Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

jueves, 10 de septiembre de 2020

¡Oh, ciborg!, ogro, bicho…

Mire a su alrededor:

somos los diseñadores inteligentes de todo lo que ves.

Gaia Vince, Transcendence. 

 


“Si un pez deseara vivir en la tierra, no podría hacerlo. Pero —hipotetizan Clynes y Kline— si hubiera un pez particularmente inteligente e ingenioso, que hubiera estudiado bastante bioquímica y fisiología, fuera ingeniero cibernético, y tuviera excelentes instalaciones de laboratorio a su disposición, ese pez podría diseñar un instrumento que le permitiría vivir en tierra y respirar el aire con facilidad.”

 

Creo que sería mucho más fácil encontrar un pez súper inteligente y estudiado que uno que tuviera el más mínimo deseo de no vivir como vive. 

 

 

Hace 60 años fue publicada por vez primera la palabra cyborg. En la página 31 de edición del 22 de mayo de 1960 del NYT, un enorme anuncio de ropa y accesorios para dama de venta en el Arnold Costable de la Quinta Avenida dejaba apenas una apretada columna a una nota que quizá pasó de largo la mayoría de los lectores: SPACEMAN IS SEEN AS MAN-MACHINE; Scientists Depict the Human Astronaut as Component of a 'Cyborg' System. Se daba cuenta de un idea que unos días antes un par de científicos había propuesto en un congreso organizado por la NASA para hablar de los aspectos psicofisiológicos de los viajes espaciales: “Un cyborg es esencialmente un sistema hombre-máquina, en el que los mecanismos de control de la porción humana son modificados por drogas o dispositivos reguladores para que el ser pueda vivir en un entorno diferente al normal”.

 

Poco después, en la edición de septiembre de 1960 de la revista Astronautics, en la página 26 reapareció el vocablo: Cyborgs and Space. No era un cuento de ciencia ficción, sino de una ponencia científica. En coautoría con Nathan S. Kline —entonces profesor de psiquiatría en la Universidad de Columbia—, firmaba Manfred Edward Clynes.

 

Pertinente resulta que haya sido un mulo, un híbrido, quien acuñó la palabra cyborg. Manfred E. Clynes, quien falleció el mes de enero pasado, fue un judío polímata austriaco-australiano-norteamericano. Nació en Viena (1925) y, junto con su famila, tuvo que escapar a Australia del pogromo nazi (1938). Estudió música e ingeniería en la Universidad de Melbourne. Fue inventor, biólogo, informático —inventó la CATcomputer—, fisiólogo, neurocientífico y músico. Destacó en todas las disciplinas en las que metió su cuchara. En mayo de 1953, recibió una carta: “Le estoy realmente agradecido por el gran disfrute que me ha brindado su interpretación al piano. Combina una visión clara de la estructura interna de la obra de arte con una rara espontaneidad y frescura de concepción”. La misiva la firmaba un tal Albert Einstein. 

 

La tesis de Clynes y Kline era sencilla: “alterar las funciones corporales del hombre para satisfacer los requisitos de los entornos extraterrestres sería más lógico que proporcionarle un entorno terrenal en el espacio. Los sistemas artefacto-organismo que extenderían los controles inconscientes y autorreguladores del hombre son posibles”. Desde el primer párrafo arremetían con una noción que en 1960 a muchos debió de parecerles exorbitante y a otros tantos una herejía: la carrera espacial “invita al hombre a tomar parte activa en su propia evolución biológica”.

 

 

Cyborg no es una palabra sinantrópica —es decir, creada por todos y por nadie, por la evolución cultural—, sino una palabra domesticada, creada conscientemente por alguien con un propósito semántico determinado. Cyborg es un acrónimo; se forma con cyber, ‘cibernético’, y organism, ‘organismo’, así que es una abreviación de “organismo cibernético”. El adjetivo no es sinónimo ni de digital ni de electrónico, ni siquiera de tecnológico. Cybernetics, otra palabra domesticada, es un concepto facturado en 1948 por el matemático norteamericano Norbert Wiener. Manfred E. Clynes empleó cibernético “en el sentido definido por Wiener, como un adjetivo que denota el ‘campo completo de la teoría del control y la comunicación, ya sea en la máquina o en el animal’. A primera vista, organismo cibernético parece inapropiado porque todos los organismos son cibernéticos en el sentido de que interactúan con el mundo a través de la información”. Sin embargo, en el desarrollo de la ponencia queda claro que un cyborg es “un organismo extendido cibernéticamente, un organismo extendido mediante tecnología” (Ronald Kline, Where are the Cyborgs in Cybernetics?). Un cyborg es un ente artefacto-organismo.

 

 

Cyborg pasó al español tal cual: ciborg. La Real Academia Española —que lo escribe con tílde, como vídeo— no lo incorporó a su diccionario sino hasta 2014, y actualmente provee una definición fallida: “Ser formado por materia viva y dispositivos electrónicos”. ¿Electrónicos? El error se entiende si uno busca cibernética en el diccionario de la propia RAE… ¡No aparece!


 

Este estrambótico 2020, Gaia Vince publicó un ensayo ambicioso e inteligente: Transcendence. How humans evolved through fire, language, beauty and time (Basic Books) —es su segundo libro; en 2014 dio a conocer Adventures in the Anthropocene: A Journey to the Heart of the Planet We Made—. La escritora birtánica-australiana combina la perspectiva macrohistórica —como la de David Christian en Mapas del tiempo y la de Yuval Noah Harari en De animales a dioses— con el análisis de la evolución cultural en tanto parte de la evolución natural, como lo ha hecho Daniel Dennett. Parte del planteamiento de que en realidad “todos nosotros somos ciborgs, puesto que ninguno podría sobrevivir sin nuestros artilugios tecnológicos.” Más allá de los lentes, la ropa, los zapatos, los marcapasos, Gaia Vince se refiere al extraordinario mecanismo de adaptación de los sapiens al que llamamos cultura: “Hemos desarrollado dispositivos increíblemente diversos y complejos, pero también hemos desarrollado lenguajes, obras de arte, sociedades, genes, paisajes, alimentos, sistemas de creencias y mucho más. De hecho, hemos desarrollado todo un mundo humano, un sistema operativo social”. ¿Y por qué? Quizá porque sería tan difícil encontrar un pez inteligente especializado en cibernética que un ser humano que no deseara vivir mejor de como vive.

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