Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 23 de mayo de 2009

Infusión en Londres

La expectación mantenía en vilo a unas veinte mil personas. La O2 Arena de Londres, la estructura de techo único más grande del mundo, en esos momentos era una descomunal olla express que apenas podía contener la garrafal presión de sentimientos variopintos, distintos todos respecto a todos, emisario cada uno de historias diversas, unos más acompañados que otros pero todos individuos, únicos, diferenciados y por eso mismo urgidos de sumarse a una sincronía colectiva, a la ilusión de integrarse a algo mucho más vasto que sus escuálidas biografías y menos limitado que sus cuerpos. Recuerdas entonces el té de frutas secas que desayunaste en la mañana nomás aterrizaste en el Heathrow: el confeti misterioso de lascas vegetales que a pesar de su feroz pluralidad de colores, tamaños, consistencias y formas terminó entintando el agua caliente de un rojo tenue y parejo, comunión de los desemejantes: Somos una infusión de esperanzas, pensaste, todavía en español porque para esas horas aún brincas del inglés a tu lengua materna. Y justo a las nueve, puntual, el poeta apareció: la emoción se desata y todos reciben de pie a Leonard Cohen, aplaudiendo, gritando, chiflando, chillando de gusto porque hay la fe compartida de que un milagro está a punto de consumarse. Thank you so much, friends. Traje cruzado a rayas, sin corbata pero con la camisa abotonada hasta el cuello —At my age if you don´t wear a suit people think you´re homeless— y con un fedora-hat cubriéndole la plateada cabeza. Niño travieso, paladea cada palabra desde las alturas de una humildad conseguida a golpe de verdades y mentiras bien versadas: So very kind of you to come to this. La respuesta del respetable es casi un reparo: no espetes estulticias, tótem canadiense, gracias a vos. Afortunados los presentes aquí, en la península de Greenwich, hoy, julio 17 de 2008, a punto de despacharse con Cohen y su banda una sobredosis de catarsis. Y a lo que te truje: la primera de la noche, Dance Me to the End of Love. Hace apenas unos minutos una de las cincuentonas que tienes a un lado señalaba filas más abajo al exministro de Cultura, Chris Smith, mientras que un adolescente treintañero que no quiso quedarse atrás apuntó con el índice al pinkfloyd David Gilmour, pero ahora todos son uno, infusión lograda al calor de la poesía, hasta tú, recién llegado de Tenochtitlán: Dance me to your beauty with a burning violin… Ovación; Cohen entiende e ironiza: Thank you for joining us, at a place just the other side of intimacy… Entonces, a pesar de que hay miles de orejas atentas, la voz de Leonard viene directito a las tuyas cuando se dirige a los que, según sabe, llegaron a Londres a pesar de inconvenientes financieros y geográficos… ¡Utss!, inconvenientes, no me digas, le dices tú, sin un clavo en la cartera, tú que dejaste del otro lado del Atlántico todas las naves quemadas. No caes en el drama idiota del desagradecido, y te tiras con todos a corear The Future con el monje budista que susurra netas en el escenario: Things are going to slide, slide in all directions / Won't be nothing / Nothing you can measure anymore / The blizzard, the blizzard of the world / has crossed the threshold / and it has overturned / the order of the soul. Y como entró corriendo, como se hincará varias veces a venerar los solos de Javier Mas, como no le faltará una chispa de energía durante las más de tres horas que durará el concierto, qué bueno que Cohen se da tiempo para recordarnos que a la gran mayoría de nosotros nos queda mucha cuerda: nos cuenta que la última vez que estuvo en la capital de Inglaterra fue hace quince años, durante su última gira, when I was just a 60-year-old kid with a crazy dream. Y se siguió el septuagenario con una de sus lapidarias: Ain´t No Cure for Love y Bird on a Wire. Interpretaría veintiséis canciones; seis músicos, tres vocalistas –las Webb Sisters y Mariana Trench–, el ensamble con el cual el juglar de Montreal, generoso, te recordaría que, en su origen y a final de cuentas, poesía y música son la misma cosa, y que, como dijo Nietzsche, sin música la vida sería un error. Al final tú te quedas enganchado del verso aquel que, acopando con las manos el micrófono, Leonard Cohen balbucea para dejar claro que siempre queda una grieta para la esperanza: There is a crack in everything / That's how the light gets in. Armado así, ya podrás lavar platos durante varios meses para juntar el dinero del vuelo de regreso.

Y yo que no estuve ahí, como tú, aminoro sólo un poco mi dolorosa envidia porque el 31 de marzo Columbia comenzó a vender el álbum doble de aquel portento: Live in Lond.

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