Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 23 de julio de 2016

Paniaguados

Un abrazo y toda mi solidaridad a Sergio Aguayo.


Como cada día es más y más sumiso, lambiscón y fullero, desde hace mucho que no abro el Excélsior si no es para leer un par de columnas: “¿Qué me pongo?”, de Marcelino Perelló, y “La República de las letras”, de Humberto Musacchio. El jueves de la semana pasada, Musacchio empleó una curiosa palabrita: paniaguado. Luego de recordar en el párrafo inicial de su texto que Carlos Salinas “impuso como candidato priísta a un pequeño tecnócrata” —se refiere, claro, al único egresado del IPN que ha llegado a Los Pinos—, “individuo que traicionó a su benefactor y le hizo la vida imposible para acabar entregándole la Presidencia de la República al PAN o, más bien, a un bárbaro” —se refiere, obvio, al único empleado de la Coca Cola que ha llegado a Los Pinos—, elucubra y continúa el relato: “La lección fue que el presidente en turno ya no debía elegir sucesor, y que hacerlo tenía un altísimo costo. Vicente Fox quiso imponer a uno de sus paniaguados y no pudo”. Dada la temática, más de uno podría irse con la finta y dar por bueno el supuesto de que un paniaguado podría ser algo así como un miembro aguachinado del Partido Acción Nacional, como decir un panista muy tibio… Pero no, no es así…

La palabra paniaguado existe y no es un neologismo; su primera aparición en un diccionario de nuestro idioma data de 1591 (Bibliothecæ Hispanicæ pars altera). Miguel de Cervantes Saavedra la emplea en Don Quijote de la Mancha; en la segunda parte de la novela, publicada en 1615, hace que Sancho Panza, a medio coloquio, le diga al escudero del Caballero del Bosque:
— No hay camino tan llano, que no tenga algún tropezón o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas; más acompañados y paniaguados debe de tener la locura que la discreción. Mas si es verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío.
Sancho sostiene, pues, que no hay vida que transcurra sin sobresaltos y uno que otro problema, y después, con aquel viejo refrán de las habas y las calderadas, afirma que si bien todos sufrimos determinadas penas, las suyas son las más graves. ¿Por qué? Se explica enseguida al decir que “más acompañados y paniaguados debe de tener la locura que la discreción”,  esto es, que más acompañantes y sirvientes hay para los locos que para los cuerdos, situación que a ambos padecen siendo como son escuderos de dos chalados. Aunque eso sí, no cualquier tipo de sirviente, sino uno de muchas confianzas, o como hoy se dice todavía en México respecto a algunas trabajadoras domésticas, alguien como de la familia. Se constata aquí que durante el Siglo de Oro español paniaguado no sólo se refería a un “criado o dependiente, alimentado en la casa del amo”, sino que también tenía un sentido amplio de “familiar, amigo íntimo, alimentado en la casa de uno como un criado o un hijo”. Justo así lo consignaría el Diccionario de Autoridades (1737), al establecer commensalis y familiaris como las plabras latinas en que puede expresarse paniaguado.

Y la voz sigue viva, no es un anacronismo: en su edición actual, el diccionario de la Real Academia señala dos acepciones; a saber:
1. m. y f. Persona que servía en una casa y recibía del dueño de ella habitación, alimento y salario. Era u. t. c. adj.2. m. y f. despect. Persona allegada a otra y favorecida por ella. U. t. c. adj.
En ambos casos, un paniaguado o una paniaguada es una persona a quien alguien más paniaguó o está paniaguando, porque, tal y como suena, paniaguar significó “alimentar, dar el agua y el pan”. ¿Y a quién se encarga de alimentar uno, aunque sea a pan y agua? Pues a la prole y a los sirvientes, por supuesto, pero también a los secuaces. La segunda acepción, como se observa, es despectiva, esto es “que incluye menosprecio en su significado”. Apuesto que tal es el sentido con que Humberto Musacchio la usa en su texto. 

Pienso que la palabrita es rica en contenido y deberíamos echar mano de ella. Lo primero que me vine a la cabeza es que precisamente ahí radica uno de los vicios más execrables de la forma en que se estructura no sólo de la jerarquía política sino también la burocracia de nuestro país: por supuesto, no se trata de una meritocracia —la forma de gobierno basada en el mérito— sino de una paniaguadocracia. Los puestos se otorgan a los criados que son de todas las confianzas, a los allegados, a los que se les tiene a pan y agua, maiciados, centaveados… Cliens domesticus.


Pokémon Go

La semana pasada decía que a Foucault murió antes de Internet, “la heterotopía omnipresente, el maravilloso compendio de artilugios que permiten hoy autodeportarse del espacio y tiempo reales, y cancelar la relación directa con el aquí y el ahora”. Cuando escribí esto no tenía noticia alguna del dichoso Pokémon Go. Lo que hoy vemos como un juego bastante estúpido está montado en la poderosa tecnología que posibilita implantar entes virtuales en la realidad concreta por medio de dispositivos, e interactuar con ellos. Esto, estoy seguro, modificará aun más drásticamente nada más dos cuestiones: 1) nuestra relación con el tiempo y el espacio, y 2) nuestra naturaleza.

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