Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 19 de abril de 2026

Callos psíquicos

  

Hace poco más de cien años, un neurólogo especuló que el aparato psíquico de los humanos se origina para cubrir una necesidad biológica muy concreta: crear una “protección contra estímulos” (Reizschutz) que resguardara la sustancia viva del embate de las energías externas: Sigmund Freud, Más allá del principio del placer (1920). Este parapeto, constituido por una capa cortical inorgánica, permite que las capas profundas mantengan un nivel de excitación constante y tolerable. Sin esa barrera, el organismo estaría siempre sobrexcitado, en un estado perenne de pánico traumático, regido sólo por la descarga inmediata. Freud desarrolló esta noción en el marco de la nomenclatura energética de principios del siglo pasado, pero la preocupación por la protección del alma frente a las turbulencias del mundo exterior y las tempestades pasionales constituye uno de los ejes vertebradores de la filosofía griega clásica. Desde la ironía socrática hasta la ataraxia de los escépticos, la filosofía antigua bien puede leerse, en clave freudiana, como un vasto proyecto de construcción y mantenimiento de un Reizschutz anímico —Freud siempre se refirió al alma y a la psique como lo mismo, no hace una distinción ontológica entre Seele, “alma”, y Psyche, “psique”. Para el creador del Psicoanálisis, ambos términos designan el mismo objeto de estudio: el aparato anímico o mental y sus procesos—.

 

 

La ironía socrática

 

En los diálogos tempranos de Platón, Sócrates no despliega una doctrina sobre la naturaleza del alma, pero sí practica un método que opera como una muralla contra estímulos intelectuales y emocionales. La excitación provocada por las opiniones no examinadas amenaza con confundir, con desestabilizar nuestra psyché. La solución socrática es el élenchos (refutación), precedido por la eironeía (ironía). La confesión de ignorancia socrática actúa como un escudo cortical. Por ejemplo, en el Eutifrón, ante la pregunta “¿Qué es la piedad?”, el interlocutor vierte una cascada de definiciones cargadas de emocionalidad. Sócrates no se deja investir por ese torrente; lo procesa y devuelve atenuado, descompuesto lógicamente. La función del diálogo socrático es, en términos freudianos, ligar la excitación mediante la representación verbal para evitar el desbordamiento mental. El propio Sócrates declara (Platón, Apología, 30a-b):

En efecto, voy por todas partes sin hacer otra cosa que intentar persuadiros, a jóvenes y viejos, a no preocuparos ni por los cuerpos ni por los bienes antes que por el alma, con el fin de que ésta sea lo mejor posible.

En la teoría freudiana, este “cuidado del alma” (epiméleia tês psychês) es, precisamente, la tarea del Yo: mantener la barrera protectora para que el núcleo anímico no sea arrasado por las exigencias pulsionales o las imposiciones externas. La ironía es un Reizschutz dialéctico que impide que las opiniones ajenas penetren como perro por su casa en nuestra mente.

 

 

La caverna platónica como topología de la corteza protectora

 

Platón concibió una cartografía anímica que resuena con la distinción freudiana entre la capa cortical y las profundidades de la psique. El mito de la caverna puede interpretarse como una situación traumática para el Reizschutz. Los prisioneros, encadenados de cara a la pared, nada más ven sombras. Su barrera protectora está calibrada para un nivel mínimo de excitación lumínica. Cuando uno de ellos es liberado y forzado a mirar hacia el fuego y, posteriormente, hacia el Sol, sufre dolor físico y ceguera temporal (República, Libro VII, 515e-516a). Fenomenológicamente, Platón describe la ruptura del Reizschutz. La luz, la excitación extrema de la realidad, es tan potente que el aparato perceptivo del prisionero no está preparado para tramitarla. Necesita adaptarse gradualmente. En la metapsicología freudiana, el Yo debe aprender a dominar las excitaciones hiperintensas.

 

 

El callo psíquico como Reizschutz cínico

 

Si Sócrates utilizaba la palabra, los cínicos —doctrina fundada por Antístenes y popularizada por Diógenes de Sínope— optó por un Reizschutz radicalmente somático: el endurecimiento (askesis) contra el estímulo del placer y el dolor. Los cínicos enseñaban que la civilización multiplica artificialmente los estímulos, creando necesidades innecesarias que sobrexcitan al alma, la confunden y terminan por esclavizarla. La protección más eficaz es la eliminación activa del deseo.

 

Diógenes Laercio recoge la anécdota fundacional del método cínico de autoprotección: Diógenes se revolcaba en la arena caliente en verano y abrazaba estatuas heladas en invierno, “ejercitándose de todos modos en la paciencia.” (Vidas de los filósofos ilustres, VI, 23). Esta askesis puede entenderse como la construcción deliberada de un Reizschutz por hipertrofia de la capa cortical. Al exponer voluntariamente el cuerpo a estímulos extremos, el cínico provoca una “muerte parcial” de la sensibilidad superficial. En términos freudianos, el cínico convierte su piel psíquica en un duro callo. Una vez que el frío y el calor dejan de ser traumáticos, el aparato anímico queda liberado de la tiranía del principio del placer.

 

Por lo demás, la autarkeia (autosuficiencia) cínica es, en el fondo, una economía energética del Yo: “No necesitar nada es propio de los dioses; necesitar poco, de quienes aspiran a serlo” (Diógenes Laercio, VI, 105). El cínico no huye del estímulo; lo enfrenta para desinvestirlo de su potencia libidinal.

 

 

La ciudadela interior estoica

 

El estoicismo tardío —Epicteto y Marco Aurelio— es la culminación de la estrategia griega del Reizschutz como techne tou biou (el arte de vivir). La filosofía estoica distingue explícitamente entre la impresión externa (phantasia) y el asentimiento interno (synkatathesis). La excitación proveniente del mundo exterior es, en primera instancia, una mera representación. El trauma o la pasión no ocurren en la percepción, sino en el juicio que el alma emite sobre esa percepción. Epicteto, en su Enquiridión, proporciona la fórmula exacta de un Reizschutz cognitivo: ante un estímulo potencialmente perturbador —la muerte de un hijo, la pérdida de la riqueza—, el Yo estoico debe interponer una barrera lógica inmediata:

No son las cosas mismas las que perturban a los hombres, sino los juicios que éstos forman sobre las cosas. Por ejemplo, la muerte no es nada terrible, pues de serlo, también se lo habría parecido a Sócrates; sino que el juicio acerca de la muerte —el de que es terrible—, eso es lo terrible (Manual, 5).

La analogía con la metapsicología freudiana es aquí clara: el Reizschutz no es un muro que impide la llegada del estímulo, sino un filtro que modifica la magnitud de la excitación que ese estímulo genera en las capas profundas del aparato psíquico. Al suspender el asentimiento a la representación "Esto es terrible", el estoico impide la transformación de la percepción neutra en angustia traumática. Marco Aurelio lo denomina akropolis, la “ciudadela interior”:

Las cosas no tocan el alma, sino que permanecen inmóviles fuera de ella; las perturbaciones proceden únicamente de la opinión interior. (Meditaciones, IV, 3).

La tarea del hegemonikón (principio rector) estoico es idéntica a la función del Yo en la segunda tópica freudiana: gobernar las investiduras, drenar la energía libre de las representaciones hiperintensas y ligarlas al principio de realidad. La apatheia estoica no es insensibilidad, sino la eficacia absoluta del Reizschutz para evitar la efracción traumática de la pasión.

 

 

La suspensión escéptica del juicio

 

Si el estoicismo busca dominar el estímulo mediante un juicio correcto, el escepticismo pirrónico propone una solución más radical y cercana a la fisiología del Reizschutz: la epoché, la suspensión del juicio. Para el escéptico, cualquier juicio es una investidura energética que expone al alma a la perturbación. La única manera de mantener la ataraxia es no dar entrada a ninguna representación, manteniendo el aparato anímico en un estado de mínima excitación. Sexto Empírico describe esta barrera protectora universal:

… el escepticismo es una capacidad de enfrentar las cosas que aparecen y las que son pensadas de cualquier modo... a consecuencia de la igual fuerza en los objetos y razones opuestas, llegamos primero a la suspensión del juicio y después a la imperturbabilidad (Esbozos Pirrónicos, I, 8).

La “igual fuerza” (isosthéneia) de los argumentos contradictorios actúa como un amortiguador metafísico. En términos freudianos, cada investidura excitatoria encuentra una contrainvestidura exactamente igual. La energía no se descarga en acción ni en síntoma; permanece en un estado de equilibrio neutro. El escepticismo logra así el ideal imposible del Reizschutz: una corteza que no solo filtra el estímulo externo, sino que impide la formación misma de una demanda pulsional interna, pues no hay falta que pueda convertirse en deseo imperioso. Sexto Empírico utiliza una analogía reveladora, curiosamente psicoanalítica:

El escéptico, por filantropía, quiere curar con la palabra, en la medida de sus fuerzas, la vana presunción y temeridad de los dogmáticos. Pues bien, igual que los que curan las enfermedades del cuerpo tienen remedios de diferente intensidad… así también el escéptico propone argumentos de diferente fuerza. (Esbozos Pirrónicos, III, 280-281).

La ataraxia escéptica es la manifestación subjetiva de un perfectamente funcional Reizschutz: el Yo ha logrado desligarse de todo objeto y permanece en un estado de homeostasis absoluta.

 

 

El Logos como corteza psíquica

 

Desde la ironía socrática hasta la epoché escéptica, la filosofía antigua intentó operar como una tecnología del Yo destinada a gestionar la economía de las excitaciones anímicas. Según Freud, el Reizschutz es un hecho biológico, un legado de la evolución de la sustancia viva. Para los antiguos griegos, la protección contra estímulos es una conquista ética y racional, una intervención del lógos sobre la materia pasional. La lógica subyacente es la misma: el alma humana es una superficie vulnerable que requiere una membrana protectora para no perecer bajo el peso de los estímulos.

 

Queda por saber si Diógenes El Perro, de haber hojeado Más allá del principio del placer, habría asentido con un gruñido de aprobación o si, por el contrario, habría lanzado el libro al barril y habría exigido a Freud que dejara de escribir y se revolcara un rato sobre la arena ardiente. Como sea, dos milenios después, seguimos tratando de determinar el grosor exacto de esa membrana que nos separa del ruido del mundo.

lunes, 13 de abril de 2026

El águila, la tortuga y el péndulo: una tragedia en dos actos


PRIMER ACTO

 

Los persas, la pieza teatral más antigua que se ha preservado hasta nuestros días, se escenificó por vez primera en Atenas, durante las fiestas Dionisias del 472 a. C. Han pasado 2,498 años. La obra teatral no se refiere a asuntos mitológicos, sino a hechos humanos, mundanos y contemporáneos para los espectadores de su estreno.

 

Esquilo nació hacia el 525 a. C. y falleció a los 68 años en la costa meridional de Sicilia. La tradición dice que murió de un tortugazo. El epitafio de Esquilo no registra los detalles de su fallecimiento:

 

Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,

contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.

De su eximio valor hablarán Maratón y su bosque sagrado

y el cabelludo medo, que le conocen bien.


Ciertamente, en septiembre de 490 a. C., Esquilo combatió contra los invasores persas en Maratón —a 42 kilómetros de Atenas—, en la batalla definitoria de la primera Guerra Médica. Los aqueménidas venían de haber sometido la insurrección jónica, cuando Darío I decidió atacar a las ciudades-estado helenas. En Maratón, los griegos resistieron y terminaron por derrotar a los asiáticos. Aquel resultado iba contra todo pronóstico: apenas 35 años antes, los persas habían conquistado Egipto, y diez años atrás habían salido vencedores en Tracia, Macedonia y las costas del mar Negro. Después, en el oriente, fueron invencibles, hasta alcanzar el valle del Indo. En el 500 a. C. el imperio aqueménida alcanzaba su máxima extensión, unos 5.5 millones de kilómetros cuadrados, para convertirse en el más grande del orbe hasta entonces. Pero con los griegos no pudieron…

 

En Los persas, Esquilo no se refiere a la primer Guerra Médica, sino a la segunda, ocurrida diez años después. Para entonces, el imperio aqueménida era reinado por el hijo de Darío, Jerjes. Fue él mismo quien se puso al frente de sus huestes. Los persas cruzaron el Helesponto, para entonces recorrer Tracia hacia Tesalia; a su paso, todas las ciudades fueron sometidas. Después de vencer en la batalla de Termópilas, el embate persa avanzó hasta Atenas. Jerjes encontró la ciudad despoblada: los atenienses se habían ido a refugiar en la isla de Salamina. Luego de saquear Atenas, los persas acometieron la persecución, y fue en los estrechos costeros en donde la flota helena logró la derrota de los orientales. Jerjes regresaría humillado a la ciudad capital de su imperio, Sousa.

 

Los persas es un lamento a un héroe trágico, Jerjes. También es una alabanza a la fuerza de la gente que hace la ciudad. La reina Atosa, madre de Jerjes, cuestiona a un mensajero sobre lo que está sucediendo del otro lado del mar; desea saber si al fin Atenas fue destruida por el ejército comandado por su hijo. Esquilo hace que el mensajero responda que no, porque “mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable”.

 

 

INTERMEDIO: APOSTILLAS PARA QUIEN NO TENGA A MANO ALGUNOS LIBROS DE HISTORIA

 

1. Irán es Persia

Los persas no son una civilización extinta; hablamos de los antepasados directos de los actuales iraníes. La lengua persa, el farsi, sigue siendo la oficial de Irán, su poesía sigue viva, y la memoria de Ciro el Grande es tan presente como la de los reyes católicos en España o Cuauhtémoc entre nosotros.

 

2. Medos y persas: un error griego

Los griegos solían llamar “medos” a los “persas” porque el primer imperio oriental que amenazó sus costas (siglo VII a. C.) fue el de los medos, un pueblo vecino de los persas. De hecho, Ciro fue criado en Media. Cuando los persas se unieron a Media, unificaron el altiplano iraní, y los griegos no se molestaron en actualizar la nomenclatura. Es como si hoy llamáramos mexicas a todos los pueblos nahuatlacas.

 

3. Aqueménida: el apellido de la dinastía

Decir “imperio persa” no es del todo falso, pero es vago. La dinastía reinante desde Ciro hasta Darío III era la aqueménida, así llamada por Aquemenes, el legendario patriarca de la estirpe. Fue Darío I quien, tras hacerse con el trono en el 522 a.C., organizó el imperio en satrapías y consolidó el nombre de su linaje.

 

4. ¿ Grecia es Occidente?

A veces se dice que “Occidente” es una invención posterior, que los atenienses no se sentían europeos en el sentido actual. Cierto. Pero también es cierto que la civilización que hoy llamamos occidental hunde sus raíces en la polis griega, especialmente en Atenas. Los romanos conquistaron Grecia, pero fueron conquistados por su cultura; el cristianismo, aunque naciera en Judea, se helenizó para volverse universal; el Renacimiento redescubrió a Platón y Aristóteles; la Ilustración bebió de la democracia ateniense. Por eso, decir que Atenas es un pilar de Occidente señala un hecho de transmisión cultural: lo que ocurrió en aquel puñado de colinas entre el siglo VI y IV a. C. acabó por modelar la cosmovisión de medio mundo. Frente a eso, el imperio aqueménida representó durante siglos el arquetipo del llamado, con desdén desde Occidente, “despotismo oriental”. En realidad Persia tuvo también su grandeza administrativa y su tolerancia —Ciro liberó a los judíos—.

 

5. El tortugazo

El oráculo había vaticinado a Esquilo: “Morirás aplastado por una casa”. Entonces él decidió irse a vivir a las afueras de la ciudad de Gela, a una humilde choza con techo de paja. Caludio Eliano (c. 175-235 d. C.) cuenta lo que ocurrió entonces: “Las águilas que apresan a las tortugas de tierra y las arrojan desde lo alto y las estrellan contra las rocas y, quebrando así su caparazón, extraen la carne y la comen. Justo de esa manera… acabó la vida… de aquel poeta autor de tragedias. Esquilo estaba sentado sobre una roca, discurriendo y escribiendo sus temas habituales. Era calvo. De ahí que el águila, figurándose que la cabeza era una roca, soltó y arrojó contra ella la tortuga que tenía entre las garras. Y el disparo acertó a dar al citado varón y lo mató”.

 

 

SEGUNDO ACTO

 

Veinticinco siglos después, aquel “muro inexpugnable” que el mensajero de Los persas atribuía a los ciudadanos de Atenas sigue en pie. Pero ha cambiado de acera.

 

Si hoy alguien se parece a Jerjes y su arrogancia, ese no es un ayatolá, es el ejército más poderoso del orbe, el gringo, bajo el mando errático de Trump, con sus inmensos portaaviones en el Golfo Pérsico, sus drones y misiles asesinando generales y líderes, sus sanciones estrangulando gente… Occidente, el heredero de aquellos atenienses que defendieron su suelo del imperio oriental, se ha convertido en el nuevo imperio que ataca Oriente. La historia ha invertido los papeles con la precisión de un águila soltando una tortuga.

 

Y el Oriente al que se ataca —la milenaria Persia— ocupa ahora el lugar simbólico de Atenas. No porque su régimen sea una democracia ejemplar —de hecho, ninguna lo es—, sino porque, frente al gigante que lo amenaza, su pueblo y aliados se han convertido en ese muro del que hablaba Esquilo. Un muro hecho de memoria, de orgullo herido, de resistencia frente a décadas de sanciones, y de una certeza que Occidente parece haber olvidado: que ningún imperio, por más misiles que acumule, puede destruir un pueblo mientras queden en ella personas dispuestos a levantarse al día siguiente.

 

Jerjes había heredado el imperio más grande del mundo. Sus ejércitos habían arrasado ciudades, sus ingenieros habían construido puentes de barcas sobre el mar, sus arcas estaban llenas del oro de Babilonia y Egipto. Y sin embargo, la hubris —esa patología que los griegos retrataron magistralmente— lo llevó a creer que su poder era ilimitado. Que podía humillar a los dioses —literalmente: mandó azotar el Helesponto porque las olas le habían deshecho un puente—. Que la fuerza bruta bastaba para doblegar la voluntad de un pueblo. Sabemos cómo terminó: con su flota hecha astillas, su ejército diezmado, y él mismo huyendo de en un barco pesquero, para vivir el resto de sus días como la sombra de lo que había sido. ¿Les suena? La misma hubris que cegó a Jerjes hoy entrampa la estrategia de Washington contra Irán —eso de “estrategia” es sólo un decir—… La creencia de que las sanciones, los asesinatos selectivos, las amenazas militares, el cambio obligado de régimen y los insultos son herramientas mágicas que funcionan siempre. La incapacidad para entender que un pueblo sometido a presión externa —sobre todo cuando viene de un imperio que ya invadió Irak, Afganistán y Libia con resultados desastrosos— no se rinde: se radicaliza, se une, y encuentra en su propia resistencia el único capital que le queda. Y ahí tienen a Cuba, mucho más cerca, de magnífico ejemplo.

 

No estoy pronosticando que Estados Unidos vaya a sufrir una derrota militar como la de Jerjes en Salamina. Las guerras de hoy no se parecen a las de los trirremes. Pero la derrota estratégica, política y moral ya ocurrió. El mundo observa cómo la hiperpotencia americana, incapaz de someter a Irán después de cuatro décadas de hostilidades, se atasca en su propio fango del que no sabe salir. Y cada nueva escalada, cada nuevo post majadero de Trump, revela más desesperación que contundencia.

 

Una derrota de Estados Unidos —no necesariamente militar, sino geopolítica, la pérdida de credibilidad y aliados, el colapso de su diplomacia— acelera el tránsito de la hegemonía mundial hacia un nuevo polo oriental. Ese polo ya no sería Persia sola. Sería un enorme bloque: China, Rusia, Irán, India —quizás Turquía, y buena parte de los BRICS—. Un bloque que no necesita ganar una guerra contra Occidente; le basta con esperar a que Occidente se desangre solo en sus propias arrogancias, en sus escándalos, en sus miserias…

 

El poderoso cree que puede todo, y en su desmesura siembra las semillas de su propia debacle. Jerjes perdió no sólo una batalla, sino la reputación de invencibilidad. A partir de Salamina, los griegos —y luego los macedonios— se atrevieron a desafiar a Persia en su propio territorio. Algo similalr podría ocurrir en las próximas décadas: Estados Unidos, agotado, dividido, desprestigiado, podría ver cómo el centro de gravedad del mundo se desplaza hacia el Este, sin que sea necesario que nadie dispare un solo misil intercontinental.

 

Los imperios no caen cuando los vence el enemigo más fuerte. Caen cuando su propia arrogancia los vuelve ciegos a la realidad. Cuando confunden tener el ejército más caro del mundo con tener la razón. Cuando olvidan que, como escribió Esquilo hace 2498 años, el verdadero muro de una ciudad no son sus murallas ni sus escudos antiaéreos, sino la voluntad de su gente. Hoy, los persas tienen esa voluntad. Y Occidente se ha convertido en el nuevo Jerjes. La pregunta no es si Trump va a intentar acometar un genocido contra 90 millones de seres humanos. La pregunta es si Estados Unidos, es decir, su gente, será capaz de reconocer a tiempo su propia hubris, o si, como el rey aqueménida, tendrá que esperar a la humillación para aprender la lección más antigua de la historia: que la soberbia siempre precede a la caída.

 

Yo no apostaría por la inteligencia de los poderosos. Prefiero quedarme con la imagen de aquella águila que confundió la cabeza calva de Esquilo con una piedra. La historia —como cualquier águila— también se equivoca a veces. Pero cuando acierta, suele ser de tortugazo.

domingo, 5 de abril de 2026

Freud y la teoría de la información

  

…las neuronas procuran aliviarse de la cantidad.

Freud, Proyecto…

 

“Jamás he estado tan intensamente preocupado por cosa alguna”. En una de sus muchas cartas a Wilhelm Fliess (1858-1928), Sigmund Freud (1856-1939) relata el erizado proceso de gestación de un largo ensayo que jamás llegaría a publicar: Psicología para neurólogos. La misiva fue fechada el 27 de abril de 1895 (Carta 23). Freud tenía 38 años y se hallaba en una etapa de transición: combinaba su labor como médico con una intensa actividad teórica. Con Josef Breuer (1842-1925), ultimaba los detalles del libro que habían escrito juntos, Estudios sobre la histeria, impreso ese mismo año.

En lo científico me va mal, tan empecinado en la Psicología para los neurólogos que regularmente me devora por entero hasta que tengo que interrumpir realmente fatigado. Jamás he estado tan intensamente preocupado por cosa alguna. ¿Y si nada sale de eso?

Un mes después (Carta 24), explicaba que su ambición era “averiguar qué forma cobrará la teoría del funcionamiento psíquico si se introduce en ella un enfoque cuantitativo”. A mediados de agosto (Carta 27), confesaba: “la psicología es realmente un calvario para mí”. Freud retomó el trabajo y el 23 de setiembre (Carta 28) comunicaba que había comenzado una síntesis destinada a que Fliess la revisara y le diera su opinión. El 8 de octubre (Carta 29) le envió a Berlín dos cuadernos: “las cosas todavía no concuerdan y quizá nunca lo hagan”. Sin embargo, el 20 de octubre (Carta 32) escribía: “de pronto se levantaron las barreras, los velos cayeron, y mi mirada pudo penetrar de golpe [...] ¡todo esto concordaba y concuerda todavía hoy!”. El entusiasmo duró poco: el 8 de noviembre contaba a su amigo que, harto, había arrojado los manuscritos a un cajón…

 

En efecto, Freud nunca publicó aquel escrito; para él quedó en proyecto James Strachey (1887-1967) señala que, tras escribirlo, Freud “parece haberse olvidado de él, o al menos nunca lo mencionó”. Con todo, en privado, Freud llegaba a aludir ese texto, al que llamaba “mis φ, ψ, ω”, una referencia a los tres tipos de neuronas que postuló en aquel manuscrito. En su biografía de Freud, Ernest Jones cuenta que, siendo ya un anciano, pusieron de nuevo en sus manos aquellos papeles, y él trató de destruirlos. Afortunadamente hubo quien lo evitara… 

 

El ensayo fue al fin publicado por primera vez en 1950 en Londres, en su lengua original, como parte del libro Aus den Anfängen der Psychoanalyse —editado por Marie Bonaparte, Anna Freud y Ernst Kris—. Años más tarde, Strachey y Alix Sargant-Florence lo traducirían al inglés, directamente del manuscrito, para la edición de estándar de las obras de Freud. En su texto introductorio al Proyecto de psicología, publicado originalmente en 1966, Strachey sostiene que, aunque a todas luces tiene un enfoque neurológico, este ensayo “contiene en sí el núcleo de gran parte de las ulteriores teorías psicológicas de Freud…” —v.g.: “La conciencia no nos proporciona una noticia completa ni confiable de los procesos neuronales”— Y agrega:

En los últimos tiempos se ha sugerido que el funcionamiento del sistema nervioso humano puede considerarse similar, o aun idéntico, al de una computadora electrónica: ambos son aparatos destinados a la recepción, almacenamiento, procesamiento y entrega de información. Se ha señalado, verosímilmente, que en los complejos sucesos ‘neuronales’ que aquí describe Freud y en los principios que los gobiernan puede verse más de un indicio de las hipótesis sustentadas por la teoría de la información y la cibernética en su aplicación al sistema nervioso.

Karl Pribram (1919-2015) y Merton Gill (1914-1994), un neuropsicólogo y un psicoanalista, en Freud's "Project" Re-assessed: Preface to Contemporary Cognitive Theory and Neuropsychology (1976) analizan a detalle la sorprendente vigencia del ensayo de Freud, y cómo sus postulados bien pueden entenderse como un adelanto de la teoría cognitiva y la neuropsicología modernas. Pribram y Gill muestran que el Proyecto… no fue un error juvenil, sino una especulación visionaria de la mente como sistema de procesamiento de información con base biológica.

 

La cercanía del texto finisecular con la teoría de la información — propuesta por Claude E. Shannon (1916-2001) en 1948— se observa desde el objetivo que se propone Freud: “presentar procesos psíquicos como estados cuantitativamente comandados de unas partes materiales comprobables, y hacerlo de modo que esos procesos se vuelvan susceptibles de ser intuidos y exentos de contradicción”. Freud buscaba fundar una psicología científica, reduciendo lo psíquico a cantidades —la célebre Q o cantidad de excitación— que circulan por un sistema verificable: las neuronas y sus “barreras de contacto” —anticipación de la sinapsis—. Todo debía ser cuantitativo, determinista, coherente y libre de contradicciones lógicas, al estilo de la física newtoniana y la neurología de su época. Shannon, medio siglo después, propuso una teoría matemática de la comunicación que, justo, cuantifica la información como reducción de incertidumbre, transmitida a través de canales físicos. Quería hacer inteligible y predecible el proceso de la comunicación mediante magnitudes cuantitativas, sin tener que apelar a significados subjetivos ni contradicciones. Ambos perseguían una ciencia natural rigurosa: Freud, que la psicología fuera una “ciencia natural” al tratar lo psíquico como estados cuantitativos de partículas concretas; Shannon, lo mismo con la comunicación. Freud no podía conocer la teoría de la información —aún no se formulaba—, pero su modelo energético-cuántico del aparato psíquico —flujo de Q, inhibición, investiduras, procesos primarios/secundarios— puede ser entendido en términos de procesamiento de información.

 


En trabajos posteriores —v.g.: Brain, Consciousness and Reality, 1983—, Pribram establece una vinculación explícita entre la distinción freudiana clásica y los principios de la termodinámica y la teoría de la información. Según Pribram, los procesos primarios —inconscientes, regidos por el principio de placer— operan bajo la lógica de la primera ley de la termodinámica —conservación de la energía—: se trata de flujos energéticos homeostáticos que sólo se transforman o descargan, sin crear ni destruir cantidad neta. En cambio, los procesos secundarios —conscientes, regidos por el principio de realidad y el pensamiento— corresponden a la segunda ley de la termodinámica combinada con la noción de información de Shannon: aquí entra en juego la negentropía, es decir, la capacidad de generar orden y reducir incertidumbre mediante bucles de retroalimentación —feedforward—, permitiendo al sistema psíquico anticipar, inhibir y estructurar la experiencia más allá del mero balance energético.

 

En 1895, Freud ya estaba pensando en la mente como un sistema de procesamiento cuantitativo de señales materiales, exactamente el mismo modelo que Shannon formalizó matemáticamente para la comunicación y que hoy sustenta la neurociencia computacional y la teoría cognitiva. Un ejemplo de cómo una especulación “fallida” resultó certera.

 

La Psicología para neurólogos de Freud quedó en proyecto, inconcluso y desdeñado por su propio autor, pero su intuición central —la mente como un sistema que procesa cantidades de excitación siguiendo leyes cuantitativas— anticipó en más de medio siglo los fundamentos de la teoría de la información y la neurociencia computacional. Freud soñó con una psicología cuantitativa y fue tachado de especulador; Shannon formalizó la información como magnitud y cambió la tecnología para siempre. Hoy, la neurociencia cognitiva les da la razón a ambos: la psique es, ante todo, un procesador de señales. Aquella especulación no era un callejón sin salida, sino una pista de despegue adelantada a su tiempo.