Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

martes, 24 de febrero de 2009

El crepúsculo de los vamprios heterosexuales

Camino sobre Madero: de Eje Central rumbo al Zócalo. Voy en pos del título más barato que pueda encontrar de Le Clézio. Un concierto de los Pretenders me aisla de todo, así que casi llegando a la Gandhi me doy cuenta que la calle se ha vuelto peatonal. Lunes, son las tres de la tarde, y no entiendo el milagro. Me quito los audífonos y el estruendo de la consigna aparece:

— ¡Marcela fuera, Marcela!


El contingente se aproxima. Traen mantas que tachan al gobierno de Marcelo Ebrad de fascista. Serán unas quinientas personas. Portan retratos del jefe de Gobierno con bigotito a la Hitler. Aguardo a que se acerquen…


— ¡Marcela fuera, Marcela! ¡Marcela fuera, Marcela!


Uno de los acarreadores que viene al frente reparte entre los peatones algunos papeles. Se aproxima a mí y le pregunto:


— ¿Le dicen Marcela a Ebrad?


— No, es que queremos que renuncie Mancera, el procurador Mancera... –y voltea a ver a la raza que lo sigue...–, pero ya ves, pinche gente, no entiende nada.


— ¡Marcela fuera, Marcela! ¡Marcela fuera, Marcela!


Entro a la librería. Un par de chavas disfrazadas de ejecutivas neoyorquinas va saliendo; una le dice a la otra: — ¿Ya ves?, te dije que dicen que Ebrad es gay.


En la Gandhi ningún libro tiene precio, hay que preguntar por el de cada uno a los chavos de camisa amarilla; ellos escanean el código de barras y te informan. Explican que van a reetiquetar todos porque ahora sí viene el precio único… A ver, llevan semanas con la misma.


— ¿Y qué onda, han bajado las ventas? ¿Ya llegó aquí la crisis global?


— Pss, te diré… más o menos –me responde un dependiente con facha de anacoreta–. Lo bueno es que ahorita hay un chorro de bestsellers.


La lista del top-four en esa librería confirma que Stephenie Meyer aquí también es hoy la reina y señora de la letra impresa: Eclipse en primer lugar, seguido de Luna Nueva, Crepúsculo y luego Amanecer, todas novelas de la Meyer. Stephenie es una gringa que acaba de cumplir 35 años. Estudió letras inglesas en la Universidad de Brigham Young, en Utah, una escuela en la que cada uno de sus casi 40 mil alumnos tuvo que haber jurado un código de honor que, entre otras cosas, los condiciona a ser castos y a no meterse ni drogas ni alcohol ni tabaco ni café, vamos, ni siquiera una taza de té. Las mujeres tienen que usar faldas que por lo menos cubran sus rodillas y los hombres tienen que pedir un permiso para dejarse la barba. Claro, la UBY pertenece a una organización religiosa, en particular, a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, mejor conocida como Iglesia Mormona. Estos amigos, unos 14 millones nada más en Estados Unidos, consideran que ellos sí que siguen las enseñanzas de Jesús de Nazaret, es más, aducen que el mismo Cristo los guía por revelación directa a su Presidente de la Iglesia en turno.

En 2008, Twilght resultó el bestseller mundial; su saga ha vendido cerca de 50 millones de copias en todo el orbe, y hoy puede leerse en 37 idiomas. Y según la Mayer, todo comenzó con un sueño, igualito que la Iglesia Mormona a la que ella misma pertenece. En 1820, el púber Joseph Smith Jr. tuvo una revelación: en encuentro onírico, Cristo le tiró la neta; Smith tenía 14 años de edad y se convirtió el primer profeta de su propia iglesia. Por su parte, Stephenie cuenta que el 2 de junio de 2003 soñó la historia —protagonizada por una adolescente humana, Bella para no dejar duda de sus principales atributos, de quien un joven vampiro se enamora—, a partir de la cual tramaría Crepúsculo y las novelas que le siguen; tres meses despúes, dice, terminó de escribir el primer libro.

Si de etiquetar se trata, usemos una: dark romance. Los libros de la Meyer constituyen un ejemplazo del éxito editorial que puede tener una obra dirigida a un target group desatendido, en este caso, las lectoras púberes y adolescentes del Occidente globalizado. Pero no sólo, como el del mago Potter, el fenómeno Crepúsculo viene a sumarse al montón de evidencias de que uno de los perfiles definitorios de la cultura occidental contemporánea es el de la infantilización.

— ¿O sea que la Mayer está llenando las librerías de chavitas de secundaria, no? –cuestiono al anacoreta de camisa amarilla.

— Pss, te diré…, sí y no, porque pss también se la llevan muchas chavas ya bastante más maduritas. Y, ¿sabes qué?, a los gays también les gusta la onda de los vampiros.

— No he leído Crepúsculo, pero entiendo que son vampiros heterosexuales, ¿no?

— Pss, te diré…, ya ni con los personajes de novela se sabe… –me dice echando la mirada a la calle…

Los manifestantes vienen de regreso…: — ¡Marcela fuera, Marcela! ¡Marcela fuera, Marcela!

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