Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 14 de diciembre de 2025

Carta a una señorita de París

  

Monsieur Nicolas Mercier.

 

 

Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad.

Julio Cortázar, Carta a una señorita en París.

 

 

 

Aura se mueve en bicicleta. También camina grandes trechos. Rara vez se sube al metro y casi nunca aborda un autobús. Hace un par de días, al término de la jornada, mientras aparcaba una bicicleta en una estación de Vélib’ Métropolelocalizada frente a una pequeña iglesia, un extraño se aproximó a ella…

 

— Excusez-moi, mademoiselle, permettez-moi de vous remettre cette lettre.

 

Y le extendió un sobre blanco. Escrito a mano con tinta azul, en el sobre decía: “Prenez ceci, il vous est destiné”, es decir, “Tome esto, está destinado a usted”. No falta mucho para que Aura cumpla diez años viviendo en París: conoce de sobra el abanico de timos, chapuzas y engaños que pueden desplegar las parvadas de embaucadores y petits arnaqueurs que pululan por las calles…

 

— Ne vous inquiétez pas, mademoiselle, je ne vous demanderai rien en retour.

 

El desconocido —ya mayor, quizá cercano a los setenta— sonriendo afablemente le explicó que tenía el hábito de entregar cartas que él mismo escribía a las personas a las que sentía que estaban destinadas. 

 

— Merci —Aura aceptó el sobre.

 

Antes de irse, el hombre le preguntó si era parisina. Aura respondió que no, que era mexicana, y él le contó que, hace años había entregado una carta como la que ahora le daba a ella a un señor que entonces fungía como embajador de México en Francia… ¡Y él, el diplomático, le había escrito de vuelta!

 

— Bonsoir, Mademoiselle.

 

— Bonne nuit, Monsieur.

 

Aura guardó la carta en su bolso y emprendió la caminata que le quedaba para llegar a su apartamento.

 

 

 

 

Esa misma noche Aura me llamó y me narró el suceso. Aún no había abierto el sobre. Le pedí que cuando lo hiciera me contara qué decía, cuál era el mensaje… Un par de horas después, desde el otro lado del Atlántico recibí en el teléfono varios audios de Aura: la traducción de lo que fue leyendo en la misiva:

Dice… Madame, Mademoiselle ou Monsieur… Apasionado de las citas y de aforismos llenos de sabiduría, tuve la idea de escribir a la gente con la idea de que pueda enriquecer su vida, y que, quizás, puedan enriquecer la mía también si me envían de vuelta tres citas o máximas que les gusten, ya sea de ellas mismas o de otros autores: citas de académicos, de escritores, de políticos y artistas, de deportistas y de otras personas… Tengo la gana… No, no la gana… tengo el propósito de solicitarle eso mismo a usted, Madame, Mademoiselle ou Monsieur, por la razón siguiente. Generalmente es por las vías… ¿Se dice las vías? Generalmente es mediante la televisión o de la radio, de la lectura de periódicos, que busco más personas que me ayuden a agrandar mi colección de aforismos. También me gusta pasear a pie y escoger al azar gente para entregarle una carta como esta, sin decirles de una tajada, de golpe, de qué se trata todo esto. ¡Sorpresa! En su caso, Madame, Mademoiselle ou Monsieur, es distinto. Hoy 12 de diciembre acompaño a mi hijo Martin a París a una cita con el dermatólogo, así que aprovecho la ocasión para distribuir algunas cartas a gente con la que me cruzaré durante este día. Esta es la sexta carta; está destinada a ser entregada en una capilla o en una iglesia, cosa que no he hecho en mucho tiempo. Yo no soy practicante, pero tengo un gran respeto por las religiones y por quienes las practican. Espero no haberle aburrido mucho con mi historia, pero me gustaría decirle que… ¡Ay, es que este señor escribe bonito, pero no muy legible! Ahora le digo al señor, señora o señorita, con todo mi corazón, que yo sería feliz de que me pudiera contestar. Estaría infinitamente agradecido. Sin querer molestar más, con la inmensa esperanza de leerlo en un futuro, le ruego aceptar mis distinciones…, no, mis sentimientos… Bueno, es que así se dice: … mis sentimientos distinguidos y más respetuosos. Muy cordialmente, Nicolas Mercier.

 

Con un simple saludo de su parte sería yo muy muy feliz. Gracias.

De las 2,184 frases de mi colección, me permito enviarle seis. Número 48: No hay más que dos cosas que sirven para la felicidad: creer y amar. La número 60: El hombre no es bueno ni malo, nace con instintos y aptitudes. Balzac. De la conversación sale la luz. Proverbio indio. Lo que busco en la vida es buena voluntad y un intercambio con los otros motivado… No sé qué dice aquí, no entiendo su letra aquí: motivado por no sé qué cosa… de un corazón recíproco. Y dice que esa fue una respuesta que tuvo una carta que dejó en una iglesia el 20 de octubre de 2020, y que el día 27 recibió la respuesta número 259. La número 1,146: Busca siempre el humano en el otro y jamás lo abandones… Nunca… Esto no entiendo… Nunca tiene sentido llorar, sino luchar… Y esta cita dice que se la dio María Isabel Gomes en el 2021, una dama muy vieja que en 1983 fue la jueza más joven de Francia, cuando tenía 23 años. Y para acabar, una cita que me regaló madame Brigitte Bardot: No le deseo la vida de una estrella, sería muy larga; y no le deseo la vida de una rosa, sería muy corta. Pero deseo que su vida sea bella como una rosa y brillante como una estrella.

 

Un placer haber compartido estas citas. Tenga excelentes fiestas de fin de año, amor, paz y felicidad. Un apasionado que espera todos los días al cartero con mucha impaciencia.

 

 

 

 

En un par de mensajes de texto, Aura me dice que piensa contestarle al señor Nicolas. En el mismo sobre, el hombre metió otro sobre doblado con su domicilio anotado al frente —vive en Cubry, una población francesa cercana a la frontera con Suiza— y un timbre postal. Yo también voy a escribirle. Planeo enviarle una copia de este texto, acompañado de su traducción al francés —misma que le pediré a Aura que haga—; espero que, más allá de los aforismos que le mande —supongo que le enviaré seis de sendos escritores latinoamericanos—, le sorprenda recibir una carta enviada desde la Ciudad de México. Aunque, bueno, ya lo escribió Marco Aurelio: “¡Cuán ridículo y extraño es aquel que se sorprende de cosa alguna de cuantas pasan en esta vida!”, un aforismo que seguramente ya estará en la colección de Monsieur Nicolas Mercier. 

viernes, 5 de diciembre de 2025

El yo larvario

 

En su cuento Axolotl, Julio Cortázar escribe:

Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma.

Cortázar no se inventa esas acepciones: su afirmación, desde el punto de vista etimológico, es correcta y, además, muy sugerente. La palabra larva procede del latín larva, que significa literalmente “fantasma”, “espectro”, “espanto”, y también “máscara” —sobre todo la máscara grotesca o temible usada en el teatro romano.

 

En latín clásico

larva = espíritu maligno, aparición espectral.

larvae = máscaras, especialmente las usadas en tragedias o en la comedia.

La palabra latina larva se refería a entidades sobrenaturales, como los espíritus de difuntos que perseguían a los vivos o máscaras teatrales. Este término tiene raíces etruscas, posiblemente vinculadas a las lares, divinidades domésticas protectoras derivadas de espíritus ancestrales, y en autores como Plauto (siglo III-II a. C.) aparece como larŭa con connotaciones de horror y voracidad.

 

Linneo, en 1746, reutilizó el vocablo larva en latín científico para designar la fase juvenil de insectos, aludiendo a su forma "enmascarada" o irreconocible respecto al adulto, lo que marca un cambio semántico desde lo espectral hacia lo biológico.

 

La larva es una “máscara” de lo que el organismo será más tarde. Allí está el puente semántico.

 

En el cuento de Julio Cortázar, el protagonista/narrador proyecta en los axolot una condición de vida suspendida, ambigua, liminar, casi espectral. El animal posee un cuerpo que parece “máscara” de una identidad más profunda, y que al mismo tiempo tiene una cualidad fantasmal: ojos inmóviles, rostro fijo, un “ser” que mira desde detrás de una forma.

 

Cuando Cortázar dice: “La palabra ‘larva’ significa ‘máscara’ y también ‘fantasma’”, está subrayando tres niveles:

Etimológico: es cierto; eso significaba en latín.

Zoológico: la larva como grado biológico que “oculta” la forma final.

Simbólico: el axolote como ser enmascarado, entre vida y muerte, entre ser y no-ser, como el propio narrador que se transfiere a él y queda atrapado en un estado espectral.

De modo que Cortázar emplea la etimología con total legitimidad y la convierte en una clave interpretativa del cuento: la metamorfosis imposible del axolote —y la metamorfosis fantástica del narrador— se leen como experiencias de desdoblamiento, posesión y enmascaramiento.

 

El concepto polisémico de "larva" puede relacionarse con la teoría lacaniana del estadio del espejo a través de la idea de transformación y enmascaramiento de la identidad. En Lacan, el estadio del espejo marca el momento en que el niño reconoce su imagen unificada y diferenciada en el espejo, pero esta imagen es una especie de máscara o forma ideal que oculta la fragmentación real del cuerpo experimentado. De manera análoga, la "larva", en su sentido original de máscara o espíritu oculto, representa un estado intermedio en el que la identidad está aún en proceso de formación y metamorfosis. Así, la larva simboliza una fase en la que la forma visible aún no corresponde a la identidad final, evocando la experiencia lacaniana de la alienación y la construcción del yo como una imagen que disfraza lo inestable o incompleto del sujeto. Esta conexión destaca cómo la larva, con su doble sentido, hace eco tanto del proceso biológico de cambio como del proceso psíquico por el cual el sujeto se constituye a través de la imagen especular.

 

En el marco de la teoría lacaniana del estadio del espejo, la palabra “larva” —con su polisemia de máscara y fantasma— ilumina la condición del sujeto antes de la asunción imaginaria del yo. Antes de reconocerse en la imagen especular, el infans es, para Lacan, un cuerpo vivido como fragmentado, sin unidad ni consistencia propia; es, en cierto sentido, un fantasma de sí mismo, un ser aún sin forma estabilizada. La captura por la imagen del espejo funciona entonces como una máscara: una figura unificadora que otorga al niño la ilusión de totalidad y agencia, pero que al mismo tiempo encubre —como toda larva— la verdad más discontinua y pulsional del cuerpo. El yo, producto de esa identificación imaginaria, no es tanto una esencia como una forma larvaria, una “máscara” necesaria pero ficticia que organiza la experiencia, al precio de alienar al sujeto en una imagen que siempre le será ajena y en la que quedará, por estructura, apresado como un fantasma.

 

domingo, 21 de julio de 2024

La “esperanza” troglodita

  

Tal vez entonces esta piedra era

mi casa, mis ventanas o mis ojos.

Me recuerda esta rosa de granito

algo que me habitaba o que habité,

cueva o cabeza cósmica de sueños,

copa o castillo o nave o nacimiento.

Pablo Neruda, CASA.

  

Acabo de toparme con una nota de la BBC que me hizo recordar a dos lumbreras. La agencia informa que, debido a un reciente descubrimiento selenita, es factible que en el futuro próximo —en unos veinte o treinta años, según estima la doctora Helen Sharman, astronauta británica— algunos seres humanos retornen a la vida troglodita, aunque no en la Tierra. La noticia no se presenta como una tragedia, sino como una esperanza. Creo que la perspectiva le habría causado mucha gracia al viejo Borges y cierto horror a Hannah Arendt. Vean ustedes si no…

¿A qué se refiere la BBC con vida troglodita? Acotemos esto primero. Llamamos trogloditas a los tragones. También empleamos esa palabra como sinónimo de salvaje, de bárbaro, e incluso de rudo o cruel. Son usos correctos. Pero la primera acepción de troglodita es otra. Al español y a otros muchos idiomas, la palabra llegó del latín troglodyta, el cual a su vez proviene del griego antiguo τρωγλοδύτης (troglodýtēs), esta última compuesta de dos partes: τρώγλη (trōglē), concavidad, agujero; y δύτης (dytēs), inmerso, metido en… —en griego contemporáneo δύτης significa buzo—. Así que troglodita significa “inmerso en los hoyos” o “el que vive metido en una oquedad”. Troglodita es entonces quien habita en cavernas.

El registro más antiguo de la palabra troglodita se halla en una obra jónica escrita hace casi dos mil quinientos años. Heródoto de Halicarnaso (480 – 425 a. C.) da cuenta de los garamantes, un pueblo bereber de la región desértica del noroeste africano, en la actual Libia, que, entre otras actividades productivas —se dedicaban además a la agricultura y la ganadería—, cazaban seres humanos:

Van dichos garamantes a caza de los etíopes trogloditas, montados en un carro de cuatro caballos, lo cual se hace preciso por ser estos etíopes los hombres más ligeros de pies de cuantos hayamos oído hablar. Los trogloditas o habitantes de cavernas comen serpientes, lagartos y otros reptiles semejantes: tienen un idioma a ningún otro parecido, aunque puede decirse que en vez de hablar chillan a manera de murciélagos (HistoriasMelpómene, CLXXXIII).

Cuatro siglos después, en su GeografíaEstrabón, nominará Troglodítica a esa esa región, alineada a la costa occidental del Mar Eritreo —como los griegos llamaban a la masa de agua que separa la Península Arábiga del Cuerno de África—, informando que sus pobladores tenían por costumbre vivir bajo tierra. De origen, pues, en el vocablo troglodita, la conexión es directa entre cavernarios y salvajes …, aunque, obviamente, la ligazón es mucho más añeja. Ni los antiguos egipcios ni los asirios podían haber usado la palabra griega troglodita, pero tenían sus propios términos para describir a los hombres y mujeres que vivían en las cavernas o en los montes, fuera de la civilización —recuerden la historia de Enkidu, el salvaje domesticado nada menos que por el primer superhéroe de la literatura, Gilgamesh—. De cualquier manera, independientemente de las palabras, nuestra especie —por no hablar de los homínidos en general— tiene mucho menos experiencia en la vida extracavernaria que en la troglodita… Es más, en el gran contexto, no de la historia, sino de nuestra existencia genérica, hace muy poco que somos habitantes, quiero decir habitantes de cualquier sitio, y en las cuevas fue en donde aprendimos a serlo. Habitadas por diversos homínidos a lo largo de medio millón de años, las cuevas de Nahal Me'arot, ubicadas en la cuesta oeste del Monte Carmelo, ofrecen un magnífico registro de la vida troglodita. En sus cavidades y túneles, sus inquilinos más recientes, neandertales y sapiens, dormían, comían, facturaban herramientas, se reproducían, ejecutaban rituales funerarios… Trogloditas prehistóricos.

Algunos trogloditas —estos plenamente históricos— intervienen en El Inmortal de Jorge Luis Borges. Quienes hayan leído el cuento quizá recuerden que se trata de una narración hallada por la princesa de Lucinge en unos papeles escondidos en el último tomo de la Ilíada de Pope —volúmenes que le había facilitado en 1929 el anticuario Joseph Carthapilus—. En el manuscrito, el tribuno romano Marco Flaminio Rufo relata cómo fue que se decidió a encontrar la Ciudad de los Inmortales, de cuya existencia se enteró en Tebas por boca de un jinete moribundo llegado de Oriente. La historia sucede algunos años después de la pax romana, cuando Diocleciano era el emperador de Roma (284 – 305). El tribuno se aventura al periplo en busca del “el río secreto que purifica de la muerte a los hombres”, el cual, según le dijo el jinete, se encontraba “hasta el Occidente, donde se acaba el mundo”. Él y un grupo de mercenarios partieron de Arsinoe para luego adentrarse en el desierto… “Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra.” Borges evidentemente leyó a Heródoto y borda en su propio telar con los hilos milenarios del griego:

En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

Resulta que después de hallar por fin —o de pronto hallarse en— la Ciudad de los Inmortales, el protagonista cae en la cuenta de que los inmortales no eran otros que los trogloditas que habitaban en las cavidades que rodeaban la ciudad desierta:

… juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico. 

Pues resulta que es probable que en pocos años algunos congéneres nuestros, sin máquinas del tiempo mediante ni en alucinaciones literarias, regresarán a la vida troglodita, como los inmortales de la ciudad desierta o los prehistóricos milenarios —a principios de julio la revista Nature informó que las pinturas rupestres de las de la caverna en Maros-Pangkep, Sulawesi, son mucho más antiguas de lo que se creía, y hay algunas representaciones que tienen más de 53 mil años, lo que las ubican como los testimonios más arcaicos de la capacidad representativa de los seres humanos—. En la nota que aludía al principio, la BBC reporta que un grupo de científicos italianos descubrieron una cueva en la Luna con una boca de unos cien metros de ancho y una profundidad de 130 a 170 metros, un lugar que por su tamaño y forma resulta ideal para albergar una base lunar permanente. La cueva podría proteger a los astronautas de la radiación y del llamado clima espacial. Visible desde la Tierra, la dichosa caverna se encontró en el Mar de la Tranquilidad, en el lugar donde alunizó el Apolo 11 en 1969. Por descontado, seguramente hay más cuevas lunares, así que el hallazgo incentiva su búsqueda y también de cuevas similares en Marte, en las que fuera posible encontrar refugio a cosmonautas trogloditas.


Pienso que todo esto a Hannah Arendt le habría resultado, si no sorprendente puesto que alcanzó a preverlo —“nosotros, criaturas atadas a la Tierra…, hemos comenzado a actuar como si fuéramos habitantes del universo”—, sí horroroso. La pensadora judío-alemana no planteó una pregunta absurda cuando escribió: “la emancipación y secularización de la Edad Moderna, que comenzó con un desvío, no necesariamente de Dios, sino de un dios que era el Padre de los hombres en el cielo, ¿ha de terminar con un repudio todavía más ominoso de una Tierra que fue la Madre de todas las criaturas vivientes bajo el firmamento?” Desde la perspectiva de Arendt, la posible vuelta a la vida troglodita, pero ahora en la Luna, resulta esencialmente antihumana, toda vez que “la Tierra es la misma quintaesencia de la condición humana”. Piensa que mientras el mundo de nuestras creaciones y artificios nos separa de las demás especies, “la propia vida queda al margen de este mundo artificial y, a través de ella, el hombre se emparenta con los restantes organismos vivos”. Pero fuera de este planeta, la vida misma tendría que ser artificiosamente sostenida. El afán de escapar de la Tierra es pues un afán de perder la condición humana, y “el deseo de escapar de la condición humana subraya también la esperanza de prolongar la vida humana más allá del límite de los cien años”. ¿Nada más cien años? Imposible no recordar la codicia que impulsó a los trogloditas de Borges, la inmortalidad. La edición original La condición humana de Hannah Arendt es de 1958, entonces ella advertía que “el hombre del futuro… parece estar poseído por una rebelión contra la existencia humana tal y como se no ha dado…” Ese hombre del futuro somos nosotros.

sábado, 6 de mayo de 2023

En bóxers

 Estábamos en una misma habitación la enfermera, el médico y yo. Mandón, él me ordenó que me desnudara. Seguro hice algún gesto: — Bueno, puede quedarse en calzones.

— Uso bóxers –refuté, y antes de que terminara de pronunciar las cuatro sílabas caí en la cuenta de que mi impugnativa era una estupidez sin importancia. Me quité la ropa.

 

— Oiga, está algo pasado de peso.

 

Me toqué la lonja: contundente.

 

— Sí, es evidente.

 

— Bueno, no es demasiado. Haga más ejercicio. Coma menos.

 

Un paso atrás del doctor, la enfermera, una mujer colosalmente obesa, torció la boca.

 

— Cincuenta y ocho años… —leyó el facultativo— Mmm… —sin retirar la mirada de los papeles que estaba revisando:—, ¿y está usted seguro de que todavía no presenta olvidos?

 

— No recuerdo ninguno, oiga.

 

La enfermera soltó una carcajada, y un instante después me despertaron mis propias risotadas.



 

martes, 28 de marzo de 2023

El diablo y la ideología

 

La sífilis mató a Charles Baudelaire. El poeta francés falleció el 31 de agosto de 1867. Tenía 46 años. La espiroqueta Treponema pallidum ya lo tenía totalmente postrado, hemipléjico y afásico. Dejó varios manuscritos, entre ellos, el cuento corto “El jugador generoso”, el cual sería incluido en su libro póstumo Le Spleen de Paris.  ¿Cómo lo traducimos? Directamente: El esplín de París. El vocablo existe en nuestro idioma: esplín es la adaptación de la voz inglesa spleen, con que se designa el estado de ánimo caracterizado por el hastío de vivir. El diccionario de la RAE define esplín como “melancolía, tedio de la vida”. Los tres vocablos, el francés, el castellano y el inglés provienen del griego. En la Antigüedad, splēn (σπλήν) se refería al bazo —bazo con zeta—, es decir, el órgano situado del lado izquierdo del abdomen. Hoy sabemos que el bazo es el centro de actividad del sistema inmune. Los antiguos griegos creían que era el centro de la producción de las emociones, y por ello lo asociaban con la melancolía y la tristeza. De ahí que la palabra splēn en la literatura grecolatina se utilizara para describir un estado anímico de tristeza o de melancolía sin causa aparente.

 

Algo así sentía el protagonista del “El jugador generoso”, cuando se topó en la calle con el mismísimo Satán, quien en un momento dado de su encuentro le confesó “que, con relación a su propio poder, había tenido miedo una sola vez. Fue el día —le cuenta— en que había oído a un predicador… exclamar desde un pulpito: ‘Hermanos míos, ¡no olvidéis nunca cuando oigáis alabar el progreso de las luces, que la mayor de las artimañas del diablo es persuadiros de que no existe!’”

 


Lo mismo sucede con la ideología: su mayor ardid consiste en negar su propia existencia. Y en el status quo neoliberal fue más allá. En su libro La vigencia de El manifiesto comunista, el filósofo esloveno Slavoj Žižek apunta: “… alcanzamos la suprema ironía de cómo funciona la ideología hoy en día: aparece precisamente como su opuesto, como una crítica radical de las utopías ideológicas. La ideología dominante hoy en día no es una visión positiva de algún futuro utópico, sino una resignación cínica, una aceptación de cómo es realmente el mundo, acompañada de una advertencia de que si queremos cambiarlo (demasiado), solo puede resultar en un horror totalitario”.

 

¿Le suena conocido? La ideología establece que si los oligarcas y sus corifeos controlan el poder se vive en democracia, ¿cierto?, pero si la mayoría de la ciudadanía llega a hacerse del poder por medio de sus representantes democráticamente electos, entonces, ¡cuidado!, se padece populismo o de plano una dictadura. Y, claro, quien no lo entienda así es un fanático, esto es, está cegado por la ideología.

 

 

miércoles, 25 de mayo de 2022

Cultura y locura

  

Para Juan Collignon Hoff

  

 

¿Quién mejorará mi suerte?

¡La muerte!

Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?

¡Mudanza!

Y sus males, ¿quién los cura?

¡Locura!

 

Dese modo no es cordura

querer curar la pasión,

cuando los remedios son

muerte, mudanza y locura.

 

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha.

 

 

Locura potenciada

El Playboy de diciembre de 1974 fue un manjar. La edición incluía una sesión de fotografías eróticas surrealistas dirigidas por Salvador Dalí, sendas entrevistas con Robert Redford y Gene Wilder —estaba por estrenarse el hoy clásico Young Frankestein, de Mel Brooks—, un texto de Arthur C. Clark; un destacamento de esculturales modelos encueradas —Janice Raymond, una británica, fue la playmate del mes—, un cuentazo de Isaac Bashevis Singer…, and much, much more!

 


Bashevis Singer, un icono de la tradición cultural judía, había nacido en 1903 en Polonia, entonces parte del Imperio ruso, y habría de morir a los 87 años en Miami. Le tocaron pues sufrir varios pogromos, dos guerras mundiales, el holocausto, la guerra fría… En 1978, cuatro años después de la publicación en Playboy de A tale of two sisters, sería galardonado con el Nobel de Literatura.

 

Leon Bardeles, el estrambótico protagonista de Una historia de dos hermanas, narra los años que vivió en tormentosa poligamia con Dora y Ytta, y comparte sus reflexiones sobre el comportamiento de la gente, entre otras, esta: “Mi teoría es que la especie humana ya estaba loca desde los orígenes y que la civilización y la cultura sólo reforzaron esa locura”. 

 

 

Locura y malestar

En En el malestar de la cultura (1930), Sigmund Freud (1856-1939) había presentado ya un planteamiento semejante a la teoría de Leon Bardeles. Él también está de acuerdo en que la mayoría de los sapiens andamos por la vida medio deschavetados, aunque aduce que afortunadamente no todos tenemos crisis simultáneas. Según el médico austriaco, la civilización y la cultura no son más que “la suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de nuestros antecesores animales, y que sirven a dos fines: proteger al hombre contra la naturaleza y regular las relaciones de los hombres entre sí”. Para lograr el segundo propósito, la cultura necesariamente impone límites a la gente, particularmente reprime las pulsiones sexuales y de hostilidad. La cultura reposa sobre la renunica a las satisfacciones instituales y por ello produce necesariamente frutración, malestar y a final de cuentas neurosis —locura, decimos los legos—.

 


 

Locura domesticada

Por mi parte, acerca del origen de la locura que tan escandalosamente cunde entre hombres y mujeres no suscribo ni la teoría freudiana ni la que esgrime el lascivo protagonista del cuento de Isaac Bashevis Singer —por lo demás, cercanísimas entre sí—. Más bien me inclino a pensar que es el sociólogo —más polímata— norteamericano Lewis Mumford (1898-1990) quien está en lo correcto. 

 

Mumford sostiene que los sapiens somos en principio creaturas exploradoras de sí mismas. “El rasgo más humano dominante, fundamento de todos los demás, es la capacidad de autoidentificación y, en definitiva, de autoconocimiento”. Somos bichos autoreflexivos, indagadores de nosotros mismos: ¿yo soy este?, ¿quién soy, cómo soy? Afirma tambien que el proósito ulterior de todas nuestras creaciones en última instancia es la transformación de la gente: “Todas las manifestaciones de la cultura humana… tienen la finalidad última de remodelar el organismo y la expresión de la personalidad del hombre”. En su extraordinario libro El mito de la máquina. Técnica y evolución humana, Lewis Mumford se animó a andar un camino poco andado: “examinar la amplia veta de irracionalidad que recorre toda la historia humana, en oposición a su herencia animal, sensata y funcionalmente racional. En comparación con otros antropoides, cabría aludir sin ironía a la superior irracionalidad del hombre”. Innegable: estámos mucho más locos… o ¿qué tantas muestras conoce usted de locura animal? Más incluso: ¿de locura colectiva como la que a nosotros tan bien sabemos montar? Como el protagonista del cuento de Isaac Bashevis Singer, Mumford piensa que la irracionalidad no es una creación cultural, sino un ingrediente intríseco de la naturaleza de los seres humanos: “sin duda la evolución humana pone de manifiesto una predisposición crónica al error, a la maldad, a las fantasías desorbitadas, las alucinaciones, ‘el pecado original’, y hasta la mala conducta socialmente organizada y santificada, como se consta en la práctica de sacrificios humanos y las torturas legalizadas”. Según Mumford, le debemos mucho a la locura: “Al escapar a las determinaciones orgánicas, el hombre renunció a la innata humildad y estabilidad mental de especies menos aventureras. Y no obstante, algunos descubrimientos más erráticos abrieron valiosos ámbitos que la evolución puramente orgánica jamás había explorado a lo largo de miles de millones de años”. O dicho en corto: se necesitó una fuerte dosis de inestabilidad mental, por decirlo suave, para querer volar, por ejemplo. “La propensión del hombre a mezclar fantasías y proyecciones, deseos y designios, abstracciones e ideologías, con los lugares comunes de la experiencia cotidiana, se convirtieron en una fuente importante de enorme creatividad. No existe ninguna línea divisoria nítida entre lo irracional y lo suprarracional, y la administración de estos dones ambivalentes siempre ha sido uno de los principales problemas de la humanidad”. El pensador neoyorquino va más allá, y otorga un papel decisivo a la locura en la revolución neolítica: “Los factores irracionales… se hicieron patentes en el momento en que los elementos formativos de las culturas paleolíticas y neolítcas se unieron en la gran implosión cultural que tuvo lugar en el cuarto milenio a. C., que suele denominarse ‘el nacimiento de la civilización’”.

 

 

Colofón

El doctor Freud, Isaac Bashevis Singer y Lewis Mumford estarán de acuerdo: para ser humanos hay que estar locos.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Abrecajas

 

… las novelas no imponen al lector un dogma

que más tarde resulte ser inexacto, ni le enseñan lección alguna

que luego se deba desaprender. Repiten, reestructuran,

esclarecen las lecciones de la vida;

nos desvinculan de nosotros mismos

obligándonos a familiarizarnos con nuestro prójimo.

Robert Louis Stevenson, Libros que me han influido. 

 

 

 



1

 

Cristóbal, antes de nacer —Cristóbal Nonato—, balconea a su padre, descubriendo sus dudas y autojustificaciones: “Esto no significaba que por estos mayos floridos, a medida que crecía la barriguita de mi mamá (y yo adentro de ella) a mi padre no lo asaltase la angustia de saber si se hacía viejo sin haber vivido la plenitud sexual, dejando pasar las oportunidades, aunque lo frenaba el sentido de la contradicción entre sus ideas y su práctica. Su sexualidad renaciente, era progresista o reaccionaria? Su actividad política, debía conducirlo a la monogamia o al harén? Al cabo pensó que ante un buen acostón se estrellan todas las ideologías.” Carlos Fuentes (1927-2012) hace que un personaje de novela, desde las profundidades de su progenitora, nos reporte los avatares interiores de su señor papá.

 

 

2

 

Después de lo que tal vez fue una desavenencia con su esposa —no estaba del todo claro—, y sufriendo el aburmador peso de un silencio ya prolongado en demasía, Egbert “empezó a considerar que estaba siendo tratado de un modo poco razonable; naturalmente, empezó a hacer concesiones.”

 

“— Me atrevo a decir que se me puede censurar. Estoy dispuesto, si con ello puedo restablecer las cosas en una situación más feliz, a intentar enmendarme.”

 

“Se preguntaba vagamente cómo sería posible tal cosa”, apostilla el autor de La reticencia de lady Anne, no el tal Egbert, el personaje, sino el escritor inglés-birmano Hector Hugh Munro, Saki (1870-1916). El cuento —“burscamente… atroz”, según Borges— avanzará desde la perspectiva interior del marido acongojado. Quien lo haya leído sabe que Lady Anne no estaba pensando absolutamente en nada.

 

 

3

 

Debemos a García Márquez (1927-2014) uno de los íncipits más despampanantes de la novelística contemporánea: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Y uno lo lee y de golpe tremenda imagen se construye en la cabeza y comienza la novela, el viaje profundo a otro mundo, en este caso, el fantásitco mundo de Macondo, y uno jamás se pregunta cómo pudo ser posible que el novelista colombiano haya conseguido averiguar qué fue lo que recordó el coronel Aureliano Buendía encontrándose frente al pelotón de fusilamiento.

 

 

4

 

“’No debo fracasar’, se dijo a sí mismo. ‘Una vez lanzado, debo seguir adelante.’ Aguzó el oído y escuchó. En algún lugar de las habitaciones inmediatas debían de estar durmiendo… No oyó el menor ruido. Se preguntó a sí mismo qué haría se se despertasen, pero no pudo encontrar respuesta”. Isaac Bashevis Singer (1903-1991) nos permite en El mago de Lublinseguir, desde el pensamiento de Yasha Mazur, el protagonista de la novela, su propia debacle. “‘Debo decidirlo todo hoy’, se dijo a sí mismo Yasha… ‘Hoy es el día del Juicio Final’. Cerró los ojos para dedicarse exclusivamente a sus pensamientos”.

 

 

5

 

Hace casi tres mil años, ya Esopo (c. s. VII a. C.) se metía en cabeza ajena y escudriñaba los pensamientos de los demás, incluso daba cuenta de las estratagemas con que uno mismo pretende tomarse el pelo solito: “Una zorra hambrienta, al ver unos racimos que colgaban de una parra, quiso apoderarse de ellos, y no pudo. Apartándose, se dijo a sí misma: ‘Están verdes’. Así también algunos hombres, cuando no pueden conseguir las cosas por incompetencia, culpan a las circunstancias.”

 

 

6

 

El periodista británico Peter Fallow acaba de salir de las oficinas de su trabajo, el periódico neoyorkino City Light. Cientos de personas pueden ver lo que Tom Wolfe narra (La hoguera de las vanidades): el hombre “miró los coches y taxis que subían veolzmente por Wall Street hacia la parte alta”. Pero nadie fuera de la novela puede saber lo que el personaje está pensando —nosotros, los lectores, nos adentramos en la novela—: “Por los clavos de Cristo, qué ganas tenía de meterse en un taxi y quedarse dormido hasta llegar al Leincaster’s.” Ni lo que está pensando ni mucho menos el agarrón que se está dando consigo mismo: “¡No! ¡Cómo se le ocurrría! Nada de Leincaster’s esta noche; ni una sola gota de alcohol. Esa noche iría directamente a casa…”

 

 

Coda

 

El fuero de la conciencia de todos los demás es para uno un arcano, una caja negra: podemos tener noticias, noticias limitadas, claro, de lo que los otros perciben, y también saber algo, siempre parcialmente, de lo que externan…, pero qué sucede dentro… ¡Misterio! Y la realidad la construimos a partir de todo lo que desde dentro de cada uno de nosotros percibimos. “La realidad de la vida consiste, pues, no en lo que es para quien desde fuera la ve, sino en lo que es para quien desde dentro de ella lo es, para el que la va viviendo mientras y en tanto la vive” (José Ortega y Gasset, En torno a Galileo). Por eso decía la semana pasada que los otros son una interminable cáfila de cajas negras, aunque también recordaba que con uno mismo la cosa no cambia mucho: la gente puede vivir en automático, incluso atiborrada de información y pensamientos, sin darse tiempo para enterarse qué acontece en su propia conciencia. Saber qué pensamos y cómo pensamos, ya no digamos controlar lo que pensamos, no es algo que ocurra sin voluntad, concentración y faena mediante. Sirvan pues los seis ejemplos anteriores para mostrar cómo la literatura, particularmente la narrativa, tiene utilidad de abrecajas, permite insmiscuirse en las cajas negras para tratar de ver la realidad desde la perspectiva de los demás.

domingo, 8 de marzo de 2020

Todo pudo ser de otro modo


… you could not remove a single grain of sand
from its place without thereby…
changing something throughout
all parts of the immeasurable whole.
Johann Gottlieb Fichte, The Vocation of Man.


Todo pudo ser de otro modo. Por ejemplo, John Wyndham (1903-1969) publicó Random Quest —uno de los textos que integran su libro Consider Her Ways and Others (1961)—, en el que cuenta la historia de Colin Trafford, un médico que, por una contingencia, luego de un experimento de laboratorio, va a parar en una realidad paralela. No detalla qué fue exactamente lo que sucedió —o no sucedió—, pero entre 1926  y 1927 hubo un punto divergente que desencadenó, entre otras cosas, que el colapso financiero de 1929 no ocurriera. En el mundo a la que llega Trafford, Hitler nunca alcanzaron el poder en Alemania, la Segunda Guerra Mundial jamás ocurrió y nadie ha inventado la bomba atómica. Las cosas no sólo son distintas en el gran contexto —India es aún colonia británica y Churchill es un político de medio pelo—, también su propia vida es distinta: en lugar de un galeno viudo, en el universo paralelo es un novelista exitoso y un marido adúltero. Curiosamente, en aquella versión de la realidad, C. S. Lewis, Bertrand Russell y T. S. Eliot también son buenos escritores, pero todos son autores de libros diferentes. Entre la gente que rencuentra está un amigo suyo que había perdido dos dedos de la mano izquierda; sin embargo, ahora tiene la mano indemne. Curiosamente, en 4 3 2 1, la más reciente novela de Paul Auter (1947), en una de sus vidas alternas, Archie Ferguson, el protagonista múltiple, perdió los dedos en un accidente automovilístico que le cambió la vida.
           
Todo pudo ser de otro modo. Por ejemplo, en su celebérrimo cuento A Sound of Thunder —originalmente publicado en la edición de enero de 1952 de la revista Collier's—, Ray Bradbury (1920-2012) narra como un cazador imprudente cambia el curso de la historia. Un tal Eckels contrata los servicios de la compañía Time Safari Inc. Viajarán 66 millones de años, al Cretácico superior, para cazar un Tyrannosaurus rex. Los organizadores le advierten que solamente está permitido cazar animales que están a punto de morir, y que está prohibido traer cualquier cosa al presente. ¿Por qué?, cuestiona Eckels. “No queremos cambiar el futuro… Digamos que accidentalmente matamos un ratón aquí. Eso significa que todas las futuras familias de este roedor en particular serán destruidas, ¿verdad? ¡Y todas las familias de las familias de las familias de ese ratón! ¡Con una marca de tu pie, aniquilas primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, mil millones de ratones posibles!” El cazador insiste: “De acuerdo, mueren algunos ratones. ¿Y eso qué?” El guía responde: “Bueno, ¿qué pasaría con los zorros que necesitarán esos ratones para sobrevivir? A falta de diez ratones, un zorro muere. Faltando diez zorros, un león morirá de hambre. A falta de un león, toda clase de insectos, buitres, miles de millones de formas de vida se ven sumidos en el caos y la destrucción. Con el tiempo, todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años después, un hombre de las cavernas, uno en una docena del mundo entero, va a cazar jabalíes o tigres dientes de sable para comer. Pero tú, amigo, has pisado a todos los tigres de esa región. Al pisar un solo ratón. Entonces aquel hombre de las cavernas muere de hambre. Pero ese cavernícola, considéralo, no es cualquier hombre prescindible, ¡no! Él es una nación futura. De sus lomos habría surgido diez hijos. De sus lomos, cien hijos, y de ahí en adelante toda una civilización. Destruye a este hombre, y destruirás una raza, un pueblo, toda una historia. Es comparable a matar a algunos nietos de Adán. Si tú matas a un ratón podrías provocar un terremoto, cuyos efectos podrían sacudir nuestros destinos… Con la muerte de aquel hombre de las cavernas, otros mil millones aún no nacidos son estrangulados en el útero. Quizás Roma nunca se levante en sus siete colinas. Tal vez Europa no pase de ser un bosque oscuro para siempre, y quizá sólo Asia crezca de forma saludable y plena. Pisa un ratón y aplastará las Pirámides. Pisa un ratón y deje su huella, como un Gran Cañón, a lo largo de la eternidad. Es posible que la reina Isabel nunca nazca, que Washington no cruce el Delaware, que nunca haya un Estados Unidos. Así que mucho cuidado…” Por supuesto, quien haya leído el relato de Bradbury sabe Eckels no tendrá el cuidado suficiente y va a pisar no un ratón, sino una mariposa… El efecto que desatará el accidente será múltiple, tal y como constatarán cuando regresen al año 2055, su presente…
           
Si todo está relacionado con todo y nada ha sido como tuvo que haber sido necesariamente, todo  pudo ser de otro modo. Por ejemplo, Regman Trosca (1964) en su novelita La muda (Ediciones Espurias, 2020) relata como una mujer, con una simple decisión mediante, cambió el curso de toda la historia de México. Una de las jovencitas que los caciques de la región de Tabasco, después de ser derrotados en Centla, habían obsequiado a Hernán Cortés, al comprender que el demonio de la avaricia dominaba a los hombres descoloridos decidió hacerse un lado, no intervenir, y fingir que era muda. Bernal Díaz del Castillo recuerda que la llamaban Malinali o Malintzin y que era “de buen parecer, entrometida y desenvuelta”.

sábado, 29 de febrero de 2020

Juárez y Cleopatra


“Yo te lo dije, que no te anduvieras metiendo con mi Paco. Ahora ya tienes para andar un mes cuando menos con un ojo de cotorra”, burlona, pendenciera, le dice la cabaretera (Estela Matute) a Mercedes (Marga López), quien no se digna a responder y sigue limpiándose con un pañuelo la sangre que tiene en el rostro. La primera mujer sale del baño. Mercedes se agacha en el lavamanos para mojarse la cara. Justo cuando se erige de nuevo y con cierta altivez recuperada se mira frente al espejo, contundentes, suenan los primeros acordes de un danzón. Sale del baño, se abre paso entre las parejas que ya bailan y va a tomar asiento en una mesa. Pide una cerveza. “¡Jijo, por poco te sacan el ojo!”, le dice el mesero cuando se acerca a atenderla. Entra a cuadro Lupe López (Miguel Inclán), el policía, quien viene de propinarle una golpiza al Paco (Rodolfo Acosta). Tan pronto se sienta, ella descubre el rostro y los nudillos heridos del oficial; llora y se inclina para besarle las manos… “No, Merceditas, yo soy el que debería besar sus manos y sus pies, y hasta el suelo que pisa… Usted es de oro, y el oro vale, pues vale en donde quiera que esté, aunque sea en la basura” Se entabla un diálogo de enorme patetismo —la fatalidad de la pobreza al centro—, siempre con los campases del danzón de fondo. Lupe, “un hijo del pueblo…, el último representante de la ley”, viudo, declarará su amor a Mercedes y le pedirá que se casen… “Yo sé bien que no me la merezco, porque en resumidas cuentas no soy nadie…” Ella, a pesar de todos los ofrecimientos del gendarme, se va a negar: “Usted gana seis pesos y yo necesito mucho dinero, mucho dinero. Para sostenerme, usted tendría que manchar ese uniforme, o yo tendría que ser sucia con usted”. La escena cierra cuando Lupe se resigna y promete antes de levantarse: “Merceditas, yo la esperaré hasta que esté usted libre”. En ese preciso instante comienza el lastimero canto lastimero del danzón:

Juárez no debió de morir, ¡ay, de morir!
Juárez no debió de morir, ¡ay, de morir!

Lupe sale entre la gente… La cámara regresa a la mesa, close up a Mercedes, quien se echa a llorar sobre la mesa…

Porque si Juárez no hubiera muerto…

Fin de la secuencia y la imagen se va a negros.

Salón México
, dirigida magistralmente por Emilio Fernández —a partir de un guión original de Mauricio Magdaleno y del propio Indio—, se estrenó a principios de 1949, treinta años después de la primera grabación de Juárez, el danzón compuesto por el chiapaneco Esteban Afonzo y el cubano Tomás Ponce. La película incluye, además de Juárez, otros “números musicales”, como El caballo y la montura, Almendra, Nereidas, Sopa de pichón y Meneito, todos interpretados por el grupo Son “Clave de oro”. En Salón México, el término de la secuencia no nos permite escuchar qué hubiera pasado si don Benito Juárez no hubiera muerto… Quienes conozcan el danzón saben que la primera parte de la respuesta es indiscutible y tautológica:

Juárez no debió de morir, ¡ay, de morir!
Porque si Juárez no hubiera muerto
Todavía viviría…

En cambio, la segunda parte es ya debatible:

Porque si Juárez viviera
Otro gallo cantaría
La patria se salvaría
México sería feliz, feliz, feliz…
           
*

— ¿Qué hubiera pasado si Juárez no hubiera muerto?
— Déjate de tonterías: la historia contrafactual o contrafáctica no exististe.
— Ok…, no existe, pero qué tal que sí existiera.

*

Explican William Croft y D. Alan Cruse: “Una condicional contrafactual construye un espacio en el cual el antecedente [Siendo presidente de la República, a Juárez lo mató una angina de pecho, en este caso] constituye explícitamente su contrario en el espacio base [Juárez no murió el 18 de julio de 1872]” (Lingüística cognitiva, AKAL, 2008). Así, por ejemplo, podemos hipotetizar: si Juárez no hubiera muerto, Porfirio Díaz jamás habría llegado a la Presidencia de la República.

Entonces, pues, resulta evidente que a cualquier discurso historiográfico —y si me apuran a todo nuestro pensamiento narrativo— subyacen un montón de hipótesis contrafactuales: Sócrates fundó la filosofía occidental / Si Sócrates hubiera muerto en la Guerra del Peloponeso…

En su libro Counterfactual History and Bosnia-Herzegovina (Torkel Opsahl Academic, 2018), Stian Nordengen Christensen explica: “Si una hipótesis está basada en uno o más antecedentes que evidentemente no son verdaderos, es contrafactual. La forma más simple de hipótesis contrafactual es: ‘Si A, que no es, entonces B’”. Resulta entonces que sería imposible pasar un solo día sin construir hipótesis contrafácticas: si no pasa el camión en cinco minutos, no llegó a la chamba…

*

Recordará el lector la célebre afirmación del Pascal (16623-1662): “Si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, toda la faz de la Tierra habría cambiado”. Se trata de una de las más famosas hipótesis históricas contrafactuales del pensamiento occidental. Hay muchas más, por ejemplo, en la historia contemporánea, el famoso Contrafactual de Munich, según el cual, en pocas palabras, si los británicos se hubiesen opuesto decididamente al expansionismo fascista de la década de los años treinta, nos hubiéramos evitado el horror de la II Guerra Mundial.

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En 2013, José de la Colina publicó Cleopatra, el siguiente microrelato:

—Si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, la historia del mundo habría sido diferente –dijo Blaise Pascal.

—No, Blaise —susurraron los fantasmas de Julio César y de Marco Antonio—, no la nariz, precisamente.