Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 28 de mayo de 2010

Compasión en la Caja Negra

“Todos fuimos indios o vaqueros en otra vida. Es una experiencia obligatoria en la evolución del alma humana”. En estricto sentido, una afirmación irrebatible. ¿La pronunció él o fue ella? El caso es que lo escuchamos todos. Todos éramos los 45 afortunados que esa noche de un viernes infernal logramos entrar a la Caja Negra del Centro Universitario de Teatro (CUT). No nos costó un quinto. Eso sí, hubo que llegar al CCU desde las siete y cuarto de la noche, cruzar el área de los teatros, pasar la Sala Netzahualcóyotl y formarse.

El público ingresa al recinto para, ningún telón de por medio, topárselos: prácticamente sin ningún soporte escenográfico, diez actores en escena. Tres varones. Siete mujeres. Ana María Aparicio, Esmirna Barrios, Raúl Briones, Katia Castillo, Sabina Cobos, Miguel Pérez, Abril Pinedo, Mariano Ruiz, Carla Soto y Yosahandi Vega.

El espectáculo escénico: Desierto bajo escenografía lunar, una concepción del dramaturgo Alberto Villarreal Díaz (Ciudad de México, 1977). “Yo no debo comenzar. Cuando comienzo suelo sonar a finales..., desde el principio”. El primer parlamento. ¿Quién habla? Una mujer que en otra vida fue una estrella secundona de cine mudo de Jallywood. El diálogo inicial de la obra, entre un él y una ella, los dos lanzados por los otros al primer término del proscenio: aterrados, él fuma, ella tiembla. “Yo termino cosas y no empiezo ninguna”. ¿Fobia a las aperturas? La pieza teatral, según su autor, fue pensada como “un amuleto creativo que acompañe la vida actoral de la generación 2006-2010 del CUT”. Entonces, ¿clausura escolar o albores profesionales? Ambos: igual que todos, estamos, mientras estamos, atrapados entre un principio que no determinamos y un fin que nos llegará de sopetón. Los diez chavos, espléndidos; magnífico despliegue de capacidades actorales que, me late, sólo permite el hambre de hacerse un hueco: “¡Quiero un mundo inconsolable por mi desaparición!”, desgarrador, el bramido con el que cierra el primer tramo quien fuera actriz secundona... ¿De qué va entonces la puesta en escena? Probablemente de la monserga de los paréntesis de principio y fin impuestos entre los cuales transitamos...

Con enorme acierto, el espectáculo intercala piezas coreográficas de inteligente factura (la asesoría dancística corre a cargo de Irma Montero), ejecutados muy bien, incluso en un caso (la chica 144) extraordinariamente. Ya desde el primer bailongo, un sabroso danzón, casi se llega a rozar el paroxismo. Después del zapateado, un monólogo: la historia de la primera niña nacida en la luna. Fisgona, la escuincla posee un telescopio para mirar la Tierra. Entre sus juguetes, muñecos de indios y vaqueros..., y claro, hay un indio que se enamora de una vaquerita rubia y de buen cuerpo. ¿Pero para qué contar el cuento? “Todo el mundo ya se sabe los finales.”

Después un canto-baile (Piggies, de George Harrison) pendular entre lo grotesco y lo festivo: el disfrute de la bobería en bola, realzado por la presencia de un testigo ajeno al jolgorio, con el bastón al piso y la tristeza aparcada en el rostro. Crece entonces un ramal estupendo: un dialogo entre un director de cine y una actriz, continuamente interrumpido por sendos monólogos que como muñecas rusas van apareciendo uno dentro de otro. Los histriones aquí se lucen de lo lindo, sobre todo ella: los espectadores vemos actuar entonces a una chava recién egresada del CUT interpretando a un actriz sobreactuada que luego actúa una escena de una película disparatada, que no acaba porque, ahora sí franca y ella misma, la actriz interpretada no la intérprete, narra: “Yo escribí un cuento lunar...” El relato se refiere a la primera niña nacida en la luna, y entonces uno, lento, comienza a atisbar que el relajo teatral que presencia no es un ocurrente apilamiento de buenas puntadas, sino que los tramos forman parte de un mismo camino..., aunque quizá éste sea circular.

No puedo asegurar que el canto que a continuación interpretan los siete actores sea un himno soviético, a eso suena, pero cambio sí puedo decir que lo que los espectadores observamos es un cartel animado con toda la estética del realismo socialista. ¿A quién cantan mirando al cielo? ¿A quién buscamos allá arriba?

Dos mujeres hablan de dios. Una de ellas conversa con él, la otra no y por eso le pide que le transmita un mensaje. Quizá dios no la quiera escuchar porque ella lo juzga: “Él cree que todo el mal que hacemos lo hacemos para molestarlo. Es paranoico”. Con todo, le pide a la otra: “Quiero que le digas que lo comprendo”. Y aunque queda mucha puesta en escena por delante, uno puede preguntarse, mientras los histriones bailan una suerte de tango frenético, ¿de qué va entonces todo esto? Probablemente de la compasión. Mucho teatro más adelante, la lunática les dirá a todos, nos dirá: “Todos ustedes ya se odiaban de otras vidas”. Indios y vaqueros vistos desde la luna.

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