Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 8 de febrero de 2026

La estructura psíquica del fascismo

  

Bataille

 

… je ne suis un philosophe, mais un saint, peut-être un fou.

Georges Bataille, Méthode de méditation.

 

 

Montaigne prefirió ensayarse antes que enseñar; Nietzsche, desmembrar en vez de sistematizar; Kierkegaard, escribir desde la singularidad evitando dejarse seducir por el encanto de la universalidad. Pensar para Bataille no se reduce a ordenar el mundo con teorías; no, pensar debe comprometer al sujeto, pasa por una experiencia mediada por el cuerpo, el deseo, la angustia, la finitud el sinsentido… Igual que Montaigne, Pascal, Kierkegaard, Nietzsche o Wittgenstein, Georges Bataille (1897-1962) rechazaba que se refirieran a él como filósofo.

 

Bataille es difícil de clasificar. Fue un pensador situado en las inmediaciones de las espinas dorsales de la antropología, de la literatura y del psicoanálisis. A este intelectual francés lo marcó su pasión por una exploración intelectual radicalmente heterodoxa, la cual se mantuvo en tensión continua con su formación rigurosa como bibliotecario y paleógrafo. Sus intereses atravesaron las ciencias humanas, el poder, el lenguaje, la pisque, la sexualidad, la mística, siempre desde una preocupación por aquello que excede el orden racional y utilitario: lo sagrado, la violencia, el erotismo, la muerte, el sacrificio, la transgresión, el ocio… Entre sus obras más influyentes se encuentran L’expérience intérieureLa part mauditeL’érotisme… Bataille elaboró una constelación de nociones —soberanía, exceso, heterogeneidad, experiencia límite— que marcaron a pensadores como Foucault, Derrida, Jean-Luc Nancy, Julia Kristeva…

 

En los años treinta, Georges Bataille participó activamente en círculos intelectuales antifascistas como Contre-Attaque, junto a Michel Leiris y Georges Ambrosino, en los que se intentó pensar una respuesta revolucionaria que comprendiera la dimensión afectiva y simbólica que el fascismo explotaba con eficacia. Bataille vivió el ascenso del fascismo con angustia y lucidez, consciente de su potencia de seducción colectiva y de su afinidad con ciertas pulsiones humanas profundas. Su obra no busca justificarlo, sino desarmarlo desde dentro.

 

 

El fascismo


La fuerza de un caudillo es análoga a la que se ejerce en la hipnosis.

Georges Bataille, El Estado y el problema del fascismo.

 

 

El fascismo no es una aberración ideológica: el fascismo debe entenderse como una estructura afectiva y simbólica. El fascismo no es una anomalía de la sociedad moderna, sino una respuesta interna a sus tensiones reprimidas. Tal es la tesis central que esbozó Georges Bataille hace casi cien años, justo en el momento de ascenso del fascismo europeo.

 

En noviembre de 1933, el pensador francés publicó “La structure psychologique du fascisme” en la revista La Critique Sociale. En este ensayo analiza la dinámica entre la sociedad homogénea —racional y utilitaria— y lo que llama elementos sociales heterogéneos —sagrados, afectivos y violentos—, los cuales pueden emerger en crisis económicas y sociales. En breve, más allá de condicionantes económicas, Bataille explica el fascismo como una estructura psicológica que, con la energía del nacionalismo y desde la pulsión de muerte, moviliza masas siguiendo a líderes excéntricos y carismáticos. Bataille recurre a tesis freudianas, a la fenomenología y la sociología para describir cómo el fascismo integra clases dispares mediante una instancia imperativa que canaliza pulsiones reprimidas. El fascismo moviliza lo heterogéneo —pasión, culto al jefe, sacrificio, violencia— sin destruir del todo la estructura social existente. La adhesión fascista es afectiva antes que racional: identificación, fascinación, obediencia…

 

Bataille piensa que es factible describir psicológicamente a la sociedad moderna —burguesa, productiva, racional—, y desde esa perspectiva afirma que su carácter más significativo es la homogeneidad tendencial, esto es, la equivalencia exacta (conmensurabilidad) entre sus elementos y la conciencia compartida de esa equivalencia: en las sociedades modernas, en principio, las relaciones humanas se sostienen por reglas fijas basadas en la identidad posible entre personas y situaciones definidas, excluyendo en principio toda violencia. Ahora bien, Bataille está de acuerdo con el marxismo en que esa homogeneidad se origina en la infraestructura económica. “La base de la homogeneidad social es la producción; la sociedad moderna es esencialmente la sociedad productiva, y para ello todo elemento inútil es excluido si no de la sociedad total, sí de su parte homogénea, la hegemónica. Pero la homogeneidad social es precaria, vulnerable, “debe estar continuamente protegida contra los diversos elementos inquietos que no obtienen provecho de la producción o lo obtienen insuficientemente para su deseo o, simplemente no pueden soportar los frenos que la homogeneidad opone a la agitación”. Por supuesto, el anterior planteamiento está en sintonía con Freud, particularmente evoca su libro El malestar de la cultura —Das Unbehagen in der Kultur apareció a finales de 1929, con fecha de 1930. Bataille leía alemán con fluidez. Con todo, la traducción al francés se publicó en 1930, Malaise dans la civilisation, prologado por Horace Barnett, en la Revue française de psychoanalyse—. Ambos autores diagnostican la fragilidad de los órdenes sociales frente a elementos inquietos o reprimidos.

 

Bataille describe la homogeneidad social como un orden en el cual el dinero funciona como medida común: convierte el trabajo humano en una función cuantificable de productos intercambiables, despojando al individuo de su existencia autónoma para reducirlo a un engranaje en la producción colectiva. El francés fusiona la crítica marxista al dinero como valor de cambio universal —que reduce toda actividad humana a una equivalencia cuantificable, fetichizando la mercancía y alienando al individuo— con la visión weberiana de la sociedad moderna como un sistema racional-instrumental, en el que las acciones se organizan bajo reglas impersonales y mensurables para maximizar fines productivos.

 

La homogeneidad —esfera del trabajo, la utilidad, la equivalencia, la ley, el intercambio— se mantiene siempre en tensión con la heterogeneidad —lo improductivo, lo sagrado, lo impuro, lo violento, lo erótico, lo sacrificial—; el fascismo reintroduce lo heterogéneo bajo forma controlada: mito nacional, violencia legitimada, enemigo absoluto, destino manifiesto… El problema no es la existencia de lo heterogéneo, sino quién lo controla y con qué fines.

 

El Estado moderno es una máquina de homogeneización que reduce las diferencias a funciones administrables. Se presenta como neutral y racional, pero ejerce violencia estructural. Según sea democrático o despótico, predomina la adaptación o la autoridad: en la democracia, el Estado extrae fuerza de la homogeneidad de la nación —su principio soberano—, pero esta soberanía se debilita porque los individuos, cada uno y por separado, se ven cada vez más como fines en sí mismos —individualismo—, no como partes del todo social. Así, la vida personal se distingue de la existencia homogénea y adquiere un valor incomparable. En oposición, el fascismo no destruye el Estado: lo lleva a su paroxismo, dotándolo de un aura sagrada, violenta, transpersonal. Bataille introduce entonces una distinción decisiva: el fascismo no consiste en la mera intensificación autoritaria con el poder estatal, sino en la fusión entre el aparato del Estado, sobre todo de sus estratos especializados en ejercer la violencia, y fuerzas heterogéneas que, en condiciones ordinarias, permanecen excluidas o reprimidas. El Estado fascista no se limita a administrar, legislar o regular; se reviste de un carácter sagrado, movilizador, imperativo. La racionalidad administrativa se ve así atravesada por afectos colectivos intensos: exaltación, odio, fervor, deseo de sacrificio. La violencia —verbal y física— deja de ser un medio excepcional para convertirse en un valor positivo, en un principio organizador de lo social. Esta fusión se cristaliza en la figura del jefe. Para Bataille, el líder fascista no gobierna como un técnico ni como un representante legal, sino como una instancia soberana dotada de poderío supuestamente sagrado. Su autoridad no proviene de la competencia ni de la ley, sino de la fascinación que ejerce sobre las masas. El jefe encarna aquello que la sociedad homogénea ha expulsado: es el outsider encumbrado, la fuerza desenfrenada, la decisión absoluta, la trascendencia de la norma. En él se concentra una potencia heterogénea que no se somete a la legalidad, sino que la suspende o la redefine de cuajo. La obediencia que suscita no es contractual ni racional, sino afectiva y casi mística.

 

El fascismo se distinga radicalmente de otras formas de dominación autoritaria. No se trata simplemente de un poder que reprime desde arriba, sino de un régimen que moviliza a las masas ofreciéndoles una participación imaginaria en el ejercicio del poder. La identificación con el jefe permite a los individuos sentirse parte de una totalidad exaltada —la nación, la raza, el pueblo— sin alterar realmente las estructuras de propiedad ni las jerarquías sociales. El fascismo integra simbólicamente a las masas mientras preserva, e incluso refuerza, el orden económico existente.

 

La violencia desempeña un rol decisivo. En el análisis de Bataille, la violencia fascista no es accidental ni reactiva: es estructural. Funciona como principio de cohesión, como lenguaje político y como el dispositivo de producción de sentido. El enemigo —interno o externo— no es un adversario con el que se pueda negociar, al que se tenga que derrotar en una competencia reglamentada, sino una figura impura, inhumana, animal, que amenaza la integridad del cuerpo social y cuya eliminación se presenta como necesaria. La política se transforma así en una economía del sacrificio: la muerte, el castigo y la exclusión adquieren un valor simbólico positivo.

 

Este mecanismo explica también la relación ambigua entre fascismo y burguesía. Aunque el discurso fascista se presente con frecuencia como antiburgués, Bataille muestra que, en lo esencial, el fascismo protege la estructura económica capitalista. Hoy lo diríamos más claro: el fascismo protege a los acaudalados mientras que canaliza el resentimiento social hacia objetos heterogéneos —minorías, extranjeros, disidentes— y preserva el dominio de clase al desplazar el conflicto real. El pensador francés no lo dice, pero me parece evidente que, luego, se desprende que el fascismo es una forma de lucha de clases salvaje. La burguesía puede así conservar el poder sin ejercerlo directamente, delegándolo en una autoridad carismática que asume el costo simbólico de la violencia.

 

El diagnóstico de Bataille conduce a una conclusión incómoda: el fascismo no puede combatirse únicamente mediante la defensa abstracta del Estado de derecho o de la legalidad. Mientras la sociedad homogénea siga produciendo y reprimiendo elementos heterogéneos sin asumirlos críticamente, estos retornarán bajo formas destructivas. El fascismo es una de esas formas obligadas de retorno. No es un residuo arcaico ni una simple patología política, sino una posibilidad inscrita en la propia estructura del Estado moderno cuando éste se adueña de lo sagrado, de la violencia y de la fascinación, en lugar de reconocerlas y limitar su poder.

 

El ensayo de Bataille no ofrece un programa político alternativo, sino una advertencia teórica que resuena fuerte en nuestros días: comprender el fascismo exige pensar simultáneamente la racionalidad del Estado y aquello que dicha racionalidad excluye. Allí donde la homogeneidad pretende ser total, lo heterogéneo no desaparece; se acumula, se condensa y, llegado el momento, irrumpe bajo la forma de un poder absoluto. Después de leer el texto de Bataille no sólo no sorprende que genocidas y pedófilos estén hoy arrellanados en la cumbre del poder político-militar occidental, sino que se entiende mejor, tanto como su alianza con la oligarquía internacional.

 

domingo, 7 de diciembre de 2025

Patanería

  

¿Qué es lo que se contrapone hoy a la 4T? ¿Un movimiento social aglutinado en torno a un líder o a una determinada ideología y estructurado como una oposición política organizada en un instituto de lucha electoral perfectamente identificable? No, por supuesto, ni de lejos. Bueno, ¿al menos una oposición política-electoral, un partido o ya de perdida los restos de un partido político? Ni siquiera eso. ¿O un movimiento social, pero sin una expresión política organizada? ¡Mucho menos! Entonces, aunque sea, ¿el grupo de seguidores de un líder? No, no hay nadie al frente. ¿O acaso una ideología? Tampoco. Lo que hoy se opone a la 4T es un batiburrillo sociopolítico, es decir, un berrodo, o para que quede más claro, un margallate, un amasijo: una mezcla desordenada de elementos variopintos.

 

Así que por una parte tenemos a la 4T, o sea la Cuarta Transformación de la vida pública de México, la 4T que es decir el obradorismo, esto es, un movimiento social amplio aglutinado en torno a un liderazgo histórico perfectamente identificable, el de un señor que actualmente vive en Palenque, Andrés Manuel López Obrador, y que comparte los principios de una ideología específica, el humanismo mexicano, y organizado como una fuerza política-electoral institucionalizada, el partido político Morena. Además, habría que agregar que la 4T es la fuerza política que desde 2018 detenta el poder político federal y la enorme mayoría de los gobiernos estatales del país.

 

¿Y en contraparte? ¿Qué se opone a la 4T? Repito: un margallate terriblemente sincrético, un margallate en el cual encontramos formaciones ideológicas —dispositivos mentales que organizan la percepción del mundo de quienes las portan—, algunos hegemónicos y profundos —como el racismo, el clasismo, el machismo, el aspiracionismo— y otros superficiales y cada vez más desdibujados —como el neoliberalismo, el globalismo, el eurocentrismo, la iberofilia y el progringuismo acomplejado—. Un margallate en el cual encontramos liderazgos ficticios, artificiales y quemados —el del Junior Tóxico, los de los histrionzuelos que cobran como dirigentes del PRI y del PAN, el de la fenomenal señora ingeniera Gálvez, el del agiotista masivo y defraudador fiscal que está sobre las cuerdas…— y personajes públicos que han conseguido que se confunda su presencia mediática estridente con liderazgo —la señora apodada La loca del Senado, el señoritingo que fue excandidato del PAN a la Presidencia, el pésimo e insolente publicista caído en desgracia, el chalado locutor que soñó ser candidato a la Presidencia y ya ni trabajo tiene…—. Un margallate en el que, por una suerte de magnetismo psicosocial, se han vertido montonales de personas comandadas por el rencor, el resentimiento social y fuertes dosis de paranoia de clase insistentemente aceitada por los medios tradicionales de desinformación masiva. Un margallate en el cual quedaron atascadas hordas de intelectuales —bueno, vivían de eso, de su intelecto— que antes de 2018 eran disciplinadamente integrados y desde entonces ferozmente apocalípticos —estelarizadas, but of course, por los dos caudillos de los de grupos hegemónicos durante el neoliberalismo, Enrique y Héctor, el heredero de Paz y el dueño de Nexos, y atiborrada de redactores extras, académicos nostálgicos del dulce apapacho del erario y especialistas hoy de una cosa y conforme pasa el mes de cualesquiera otras— y comentócratas de todos los rangos y calañas —el “periodista” inmundo que afirma que la verdad es irrelevante, los juniors que durante años se vendieron como flamantes analistas objetivos y apartidistas, la señora a quien la rabia y el hambre de chayo ya le nubló hasta la más mínima habilidad aritmética, el opinólogo balín y ladino, la señora que actuó como valiente crítica de un régimen al que en realidad servía sólo como válvula de escape, los chorronales de columnistas a sueldo acostumbrados a publicar boletines y pitazos—. Un margallate en el que los detritos del prianismo histórico vociferan y se niegan a aceptar su condición de desahuciados. Un margallate de señores del dinero endiablados porque se sienten robados porque les quitaron la legión de sirvientes que tenían enquistados en la burocracia y la falange de obedientes que mantenían despachando al frente del poder público. Un margallate en el que también se revuelca buena parte de la vieja alta burocracia desplazada y ahora añorante de quincenas, choferes, bonos, asesores, aviadores y demás prebendas…

 

Así que, en suma, lo que hoy se enfrenta a la orgánica 4T no es una oposición sino un revoltijo, un lodazal sin forma ni sustancia, un desgarriate sociopolítico donde se apelotonan retazos ideológicos y rencores, funcionarios desempleados y resentidos, liderazgos de utilería y figurines mediáticos, viejos cuadros desplazados y comentaristas desacreditados, prianistas en negación crónica y señorones del dinero furiosos por haber perdido su ejército de mayordomos incrustados en el aparato estatal. Un conglomerado sin líder, sin proyecto, sin ideología y sin propuesta orgánica: apenas un mazacote de enojo, nostalgia y odio.

 

Y en últimas fechas el mazacote “opositor” mexicano ha desarrollado un hedor que, dada su sustancial ingravidez, se está posicionado como una especie de falsa identidad perceptiva. ¿Alguna propuesta? ¡No, por descontado! ¿Alguna crítica fundamentada a la 4T? Tampoco. ¿Entonces? Resulta que la única trinchera que le queda al margallate que se contrapone a la 4T, es decir, la mal llamada oposición, es el insulto, la violencia física y verbal, la patanería impotente. Me parece que este movimiento se precipitó —digo “precipitó” porque tampoco podemos decir que se haya decidido concienzudamente por alguien— a partir de un día específico, el 27 de agosto pasado, cuando el energúmeno que controla a la gavilla que se adueñó de los restos del PRI agredió a golpes al líder del Senado de la República. Desde entonces para acá la patanería se ha propagado entre el mazacote. Ahora cunde: cada día sueltan más groserías, cada vez son más insolentes, escatológicos y majaderos. Normalizaron mentar madres. Sin grupos sociales que representar, sin ideología, sin liderazgos, sin propuestas políticas y a punto de quedarse sin partidos, sus estertores se redujeron al insulto zafio. 

 

Desafortunadamente, la degradación del mazacote que se contrapone hoy a la 4T no tendrá costos únicamente para los agentes que hoy por hoy se refocilan en su propia perdición. La mugre ensucia indiscriminadamente. La arena política mexicana va a contaminarse, y más lo hará si la gente de la 4T cae en la provocación y responde también mentando madres. Peor: hoy, con tristeza, observo que la patanería impotente se ha desbordado más allá de la arena política: el ciudadano de a pie, la ciudadana que observa en pantallas los cocolazos, comienzan ya a proferir leperadas sin el menor empacho…, porque claro, si ellos lo hacen…

 

¡Qué espectáculo!: un margallate que ya sólo puede gritar, insultar y regodearse en su propia impotencia. La patanería no construye, no debate, no transforma; apenas despide la pestilencia del basurero de la historia. 

domingo, 7 de septiembre de 2025

La espiral del silencio

  

Cuando la verdad es reemplazada por el silencio,

el silencio es una mentira.

Yevgeny Yevtushenko

 

 

 

“La mayoría de los mexicanos vieron con buenos ojos el intento de madriza en el pleno del Senado”. Así, textual.

 

¿Quién lo dijo? Un truhan, un bufón que ya no da risa, un bufón que ya no apuesta por la risa sino por el enojo, ya no por el sentido del humor sino por la ira: un tal Brozo. ¿Dónde lo dijo? Desde el autoexilio, en su cada vez más virtual espacio en LatinUS, que, hay que subrayar, más que responder a los intereses de los latinos lo hace a los de los US. ¿Con quién lo dijo? Teniendo como invitada a otra prócer de la Patria y ejemplo excelso de mesura y objetividad, la senadora panista Lilly Téllez. He ahí las circunstancias que forman el contexto. ¿Cómo poner en duda las palabras del amargadísimo cómico? ¡Qué importa que no haya presentado prueba alguna! Seguro él no necesita encuestas para saber lo que piensa y siente la mayoría de los más de 130 millones de seres humanos que habitamos México.

 

De nuevo: “La mayoría de los mexicanos vieron con buenos ojos el intento de madriza en el pleno del Senado”. El aserto del payaso se refería al episodio ocurrido el 27 de agosto pasado, en la casona de Xicoténcatl, cuando el presidente nacional del PRI, el senador Alejandro Moreno Cárdenas, se trepó a la tribuna, resguardado por cinco canchanchanes de su partido, para agredir a golpes, con premeditación, alevosía y ventaja, al presidente del Senado, el morenista Gerardo Fernández Noroña. Esa civilizada manera de dirimir las diferencias —“a chingadazos”, según las propias palabras del priísta aludido— fue, según Brozo, “vista con buenos ojos por la mayoría de los mexicanos”. 

 

Y si quedaba alguna duda, el estropeado payasejo dijo: “La gente le aplaudió a Alito”. Ojo: “la gente”, ya no la mayoría de los mexicanos, ahora “la gente”, toda, porque, se entiende, para el súper ego maquillado del señor Víctor Trujillo quienes no aplaudimos la conducta porril del campechano priísta quizá seamos camellos o palmeras de camellón o piedras o marcianos, pero no gente. Al menos no gente como la que conforma su auditorio.

 

La argucia del payaso de Latinus es simple y, aunque hoy potenciada por la tecnología, milenaria: se mantiene a un grupito de despistados engañado diciéndoles, pongamos, que a los marranos les salieron alas y están aprendiendo a volar o que AMLO vive en un bunker bajo tierra en Palenque o que la presidenta recibe instrucciones desde el Kremlin, o lo que sea, cualquier cosa, la barrabasada que ustedes gusten…, y además, muy importante, con frecuencia se les dice machaconamente que la mayoría de la gente piensa así, exactamente igual que ellos. Entonces, ¡bingo!, los integrantes de ese grupito de personas, no importa cuántos sean, y menos importa entre más dispersos estén, pasan a considerarse a sí mismos “la gente” —una variante común es engatusarlos haciéndoles saber que así, como ellos, piensan los inteligentes, los bien informados—. Ahora, siempre existe el inconveniente, por supuesto, de que resulta imposible mantener a nadie el 100% de su vida pegado a la pantalla mirándote y que, por tanto, todos los miembros del grupo habrán de enfrentarse eventualmente a ese molesto inconveniente que llamamos realidad, realidad en la que, además, abundan los otros, los demás, los que piensan diferente o al menos no, en este caso, como Brozo. Entonces, para defender la sugestión también tienes que proveerlos continuamente de las argucias e insultos que les permitan decirle a los molestos otros que no, que los equivocados son ellos y que, además, son, claro, una minoría rascuache.

 

El payasejo no es un caso aislado. Brozo, LatinUS, las señoras Téllez y Dresser, los señores Ciro y Alazraki, los Chumeles y los Zuckermanns, el propio Alito, el panista Romero y, desafortunadamente, con ellas y con ellos la mayoría de los medios tradicionales y sus huestes de lectores de noticias y bulos y opinócratas caídos en desgracia, actúan como una cámara de eco para un determinado segmento de la población, un segmento ciertamente minoritario pero que se cuenta por millones, haciendo pasar su postura como mayoritaria. Los discursos del payaso y el de la… senadora alimentan un sesgo de confirmación: su audiencia consume su contenido porque refuerza sus creencias previas. Buscar pruebas para seguir creyendo es más fácil que poner a prueba nuestras creencias.

 

¿Y cómo es posible que siendo en realidad minoritarios resuenen tanto y repercutan en el ágora nacional? En buena medida porque del otro lado hay una mayoría cuya postura está escasamente representada en medios. Por ejemplo, usando el mismo caso: prácticamente todos los periódicos reportaron primero en línea y al otro día en sus ediciones impresas que el episodio se había tratado de “un pleito”, de “una confrontación” entre Alito y Fernández Noroña, y no de lo que a evidentemente fue: una agresión física del priísta a la cual la parte agredida no tuvo respuesta. Así también fue difundido el asunto en la mayoría de los noticieros de radio y televisión. ¿Y los lectores, el público, las audiencias?

 

La socióloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann explica que muchas personas tienden a ocultar sus opiniones cuando perciben que son diferentes respecto a lo que se dice en los medios hegemónicos, por miedo al aislamiento social. Postula que la opinión pública actúa como una especie de “piel social”, regulando la integración y el aislamiento. “La espiral del silencio”, así nombró Noelle-Neumann a su teoría (Elisabeth Noelle-Neumann, The spiral of silence: public opinion, our social skin, 1984). La alegoría de la espiral es acertada porque de alguna manera da cuenta de la paradójica situación que se pretende explicar: cuantas más personas callan sus posturas disidentes respecto a la versión de los hechos que los medios difunden, más palmariamente parecen ser minoría. La opinión difundida como mayoritaria se consolida y se amplifica, aunque no refleje necesariamente el parecer real de la sociedad. Un círculo vicioso que consolida el llamado“clima de opinión”: la percepción de lo que “la mayoría piensa”. Así, los medios de comunicación pueden crear la impresión de que ciertas posturas son mayoritarias cuando realmente no lo son. La opinión pública no es lo que cada uno de nosotros piensa, tampoco su agregado, sino aquello que uno considera que puede expresar en público sin riesgo de aislamiento social.

 

La violencia simbólica de la que habló Pierre Bourdieu puede, en efecto, tener cara de payaso. Lo verdaderamente importante no es la burda mentira de un bufón deslucido ni el castigo por el lamentable suceso ocurrido en el Senado, sino el modo en que se construye el consenso aparente en la esfera pública: cuando se repiten hasta el cansancio ciertas versiones, cuando se hace pasar a un segmento por la totalidad, cuando se margina a las mayorías, la mentira del silencio se vuelve más eficaz que cualquier grito. Reconocerlo es indispensable para desmontar la espiral del silencio y devolver a la ciudadanía la voz que los payasos pretenden arrebatarle.

domingo, 31 de agosto de 2025

El prianismo salvaje y sus esbirros

  

El miércoles 27 de agosto pudimos constatar lo que siempre hemos sabido, que la esencia del prianismo es el autoritarismo hipócrita, antidemocrático, salvaje y violento. No es una novedad, no debe sorprender a nadie con un poco de memoria; sin embargo, lo sucedido consterna, atribula. La degradación de un semejante siempre acongoja, porque nos recuerda que cualquiera de nosotros puede convertirse en una bestia. Un perro no necesita hacer nada para ser perro, una pulga es una pulga haga lo que haga; en cambio los seres humanos debemos humanizarnos y cuidarnos constantemente de no degradarnos.

 

El miércoles 27 de agosto el ágora nacional fue deslumbrada por la inagotable capacidad de degenerarse a sí misma que tiene la oposición. Tanta saña, tanta virulencia, tanta mendacidad encandila. Particularmente, la violencia verbal y física aterra. No hablo de miedo, hablo de algo peor. No se trata del temor que puede acompañar a la cobardía, es el terror que causan los monstruos que siguen agazapados entre nosotros.  Es lo que Freud llama lo ominoso, el espanto que provoca lo familiar vuelto extraño. El episodio del miércoles nos recuerda que el pasado priísta no está del todo enterrado. Lo ominoso no asusta por ajeno, sino por demasiado cercano. El energúmeno que vimos actuar no es una anomalía de su origen, es el representante del tipo de personajes que nos gobernaban hasta hace muy poco.

 

Queda la tentación de usar el símil, como algunos cartonistas lo han hecho, de un gorila, para ilustrar el recurso de la violencia física, la tosquedad, la falta de raciocinio. Lo evito porque en realidad los gorilas son primates sociales, gregarios, pacíficos, que pasan la mayor parte del día alimentándose, descansando y socializando. En cambio, lo que ocurrió el miércoles 27 de agosto en la casona de Xicoténcatl al término de la última sesión de la Comisión Permanente del Congreso, más que una bestialidad, esto es, el comportamiento irracional de un animal, fue una brutalidad: violencia ruda, grosera, deliberada, la torpeza humana llevada al extremo. No vimos el proceder lioso y caótico de un atajo de bestias, sino el de un grupo organizado de sociópatas.

 

El miércoles 27 de agosto pudimos ver en vivo cómo un dinosaurio que está extinguiéndose se pegó un balazo en la cabeza, con el propósito cretino de quejarse después de ser víctima de un ataque.

 

Alejandro Moreno Cárdenas, líder nacional del PRI, sabe perfectamente que lo poco que le queda por perder es todo: la existencia de la gavilla de la cual se apropió y su modus vivendi. Desde ahí, y con la evidente intención de generar un ambiente de caos que impida la toma de posesión de las nuevas autoridades del Poder Judicial, planeó y ejecutó una chicanada en contra del presidente del Senado de la República, Gerardo Fernández Noroña. Se acercó a provocar al representante de Morena para que se desatara una trifulca, y al no conseguirlo, él mismo, apoyado por varios compinches, lo agredió físicamente. Un trabajador de la Cámara, entiendo que un camarógrafo, se interpuso, sin ninguna agresión ni física ni verbal, tratando de calmar las cosas, y Moreno lo derribó, y luego, él y otros priístas lo insultaron y patearon. Esos son los hechos. No es necesario sobre analizar el episodio: quien encabeza los restos del PRI agredió a golpes, con premeditación, alevosía y ventaja, al presidente del Senado.

 

El pasmo ominoso no quedó ahí: a renglón seguido, el mismo gánster salió a declarar que fue víctima de una provocación y, la locura, a insultar a Fernández Noroña y a amenazarlo: “que venga aquí para pegarle dos chingadazos a ese cabrón”.

 

Y ahora, para terminar, voy a referirme a lo que considero más grave de todo: la comentocracia y la mayoría de la cobertura de los medios “informativos” de la prensa tradicional minimizaron y se esforzaron por vender gato por liebre, accionaron para tomarnos el pelo, para falsear, para mantener engañadas a sus audiencias.

 

El Financiero, ilustrando la nota con un fotomontaje en el cual se ve a un Alejandro Moreno bravucón y a un Fernandéz Noroña ridiculizado, publicó en su sitio web: “Noroña y Alito se pelean en la sesión del Congreso: No me toques”. O sea, no fue una agresión del priísta, sino un pleito entre dos, uno de los cuales, el que ponen en primer lugar, Noroña, dijo algo, “no me toques”. No informan, tergiversan los hechos.

 

“Alito y Fernández Noroña se enfrentaron a golpes en el Senado…” cabeceó la nota El Economista.

 

“Pelea de Alito Moreno y Noroña. ¡Llegan a los golpes! Noroña y Alito se pelean en plena sesión”: Milenio.

 

“Con el himno de fondo Alito Moreno y Noroña se agarran a golpes en el Senado”: El Universal.

 

Gurú Político posteó: “¡Hay tiro! Noroña y Alito Moreno se enfrentan a golpes en el Senado.” Claro: el priísta le soltó manotazos y al menos un puñetazo y el otro intentó pegarle en las manos con su cara.

 

TV Azteca, a pesar de que posteó el video en el que se ve claramente la agresión de Moreno sin respuesta del morenista, tituló: “Alito y Fernández Noroña protagonizaron un episodio de tensiones que llegó a empujones…” No sólo minimizan, mienten.

 

Incluso, la Jornada on line se sumó al tsunami de mentiras: “… los senadores Alejandro Moreno, del PRI, y Gerardo Fernández Noroña, de Morena, se enfrentaron”. 

 

José Cárdenas, otro energúmeno, tuvo el descaro de reclamarle a Fernández Noroña durante una entrevista ocurrida horas después del evento, que “dos legisladores se agarren a golpes mostrando la poca educación que tienen”.

 

La señora Azuzona Uresti posteó el video que estaba tomando el camarógrafo agredido y no tuvo empacho alguno en mentir: “Esto capturó la cámara de Emiliano, el trabajador del Senado que resultó afectado durante la confrontación entre Alito Moreno y Gerardo Fernández Noroña”. Es decir, el joven no fue empujado, golpeado, pateado e insultado por los priístas, no, fue “afectado durante la confrontación entre el morenista y el priísta”.

 

Y luego ya en la noche, Denise Maerker en el programa de Televisa “Tercer Grado” ejecutó una marrullería mucho más sofisticada que las mentirotas de los periódicos. Primero habló mal de Gerardo Fernández Noroña, estableciendo, sin pruebas, que, como “es de conocimiento público no siempre es sereno”, y luego:

“Tampoco enfrente se encontraba un presidente del PRI de gran mesura y conocido por la sensatez de sus puntos de vista, era un hombre que fue también a pegar de golpes…” ¿Se dan cuenta? El veneno está en ese “fue también a pegar de golpes”. Esto es ya de plano perverso.

 

En fin, después de ver lo sucedido, circulan varios videos, más de una persona pensamos lo mismo. Por ejemplo, leí que Eder Guevara tuiteó: “Si eso hace Alito Moreno ante los ojos del mundo, imagínenselo en otros contextos donde no tenga reflectores”. También escuché a Daniela Barragán decir algo así en canal Once.

 

Bueno, con la prensa es lo mismo: si existiendo el video que muestra contundentemente se atreven a mentir así, ¿se imaginan el caudal torrencial de cuentos, medias verdades, falsedades, infundios, bulos, embustes con que ha bañado la prensa a nuestro país cuando, justo, tienen que mediar entre la realidad y nuestra percepción de la misma? Son un asco.

 

Lo ocurrido el miércoles 27 de agosto no es un episodio aislado ni el simple exabrupto de un fulano que no pudo controlarse; es una radiografía del prianismo en su ocaso y de la miseria ética de una prensa que tergiversa los hechos traicionando así su rol social. La violencia ominosa de los viejos dinosaurios políticos y la complicidad servil de los medios no sólo degradan la vida pública, también nos recuerdan la fragilidad de nuestra democracia. Ante ello, la única vacuna es la memoria crítica: no olvidar, no normalizar, no dejar que nos engañen otra vez.

 

jueves, 21 de agosto de 2025

Pobres

 

El pasado miércoles 13 de agosto el INEGI dio a conocer los resultados de la medición de la pobreza multidimensional. Como muy probablemente ustedes recordarán, de este trabajo, hasta hace muy poco, se encargaba el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, mejor conocido por sus siglas, el Coneval. Este órgano autónomo, hoy extinto, fue creado en 2005 exclusivamente para hacer eso. Así que esta es la primera vez que el INEGI se hace cargo de este trabajo específico. La primera vez que el CONEVAL midió oficialmente la pobreza multidimensional fue con datos correspondientes al año 2008, y su publicación se realizó en 2009.

 

Aquella fue la primera medición formal que integró tanto los ingresos como las carencias sociales de la gente para evaluar la pobreza en México. Desde la primera medición de pobreza multidimensional de 2008, el CONEVAL basó sus cálculos en los microdatos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), levantada por el INEGI. Y siempre fue así: el INEGI levanta la ENIGH en una enorme muestra de hogares en todo el país, procesa la información, publica los resultados y libera los microdatos, y luego, con esa información, el CONEVAL realizaba los cálculos para determinar qué tantas personas sufrían la condición de pobreza. Claro, esos cálculos se hacían y se hacen conforme a una metodología y empleando determinados procedimientos y algoritmos establecidos por ley. Aquel año, 2008, el porcentaje de población en situación de pobreza multidimensional era de 44.2%. Dos años después, en 2010, llegó a su máximo: 46.2%. Es decir, hace quince años, en pleno auge del neoliberalismo, prácticamente uno de cada dos mexicanos vivía en la pobreza. Y a muchos nos tocó, ¿no?

Antes de continuar subrayo:

  1. Desde que comenzó a hacerlo, el Estado mexicano realiza la medición de la pobreza multidimensional con base en el mismo instrumento estadístico, la ENIGH, una encuesta realizada por primera vez, ya con ese nombre en 1977. Ojo, hace casi cincuenta años, la ENIGH fue levantada por primera vez por la Dirección General de Estadística, la institución a partir de la cual se conformó el INEGI en 1984. Dicho de otra forma, en el INEGI se tiene la experiencia de medio siglo levantando la encuesta en hogares a partir de cuyos resultados se estima la pobreza.
  2. El INEGI, como lo era el CONEVAL, también es un órgano autónomo del Estado mexicano. Lo es desde 2008 y antes era un órgano desconcentrado. Insisto, pues: la pobreza en México la sigue midiendo un órgano autónomo.
  3. Siempre se ha medido la pobreza con base en los microdatos de la ENIGH.
  4. La metodología para medir la pobreza multidimensional no ha sido modificada: en esta ocasión, la medición la realizó el INEGI en apego a los “Lineamientos y criterios generales para la definición, identificación y medición de la pobreza”, que emitió el Coneval en su momento.

Bien, dicho esto, retomo…

 

El pasado miércoles 13 de agosto el INEGI dio a conocer los resultados de la medición de la pobreza multidimensional, y para decirlo en corto, resulta que el primer gobierno de la 4T, el encabezado por Andrés Manuel López Obrador, sacó de la pobreza a casi 14 millones de hombres y mujeres. De lo anterior se desprende que hoy en México 29.6% de la población vive en situación de pobreza. Pero ojo, en 2018 esa proporción era de 41.9%, es decir, más de 12 puntos porcentuales más.

 

Se dice fácil, ¿no? Pero sopesen el dato: resulta entonces que desde que se mide, en este país nos encontramos con la menor proporción de pobres. Este dato confirma que aquello de que “Por el bien de todos, primero los pobres” nunca ha sido una consigna retórica, demagógica, sino una directriz de política pública.

 

Y claro, frente a la contundencia de la noticia ni la opostración lastimera ni sus opinócratas apocalípticos pudieron hacer nada. A aceptar la realidad:

 

Resulta pues que no fue el gobierno de un presidente tecnócrata educado en Harvard, tampoco el de un doctor en economía, tampoco el de un posgraduado en Yale, ni el de ninguno de los panistas neoliberales, mucho menos el del licenciado de la Panamericana, no, sino el encabezado por un licenciado en administración pública egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM quien sacó de la pobreza a más mexicanos. Va de nuevo: casi 14 millones.

 

Pero, claro, no lo aceptaron de buena manera, al contrario. Que nos vaya bien les cae mal. Más que caras de felicidad por el buen resultado para todas y todas, abundaron las caras largas, las felicitaciones con cara de luto, los “bueno sí, pero”. Lo peor de todo es que les cayó encima un tsunami y apenas dicen que sí, que la verdad tienen que aceptar que se mojaron.

 

Por ejemplo, con esa facha de amargamiento estacionado que desde hace tanto tiempo ya porta en el rostro, Gómez Leyva tuvo que salir a cuadro a decir que era necesario aceptar la buena noticia y felicitar al país por ello, pero enseguida, a bote pronto, trató de minimizarla con una estratagema de lo más bajo: que sí, que los resultados de la medición de pobreza multidimensional eran sin duda la nota de la semana… Como lo oyen: la nota de la semana. No, señor, no es la noticia de la semana, es un hecho que se destaca en décadas, es una nota que pasa ipso facto a la historia.

 

Aquello de “Juntos haremos historia” tampoco se quedó en lema político-electoral: ha sido guía. De 2018 para acá la historia dejó de hacer algo que nos pasaba encima y comenzó a ser algo que nosotros hacemos.

 

Otro ejemplo y ya. Roy Campos comentó con la señora Azuzadora las notas de la semana. “… desde el punto que se quiera ver, dijo, el hecho de que esté menos gente en la pobreza es de celebrarse, independientemente de la ideología y de quién lo haya logrado”. Insistió que fue una muy buena noticia. “¡Y lo van a cacarear décadas!”, pronosticó la señora. Pues sí, deberíamos hacerlo. Yo, por lo pronto, cierro compartiendo con ustedes algunos numeritos:

  • Lo conseguido en tan sólo 4 años es espectacular. De 2020, en plena pandemia, esto es, en medio de la crisis económica que el mundo haya vivido desde la Gran Depresión, a 2024, la gente que vivía en pobreza extrema bajó de 10.8 millones a 7 millones. Medítenlo: casi cuatro millones de niños, niñas, jóvenes, ancianos y gente adulta salió de una situación económica en la que ni siquiera podía satisfacer sus necesidades básicas.
  • En el otro extremo: mientras que en 2018 solamente el 23.7% de la población de nuestro país podía considerarse no pobre y no vulnerable, para 2024 aumentó a 32.5%, esto es, casi 10 puntos porcentuales.
  • En 2018, el 49.9% de la población total de México tenía un ingreso inferior a la línea de pobreza por ingresos.  Al final del sexenio del presidente AMLO, ese porcentaje disminuyó a 35.4%

Y bueno, quienes no quieran celebrar esto… allá ellos, ¡pobres!

sábado, 16 de agosto de 2025

¡Oh, postración!


Día a día resulta más y más evidente que, de política, hoy aquí en México, a la oposición ya no le queda prácticamente nada. Tan simple como que no pasa una jornada sin que se exhiban haciéndonos saber que la cosa pública no sólo no les interesa, sino que hasta le hacen ascos. El bienestar de las mayorías, los beneficios directos para la gente, la utilidad pública … todo eso les resulta tan ajeno a sus propios intereses que lo llaman demagogia, populismo… Nunca entendieron que gobernar no es mandar, sino servir. Ahora parece inocultable ya que para el neoliberalismo el pueblo llano no era más que una molesta carga, un inconveniente necesario, un continente ignoto apenas soportable si se mantiene lejos, distante del presídium, agradecido en spots televisivos y mediado por bien controladitas organizaciones de la bonita sociedad civil. Hoy es claro: la oposición ha abdicado de la política en tanto preocupación por lo común. Lo suyo ya no es la política, sino la gestión de privilegios, la administración del resentimiento, un reality show protagonizado por un montón de gatos panza arriba exigiendo impunidad y el espectáculo de un “no” monótono y sostenido. Sabían imponer, pero nunca se dieron tiempo de aprender a proponer y convencer. Desde hace mucho dejaron de disputar el poder y ya sólo intentan desesperadamente que no se vea que su fecha de caducidad ya pasó. 


La oposición política en México no sólo es cada vez menos política… No sólo les queda apenas una sombra del adjetivo: de 2018 para acá, su ser sustantivo se ha ido deslavando, desustanciando…


En efecto, día a día resulta más forzado seguir llamando “oposición” a la panda desarticulada de pillos con fuero, bufones faltos de toda gracia, odiadores sin más ideología que el rencor, añorantes de pasados vergonzosos, expertos de la holganza a sueldo, patiños de sí mismos, trampistas encorbatados y sacacuartos de tacón, caraduras y conchudos, histrionisas de pacotilla y faranduleros sin tablas, cipayos y malinchistas, gente bien malandra, fuleros, desmemoriados de sus propias brutalidades, golfos, cacos, mangantes acaudalados, parásitos omnívoros, chapuceros consuetudinarios, elegantes esgrimistas del pastelazo, paladines del vasallaje, vociferantes vacuos, trompeteros de apocalipsis que jamás ocurren… En fin, un desfile de esperpentos, un anti-panteón, una caterva de personajes que se han ido enzarzando en su decadencia y decrepitud conforme el mundo sigue dando vueltas y vueltas en sentido contrario a sus deseos reaccionarios.


Nimia y plañidera, la oposición en México cada vez es menos una fuerza política para ser cada vez más un amasijo de agentes desahuciados que sollozan. Progresivamente irrelevante y latosamente quejumbrosa, la oposición en México cada vez dice menos y lloriquea más. Lastimera, en este país la oposición cada vez deja oír menos su amargo lloro y más y más un gimoteo predecible, plúmbeo y ridículo. El prianismo es cada vez menos acción nacional y cada vez más reacción local, lunares dispersos por aquí y por allá. El prianismo es cada vez menos tricolor y cada vez más bicolor: azul apesadumbrado y rosita hipócrita. El empayasamiento del PAN ya hizo metástasis. Del PRD no quedan más que un pritufo y dos que tres capulinos sin viruta. El PRI ha sido reducido a la bravuconería chaparra y procaz. No hay ya oposición, sólo ¡oh, postración! La derecha mexicana contemporánea sigue siendo derecha, pero no es contrapeso para la izquierda, pura vacuidad, ingravidez programática. Su único derrotero es la derrota.


Y, claro, sus comparsas en la intelectualidad orgánica y ahora apocalíptica, su sequito séquito en la opinocracia mendigante, la caja de resonancia destartalada… tampoco cantan mal las rancheras. 


Tres ejemplos de actualidad pueden ser suficientes.


Como era de esperarse, a la prensa tradicional le importó muy poco que los resultados de la más reciente ENIGH levantada el año pasado por el INEGI confirmen que 10 millones de mexicanas y mexicanos salieron de la pobreza entre 2018 y 2024. En cambio, se dieron vuelo criticando que Monreal se haya ido de vacaciones a Madrid…, en donde Calderón y Peña viven, por cierto, y más, pero por supuesto, que Andrés López Beltrán haya viajado a Tokio… ¡Cómo! ¡¿Con qué derecho van esos de Morena más allá de Oaxtepec! Los ingresos de los hogares mexicanos reportaron, en el sexenio pasado, un crecimiento de 15.6%, también de acuerdo con datos de la ENIGH, pero para los editorialistas de siempre la mira estaba en otras cosas. Una muestra, el señor Pascal Beltrán del Río, posteó muy objetivo y serio en su cuenta de X: 

Los nuevos ricos que ha generado el oficialismo tienen mucho dinero (a saber de dónde lo sacan) pero no tienen personalidad. Compran objetos y prendas caras, o viajan en Business, creyendo que con eso van a apantallar a todos. Pero sólo engañan a otros que no tienen personalidad.

¿Ven ustedes? Imposible discutir, argumentar racionalmente frente a esta sarta de prejuicios. Puro clasismo moscamuerta.


Segundo ejemplo Héctor Aguilar Camín escribió una columna hace unos días montada en la siguiente quimera… Y con quimera no me refiero al monstruo mitológico que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón, sino a eso que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo. Dice el chetumaleño:

Un escritor y periodista español, de paso por México, me hace la pregunta que encuentra flotando en el aire:

Pregunta: Tu país ha conocido un cambio de gobierno. Da la impresión de que quien manda ahora llama por teléfono al que mandó antes. ¿O esta es una impresión del que viene de fuera y ustedes lo ven distinto?

¿Qué escritor? Misterio. Eche usted a volar la imaginación. Pero es español, uy. Por lo demás, la dichosa pregunta… ¿ustedes la han visto flotando en el aire o más bien encuentran en ella el delirio que machaconamente la derecha pregona: el que manda es AMLO, el que no está sí está. Y viene la respuesta que es un no sé que sí sabe. Dice el novelista:

Creo que todavía manda el anterior, desde su escondite, en Palenque, un búnker que nadie sabe cuánto cuesta, ni quién lo paga. Aunque lo sabemos todos: cuesta mucho y lo paga el gobierno.

¿Qué tal el rigor periodístico? ¿Debatible? Tanto como una novela de Verne. Pero algo sí que es indiscutible: de que lo extrañan, lo extrañan horrores. Y es más que lógico y entendible: si el rasgo fundamental es odiar a alguien o ser anti-alguien, pues te va la identidad en que ese alguien no desaparezca.


Último ejemplo. El ingeniero Krauze se acaba de aventar una editorial en el Reforma en la que, sin ninguna pena, exhibe el nulo apuntalamiento que tienen hoy sus diatribas en la realidad:

Enfrentamos el riesgo de una regresión gigantesca: eliminar tanto el sufragio efectivo como la no reelección. Abramos los ojos. Potencialmente nos enfilamos a ser lo que nunca fuimos, ni con el PRI ni con Calles, ni con Obregón, ni con Porfirio, ni con Santa Anna, ni con Iturbide, ni siquiera en tiempo virreinales: una monarquía absoluta hereditaria por la vía sanguínea.

Sin duda, aquí el adverbio “potencialmente” significa “en mi descarrilada mente enferma”.


En suma, la derecha mexicana contemporánea no se mantiene de pie ni siquiera para perder con dignidad: se arrastra entre nostalgias y fantasmas, conjura delirios para suplir su falta de ideas y da patéticas patadas de ahogado. La oposición ha dejado de ser contrapeso y se ha convertido en peso muerto; su “política” es puro performance y su porvenir, un epílogo escrito con tinta invisible.



domingo, 13 de julio de 2025

¿Más democracia o fascismo?


 

Il vecchio mondo sta morendo.

Quello nuovo tarda a comparire.

E in questo chiaroscuro nascono i mostri.

Gramsci, Quaderni del carcere.

 

 

 

Extrañamos a los grandes porque el mundo se vuelve más ininteligible sin ellos.

 

Extraño a Chomsky. Ya no es posible verlo emanando luz. Hace poco más de dos años, por medio de videoconferencias y sobre todo de sus intervenciones en cualquier cantidad de podcast, todavía nos regalaba frecuentemente sus saberes. Pelo enmarañado, el rostro surcado, benévolo, un gesto exhausto e incisivo, y esa voz de abuelo lúcido con la que era capaz de explicar, con sencillez, gravedad y humor, las perversiones más intrincadas del imperialismo, las mañas de la ideología capitalista, los conflictos geopolíticos o las complejidades de la lingüística.

 

Y es que, como quizá sepa usted, en junio de 2023, con 94 años a cuestas, Chomsky sufrió un ictus por el cual perdió el habla y la movilidad en el lado derecho del cuerpo. Desde entonces, ha estado convaleciente en São Paulo, Brasil, bajo el cuidado de un equipo médico y de su esposa, la lingüista Valeria Wasserman. Hace un año, corrió el rumor de que había muerto. Varias agencias así lo reportaron y luego tuvieron que corregir. Chomsky está vivo, pero en silencio. Está consciente, reconoce rostros, sigue las noticias y, dicen, reacciona con dolor cuando ve imágenes del genocidio en Gaza. Pero su mente ya no nos ilumina, al menos no en tiempo real. Ya no nos acompaña día a día. Por eso lo echo tanto de menos.

 

Desde años antes de la pandemia, Noam Chomsky no perdía ocasión para hacernos saber que, si bien la historia jamás se repite, la humanidad se encuentra en un atolladero muy parecido al que se vivió en el período que abarcó de la Gran Depresión hasta el estallido de la II Guerra Mundial. A principios de 2021, Chomsky recordó que al inicio de los años treinta del siglo XX, el sistema colapsó por una depresión económica.

… se presentaban esencialmente dos posibles vías para salir del atolladero. Una salida era el fascismo, el cual alcanzó su horrible apogeo el país que entonces era la cumbre de la civilización occidental en las ciencias, en las artes, el país que era considerado el modelo de la democracia liberal: Alemania. En unos pocos años, ese país se convirtió en lo más atroz de la historia. La otra posible salida era la social democracia que se desarrollaba en Estados Unidos bajo el New Deal, con el apoyo de un tremendo empuje y presión popular.… No estamos en 1929, pero hay algunas similitudes y creo que podríamos encaminarnos a cualquiera de esas dos salidas.

En suma, más democracia o los horrores fascistas, advertía Chomsky. Hoy, cuatro años más tarde, ¿hacia qué lado se está cargando el péndulo? 

 

Hace apenas unos días en estas páginas, con la intención de ejemplificar la desvergüenza que estamos padeciendo en buena parte de los gobiernos de Occidente, señalaba yo el colosal descaro que tuvo el republicano Buddy Carter, para atreverse a presentar ante el Comité Noruego del Nobel la candidatura de Trump para el Premio Nobel de la Paz… Pues los hechos pronto minimizaron ese botón de muestra, porque, como seguramente usted supo, el criminal de guerra y primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, acaba de hacer lo mismo: pedir el Nobel de la Paz para el presidente yanqui. Belén Fernández, columnista de Al Jazeera, lo expresó así: “… quien actualmente impulsa y comanda el genocidio de palestinos en Gaza ha propuesto que el máximo galardón mundial por la paz se otorgue al principal facilitador de dicho genocidio”. 

 

¿Cómo ven? ¿Hacia dónde se dirige el planeta, más democracia o fascismo?

 

Un suceso más: el jueves pasado, el secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio, anunció que Washington sancionaría a la relatora especial del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, Francesca Albanese, por sus esfuerzos para que la Corte Penal Internacional actúe y tome medidas contra funcionarios, empresas y ejecutivos estadunidenses e israelíes. O sea, y en pocas palabras: un país contra una persona. Y no cualquier país: el más poderoso del mundo. Y no contra cualquier persona: una funcionaria de la ONU.

 

¿Más democracia o fascismo?

 

Otro más: el mismo jueves 10 de julio, en abierta y declarada represalia por el juicio al expresidente de derechas Jair Bolsonaro, al que considera víctima de una “caza de brujas”, Trump ordenó la imposición de aranceles del 50% a Brasil.

 

¿Más democracia o fascismo?

 

Uno más… Trump declaró, también el mismo día, que había advertido por separado al presidente ruso, Vladimir Putin, y al presidente chino, Xi Jinping, que bombardearía sus respectivas capitales, Moscú y Beijing, si cualquiera de ellos invadía a sus vecinos.

 

Y una más, esta desde trasatlántica: el director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, declaró la semana pasada que Alemania podría desarrollar una bomba nuclear “en pocos meses”, pues el país dispone de la tecnología, uranio y conocimientos necesarios.

 

¿Más democracia o fascismo?

 

Regreso al paralelismo que estableció Chomsky entre el período que va de la Gran Depresión y el inicio de la II Guerra Mundial… En 1929, Ortega y Gasset publicó La rebelión de las masas; refiriéndose a los años treinta del siglo pasado, reportaba: “Ahora ya no sabemos lo que va a pasar mañana en el mundo, y eso secretamente nos regocija; porque eso, ser imprevisible, ser un horizonte siempre abierto a toda posibilidad, es la vida auténtica, la verdadera plenitud de la vida”.

 

Como ahora. Esa es la veta de esperanza: las cosas no van a seguir igual. Sí, la historia no se repite, pero la experiencia sirve. Recordemos que en México hace muy poco, apenas hace siete años, logramos cambiar el rumbo de los acontecimientos justo cuando todo parecía estar yéndose al garete. Como pasa ahora allá afuera, aquí, en el mundo.

domingo, 29 de junio de 2025

Obscenocracia

  

To lose the sense of repugnance from one thing,

or regard for another, is exactly so far as it goes

to relapse into the vegetation or to return to the dust.

G.K. Chesterton, As I Was Saying.

 

 

 

Nos tocó habitar un mundo en descomposición. En buena parte del orbe, gobernar no pasa de normalizar el desastre: los políticos occidentales dejaron de prometer el paraíso y se limitan a exigir que la gente acepte las condiciones del purgatorio. En Occidente, el mérito del líder contemporáneo no es tener razón, sino tener el suficiente descaro para repetir una mentira con voz firme. De Berlín a Washington, de Mar-a-Lago a París, de Bruselas a Buenos Aires, de Londres a Kiev, la desvergüenza se ha convertido en un dispositivo ideológico al servicio de las élites económicas y sus esbirros gubernamentales… Y quizá no uno, quizá el más importante.

 

Encarnada en los operadores políticos de la oligarquía global, la desvergüenza se despliega como es, desvergonzada, por las estructuras de poder de las potencias occidentales y sus satélites. Y si no es el dispositivo ideológico más importante, dada su naturaleza, la desvergüenza es el más escandaloso. En las mesas de negociación europeas, en las elegantes salas de juntas de los magnos rascacielos neoyorquinos, la desvergüenza ya no es un defecto: es algo así como un mérito estratégico que se presume. Actuar sin escrúpulos, exhibirse plenamente clasista o monstruosamente racista o depravadamente sexista, mentir descaradamente, contradecirse un día sí y media hora después también, que te agarren en la maroma o con las manos en la masa ya no está mal, al contrario, se volvió modelo a seguir. El burro hablando de orejas es hoy estrella mediática. El más eficaz no es quien persuade, sino quien distrae, el que entretiene. Mostrar la ignorancia propia, incluso quedar como un idiota, pasa ya como un ardid muy perspicaz. El más convincente no es quien argumenta, sino el que más rápido olvida lo que dijo hace diez minutos. Darse uno mismo un pastelazo en la cara o envenenase solo tomando cloro para grabarlo y después subirlo a TikTok dejó de ser estupidez de adolescente en búsqueda furiosa de atención: ahora es comportamiento normalizado entre primeros ministros, CEOs y altos ejecutivos.

 

Este desgraciado cambio en los usos, costumbres y criterios en el ágora y la arena pública, desde hace unos diez años, ha encontrado un paladín en el megalómano y mega-anómalo, narcisista obcecado, mitómano desbocado, bocazas, gárrulo, patán, soez e incivil, zafio, golfo, vulgar, altanero, grotesco y ridículo, chabacano, macarra, bravucón y pendenciero, pervertido, sexista, machista, homófobo, racista, clasista, chovinista, retrógrado y prejuiciado, alevoso, fullero, autoritario y vil personaje que ocupa hoy, y por segunda vez, el cargo de presidente de Estados Unidos de América. Míster Donald Trump, el septuagenario anaranjado ha inspirado a legiones. Todo indica que una caterva de hombres de negocios y políticos profesionales en todo el planeta se preguntan: Bueno, y si él pudo y puede, ¿por qué no voy yo a hacerlo? 

 

Glen BledsoeSiguiendo. It's going to be a Beautiful Recession.

Entonces, claro, bien puede ser que los reporteros te agarren en el tren con la bolsita de polvos blancos sobre la mesa que el descuido a tu estatus de primer ministro de país europeo, ejemplo civilizatorio, no le hará ninguna mella. O usted puede ganarse la vida como secretario general de una organización multinacional de adictos a la guerra, representar formalmente los intereses militares de 32 países dizque soberanos, usted puede llamarse pues Mark Rutte y encabezar la OTAN y decirle Daddy, “papi”, al presidente Trump, y decírselo no en la intimidad de sus tejes y manejes, sino en público, ante cámaras, y no va a pasar nada. Es más, puede ser que hasta una reportera le pregunte si no le parece carente de toda dignidad lo que hizo… ¿Y? Total, su Daddy había en esa mismita ocasión puesto el desvergonzado ejemplo: Trump acababa de comparar a Israel e Irán con “dos niños en el patio de la escuela” que habían tenido “una gran pelea”. "Ya sabes, pelean como locos. No puedes detenerlos. Déjalos pelear durante dos o tres minutos, luego es fácil detenerlos”. 

 

O igual puede llamarse usted Ursula von der Leyen y presidir la Comisión Europea y salir con toda vehemencia a medios a exigir al gobierno iraní que, después de que su territorio, infraestructura y población fueron agredidos a misilazos por Israel y a bombazos por Estados Unidos, busque de inmediato una salida diplomática al conflicto. O qué tal la señora Kaja Kallas, Alta Representante de la UE para Política Exterior, quien con toda bajeza y muy segura de sí misma acaba de declarar que la Unión Europea ve “indicios” de que Israel viola los derechos humanos de los hombres, mujeres y niños que lleva meses masacrando en Gaza. O ya como cereza podrida del pastel de bosta, qué me dicen del congresista republicano Buddy Carter, quien tuvo la cara de titanio para presentar ante el Comité Noruego del Nobel la candidatura del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para el Premio Nobel de la Paz, por el “histórico y extraordinario papel” que ha desempeñado en el acuerdo de alto al fuego entre Israel e Irán…, país, por cierto, al que ordenó bombardear hace apenas unos días. En la diplomacia de nuestros tiempos, la vergüenza es sólo una carga; el desparpajo, una palanca. 

 

La desvergüenza es, claro, una falta, la falta de vergüenza. La palabra “vergüenza” tiene un origen interesante. Proviene del latín vulgar verentia, que significa “temor, respeto”. A lo largo del tiempo, el sentido de verentia se fue matizando y comenzó a asociarse más específicamente con una forma de temor que surgía de la percepción de un mal comportamiento o de la deshonra, lo que acabó dando lugar al concepto moderno de vergüenza. Este cambio semántico se debe en parte a cómo la vergüenza pasó de ser vista como un sentimiento de respeto hacia normas sociales, a un sentimiento de incomodidad personal frente a la idea de haber transgredido esas mismas normas. En este proceso, la palabra fue adquiriendo una connotación más moral y emocional que refleja la interacción entre el individuo y el juicio social, la opinión de los otros. En suma, la vergüenza comenzó como un respeto general hacia las normas, pero se fue transformando hasta convertirse en una respuesta emocional a la posible transgresión de esas normas. Freud no se equivoca cuando conceptualiza la vergüenza como una emoción que refleja el conflicto entre los deseos internos y las expectativas sociales o morales. Así que parece evidente que el feroz individualismo atizado por el capitalismo se apareja de las mil maravillas con la extinción de la vergüenza: yo soy quien soy y la opinión de los demás me importa un bledo. El nuevo héroe no ofrece disculpas a nadie: monetiza su ego y a eso lo llama autenticidad. El pudor se volvió obsoleto; el recato, una discapacidad. En el altar del individuo absoluto, la empatía es el primer cordero sacrificado.

 

Valga subrayar que la vergüenza sólo se entiende en la dimensión social de la humanidad. Es cultura, no natura. Y voy a decir algo muy peligroso en estos tiempos de perrhijos: lo siento, pero los animales no sienten vergüenza, no en el mismo sentido complejo y social que los humanos. La vergüenza implica procesos psicológicos sofisticados como: autoconciencia e ideal del yo, juicio moral o normativo, percepción amplia de los demás y teoría de la mente —la capacidad de atribuir a otras personas y a uno mismo estados mentales, como creencias, deseos, intenciones, emociones o conocimientos—, internalización de las normas sociales. Estas capacidades están estrechamente ligadas al lenguaje y a la cultura, por lo que debemos considerar la vergüenza como una emoción típicamente humana. Y ya sé, seguro no faltará el lector que esté ahora mismo recordando alguno del titipuchal de videos en los que un perro parece avergonzado después de haber perpetrado alguna travesura. Ciertamente, algunos mamíferos sociales como los perros, los elefantes y los primates, pueden mostrar comportamientos que parecen vergüenza —como agachar la cabeza, evitar la mirada o esconderse—, pero estos comportamientos se interpretan mejor como sumisión, temor al castigo y, sobre todo, condicionamiento aprendido… ¿Aprendido de quién? De nosotros, los humanos. 

 

Así que no es una exageración decir que el triunfo de la desvergüenza es deshumanizante. ¿Se puede eso? ¿Un ser humano puede deshumanizarse? Por supuesto, recordemos que un cacomixtle nace cacomixtle, tanto como un faisán nace faisán y una rata, rata, en tanto que usted y yo debemos humanizarnos… No es sólo un proceso que comienza quizá incluso desde que fuimos procreados y tiene una fase crítica en las etapas más tempranas de nuestra vida, cuando el yo psíquico se conforma en relación con los otros.  También es una tarea constante, de por vida. Es muy fácil desbarrancarse, hacerse bestia, deshumanizarse.

Glen BledsoeSiguiendo. A Concept of a Plan.

Y hablando de bestias, termino, y termino proponiendo algunos términos para mentar a las nuevas formas de gobierno que están propagándose por Occidente, formas de gobierno caracterizadas justamente por eso, por la desvergüenza, por el desapego franco a la verdad, por un abierto rompimiento respecto a los valores civilizatorios. 

1. Recuerdo a las hordas de policías alemanes o gringos o franceses golpeando rabiosamente a grupos de manifestantes que han tenido la osadía de salir a las calles a pedir pacíficamente la paz en Gaza… ¿Qué tipo de gobierno representan? Ya no a una dictadura, ahora una Descaradura: la dictadura del descaro. 

2. Recuerdo a Trump declarando que, si la jefa de Inteligencia de su propio gobierno dice que Irán no estaba a punto de producir armas nucleares, ella es la mentirosa. Y sugiero: Impudentato. Forma de gobierno de los impúdicos, en que la falta de autocontrol y la total ausencia de decoro son meritorias.

3. Y la que más me gusta: pienso que varios estados nacionales occidentales están hoy tomando la forma de obscenocracias, regímenes en los que lo indecente se vuelve canon, y lo obsceno, doctrina.


No estamos simplemente ante una crisis política o moral. Estamos presenciando una catástrofe de sistema, y quizá hasta un cambio antropológico: la inversión de los afectos civilizatorios. Lo que alguna vez fue señal de humanidad —el pudor, la empatía y la simpatía, el autocontrol— hoy es sinónimo de debilidad. La desvergüenza no es ya una patología de algunos individuos aislados: es el molde de subjetividad que las nuevas formas de gobierno promueven, celebran y reproducen. Y mientras más obsceno es el poder, más exige que nos adaptemos a su lógica. En nombre de una autenticidad sin escrúpulos, lo humano corre el riesgo de volverse inhumano.

 

Poco o nada podemos hacer usted y yo para evitar que una pandilla de deschavetados siga asesinando gente, monetizando el dolor, amasando fortunas martirizando seres humanos. Incluso poco o nada podemos hacer para evitar que esos mismos obscenócratas vuelen el planeta. Con todo, aún nos queda la capacidad de avergonzarnos, de apenarnos, de sentir pena ajena: esa es quizá, junto con el amor al prójimo, una última línea de resistencia en la que vale la pena militar.

 

 

Coda en defensa de los cínicos

 

En este ensayo no he usado la palabra cinismo como sinónimo de desvergüenza, y no es un descuido, sino una toma de posición. El cinismo filosófico, el de Antístenes, Diógenes y Crates, no es el germen de la obscenocracia sino su antídoto. En el ideal cínico, la anaideia —la insensibilidad frente a la vergüenza convencional— no es una estrategia de poder, sino una forma de resistencia ante los simulacros sociales; y la parresía, esa franqueza radical, no se pone al servicio del ego, sino de la verdad. Confundir la desvergüenza narcisista del poderoso con la desobediencia austera del cínico es no entender ni a uno ni a otro. Jamás llamaría cínico a Trump: sería un insulto al Perro. La obscenocracia no bebe del cinismo filosófico, sino de su parodia grotesca; no reivindica la libertad frente al artificio, sino la impunidad frente al juicio. Donde el cínico desmantela las convenciones en nombre de la verdad, el obscenócrata las viola para lucrar con la mentira.