Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 14 de diciembre de 2025

Carta a una señorita de París

  

Monsieur Nicolas Mercier.

 

 

Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad.

Julio Cortázar, Carta a una señorita en París.

 

 

 

Aura se mueve en bicicleta. También camina grandes trechos. Rara vez se sube al metro y casi nunca aborda un autobús. Hace un par de días, al término de la jornada, mientras aparcaba una bicicleta en una estación de Vélib’ Métropolelocalizada frente a una pequeña iglesia, un extraño se aproximó a ella…

 

— Excusez-moi, mademoiselle, permettez-moi de vous remettre cette lettre.

 

Y le extendió un sobre blanco. Escrito a mano con tinta azul, en el sobre decía: “Prenez ceci, il vous est destiné”, es decir, “Tome esto, está destinado a usted”. No falta mucho para que Aura cumpla diez años viviendo en París: conoce de sobra el abanico de timos, chapuzas y engaños que pueden desplegar las parvadas de embaucadores y petits arnaqueurs que pululan por las calles…

 

— Ne vous inquiétez pas, mademoiselle, je ne vous demanderai rien en retour.

 

El desconocido —ya mayor, quizá cercano a los setenta— sonriendo afablemente le explicó que tenía el hábito de entregar cartas que él mismo escribía a las personas a las que sentía que estaban destinadas. 

 

— Merci —Aura aceptó el sobre.

 

Antes de irse, el hombre le preguntó si era parisina. Aura respondió que no, que era mexicana, y él le contó que, hace años había entregado una carta como la que ahora le daba a ella a un señor que entonces fungía como embajador de México en Francia… ¡Y él, el diplomático, le había escrito de vuelta!

 

— Bonsoir, Mademoiselle.

 

— Bonne nuit, Monsieur.

 

Aura guardó la carta en su bolso y emprendió la caminata que le quedaba para llegar a su apartamento.

 

 

 

 

Esa misma noche Aura me llamó y me narró el suceso. Aún no había abierto el sobre. Le pedí que cuando lo hiciera me contara qué decía, cuál era el mensaje… Un par de horas después, desde el otro lado del Atlántico recibí en el teléfono varios audios de Aura: la traducción de lo que fue leyendo en la misiva:

Dice… Madame, Mademoiselle ou Monsieur… Apasionado de las citas y de aforismos llenos de sabiduría, tuve la idea de escribir a la gente con la idea de que pueda enriquecer su vida, y que, quizás, puedan enriquecer la mía también si me envían de vuelta tres citas o máximas que les gusten, ya sea de ellas mismas o de otros autores: citas de académicos, de escritores, de políticos y artistas, de deportistas y de otras personas… Tengo la gana… No, no la gana… tengo el propósito de solicitarle eso mismo a usted, Madame, Mademoiselle ou Monsieur, por la razón siguiente. Generalmente es por las vías… ¿Se dice las vías? Generalmente es mediante la televisión o de la radio, de la lectura de periódicos, que busco más personas que me ayuden a agrandar mi colección de aforismos. También me gusta pasear a pie y escoger al azar gente para entregarle una carta como esta, sin decirles de una tajada, de golpe, de qué se trata todo esto. ¡Sorpresa! En su caso, Madame, Mademoiselle ou Monsieur, es distinto. Hoy 12 de diciembre acompaño a mi hijo Martin a París a una cita con el dermatólogo, así que aprovecho la ocasión para distribuir algunas cartas a gente con la que me cruzaré durante este día. Esta es la sexta carta; está destinada a ser entregada en una capilla o en una iglesia, cosa que no he hecho en mucho tiempo. Yo no soy practicante, pero tengo un gran respeto por las religiones y por quienes las practican. Espero no haberle aburrido mucho con mi historia, pero me gustaría decirle que… ¡Ay, es que este señor escribe bonito, pero no muy legible! Ahora le digo al señor, señora o señorita, con todo mi corazón, que yo sería feliz de que me pudiera contestar. Estaría infinitamente agradecido. Sin querer molestar más, con la inmensa esperanza de leerlo en un futuro, le ruego aceptar mis distinciones…, no, mis sentimientos… Bueno, es que así se dice: … mis sentimientos distinguidos y más respetuosos. Muy cordialmente, Nicolas Mercier.

 

Con un simple saludo de su parte sería yo muy muy feliz. Gracias.

De las 2,184 frases de mi colección, me permito enviarle seis. Número 48: No hay más que dos cosas que sirven para la felicidad: creer y amar. La número 60: El hombre no es bueno ni malo, nace con instintos y aptitudes. Balzac. De la conversación sale la luz. Proverbio indio. Lo que busco en la vida es buena voluntad y un intercambio con los otros motivado… No sé qué dice aquí, no entiendo su letra aquí: motivado por no sé qué cosa… de un corazón recíproco. Y dice que esa fue una respuesta que tuvo una carta que dejó en una iglesia el 20 de octubre de 2020, y que el día 27 recibió la respuesta número 259. La número 1,146: Busca siempre el humano en el otro y jamás lo abandones… Nunca… Esto no entiendo… Nunca tiene sentido llorar, sino luchar… Y esta cita dice que se la dio María Isabel Gomes en el 2021, una dama muy vieja que en 1983 fue la jueza más joven de Francia, cuando tenía 23 años. Y para acabar, una cita que me regaló madame Brigitte Bardot: No le deseo la vida de una estrella, sería muy larga; y no le deseo la vida de una rosa, sería muy corta. Pero deseo que su vida sea bella como una rosa y brillante como una estrella.

 

Un placer haber compartido estas citas. Tenga excelentes fiestas de fin de año, amor, paz y felicidad. Un apasionado que espera todos los días al cartero con mucha impaciencia.

 

 

 

 

En un par de mensajes de texto, Aura me dice que piensa contestarle al señor Nicolas. En el mismo sobre, el hombre metió otro sobre doblado con su domicilio anotado al frente —vive en Cubry, una población francesa cercana a la frontera con Suiza— y un timbre postal. Yo también voy a escribirle. Planeo enviarle una copia de este texto, acompañado de su traducción al francés —misma que le pediré a Aura que haga—; espero que, más allá de los aforismos que le mande —supongo que le enviaré seis de sendos escritores latinoamericanos—, le sorprenda recibir una carta enviada desde la Ciudad de México. Aunque, bueno, ya lo escribió Marco Aurelio: “¡Cuán ridículo y extraño es aquel que se sorprende de cosa alguna de cuantas pasan en esta vida!”, un aforismo que seguramente ya estará en la colección de Monsieur Nicolas Mercier. 

viernes, 20 de diciembre de 2024

Datamancia 2024

 

Voy a morir el 24 de julio de 2045. No tengo ningún detalle adicional. Desconozco si mi deceso ocurrirá después de una prolongada agonía o de golpe y porrazo, si sucederá por un estúpido accidente o si lo provocará un infarto fulminante o será la obligada consecuencia de un padecimiento pertinaz. No sé si para entonces daré a la muerte una agradecida bienvenida o si, aterrado, lucharé en su contra hasta el último suspiro. ¿Expiraré tranquilamente en mi cama, cantando bajo la ducha, en un quirófano? Misterio. Sólo sé que mi último día será el cuarto lunes del mes de julio de ese año: voy a fallecer a los 80.

 

El vaticinio no lo obtuve de una vieja quiromántica que se haya esforzado en leer las palmas de mis manos, tampoco de un cartomanciano ducho en la interpretación de los arcanos del tarot, no de un excéntrico giromántico ni de un nigromante que haya escudriñado los mensajes del porvenir en las vísceras de algún cadáver. Doy por descartada la ornitomancia porque todas las aves me parecen seres bobos y poco confiables. Nunca me he fiado de los espejos, así que jamás atendería los presagios conseguidos a través de la catoptromancia. Sé que hay quienes buscan las señas de su destino en las arrugas de su propia frente —metopomancia—, en la Luna —selenomancia—, en las progresiones del humo —capnomancia—, en las uñas —onicomancia—, en las entrañas de los peces —ictiomancia—, entre las piedras —litomancia—…: no comparto creencias con ninguno de ellos. Y si bien más de una noche me he descubierto a mí mismo fisgando en las llamas de una fogata en busca de algún augurio, en realidad no le concedo mayor crédito a la piromancia. ¿Entonces, de qué arte adivinatorio fue que saqué el pronóstico de la fecha precisa de mi óbito?

 

Hace algunos años escribí un texto en el que me burlaba del pensamiento mágico de la OCDE. En concreto, me refería a las predicciones que para México por entonces publicaba dicha organización —“las reformas explotarán todo su potencial”, ¡albricias, albricias!—, y para ponerle un nombre al supuesto sustento de sus buenas nuevas anticipadas acuñé un neologismo: datamancia, esto es, la adivinación a partir de datos, sobre todo de números y estadísticas.



Ahora, sé que me quedan 20.6 años de vida gracias a la datamancia, en concreto, gracias un artilugio premonitorio: population.io, un desarrollo web realizado por Wolfgang Fengler en colaboración con K.C. Samir y Benedikt Grob.

 

Únicamente es necesario que captures tres datos en el oráculo digital —fecha de nacimiento, nacionalidad y sexo— para que en un instante se descubra la fecha precisa en la que, según la datamancia, fenecerás. En mi caso, frente a mi atónita mirada no sólo se reveló que ya ha transcurrido poco más del 74% de mi vida, sino también el sitio en el que me hallo respecto a mis semejantes…

 

En todo el planeta —habitado hoy día por más de 8,152 millones de seres humanos— hay 6,949 millones hombres y mujeres más jóvenes que yo y 1,203 millones mayores, así que, de cada 100 personas, 85% son menores que yo y 15% más viejos. Según este artilugio datamanciano, soy más viejo que el 87% de la población de mi país. En efecto, en todo México pulula gente más joven que yo, 112.7 millones, mientras que, del otro lado, solamente quedan 16.6 millones más viejos.

 

¿Tienes una idea de cuánta gente cumple años el mismo día que tú? ¿Y de ese grupo, cuántos cumplen la misma edad? En mi caso, son 221,295 congéneres repartidos por los cinco continentes. Aproximadamente 9,220 hombres y mujeres nacieron no sólo el mismo día, también a la misma hora que yo. En México, fueron 3,271 los niños y niñas que se apersonaron aquí por vez primera el mismo día que yo. Pocos, si lo comparamos con el ejército de bebés que pegaron su primer berrido en China justo el 24 de diciembre de 1964: 601,692, mientras que en India fueron 36,863 y en Estados Unidos, 11,751. Cumplen años, los mismos que yo y justo el mismo día, 25 personas en Francia, y 635 en Chile.

 

Si en lugar de haber nacido y vivido en México, hubiera corrido con la pésima fortuna de haber sido ciudadano de la República Centroafricana, me quedarían apenas 14 años y medio de vida: expiraría el 2 de junio de 2039. Claro, está el otro extremo: si en lugar de haberlo hecho en la Ciudad de México hubiera caído al mundo en Tokio, Japón, me quedarían 26.1 años por delante, y entregaría el equipo hasta el 29 de enero de 2051. 

 

En fin, los dados están tirados desde hace mucho en la mesa y habrá que jugar con ánimo toda la partida. Me quedan poquito más de 7,500 días de vida…, un montonal de tiempo, buena parte del cual bien puede jugarse con el afán de alargar un poco más la partida.

 

 


domingo, 8 de diciembre de 2024

Por la cuarta

  

¿Que qué me ha dado el destino? Alcance…

 

Inaplazable, este es el hecho: en unas semanas dejaré de ser adulto menor. De un día para el otro voy a despertar apoltronado en el último tramo de la vida, de mi vida. ¿El último? Pues sí, el último, porque, aceptémoslo, ¿quién diablos ha oído hablar de una “cuarta edad”? La tercera es la vencida. En fin, por más que yo sienta que es demasiado temprano para llegar a la “madurez tardía”, la mutación abrupta es ineludible y está fatalmente programada: uno cumple sesenta años e ipso facto, esté como esté, ande como ande, ingresa a la vejez. El paso es inapelable, palmario, una deportación a la categoría de provecto.

 

El tercer cambio de página es algo muy distinto de lo que ocurre con los límites más bien porosos de los otros dos tramos de la existencia. Porque, a ver, ¿la primera edad comienza con el primer berrido, es decir, cuando uno es expulsado al mundo, o tenemos una especie de pretemporada, una etapa prologal, digamos, al menos hasta que el recién nacido consiga estructurar un incipiente Yo o quizá hasta que comience a gatear o pueda balbucear algunas palabras? Y después, ¿cuándo comienza la segunda edad? ¿Al principio de la ajetreada pubertad, alrededor de los doce, o a su término, por ahí de los quince o tres años después, a los dieciocho, cuando alcanzamos la ciudadanía? ¿O quizá hasta los treinta cuando ya es ridículo andar por la vida negando la condición de adulto? Eso sí, en términos jurídicos, usted puede exigir que lo consideren joven mientras ande entre los doce y los veintinueve años. Por mi parte, es indiscutible que vivo los últimos días de mi segunda edad: en este país, oficialmente, de acuerdo con la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, la tercera edad comienza oficialmente a los sesenta años. Al día siguiente de mi próximo cumpleaños podré ir a tramitar mi credencial del INAPAM para poder acreditarme como viejito.




 

*

 

La costumbre de dividir la vida en tres tramos es antañona, por lo menos en la tradición occidental. Por ejemplo, podemos recordar una célebre adivinanza milenaria. Aunque por allá del siglo V antes de nuestra era ni en Edipo rey ni en Edipo en Colono Sófocles haya referido a detalle el enigma que la ambigua Esfinge planteó al trágico joven tebano, en su explicación argumental, siglo y medio más tarde, Aristófanes de Bizancio la recupera: 

Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, por el aire o en el mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad en sus miembros es mucho más débil.


Aristófanes da cuenta igual de la solución, que debió de ser la respuesta de Edipo. También la provee, pero más bonito y un montón de siglos después, un porteño, Borges:

Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día

y con tres pies errando por en vano

ámbito de la tarde, así veía

la eterna esfinge a su inconstante hermano.

Recordemos que, en su Ética a Nicómaco, Aristóteles seccionó la vida humana en tres: la infancia dependiente y formativa; la juventud, en la que se forja la autonomía, y la plenitud, en la que es exigible que uno alcance la sabiduría y la virtud. Hace poco menos de doscientos años, Augusto Comte adujo que la vida de las personas sucede en tres estadios: “cada uno de nosotros, al examinar su propia historia, ¿no recuerda haber sido sucesivamente, en lo que respecta a sus nociones más importantes, un teólogo en su infancia, un metafísico en su juventud y un físico en su madurez?” (Curso de filosofía positiva). De igual manera, Herr Doktor Freud, postuló que el desarrollo de nuestra sexualidad ocurre en tres trancos: pregenital, de latencia y genital. Y podría seguir ejemplificando…

 

Como sea, no tiene caso alegar que en la actualidad resulta más bien raro toparse con un sexagenario obligado a usar bastón o que es frecuente cruzarse con personas que, con la misma edad a cuestas, siguen pensando teológicamente o tengan cualquier característica menos la de ser sabios, como sea, con o sin báculo, pensando científicamente o no, chocheando o rockeando, llegando al sexto piso, todos y todas, sanos y decrépitos, animados y quebrados, somos confinados en bola en el copete de la pirámide. Y si uno es lo de menos, uno mismo, yo en esta ocasión, más; así que si traje a cuento mi caso es por significativo, y no por ejemplar, pero sí como ejemplo, ejemplo de un evento, importante desde un punto de vista generacional, que está a punto de suceder.

 

*

 

En el texto clásico sobre el tema, El problema de las generaciones (1928), el húngaro Karl Mannheim propone que una conexión generacional se establece gracias a un cierto parecido cultural que hay entre los individuos agregados a un determinado período histórico. Si bien conviene en que, efectivamente, el fenómeno sociológico de la conexión generacional se fundamenta en el hecho del ritmo biológico del nacimiento y la muerte de la gente, no lo determina, porque “estar fundamentado en algo no llega a significar ser deducible de eso o estar contenido en ese algo”. En cambio, piensa que “para estar incluido en una posición generacional, tiene uno que haber nacido no sólo el mismo año sino, en el mismo ámbito histórico-social —en la misma comunidad de vida histórica— y dentro del mismo período”. Y aquí está dicho, pues, lo que permite entender desde entonces que no necesariamente todas y cada una de las generaciones tienen que durar lo mismo: conforme se acelera el cambio histórico, las generaciones se acortan, y en contra parte, en períodos en los que la estabilidad se prolonga, las generaciones se ensanchan.

 

Desde una perspectiva sociológica, una generación es un grupo de hombres y mujeres que nacieron en un período histórico relativamente delimitado, y que por eso mismo más o menos comparten determinadas experiencias, eventos significativos, valores, en fin, ciertas características culturales. Dichas cohortes demográficas pretenden dar cuenta de las peculiaridades en cuanto a la visión del mundo, actitudes, comportamientos y formas de relacionarse, a partir del tiempo en el que a cada uno le tocó vivir. Desde esta postura conceptual, una de las cohortes generacionales más utilizadas en Occidente tiene su origen en la Sociología, pero sus usos más bien en la comunicación masiva y marcadamente en la mercadotecnia. Así, por ejemplo, se habla de los dichosos milenials, una generación que nació aún en el siglo XX, entre 1981 y 1996. Híbridos, muestran una mezcla de tradición y modernidad. Crecieron en los albores de la revolución digital, pero también vivieron las postrimerías de la época aquella en la que las computadoras eran cosa de películas de ciencia ficción. Previa a la de los milenias fue la llamada generación X, compuesta por quienes nacieron entre 1965 y 1980, por lo que crecieron en un contexto de cambios sociales y tecnológicos significativos, como el auge de la informática y el final de la Guerra Fría.  A los milenials le seguirían los centenials o generación Z, nacidos entre 1997 y 2012, y luego los más chavitos, la generación alfa, llegados al mundo de 2013 hasta hoy. Pero más que de las más recientes, considerando el evento histórico que está a punto de suceder y del cual fatalmente tomaré parte, me quiero referir a las generaciones más vetustas.

 

Comienzo por la generación perdida, individuos nacidos entre 1883 y 1900, alcanzaron la mayoría de edad durante la Primera Guerra Mundial. El origen del término se halla en el arte; fue un mote popularizado por Gertrude Stein y Ernest Hemingway para referirse al grupo de escritores y artistas expatriados que vivieron en París durante la década de 1920. Fue una generación caracterizada por la desilusión ante los horrores de la guerra, lo que los llevó a la bohemia, la vanguardia y a rechazar las normas y valores tradicionales de la sociedad burguesa. De esa generación no queda ya nadie vivo.



Luego llegó la generación grandiosa. Comprende a las personas nacidas entre 1901 y 1927, así que muchos de sus miembros alcanzaron la mayoría de edad durante la II Guerra Mundial. Esta generación es valorada por su sentido del deber, patriotismo y capacidad de trabajo y para superar desafíos significativos. Muy probablemente aún permanezcan entre nosotros, en todo el mundo, poco menos de un millón de miembros de esta generación. Después tenemos a la generación silenciosa, los nacidos entre 1928 y 1945. De actitud conservadora y una fuerte preferencia por la estabilidad social, prefirieron evitar el activismo político y las expresiones artísticas novedosas. Hoy los más jovencitos de ellos tienen 78 años.

 

Enseguida aparecieron los famosos baby boomers. Nacidos entre 1946 y 1964, fueron y son hombres y mujeres que crecieron durante un periodo de prosperidad económica y estabilidad, tras la Segunda Guerra Mundial. Esta cohorte fue la que protagonizó un aumento significativo en la natalidad, el baby boom, de ahí su nombre. La celebérrima explosión demográfica se refiere a ellos. En general, pudieron disfrutar de un entorno familiar seguro y acceso a educación, tecnología y servicios de salud.



Son, somos un montón… y en unos cuantos días, el primero de enero de 2025, no quedará ya ninguno de ellos, ninguna de ellas, ninguno de nosotros que no sea un venerable integrante de la tercera edad.

 

Sirva todo lo anterior para fundamentar una propuesta. Juzgo que, en este país, actualmente, buena parte de los sexagenarios, más menos unos diez millones de personas, modestia aparte, todavía aguantamos un piano, todavía tenemos y debemos aportar. Así que propongo que vayamos instaurando que después de la tercera edad hay al menos una cuarta, digamos que comienza, comenzará en mi caso, a los 85 años.

 

A seguir dándole que hay mucho qué hacer. Por lo demás, a mí se me hace que estas dos preguntas de Juan Gelman son afirmaciones y les sobran los signos de interrogación:

El temor a la vejez ¿envejece?

el temor a la muerte ¿enmuerta?

domingo, 21 de abril de 2024

De De perfil a La Tumba

  

A José Agustín.

 

El lector se apersonó en el mundanal mundo en el Distrito Federal. Así se llamaba la hoy Ciudad de México. Bueno, entonces, hace ya casi sesenta años, el DF era también la ciudad de México. De hecho, la ciudad de México fue la ciudad de México mucho antes de que México fuera México, pero ese es otro cantar. El lector no fue juarista desde siempre pero sí juarense: es nativo de la delegación —hoy demarcación territorial— Benito Juárez. Obtuvo la nacionalidad mexicana con el primer berrido que pegó en algún lugar del segundo piso del Hospital 20 de Noviembre, un nosocomio del ISSSTE en aquellos días casi nuevecito: el presidente López Mateos lo había inaugurado tres años antes. Así que el lector nació en la que, en breve, ganaría la fama de ser la prototípica colonia del aspiracionismo clasemediero mexicano, la Del Valle. Gabriel Careaga, diez años después, sociólogo implacable, así lo haría notar en su ya clásico Mitos y fantasías de la clase media en México. El lector nació en la Noche Buena de 1964. Apenas hacía unos días antes que Gustavo Díaz Ordaz había tomado posesión como presidente de la República. El orbe estaba muy caliente, tensionado por la Guerra Fría. A finales de enero, en Las Vegas, Kubrick estrenó Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, su séptima película; la premier iba a ocurrir en Dallas el 22 de noviembre del 63, pero tuvo que aplazarse porque ese día asesinaron justo en esa ciudad texana a Kennedy. En octubre, el ucraniano Leonid Ilich Brézhnev se convirtió en el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. A partir de ese año, Estados Unidos comenzó a mandar tropas a Vietnam, Cassius Clay dejó de existir nominalmente y en su lugar apareció Muhammad Ali. Hace tanto y hace tan poco: cuando el lector se incorporó a la especie, la Tierra llevaba a cuestas poco más de 3.2 millardos de seres humanos; hoy somos 8.1 millardos. En la radio, la chaviza escuchaba a Los Beatles y a Los Surfs, a Leo Dan y a Enrique Guzmán, a Angélica María y a Pily Gaos… A lo largo de ese año, 1964, se habían publicado varios libros importantes: la editorial Joaquín Mortíz, Figura de paja de Juan García Ponce, y Los relámpagos de agosto de Jorge Ibargüengoitia; el Fondo de Cultura Económica, La pequeña edad de Luis Spota, y una pequeña editorial, Mester, La tumba, una novelita de un chamaco, un tal José Agustín. José Agustín Ramírez Gómez era tapatío, pero nomás de nacimiento. Su infancia la había pasado en el puerto de Acapulco, y cuando él era todavía un chavito su familia se mudó al DF. Cuando la edición príncipe de su primer libro salió de la imprenta Casas (5 de agosto de 1964), faltaban dos semanas para que él cumpliera 20 años. Aquel tiraje fue de sólo medio millar de ejemplares. El poderoso íncipit de la novela no deja ver a una pluma inexperta:

Miré hacia el techo: un color liso, azul claro. Mi cuerpo se revolvía bajo las sábanas. Lindo modo de despertar, pensé, viendo un techo azul. Ya me gritaban que despertase y yo aún sentía la soñolencia acuartelada en mis piernas.

Sin ser tapatío, por una combinación de desgracias y gracias del destino, el lector radicó en Guadalajara de septiembre de 1978 a julio de 1980. Por aquellos ayeres tenía por ocupación formal terminar la secundaria; sin embargo, a lo que más le dedicaba tiempo de calidad era a jugar fútbol americano y a leer novelas. Liniero desde categorías infantiles, ocupaba la posición de GI en los Tecos. Acababa de descubrir en casa de sus tíos varios títulos de Luis Spota —en realidad Luis Mario Cayetano Spota Saavedra Ruotti Castañares, ¡pobre!—. El lector solía meter de contrabando a la benemérita Escuela Secundaria Técnica #14 el ejemplar que andaba leyendo y dividir desequilibradamente sus atenciones entre las guasas y diabluras de los compañeros, la plétora de encantos de las compañeras, las distintas clases y la novela que estuviera leyendo. Sin estar del todo seguro, el lector cree que pudo haber sido cuando se entrometía en las aventuras del príncipe Ugo Conti —Casi el paraíso— o tal vez el episodio sucedió alguna de las mañanas en las que devoraba El rostro del sueño, una novedad editorial que pronto habría de convertirse en bestseller, como muchos de los libros de Spota. Corrían tiempos en los que editorial Grijalbo vendía caudales de ejemplares del novelista en los grandes supermercados. Además, debió de ser temporada de alegre consumo. Él no lo recuerda bien, pero cotejando fechas se deduce que por aquellos años en México mucha gente andaba con la idea de que se vivía una bonanza económica, gracias al petróleo y en buena medida por influjo de quien despachaba como presidente del país, un señor que también, por cierto, escribía novelas, como su abuelo: José Guillermo Abel López Portillo y Pacheco, nieto del escritor —él sí tapatío— José López Portillo y Rojas. Bueno, el caso fue que en una de las clases de la materia de Español, ya en tercer grado, el buen profesor a cargo —¡es una vergüenza que el lector haya olvidado por completo el nombre de aquel bienaventurado docente!, falta por la cual ruega lo disculpen— lo descubrió perfectamente embrujado por la lectura y en consecuencia sin prestar la menor escucha a su cátedra. No sólo fue comprensivo e indulgente, fue benévolo primero, decisivo después. El maestro le dijo que estaba muy bien que pudiera mandar el mundo muy lejos cuando el lector leía y tomó el libro:

— Spota, eh… Bueno, está bien, pero… Al final de la clase te lo devuelvo –y confiscó el volumen por los minutos restantes de la clase. Al término, efectivamente le regresó al infractor alumno su libro y se tomó un rato para recomendarle algunos otros. A la memoria casi sexagenaria del lector no acuden todos los títulos, pero con absoluta certeza sí uno:

— Tienes que leer De perfil, te vas a divertir mucho.

De izquierda a derecha: Parménides García Saldaña, José Agustín, Margarita Bermúdez, Gabriel Careaga, Gustavo Sainz y Rosita.

El recuerdo acude fácil porque el lector hizo caso del consejo y pronto, en las siguientes navidades —que como el lector (no el personaje de este texto, sino usted, el lector de este) recordará coinciden con su cumpleaños— tuvo la fortuna de que un tío suyo le regalara una visita al departamento de libros de Liverpool para que escogiera diez títulos. El lector no se puede acordar de todos —El Mono desnudo de Desmond Morris, Siddartha de Hess, Días de combate de PIT II…—, pero sin duda uno de ellos fue De perfil, la segunda novela de José Agustín. Y sí, desde la primera ocasión que la leyó al lector le resultó muy divertida. Poco después el lector consiguió La tumba y de esa lectura sacó en claro que también era muy divertido realizar la contraparte: escribir. Como Gabriel Guía, protagonista de La tumba, quien se decidió un buen día: “… decidí trabajar literariamente. Escribir una novela”.

¡Larga vida, Pep Coke Gin!



viernes, 12 de enero de 2024

Tejemanejes de Mnemosine


Mañana abarrotada de chamba. Cinco horas leyendo y contestando correos, siguiéndole la pista a asuntos pendientes, revisando un par de documentos, hablando por teléfono… Te levantas. Te estiras.

— Ahora vuelvo…

Sales de la oficina. Necesitas aflojar un poco las piernas. Aprovecharás para pasar por un café. Llevas contigo el libro que estás leyendo… Freud reflexiona en torno a un supuesto recuerdo de Leonardo da Vinci: “… me acude, como un tempranísimo recuerdo, que estando yo todavía en la cuna un buitre descendió sobre mí, me abrió la boca con su cola y golpeó muchas veces con esa cola suya contra mis labios”. Con toda razón, el neurólogo vienés dictamina que se trata de un recuerdo “extrañísimo”. Caminas, leyendo, diez cuadras hacia el poniente, sobre la acera en la que el Sol está pegando. De entrada, Freud piensa que el episodio no es realmente un recuerdo, sino “una fantasía que él [Leonardo] formó más tarde y trasladó a su infancia”.




Llegas a Alaska, das la vuelta y desandas tus propios pasos. En Pitágoras te detienes, esperas el cambio del semáforo y cruzas la calle. En la otra acera, muy cerca de la esquina, está el pequeño negocio en el que te aprovisionas. 

— Hola. Buenas tardes. Me das por favor un café con doble carga.

— Tostado francés, ¿verdad?

— Sí, por favor.

Hace meses que eres cliente de ese negocio, y sin embargo hasta entonces te das cuenta de algo de lo que no te habías percatado antes: entre los varios cuadros que tienen colocados en la pared del fondo, hay una reproducción de la Gioconda. Te entregan tu café, pagas, agradeces, sales del local y te encaminas de nuevo a tu trabajo.

Pasando Anaxágoras piensas en el número 64… ¿64?  ¿Lo viste en algún lado? ¿O lo leíste? ¿64 qué? Regresas a tu oficina y te embutes de nuevo en el ajetreo.

Muchas horas después, ya en la noche, en tu casa, antes de dormir, en la cama retomas la lectura de Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci. ¿En dónde te quedaste? Ya, en la página 64.

domingo, 5 de marzo de 2023

No es cuento: la casa de sus sueños

 

Domingo. Falta un huevo para el desayuno…, también algunas lonjas de tocino.

 

— Ahorita vengo –aviso, tomo una bolsa y salgo del departamento. En la segunda calle por la que debo avanzar hacia la tienda, frente a mí, unos metros más adelante, caminan dos mujeres: a la derecha, una señora que, por su complexión y forma de andar, calculo de unos sesenta años; a la izquierda, empujando una carriola negra, de esas que si fueran autos serían un BMW, una joven muy delgada… Van platicando. La mujer mayor, de vez en vez, se agacha para atender al pequeño pasajero. A media calle les doy alcance y las rebaso: la fémina más joven difícilmente tendrá 20 años, la otra no creo que llegue a los 40, en la carriola va, a cuerpo de rey, un perro, un microscópico pug.

 

Llego a la esquina, cruzo… El parque de la colonia se ve muy concurrido. Prefiero no entrar; cada vez huele peor: la invasión de canes durante los últimos años lo ha devastado. Hace unos meses, caminando por ahí, un pastor alemán estaba escarbando en la tierra de las lastimadas jardineras. Su dueña, indolente, lo miraba hacer.

 

— Señora, su perro está destrozando las plantas. ¿No sería mejor que lo llevara al área de perros?

 

— Es un pobre animalito, sigue sus instintos: él no tiene la culpa.

 

— Lo sé señora, por eso no le hablo al perro.

 

A unos pasos más de la esquina, junto al sitio de taxis, observo un espectacular: una estructura metálica junto al paradero. En una de sus caras se anuncia una supuesta barata de temporada en una gran tienda departamental. En la otra, leo:

 

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¿Con tu dinero… comienzas una nueva relación o compras una casa? El anuncio se ilustra con la integración de tres imágenes: el logotipo del banco, una casa —la casa soñada, podemos suponer— y un perro, el soñador.




            

lunes, 26 de diciembre de 2022

La caja: jacal • Epitafios 2022


El tiempo fue mi mejor maestro, y me reprobó.

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No ahorres tiempo, te va a sobrar.


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Ya nada me cae pesado.


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En el fondo, soy buena onda.


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Lo peor y lo mejor ya pasó.


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Ya sin secuelas.


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Ahora sí, no te discuto nada.


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Muerte de principiante.


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Ahora sí, no más relaciones fallidas.


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Ahora sí, todo tiempo pasado fue mejor.


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Se acabaron los gastos de reparación y mantenimiento.


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Ahora sí, por fin, esto es definitivo.


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Yo antes nunca.


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En el fondo, perdí las formas.


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Fuera de catálogo.


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Me sentaron los años.


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Totalmente desestresado.


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Avísenle a mi alter ego que aquí lo espero.


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En el fondo, soy yo.


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Por fin, inmortal.


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Solo sólo en lo profundo.


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Totalmente adaptado.


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Fin de un amor… propio.


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Ya nada es superficial.


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Sin señal.


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En mis tiempos las cosas me pintaban mejor.


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Adiós ansiedad.


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Aquí sí tengo cavidad.


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Aquí, aprendiendo una lengua muerta.


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¿Aquí ya?


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#EstaMuerteNoSeToca


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Ahora sí uno de los tapados.


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Totalmente asintomático.


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Aquí la muerte chiquita es el mundo.


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Aquí, dizque trascendiendo…


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El tamaño sí importa: la muerte grandota.


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Modelo fuera de circulación.


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Aquí sigo.


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Tengo un mal postsentimiento.


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TokTok.


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¿Me leen?


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jueves, 30 de diciembre de 2021

Lascas y lonchas 2021


Lascas

 

La frase hecha "no tengo pruebas pero tampoco dudas" expresa con mucha nitidez lo que es negarse a pensar razonablemente con tal de no poner en duda los propios prejuicios.

 

Es falso que un razonamiento claro precise mucha información.

 

A este planeta le urge un terrapeuta.

 

Esos que dicen que la culpa no sirve de nada se equivocan, sí sirve: pa echársela a alguien.

 

Recientes estudios —con robusta evidencia acumulada— apuntan que lo que un grupo de expertos ya temía es cierto: usar pants diariamente, aunque sean los mismos, durante meses, no mejora la condición física de las personas.

 

Se repite hasta el cansancio que un doctorado no quita lo bruto, y es cierto —puedo dar fe de ello—. Habría que agregar que tampoco da ni honorabilidad ni fuero.

Si crees que la ciencia tiene las respuestas a todo, tienes una idea bastante supersticiosa de la ciencia.

 

Muchas personas se sienten engañadas por la ciencia… ¡Cómo que no tiene todas las respuestas!… ¡Pobres!, no saben que la ciencia ni siquiera tiene todas las preguntas.

 

La nostalgia de lo eterno es la menos pasajera.

 

Ojalá el viento se llevara tanto pensamiento anquilosado.

 

Quizá el atavismo que más sufro es mi apego a los libros en papel.

 

Si no puedes cambiar la realidad, échate un render.

 

El pasado inmediato debería habernos enseñado qué tan malos somos prediciendo el futuro.

 

Predicción infalible: en el futuro seguiremos siendo tan malos como fuimos en el pasado para predecir el porvenir.

 

Que el futuro se adelante es ya cosa del pasado.

 

Estar mejor o peor respecto al pasado tiene que ver con tu ideal de futuro. Estamos mucho mejor porque se detuvo la caída a la barbarie.

 

Los economistas siempre han sido pésimos futurólogos. ¿Por qué siguen haciéndoles caso?

 

El pesimismo aisla. Ya escribía Cioran: “El horror al futuro sólo se cura en estas islas donde el tiempo se ha detenido, donde sólo existe el presente, si es que siquiera existe”.

 

 

Conservas

 

El pesimismo es fundamentalmente conservador. En la posición opuesta, evidentemente, está el optimista, quien desea que el futuro llegue cuanto antes.

 

Los conservas tienen nostalgia de un país que jamás ha existido.

 

— ¡Usted es un extraterrestre que cena niños y en las noches de luna llena se convierte en ganso asesino!

— No es verdad. Soy un ser humano igual que usted, jamás he cometido antropofagia y no tengo capacidad de metamorfosearme en ave alguna.

— ¡No es tolerante a la crítica! ¡Dictador!

 

Con todo y que prácticamente está compuesto al 100% por conservadores, el PAN se echó a perder.

 

No es lo mismo gente derecha que gente de derecha.

 

Los de derecha suelen ser chuecos.

 

Los conservas están seguros de que estaríamos mejor si siguiéramos de mal en peor.

 

Los conservas creen que hablar mal de todos los políticos es políticamente correcto.

 

El ridículo como postura política está diezmando a la derecha.

 

Cada vez queda más claro que la proposición más acabada del ideario de la reacción mexicana es: — ¡El Peje nos cae bien gordo!

 

Quienes quieren meter reversa histórica obviamente no impulsan un avance. El prianismo es la vía retrógrada.

 

La reacción, por definición, no es propositiva.

 

¿Sí saben que la reacción es muy molesta?  Y no estoy hablando de vacunas…

 

Llevaban años llamando Peje-zombis a los simpatizantes de quien apodaron El Mesías Tropical, y ahora claman que no polaricen al país…

 

Aguantaron sin chistar que Peña nos dijera corruptos a todos y todas, y se encrespan porque AMLO dice que “un sector de la clase media” es aspiracionista.

 

Vivían amurallados, inalcanzables, protegidos por ocho mil elementos del EMP, y al actual que viaja en vuelos comerciales y sin ejército de guaruras lo llaman dictador.

 

Le pasaron que en vez de una refinería entregara una barda, y este les cae gordo porque las sucursales del banco del bienestar no tienen diseño chic.

 

Le perdonaron que haya plagiado la tesis de licenciatura…, ¡ah!, pero detestan al actual porque a veces se pone camisas de manga corta.

 

Le aguantaban que jamás aceptara entrevistas que no fueran a modo, ¡ah, pero al actual no le perdonan que de lunes a viernes esté dispuesto a contestar cualquier pregunta de la prensa!

 

Les aguantaban que permitieran y en algunos casos impulsaran la violencia de Estado…, ¡ah, pero al actual no le perdonan que se coma las eses!

 

Al otro le aplaudieron a la Gaviota, y lamentan lo corriente que es que este coma tlayudas.

 

Le aguantaron la casa blaca y a este lo abominan porque no trae zapatos nuevos.

 

Maroma concerva: decir que AMLO es un represor que no se atreve a reprimir.

 

La mentira palmaria sobre asuntos públicos atenta contra el tejido social.

 

Durante décadas cuidaron la macroeconomía nacional… en las cuentas bancarias de una élite económica.

 

Misma falacia:

Criticar a algunos funcionarios del INE no es atacar al INE, menos a la Democracia; esos funcionarios del INE no son La Democracia.

Criticar a ciertos exfuncionarios del Conacyt no es criticar al Conacyt, menos a la Ciencia; esos exfuncionarios no son La Ciencia.

 

A los fachos buenaondita mexicanos les encanta la izquierda… guapetona y en otro país.

 

Trampita retórica de los conservas: enfrentar “datos duros” versus “percepción”. Los datos son en sí mismos expresiones de determinadas percepciones y, además, se perciben. Los números no hablan solos, se leen, alguien los lee.

 

 

Calambures

 

Se quedó con el alma en silo…

 

Os hilé y oscilé.

 

Yo, cuando estoy a todo mecate, siempre me siento en la cuerda floja.

 

 

Epitafios

 

Aquí, aprendiendo una lengua muerta.

 

Aquí nomás, perdiendo el tiempo.

 

Déjame en visto.