Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 29 de febrero de 2020

Juárez y Cleopatra


“Yo te lo dije, que no te anduvieras metiendo con mi Paco. Ahora ya tienes para andar un mes cuando menos con un ojo de cotorra”, burlona, pendenciera, le dice la cabaretera (Estela Matute) a Mercedes (Marga López), quien no se digna a responder y sigue limpiándose con un pañuelo la sangre que tiene en el rostro. La primera mujer sale del baño. Mercedes se agacha en el lavamanos para mojarse la cara. Justo cuando se erige de nuevo y con cierta altivez recuperada se mira frente al espejo, contundentes, suenan los primeros acordes de un danzón. Sale del baño, se abre paso entre las parejas que ya bailan y va a tomar asiento en una mesa. Pide una cerveza. “¡Jijo, por poco te sacan el ojo!”, le dice el mesero cuando se acerca a atenderla. Entra a cuadro Lupe López (Miguel Inclán), el policía, quien viene de propinarle una golpiza al Paco (Rodolfo Acosta). Tan pronto se sienta, ella descubre el rostro y los nudillos heridos del oficial; llora y se inclina para besarle las manos… “No, Merceditas, yo soy el que debería besar sus manos y sus pies, y hasta el suelo que pisa… Usted es de oro, y el oro vale, pues vale en donde quiera que esté, aunque sea en la basura” Se entabla un diálogo de enorme patetismo —la fatalidad de la pobreza al centro—, siempre con los campases del danzón de fondo. Lupe, “un hijo del pueblo…, el último representante de la ley”, viudo, declarará su amor a Mercedes y le pedirá que se casen… “Yo sé bien que no me la merezco, porque en resumidas cuentas no soy nadie…” Ella, a pesar de todos los ofrecimientos del gendarme, se va a negar: “Usted gana seis pesos y yo necesito mucho dinero, mucho dinero. Para sostenerme, usted tendría que manchar ese uniforme, o yo tendría que ser sucia con usted”. La escena cierra cuando Lupe se resigna y promete antes de levantarse: “Merceditas, yo la esperaré hasta que esté usted libre”. En ese preciso instante comienza el lastimero canto lastimero del danzón:

Juárez no debió de morir, ¡ay, de morir!
Juárez no debió de morir, ¡ay, de morir!

Lupe sale entre la gente… La cámara regresa a la mesa, close up a Mercedes, quien se echa a llorar sobre la mesa…

Porque si Juárez no hubiera muerto…

Fin de la secuencia y la imagen se va a negros.

Salón México
, dirigida magistralmente por Emilio Fernández —a partir de un guión original de Mauricio Magdaleno y del propio Indio—, se estrenó a principios de 1949, treinta años después de la primera grabación de Juárez, el danzón compuesto por el chiapaneco Esteban Afonzo y el cubano Tomás Ponce. La película incluye, además de Juárez, otros “números musicales”, como El caballo y la montura, Almendra, Nereidas, Sopa de pichón y Meneito, todos interpretados por el grupo Son “Clave de oro”. En Salón México, el término de la secuencia no nos permite escuchar qué hubiera pasado si don Benito Juárez no hubiera muerto… Quienes conozcan el danzón saben que la primera parte de la respuesta es indiscutible y tautológica:

Juárez no debió de morir, ¡ay, de morir!
Porque si Juárez no hubiera muerto
Todavía viviría…

En cambio, la segunda parte es ya debatible:

Porque si Juárez viviera
Otro gallo cantaría
La patria se salvaría
México sería feliz, feliz, feliz…
           
*

— ¿Qué hubiera pasado si Juárez no hubiera muerto?
— Déjate de tonterías: la historia contrafactual o contrafáctica no exististe.
— Ok…, no existe, pero qué tal que sí existiera.

*

Explican William Croft y D. Alan Cruse: “Una condicional contrafactual construye un espacio en el cual el antecedente [Siendo presidente de la República, a Juárez lo mató una angina de pecho, en este caso] constituye explícitamente su contrario en el espacio base [Juárez no murió el 18 de julio de 1872]” (Lingüística cognitiva, AKAL, 2008). Así, por ejemplo, podemos hipotetizar: si Juárez no hubiera muerto, Porfirio Díaz jamás habría llegado a la Presidencia de la República.

Entonces, pues, resulta evidente que a cualquier discurso historiográfico —y si me apuran a todo nuestro pensamiento narrativo— subyacen un montón de hipótesis contrafactuales: Sócrates fundó la filosofía occidental / Si Sócrates hubiera muerto en la Guerra del Peloponeso…

En su libro Counterfactual History and Bosnia-Herzegovina (Torkel Opsahl Academic, 2018), Stian Nordengen Christensen explica: “Si una hipótesis está basada en uno o más antecedentes que evidentemente no son verdaderos, es contrafactual. La forma más simple de hipótesis contrafactual es: ‘Si A, que no es, entonces B’”. Resulta entonces que sería imposible pasar un solo día sin construir hipótesis contrafácticas: si no pasa el camión en cinco minutos, no llegó a la chamba…

*

Recordará el lector la célebre afirmación del Pascal (16623-1662): “Si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, toda la faz de la Tierra habría cambiado”. Se trata de una de las más famosas hipótesis históricas contrafactuales del pensamiento occidental. Hay muchas más, por ejemplo, en la historia contemporánea, el famoso Contrafactual de Munich, según el cual, en pocas palabras, si los británicos se hubiesen opuesto decididamente al expansionismo fascista de la década de los años treinta, nos hubiéramos evitado el horror de la II Guerra Mundial.

*

En 2013, José de la Colina publicó Cleopatra, el siguiente microrelato:

—Si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, la historia del mundo habría sido diferente –dijo Blaise Pascal.

—No, Blaise —susurraron los fantasmas de Julio César y de Marco Antonio—, no la nariz, precisamente.
           

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