralelas, más o menos del mismo tamaño y separadas entre sí con cierta regularidad. No son marcas de despiece ni azarosas marcas de uso. Si bien su imperfección geométrica es apreciable a simple vista, lo son también la intención, el ritmo, es decir, una voluntad de dar forma. El hueso —descubierto en el sitio paleolítico de Nesher Ramla, Israel— quizá sea el vestigio más antiguo de símbolos gráficos. Desde entonces, cada línea recta antrópica es un conato: una aproximación obstinada a una forma que no existe en la naturaleza, pero tampoco en el mundo concreto creado por los humanos. Desde hace cientos de miles de años los homínidos hemos tratado de trazar líneas y ángulos rectos, círculos y triángulos equiláteros perfectos… Aún no lo logramos, ni siquiera actualmente con todo nuestro poderío tecnológico. ¿No? ¿Si usted dibuja una línea recta con un lápiz bien afilado y usando, digamos, una regla T, no plasmará una línea recta? 

 

Existe un abismo conceptual infranqueable entre la perfección matemática que pretende imponer una regla T, un escalímetro o una escuadra romana y lo que podemos encontrar en la naturaleza y en general en la realidad concreta. Platón identificó el núcleo del problema hace más de dos mil años. Su argumento es demoledor: aunque nadie ha visto jamás una línea perfectamente recta ni un ángulo exactamente recto, todos sabemos lo que son. El filósofo griego sabía que ningún objeto perceptible posee superficies absolutamente planas ni bordes perfectamente rectos ni nada es estrictamente circular… Desde primaria cualquiera sabe que un cuadrado es un polígono de cuatro lados iguales, con cuatro ángulos rectos (90 grados), y que, como cualquier polígono, únicamente tiene superficie, es decir, que carece de volumen. Usted mismo ahora puede tomar una pluma, una regla, y dibujar en el papel un cuadrado… ¿Pero es exactamente un cuadrado? Considere que, en la realidad física concreta, no existen objetos de dos dimensiones: todo lo que existe materialmente tiene necesariamente tres dimensiones espaciales. Un cuadrado, como concepto matemático bidimensional, es una abstracción que existe únicamente en el pensamiento y representado en sistemas formales matemáticos. Todo cuadrado real es un ideal que se rindió. Una hoja de papel tiene cierto espesor —tercera dimensión—, aunque sea mínimo, y las líneas que figuran el cuadrado tienen grosor y profundidad —si usted no me cree, écheles un ojo a través de un microscopio—. A nivel atómico y subatómico, la noción se complica más: los átomos y partículas subatómicas existen en tres dimensiones espaciales y además se están moviendo: no hay superficies verdaderamente bidimensionales, son materialmente imposibles. Los teoremas geométricos son representaciones aproximadas de los objetos perceptibles: un cuadrado perceptible es apenas aproximadamente plano, con bordes apenas aproximadamente rectos y puntos-vértice apenas aproximados. Este es el llamado problema de Platón: la geometría es un cuerpo de verdades sobre cosas reales, pero las cosas perceptibles no realizan verdaderamente propiedades geométricas.

 

 

 

 

Así como ningún cuadrado es exactamente un cuadrado, ninguna persona es exactamente normal. Houellebecq no pone un juego de palabras en la boca del protagonista de su novela; la declaración muestra una profunda paradoja: si alguien alcanzara a ser absolutamente normal, perfectamente normal, al 100% conforme a la norma, resultaría anormal, una aberración.


 

La norma romana, el gnomon griego, nuestra escuadra han sido siempre instrumentos de aproximación: herramientas que nos permiten medir y verificar, pero jamás alcanzar la perfección geométrica, algo que ni esos modelos encarnan. Del mismo modo, la normalidad a la que apuntamos —ese conjunto tácito de reglas que estructura nuestras expectativas sociales, nuestras conductas y nuestras identidades— es apenas un conato, un esfuerzo obstinado hacia una forma que carece tanto de existencia natural como de posibilidad de realizarse de manera concreta. El homo erectus que grabó zigzags en una concha hace 450 mil años, y el sapiens que luego marcó líneas paralelas en un hueso hace 120 mil años, no estaban simplemente inventando técnicas: estaban reconociendo, sin saberlo, que la realidad nos condena a perseguir formas que nunca alcanzaremos. Y así seguimos, generación tras generación, dibujando nuestros cuadrados imperfectos, grabando nuestras líneas irregulares, pretendiendo ser normales, conscientes en el fondo de que siempre queda un margen—ese 10, 20 por ciento de desviación—, el cual es lo que nos hace no sólo humanos sino reales. La normalidad, como la geometría de Platón, no es una meta alcanzable sino un horizonte: una ilusión que nos obliga a fabricar, a modificar, a intervenir en el mundo con el fin nunca consumado de aproximarnos a una rectitud que existe únicamente en el pensamiento.

domingo, 26 de octubre de 2025

Idealismo, locura y verdad

  

Karl Marx (1818-1883) le dedicó su tesis doctoral al papá de su novia:

Usted, mi amigo paternal, fue siempre para mí un argumentum ad oculos [prueba visible] de que el idealismo no es un producto de la imaginación, sino de la verdad.

Las palabras del joven Karl —entonces tenía 23 años— no expresan un oxímoron, aunque sí una tensión conceptual cercana a la paradoja. La tensión entre imaginación y verdad funciona dialécticamente: se afirma que el pensamiento idealista no inventa, sino que descubre lo verdadero.

 

En su tesis doctoral —Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro—, quien habría de convertirse en el pensador más influyente del materialismo histórico presentaba la filosofía de Epicuro (341 a. C. – 270 a. C.) como una crítica frontal al determinismo fatalista de Demócrito (c. 460 –370 a. C.). Marx defende la idea de que la filosofía de la naturaleza de Epicuro es superior a la de Demócrito por la idea del clinamen, la desviación espontánea del átomo. Demócrito defendía un determinismo mecánico regido por la Necesidad, mientras el clinamen —sin el cual los átomos caerían en líneas paralelas sin encontrarse nunca, imposibilitando la formación de los cuerpos— actúa como la indeterminación del átomo, como la ley interna de la materia que rompe el fatalismo y sienta el fundamento ontológico de la irrupción de la autoconciencia y la libertad. Marx utiliza a Epicuro para establecer un materialismo dialéctico.



 

 

 

 

Publicada en 1970 en Leningrado —hoy San Petersburgo— por la editorial soviética Nauka, Demokrit: Teksty, Perevod, Issledovaniya —Demócrito: textos, traducción e investigaciones— es considerada la obra más completa y sistemática jamás realizada sobre la vida, la doctrina y la recepción del filósofo de Abdera. El filólogo e historiador bielorruso Solomon Luria (1891–1964) dedicó más de cuarenta años a reconstruir el pensamiento de Demócrito, cuyas obras originales se perdieron casi por completo. Luria reunió, clasificó y tradujo al ruso todos los fragmentos conocidos y los contextualizó con un vasto aparato crítico, acompañado de un extenso estudio introductorio sobre el atomismo, su influencia en Epicuro y la transmisión del corpus democriteo. El libro fue editado póstumamente por los colegas de Luria del Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS —hasta ahora, el libro sólo ha sido traducido al italiano y al inglés—. En una época en que el materialismo dialéctico dominaba el horizonte filosófico soviético, la obra de Luria no fue un mero trabajo académico, sino también una reivindicación: el intento de devolverle voz al primer pensador que concibió un universo hecho de átomos y vacío. 

 

 

 

 

En su Vida de don Quijote y Sancho, Miguel de Unamuno (1864-1936) cuenta que Hipócrates viajó a Abdera a curar de locura a Demócrito, y que luego de hablar un rato con él concluyó que no era un loco sino un sabio. ¿De dónde saca esta anécdota?

 

El episodio no es verídico, al menos no desde el punto de vista histórico. Aunque Heródoto de Halicarnaso (c. 484 – 425 a. C.) fue efectivamente contemporáneo de Demócrito (c. 460-370 a.C.), el historiador no menciona esta anécdota en sus Historias. De hecho, no existe evidencia histórica confiable de que Hipócrates y Demócrito se hayan conocido realmente. Se trata de un relato apócrifo que pertenece al género de la pseudoepigrafía antigua. La anécdota tiene su origen en un conjunto de cartas atribuidas a Hipócrates —Cartas del Pseudo-Hipócrates—, en realidad escritas entre el siglo I a. C. y el siglo I d. C., es decir, varios siglos después de la muerte de Demócrito e Hipócrates. Las cartas que compilan la narrativa completa del supuesto encuentro entre Hipócrates y Demócrito son las numeradas del 10 al 17 en la edición de Littré del siglo XIX. Los pobladores de Abdera escriben a Hipócrates pidiéndole que acuda a curar al filósofo, quien, según ellos, había enloquecido porque se reía de todo constantemente y se dedicaba a disecar animales para estudiar la bilis causante de la locura. Cuando Hipócrates finalmente visita a Demócrito, lo encuentra escribiendo un tratado sobre la locura. Tras conversar con él, el médico concluye que el filósofo no está loco, sino que es el hombre más sabio, y que su risa es la respuesta razonable ante la locura colectiva de la humanidad.

 

 

 

 

El suegro de Marx era un romántico embebido de cultura clásica y un hombre hondamente intimado con la filosofía idealista alemana —Kant, Fichte, Schelling y Hegel—. El señor se llamaba Ludwig von Westphalen, en 1841 tenía 70 años y estaba muy enfermo. En el último párrafo de la misma dedicatoria, Karl agregaba:

No necesito orar por su bienestar físico. El Espíritu es el gran médico versado en magia, a quien usted se ha confiado.

Seguramente el tal Espíritu era el hegeliano; pero quien haya sido, al parecer no juzgó pertinente intervenir: Ludwig von Westphalen fallecería un año después. Johanna Bertha Julie von Westphalen, Jenny, y el doctor Karl Heinrich Marx contraerían nupcias en 1843.

 

 

 

 

Cervantes (1547-1616) no menciona la historia de Hipócrates y Demócrito en el Quijote, aunque sí hace algunas referencias indirectas a la locura ambigua del protagonista que recuerdan el patrón de esta anécdota. Por ejemplo, en el capítulo 30 de la primera parte, el cura describe a don Quijote de la Mancha diciendo:

… fuera de las simplicidades que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si se le trata de otras cosas, discurre con bonísimas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo; de manera que como no le toquen en sus caballerías, no habrá nadie que le juzgue sino de muy buen entendimiento.

 

 

 

 

En su tesis, Marx cuenta que, según Demetrio y Antístenes, Demócrito viajó a Egipto, Persia, el Mar Rojo, India y Etiopía para estudiar geometría con sacerdotes, convivir con caldeos y gimnosofistas, impulsado su insatisfacción y su insaciable deseo de aprender. Enseguida, más que dialéctico casi poético, escribe:

El saber que él tiene por auténtico es vacío; el que le ofrece un contenido carece de verdad. La anécdota de los antiguos puede ser una fábula, pero es verdadera en cuanto expresa la contradicción de su naturaleza.

Y luego, citando como fuente a Cicerón (siglo I a. C.), refiere que Demócrito se habría privado a sí mismo de la vista para que el entendimiento no se oscureciera en él. Esta otra historia es también leyenda filosófica, no un hecho histórico. La anécdota seguramente fue inventada para simbolizar la epistemología atomista que privilegiaba el conocimiento racional sobre el sensible. Pero, de nuevo, no es simplemente una falsedad. Como el propio Marx dice, puede ser una fábula, pero es verdadera en cuanto a lo que expresa.

 

Todo idealismo, incluso el de un materialista, llevado a su extremo, roza la locura, quizá porque se atreve a tomar en serio la verdad. Demócrito se reía de los demás y lo llamaron demente; Hipócrates lo escuchó y comprendió que la locura residía en los demás. Don Quijote enloqueció de tanto leer verdades imposibles, y Marx comprendió perfectamente que muchas verdades tienen que ser develadas en forma de ficciones. Entre la risa de Abdera, los molinos de La Mancha y la comprensión materialista de la realidad, acaso toda búsqueda de la verdad pase por ese mismo riesgo: el de parecer insensata ante los ojos del mundo. La cordura colectiva protege del pensamiento; la locura solitaria, a veces, lo engendra. La locura no siempre es el extravío de la razón: a veces es su consecuencia más honesta. 

domingo, 19 de octubre de 2025

Indicios

  

… penetrar cosas secretas y ocultas

a base de elementos poco apreciados o inadvertidos,

de detritos o “desperdicios” de nuestra observación.

Sigmund Freud, El Moisés de Miguel Ángel

 

 

 

 

1898 

 

Según James Strachey, la primera vez que Sigmund Freud escribió el término der Familienroman, “la novela familiar”, fue en una carta dirigida a su amigo Wilhelm Fliess fechada el 20 de junio de 1898.

Todos los neuróticos crean la llamada novela familiar (que se vuelve consciente en la paranoia); sirve por un lado a la necesidad de autoengrandecimiento y por otro como defensa contra el incesto.
 

 

 

1908

 

Freud desarrolló el concepto de novela familiar en un ensayo que debió de escribir en 1908. Inicialmente, aparecería publicado como un agregado del libro de Otto Rank El mito del nacimiento del héroe. No sería sino hasta las posteriores ediciones que el texto sería titulado: La novela familiar del neurótico. Arranca así el padre del psicoanálisis: “En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo”. Sin entrar en sus detalles, basta decir que el planteamiento de Freud es que, para ello, la novela familiar constituye un conjunto de fantasías mediante las cuales el sujeto modifica imaginariamente su vínculo con sus progenitores, elaboraciones fantasmáticas con las que el niño construye un relato alternativo sobre su propio origen.

 

 

1963

 

El galardón más importante de la literatura italiana es el Premio Strega. Lo han merecido, por ejemplo, Cesare Pavese, Alberto Moravia, Primo Levi, Umberto Eco… En 1963 la ganadora fue la palermitana Natalia Ginzburg (1916-1991), por Lessico famigliare. En la nota autoral con la que inicia la novela, ella advierte:

Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio… Al escribir, sentía tan profunda intolerancia por cualquier invención, que no he podido cambiar los nombres verdaderos.

Y, efectivamente, en Léxico familiar el lector se encontrará a personajes tan reales como Leone Ginzburg, Camilo Olivetti, Cesare Pavese… Más adelante, en la misma nota, Natalia Ginzburg dice:

… este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela, es decir, sin pedir más, ni tampoco menos, de lo que una novela puede ofrecer.

 

 

1986

 

Bajo el sello editorial Giulio Einaud apareció en 1986 la primera edición de Mitti emblemi spie de Carlo Ginzburg, libro en el que incluye el ensayo “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”. Su tesis central es que hacia fines del siglo XIX surgió un paradigma epistemológico basado en cierto tipo de inferencias: ni inductivas ni deductivas ni abductivas, sino inferencias a partir de indicios. El historiador italiano considera que el origen del paradigma epistemológico de inferencias indiciales se remonta al tiempo en que los humanos dependíamos de la caza y la recolección: “La acumulación de innumerables actos de persecución de la presa le permitió aprender a reconstruir las formas y los movimientos de piezas de caza no visibles, por medio de huellas en el barro, ramas quebradas...”, esto es, de indicios. Inferir a partir de indicios se basa en la capacidad de “remontarse desde datos experimentales aparentemente secundarios a una realidad compleja, no experimentada en forma directa”.

 

 

1939

 

En abril de 1939, en Turín, nació el primogénito de Natalia Levi y Leone Ginzburg, Carlo Ginzburg. Natalia publicaría tres años después su primera novela, El camino que va a la ciudad, con un seudónimo: Alessandra Tornimparte. En la primera reedición del libro ya usaría su nombre de casada, Natalia Ginzburg, con el que firmaría a partir de entonces todas sus obras, incluyendo Léxico familiar.

 

 

1897

 

También según Strachey, en la carta a Fliess del 24 de enero de 1897, Freud, aunque no utiliza aún el término, alude ya a los elementos fundamentales que después conformarían la novela familiar. Freud estudiaba el tema de la brujería y observó que en la paranoia (y posteriormente en todos los neuróticos) aparecía una fantasía típica relacionada con la influencia decisiva de la figura paterna ligada al ideal, y con la creación de mitos genealógicos tendientes al “extrañamiento de la familia”. Los indicios que Freud apunta en la carta son varios: el tema del linaje y la descendencia, la familia propia que aparece como extraña, la idealización paterna, la megalomanía y los mitos genealógicos que llevan a la fantasía de un origen excepcional, la función defensiva contra el reconocimiento de realidades incómodas…

 

 

1874

 

Carlo Ginzburg sostiene que “el conocimiento histórico, como el del médico, es indirecto, indicial y conjetural”, basado en “vestigios, tal vez infinitesimales, que permiten captar una realidad más profunda, de otro modo inaccesible”. Uno de sus tres ejemplos del paradigma del conocimiento a partir de indicios es el método de Giovanni Morelli. Entre 1874 y 1876, bajo el seudónimo de Iván Lermolieff, proponía un sistema para la atribución certera de cuadros antiguos. Frente a la práctica habitual de basarse en los rasgos más evidentes de una obra, fácilmente imitables, Morelli sostenía que “hay que examinar los detalles menos trascendentes e influidos por las características de la escuela pictórica a la que el pintor pertenecía: los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de manos y pies”. Al catalogar escrupulosamente tales detalles formales e inconscientes, que el artista ejecutaba de manera automatizada y que un copista pasaba por alto o reproducía con dificultad, Morelli podía identificar la “mano” única del maestro y distinguir así los originales de las copias fraudulentas.

 

 

1914

 

El método psicoanalítico que Freud desarrolló a lo largo de toda su obra se apoyó sistemáticamente en lo que Carlo Ginzburg denomina paradigma indiciario. Freud reconoció explícitamente esta influencia en su ensayo El Moisés de Miguel Ángel (1914), donde estableció la conexión entre su método y el del crítico de arte Giovanni Morelli:

Mucho antes de que pudiera yo haber oído hablar de psicoanálisis vine a enterarme de que un experto en arte, el ruso Iván Lermolieff [Giovanni Morelli]… había provocado una revolución en las pinacotecas de Europa... Habían alcanzado ese resultado prescindiendo de la impresión general y de los rasgos fundamentales de la obra, subrayando en cambio la característica importancia de los detalles secundarios, de las peculiaridades insignificantes, como la conformación de las uñas, de los lóbulos auriculares, de la aureola de los santos y otros elementos que por lo común pasan inadvertidos... Yo creo que su método se halla estrechamente emparentado con la técnica del psicoanálisis. También ésta es capaz de penetrar cosas secretas y ocultas a base de elementos poco apreciados o inadvertidos, de detritos o 'desperdicios' de nuestra observación…

 

 

2025

 

Como Freud en 1897, como Natalia y Carlo Ginzburg, sigo tanteando en busca de sentido entre detalles minúsculos: las palabras que heredé, los gestos que repito, las historias que me cuento para explicarme de dónde vengo. La verdad no siempre se encuentra en lo visible, sino en las costuras, en los márgenes, en lo que parece una nadería, incluso también en las soluciones de la fantasía.

martes, 5 de agosto de 2025

El socrático Don Quijote

 

Los hechos narrados por el alcalaíno Miguel de Cervantes (1547-1616) en el capítulo XLII de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha se sitúan en el segundo bloque de la primera salida del dilecto personaje. En aquel momento, El Caballero de la Triste Figura y Sancho Panza han vivido ya varias desventuras a causa de las fantasías caballerescas del manchego. El capítulo se desarrolla en la casa don Diego de Miranda, un noble que acoge a los protagonistas y comparte con ellos sus ideas y experiencias. Sancho confiesa a don Quijote sus dudas sobre gobernar Barataria, la ínsula que supuestamente le ha sido prometida como recompensa por sus servicios como escudero. Con su peculiar lógica y humor, Sancho revela su incertidumbre sobre su capacidad para desempeñar labores de gobierno, temiendo no estar a la altura de las responsabilidades. Don Quijote, por su parte, lo anima, dándole además diversas recomendaciones sobre cómo debe comportarse como gobernador; destaco una de ellas:

… has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.

Al batracio al que Don Quijote se refiere es el de la fábula “La rana y el buey”, de Cayo Julio Fedro (c. 14 a. C. – 50 d. C.).

En cierta ocasión una rana vio a un buey en un prado y, envidiosa de tan gran corpulencia, infló su piel arrugada. Entonces preguntó a sus hijos si era más grande que el buey. Ellos dijeron que no. De nuevo estiró su piel con mayor esfuerzo y otra vez preguntó quién era más grande. Ellos dijeron que el buey; finalmente, llena de indignidad, al querer inflarse con más fuerza, cayó en el suelo reventada.

Unos seis siglos antes, Esopo había ya escrito una fábula equivalente, “El gusano y la serpiente”:

Había una higuera en el camino. Un gusano, que vio a una serpiente dormida, sintió envidia de su tamaño. y al querer igualarla se echó a su lado e intentó estirarse, hasta que, por esforzarse tanto, sin darse cuenta, se rompió.

Así, don Quijote le dice a Sancho que, si se conoce a sí mismo y mantiene la humildad, su pasado como porquero no será motivo de vergüenza. Pero si se infla de orgullo y olvida su origen, ese pasado se volverá grotesco y lo arrastrará al ridículo, como parte de una locura absurda en la que el humilde se cree grande sin razón.

 

Por supuesto, la recomendación de don Quijote a Sancho no es otra que la célebre máxima griega γνῶθι σεαυτόν (gnōthi seautón), inscrita en el templo de Apolo en Delfos y atribuida tradicionalmente a Sócrates. Nosce te ipsum, en latín, es mucho más que una simple exhortación: es un principio filosófico que atraviesa la historia del pensamiento de la tradición occidental. Cervantes fue un lector literatura clásica grecorromana. La máxima “conócete a ti mismo” era ampliamente conocida en el Renacimiento, no sólo por los textos de Platón y Cicerón, sino también por los manuales morales y políticos del siglo XVI.

 


Desde hace mucho es generalizada la creencia de que la máxima “conócete a ti mismo” fue ideada por Sócrates (470 – 399 a. C.). Aquí mismo me he referido ya a este desacierto; no voy a repetir la explicación, sólo diré que es una genialidad de Cervantes, ¡otra!, poner en boca de su loco entrañable la máxima apolínea.

miércoles, 4 de junio de 2025

Gratitud a la Karamazov

 

Gratias agere, summam esse virtutem, et matrem omnium virtutum*.

Cicerón, Pro Plancio (54 a. C.).

 

 

Sobre la gratitud, pocos años antes de morir, Melanie Klein escribió:

Uno de los derivados más importantes de la capacidad para el amor es el sentimiento de gratitud. La gratitud es esencial para el establecimiento de la relación con el objeto bueno y se encuentra también en la base de la apreciación de la bondad en otros y en uno mismo. La gratitud tiene su origen en las emociones y actitudes que surgen en el estadio más temprano de la infancia, cuando para el bebé la madre es el primer y único objeto. (Envidia y gratitud, 1957)

Klein destaca la gratitud como un afecto profundo y fundante en la relación con el objeto bueno primario: la madre. La gratitud no se limita a una simple muestra de agradecimiento: implica una elaboración psíquica compleja: el reconocimiento de lo bueno en el otro, la integración del objeto y el amor sostenido, incluso en ambivalencia.

 

En Los hermanos Karamazov (1880), Fiódor Dostoyevski alude a la gratitud como una elaboración psíquica de la relación con el objeto bueno. Pienso en el personaje de Alyosha Karamazov, quien representa, dentro del universo turbulento y violento de la novela, la capacidad de amar, de reconocer el bien en los otros, de sostener la fe en el amor humano incluso frente al mal. Un momento particularmente significativo se halla al final de la novela, cuando, después del entierro del pequeño Iliusha, Alyosha le habla a un grupo de niños y les pide que recuerden, toda su vida, el momento de amor y unión que están compartiendo.

— Señores, vamos a despedirnos muy pronto… Decidamos aquí, junto a la roca de Iliusha, que nunca vamos a olvidarnos de él, en primer lugar y, en segundo, los unos a los otros. Sea lo que sea lo que nos pase en la vida, aunque estemos veinte años sin vernos, aun así vamos a recordar que hemos enterrado a un pobre niño al que una vez tiramos piedras…, y que después todos lo quisimos. Era un buen niño, un niño valiente y bondadoso… Vamos a recordarlo toda la vida… Y aunque estemos ocupados por los asuntos más importantes…, aun así no olvidemos nunca lo bien que estuvimos aquí, todos juntos unidos por un sentimiento tan bello y bueno y que, en estos momentos de amor por el pobre niño, quizá nos haya hecho mejores de lo que somos en realidad… Han de saber que no hay nada más alto, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, especialmente el que se atesora ya en la infancia, en la casa materna. Os han hablado mucho de la educación, pero cualquier recuerdo bonito, sagrado, conservado desde la infancia, puede ser la mejor educación que exista. E, incluso si nuestro corazón solo guarda un único recuerdo bueno, éste puede salvarnos en algún momento. Quizá nos volvamos malos, incluso puede que no tengamos fuerzas para resistir con firmeza ante una mala acción, que nos riamos de las lágrimas de los hombres… Aun así, da igual lo malos que seamos, Dios no lo quiera, pues, en el momento en que recordemos cómo hemos enterrado a Iliusha, lo mucho que lo hemos querido en sus últimos días y cómo estamos hablando aquí junto a la roca, tan amistosamente y todos juntos, el más cruel de nosotros y el más burlón, si es que nos convertimos en eso, ya no se atreverá a reírse en su interior de cómo una vez fue bueno y bello.

Alyosha guía a los niños en la elaboración colectiva del duelo por Ilusha, transformando el dolor por su pérdida en un momento de unión afectiva, ética y simbólica. Esto puede leerse, desde la teoría kleiniana, como un pasaje ejemplar de tránsito por la posición depresiva: los niños se enfrentan a una pérdida real (la muerte del amigo), y Alyosha los ayuda a no escindir, no negar, no proyectar la culpa, sino a reconstruir internamente al objeto perdido como bueno, lo cual implica no sólo una evocación afectiva, sino una integración psíquica del objeto bueno, en tanto Ilusha se convierte en punto de unión para los niños, incluso a pesar del conflicto. Desde la perspectiva kleiniana, se trata de una identificación reparadora: los niños recuerdan no sólo lo que hicieron mal, sino cómo repararon la relación con Ilusha al final, lo amaron y lo acompañaron en su agonía. Ese recuerdo no busca escindir lo bueno de lo malo, sino soportar la ambivalencia, lo cual caracteriza la maduración psíquica. Alyosha confía en que un recuerdo bueno y compartido puede proteger al sujeto incluso en momentos de angustia, hostilidad o crueldad futura: “Incluso si nuestro corazón solo guarda un único recuerdo bueno, este puede salvarnos en algún momento.” Este recuerdo funciona como un objeto bueno internalizado, que puede ser invocado para resistir el retorno de la destructividad.

 

Continúa Alyosha:

— He dicho todo esto por si algún día llegamos a ser malos. Pero ¿por qué hemos de serlo? ¿No os parece, amigos míos, que no hay ninguna razón para que lo seamos? Seremos buenos, honrados y no nos olvidaremos unos a otros. Yo os doy mi palabra de que no olvidaré a ninguno de vosotros; de que siempre, por muchos años que pasen, me acordaré de estas caras que me miran ahora… Queridos amigos: seamos todos generosos y valientes como Iliucha; bravos, nobles a inteligentes como Kolia y modestos y amables como Kartachov… A todos os quiero y os querré siempre igual. Y ya que nunca os faltará un lugar en mi corazón, puedo pediros que me llevéis toda la vida en el vuestro. ¿Quién nos ha unido en este hermoso sentimiento que deseamos conservar siempre en la memoria? Ihucha, ese bondadoso y gentil muchacho al que no dejaremos nunca de querer. ¡Nunca, nunca lo olvidaremos! ¡Será un bello recuerdo que llevaremos eternamente en nuestros corazones!

Este discurso de Alyosha es mucho más que una exhortación moral: es una puesta en acto de la función psíquica materna, contenedora, amorosa, integradora. En términos kleinianos, podríamos decir que:

  • Ayuda a los niños a atravesar la posición depresiva sin caer en la culpa persecutoria.
  • Les ofrece un modelo de reparación simbólica frente al daño causado.
  • Introduce una memoria afectiva que puede funcionar como sostén de la identidad frente a la destructividad.
  • Y sobre todo, funda un espacio compartido donde la gratitud es posible y deseable, no como deber, sino como fuente de ligadura, de sentido y de amor.

 

La alocución de Alyosha es, en este sentido, kleiniana por excelencia, cuya función no es curar desde fuera, sino sostener la capacidad psíquica de recordar el bien, de alojarlo internamente y de dejarse transformar por él.


En suma, el discurso de Alyosha Karamazov constituye una escena literaria de altísima densidad psíquica, en la que podemos leer, desde la teoría kleiniana:

  • Un proceso de elaboración del duelo que transforma el objeto perdido en objeto bueno interno.
  • Un modelo de identificación reparadora, ajena a la rivalidad, que permite a los niños reconocerse en el otro.
  • Una estructura de memoria afectiva compartida, que ancla al yo en experiencias de amor y de goce.
  • Finalmente, una realización simbólica del postulado de Klein: que la gratitud sólo es posible si antes hubo goce —un goce confiable, amable, alojado en el otro.

Alyosha actúa, así, como figura materna en el sentido psicoanalítico: contenedora, reparadora, transmisora de esperanza. Su palabra es una defensa contra el odio, la escisión y el olvido, y una afirmación de que la ternura vivida puede salvarnos incluso cuando el mundo parece perdido.


* Agradecer es la suprema virtud y la madre de todas las demás.

lunes, 5 de agosto de 2024

Noumenos y fenómenos

 

… lo que llamamos objetos externos no son sino simples representaciones de nuestra sensibilidad…; la cosa en sí misma, no se conoce por medio de estas representaciones.

Kant, Crítica de la razón pura.

 

 

Aunque uno no quiera, los sentidos hacen caso a la realidad, atienden a los objetos para que de inmediato se produzcan representaciones que activan nuestra ansia y capacidad de entendimiento…

 

Carl Stephenson escribió Leiningens Kampf mit den Ameise. Meses después, en 1938, el mismo año que Hitler ordenó la anexión de Austria —hecho que no debió haber incomodado a Stephenson; aunque vienés, era también nazi—, la revista Esquire publicó el cuento en inglés: Leiningen Versus the Ants. Después de la guerra, Stephenson convirtió su relato en una novela, que publicó con diferentes títulos: Auf Leben und Tod (A vida o muerte), Sendboten der Hölle (Mensajeros del infierno) y Marabunta. En 1954 se estrenó el largometraje The Naked Jungle, protagonizado por Charlton Heston, quien interpreta a Leiningen, el dueño de una plantación de cocoa en la jungla brasileña. Unos veinte años después vi la película, seguramente durante alguno de los maratónicos domingos de Cine Permanencia Voluntaria del Canal 5. En una escena que me resultó memorable, mientras pasan la noche en un campamento en medio de la jungla, todos despiertan en plena madrugada. ¿Por qué? Nadie gritó, no tembló, no se escuchó un rugido, un disparo, nada… Es el experimentado Leiningen quien explica qué rompió la placidez de su sueño: el silencio. ¿Qué? Entonces él dispara al aire, al silencio, que no se inmuta: — Es algo que no teme a las pistolas.

 


*

 

Caminas y a tus pies, súbita, rauda, con una forma y un tamaño que ipso facto remiten tu memoria a un tamal, una sombra surca el suelo: de inmediato, levantas la mirada en busca de un pájaro cruzando el cielo.

 

El aparato sensorial aprehende datos del entorno y mediante su cotejo con las representaciones que ya albergamos en la cabeza, se gesta “la materia bruta de las impresiones sensibles…” Todo esto tiene que ocurrir para que elabores el primer estadio de cualquier conocimiento, la experiencia. La experiencia, piensa Immanuel Kant (1724-1804), es el punto de partida de todo conocimiento. Conforme a su ordenamiento a través del tiempo, “ningún conocimiento precede a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella” (Kant, Crítica de la razón pura).



*

 

Tan pronto entras a la cafetería, sonríes complacido: está sonando Moanin’, y no es la de Charles Mingus, sino la de Bobby Timmons, que te gusta mucho más.

 

Los conocimientos previos a cada experiencia, los conocimientos a priori, sirven para dar cohesión a las nuevas representaciones provenientes de los sentidos, o conocimientos a posteriori… Por eso, advierte Kant, todo lo que ingresamos se va a relacionar necesariamente con las representaciones previas. Así que, “aunque todo nuestro conocimiento empiece con la experiencia, no por eso procede todo él de la experiencia.”

 

*

 

Ya en la sobremesa, rodeado de amigos, mientras relatas el golazo que metiste el domingo, el mesero pone frente a ti el caldo de camarones que pediste hace un rato, tú sigues hablando entusiasmado, pero de golpe guardas silencio: ese caldo huele raro.

 

Uno de los conceptos centrales en el pensamiento de Kant es que los humanos no podemos acceder a la “cosa en sí” (Ding an sich), es decir, a la realidad tal como es en sí misma, de manera independiente a nuestras experiencias previas y a nuestras facultades cognoscitivas. Según el filósofo prusiano, el conocimiento que tenemos de la realidad está inevitablemente mediado por las formas a priori de la sensibilidad (espacio y tiempo) y las categorías del entendimiento. Es decir, percibimos y conocemos el mundo a través de las estructuras y condiciones de nuestro aparato cognitivo. “Los objetos en sí mismos no nos son conocidos, sino sólo sus fenómenos, los cuales no son sino representaciones de las cosas, representaciones que, en cuanto tales, están siempre contenidas en nuestra propia facultad de representación.”

 

*

 

Has leído casi todas las novelas de Haruki Murakami (Kioto, 1949), doce en total, bueno trece, contando la que acabas de terminar, la más reciente. No podrías decirlo respecto a las tres que te faltan —Escucha la canción del viento, Los años de peregrinación del chico sin color y La muerte del comendador—, pero piensas que La ciudad y sus muros inciertos (2024) es la novela más freudiana del japonés.

Ya sea metafórica ya sea simbólicamente o como una especie de indicio de algo, estoy convencido de que… encontró un camino o un pasaje que lo conducía a esa ciudad y que, a través de él, incluso la alcanzó y entró en ella, internándose bajo la superficie del agua en un territorio oscuro y profundo: el del inconsciente.

¿La novela más freudiana de Murakami? Reflexionas un momento y terminas concediendo: — Bueno, en mí no había tenido antes un lector tan freudiano.

 


Usualmente pretendemos “desligar los objetos sensibles de las condiciones formales de nuestra sensibilidad y que representa a dichos objetos como objetos en sí mismos… cuando no son más que fenómenos”. Kant advierte que esto es un engaño, el autoengaño cotidiano: los noumenos, los objetos en sí mismos, las cosas tal y como son en realidad, independientes de nuestra percepción, son, en esencia, incognoscibles para nosotros; los fenómenos, en cambio, son las representaciones que tenemos de los objetos en sí mismos, tal como se nos aparecen a través de nuestros sentidos y son organizadas y vueltos a representar por nuestras categorías mentales.

 

Kant concluye que no podemos tener un acceso directo a la realidad en sí, sino únicamente a los fenómenos, a las cosas tal como se nos aparecen a través de nuestras facultades mentales. La “cosa en sí” permanece incognoscible. Silencio que no le tiene miedo a nada.