Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 2 de octubre de 2015

2500: la odisea de Ulises

Dan Richter es un mimo que alguna vez sacó de un apuro a Stanley Kubrick. Ocurrió hace casi medio siglo, a finales de septiembre de 1967. Corrían los últimos días de la filmación de 2001: A Space Odyssey, y ya sólo faltaba lo que habían dejado al final: el principio. El cineasta ya lo había intentado con bailarines, actores, payasos, y nada lograba convencerlo: las escenas de El amanecer del hombre, el episodio inicial de la película, seguían faltando. Cuando se reunió con el mimo, Kubrick le expuso el reto y fue muy claro respecto a lo que no quería: “Dan, no quiero que parezcan hombres metidos en trajes de changos”. El resultado que logró el Richter después de pasar horas observando simios en el zoológico de Londres fue maravilloso, no sólo como coreógrafo y director artístico de las escenas de los homínidos, también en el papel que interpretó en la cinta: el apeman que concibe por primera vez un hueso como herramienta y arma.

2001: A Space Odyssey sería estrenada en 1968; un año más tarde, el año en el que el hombre llegó a la Luna, la producción conseguiría tres nominaciones al Óscar. Sólo ganó uno: el Óscar a los Mejores Efectos Visuales, realizados personalmente por Kubrick. El premio a la mejor dirección sería para Carol Reed, por Oliver! —un musical prescindible—, y el que se concede al Mejor Guión Original se otorgó a Mel Brooks, por The Producers. Varios años después, Dan Richter publicaría Moonwatcher’s Memoir: A Diary of 2001: A Space Odyssey (2002), un libro en la que narra cómo fue que lo contactaron y cómo ideó la solución al problema de conseguir que aquella actuación lograra verosimilitud. Arthur C. Clark, coautor del guión de la película junto con el propio Kubrick, escribió el prólogo de las memorias del mimo, un breve texto en el que, entre otras cosas, recuerda que una de las decisiones de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas lo encolerizó…, y no, no fue aquella que impidió que se llevara a su casa la estatuilla por su guión —él, autor de los cuentos originales en los que se basó Odisea, El centinela (1951) y Encuentro al amanecer (1953)—, sino el premio honorario que se concedió a Planet of the Apes por los disfraces y el maquillaje con los que fue posible dar vida a la sociedad de los simios. La furia de Clark se comprende: los jurados no consideraron a los homínidos de la película de Kubrick porque creyeron que se trataba de monos de verdad.


La cinta El planeta de los simios, la primera, se estrenó también en 1968. Dirigida por Franklin J. Schaffner y estelarizada por Charlton Heston, la película fue filmada a partir de un guión de Michel Wilson y Rod Serling, el cual es una adaptación de la novela francesa homónima, de Pierre Boulle (1912-1994). Oriundo de Aviñón, fue prolífico, pero dos novelas le valieron fama internacional, en ambos casos porque dieron origen a sendas producciones cinematográficas taquilleras: El puente sobre el río Kwai (1952) y la que nos interesa ahora, El planeta de los simios (1963).

Sin mayores despliegues literarios, la novela de Boulle sencillamente cuenta con sobrada suficiencia una gran historia. El pretexto que da pie a toda la novela es un recurso viejísimo de la literatura de ficción: Jinn y Phyllis, una pareja de acaudalados turistas interestelares, se topan en el espacio con una botella, en cuyo interior encuentran un manuscrito; se trata de la gran aventura que vivió un hombre, narrada por él mismo. En la novela el protagonista no es un astronauta de la NASA, como en la película, sino un periodista, Ulises Mérou. Él relata que en el año 2500 una “nave cósmica” partió de la Tierra en expedición científica; a bordo iban, además del protagonista, el sabio profesor Antelle, el físico Arturo Lavaín, “algunos pájaros y mariposas” y un chimpancé, llamado Héctor. Después de viajar durante dos años —“entretanto, nuestra Tierra envejecía tres siglos y medio”—, detienen su peregrinar en el segundo planeta del sistema de la estrella Betelgeuse, al que deciden llamar Sóror. En el mundo al que llegan, los humanos son bestias sin habla, en quienes no se atisba inteligencia —“la anomalía residía en la emanación de aquellos ojos, en una especie de vacío, una ausencia de expresión…”—, mientras que los grandes primates son los seres civilizados, “el simius sapiens que formaba las tres puntas extremas de la evolución: el chimpancé, el gorila y el orangután”. Ulises tendrá oportunidad de dialogar con algunos monos sabios del Instituto de Investigaciones Biológicas. ¿Por qué los humanos no evolucionaron en Sóror, y en cambió sí los simios? La doctora Zira, una chimpancé ilustrada, responde lo que en su mundo se ha especulado al respecto: “Ciertamente el lenguaje había sido un factor esencial. Pero ¿por qué los simios hablan y los hombres no? Sobre este punto, las opiniones de los sabios divergen. Algunos veían en ello una intervención divina. Otros sostenían que el espíritu de los monos era debido, antes que nada, a que tenían cuatro manos hábiles”.
Las diferencias entre la historia que cuenta Pierre Boulle y las adaptaciones cinematográficas, la primera y todas las que siguieron, son muchas. Es un libro que hay que leer, una novela que acicata el pensamiento, y que dejo encendida una alerta que muy pocos han querido escuchar…: “Se ha apoderado de nosotros una pereza cerebral”.

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