Quieto
no en la rama
en el aire
no en el aire
en el instante
el colibrí
Octavio Paz, La excalamación.
Cosmos
Las palabras crean mundo y lo organizan. En Verdad y método (1960), Hans-Georg Gadamer sostiene que “el lenguaje es un centro en el que se reúnen el yo y el mundo, o mejor, en el que ambos aparecen en su unidad originaria”, y al final de su ensayo concluye: “el ser que puede ser comprendido es lenguaje”. Las palabras no son meros instrumentos que describen una realidad pre-existente, sino que constituyen y ordenan el mundo a través del proceso hermenéutico de comprensión e interpretación. El lenguaje es el medio en el cual los humanos habitamos y mediante el cual el mundo se hace y se mantiene más o menos accesible a la comprensión. Quizá todo esto parezca demasiado abstracto, quizá resulte un poco más accesible explicado con dinosaurios.
Ignaros
Nosotros, los autodenominados sapiens, nos venimos a enterar de la existencia de los dinosaurios hasta hace muy poco tiempo, cosa de nada. Y eso no es extraño, lo extraño es que ahora sepamos tanto sobre ellos. Porque en este y en cualquier ámbito del conocimiento, nuestra ignorancia es cielo abierto, y el saber, ventana con rejas. Vayan ustedes a saber de cuántos otros bichos extintos no tenemos ni tendremos nunca ninguna noticia. Bueno, ni siquiera conocemos a toda la fauna que sigue viva en el planeta. Hay un océano de bestias a las que no le hemos puesto ni nombre. Obviamente, es imposible saber exactamente cuántas especies no conocemos, pero el siguiente dato sirve para darnos una idea de las dimensiones dinosáuricas de nuestra ignorancia: durante los últimos cinco años, se han descubierto miles de nuevas especies de fauna en todo el mundo, con un promedio estimado de 18 mil especies “nuevas” descubiertas anualmente. Por supuesto, abundan los peces por conocer y la mayor parte de la biodiversidad terrestre por descubrir y catalogar se compone de insectos, arácnidos, moluscos y otros invertebrados, pero nuestro desconocimiento no se limita a este tipo de fauna —por ejemplo, el popa langur (Trachypithecus popa), un mono del grupo de los langures, fue descubierto en Myanmar apenas en 2020—. Se estima que sólo entre el 10 y el 20% de todas las especies han sido documentadas por la ciencia occidental: la mayoría de los seres vivos están fuera de nuestro mundo. Lamentablemente, la tasa de extinción es ahora más rápida que la tasa de descubrimiento; luego entonces, estamos condenados a no saber jamás de la existencia de un montonal de animales que hoy están pasando sus últimas temporadas en la Tierra. En cambio, hoy la gran mayoría de la gente podría contestar que ve a un dinosaurio si, por caso, se le mostrara la imagen de un saurópodo.
Dinosaurios
Los dinosaurios surgieron en el Triásico tardío, hace unos 230 millones de años (mda), y se extinguieron hace 66 mda, así que poblaron la Tierra durante alrededor de 164 mda… El homo sapiens surgió de la cadena evolutiva hace no más de 300 mil años, es decir, 0.3 mda, y logramos entender y clasificar a los dinosaurios como un grupo zoológico hace menos de doscientos años, o sea hace sólo 0.0002 mda.
Aunque es muy probable que desde hace cientos de miles de años algunos humanos se hayan topado con huesos y fósiles de aquellas colosales alimañas mesozoicas, nadie podía saber a qué tipo de fauna correspondían esos restos ni mucho menos qué apariencia podían tener ni qué tan vetustos eran. Los griegos, ya en tiempos históricos, encontraron huesos fósiles de grandes mamíferos, como mamuts y rinocerontes lanudos, e incluso de dinosaurios, y los tomaron como pruebas de la existencia de una raza de gigantes, los Titanes, que, según su mitología, habían sido enterrados por los dioses tras la Gigantomaquia. Heródoto escribió sobre unos misteriosos “huesos de serpiente” hallados en Egipto, cuyas vértebras eran tan grandes que tenían que ser transportadas en caravanas. Ni ellos ni los chinos, quienes en tiempos remotos supusieron que sus hallazgos de restos de fauna prehistórica correspondían a huesos de dragones, supieron de qué animales se trataba en realidad. Paradójicamente, para los humanos los dinosaurios son una novedad.
No sin cierto orgullo solemos imaginar que, para un viajero en el tiempo, digamos un sabio de la Antigüedad —pensemos en un Tales de Mileto, en un Sócrates de Atenas—, resultaría imposible entender nuestro mundo tecnificado… Luz eléctrica, aviones, celulares, computadoras… Cierto, pero tampoco entendería la profusión de iconografía de dinosaurios en la que vivimos y la familiaridad con la que en la actualidad vemos a esos animales, para ellos totalmente desconocidos. Y eso que ese par de sabios griegos vivieron no hace mucho tiempo, menos de tres mil años. En cambio, hoy día pululan los escuincles que, cuando ven una película como Jurassic World, pueden identificar perfectamente a un braquiosaurio o a un edmontosaurio, ya no digamos a un tiranosaurio rex o a un feroz velociraptor, quizá las más populares de esas bestias.
Palabras
En 1842 Richard Owen acuñó el término Dinosauria. La palabra es moderna, pero fue acuñada para designar a seres mucho más antiguos que el hombre. Owen no sólo creó el vocablo, también, basado en las características anatómicas que compartían ciertos fósiles y los restos óseos de algunos enormes reptiles, definió un grupo zoológico, es decir, creó una categoría que no existía antes. Owen amplió el mundo. Lo mismo ocurrió cuando el biólogo sueco Carlos Linneo, en la décima edición de su obra Systema Naturae (1758), acuñó la palabra Mammalia: antes no existía una categoría taxonómica que agrupara a los animales que hoy llamamos mamíferos, así que un gato era un gato y no existía ninguna palabra que lo metiera en una misma bolsa conceptual con un murciélago, un elefante, un delfín… Una categoría taxonómica, como Dinosauria o Mammalia, es una construcción conceptual que los humanos usamos para organizar la diversidad de los seres vivos y extintos. La realidad es un continuo de formas y transformaciones; con palabras la recortamos y organizamos en cajones conceptuales para poder pensarla e incorporar más y más elementos a nuestro mundo.
La comprensión científica de los Dinosauria ha evolucionado significativamente desde la propuesta original de Owen. Expresado en corto, hoy los Dinosauria constituyen un clado de saurópsidos diápsidos arcosaurios. Un clado es un grupo de organismos que incluye a todos los descendientes de un ancestro común —la palabra clado (del griego klados, “rama”) fue acuñada por el biólogo evolutivo británico Julian Huxley en 1957—, y en este caso estamos hablando de todos los descendientes del ancestro común más reciente de Triceratops horridus y Passer domesticus. Lo anterior quiere decir que son especies insertas en el clado dinosauria tanto un Tyrannosaurus rex como un Struthio camelus, esto es, un avestruz. En efecto, para la ciencia, el clado dinosauria incluye no sólo a los dinosaurios extintos, sino también a todas las aves, las cuales evolucionaron a partir de un grupo de dinosaurios terópodos durante el Jurásico. Las aves no son parecidas a los dinosaurios ni descendientes de ellos en un sentido excluyente; son un linaje de dinosaurios que sobrevivió a la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno. Así que un patagotitan mayorum —una bestia que llegó a pesar unas 70 toneladas y alcanzó los 40 m de longitud—, el dinosaurio más grande documentado hasta ahora, es tan dinosaurio como un colibrí.
Si tú no sabías que un colibrí es un dinosaurio, conocer el dato pudo provocar una pequeña operación conceptual en tu cerebro: la certeza de que los dinosaurios pertenecen al pasado pierde su contundencia absoluta mientras que los plumíferos del presente adquieren otra condición. Sales del texto con la curiosa sensación de haber efectuado a una mudanza semántica: las palabras permiten reacomodar tiranosaurios y gallinas con la misma facilidad.