Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 16 de mayo de 2014

Aquellos mexicanos I

Hace un par de años, la Cámara Nacional de la Industria del Vestido divulgó los resultados del estudio que realizó con el apoyo del INEGI en torno a los tamaños corporales de mexicanos y mexicanas. Según las mediciones efectuadas a una muestra de casi dieciocho mil connacionales, en promedio, en este país los varones alcanzamos una alzada de 1.64 metros, con un peso de 74.8 kilos, en tanto que las féminas reportan una altura de 1.58 metros y un peso de 68.7 kilos. Es decir, como bien se sabe y fehacientemente puede apreciarse en la calle y en los espejos, en general somos gordos y chaparros. De poco más de dos centurias para acá hemos embarnecido y quizá hasta acortado la estatura, porque el retrato que a finales del siglo XVIII hacía el padre Francisco Xavier Clavigero de la mayoría de los habitantes de estas tierras, entonces Virreinato de la Nueva España, pintaba otros personajes: “Los mexicanos tienen una estatura regular, de la que se apartan más bien por exceso que por defecto, y sus miembros son de justa proporción; buena carnadura…” La descripción del historiador jesuita en exilio se refiere a la población indígena, a los naturales; en principio, a la nación de los mexicanos o mexicas, y por extensión a “las [demás] naciones que ocuparon la tierra de Anáhuac antes de los españoles”. Los indios de su tiempo eran de “frente estrecha, ojos negros; dientes iguales, firmes, blancos y limpios; cabellos tupidos, negros, gruesos y lisos; barba escasa, y por lo común poco vello en las piernas, en los muslos y en los brazos”.  En cuanto a la melanina, curiosamente no se refiere a ellos como morenos o prietos —estoy empleando la traducción del italiano al castellano que realizó J. Joaquín de Mora, la cual sirvió para la edición de la Historia Antigua de México que en 1844 publicó la Imprenta de Lara, localizada en Palma No. 4, en la Ciudad de México—. Clavigero utiliza una referencia más bien extravagante: “Su piel es de color aceitunada”. Con todo, por muy mediterráneo que pueda hubiera podido sonar y suene aquello, el criollo veracruzano no se anda por las ramas en cuanto a sus criterios estéticos en materia de tinturas epidérmicas: “Lo desagradable de su color, la estrechez de su frente, la escasez de su barba, y lo grueso de sus cabellos, están equilibrados de tal modo con la regularidad y la proporción de sus miembros, que están en justo medio entre la fealdad y la hermosura. Su aspecto no agrada ni ofende, pero entre las jóvenes mexicanas se hallan algunas blancas, y bastante lindas, dando mayor realce a su belleza la suavidad de su habla y sus modales, y la natural modestia de sus semblantes”. Es decir, que de acuerdo al buen ojo del religioso algunas nativas se salvaban, con la ventaja adicional de que los contrahechos eran escasos: “No se hallará quizás una nación en la Tierra en que sean más raros que en la mexicana los individuos disformes. Es más difícil hallar un jorobado, un estropeado, un tuerto entre mil mexicanos, que entre individuos de otra nación”.

Mexicanas preparando comida. Ilustración en Francisco Xavier Clavigero. The History of Mexico. Collected from Spanish and Mexican historians, from manuscripts, and ancient paintings of the Indians. Illustrated by charts, and other copper plates ... Londres, 1807.
A diferencia de las malas mañas que hoy cunden por nuestros comedores, restaurantes, changarros y cocinas, aquellos mexicanos seguían siendo “sobrios en el comer”, así que resulta consecuente que el historiador novohispano dé cuenta de alientos frescos: “Jamás se exhala de la boca de un mexicano aquella fetidez que suele ocasionar la corrupción de los humores, o la indigestión de los alimentos”. El problema no estaba aún en la comida, pero la relación con la bebida ya era un escándalo: “es vehementísima su afición a los licores fuertes. En otros tiempos la severidad de las leyes les impedía abandonarse a esta propensión”. El asunto no es menor; Clavigero enjuicia duro y bien leído lo que apunta dejaba ya ver un futuro poco prometedor: “hoy la abundancia de licores, y la impunidad de la embriaguez trastornan el sentido a la mitad de la nación”. Ni más ni menos: un borracho por cada sobrio. Eso sí, ni una palabra acerca de mariguanos, peyoteros, hongueros u otros consumidores de psicotrópicos. De hecho, sin pudiéramos hacer como que no vemos el espanto del alcoholismo, el diagnóstico con el que los indios dieciochescos novohispanos salen retratados por el sabio jesuita es bastante bueno: “Su complexión es sana, y robusta su salud. Están exentos de muchas enfermedades que son frecuentes entre los españoles, pero son las principales víctimas en las enfermedades epidémicas a que de cuando en cuando está sujeto aquel país”. Asediados pues vivían los pobres mexicanos por las viruelas importadas; eso sí, los indios la libraban de los contagios mortales de las pestes traídas de Europa, dice Clavigero que eran longevos: “Encanecen y se ponen calvos más tarde que los españoles, y no son raros entre ellos los que llegan a la edad de cien años”.

Hasta aquí la descripción que Francisco Xavier Clavigero hace de los mexicanos —que no eran como él, aunque él mismo se asumiera también mexicano y compatriota de aquellos—, para dejar dispuesta la siguiente entrega a su “retrato moral”.

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