Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 10 de noviembre de 2018

El cronoscopio

La vida sólo puede entenderse hacia atrás;
pero hay que vivir hacia delante.
Søren Kierkegaard


Sin ánimo de infamar a nadie, puedo afirar que Isaak Yúdovich Ozímov —de origen Исаáк Ю́дович Ози́мов— no habría necesitado disponer de un aparato fantástico que le permitiera fisgonear en tiempos pretéritos, para tener noticia y certeza de que a principios de la década de los ochenta, pero del siglo XIX, el marsellés Eugène Mouton (1823-1902) había escrito una narración en la que dio existencia literaria a un prodigioso telescopio eléctrico, a través de cual era posible “ver realmente lo que aconteció en el pasado”. El texto se titulaba L’historioscope e igual se denominaba el mentado artilugio. Para saberlo, el señor Ozímov no habría requerido haberse equipado con tal portento, puesto que monsieur Mouton no guardó en secreto su ocurrencia, sino que publicó la narración en su libro Fantaisies (1883). Que conste que no estoy afirmando categóricamente que el señor Исаáк Ю́дович Ози́мов, mejor conocido como Isaac Asimov, haya leído la noveleta del galo decimonónico, pero sospecho que sí… A ver, juzgue usted…


En su edición de abril de 1956, la revista norteamericana Astounding Science Fiction —por aquellos ayeres, cuando el impreso se encontraba en plena época de oro, la gente podía comprarlo en los puestos de periódico por 35 centavos de dólar—, publicó dos novelas cortas (novelettes), un cuento (short story) de Algis Budrys, una novela por entregas (serial), un artículo y las colaboraciones de algunos lectores; 162 páginas en total… En la ilustración de la portada, a todo color, dos de los personajes de Double Star, la novela seriada de Robert A. Heinlein que concluía en aquella edición. Después de las páginas con el cupón de suscripción y el índice, en la 4, la editorial con que abría el número —The Group and the Individual— arrancaba con una definición que no tiene desperdicio: “Básicamente, la Sociología es el estudio de cómo se comportan los grupos de seres humanos…” Al final de la siguiente página —“… los estudios estadísticos del comportamiento humano pertenecen al campo de la Sociología…”—, se enviaba al lector interesado a continuar aquellas sesudas reflexiones en la 160, porque enseguida comenzaba el plato fuerte del mes: The Dead Past, El pasado muerto, una novela corta —en la revista terminaba en la página 46— firmada por Isaac Asimov, entonces ya un escritor estelar y en ascenso. El texto fue ilustrado con dibujos originales de Van Dongen. En la página inicial, después de un retrato del protagonista de la narración, el doctor Arnold Potterley, un epígrafe del todo pertinente para adentrarse en el asunto: Hay un viejo dicho: Dejemos que el pasado muerto entierre a sus muertos ... Pero, ¿cuánto tiempo tiene que pasar para que el pasado muera?

En 1956, Asimov (1920-1992) —un inmigrante judío oriundo de Petróvichi, pequeña localidad de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, y llegado a Estados Unidos en 1923—, aunque ya ganaba mucho más dinero como escritor profesional, trabajaba impartiendo clases de Bioquímica en la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston. De igual forma, el doctor Arnold Potterley, personaje central de El pasado muerto, es un docente universitario, él especializado en Historia de la Antigüedad. El propio Asimov contó alguna vez que después de haber dedicado siete años de su vida a la enseñanza —“Estaba  saturado del mundo de la investigación científica”— escribió esta narración, la cual llegó a considerar la más autobiográfica de todas sus obras: “Naturalmente, cualquiera que escriba va a revelar, por más que lo quiera hacer o no, el mundo en el que está inmerso. Nunca he tratado de evitar que mi vida personal se introduzca en mis historias, pero debo admitir que rara vez se ha deslizado tanto como lo hizo en esta. Como ejemplo de cómo funcionan mis historias, considera esto: mi protagonista estaba interesado en Cartago porque yo mismo soy un gran admirador de Aníbal y nunca he superado la batalla de Zama. Introduje a Cartago, ociosamente, sin ninguna intención de tejerlo en la trama. Pero igual se entremezcló. Eso me pasa una y otra vez. Algunos escritores meticulosamente elaboran las historias a detalle antes de comenzar, y se adhieren al esquema… Pero yo no lo hago así. Elaboro mi final, decido un comienzo y luego prosigo, dejando que todo se resuelva por sí mismo cuando llego a él”.


En El pasado muerto —novela corta que al cabo de algunos años se convertiría en un clásico de la ciencia ficción—, Isaac Asimov fantasea con la creación de un instrumento maravilloso, el cronoscopio, el cual, igual que el historioscopio de Eugène Mouton permite mirar, como en una película, todo lo ocurrido en el pasado… El relato del francés ocurre en el presente, en el presente del protagonista que también es un investigador académico, mientras que la noveleta de Asimov acontece en un futuro distópico… Lo mismo que sucede con el funcionamiento del viejo historioscopio, en el cronoscopio “las imágenes no se mueven a mayor velocidad en el cronoscopio que en la vida real”, así que si alguien se dedicara a espiar un día histórico específico, tendría que dedicar a la tarea un día de su presente… ¿Una trampa depresiva?

Isaak Asimov valoró The past dead lo suficiente como para incluirlo primero en su libro Con la Tierra nos basta (Earth Is Room Enough, 1957), y después en el volumen The best of Isaac Asimov, de 1973. Hoy lo puedes encontrar en tres o cuatro teclazos en la web

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