Vivimos ahogados en un diluvio de datos. Por
supuesto, para que se abrieran tantos cuernos de la abundancia informativa, algo
habrá tenido que ver y tendrá que ver la gana de saberes, pero me temo que el
principal motor es otro.
La explosión informativa es avivada de forma
ininterrumpida por la obsesión inherente al capitalismo de producir más y generar
mayores ganancias. Lejos de ser un fenómeno meramente técnico, responde a la
lógica extractiva del capitalismo, que ha convertido la atención humana en la
principal materia prima para la generación de valor; consecuentemente, la nueva
economía de la atención se está ya capitalizando más rápido que la vieja
industria extractiva.
La privación de la atención —mesurada por la
monetización incesante de cada gesto, cada clic, cada vista…— constituye una
nueva frontera de acumulación en el capitalismo tardío. Al mismo tiempo, la
aceleración generalizada es la sombra que proyecta inevitablemente el canon
productivista del capitalismo: mantenerse siempre ocupado se valora como algo
productivo, deseable, bueno e incluso sano.
La aceleración hunde sus raíces en el
capitalismo industrial, sistema que mercantilizó el tiempo cronométrico y lo
engarzó al ideal del progreso. Tanto la sobreinformación como la aceleración
son el rostro visible de una misma lógica: la explotación capitalista de la
atención y del tiempo.
Hay quienes todavía creen que la atención es
un recurso inagotable —cada persona trae la suya al mundo, y mientras uno no
muera, la produce gratuitamente—, y que el tiempo es un bien que se renueva
cada mañana, al menos para quienes tienen la fortuna de despertar. ¿Dónde está
entonces la explotación? La explotación no está en que estos recursos se consuman,
sino en que se les haya dado un precio sin que a nadie le
hayan preguntado si estaba dispuesto a venderlos.
El hombre que por la mañana mientras corre
escucha un podcast para aprender mandarín corre porque su reloj inteligente le
ha notificado que lleva tres días sin cumplir su cuota de actividad física. El
mandarín, por su parte, no responde a un súbito amor por la poesía de Li Bai:
responde a que la empresa en la que trabaja está por abrir oficinas en
Shanghái, y él quiere estar en la foto cuando nombren al nuevo director
regional. Corre con auriculares, los ojos yendo y viniendo del pulsómetro de la
muñeca, mientras una voz grabada le repite nǐ hǎo, xièxiè, wǒ yào qù
jīchǎng. Corre, aprende, produce, optimiza. No hay un minuto de su día que
no esté invertido, que no esté capitalizado. ¿Ocio? El
ocio es para los que pueden permitirse perder el tiempo.
O bien, recuerde a la oficinista que, en el
transporte público, va respondiendo correos electrónicos con el pulgar derecho
mientras con la mano izquierda sostiene un café que, a su vez, le ayuda a sostener
el día. El vagón va repleto. Ella no mira a nadie; su mirada está en la
pantalla, donde los mensajes se acumulan como dardos certeros en la manzana de
su conciencia. Responde a las siete y treinta y dos, antes de que el tren
llegue a la estación. Esa respuesta, que ella considera “adelantar trabajo”, es
en realidad la extensión del horario laboral hacia el espacio que antes se
llamaba tiempo propio. Pero ella no lo sabe, o lo sabe pero no
puede detenerse, porque detenerse, en este régimen, es una falta de carácter.
O pensemos en el adolescente que, mientras ve
una serie en la tablet, tiene el teléfono en la mano izquierda desplazando
videos de quince segundos y en la derecha un clicker que
avanza los capítulos para “terminar más rápido”. No está disfrutando:
está consumiendo. Y mientras consume, genera datos que alimentan
los algoritmos que decidirán qué mostrarle a continuación, que es exactamente
lo mismo pero con otra carátula. Su atención es la mercancía.
Todos estos personajes —y tal vez usted mismo,
que quizá está leyendo esto con el teléfono al lado y la conciencia dividida
entre este párrafo y la notificación que acaba de llegar— participan de una
ceremonia tan cotidiana que ha dejado de parecernos extraña: la entrega
voluntaria de la atención a cambio de nada, o de casi nada. Porque lo que usted
obtiene —un curso, una serie, un video de gatos, un mensaje de su primo— no es
el producto: es el cebo. El producto es usted, usted mirando. El producto es
usted ahí, quieto, con los ojos abiertos, mientras las máquinas
cuentan sus segundos y los convierte en ingresos publicitarios.
El corredor que aprende mandarín paga su
suscripción al podcast; la ejecutiva paga su plan de datos; el adolescente paga
su suscripción a la plataforma. Pagan por ser explotados… pagan por entregar su
tiempo y su atención. Y lo llaman inversión. Lo llaman diversión,
entretenimiendo, inversión en uno mismo… Y no deja de tener su
lógica: en un mundo donde la única posesión que usted realmente tiene es su
capacidad de seguir produciendo, cualquier cosa que aumente esa capacidad es,
efectivamente, una inversión. La persona, en este régimen, es apenas el soporte
biológico de su atención y de su tiempo, dos recursos que el mercado extrae con
la misma indiferencia con que la minería extrae piedras preciosas y metales.
No es una metáfora: las empresas que se
dedican a extraer atención —Google, Meta, TikTok— tienen una capitalización
bursátil que ya supera a la de las mineras tradicionales. Es decir: es más lucrativo
el negocio de secuestrar su mirada que el negocio de extraer cobre, oro o
litio. Usted, con sus ojos fijos en la pantalla, es más valioso que una mina a
cielo abierto. Pero no lo es para usted. Lo es para otros.
Así que ahí está el corredor, la ejecutiva, el
adolescente, y todos nosotros, ofreciendo nuestra vida a dosis —segundos,
minutos, horas— a cambio de la ilusión de que estamos haciendo algo con ella. Y
mientras tanto, el sistema que nos ha convencido de que estar ocupados es
un mérito extrae de nosotros lo único que realmente tenemos: la posibilidad de
estar quietos, de no hacer nada, de mirar por la ventana sin que nadie nos
cobre por ello.
Hace algunos años, el filósofo coreano
Byung-Chul Han diagnosticó que hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la
sociedad del rendimiento: ya no nos obliga un poder exterior, sino que nos
autoexplotamos con la convicción de que somos libres. El corredor que aprende
mandarín no siente que lo exploten: siente que aprovecha su tiempo.
La ejecutiva que responde correos en el tren no siente que trabaje gratis: está
convencida de que es productiva. Y ahí reside la verdadera
extracción: no en la fuerza, sino en la convicción. Nadie nos pone el grillete:
nosotros mismos nos encadenamos al horario, al teléfono, al curso, a la serie,
al podcast, al siguiente, al siguiente, al siguiente.
En el capitalismo tardío, la ilusión estriba
en creer que nuestra esclavitud es libertad, y que la explotación es superación
personal. Ahora, si me disculpa, tengo que responder un correo…
