Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 1 de marzo de 2026

Chisme

  

Voici assez d'éloges donnés aux morts,

médisons un peu des vivants.

Alexandre Dumas, Vingt ans après.

 

 

Gracias a otro sociólogo, mi buen amigo el conde Serredi, leí De demonios a dioses. Eso ocurrió hace ya más de diez años, en 2015. Ese chisme ya lo he contado: durante unos meses, cada que nos veíamos, él insistía en que me dejara de tonterías y corriera a comprar el libro. ¿Ya lo tienes? ¿Ya lo leíste? Una llamada, un mail, un tweet, cualquier medio era bueno. Pasaban las semanas y yo seguía entretenidísimo consumiendo novela tras novela, y no le hacía caso. El hostigamiento llegó a su fin cuando el conde terminó por hartarse de mi testarudez, y una feliz tarde se apersonó con un ejemplar nuevecito bajo el brazo: Toma, léelo

 

Uno de los muchos hallazgos con los que me topé en aquel libro de Yuval Noah Harari (1976) fue la teoría de que el chismorreo se encuentra en el origen mismo del lenguaje humano:

Nuestro lenguaje evolucionó como una variante de chismorreo. Según esta teoría…, la cooperación social es nuestra clave para la supervivencia y la reproducción. No basta con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tropilla odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo… [ ] Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70,000 años les permitieron chismorrear durante horas. La información fiable acerca de en quién se podía confiar significaba que las cuadrillas pequeñas podían expandirse en cuadrillas mayores, y los sapiens pudieron desarrollar tipos de cooperación más estrecha y refinada.

Como hace siempre, Harari no da crédito en el cuerpo del texto, pero en nota al final del libro cita a quien se considera el autor de esta teoría: el antropólogo, biológico, psicólogo evolutivo y especialista en comportamiento de primates Robin Dunbar (Robin Ian MacDonald Dunbar; Liverpool, Inglaterra, 1947). En Grooming, Gossip and the Evolution of Language, propuso que el lenguaje humano evolucionó como una forma eficiente de “acicalamiento vocal” (vocal grooming) para mantener la cohesión social en grupos grandes, reemplazando el acicalamiento físico de los primates no humanos (espulgarse unos a otros, limpiarse, quitarse espinas…). Según Dunbar, el chisme (gossip) habría jugado un rol clave en este proceso, permitiendo fortalecer alianzas de manera más económica y simultánea. El libro de Dunbar se publicó en 1996, quince años antes que el best-seller de Yuval Noah Harari —la primera edición en hebreo de De animales a dioses, que en ediciones posteriores se vendió como Sapiens, se titula קיצור תולדות האנושותUna breve historia de la humanidad, apareció en 2011 bajo el sello editorial Dvir Publishing—.

 

Dunbar revolucionó la comprensión del origen del lenguaje al desplazar el foco de la supervivencia a la reproducción social —cohesión de grupo—. Resulta que el chisme es la herramienta que nos ha permitido gestionar nuestro complejo mundo social y mantener unidas comunidades mucho más grandes de lo que sería posible sólo con el contacto físico. El chisme es, esencialmente, acicalamiento con palabras.

 

Poco después, en 2019, Francesca Giardini y Rafael Wittek publicaron The Oxford Handbook of Gossip and Reputation, la primera obra que analiza integral e interdisciplinariamente los fenómenos del chisme y la reputación, demostrando que están fusionados inextricablemente como mecanismos sociales base. El libro ofrece una comprensión del chisme desde sus antecedentes y procesos hasta sus consecuencias en la creación de cooperación, control social y mantenimiento del orden en grupos humanos, desde pequeñas sociedades hasta sistemas online globales. Además de ubicarlo en los orígenes del lenguaje humano, los autores conceptualizan el chisme como una habilidad social sofisticada, no como un defecto moral, que requiere inteligencia social para ser efectivo y evitar represalias.

 

Casi medio siglo antes de que Yuval Noah Harari publicara Sapiens y treinta años antes de la primera edición del libro de Robin Dunbar, el escritor también israelí Amos Oz dio a conocer su primera novela, Makom Acher (1966) —editorial Sifriyat Poalim de Tel Aviv—, traducido al español como Quizás en otro lugar. La novela debut de Amos Oz, ambientada en el kibutz ficticio de Metsudat Ram cerca de una frontera hostil, profundiza en temas de aislamiento, ideología y dinámicas sociales. De esta novela tomo el siguiente extracto:

Quien no simpatiza con el chismorreo no hace más que demostrar lo poco que comprende la esencia de nuestra vida comunitaria. Aquí el chismorreo… cumple un importante papel, y muy respetable, y a su manera ayuda a arreglar el mundo… El secreto está en que juzgamos a nuestro prójimo día y noche, juzgamos sin piedad…, aquí todo el mundo juzga, todo el mundo es juzgado, no hay debilidad que pueda escaparse aquí por mucho tiempo a los juicios de valor… Todos los días eres juzgado, a cada instante. Por tanto, todos estamos obligados a declararle la guerra a nuestra propia naturaleza. A purificarnos. Nos pulimos unos a otros igual que el río pule los guijarros.

Hace casi veinte años escribí un texto a propósito de Palmeras de la brisa rápida (2009), un libro del también sociólogo Juan Villoro. Lo titulé Literatura mata Sociología, y en él argumentaba que, puestos a tratar de entender las cosas, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, Conversación en La Catedral de Vargas Llosa, El otoño del patriarca de García Márquez o Tres tristes tigres de Cabrera Infante resultan aliados bastante más efectivos que toneladas de investigaciones y tesis doctorales en historia de Hispanoamérica, ciencias políticas y sociología. Sigo pensando lo mismo. La precisión con que Amos Oz describe en su novela la función milenaria del chisme nos lo recuerda. Por cierto, en Palmeras de la brisa rápida, Villoro recuerda a una abuela suya: “Todos los días renovaba su decencia describiendo con lujo de detalle la indecencia de los demás”.

 

Visto así, quizá mi amigo el conde Serredi, al regalarme el libro, no estaba sino practicando lo que Dunbar teoriza: un acicalamiento con palabras —sobre un autor que merecía la pena— para fortalecer nuestra alianza. Me estaba puliendo, como el río pule los guijarros. Y funcionó. Aquí estoy, años después, contándoselo a ustedes.

domingo, 11 de enero de 2026

Normalidad de conveniencia

  

 

La vida que llevaba antes de ‘nacer’ como dependienta de una tienda

está envuelta en una nebulosa y no la recuerdo claramente.

Sayaka Murata, La dependienta.

 

 

La protagonista La dependienta, Keiko Furukura, no nació como dependienta; se hizo dependienta. Su historia es la crónica de una solución de supervivencia. Frente a la incapacidad de descifrar el manual no escrito de la normalidad interpersonal, Keiko encuentra en el Smile Mart —algo así como un Oxxo— un mundo reglado, predecible, donde cada gesto, cada saludo, cada transacción tiene su protocolo. “Se me daba bien imitar los ejemplos…” La imitación es el núcleo de su estrategia existencial. En el universo limitado y brillante de la konbini, Keiko logra lo que le es esquivo en el “mundo exterior”: pasar por una persona normal. No es que haya desarrollado una auténtica comprensión de las reglas sociales; más bien, ha internalizado un guion externo hasta el punto de que su desempeño se vuelve automático, fluido, convincente. La tienda le proporciona lo que en el ambiente social nunca tuvo: un self funcional. El psicoanalista británico Donald Winnicott (1896-1971) diría Keiko ha construido, de manera nítida y deliberada, un falso self.

 


En “La distorsión del yo en términos de self verdadero y falso”, Winnicott postula que el falso self se origina en las fallas más tempranas del ambiente facilitador. La madre “suficientemente buena” es aquella capaz de intuir y satisfacer el gesto espontáneo del infante, aquel impulso que emana del self verdadero, permitiéndole así “empezar existiendo y no reaccionando”. Cuando la madre no logra esta sintonía, sustituye el gesto genuino del bebé por el suyo propio, forzándolo a la sumisión. El falso self se organiza entonces como una defensa: su función es “ocultar y proteger al self verdadero” de la aniquilación que supondría su exposición a un ambiente que no lo reconoce. En los casos extremos, el falso self se establece como real, y es lo que los demás toman por la persona, aunque en las situaciones que demandan autenticidad, esa fachada presenta alguna carencia esencial.

 

La novela de Sayaka Murata presenta un caso de manual de este desarrollo. Desde su infancia, sus gestos espontáneos son sistemáticamente rechazados por su entorno. Sus padres, preocupados, intentan “curarla”. El problema no es la carencia de cariño, sino una falla en el reconocimiento de su self verdadero, de su particular modo de estar en el mundo. Keiko internaliza el mensaje: sus impulsos naturales son inaceptables, producen desconcierto y vergüenza ajena. Decide entonces “hablar lo mínimo”, “imitara los demás y a obedecer órdenes”, dejando de “actuar por mi cuenta”. Esta decisión consciente marca el inicio de su organización defensiva. Su self verdadero se retira —¿a la inexistencia?—. Lo que despliega ante el mundo es una máscara de obediencia y silencio.

 

El hallazgo del Smile Mart es una revelación salvadora. La tienda le ofrece un manual explícito. Al adoptar el rol de dependienta, Keiko no ejerce un trabajo; accede a un self prefabricado, operativo y socialmente validado. El uniforme, las frases de cortesía, los rituales matutinos, la coreografía de movimientos frente a la caja, todo constituye un sistema completo de ser. Este self falso de dependienta es “exitoso”. Es tan convincente que sus compañeros y jefes la consideran una empleada modelo. Cumple a la perfección la función de ocultar aquel self verdadero que, desprovisto de este andamiaje. La paradoja es profunda: la artificialidad reglamentada de la konbini le permite a Keiko experimentar, por primera vez, una sensación de realidad y pertenencia. “Entonces sentí por primera vez que formaba parte del mundo, como si acabara de nacer”. 

 

Sin embargo, como señala Winnicott, un self falso, por bien organizado que esté, “carece de algo, y ese algo es el elemento esencial de la originalidad creativa”. Keiko lo intuye. Su vida fuera de la tienda es un vacío, un mero intervalo de recuperación para el turno siguiente. No tiene deseos, proyectos o relaciones auténticas. Su identidad es un collage de identificaciones prestadas. Esta plasticidad mimética es la máxima expresión de su adaptación defensiva.

 

La crisis sobreviene cuando la presión social exige que trascienda el rol de dependienta y encarne el siguiente rol del guión normativo: el de esposa y, potencialmente, madre. Keiko, que ha logrado estabilizar su existencia en el microcosmos regulado de la tienda, se ve forzada a enfrentar el manual más amplio y difuso de la vida adulta normal

 

Keiko Furukura encarna una paradoja extrema de la normalidad moderna. Su camino no conduce a la curación en el sentido de adaptación al “mundo normal”. Al final, rechaza el matrimonio de conveniencia y el empleo estable, y decide buscar otra tienda donde trabajar. Su self falso de dependienta, que empezó como una defensa, ha terminado por fusionarse con lo que, en su estructura psíquica única, constituye su self verdadero. No ha logrado convertirse en una “persona normal” según el guion social, pero ha encontrado una norma propia, una normalidad de conveniencia que le permite existir sin la sensación de futilidad. En términos de Canguilhem, ha instituido sus propias normas de vida, patológicas quizá para el consenso social, pero vitales para ella. Keiko no resuelve la paradoja de la normalidad; la habita en su forma más pura y desgarradora: para ser real, debe apegarse a un manual, pero al hacerlo con una convicción total que anula cualquier otra pretensión, alcanza una especie de autenticidad secundaria, una normalidad lograda a través de la más absoluta artificialidad. Su vida nos interroga: ¿no será que, en el fondo, todos interpretamos personajes, sólo que algunos manuales son más gruesos, más difusos y, por lo mismo, más difíciles de aprender que el de una konbini?

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Carta a una señorita de París

  

Monsieur Nicolas Mercier.

 

 

Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad.

Julio Cortázar, Carta a una señorita en París.

 

 

 

Aura se mueve en bicicleta. También camina grandes trechos. Rara vez se sube al metro y casi nunca aborda un autobús. Hace un par de días, al término de la jornada, mientras aparcaba una bicicleta en una estación de Vélib’ Métropolelocalizada frente a una pequeña iglesia, un extraño se aproximó a ella…

 

— Excusez-moi, mademoiselle, permettez-moi de vous remettre cette lettre.

 

Y le extendió un sobre blanco. Escrito a mano con tinta azul, en el sobre decía: “Prenez ceci, il vous est destiné”, es decir, “Tome esto, está destinado a usted”. No falta mucho para que Aura cumpla diez años viviendo en París: conoce de sobra el abanico de timos, chapuzas y engaños que pueden desplegar las parvadas de embaucadores y petits arnaqueurs que pululan por las calles…

 

— Ne vous inquiétez pas, mademoiselle, je ne vous demanderai rien en retour.

 

El desconocido —ya mayor, quizá cercano a los setenta— sonriendo afablemente le explicó que tenía el hábito de entregar cartas que él mismo escribía a las personas a las que sentía que estaban destinadas. 

 

— Merci —Aura aceptó el sobre.

 

Antes de irse, el hombre le preguntó si era parisina. Aura respondió que no, que era mexicana, y él le contó que, hace años había entregado una carta como la que ahora le daba a ella a un señor que entonces fungía como embajador de México en Francia… ¡Y él, el diplomático, le había escrito de vuelta!

 

— Bonsoir, Mademoiselle.

 

— Bonne nuit, Monsieur.

 

Aura guardó la carta en su bolso y emprendió la caminata que le quedaba para llegar a su apartamento.

 

 

 

 

Esa misma noche Aura me llamó y me narró el suceso. Aún no había abierto el sobre. Le pedí que cuando lo hiciera me contara qué decía, cuál era el mensaje… Un par de horas después, desde el otro lado del Atlántico recibí en el teléfono varios audios de Aura: la traducción de lo que fue leyendo en la misiva:

Dice… Madame, Mademoiselle ou Monsieur… Apasionado de las citas y de aforismos llenos de sabiduría, tuve la idea de escribir a la gente con la idea de que pueda enriquecer su vida, y que, quizás, puedan enriquecer la mía también si me envían de vuelta tres citas o máximas que les gusten, ya sea de ellas mismas o de otros autores: citas de académicos, de escritores, de políticos y artistas, de deportistas y de otras personas… Tengo la gana… No, no la gana… tengo el propósito de solicitarle eso mismo a usted, Madame, Mademoiselle ou Monsieur, por la razón siguiente. Generalmente es por las vías… ¿Se dice las vías? Generalmente es mediante la televisión o de la radio, de la lectura de periódicos, que busco más personas que me ayuden a agrandar mi colección de aforismos. También me gusta pasear a pie y escoger al azar gente para entregarle una carta como esta, sin decirles de una tajada, de golpe, de qué se trata todo esto. ¡Sorpresa! En su caso, Madame, Mademoiselle ou Monsieur, es distinto. Hoy 12 de diciembre acompaño a mi hijo Martin a París a una cita con el dermatólogo, así que aprovecho la ocasión para distribuir algunas cartas a gente con la que me cruzaré durante este día. Esta es la sexta carta; está destinada a ser entregada en una capilla o en una iglesia, cosa que no he hecho en mucho tiempo. Yo no soy practicante, pero tengo un gran respeto por las religiones y por quienes las practican. Espero no haberle aburrido mucho con mi historia, pero me gustaría decirle que… ¡Ay, es que este señor escribe bonito, pero no muy legible! Ahora le digo al señor, señora o señorita, con todo mi corazón, que yo sería feliz de que me pudiera contestar. Estaría infinitamente agradecido. Sin querer molestar más, con la inmensa esperanza de leerlo en un futuro, le ruego aceptar mis distinciones…, no, mis sentimientos… Bueno, es que así se dice: … mis sentimientos distinguidos y más respetuosos. Muy cordialmente, Nicolas Mercier.

 

Con un simple saludo de su parte sería yo muy muy feliz. Gracias.

De las 2,184 frases de mi colección, me permito enviarle seis. Número 48: No hay más que dos cosas que sirven para la felicidad: creer y amar. La número 60: El hombre no es bueno ni malo, nace con instintos y aptitudes. Balzac. De la conversación sale la luz. Proverbio indio. Lo que busco en la vida es buena voluntad y un intercambio con los otros motivado… No sé qué dice aquí, no entiendo su letra aquí: motivado por no sé qué cosa… de un corazón recíproco. Y dice que esa fue una respuesta que tuvo una carta que dejó en una iglesia el 20 de octubre de 2020, y que el día 27 recibió la respuesta número 259. La número 1,146: Busca siempre el humano en el otro y jamás lo abandones… Nunca… Esto no entiendo… Nunca tiene sentido llorar, sino luchar… Y esta cita dice que se la dio María Isabel Gomes en el 2021, una dama muy vieja que en 1983 fue la jueza más joven de Francia, cuando tenía 23 años. Y para acabar, una cita que me regaló madame Brigitte Bardot: No le deseo la vida de una estrella, sería muy larga; y no le deseo la vida de una rosa, sería muy corta. Pero deseo que su vida sea bella como una rosa y brillante como una estrella.

 

Un placer haber compartido estas citas. Tenga excelentes fiestas de fin de año, amor, paz y felicidad. Un apasionado que espera todos los días al cartero con mucha impaciencia.

 

 

 

 

En un par de mensajes de texto, Aura me dice que piensa contestarle al señor Nicolas. En el mismo sobre, el hombre metió otro sobre doblado con su domicilio anotado al frente —vive en Cubry, una población francesa cercana a la frontera con Suiza— y un timbre postal. Yo también voy a escribirle. Planeo enviarle una copia de este texto, acompañado de su traducción al francés —misma que le pediré a Aura que haga—; espero que, más allá de los aforismos que le mande —supongo que le enviaré seis de sendos escritores latinoamericanos—, le sorprenda recibir una carta enviada desde la Ciudad de México. Aunque, bueno, ya lo escribió Marco Aurelio: “¡Cuán ridículo y extraño es aquel que se sorprende de cosa alguna de cuantas pasan en esta vida!”, un aforismo que seguramente ya estará en la colección de Monsieur Nicolas Mercier. 

domingo, 19 de octubre de 2025

Indicios

  

… penetrar cosas secretas y ocultas

a base de elementos poco apreciados o inadvertidos,

de detritos o “desperdicios” de nuestra observación.

Sigmund Freud, El Moisés de Miguel Ángel

 

 

 

 

1898 

 

Según James Strachey, la primera vez que Sigmund Freud escribió el término der Familienroman, “la novela familiar”, fue en una carta dirigida a su amigo Wilhelm Fliess fechada el 20 de junio de 1898.

Todos los neuróticos crean la llamada novela familiar (que se vuelve consciente en la paranoia); sirve por un lado a la necesidad de autoengrandecimiento y por otro como defensa contra el incesto.
 

 

 

1908

 

Freud desarrolló el concepto de novela familiar en un ensayo que debió de escribir en 1908. Inicialmente, aparecería publicado como un agregado del libro de Otto Rank El mito del nacimiento del héroe. No sería sino hasta las posteriores ediciones que el texto sería titulado: La novela familiar del neurótico. Arranca así el padre del psicoanálisis: “En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo”. Sin entrar en sus detalles, basta decir que el planteamiento de Freud es que, para ello, la novela familiar constituye un conjunto de fantasías mediante las cuales el sujeto modifica imaginariamente su vínculo con sus progenitores, elaboraciones fantasmáticas con las que el niño construye un relato alternativo sobre su propio origen.

 

 

1963

 

El galardón más importante de la literatura italiana es el Premio Strega. Lo han merecido, por ejemplo, Cesare Pavese, Alberto Moravia, Primo Levi, Umberto Eco… En 1963 la ganadora fue la palermitana Natalia Ginzburg (1916-1991), por Lessico famigliare. En la nota autoral con la que inicia la novela, ella advierte:

Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio… Al escribir, sentía tan profunda intolerancia por cualquier invención, que no he podido cambiar los nombres verdaderos.

Y, efectivamente, en Léxico familiar el lector se encontrará a personajes tan reales como Leone Ginzburg, Camilo Olivetti, Cesare Pavese… Más adelante, en la misma nota, Natalia Ginzburg dice:

… este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela, es decir, sin pedir más, ni tampoco menos, de lo que una novela puede ofrecer.

 

 

1986

 

Bajo el sello editorial Giulio Einaud apareció en 1986 la primera edición de Mitti emblemi spie de Carlo Ginzburg, libro en el que incluye el ensayo “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”. Su tesis central es que hacia fines del siglo XIX surgió un paradigma epistemológico basado en cierto tipo de inferencias: ni inductivas ni deductivas ni abductivas, sino inferencias a partir de indicios. El historiador italiano considera que el origen del paradigma epistemológico de inferencias indiciales se remonta al tiempo en que los humanos dependíamos de la caza y la recolección: “La acumulación de innumerables actos de persecución de la presa le permitió aprender a reconstruir las formas y los movimientos de piezas de caza no visibles, por medio de huellas en el barro, ramas quebradas...”, esto es, de indicios. Inferir a partir de indicios se basa en la capacidad de “remontarse desde datos experimentales aparentemente secundarios a una realidad compleja, no experimentada en forma directa”.

 

 

1939

 

En abril de 1939, en Turín, nació el primogénito de Natalia Levi y Leone Ginzburg, Carlo Ginzburg. Natalia publicaría tres años después su primera novela, El camino que va a la ciudad, con un seudónimo: Alessandra Tornimparte. En la primera reedición del libro ya usaría su nombre de casada, Natalia Ginzburg, con el que firmaría a partir de entonces todas sus obras, incluyendo Léxico familiar.

 

 

1897

 

También según Strachey, en la carta a Fliess del 24 de enero de 1897, Freud, aunque no utiliza aún el término, alude ya a los elementos fundamentales que después conformarían la novela familiar. Freud estudiaba el tema de la brujería y observó que en la paranoia (y posteriormente en todos los neuróticos) aparecía una fantasía típica relacionada con la influencia decisiva de la figura paterna ligada al ideal, y con la creación de mitos genealógicos tendientes al “extrañamiento de la familia”. Los indicios que Freud apunta en la carta son varios: el tema del linaje y la descendencia, la familia propia que aparece como extraña, la idealización paterna, la megalomanía y los mitos genealógicos que llevan a la fantasía de un origen excepcional, la función defensiva contra el reconocimiento de realidades incómodas…

 

 

1874

 

Carlo Ginzburg sostiene que “el conocimiento histórico, como el del médico, es indirecto, indicial y conjetural”, basado en “vestigios, tal vez infinitesimales, que permiten captar una realidad más profunda, de otro modo inaccesible”. Uno de sus tres ejemplos del paradigma del conocimiento a partir de indicios es el método de Giovanni Morelli. Entre 1874 y 1876, bajo el seudónimo de Iván Lermolieff, proponía un sistema para la atribución certera de cuadros antiguos. Frente a la práctica habitual de basarse en los rasgos más evidentes de una obra, fácilmente imitables, Morelli sostenía que “hay que examinar los detalles menos trascendentes e influidos por las características de la escuela pictórica a la que el pintor pertenecía: los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de manos y pies”. Al catalogar escrupulosamente tales detalles formales e inconscientes, que el artista ejecutaba de manera automatizada y que un copista pasaba por alto o reproducía con dificultad, Morelli podía identificar la “mano” única del maestro y distinguir así los originales de las copias fraudulentas.

 

 

1914

 

El método psicoanalítico que Freud desarrolló a lo largo de toda su obra se apoyó sistemáticamente en lo que Carlo Ginzburg denomina paradigma indiciario. Freud reconoció explícitamente esta influencia en su ensayo El Moisés de Miguel Ángel (1914), donde estableció la conexión entre su método y el del crítico de arte Giovanni Morelli:

Mucho antes de que pudiera yo haber oído hablar de psicoanálisis vine a enterarme de que un experto en arte, el ruso Iván Lermolieff [Giovanni Morelli]… había provocado una revolución en las pinacotecas de Europa... Habían alcanzado ese resultado prescindiendo de la impresión general y de los rasgos fundamentales de la obra, subrayando en cambio la característica importancia de los detalles secundarios, de las peculiaridades insignificantes, como la conformación de las uñas, de los lóbulos auriculares, de la aureola de los santos y otros elementos que por lo común pasan inadvertidos... Yo creo que su método se halla estrechamente emparentado con la técnica del psicoanálisis. También ésta es capaz de penetrar cosas secretas y ocultas a base de elementos poco apreciados o inadvertidos, de detritos o 'desperdicios' de nuestra observación…

 

 

2025

 

Como Freud en 1897, como Natalia y Carlo Ginzburg, sigo tanteando en busca de sentido entre detalles minúsculos: las palabras que heredé, los gestos que repito, las historias que me cuento para explicarme de dónde vengo. La verdad no siempre se encuentra en lo visible, sino en las costuras, en los márgenes, en lo que parece una nadería, incluso también en las soluciones de la fantasía.

domingo, 3 de noviembre de 2024

De la Tiniebla a Edipo

  

Se dan dos regímenes de relaciones entre

los dioses y los hombres: el convite y el estupro.

El tercer régimen, el moderno, es la indiferencia,

pero supone que los dioses ya se han retirado.

Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía.

 

 

 

La mitología griega da cuenta cabal de toda la genealogía de Edipo rey. Digo cabal y digo toda, y no exagero: la pista filogenética del personaje trágico puede hilvanarse hasta algo previo al Principio, algo anterior a todo.


 

La historia familiar de Edipo de Tebas comienza desde el vacío primordial, el Caos. O si damos por buena la versión de Gaius Julius Hyginus (c. 64 a. C. – 17), la saga se remontaría al Calígine: en su Fabulae, el latino, quizá nativo de Hispania, menciona a Caligio, Tiniebla, como la entidad primaria, que existió incluso previamente que el Caos. En fin, después de la oscura nada, después de la total masa desordenada e informe… Pero qué tanto después. Imposible decirlo: el Caos no pudo durar mucho ni poco ni nada, puesto que no había tiempo.

Antes del mar y de las tierras y de lo que todo lo cubre, el cielo, era único el aspecto de la naturaleza en el orbe entero, al que llamaron Caos, masa informe y enmarañada y no otra cosa que una mole estéril…

Ovidio, Metamorfosis.

En fin, inmediatamente después o al cabo de universales eternidades, el Cosmos comenzó a conformarse cuando en medio del Caos surgieron “Gea, la de amplio pecho”, el tenebroso Tártaro y Eros, ellos tres, los primeros dioses, los inaugurales cósmicos.

 

Dueña ya de su propia existencia, ella, Gea, “alumbró al estrellado Urano”. Luego parió monstruos. Aún había muy poco, casi nada, menos tabúes: Gea se convierte en la consorte de su hijo celeste y juntos habrán de procrear a la primera camada de Cíclopes —los salvajes y violentos Brontes, Estéropes y Arges—, y también a los Hecatónquiros —Cottus, Briareos y Giges, temibles gigantes de cien manos y cincuenta cabezas—, pero además de todos esos monstruos, Gea y Urano incorporaron al mundo a los Titanes: doce, según Hesíodo, o trece, si contamos también a Dione.



Cuantos haya sido, entre ellos estaban Cronos, el tiempo, y dos ancestros de Edipo: “acostada con Urano, Gea dio a luz a Océano, de profundas corrientes” y a “la amable Tetis” (Hesíodo, Teogonía), el par, deidades del agua: ella personifica la fertilidad del mar; él, las aguas exteriores del mundo.



Los hermanos Océano y Tetis se desposaron y tuvieron muchísimos hijos e hijas, más de tres mil, los Oceánidas, dioses de los ríos, y las Oceánides, ninfas de estanques, lagos, lagunas, arroyos… Una de ellas, Melia, se unió con su hermano Ínaco, y fruto de este nuevo incesto nacieron Foroneo, Egialeo, Micene.

 

Foroneo sería un destacado héroe civilizatorio de la Argólida. Plinio el Viejo (23 – 79) se refirió a él como “el primer rey de Grecia”. Higino informa que más bien se decía que Foroneo había sido “el primer rey de los mortales” y “el primero que construyó un templo en Argos”. Pausanias (c. 110-180) en su Descripción de Grecia afirma que “Foroneo… reunió por primera vez en una comunidad a los habitantes, que hasta entonces vivían diseminados y cada uno por su lado”, y que en la ciudad de Argos se hallaba una estatua de Bitón en la que se mantenía encendido…

… un fuego que llaman de Foroneo, pues no están de acuerdo en que Prometeo dio el fuego a los hombres, sino que quieren transferir el invento del fuego a Foroneo.



En fin, este hombre se desposó con una ninfa, Tédice, con quien tuvo descendencia, el Bitón de la estatua aludida y la bella Níobe —no confundirla con la otra Níobe, la hija de Tántalo—, “la primera mortal a la que Júpiter forzó”, cuenta Higino, y donde él dice Júpiter, porque es romano, debemos entender Zeus.


 

Dado que aquí se entromete en el árbol genealógico de Edipo, conviene recordar que Zeus, igual que Melia y su hermano Ínaco, es también producto del incesto divino, hijo de dos Titanes. “Rea, entregada a Cronos, tuvo famosos hijos…”: Hestia, Deméter, Hera, Hades, Ennosigeo (Poseidón) y “el prudente Zeus, padre de dioses y hombres” (Hesíodo). Y conviene también recordar que “el prudente Zeus” tenía la arraigada maña de seducir, engañar o de plano violar diosas, ninfas y mujeres de carne y hueso. “Si damos crédito a las confidencias de Hera, su esposa-hermana, Zeus ‘siempre se empeñó en dormir ya sea con inmortales, ya sea con mortales’” (Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía). No tenemos detalles, pero haya sido a la buena o la mala, Zeus se amancebó con Níobe, y engendró a Argos.

 

Argos le cambió el topónimo a la ciudad en la que su padre Zeus lo trajo al mundo: dejó de llamarse Foronea para llevar su propio nombre, y se desposó con Evadne, hija del dios pluvial Estrimón. De la prole de esta pareja debemos destacar a Ío, quien sería víctima de las urgencias eróticas que su belleza despertó en Zeus —su abuelo paterno—. Para ocultar su relación y proteger a Ío de la celosa Hera, Zeus transformó a Ío en una ternera. Ya hace unos días conté aquí que Ío sería restaurada a su forma humana para dar a luz a un hijo llamado Épafo, quien se convirtió en rey de Egipto, y también en bisabuelo de Cadmo, el tatarabuelo de Edipo.

domingo, 13 de octubre de 2024

El tatarabuelo de Edipo

  

Toda tragedia tiene anticipaciones,

amenazas que ponen en los cielos,

con los fugaces días del relámpago,

gruñidos pavorosos.

Enrique González Rojo Arthur, Los colmillos del dragón.

 

 

 

En lecturas precedentes y más ingenuas del periplo de Ulises no había yo reparado en la relevancia de uno de los personajes con quien se encuentra el héroe aqueo en su descenso al Hades, la desgraciada Epicasta (Yocasta). Así que hace muy poco caí en la cuenta de cuál es la referencia escrita más antigua que tenemos del mito de Edipo —siguiéndole la pista a Empédocles, llegué a ella fortuitamente—: se trata de un verso homérico (Odisea; Canto XI, 271-280). Dado que “… los cantos que llegarían a ser los poemas homéricos son reunidos y organizados por uno o dos poetas monumentales…hacia finales del siglo VIII antes de nuestra era” (Cornelius Castoriadis, Lo que hace a Grecia), resulta, pues, que el testimonio tiene poco más de dos mil setecientos años de antigüedad.

 

El "Ídolo de campana", figurilla de terracota hecha por alfareros tebanos del período Geométrico Tardío (750-690 a.C.), en la antigua Beocia. Representa probablemente a una diosa de la Naturaleza, vinculada a la tradición minoica. Estas figurillas, halladas en tumbas, pudieron haber sido usadas en ceremonias funerarias. Procedente de Tebas, Beocia.


Edipo, se sabe, no pudo salvarse de ser rey de Tebas, la vetusta ciudad griega situada unos cincuenta kilómetros al noroeste de Atenas. La fecha de la fundación histórica de Tebas es incierta, pero la arqueología muestra que ya existía como un asentamiento humano importante hacia el tercer milenio a. C., y que alcanzó un gran desarrollo durante la época micénica (siglos XV-XIII a. C.). Luego, no es extraño que Homero también se refiera a Tebas: “lejos de los aqueos fue de mensajero a Tebas en medio de numerosas cadmeidas” (Ilíada; V, 803-804). ¿Cadmeidas? El término alude a los descendientes de Cadmo, el fundador mítico de la ciudad, el tatarabuelo de Edipo…

 

¿Quién era el tal Cadmo? Es posible trazar su rastro desde el mismísimo Caos, pasando por las deidades primordiales, Gea y Urano, y luego por dos de sus hijos, Océano y Tetis, titanes acuosos e incestuosos, pero no exageremos…


Mosaico de Océano y Tetis

Casa de Océano, Zeugma, siglos II-III d. C.


Iniciemos cinco generaciones más adelante: comencemos por Ío, la sacerdotisa heráfora que fue transformada en ternera por Zeus para ocultar su relación con ella de los celos letales de Hera. Claro, Zeus se salió con la suya y resulta que con Ío —quien era su nieta— procreó a Épafo —o Apis, según Heródoto—. Épafo se haría del reinado de Egipto y, con Menfis, la náyade hija del río Nilo, traería al mundo a Libia. Pues Libia tendrá un nieto, que será Cadmo, porque Cadmo era hijo de Telefasa y del rey de Tiro, Agénor, y él, Agénor, era vástago de Libia y del poderoso dios de los mares, Poseidón. Así que Cadmo era descendiente directo tanto de Poseidón —nieto— como de Zeus —tataranieto—.


Poseidón con un tridente y un pez.

Tondo de una kílix ático de figuras rojas, 520-510 a.C.; Etruria.

 

Según la Biblioteca mitológica (III, 1), Cadmo nació en Fenicia, al igual que su hermana Europa y sus hermanos Fénix y Cílix —aunque según Homero, Europa era hija de Fénix, “el famoso en remotos confines” (Ilíada; IX, 438)—. El caso es que Zeus, cautivado por la belleza de Europa, su tataranieta, decidió raptarla. Para seducirla, Zeus Olímpico se transformó en un majestuoso toro blanco:

… su color es el de la nieve que no han pisado las huellas ni ha derretido el lluvioso Austro; su cuello rebosa de músculos, sobre los brazuelos le cuelga la papada, los cuernos son pequeños ciertamente, pero de los que podrías afirmar que habían sido hechos a mano y más resplandecientes que una piedra preciosa sin mancha; ninguna amenaza en su frente y ninguna mirada que aterre: su rostro respira paz. (Ovidio, Metamorfosis; II)

Mientras Europa recogía flores cerca de la playa, el animal se acercó mansamente y ella lo acarició; la bestia le ofreció la grupa…

Ella, arrebatada, abrió los muslos

y encaramándose al animal,

añadió a la cordillera del espinazo

taurino

su pequeño, pero húmedo y ardiente,

montículo de Venus.

(Enrique González Rojo Arthur, Los colmillos del dragón)

… lo cual el toro-Zeus aprovechó para lanzarse al mar y llevársela sobre las olas hasta Creta.

 

Jean el Viejo (1500-1560) - 1550. El rapto de Europa.


Según Mosco de Siracusa (s. II a. C.), la noche previa Europa había soñado

… que dos tierras, cercanas y lejanas, competían entre sí por poseerla. Su apariencia era la de mujeres; una tenía el aspecto de una extranjera, mientras que la otra se parecía a las damas de su propio país. Esta última se aferraba vehementemente a la doncella, diciendo que era la madre que la había dado a luz y criado, pero la mujer extranjera le echó violentas manos encima y la llevó lejos…

Ya en la isla de Creta, Zeus reveló su verdadera identidad y por fin se amancebó con la princesa fenicia.

 

En Las bodas de Cadmo y Harmonía, el erudito florentino Roberto Calasso (1941-2021) ofrece dos versiones del mito, si no más históricas, sí más historiográficas. Una:

Fueron los ‘lobos mercaderes’ desembarcados de Fenicia quienes raptaron en Argos la tauropárthenos, la virgen dedicada al toro, llamada Io… Esto encendió la hoguera del odio entre los dos continentes. A partir de entonces Europa y Asia luchan… Así, los cretenses… arrebataron a Asia a la joven Europa. Regresaron a su patria en su nave con forma de toro.

La otra:

Llegados a la Argólide, los mercaderes fenicios pasaron… días vendiendo sus mercancías, procedentes del mar Rojo, de Egipto y de Siria. La nave estaba anclada… Las últimas mercancías estaban todavía por vender cuando llegó un grupo de mujeres, y entre ellas lo, la hija del rey. Siguieron comerciando. De repente los marineros mercaderes se arrojaron sobre ellas… lo y otras fueron raptadas. Éste es el rapto al cual respondieron luego los cretenses cuando raptaron en Fenicia a la hija del rey, Europa.

La joven Europa se convertiría en madre de varios hijos, entre ellos el rey Minos.

Zeus primero engendró a Minos, bastión para Creta;

Minos, a su vez, tuvo un hijo, el intachable Deucalión,

y Deucalión me engendró a mí, soberano de muchos hombres

en la ancha Creta. Y ahora las naves me han traído aquí

para tu desgracia, la de tu padre y la de los demás troyanos.

—le diría Idomeneo a Eneas en medio de la guerra de Troya (Ilíada, XIII, 445-454).

 

En resumidas cuentas, según la mitología griega, Europa era asiática, oriunda de Fenicia, región situada en la costa oriental del mar Mediterráneo, en lo que hoy corresponde principalmente al Líbano, así como partes de Siria e Israel. También vale recordar que la primera civilización europea fue precisamente la cretense o minoica —abarcó más de un milenio, c. 2700 – 1450 a. C.—. Y recalco: Europa era nieta de Libia, la mujer africana por antonomasia para los griegos.

 

Enterado del secuestro, el padre de Europa ordenó tanto a su mujer Telefasa como a sus hijos que partieran en búsqueda de la joven. Emprendieron el viaje, pero nadie pudo encontrarla… Por fin se resignaron a que Europa jamás regresaría a casa. Fénix volvió a Fenicia, mientras que Cílix estableció su dominio cerca del río Píramo, en tanto que Cadmo y su madre se quedaron en Tracia. Transcurrió algún tiempo, y un mal día Telefasa falleció. Después de enterrar a su madre, Cadmo se dirigió a Delfos para consultar al oráculo cómo debía continuar la búsqueda de su hermana Europa. “El dios le contestó que no se ocupase de ella, sino que, con una vaca como guía, fundase una ciudad allí donde el animal cayera agotado”. Cadmo tomó pues camino, cruzó Fócide, “y habiendo hallado la vaca en los rebaños de Pelagonte, la siguió. Ésta, tras recorrer Beocia, se tendió en el actual emplazamiento de Tebas” (Biblioteca mitológica; III, 4). Ahí fundó Cadmo una fortaleza, Cadmea, la cual a la postre se convertiría en Tebas.


Cadmo y el dragón. 360 - 340 a. C.


Cadmo es un típico héroe cultural. En una apropiación racionalista de la mitología, Heródoto (c. 484 – 425 a. C.) informa:

… esos fenicios que llegaron con Cadmo… introdujeron en Grecia muy diversos conocimientos, entre los que hay que destacar el alfabeto, ya que, en mi opinión, los griegos hasta entonces no disponían de él. (Historia; V, 58)

Después de que Cadmo pagara a Ares —“el más veloz de los dioses que poseen el Olimpo” (Odisea, VIII, 330)— cierta deuda —el fenicio había matado a un dragón del dios y luego provocado el casi total exterminio de los descendientes dientes-espartos del fantástico ser—, Atenea le otorgó el reino de Tebas, y Zeus le daría una esposa: Harmonía. Para los antiguos griegos, la dialéctica era un juego de niños: Harmonía era hija de Afrodita y Ares, es decir, las deidades del amor erótico y de la violencia extrema, la guerra —Venus y Marte, en la mitología romana—: la pulsión de vida y la pulsión de muerte engendraron una madre que terminaría convertida en serpiente.


Evelyn De Morgan, Harmonía y Cadmo.
 

Harmonía y Cadmo procrearán un hijo, Polidoro, y cuatro hijas, Autónoe, Ino, Sémele y Ágave. Sémele, fecundada por Zeus, se convertiría en madre de Dionisio; Ino sería vuelta loca por la fúrica Hera y luego, por compasión divina, convertida en la nereida Leucótea, mientras que Polidoro heredará el trono de Tebas, y con Nicteide tendrá un hijo.

 

El hijo de Polidoro y Nicteide llevará por nombre Lábdaco, y llegará al trono de Tebas. Su reinado fue breve, ya que murió joven en una guerra contra Atenas. Layo, su hijo, fue dejado al cuidado de un regente hasta que alcanzó la mayoría de edad. Y, finalmente, Layo tendría la mala fortuna de procrear, con su consorte Yocasta, al pobre Edipo.

 

De la tragedia que el destino condena a Edipo todos y todas estamos al tanto, desde Homero, pero sobre todo por Sófocles. En su descargo, quede al menos claro que en materia de incesto, el célebre tebano educado en Corinto por Pólibo y Mérope no fue el primero en transgredir el tabú: por lo menos uno de sus ancestros, el más importante de todos, fue un incestuoso consuetudinario: Zeus, el padre de los dioses.

 

Así, en la tragedia de Edipo, se despliega no sólo la fatalidad del destino, sino también un eco ancestral de una moral quebrantada. En una cosmovisión en la cual el destino juega tanto con los mortales como con los dioses, el incesto no sólo es un crimen, sino un reflejo de la naturaleza humana.


Edipo y la Esfinge. Kílix ático de figuras rojas.

Atribuido al Pintor de Edipo por Beazley; 500 - 450 a.C.